Crítica: Cazafantasmas (2016)

El tráiler de la nueva Cazafantasmas se convirtió en el más odiado de la historia de YouTube. Las redes sociales se transformaron en un hervidero de comentarios destructivos y críticas definitivas a la película meses antes de que nadie la viera. Desde el anuncio del proyecto, su mera existencia ha generado una ola de odio y una campaña de desprestigio inaudita, a pesar de que es “solo” el enésimo reboot que nos llega en los últimos años. Sí, la película original es una de las más veneradas de los 80, pero reducirlo a eso es estar muy ciego. ¿Por qué lo llaman “arruinar mi infancia” cuando quieren decir “machismo”? El problema ha estado claro desde el principio, por mucho que se haya intentado disfrazar de territorialismo nostálgico (que no sé qué es peor), y la animadversión que ha desatado no ha hecho sino reforzar la necesidad de una película como esta. Pero qué os voy a contar que no sepáis. La que se ha montado alrededor de ella es señal de que no hemos avanzado tanto como creíamos. Algunos se defienden diciendo que su boicot no tiene nada que ver con que las protagonistas sean cuatro mujeres (y en algunos casos será cierto), pero me gustaría saber por qué no han hecho lo mismo con los muchos reboots que ya hemos visto, o que están por venir. No respondáis, conozco la respuesta (la que se usa como excusa y la verdadera).

Por todo esto, a priori parece complicado aproximarse a la película de Paul Feig silenciando el ruido desagradable que se ha creado en torno a ella (o escribir una crítica sin introducir la polémica como factor). Pero lo cierto es que no cuesta tanto como creíamos desconectar de los meses de agotador y absurdo debate para verla, y disfrutarla (otra cosa es hacerlo para escribir sobre ella). Una vez se apagan las luces de la sala y comienza el prólogo de Cazafantasmasqueda claro que el principal propósito de la película es hacerlo pasar en grande, ni más ni menos. Resulta que al final es solo eso, una película. Y además una mucho mejor de lo que parece. Cazafantasmas aúna varias tendencias imperantes del cine actual: el homenaje nostálgico, el blockbuster formulaico y la comedia de la escuela SNL y derivados. El resultado es una mezcla explosiva (y bañada en mocos verdes) que funciona tanto como comedia como superproducción de aventuras para todos los públicos. Y además lo hace respetando y reverenciando en todo momento al clásico de 1984 (algo que muchos se negarán a ver incluso cuando lo tengan delante de sus narices), con cameos que celebran la original sin entorpecer el camino de la nueva, conservando la característica jerga pseudo-científica, adoptando su esquema (quizá demasiado) y adaptándolo a la sensibilidad del cine evento actual, llevándolo incluso hacia el terreno de los superhéroes (al fin y al cabo, esta Cazafantasmas se construye como una origin story, e incluso las protagonistas hacen referencia a su condición de superequipo justiciero; solo falta un guiño a Spider-Man).

Cazafantasmas no es perfecta ni de lejos (creo que ni los que la hemos defendido a capa y espada de los haters lo esperábamos), pero sí es un producto muy digno, una comedia infalible y una cinta de acción muy atractiva visualmente. La película se divide claramente en tres actos, como todo blockbuster que se precie. La primera hora nos muestra la formación del nuevo cuarteto de investigadoras de lo paranormal. En esta sección, Feig hace lo que mejor se le da, sacar oro de la presencia, química y talento cómico de sus actrices. Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon y Leslie Jones forman un equipo fantástico, se divierten (y divierten) con solo estar ahí, clavan los diálogos y lo dan todo en los gags físicos. La segunda parte se centra en desarrollar el plan del villano (más o menos el de siempre) y nos muestra a Abby, Erin, Holtzmann y Patty como grupo en acción, adoptando la identidad de Cazafantasmas con todo lo que ello conlleva (vehículo, uniformes, impacto en los medios y la opinión pública, enfrentamiento a las autoridades, aquí parodiadas por Charles Dance y Cecily Strong). Y por último, el clímax desata el obligado Apocalipsis -con el típico portal gigante que se abre sobre Nueva York- y es cuando la acción se vuelve más vertiginosa, estruendosa y a gran escala.

Aunque pierde fuelle en su segunda mitad por tener que ajustarse necesariamente a la fórmula preestablecida y adolece de un montaje algo brusco (se nota demasiado la tijera), Cazafantasmas se las arregla para mantener su frescura y energía en todo momento. Y esto es gracias sobre todo a sus cuatro protagonistas, pero también al gran robaescenas de la película, Kevin Beckman, el secretario de las Cazafantasmas interpretado por Chris Hemsworth. Algunas de las escenas más descacharrantes del film están protagonizadas por el actor de Los Vengadores, que vuelve a dejar constancia de su instinto para la comedia y la improvisación. La escultural presencia de Hemsworth, que interpreta a un rubio tonto que es contratado solo por estar bueno (ironía que muchos no han pillado y tachan de sexista, así está el patio), pero al que jamás se trata tan repugnantemente como a la variación femenina de este arquetipo, da rienda suelta a la maravillosa capacidad de Kristen Wiig para hacer el ganso, dejándonos algunos de los mejores momentos del film, pero sobre todo confirma al actor australiano como algo más que Thor (por favor, ved los créditos finales completos, dedicados casi enteramente al tesoro que es Kevin).

Hay que decir que, como suele ocurrir en el cine de Feig, no todos sus chistes funcionan con la misma eficacia (muchos son geniales, aunque también hay alguno que se estrella contra el suelo), pero en general, Cazafantasmas es otra sólida entrega cómica de Feig y compañía, una película con carcajadas aseguradas (al menos en mi sala no pararon en toda la proyección) y que, como dictan las reglas de su cine (y el de sus contemporáneos), también contiene una carga emocional bastante considerable, con énfasis en la bonita amistad y contagiosa camaradería entre estas mujeres. Si se tiene la suerte de entrar en sintonía con la propuesta, es muy fácil pasarlo bomba con la película, gracias a sus golosas y coloristas imágenes (aunque se vean en 2D, saltan de la pantalla como si fuera 3D), a sus entrañables personajes, o a su humor desenfadado.

Pero es que además, Cazafantasmas cumple una función social muy valiosa. En primer lugar, ofrece referentes heroicos femeninos para las niñas (y para los niños, que hay que educarlos a todos en esto por igual, y hay que tener en cuenta a todos los chavales que se identifican más con ellas), no una, ni dos, cuatro mujeres que ni son comparsa ni asumen el rol de interés romántico (no hay conflicto amoroso en la película), sino que están a cargo de su propia aventura. Y en segundo lugar, presenta a mujeres en su mayoría de más de 40 y con diversidad de físicos pateando culos de fantasma y salvando el mundo sin ser hipersexualizadas en ningún momento para satisfacer la mirada del público masculino heterosexual (ojo, eso no quiere decir que no sean seres sexuales, que ahí está Wiig como el pico de una plancha o la marciana McKinnon y su Holtzmann, siempre magnética y siempre seduciendo). O sea, que es justo la película feminista que necesitábamos.

En resumen, Cazafantasmas ha tenido que sortear obstáculos a los que otros productos similares (reboots nostálgicos o relecturas de clásicos) no se han tenido que enfrentar, ha atravesado un mar de odio en Internet (atención a los dos oportunos guiños con los que se empequeñece a los detractores machistas en la película) y ha salido a flote con un producto hecho para callar muchas bocas (no quiero ni pensar cuántos disfrutarán de esta película en secreto pero no lo reconocerán), con una película que cumple holgadamente con su principal propósito: divertir. Y ya de paso relanza una franquicia con mucho potencial desempeñando una labor que, como tristemente se ha demostrado, hacía falta urgentemente en el cine de Hollywood. Así que solo queda una cosa que decir: Haters Gonna Hate.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Silicon Valley: Bienvenidos al planeta de los nerds

Silicon Valley reparto

Lo hemos dicho muchas veces. A HBO le cuesta mucho más dar con el clavo en lo que se refiere a comedia. La cadena ha generado varios éxitos recientes, como Girls o Veep, pero la supervivencia de estas series se debe más a su repercusión mediática y al prestigio que otorgan que a sus índices de audiencia, muy lejos de los números que amasan dramas como Juego de Tronos, True BloodThe Leftovers. Aunque se ha especializado en la comedia de auteur (ahí está Curb Your Enthusiasm), la Home Box Office no es ajena a la creación de sitcoms para “la masa”, con éxitos como Sexo en Nueva York y (a menor escala) Entourage en su haber. Cubriendo el (desgraciadamente menor) nicho de audiencia femenina y homosexual (respectivamente, o no) con la serie de Lena Dunham y ahora con Looking, HBO necesitaba una comedia más “masculina”. Y Silicon Valley, una serie moderna, y sin embargo arraigada en la sitcom tradicional, viene a llenar ese hueco (sin ir más lejos, parecía que la Academia estaba esperándola para sustituir Girls por ella en sus nominadas a Mejor Comedia). Con ella, la prestigiosa cadena ha dado con su propia The Big Bang Theory. Salvando las distancias, claro está.

Silicon Valley es la historia clásica del underdog americano, el héroe cotidiano, antítesis del triunfador y conquistador, que halla el camino hacia el éxito (y hacia la chica) a través de su intelecto. Vaya, una historia sobre nerds para todos los públicos. La serie está creada por Mike Jugde, responsable de Beavis y Butt-Head y director de la película de culto Office Space, y como aquellas dos obras clave, busca la complicidad con el público a través de la identificación con el veinte-treintañero a la deriva (o sea, todos). Por eso Silicon Valley está protagonizada por un tipo muy concreto de nerd, el informático. Richard es un extraño e introvertido experto en ordenadores que ha creado una app que podría revolucionar el mercado. Para convetirla en un éxito y levantar su propia empresa en la Meca de la industria informática, rechaza una oferta de venta millonaria y se asocia con la empresa de un loco (y divertidísimo) visionario, Peter Gregory, que le propone colaborar en beneficio mutuo. Desafortunadamente, el actor que daba vida a Gregory, Christopher Evan Welch, falleció a mitad del rodaje de la temporada, perdiendo así la serie una de sus mayores bazas. Aunque los guionistas idearon pronto una manera de mantener vivo al personaje, con un chiste recurrente en boca de su asistente (Amanda Crew) según el cual Gregory siempre está fuera, ocupado en algún asunto a cada cual más extravagante. Esperamos que el gag se mantenga en próximas temporadas.

silicon valley póster HBOLa primera temporada de Silicon Valley lidia con las tribulaciones de Richard tras haber tomado la decisión ¿equivocada? y nos cuenta los primeros pasos de su aventura empresarial Pied Piper (hay un episodio dedicado al registro del nombre, otro a la creación del logo…), junto a su equipo de geeks y despojos humanos, ratas que no lo siguen como al flautista de Hamelín precisamente: el endiosado Erlich (T.J. Miller, entre el esperpento divertido y lo simplemente insoportable), el adorador de Satán Gilfoyle (Martin Starr en su salsa), el indio Dinesh (Kumail Nanjiani)- porque todo grupo de informáticos emprendedores debe tener un indio-, y Jared (Zach Woods, reproduciendo tal cual su personaje de The Office). Todos ellos representan los distintos estereotipos que han caracterizado al nerd informático (o al nerd en general) en la ficción reciente (The IT Crowd, TBBT): la percepción distorsionada del mundo, la ineptitud social, el carácter sedentario, la libido por las nubes, los fetichismos y parafilias tecnosexuales, y la dificultad para comunicarse, especialmente con las mujeres. Richard personifica con gran maestría a este tipo de personaje, gracias a la interpretación compasiva, adorable y llena de matices de Thomas Middleditch, el mayor acierto de casting de la serie, y el corazón de la misma.

A lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada, Silicon Valley presenta tramas generalmente convencionales, vistas en otras sitcoms, conflictos clásicos aplicados al relativamente reciente universo de la innovación tecnológica (para conocer sus orígenes, aconsejable Halt and Catch Fire). Hemos visto algo parecido hace poco en la película Los becarios (The Internship), que al igual que Silicon Valley, nos habla de cómo funcionan los grandes imperios tecnológicos. Solo que el filme de Owen Wilson y Vince Vaughn no era más que un publirreportaje de Google, mientras que Silicon Valley es una sátira muy afinada del gigante del Valle del Silicio, parodiado en la serie a través del paraíso laboral de Hooli. A pesar de hacer gala de una incorrección política muy blanca, Judge da en el clavo a la hora de trasladar a la pantalla el particular y en ocasiones excéntrico mundo de los (casi siempre patéticos) aspirantes al próximo Steve Jobs -es clave la escena en la que un puñado de grupos creativos venden sus proyectos con presentaciones clónicas, emulando las palabras de la Deidad Jobs (que por cierto, es mencionado una o más veces en todos los episodios, claro).

Pero Judge no solo nos habla/se burla del negocio informático, donde la lógica matemática choca con la inmadurez del “genio”, sino que se permite introducir, al más puro estilo La red social (pero con humor y casi sin que nos demos cuenta), reflexiones muy valiosas sobre la nueva sociedad de la comunicación y nuestra relación con la tecnología. Una escena que engloba perfectamente estas ideas tiene lugar en el penúltimo episodio de la temporada, el “Dickjerk Algortithm” (literalmente, el Algoritmo de la Paja), simplemente el momento de comedia más sublime que nos ha dado este año la televisión. Esta escena, además de incorporarse por méritos propios en los anales de la tele por su absurda brillantez, da paso al desenlace de la temporada, que plantea una visión de futuro muy clara para Silicon Valley, y si la audiencia aguanta tan bien como hasta ahora, una andadura potencialmente longeva para alegría de HBO.