‘Vengadores: Infinity War’: Un acontecimiento de proporciones titánicas

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Todo está conectado y todo ha conducido hasta aquí. El principio del fin. El final de un principio. Después de una década, tres fases y 18 películas, da comienzo la culminación del Universo Cinematográfico Marvel tal y como lo conocemos con Vengadores: Infinity WarAunque técnicamente sea la tercera entrega de Vengadores (la cuarta si contamos Capitán América: Civil War), esta vez es distinto, y se siente en cada fotograma. Se trata del clímax de todo un universo de ficción construido con admirable paciencia y planificación, un desenlace que promete sacudir fuertemente sus cimientos antes de iniciar la siguiente etapa.

Si La era de UltrónCivil War ya contaban con repartos multitudinarios, lo de Infinity War es la macro-reunión más impresionante que nos ha dado el cine de superhéroes hasta la fecha. Parecía imposible, pero Marvel lo ha conseguido. A Los Vengadores se suman los Guardianes de la Galaxia y otros muchos aliados para enfrentarse a la mayor amenaza de su historia, Thanos. El Titán Loco planea hacerse con las Gemas del Infinito para llevar a cabo su ambicioso plan de transformar y dominar el cosmos entero. Los héroes deberán proteger las Gemas de su familia de secuaces, la Orden Negra, para evitar que su enemigo se convierta en un ser todopoderoso y ponga fin al universo.

Un argumento relativamente sencillo para describir una historia que lleva desarrollándose a lo largo de tanto tiempo con múltiples frentes y ramificaciones. Los hermanos Russo, que dirigieron las dos anteriores entregas del Capitán América, El soldado de invierno y Civil War, se hacen cargo del reto más complicado de los diez años de Universo Marvel, unificar todo lo visto hasta ahora y hacer que confluya en dos horas y media de película. El resultado es sin duda satisfactorio, en especial para aquellos que hayan seguido devotamente el Universo Marvel (los espectadores casuales probablemente no se enterarán de nada). En recompensa a la fidelidad de los marvelitas, Infinity War les da todo lo que querían. Y después mucho más.

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Porque en realidad, más que una película, Infinity War es un evento. Uno orquestado para hacer que los fans de Marvel se queden pegados a su asiento y no pestañeen ni una vez, por miedo a perderse algo importante. Infinity War redefine el término “épico”. Es grande. Enorme. Tanto que puede ser difícil abarcar todo lo que pasa en ella y acabar siendo una experiencia abrumadora. Pero eso es justo lo que esperábamos, un acontecimiento como ninguno otro en el cine reciente, un aluvión de información y sensaciones, el crossover para acabar con todos los crossovers.

En Infinity War coinciden por primera vez (casi) todos los personajes principales de Marvel a los que hemos conocido en anteriores películas. Los Vengadores, los Guardianes, Spider-Man, Doctor Strange, Black Panther… La historia transcurre en multitud de emplazamientos, recorriendo toda la galaxia conocida para (re)introducir a los héroes, conducirlos los unos hacia los otros y formar varios grupos con ellos. A pesar de que esto causa la inevitable fragmentación y el amontonamiento que suele lastrar este tipo de reuniones superheroicas, los Russo consiguen que todo encaje, conservando los estilos individuales y las voces de los personajes, lo cual ayuda a unificar un todo disperso y muy bullicioso. Además, gran parte de la acción transcurre en el espacio o alejada de núcleos urbanos, dando a la película una dimensión cósmica aglutinadora y ya de paso evitando volver a caer en el hastiado recurso de la destrucción de una ciudad.

Por supuesto, tantos personajes y tramas entrelazadas provocan los consabidos problemas: unos héroes quedan irremediablemente desplazados por otros (sorprende el poco peso que tienen Capitán América y Viuda Negra, seguramente reservados para la próxima) y el constante ajetreo al viajar de un rincón a otro de la galaxia puede llegar a agotar. Además, algunas escenas de batalla, por muy espectaculares que sean (y lo son, mucho), son tan vertiginosas y abarrotadas que corren el riesgo de saturar al espectador -nada a lo que no estemos habituados, por otro lado.

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Aun así, hay que elogiar de nuevo a los Russo porque, pese a todo esto, logran mantener el interés de principio a fin y que la película no tenga bajones de ritmo. Lo hacen cumpliendo a rajatabla el decálogo de Marvel, combinando acción, humor, épica y emoción de forma infalible. En Infinity War no hay minutos desaprovechados ni pasos en falso. Acierta dosificando bien la comedia (aunque sobra el product placement de los diálogos), sacando partido de las interacciones (y choques) entre personajes para dejarnos chistes verdaderamente inspirados y momentos muy divertidos a pequeña escala que suponen un respiro en contraposición a la magnitud de la película, y siempre teniendo en cuenta los vínculos que los unen y los motivan. De hecho, los héroes tienen el poder de derrotar a Thanos, pero es la lealtad y el amor que se profesan lo que dificulta su tarea de acabar con el villano y salvar el universo. Y ese es quizá el mayor acierto del film. Y del Universo Marvel en general. Que nunca pierde de vista el corazón que lo bombea y la importancia de anclar la acción en los personajes y sus relaciones.

Otro aspecto en el que Infinity War se salda con éxito es en la construcción del villano. Llevábamos mucho tiempo esperando ver a Thanos en acción y lo cierto es que no defrauda. Josh Brolin (a quien se puede identificar claramente tras el CGI) crea un antagonista grandioso y carismático cuyas apariciones en pantalla transmiten la tensa amenaza e imprevisibilidad que caracteriza al gigante púrpura, magnificadas por el impactante realismo de su rostro, fruto de un excelente trabajo de efectos digitales. Aunque no deja de ser el clásico monstruo con ansias de poder y control, el guion asocia su comportamiento a la compleja relación familiar que tiene con Gamora, lo que hace que presente muchas más capas que otros malos de Marvel. No tanto su séquito, la Orden Negra, que con excepción de Ebony Maw, están desdibujados y parecen personajes de World of Warcraft que se han perdido y han ido a parar a los pies del villano.

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Volviendo a Gamora, es necesario destacar la interpretación de Zoe Saldana, que comparte con Brolin el peso de la trama central, dándole un enfoque inesperadamente conmovedor a su personaje. Aunque en general, el trabajo de todo el reparto es sólido, con cada actor y actriz repitiendo aquello que tan buenos resultados les dio en películas anteriores. El descaro de Robert Downey Jr., la inocencia entusiasta de Tom Holland, la nobleza de Chris Evans, la fuerza de Elizabeth Olsen y su conexión con Paul Bettany, la afabilidad cercana de Mark Ruffalo, la fusión de gracia tontorrona y dramatismo imponente de Chris Hemsworth, la chispa impredecible de Dave Bautista… El dominio que tienen sobre sus personajes y lo definidos que estos están confirma una vez más cuál es el gancho real de estas películas, haciendo que los momentos individuales sean mejores que la suma de las partes.

En definitiva, y aun con sus defectos, Infinity War supone otra victoria para la Casa de las Ideas, una experiencia intensa, emotiva, visceral, visualmente desbordante y llena de sorpresas, en la que, por primera vez en el Universo Marvel, tenemos la sensación de que puede ocurrir cualquier cosa (y cuando lo hace, golpea tan fuerte que cuesta recuperarse). Estaremos hablando durante mucho tiempo de su escalofriante final, un cliffhanger que deja la impresión de haber visto solo la primera mitad de algo, pero también dispara hacia las estrellas la expectación y el miedo por saber qué nos deparará la segunda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2

“¿Starlord? ¿Quién?” Hasta hace no mucho solo los entendidos en cómic sabían quiénes eran los Guardianes de la Galaxia. Todo cambió en 2014, año en el que esta variopinta banda de forajidos e inadaptados espaciales irrumpió en el Universo Cinemático de Marvel para ponerlo todo patas arriba. Guardianes de la Galaxia fue la apuesta más arriesgada de Marvel Studios hasta ese momento, una aventura coral con personajes totalmente desconocidos por el gran público y sin apenas preparación previa, como sí tuvieron Los Vengadores. La jugada no les pudo salir mejor y el film se convirtió en uno de los más taquilleros del estudio, además de uno de los más queridos por el público. Tres años más tarde regresamos al cosmos marveliano para reencontrarnos con Starlord, Gamora, Drax, Rocket y Groot en Guardianes de la Galaxia Vol. 2, con la que James Gunn continúa por todo lo alto la franquicia con más personalidad de Marvel.

Al ritmo de la flamante Awesome Mix Vol. 2, la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es otra epopeya intergaláctica al más puro estilo Marvel, con grandes dosis de acción, comedia, y un claro hilo conductor: la familia. El film nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos en la primera película, ya convertidos en un grupo asentado y leal (aunque disfuncional, por supuesto), explorando sus vínculos y hallando en ellos su razón de ser, mientras salvan la galaxia. Otra vez. La trama principal arranca con la aparición del padre de Starlord (Chris Pratt), el planeta viviente llamado Ego (Kurt Russell), que proporciona al héroe las tan ansiadas respuestas sobre su origen y sus poderes. Pero el motivo familiar se extiende hacia todos los personajes: Gamora (Zoe Saldana) y Nébula (Karen Gillan), hermanas que intentan resolver sus diferencias de manera poco ortodoxa, Rocket (Bradley Cooper) y Yondu (Michael Rooker), dos bandidos muy distintos entre sí pero con mucho más en común de lo que creían, Drax (Dave Bautista), que sigue de luto por la pérdida de su mujer e hija mientras conecta con Mantis (la revelación Pom Klementieff), y Groot (Vin Diesel), convertido en el benjamín del clan, un niño que no hace más que enredar y del que los Guardianes cuidan como si fuera el hijo de todos.

El quinteto original se amplía con antiguos conocidos y la llegada de nuevos personajes, aliados y enemigos. Los mencionados Nébula y Yondu (y su banda, otra familia a su manera) reciben una promoción y adquieren mayor protagonismo, mientras que los nuevos fichajes se incorporan de forma orgánica al universo de los Guardianes. Un carismático Kurt Russell encaja a la perfección como el padre de Peter Quill, entablando una simpática dinámica paternofilial con Chris Pratt (verlos recuperar el tiempo perdido jugando a la “pelota” es descacharrante a la vez que entrañable, puro Guardianes de la Galaxia). Elizabeth Debicki encarna a la distinguida Ayesha, villana que en esta ocasión recibe el tratamiento adecuado para que no ocurra lo de siempre: en esta entrega, la malvada se reserva a una trama secundaria, casi anecdótica (los Guardianes se encuentran huyendo permanentemente de su imperio después de una trastada de Cohete), mientras se le da una vuelta de tuerca al esquema habitual de Marvel para desarrollar su conflicto central. Y por último, pero no por ello menos importante, la aparición de Mantis llena aun más de luz la franquicia, gracias a la deliciosa interpretación de Pom Klementieff, que forma una gran pareja con Drax y construye a un personaje adorable y divertido del que se saca mucho partido.

Con tantos personajes y frentes abiertos, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 corre el riesgo de irse por la borda, pero James Gunn logra no solo que esto no ocurra, sino que todas las tramas y arcos de personajes confluyan de manera natural y que todos los personajes principales tengan el tiempo en pantalla necesario. Nadie queda infrautilizado o explotado por encima de los demás, ni siquiera Baby Groot, indudable reclamo comercial que se maneja con mesura para conquistarnos sin llegar a saturar (no hay palabras suficientes para describir lo maravillosa que es la versión infantil del personaje). Y no solo eso, sino que de alguna manera, no me preguntéis cómo, Gunn se las arregla para ir a lo suyo y además cumplir con las normas del estudio con abundancia de easter eggs y gloriosos cameos (menos el de Nathan Fillion como Wonder Man, que tristemente tuvo que ser eliminado del montaje final).

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Una de las claves del éxito de Guardianes de la Galaxia, y en concreto de este segundo volumen, es el amor del director y guionista hacia sus personajes, que se traduce en una conexión muy evidente de los actores con el material. Gunn trata a los Guardianes y todos a su alrededor con sumo cariño, conociéndolos y ejerciendo un control sobre ellos que no siempre encontramos en el cine de superhéroes. Vol. 2 funciona tan bien porque son los personajes los que conducen la acción en todo momento (sus relaciones, sus deseos, objetivos, miedos y frustraciones bombean la historia), y también porque es mucho más que fórmula. Sí, es un crowdpleaser hecho según la receta infalible de Marvel, ya elevada a la categoría de ciencia, que repite las pulsaciones de la primera parte y nos da justo lo que esperamos. Pero también es una película de James Gunn, un proyecto muy personal y gamberro a pesar de su enorme envergadura. Y esto se nota en la voz y el estilo de la película, marcadamente distinto del resto de sus compañeras de universo, con una clara tendencia a la exageración cartoon en los planos y la acción, y cierto espíritu de serie B cercano al cine de Sam Raimi. Sin olvidar por supuesto que se sigue apoyando claramente en otras space operas como Star WarsStar Trek y la más modesta Farscape (serie que proporciona uno de los mejores cameos de la película, con el que esta se reafirma en sus influencias).

En el apartado técnico y visual, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 no solo supera a su antecesora, sino que además sube considerablemente el listón de los efectos digitales del estudio (Cohete no puede no ser real), siendo junto a Doctor Strange la entrega más visualmente impresionante del Universo Marvel. El film es un continuo orgasmo sensorial. El sentido de la estética de Gunn vuelve a dar como resultado otra obra vibrante de luz y color, esta vez incluso más bella e iconoclasta si cabe, en la que la magnífica labor de maquillaje y las prótesis siguen teniendo una importancia capital. Y por supuesto, hay que destacar las escenas de acción, de los antológicos créditos iniciales al apoteósico clímax, pasando por Gamora disparando una metralleta galáctica gigante (!!!). En cuanto a la banda sonora, uno de los elementos más distintivos de Guardianes, no se puede negar que los nuevos temas clásicos escogidos por Gunn quedan de maravilla con las espectaculares batallas y persecuciones en el espacio (aderezadas muy socarronamente con efectos de sonidos de las maquinitas Arcade), pero puede que haya exceso de momentos musicales, con lo que se peca de repetir demasiado la jugada.

Claro que esto forma parte de la identidad del film, como ya hemos dicho, muy asentada. Ocurre algo parecido con el humor. Como en el Volumen 1, hay demasiados chistes y gags. Muchos son brillantes, otros no tanto. A veces el humor tontorrón da en la diana, a veces en la pared. Es el riesgo de tener tanta libertad para hacer el chorra (se nota que han dejado a Gunn a sus anchas). Eso sí, funcionen o no los chistes, Guardianes nunca pierde su encanto y carisma. Y esto es gracias sobre todo a un guion sólido, en el que la ramificada historia se estructura con eficiencia (insisto, muchos personajes e ideas en un todo uniformado), los diálogos dan en el clavo, los personajes nunca se pierden en favor de la acción y los acontecimientos se suceden de forma fluida y con gran sentido del ritmo, culminando en un tercer acto de órdago (quizá el mejor de Marvel hasta la fecha) y un final precioso. Y de generosa propina, hasta cinco escenas post-créditos (el secreto de Gunn: no tiene miedo a pasarse de la raya) que nos deparan unas cuantas sorpresas e indican por dónde podrían ir los tiros en el Vol. 3

Lejos de mostrar síntomas de agotamiento en el UCM, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 supone un triunfo absoluto en todos los aspectos. Gunn nos regala otra odisea espacial ochentera con personajes inolvidables e imágenes alucinantes, rebosante de diversión (en serio, ¡¡Baby Groot!!), romance (Gamora ♥ Starlord), épica y emoción (como en la primera, su conmovedor clímax provocará más de una lágrima), con cameos para aplaudir (el de cierta estrella de los 80 se lleva la palma), respuestas satisfactorias que expanden su mitología, y por encima de todo, mucho, mucho corazón. En definitiva, otro clásico instantáneo de Marvel.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★★½

Crítica: Star Trek – Más Allá

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En 2009, la longeva saga de ciencia ficción y aventuras Star Trek recibía un lavado de cara con un reboot capitaneado por el solicitado J.J. Abrams. Sin dejar de rendir homenaje y ser fiel a la Star Trek clásica, la nueva película y su muy notable secuela, Star Trek: En la oscuridad, conducían la propiedad creada por Gene Roddenberry hacia el campo de las superproducciones actuales para rejuvenecer la saga e insuflar nueva vida a sus populares personajes. Con la tercera entrega de esta etapa moderna (decimotercera en total), Star Trek: Más Allá (Star Trek Beyond), la franquicia continúa su evolución hacia el puro blockbuster veraniego de acción bajo la batuta de un nuevo director, Justin Lin, conocido sobre todo por la saga Fast & Furious, de la cual ha dirigido cuatro películas.

Como adelantaban los tráilers, el humor y el tono han virado hacia terreno Guardianes de la Galaxia (no es solo una ilusión de la campaña promocional, hasta hay una escena análoga al “dance-off” de Star-Lord, pero más a lo grande y con los Beastie Boys de fondo, una secuencia formidablemente vistosa pero algo fuera de lugar). Y como también era de esperar, Más Allá da más énfasis a la acción desmedida y el despliegue espectacular, lo que en este caso juega en detrimento de la estructura de la película y los personajes, que están puestos al servicio de la acción, y no al contrario, como ocurría en las entregas previas.

En este nuevo capítulo, la tripulación de la USS Enterprise es atacada por una avanzada alienígena en forma de colmena que destruye la nave y deja a los héroes atrapados en un planeta hostil, donde se enfrentan a un nuevo enemigo, Krall (Idris Elba), que amenaza con destruirlos a ellos y a la Federación por razones que solo él conoce (énfasis en esto, porque aunque él tenga muy claro su plan y podamos intuir de qué va la cosa, la mayor parte del tiempo no sabremos qué está haciendo o por qué). La separación de la tripulación al “naufragar” en el planeta facilita la creación de “parejas”, cuyas interacciones son la base de la mitad del metraje. Y si bien las combinaciones Bones-Spock, Kirk-Chekov o Uhura-Sulu nos dejan buenos momentos (la mayoría cómicos), el esquema general de la historia y la evolución de los personajes sufre por un tratamiento más ligero y superficial.

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Es decir, Más Allá antepone la acción y el humor facilón al verdadero desarrollo de sus personajes, con chistes a base de topicazos, frases lapidarias que hemos oído en infinidad de ocasiones (y que aquí suenan más vacías que de costumbre), y diálogos del montón. Así, Uhura (Zoe Saldana) queda relegada a un muy distante segundo plano, y hace (o dice) más bien poco durante la película; las interacciones entre Kirk y Spock (el núcleo emocional de las dos anteriores películas) se mantienen al mínimo, y a cambio Más Allá se convierte por momentos en una buddy film con el vulcano (Zachary Quinto) y McCoy (Karl Urban) como “la extraña pareja” de Star Trek, y el siempre simpático Scotty (Simon Pegg, del que esperaba más al guion) con la flamante nueva incorporación de la saga, Jaylah (Sofia Boutella), sin duda lo mejor de Más Allá. En este sentido, hay momentos divertidos aislados, pero en general falta cohesión, y aunque el reencuentro de los tripulantes y la puesta en marcha del plan contra Krall hace que el ritmo mejore, la visión global falla y huele a refrito, el villano flojea (Elba, como Oscar Isaac en X-Men: Apocalipsis, es otro actor de gran talento desaprovechado y sepultado bajo kilos de látex) y el guion funciona a base de una aturullada acumulación de momentos desconectados, multitud de guiños para los trekkies de siempre y set pieces que cuesta dar forma en la cabeza. El resultado es una película sin duda enérgica, pero visiblemente descentrada.

Ahora bien, si la analizamos como puro espectáculo y pasatiempo escapista, que parece ser la intención, Más Allá puede considerarse un éxito dentro de este género o modalidad del cine comercial. Es vertiginosa, es visualmente apabullante, los efectos digitales están muy por encima de la media (increíble la llegada a la base estelar Yorktown, la destrucción de la Enterprise o las batallas espaciales), y aunque la acción resulta excesivamente mareante, la película contiene imágenes para sacar los ojos de las órbitas y además funciona muy bien en los combates cuerpo a cuerpo, haciendo gala de un gran empaque visual y una contundencia física de la que la mayoría de aventuras hiper-digitales de hoy en día carecen -es decir, aunque lo digital lo domine casi todo, Más Allá no parece un videojuego todo el ratogracias en parte a su lealtad a los efectos de maquillaje y a la importancia del diseño de producción.

Pero claro, el despliegue técnico y visual y la diversión evasiva no lo es todo, como nos demostró Abrams con las dos anteriores películas (o con la nueva Star Wars, o Joss Whedon con Los Vengadores). Hace falta algo más, y Más Allá parece haber perdido lo que le había hecho conectar con los nuevos espectadores, suponiendo un paso atrás con respecto a sus predecesoras, para seguir el camino del blockbuster sin exigencias, del cine que no se molesta en ir “más allá” de su condición de evento. No hay nada de malo en una superproducción como esta, que ofrece aventuras sin pretensiones y sin engaños, y por suerte siempre nos quedará el buen hacer del excelente reparto (aunque aquí esté peor empleado) liderado por un segurísimo Chris Pine interpretando a un no tan seguro Kirk. Pero la decepción es inevitable si se busca ese “algo más”. Algo que sabes que puede darte, porque lo ha hecho anteriormente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Guardianes de la Galaxia

Guardians of the Galaxy Star Wars

No es un secreto que Marvel llevaba ya mucho tiempo apuntando hacia las estrellas. Con las dos partes de Thor, el Universo Cinematográfico de Marvel se trasladaba a los reinos de la mitología nórdica, y con Los Vengadores echábamos un vistazo interdimensional a los confines del espacio con la amenaza Chitauri y Thanos (aunque en ambos casos pasábamos más tiempo en la Tierra). Pero este año, la Casa de las Ideas se expande oficialmente hacia el cosmos, y lo hace con una aventura absoluta y extraordinariamente marciana, una entrega del UCM que, más que una de superhéroes, es una auténtica epopeya espacialGuardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy. Con la película dirigida muy eficazmente por el cachondo James Gunn (Slither, Super), las posibilidades de esta macro-historia que comenzó en 2008 (y que no tiene final a la vista) se amplían de manera exponencial. Si una película con un mapache parlante y un extraterrestre-planta, basada además en un cómic desconocido por el gran público, se ha convertido en otro mastodóntico éxito de Marvel (hasta ahí llega la fidelidad de la audiencia), a partir de ahora todo es posible.

Aunque el cómic en el que se basa se remonta a finales de los 60, no cabe duda de que Guardianes de la Galaxia hunde sus raíces en la saga Star Wars, referente indiscutible tanto en lo que se refiere a su argumento como en su vibrante apartado visual. Pero también es fácil detectar en ella elementos de series sci-fi como Farscape o Firefly. De la primera sobre todo esa variopinta y colorida fauna extraterrestre, de las dos el hecho de que los protagonistas sean un ecléctico grupo de forajidos espaciales con pasados oscuros que unen sus fuerzas con un objetivo común. Pero si se trata de encontrar influencias, la más evidente no es otra que Los Vengadores, el éxito que proporcionó el patrón a seguir por el estudio, y que se repite una vez más con Guardianes. No falta nada: historia en tres actos, épica batalla final (con nave gigante desplomándose sobre la ciudad), énfasis en la coralidad del reparto y dosis elevadas de comedia. De hecho, Guardianes es la primera película de Marvel Studios que se puede catalogar abiertamente como “comedia de acción”.

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La primera parte del filme -tras el nostálgico y melodramático prólogo que nos transporta a los 80 de E.T.– resulta un tanto problemática y atropellada. La culpa la tiene un elevado número de personajes y localizaciones, entre los que la historia va saltando sin (aparente) orden ni concierto, solo cumpliendo la función de aportar los datos necesarios para cimentar la trama. Hay que decir que Gunn lo tenía más difícil que Joss Whedon. Las historias individuales de los Vengadores ya eran conocidas por todos. Las de los Guardianes no. Por eso, Gunn -y antes que él Nicole Perlman, que escribió el primer boceto del guión- tenía la complicada tarea de presentar a un puñado de personajes desde cero, desarrollarlos, enfrentarlos y finalmente convertirlos en un equipo cohesionado, sin la ventaja de contar con medio trabajo ya hecho. Teniendo esto en cuenta, y a pesar de la fragmentación que lastra el primer acto, Gunn ha salido más que airoso. Algo que sin duda se confirma al ver a los cinco héroes juntos en acción durante la segunda mitad del metraje, cuando el filme por fin coge el ritmo y no lo suelta.

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Una vez establecido el quién es quién de la galaxia y definido el macguffin de la historia (otra Gema del Infinito que no debe caer en las manos equivocadas), el relato empieza a tomar forma, y los Guardianes se apoderan de él. Lo más destacable de Guardianes de la Galaxia es que, a pesar de contar con un claro protagonista, el encantador sinvergüenza Peter Quill, no se descuida nunca al resto de personajes. Es más, en un momento u otro todos se las arreglan para eclipsar al achuchable Chris Pratt, que sí, es un Star-Lord ideal (porque básicamente es Andy Dwyer en el espacio, y eso nunca podría ser malo), pero no puede evitar que en ocasiones la superproducción le venga un poco grande. Nada que no se solvente con un buen plantel de personajes con el que complementarse:

Gamora -perfecta Zoe Saldana-, letal y robótica extraterrestre de piel verde (una Elphaba alienígena, vaya) que nos proporciona algunos de los instantes más emocionantes y entrañables de la película cuando se entrega a sus impulsos humanos (ella, Peter y Footloose); Drax, un gigante “destructor” que se ríe, literalmente (como todo lo que hace), en la cara del peligro -el luchador Dave Bautista es la verdadera revelación interpretativa de la película, con una precisión cómica sorprendentemente; Groot, adorable criatura árbol que se comunica exclusiva y muy elocuentemente usando únicamente la frase “Yo soy Groot”; y Rocket -doblado excelentemente por Bradley Cooper-, un mapache alterado genéticamente, cascarrabias y aficionado a gastar bromas pesadas, que, lejos de ser reducido a alivio cómico (que no haría falta además), está plenamente definido y tiene tanta o más entidad que sus colegas no realizados íntegramente por ordenador.

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En el apartado de villanos, Guardianes de la Galaxia no sale tan bien parada, a pesar de la divertida presencia de Michael Rooker como Yondu (que técnicamente no es un villano, solo un paleto amoral). El verdadero malo de la función es Ronan el AcusadorLee Pace le ha cogido el gusto al transformismo-, con Nebula en destacado segundo plano –Karen Gillan sobreactuada en un proyecto en el que no debería chirriar estar sobreactuado. Pero la película cuenta con más enemigos, tantos que es inevitable que estos parezcan desdibujados o desaprovechados, algo que también ocurre con la organización Nova Corps (Glenn Close, John C. Reilly). Esto, más que un problema interno, es un efecto de la acusada serialidad que caracteriza a las películas de Marvel. Estas funcionan cada vez más como una serie de televisión, y es habitual que no se nos presente a personajes “completos” y que se incluyan únicamente pequeñas píldoras de una historia que se desarrollará en posteriores capítulos. De ahí que Thanos aparezca apenas un minuto, o El Coleccionista (Benicio del Toro) protagonice una escena de transición y desaparezca sin más. Y de la misma manera, con Kevin Feige y Marvel actuando como showrunners del UCM, salta a la vista que el director, por mucha voz que haya tenido, ha debido ajustarse a una fórmula testada. Y esto es lo que más chirría de la película, que transcurre sobre seguro, repitiendo lo que ya les ha funcionado anteriormente y dejando poco espacio narrativo para la sorpresa. Aún con todo, Guardianes de la Galaxia es todo lo cerrada, uniforme e independiente que puede ser, sobre todo gracias a su fuerte personalidad y el increíblemente detallado universo que nos presenta.

Gamora y Star-Lord

Guardianes de la Galaxia es un continuo estallido lumínico y multicromático, una fantasía irresistible tanto para los fans de los cómics como para los espectadores más casuales. Conjuga con acierto el fan service propio del estudio (Howard el Pato, Cosmo, el cameo oculto de Nathan Fillion y otros tantos easter eggs) con la pleitesía al gran público, para dar como resultado una película de Marvel que es exactamente como las anteriores, y a la vez es totalmente distinta. Rebosante de descaro gamberro, carisma y socarronería, aderezada con temazos míticos de los 70 y 80 interpretados por Jackson 5, David Bowie, The Runaways…, y un altísimo contenido en one-liners y chistes bobos (algunos graciosos, otros simplemente graciosetes), Guardianes de la Galaxia se presenta como una obra exultantemente viva, musical, y sobre todo iconoclasta.

Para enmarcar planos como el de Peter y Gamora con el walkman y la galaxia como paisaje de fondo, Rocket acribillando a los malos con una metralleta a lomos de Groot, el paseo bailongo de Peter durante los créditos iniciales (y cada vez que alardea de “magia pélvica”), o una de las escenas finales, en la que la película se adentra en terreno sentimental y nos remite a una secuencia clave de Toy Story 3, con resultados igualmente efectivos (Marvel, más Disney que nunca, me vuelve a hacer derramar lágrimas de emoción). Además de todo esto, con el elogio de lo analógico y lo vintage que lleva a cabo (que no os extrañe que el cassette se ponga de moda),  Guardianes de la Galaxia nos devuelve en cierto modo a la infancia y nos recuerda lo que es ver una película de Spielberg por primera vez -no en vano, la primera secuencia en el espacio es un claro homenaje a Indiana Jones y el arca perdida. No estoy seguro de si las nuevas generaciones adoptarán Guardianes de la Galaxia como su Star Wars  (tal y como se ha empeñado la prensa en que ocurra), pero si así fuera, no seré yo quien se oponga.

Valoración: ★★★★½