Crítica: Zombieland – Mata y remata

Lo de que no hay segundas partes buenas es un tópico que ya no se oye tanto. No porque no sea cierto en muchos casos, sino porque hay tantos ejemplos para contrarrestarlo que ya no tiene sentido defenderlo. Por otro lado, la moda actual de la nostalgia y el revival nos ha devuelto muchas series y películas del pasado, remontándonos hasta los 60 con resultados por lo general bastante aceptables, cuando no excelentes (Blade RunnerMad MaxMary Poppins). Si sumamos estas dos tendencias obtenemos Zombieland: Mata y remata, secuela tardía que llega exactamente una década después de su antecesora para demostrar que se puede repetir la partida y hacerla incluso más divertida.

Bienvenidos a Zombieland llegó en 2009 como respuesta yanqui a Zombies Party (Shaun of the Dead), con la que el género zombie recibió un gran impulso renovador a través de la comedia. Zombieland obtuvo muy buena taquilla en Estados Unidos (75 millones de dólares, cifra alta para una comedia de terror) y tuvo un recibimiento internacional moderado (26 millones), pero lo que la ha convertido en un verdadero éxito es el paso del tiempo, que la ha cimentado como film de culto. Diez años después, el público la reivindica como una de las películas de zombies más divertidas e ingeniosas, por lo que era el momento perfecto para darle una continuación.

Zombieland: Mata y remata reúne al cuarteto original formado por Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Emma Stone y Abigail Breslin. Que hayan repetido todos (sobre todo Stone, que tras su reciente Oscar y con la agenda a rebosar podría haberse puesto más exquisita) es uno de los grandes alicientes de esta segunda parte, que también vuelve a contar con Ruben Fleischer (Venom) en la silla del director y los guionistas originales Rhett Reese y Paul Wernick (Deadpool). Con todos los participantes originales de vuelta, Zombieland: Mata y remata recupera el espíritu gamberro de la primera parte sin dificultades, como si apenas hubiera pasado el tiempo.

En la secuela, Columbus (Eisenberg), Tallahassee (Harrelson), Wichita (Stone) y Little Rock (Breslin) siguen juntos después de todo este tiempo, lo que ha hecho que su improvisada y excéntrica familia se parezca cada vez más a una familia tradicional. La rutina y los deseos de emancipación de la más pequeña (ya no tan pequeña) los llevan a separarse y emprender un loco viaje desde su actual residencia, la Casa Blanca, hasta una comuna hippie en el corazón del país. En el camino se encontrarán nuevos aliados y enemigos, y deberán luchar contra un nuevo tipo de zombie evolucionado, más rápido, inteligente y difícil de matar.

Lejos de quedarse en la mera repetición sin gracia, Zombieland: Mata y remata recupera los elementos más representativos de la primera parte (los rótulos con las reglas de Columbus, la acción over the top, la estética de videojuego, los diálogos ingeniosos) y los mezcla con nuevos personajes y situaciones que aportan frescura a la vez que mantienen su esencia intacta. Mata y remata es 100% fiel a la primera Zombieland, pero consigue evitar el estancamiento y acaba resultando incluso más divertida y trepidante. Al igual que en la anterior, no hay lo que se dice un argumento sólido, sino una sucesión de escenas hilarantes, inspirados gags y chistes geniales que aportan ritmo y no dejan ni un minuto para el aburrimiento.

Los protagonistas originales siguen en forma y vuelven a sus personajes sin problemas. Pero en esta ocasión están acompañados de nuevas incorporaciones a cada cual más acertada. Además de Avan Jogia como el pacifista Berkeley o Luke Wilson y Thomas Middledicth como unos descacharrantes dobles de Tallahassee y Columbus, destacan la carismática Rosario Dawson, que encaja sin dificultades en el grupo (Dawson tiene química con todo el mundo, es increíble), y la robaescenas oficial de la película, Zoey Deutch como Madison, típica rubia tonta y superficial que la actriz de The Politician eleva con una de las interpretaciones cómicas del año. Para llorar de la risa.

Zombieland: Mata y remata es una secuela a la altura, incluso a ratos superior a la original. Repleta de momentazos, buenos chistes y referencias pop y acción brutal (los efectos son estupendos, la violencia contundente y el clímax espectacular), con un reparto inmejorable, una escena post-créditos épica y las dosis perfectas de emoción, la película satisfará sin duda a los fans de este loco universo postapocalíptico, y cualquiera dispuesto a aprenderse las reglas para adentrarse en él.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Santa Clarita Diet: Cuando la comedia se indigesta

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Hemos perdido ya la cuenta de las diferentes formas que han adoptado las historias de zombies en el cine, la televisión y la literatura. Del terror, su hábitat natural, hemos saltado a la comedia gamberra (Shaun of the Dead), el cine teen (Warm Bodies), el blockbuster (Guerra Mundial Z), el cine de época (Orgullo + Prejuicio + Zombies) o el drama “humano” (Les RevenantsIn the Flesh), por nombrar unas cuantas variantes modernas. Y cuando parece que hemos hecho tope, llega una nueva vuelta de tuerca. La última en sumarse a la reinvención de este género es Santa Clarita Diet, comedia de Netflix protagonizada por Drew Barrymore y Timothy Olyphant que le da un giro a la clásica mitología alrededor del no-muerto y la lleva hacia el terreno de la sitcom familiar, produciendo así una aleación cuanto menos extrañamente curiosa.

Sheila (Barrymore) y Joel Hammond (Olyphant) son un matrimonio de agentes inmobiliarios que llevan una vida rutinaria e insatisfactoria en Santa Claita, el típico pueblo apacible de vallas blancas a las afueras de Los Ángeles. Su vida transcurre con aburrida normalidad junto a su hija adolescente, Abby (Liv Hewson), hasta que Sheila experimenta un cambio radical: al parecer, ha muerto, pero sigue viva, y ahora necesita alimentarse de carne cruda para sobrevivir. Al principio, Sheila disfruta de los beneficios de su nueva dieta: una piel más resplandeciente que nunca, energías renovadas para afrontar cualquier cosa y una libido por las nubes (sinónimo intencionado de la nueva etapa profesional de Barrymore que inicia esta serie). Sin embargo, cuando pruebe su primer bocado de carne humana se dará cuenta de que no hay marcha atrás. Ahora Sheila necesita adoptar la dieta caníbal para no perder el control y convertirse en un monstruo, y lo hará con ayuda de su marido, junto a quien decide que la única opción es convertirse en asesinos. A ser posible de gente horrible, al más puro estilo Dexter. La familia que mata unida…

Hasta aquí, todo bien. Santa Clarita Diet parte de una idea muy simpática y gamberra que nos presenta la clásica comedia familiar suburbana desde un prisma más satírico e irreverente. El diseño de producción se asemeja al de las sitcoms de ABC y la banda sonora es un calco de la de Mujeres desesperadas (de la que también toma prestado a Ricardo Chavira). Pero las vísceras y los litros de sangre y vómito le dan otro barniz. Sin embargo, más allá de esta alocada premisa, la serie no tiene demasiado que ofrecer. Si dejamos a un lado su componente fantástico y el gore, lo que nos queda es la enésima comedia de enredos plagada de clichés, y en este caso, además llena de situaciones inverosímiles que desafían toda lógica interna (incluso para su disparatada propuesta y el género al que pertenece) y hacen que más que divertida, resulte irritante por momentos. Hablando claro, Santa Clarita Diet es una tontería mayúscula. ¿Que podría ser una tontería de las buenas? Claro. Pero su primera temporada malgasta terriblemente su potencial con tramas intrascendentes y absurdas que no van más allá del chiste fácil, uno que se estira a lo largo de los 10 episodios que la componen.

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Y mención aparte merece su reparto, al que parece que están obligando a trabajar bajo amenaza. A Barrymore le debieron decir “Netflix ha resucitado la carrera de la ex it girl Winona Ryder. ¿Quieres ser la siguiente?”, y no se lo pensó dos veces. ¿Pero quiere estar ahí de verdad? Desde luego no lo parece. La actriz tiene sus buenos momentos aislados (cuanto más loca se vuelve Sheila, mejor está Barrymore), pero su interpretación no podría ser más inconsistente y desentonada. Claro que al lado de su co-protagonista, Drew está de Emmy. Lo de Olyphant es increíble. El pobre está fatal, ortopédico y excesivamente artificial. Al menos Barrymore parece tomarse un poco más en serio lo que está haciendo, pero él no consigue disimular sus ganas de estar haciendo otra cosa. Y no me hagáis hablar de la hija, porque una cosa es ser la obligatoria adolescente insoportable de cualquier serie, y otra estar tan forzada y sobreactuada como Hewson (además, más que hija de Barrymore parece su hermana. Mayor). Aquí el único que se salva es Skyler Gisondo (descubierto en Vacaciones), que interpreta al vecino experto en zombies que instruye a los Hammond al más puro estilo Jóvenes ocultos. La serie debería hacer un Cosas de casa y convertir a su nerd local en el protagonista de la historia. Nos harían un gran favor.

Hacia la mitad de la temporada, Sheila define la poesía de su primer “convertido”, A Blade of Grass (versión violenta de Hojas de hierba de Walt Whitman), como “a twist on the familiar”, un detalle autorreferencial con el que la serie nos guiña un ojo (antes de salírsele de la cuenca). Sin embargo, de nada sirven las intenciones cuando el guion no está a la altura de las circunstancias. La trama se desarrolla de la forma más tópica y convencional posible, el humor va a medio gas y nos tienen que explicar los chistes o repetirnos varias veces las cosas por si no las hemos pillado. En consecuencia, la desesperación se puede oler a través de la pantalla. Lo que no se le puede negar a la serie es su atrevimiento a la hora de darnos ese “giro a lo familiar” sobre un género muy hastiado, una sitcom de toda la vida con bien de gore, palabrotas y ordinarieces, un producto ligero y desenfadado que para pasar un rato de desconexión bien puede servir. Claro que solo con esto no se hace una buena serie. Y sí Santa Clarita Diet se deja ver fácilmente, pero también podía haber sido buena. Detrás de los simplones chistes y el rancio slapstick está escondida la interesante sátira sobre la familia y la vida suburbana que (quizá) querían hacer. A ver si la encuentran en la segunda temporada.

Crítica: Summer Camp

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El slasher es un subgénero del cine de terror con unos parámetros muy concretos y una reglas narrativas muy férreas. Tanto es así que en los últimos años la moda ha sido desmontarlo haciéndole meta-homenajes en clave de comedia (como La cabaña en el bosqueThe Final Girls). En cierto modo, la gracia de este tipo de películas de asesinos dando caza a un grupo de atractivos y despistados adolescentes es precisamente que nos da justo lo que queremos de ella. Pero aun teniendo esto en cuenta, es de agradecer cuando una de estas películas ofrece algo distinto. Se ha rizado tanto el rizo que cada vez es más importante innovar, y a Jaume Balagueró y Alberto Marini (productores de la saga [REC]) se les ocurrió una vuelta de tuerca muy interesante: ¿Y si en lugar de un asesino acechando a los jóvenes, fueran los jóvenes los que adoptasen el papel de asesino por turnos? Esa es la base sobre la que sustenta la ópera prima de Marini, Summer Camp, co-producción hispano-estadounidense diseñada por y para fans del género.

En la película acompañamos a cuatro jóvenes (Diego Boneta, Jocelin Donahue, Maiara Walsh y Andrés Velencoso formando un reparto acertado) a su llegada a un campamento de verano en España, al que se han apuntado en busca de diversión y nuevas experiencias. La noche anterior a la llegada de los niños, los cuatro empiezan a atacarse violentamente después de ser contagiados por un virus de origen desconocido. Los efectos duran poco, lo que hace que no todos estén infectados a la vez. De esta manera, tan pronto son depredadores como se intercambian los roles para ser la presa, con lo que se inicia un juego del gato y el ratón en el que los protagonistas deben sobrevivir a sí mismos para encontrar el origen de la infección. Este es el argumento de Summer Camp, que como podéis comprobar, parte del slasher ochentero para a continuación hibridarse con el cine de infectados o zombies y llevar a cabo una cuanto menos curiosa fusión de ambos géneros.

Pero claro, una cosa es tener una buena idea, y otra muy distinta es ejecutarla de manera satisfactoria. Y ahí es donde falla Summer Camp. La originalidad de su planteamiento se ve completamente anulada por un guion mecánico, repetitivo y sin pies ni cabeza. La idea pedía más mala leche, más autoconsciencia y sobre todo, más ingenio, algo que escasea tanto en los diálogos como en la acción, con escenas mal conectadas que se suceden una detrás de otra de manera torpona, sin ritmo ni chispa, desaprovechando completamente la premisa para acabar haciendo algo excesivamente monótono y convencional (no puedo evitar pensar que esta película habría funcionado mucho mejor en manos de los productores de Tú eres el siguiente por ejemplo). La película invitaba a jugar con los tópicos, pero se conforma con reproducirlos de la forma más básica, contrariando las intenciones innovadoras (y la experiencia en el género) de sus responsables.

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Summer Camp propone una variación llamativa del slasher, pero se pierde completamente en la ineptitud narrativa y de la puesta en escena (suspense cero), por no hablar de que su conflicto principal no podría ser más predecible: de las posibles respuestas al misterio se elige la más obvia, después de poner las pistas tan a la vista que uno no puede evitar pensar si le están tomando por tonto. Es cierto que esta es una cinta que aspira principalmente a divertir y no debe verse con demasiadas exigencias (aunque lo parezca por este texto, os prometo que fui sin expectativas concretas y con ganas de pasármelo bien), pero aun teniendo esto asumido, se queda demasiado escasa hasta para lo que cabe esperar de su género. A menos, claro, que se vea en el ambiente propicio. Summer Camp está hecha para ver en grupo, y funciona como la típica película comodín de festival de cine fantástico. Puede resultar efectiva en ese entorno jaleador y cachondo, donde los espectadores nos lo pasamos pipa vitoreando a los protagonistas por sus continuas decisiones estúpidas, o por las chapuceras escenas de acción y los giros sin sentido (y mira que esta película tiene de todo eso para hartar), pero si se saca de su ‘hábitat natural’ (y lo ideal sería que una película no exigiera que su visionado tuviera lugar en determinadas circunstancias para ser disfrutada), lo que queda ya no es una estupidez divertida sino una película frustrantemente estúpida. No hay más.

Nota: ★½

Crítica: Orgullo + Prejuicio + Zombies

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Es una verdad universalmente conocida que el género zombie sigue teniendo cuerda. Nos empeñamos en señalar su declive (como tantos otros hacen con los superhéroes), pero lo cierto es que sigue habiendo una gran demanda por parte del público, tanto en cine como en televisión. Solo que, precisamente por esto, cada vez se hace más difícil innovar. Cualquier idea, por descabellada que sea, es bienvenida (menos The Rezort, esa evitadla a toda costa). Por eso ya iba siendo hora de que Orgullo y Prejuicio y Zombies llegase a la gran pantalla. La novela, escrita por Seth Grahame-Smith y publicada con mucho éxito en 2009, es un “mash-up” del clásico de Jane Austen y las historias modernas de zombies, y ofrecía el material perfecto para una adaptación cinematográfica, que quizá ha tardado demasiado en llegar, teniendo en cuenta lo rápido que pasamos de una moda a otra.

El responsable de llevar la novela al cine es Burr Steers (director de La gran caída de Igby y dos cintas románticas de Zac Efron), que también se encarga del guion. Orgullo + Prejuicio + Zombies (que es como se escribe oficialmente el título en nuestro país) mezcla parodia, acción, drama y romance en una película mucho menos cómica de lo que podría parecer a priori. El humor forma parte esencial de la cinta, y además está mucho más afinado de lo que cabría esperar, pero no es lo que la define. A pesar de su premisa, Orgullo no es una comedia disparatada o pasada de rosca, sino una adaptación de Austen con la particularidad de ser salpicada de cuando en cuando por el ataque de un monstruo o un duelo de metales. Esto podría haber dado como resultado un caos absoluto, pero sorprendentemente, Steers maneja muy bien la fluctuación de tonos de la película, y consigue que ni se tome demasiado en serio, ni se pase de absurda.

Claro que esto viene a costa de un sacrificio: los zombies. El film debería haberse titulado más bien Orgullo + Prejuicio (+ algún zombie). Aunque el prólogo narrado y la (excelente) primera secuencia van al grano mostrándonos una Inglaterra del XIX plagada de no-muertos, la película los deja en segundo plano la mayor parte del tiempo, para convertirse, como decíamos, en una nueva iteración del relato de Austen, una con numerosos elementos disonantes, pero al fin y al cabo fiel a la novela. Por eso, a pesar de ser una película lo suficientemente digna (tiene mérito adaptar a Austen de manera correcta en estas circunstancias), corre el riesgo de no contentar a sus dos posibles públicos objetivos: el espectador que va buscando una comedia de acción con zombies quizá se aburra y a los aficionados a la literatura clásica les puede parecer una adaptación demasiado menor, aunque tengan gusto por la hibridación genérica y buen sentido del humor.

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Orgullo + Prejuicio + Zombies tiene un primer tramo estupendo, en el que destaca el afilado sentido del humor, su exquisita violencia (sí, el oxímoron es correcto) y la caracterización de personajes. Resulta especialmente refrescante la manera en la que Steers nos presenta a las hermosas y letales hermanas Bennet (con la eternamente victoriana y adorable Lily James a la cabeza), complementando sus caracteres originales con una actitud guerrera y feminista (y todo un armamento anti-zombies bajo las enaguas), resultado de una educación tan enfocada a la etiqueta social como a las artes marciales. Esto nos deja buenas secuencias de acción y grandes momentos girl powerademás de escenas muy simpáticas junto a otros personajes, como los padres de las Bennet (Charles Dance y Sally Phillips) o el divertidísimo Parson Collins, interpretado por un fantástico y muy versátil Matt Smith. El eslabón más débil de la película quizá sean sus “galanes”, un soporífero Douglas Booth, un escaso Jack Huston, y especialmente Sam Riley (y su irritante voz rasgada) como Mr. Darcy, que sale perdiendo por agravio comparativo con las versiones de Colin Firth y Matthew MacFayden.

La película contiene alicientes de sobra para engancharnos. Funciona como drama de época, es más inteligente de lo que parece, y fusiona con acierto la violencia y el romance, pero va perdiendo el interés progresivamente, hasta desembocar en una media hora final decepcionante y aburrida. En definitiva, a pesar de sus aciertos, no saca todo el provecho que debería de la idea y el material con el que cuenta (como tampoco de Lena Headey, que venía a volverse loca y pasárselo teta pero no le dieron tiempo para demostrarlo), provocando una sensación de chasco y desencanto. Orgullo + Prejuicio + Zombies no es ni de lejos el  descalabro que muchos aseguran, pero tampoco es la gran película que podía haber sido. Un fail agradable que se olvida justo después de la (también decepcionante) escena post-créditos.

Valoración: ★★★

Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

hiddleston high rise

La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: Extinction

Extinction

El de zombies empieza a ser un género denostado por culpa de la sobreexposición al público de películas, series, cómics y libros sobre muertos vivientes. Por eso en los últimos años hemos asistido a varias vueltas de tuerca que nos han presentado el género desde otras perspectivas (la comedia gamberra, el blockbuster o el romance adolescente por nombrar solo unas cuantas). Extinction sería una de esas películas de zombies que prefiere describirse a sí misma como otra cosa, o como “algo más”, un trabajo que trata de ir más allá del terror y de sus normas. Pero claro, una cosa es intentarlo, y otra conseguirlo. La película, basada en la novela de Juan de Dios Garduño Y pese a todo… (rebautizada como Extinction: Y pese a todo… a raíz de su adaptación al cine), fluctúa entre el survival horror y el drama de personajes, pero se queda a medias en ambos terrenos, dejándonos un quiero y no puedo sin identidad, y repleto de incongruencias y tópicos, que por si fuera poco se alarga hasta la extenuación.

Extinction abre con una secuencia en la que asistimos al inicio de la pandemia que desolará el planeta, y posteriormente salta nueve años en el tiempo para mostrarnos a tres supervivientes, dos hombres y una niña, aislados en un post-apocalíptico invierno eterno. No hay mucho contexto (ni lo habrá durante el resto del metraje), solo varias pinceladas que recogen de forma muy superficial los lugares comunes del cine de contagios (el virus, la forma de transmisión, la transformación de los afectados). A lo largo de Extinction nadie se refiere a estas criaturas como “zombies”, ni siquiera se sugiere (eso sí, en el cartel de la película podemos ver claramente una “Z” escrita con sangre, porque hay que vender el producto). De esta manera se pretende desplazar el foco de atención hacia los humanos, con la intención de construir un melodrama sobre la familia, la supervivencia y la esperanza que estaría muy bien si no fuera porque sus personajes no son interesantes y la situación en la que se encuentran no tiene ni pies ni cabeza.

EXTINCTION_POSTER_DEFINITIVODirigida por Miguel Ángel Vivas (Secuestrados) y producida entre otros por el prolífico Jaume Collet-Serra (La huérfanaSin identidad), Extinction apunta mucho más alto de lo que puede llegar. Como cinta de terror no sabe escapar de los clichés más manidos del género y maneja la tensión torpemente, con revelaciones y sustos que se ven venir a la legua. Pero lo que mella realmente la película son sus ínfulas de drama familiar psicológico, un tratamiento del género fantástico que recuerda por momentos al M. Night Shyamalan de Señales. La rivalidad de los protagonistas adultos (vecinos que no se han dirigido la palabra en nueve años por su pasado en común con la madre de la niña) debería impulsar la historia, pero lo que hace es arrastrarla de forma arrítmica, para culminar en una serie de reflexiones sobre la redención y la paternidad que evidencian una película mucho más básica e insustancial de lo que se cree.

Aun con todo, Extinction cuenta con una virtud, la interpretación de la mitad de su elenco protagonista. Mientras que Jeffrey Donovan es incapaz de demostrar más de un registro y Clara Lago no aporta absolutamente nada a la historia (su personaje debería ser catalizador del desenlace, pero el relato podría haber concluido perfectamente sin ella), la pequeña Quinn McColgan es toda una revelación y Matthew Fox está sencillamente espléndido, demostrando una madurez interpretativa y emocional que por desgracia pasará totalmente desapercibida. Claro que no basta con unos actores entregados para llevar una película a buen puerto cuando el material se trabaja de forma tan elemental. Extinction resulta rutinaria, y lo que es peor, aburrida, un pecado que no se le puede dejar pasar a una película de zombies (aunque no se identifique abiertamente como tal). Sin embargo, hay otro aspecto fallido de Extinction capaz de eclipsar este problema: su pobre acabado visual. Si el sopor no acaba con vosotros, sí lo harán los efectos digitales y los cromas más terribles que podáis imaginar.

Valoración: ★★½

iZombie: Con la vida en los talones

iZOmbie 1

El mundo es un lugar mejor desde que Buffy Summers y Veronica Mars aparecieron. Las dos (junto a Xena, claro) allanaron el camino para todas las protagonistas femeninas y heroínas televisivas que llegaron después. Sin embargo, últimamente echábamos de menos más personajes como ellas en las series. Y parece que no éramos los únicos. Las cadenas que fueran el hogar de Buffy y Veronica (WB y UPN) se fusionaron para dar lugar a la CW, hermana pequeña de las networks que últimamente parece más bien The DC Channel, y ante la invasión de superhéroes provenientes de las páginas del cómic, se dieron cuenta de que en la plantilla faltaba una rubia peleona de las suyas.

De ahí que CW adquiriese los derechos de iZombie, cómic de Vértigo (filial de DC, claro) creado por Chris Robertson y Michael Allred, con la idea de realizar una serie que llenase ese vacío. iZombie nace para recuperar, o preservar, según se mire, el espíritu de Buffy y Veronica, y quién mejor para ponerse al frente del proyecto que uno de los padres de las dos criaturas, Rob Thomas, creador de Veronica Mars. Junto a Diane Ruggiero-Wright (co-productora de VM), Thomas ha convertido las iconoclastas viñetas diseñadas por el imprescindible Mike Allred (que también ha dibujado la secuencia de créditos de la serie) en un drama procedimental fantástico que adopta el estilo de la cadena, llevando a cabo sustanciales cambios con respecto al cómic.

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iZombie (la serie) está protagonizada por Olivia Moore, más conocida como Liv Moore (“Live More”, ¿lo pilláis?), una estudiante de medicina de Seattle cuya vida da un giro de 180º al convertirse en zombie después de sufrir un ataque durante una desastrosa fiesta a bordo de un barco. Liv corta con su novio, Major (Robert Buckley), y deja el hospital donde está haciendo la residencia para irse a trabajar al depósito de cadáveres (en el cómic Liv se llama Gwen Dylan y trabaja como sepulturera). Allí tendrá acceso al único alimento con el que podrá conservar su aspecto humano y evitar convertirse en un monstruo: cerebros humanos. Y aquí viene el giro (es un decir), al comerse el cerebro de una víctima, Liv recibe sus recuerdos (en forma de visiones al estilo Cordelia Chase) y adopta su personalidad y habilidades, “superpoderes” que utilizará para ayudar al departamento de Homicidios de la policía a resolver casos complicados.

Lo que han hecho Thomas y la CW con esta serie es aprovechar la época dorada de los zombies en televisión para realizar un producto que, aunque técnicamente puede adscribirse al género Z, es en realidad otro tipo de “animal” televisivo. iZombie hace mucho más que recuperar el espíritu de Veronica Mars. En cierto modo, iZombie es Veronica Mars otra vez. Thomas no se ha quebrado mucho la cabeza desarrollando el concepto de su primera temporada, y se ha limitado a repetir el mismo esquema de VM, revistiéndolo de algo nuevo con el tema zombie. Tenemos a la protagonista ingeniosa y perspicaz (Rose McIver, a la que le cuesta un poco coger el tono a su personaje al principio pero acaba dominándolo), una fiesta a la que regresamos continuamente para descubrir nuevos datos sobre un misterio central, y una estructura de caso de la semana que ocasionalmente dará paso a un arco central al que se dedicará el final de la temporada (esto último ya no es cosa solo de VM, sino de cualquier procedimental que se precie). Es todo muy 2005, tramas, humor, referencias a la cultura popular, incluso banda sonora. Está claro que Thomas sigue viviendo en ese año.

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Pero eso no es todo, iZombie es una serie de zombies que en realidad es una serie de vampiros. Ya hemos visto a los muertos vivientes recibir el tratamiento vampiresco “pop” antes (Warm Bodies, In the Flesh), pero en iZombie tenemos a un tipo de zombie incluso menos arraigado en la tradición del género, más cercano a lo que Buffy y Angel hicieron con el mito de los chupasangres. Liv lucha por controlar a la criatura monstruosa que lleva dentro y debe renunciar al amor y el sexo con los vivos (el pobre Major, que las pasa canutas toda la temporada por su culpa), conflicto interno que define al primer (y verdadero) amor de Buffy. Los zombies civilizados que vemos en la serie acuden a carnicerías para abastecerse de cerebros de animales y evitar así la tentación de matar humanos. Incluso estéticamente se parecen más a los vampiros. La tez pálida sustituye a la carne podrida (esta se reserva a los zombies deshumanizados), dando lugar a las típicas situaciones y chistes que encontramos en las ficciones vampíricas. Pero ahí no se detienen las comparaciones, en iZombie también hay villano de rubio oxigenado, Blaine, aunque ya quisiera David Anders tener un cuarto del carisma de Spike.

Sin embargo, lo peor de iZombie son los casos, demasiado convencionales, aburridos y sobre todo predecibles. Narrativamente, la serie es muy mecánica y repetitiva, y todos los capítulos están escritos con la misma plantilla (usada en mil y una series antes que ella). Los guiones son excesivamente cándidos y nos vemos venir los giros a kilómetros de distancia. Por ejemplo, en casi todos los episodios es muy fácil identificar al asesino, porque siempre será un personaje aparentemente insignificante que aparece al principio de la forma más sospechosamente casual y desaparece hasta el final, cuando se requiere de nuevo su presencia para dar la “sorpresa”. Después, ese asesino o asesina confesará su crimen (sin abogado) explicando sus actos y motivaciones con todo lujo de detalles (como en Detective Conan). Es el modelo BonesCastle, investigación criminal de usar y tirar con aire de comedia ligera, pero con el toque juvenil de CW y un trasfondo sobrenatural.

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Y ahí está la clave para llegar a disfrutar iZombie. No es una serie a la que se le pueda pedir demasiado. Al menos no por ahora. Recordemos que Veronica Mars también necesitó su tiempo para pasar de esa etapa de casos de la semana y convertirse en algo más. Si asumimos su naturaleza de serie de planchariZombie es perfecta para cubrir ese hueco de ficciones de fácil digestión que muchos necesitamos (por ejemplo, yo la veo durante la comida). Pero es que además, potencial para trascender esa etiqueta no le falta (otra cosa es que lo haga), como hemos visto en la season finale, “Blaine’s World“, (relativamente) sorprendente episodio con un par de escenas impactantes (pero de verdad, como la que protagoniza Major en la carnicería) y cambios interesantes que plantean una segunda temporada con más mitología.

Por suerte, iZombie ha ido progresando adecuadamente a lo largo de sus 13 primeros capítulos y ha remontado en su recta final. McIver (a la que ya vimos en Play It Again, Dick) está cada vez mejor, y la serie cuenta con personajes secundarios muy acertados, como el británico Ravi (Rahul Kohli), sin duda el más divertido del reparto, o el ya mencionado Major, que ha pasado de ser pura carnaza (si Robert Buckley está ahí para algo es para descamisarse todas las semanas) a convertirse en un personaje mucho más definido y con una de las tramas más destacadas de la serie. La química entre todos ellos es estupenda y los demás personajes tienen buena base (espero que aprovechen mejor al hermano y la compañera de piso de Liv el año que viene), pero la serie no termina de cuajar. Después de los acontecimientos de la finale, la segunda temporada promete subir la apuesta y aumentar el drama, y aunque quizás yo esté ya muy mayor para una serie como esta, me quedaré para ver cómo evoluciona. Solo espero que cuando no estén con el arco principal se esfuercen un poco más con los casos de la semana para que no me arrepienta. Thomas, espero que aceptes el reto. Te lo pide un marshmallow.

12ª Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid: Primera jornada (viernes)

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Del 5 al 8 de marzo, la capital española celebra la fiesta del cine fantástico y sci-fi. Y no uso el verbo “celebrar” a la ligera. La Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid es una fiesta non-stop de cuatro días, la versión friki del Spring Break, una jarana continua de jueves a domingo en la que rendimos pleitesía al cine más oculto (la mayoría de películas no son estrenadas en salas comerciales), al más original, al más mierda, como dijo ayer la anfitriona anual de La Muestra, Leticia Dolera, que como siempre, es de lo mejor de La Muestra (gracias a ella, los ratos entre sesión y sesión son más llevaderos, e incluso muchas veces mejores que las propias pelis). Dolera además rebautizó esta edición como “La Muestra del Amor“. Por eso, porque amamos este cine, y porque de La Muestra salen parejas, como la que tuvo su primera cita hace tres ediciones y subió ayer al escenario a darse el lote para celebrar que el amor que une La Muestra no lo separa nadie, y ya de paso para ganar unas cuantas entradas gratis.

11034264_1063916180301981_9218959887533999355_nEste año, el duodécimo que se celebra este mini-festival de cine de género (que de pequeño tiene poco), regresamos a los Cines Callao para ver una de las programaciones más interesantes que nos ha propuesto La Muestra en los últimos años. El Syfy dio el pistoletazo de salida oficial el jueves 5, con el preestreno de la última locura de ciencia ficción de Neill Blomkamp, ChappieLa proyección fue todo un éxito a juzgar por la reacción del público en la sala (se juntaban las ganas de jalear del principio de La Muestra con la propuesta pasada de rosca de Blomkamp, pensada especialmente para el tipo de público que abarrota Callao estos días). Sin embargo, cuando ayer Dolera sondeó a los presentes preguntándoles qué les había parecido la película, hubo una clara división de opiniones. Chappie está destinada a provocar reacciones opuestas, a ser amada u odiada a partes iguales. Y bueno, ese es el tipo de películas que más nos gusta ver en La Muestra, así que fue todo un acierto programarla para la inauguración. A mí, personalmente, me divirtió mucho, pero creo que tiene unos cuantos problemas que, pensándolos en frío, son importantes. Os hablo de ellos en mi crítica sin spoilers.

A continuación, os dejo con reseñas de las cinco películas que pudimos ver en la primera jornada oficial del Syfy (no cuento la premiere de Chappie, porque a mí lo de “jornada” me suena sobre todo a los maratones de casi 12 horas que nos pegamos en Callao). Dos de zombies, una de fantasmas, una de vampiros, y una de tribus callejeras japonesas en guerra. Cinco variopintas películas con una cosa en común: que las cinco son comedias. Empezamos el Syfy con unas buenas risas.

 


Housebound
(Gerard Johnstone, Nueva Zelanda)

Housebound - Poster 01El día empieza por todo lo alto con esta comedia de terror neozelandesa que amasa hábilmente todos los tópicos del cine de casas encantadas, el de invasión doméstica (home invasion) y los misterios tipo whodunitdándole un toque de cachondeo muy loco, un poco al estilo You’re Next pero más jocoso aún. Housebound cuenta la historia de una joven rebelde a la que pillan atracando un cajero y es condenada a 8 meses de arresto domiciliario en casa de su madre y su padrastro. Allí se verá forzada a convivir de nuevo con su detestada madre y el apocado marido de ésta, cuya tranquilidad se ve interrumpida por la presencia irritante y destructiva de la joven. Los tres deberán convivir en un caserón antiguo, lleno de recuerdos y secretos macabros, en el que según parece habita un fantasma. La ópera prima de Gerard Johnstone está llena de ingenio y humor bobalicón (del que es tonto, pero inteligente), personajes entrañables (el responsable de seguridad cazafantasmas y la madre son los mejores), y engancha con su trama de misterio que va dejando revelaciones y giros sorpresa (no diré ninguno, pero todos son bastante buenos) a golpe de sustos y risas, y culmina en uno de los mejores clímax que hemos visto en mucho tiempo dentro del género. Después de esta película, no volveréis a ver un rallador de cocina de la misma manera.

 


Tokyo Tribe
(Shion Sono, Japón)

tokyo-tribe-poster-final-comp3Shion Sono, el irreverente y quizás demente en la vida real (como la anécdota escatológica que nos contó Dolera antes de la proyección demuestra) director de Suicide Club (2001) nos trae a La Muestra su última locura cinematográfica, Tokyo Tribe, un musical hip hop de acción de dos horas basado en el manga de Santa Inoue. Japón es un territorio hostil, cuya capital está dividida en facciones callejeras que luchan por el control de Tokio. Cuando Mera (Ryôhei Suzuki), el líder de la tribu de Bukuro, se propone acabar con todas las bandas enemigas para conquistar la capital, la guerra da comienzo. Tokyo Tribe es una de esas películas que no se pueden describir con una simple sinopsis. Es más, estamos ante una película que no decide tener argumento hasta bien entrada su primera hora. La primera parte de Tokyo Tribe es una presentación de todas las tribus de Tokio a ritmo de hip hop. Con raps que por cierto hacen que el “Oza, oza” parezca una de Kanye West, para que os imaginéis el nivel de las rimas y las interpretaciones. Claro que a Shion Sono le importa bien poco que se le tome en serio como director de musicales. Esta West Side Story punk no está hecha para eso. Es una locura pasadísima de rosca que hará las delicias de los fans del cine más esquizofrénico de Takashi Miike (al que no le llega a la suela de los zapatos a pesar de las inevitables comparaciones). Tokyo Tribe es un ambicioso y colorido festival psicodélico de humor absurdo, misoginia y acción demencial, una experiencia visual muy estimulante, que sin embargo no está innovando ni provocando tanto como cree.

 


Burying the Ex
 (Joe Dante, Estados Unidos)

Burying the Ex - Poster 01Llegamos al ecuador de la primera jornada con otra propuesta de comedia, esta vez definitivamente más ligera y llevadera que la anterior, lo nuevo de Joe DanteByrying the Ex. El director de clásicos incontestables y cintas de culto como Piraña, Gremlins, Exploradores, El chip prodigiosoPequeños guerreros regresa tras una temporada dirigiendo series (Hawaii 5.0, CSI, Masters of Horror) con su nuevo largometraje, una comedia romántica zombie, especie de fusión entre una sitcom, un episodio de La dimensión desconocida y un libro de Pesadillas de R.L. StineEn Burying the Ex, un joven que trabaja en una tienda de disfraces (mi querido Anton Yelchin) quiere romper con su novia (Ashley Greene), una insoportable freak del medio ambiente que pretende controlar todos los aspectos de su vida. Sin embargo, antes de poder darle las malas noticias, la chica muere, y lo hace con la promesa aún vigente (y sellada por la estatua mágica de un demonio) de que van a estar siempre juntos. En consecuencia, la chica regresa como zombie para asegurarse de que van a pasar la eternidad el uno junto al otro, cueste lo que cueste. Con este argumento (escrito por el recién llegado Alex Trezza), Dante bien podría haber hecho un pitch a las cadenas para una nueva serie, pero ha preferido llevarlo al cine, con una comedieta bastante cutre pero simpática que se deja ver sin problema, una película de sábado tonto por la tarde que no nos viene mal de vez en cuando y que sobre todo nos deja pasar un rato con los achuchables y adorables Anton Yelchin y Alexandra Daddario. Lo sorprendente, sin embargo, es que Dante haya realizado una película que más que la obra de un director con casi 50 años de experiencia en el cine, parece la ópera prima de un cineasta joven que aún no sabe cómo ir más allá de los clichés del género.

 


Lo que hacemos en las sombras
(Jemaine Clement, Nueva Zelanda)

Poster 700x1000 AFSegunda película neozelandesa del día. Definitivamente, los kiwis están on fire. Pero es que Lo que hacemos en las sombras (What We Do in the Shadows) era además una de las cintas más esperadas de La Muestra. Y no solo cumplió las expectativas, sino que las fulminó. Este falso documental sobre cuatro vampiros que comparten “piso” (en realidad es una mansión, pero ellos se consideran flatmates), que a priori suena demasiado a la serie Being Human (con la que no tiene nada que ver además de la premisa), es una de las comedias más descacharrantes y geniales que vamos a ver en los últimos años. Dirigida por Jemaine Clement, de Flight of the Conchords y Taika Waititi, con el que trabajó en la serie de HBO, Lo que hacemos en las sombras no da tregua (nunca había oído tantas risas no-irónicas seguidas en La Muestra). Repleta de situaciones absurdas y muy familiares derivadas de la convivencia diaria de los vampiros, con una extraordinaria inventiva visual que saca provecho de todas las posibilidades que brindan las “leyes” de los vampiros (brillantes los enfrentamientos, vuelos, transformaciones), y un inteligente repaso por los clichés del géneroLo que hacemos las sombras logra lo imposible: aproximarse al agotadísimo género vampírico y darle la vuelta por completo para hacer una de las comedias de terror más originales del cine reciente. Imprescindible para los fans de Flight of the Conchords, y recomendadísima para todos los demás.

 


Hunger of the Dead 
(Naoto Tsukiashi, Japón)

AKBポスターB全ポスター00Para la primera sesión de medianoche de La Muestra, nada más adecuado que una serie B japonesa de zombiesHunger of the Dead (o Hunger Zes la historia (por llamarlo de alguna manera) de un joven que va a parar a la única casa donde aún quedan seres humanos en un mundo infestado por zombies. En este escenario post-apocalíptico es necesario preservar la especie humana, por lo que las mujeres de la casa son “usadas” para procrear, y los niños que paren (a los que nunca vemos) se dan como alimento a los zombies (huh?), por orden del zombie que dirige las instalaciones y que esconde un secreto. Una cosa ofensiva, estúpida y sin sentido que, dicho así, no suena a nada que no debería ser una peli Z de bajo presupuesto, pero es que Hunger Z falla en lo más importante: es aburrida y no tiene ni un poco de gracia. Vamos, que ni siquiera sirve para reírse de sus chapuceros efectos (esos cuchillos que se clavan en el aire) o de su absurdo argumento. Un desperdicio sin gracia que solo los más jaraneros del Syfy supieron disfrutar.

Crítica: Retornados

The Returned

Si Retornados (conocida internacionalmente como The Returned) nos hubiera llegado hace dos o tres años merecería todos los elogios del mundo por aportar una nueva perspectiva al género zombie. Sin embargo, esta tuerca se ha girado tanto últimamente que uno se pregunta si quedan maneras de sorprender o redibujar la Gran Z. La idea detrás de esta coproducción hispano-canadiense dirigida por Manuel Carballo (La posesión de Emma Evans) es muy interesante: después de una epidemia, los infectados por el virus que son tratados en las primeras 24 horas “retornan” a la vida, convirtiéndose en personas que viven con una enfermedad crónica, controlada gracias a un medicamento. Pero esta premisa ya ha sido utilizada antes (recientemente en la serie británica In the Flesh) y a pesar de que Carballo sabe sacar el máximo provecho de la idea -y esta no ha sido explotada en exceso aún-, la película suena a lo mismo de siempre, y por tanto la reinvención no es tal cosa.

¿Por qué es tan importante que una peli de zombies sea innovadora? Además de porque el género lleva tiempo dando los últimos coletazos, porque es quizás uno de los más restringidos por sus propias normas y lugares comunes. Todas funcionan igual, ya sean puro Retornados posterterror, un blockbuster protagonizado por Brad Pitt o una comedia romántica para adolescentes. Y desde la revitalización del género a mediados de la década pasada, la originalidad es un requisito indispensable. Retornados se aleja de todas esas variantes para cultivar el melodrama con tintes de thriller. Hay pocos sustos, no hay apenas elementos de survival horror, y no vemos muchos zombies. Solo personas luchando contra su enfermedad y contra aquellos que no la entienden, condenados al ostracismo o a vivir con el peso de un gran secreto. Y en última instancia, convertidos en animales de presa o exiliados por la escasez de la medicina que los mantenía encadenados.

Si In the Flesh comparaba implícitamente el virus con la homosexualidad (o la diferencia en general), la película de Carballo convierte a los “retornados” en personas afectadas con el virus VIH. En ambos casos la metáfora zombie se utiliza para lo mismo: mostrar el rechazo de la sociedad y/o el estigma del enfermo. La sutilidad brilla por su ausencia, pero la película cumple bien su cometido.

Salta a la vista la dedicación y el cariño con el que está hecha Retornados. El film está muy cuidado estéticamente, con una realización más que solvente y una historia bien contada (concisa, con giros ubicuos y buen ritmo). Sin embargo, las pobres interpretaciones del reparto canadiense y catalán (que desentonan con la gran carga dramática de las escenas) lastran el conjunto. Por otro lado, a pesar de que logra mantener un admirable temple y contención durante toda la película, Carballo se acaba sumiendo en la cortometrajitis más sonrojante con un final y un epílogo de vergüenza ajena.

Valoración: ★★½

In the Flesh: A flor de piel

In the Flesh Kieran

No cabe duda, vivimos en la era Z. El género zombie lleva casi una década siendo una de las mayores obsesiones del cine y la televisión. Desde que aquella pequeña joya de la comedia que fue Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) reescribiese las normas del género, los zombies y todas sus variantes se han convertido en los grandes protagonistas del fantástico del siglo XXI, incluso desbancando a los sempiternos vampiros. A estas alturas de la película, parece que queda poco espacio para la innovación. The Walking Dead triunfa en televisión con una perspectiva más dramática, mientras que en el cine seguimos recibiendo comedietas (Cockneys vs. Zombies) que practican el ya anticuado humor gamberro con el que Wright enlustró la Z. A comienzos de 2013 pudimos ver una vuelta de tuerca en clave romanticona y adolescente, Warm Bodies (titulada en España Memorias de un zombie adolescente), con la que descubrimos que todavía se podía ser original a la hora de retratar al zombie en la pantalla. Y este verano hemos sido testigos de la comercialización definitiva del no-muerto, convirtiéndolo en carne (podrida) de blockbuster con Guerra Mundial Z. A la sombra de la sorprendente Warm Bodies nacía también este año en televisión la serie In the Flesh, que, a grandes rasgos, podría parecer su secuela catódica.

In the Flesh es una miniserie británica emitida originalmente por BBC Three. Consta tan solo de tres episodios de una hora de duración, funcionando perfectamente como relato autoconclusivo en tres actos. La cadena prepara una segunda temporada extendida (en teoría de 6 episodios), pero lo cierto es que In the Flesh, tal y como está, es absolutamente perfecta. Como decíamos, la serie parte de la premisa que sirve como conclusión a Warm Bodies, pero descarga la propuesta de toda la comedia y el crepusculismo que caracterizaba a la película de Jonathan Levine.

In The Flesh

In the Flesh nos propone un Reino Unido post-apocalíptico en el que los zombies no son tal cosa, sino personas que viven con el estigma del “Síndrome del Fallecimiento Parcial”, enfermos crónicos que tras recibir tratamiento médico en instalaciones hospitalarias son reinsertados en la sociedad. Sin embargo, el rechazo y la hostilidad de los ciudadanos no infectados convierte a los no-muertos en apestados, incluso perseguidos. Ningún enfermo de muerte parcial puede volver a vivir de verdad. A pesar de la medicina para reprimir el virus que los convierte en monstruos, el maquillaje que cubre la putrefacción de su piel y las lentillas que ocultan sus ojos deshumanizados, para los “normales” siguen siendo asesinos, engendros desviados de la naturaleza.

La historia de In the Flesh es la historia de Kieren Walker (Luke Newberry), un joven infectado que regresa a su hogar, un pequeño pueblo de Lancashire, después de pasar años en las instalaciones gubernamentales de rehabilitación para enfermos de PDS (Partially Deceased Syndrome). La vuelta de Kieren supone para él un reencuentro con sus demonios, un regreso al infierno del que había intentado huir hacía años. A través de la metáfora zombie, In the Flesh enarbola, de manera sutil y progresiva, un relato sobre la intolerancia, sobre la ignorancia y el integrismo religioso que condena al diferente como anti-natura. Según esta serie, ser un no-muerto en un pueblo pequeño es lo mismo que ser homosexual en un pueblo pequeño. Es más, la comunidad cerrada es la prisión del adolescente, sea de la condición que sea. Hay que salir de ahí por todos los medios, o condenarse a estar muerto en vida. Kieren lo sabe, porque ya había sucumbido a la presión, y ahora está condenado a revivir la experiencia.

In the Flesh

A lo largo de los tres episodios que dura In the Flesh, la historia de Kieren va sumando capas de profundidad, sin explicitar en ningún momento el pasado en común que condiciona a todos los personajes, pero haciendo que este se manifieste en cada mirada y cada gesto, en los que el espectador ve claramente todas las heridas abiertas. Las del padre que escoge engañarse a sí mismo a pesar de tener la evidencia delante de sus narices (cicatrices en el rostro que son caricias furtivas), las de la madre que se siente culpable por no haber podido salvar a su hijo, las del chico que ha perdido al primer amor, es decir, al amor de su vida -porque In the Flesh es también una velada pero desgarradora historia de amor. Y las de padres e hijos que conviven con lo que no se cuentan, sin mostrarse nunca la verdadera piel.

In the Flesh, como bien indica su título, es un relato en carne viva. Parece mentira que un género que ya muestra inevitables síntomas de desgaste, y una premisa vista recientemente, pueda generar un producto tan único y valioso. In the Flesh nos conmueve porque rasca en la superficie y se adentra en terreno virgen para el género. Ni survival horror ni parodia. Nos golpea con el drama y la tragedia humana de unas personas que ya estaban rotas antes del Apocalipsis, que ya sufrían “enfermedades” demonizadas por la sociedad, cuyos corazones ya habían dejado de latir hacía tiempo. Pero nos deja con un mensaje de esperanza, nos habla de la existencia de segundas oportunidades (para víctimas y verdugos, que por lo general siempre serán únicamente víctimas). Y nos proporciona cobijo, un seno materno en el que llorar, una cueva donde vivir nuestra diferencia aislados del mundo y aprender a convivir con las mayores enfermedades crónicas de la humanidad: el miedo y la tristeza.

I’d love you with all my heart even if you came back as a goldfish!

Crítica: Guerra Mundial Z

Verano se escribe con B de blockbuster. Más de un mes después de su estreno en Estados Unidos nos llega Guerra Mundial Z, y lo cierto es que esta superproducción protagonizada por Brad Pitt irrumpe en nuestra escuálida taquilla estival habiendo dejado ya muy atrás la gran expectación y el hype que generaba. Y quizás sea mejor así, porque la película de Marc Foster (Descubriendo Nunca Jamás, 007: Quantum of Solace) no termina de cumplir las expectativas.

Lo que propone Foster con Guerra Mundial Z -adaptación muy libre de la novela homónima de Max Brooks– es una novedosa aproximación al género zombi (que ya fue reinventado hace poco por Warm Bodiespor cierto), una relectura en clave de thriller de acción y película de catástrofes con dosis de terror que prescinde del gore y el humor que caracterizan al cine Z. Es decir, se utiliza la moda zombi como cebo para consumir el clásico blockbuster veraniego sobre la humanidad en peligro protagonizado por un hombre blanco norteamericano que la salva él solito con sus propias manos. El supersoldado americano está en este caso personificado por el siempre rentable y siempre solvente Brad Pitt (aunque podría ser Tom Cruise y no nos habríamos dado cuenta). Guerra Mundial Z está plenamente al servicio de la gran superestrella de Hollywood. Es difícil encontrar un solo plano de la película en el que Pitt no aparezca (a ser posible en primer plano), y aunque oficialmente haya más personajes, en realidad estos no existen. Solo Brad.

Los zombis de Guerra Mundial Z no son nada parecido a lo que nos tiene acostumbrados el género, no son los muertos vivientes de Romero, sino humanos infectados por un virus que los convierte en bestias salvajes (aunque descerebradas como de costumbre) con fuerza sobrehumana y gran velocidad, más próximos a los de 28 días después. Monstruos que forman mareas de no-muertos, una plaga que amenaza con destruir el planeta. En este sentido, funcionan a varios niveles. Facilitan la acción más vertiginosa y espectacular a la vez que sirven de excusa para construir una historia clásica de amenaza pandémica. Como podéis comprobar, la ambición de Guerra Mundial Z consiste en no restringir el relato a un solo género. El problema es que el ímpetu con el que arranca la película se va desvaneciendo gradualmente, y llega un momento en el que tenemos la sensación de que se ha perdido la ilusión por el proyecto y se ha puesto el piloto automático -no quiero decir nada, pero detrás del guion está nuestro amigo Damon Lindelof, al que acompaña nuestro otro amigo, Drew Goddard, además de Matthew Michael Carnahan.

La primera hora de Guerra Mundial Z es sencillamente brutal. La película abre con una espectacular secuencia de esas que van directas al grano y disponen el tono a seguir. Después de una breve (menos mal) exposición de la situación mundial, se inicia una especie de relato por fases, un videojuego en el que nuestro héroe avanza niveles en busca de la cura para la humanidad. La magnífica realización de Foster nos regala secuencias de infarto, hábilmente planeadas y mejor ejecutadas. Set pieces en los que la cámara saca el máximo partido de la acción y los espacios para agitarnos y sobresaltarnos, manifestando un dominio absoluto de la tensión. Por desgracia, en su segunda hora Guerra Mundial Z se desinfla. La razón: varias reescrituras, retrasos en la producción, polémicas internacionales y evidentes problemas en la sala de montaje. Es entonces cuando empiezan a manifestarse las muchas carencias del guion, y nosotros comenzamos a preguntarnos si lo que está ocurriendo realmente tiene sentido.

La última fase en Gales se alarga más de lo debido, para cuando llega el clímax -patrocinado por Pepsi– se han agotado las ideas, y las ganas. La seriedad, e incluso grandilocuencia, con la que se enfoca la película se vuelve en su contra, produciendo el efecto contrario al deseado. Ya no sentimos tensión o miedo como al comienzo (algunos incluso empezarán a reírse de ella en este punto), y esto hace que prestemos mayor atención a pequeños detalles que evidencian la gran ineptitud de los guionistas a la hora de desenlazar la historia. Guerra Mundial Z deviene así en un sinsentido en el que los personajes (Brad y una pandilla de científicos tontos) toman una decisión cuestionable detrás de otra, y donde las piezas acaban encajando de la manera más fortuita. Algo parecido a lo que ocurría en otra obra maldita de Lindelof, Prometheus, aunque algo menos grave. La película opta por el final más convencional y perezoso posible -un parche de última hora después de que el original resultase demasiado brutal y polémico-, conformando un anticlímax abrupto que da paso a una lección moral para párvulos. A pesar de la espléndida primera hora, la decepción es inevitable. En su empeño por hacer las películas de zombies más accesibles para el gran público, Guerra Mundial Z se convierte en la señal definitiva de que va siendo hora de darle un descanso al género. O de que algunos no deberían jugar con él.

Memorias de un zombie adolescente: las ventajas de ser un muerto viviente

Memorias de un zombie adolescente (Warm Bodies, Jonathan Levine, 2013)

¿Quién iba a decirnos que en 2013 llegaría a nuestras carteleras una adaptación del éxito de 1989 “Mi novio es un zombi”? Jonathan Levine (50/50) se ha basado en la exitosa novela de Isaac Marion, Warm Bodies, para su cinta Memorias de un zombie adolescente, pero el realizador no engaña a nadie. El germen del proyecto es evidentemente la canción de Alaska y Dinarama (previamente de Los Vegetales): “A veces pienso que no puede ser / pero yo sé que nadie me separará de él / está muerto, aunque lo niegue / él es un zombi pero me quiere”.

Fuera de bromas, tanto la canción como la película se apoyan en la misma premisa: el amor imposible entre dos seres que pertenecen a mundos diametralmente opuestos. En este sentido, Warm Bodies no oculta su inspiración en la historia de amor prohibido por excelencia: Romeo y Julieta de William Shakespeare. Memorias de un zombie adolescente está ambientada en un escenario postapocalíptico regido por leyes marciales, en el que un gran muro hace las veces de torreón del castillo donde una princesa permanece enclaustrada -figuradamente- a la espera de su príncipe azul.

Y en este caso, lo de “azul” es prácticamente literal, porque el Romeo de esta historia es un muerto viviente. Los zombies invaden la Tierra mientras la resistencia humana se atrinchera con la esperanza de hacer que la especie perviva, y con el objetivo principal de disparar a todo aquel que esté infectado con el virus de origen desconocido (no esperéis explicaciones, tampoco las vais a necesitar). R (interpretado por nuestro Nicholas Hoult de Skins) es un zombie adolescente, o un adolescente a secas: se comunica con gruñidos y monosílabos, es tremendamente autoconsciente de su aspecto físico, camina desgarbado y sin rumbo definido, y se pasa las horas muertas en su cuarto (en este caso cabina de avión) escuchando música. Su no-vida cambia cuando en ella irrumpe Julie Grigio (Teresa Palmer, un cruce exacto entre Kristen Stewart y Hayden Panettiere), de la que se enamora perdidamente, y a través de la que intentará demostrar que es posible revertir el proceso de putrefacción y degeneración mental que acaba convirtiendo a los zombies en esqueletos asesinos.

Memorias de un zombie adolescente viene de la mano de la productora de La Saga Crepúsculo, Summit Entertainment, pero no debemos dejarnos llevar por este preocupante dato. La película propone una vuelta de tuerca amable, teen y romanticona que ha sentado de maravilla a un género que ya empezaba a agonizar. El humor gamberro made in Britain que perfeccionó Shaun of the Dead (éxito cuyo patrón ha generado innumerables sucedáneos, unos más afortunados que otros) comienza a agotarse, por lo que se agradece un punto de vista alternativo y original. Memorias de un zombie adolescente adapta al género Z la muy recurrente metáfora de la adolescencia como etapa de monstruosos cambios físicos y psicológicos. Los previos acercamientos vampíricos y licántropos a este tema no han servido precisamente para dignificar el género, sino más bien todo lo contrario. Memorias de un zombie adolescente se deshace de la seriedad con la que se toma a sí misma La Saga Crepúsculo, y hace gala de un sentido del humor relajado, buenrrollista y eficaz que la convierte en una feel-good movie en toda regla.

Ya sea como película de zombies o comedia romántica, Memorias de un zombie adolescente es una propuesta fresca e inusual. El mayor acierto de la cinta es plantear la historia desde el punto de vista del zombie -de uno embellecido y adorkable, para más inri-, que a través de sus pensamientos en off nos involucra en su entrañable tormento existencial, pero sobre todo, nos hace cómplices de su enamoramiento. Al fin y al cabo, Memorias de un zombie adolescente no es más que la historia de un chaval introvertido que no sabe cómo hablar con la chica de la que se ha colgado. Y es en esa universalidad donde reside el principal encanto de una película que se niega a ser constringida por las normas del género y abre los ojos ante un mundo lleno de posibilidades. Si consigues decirle dos palabras seguidas sin tartamudear, todo es posible.