Crítica: La quinta ola

Chloe Grace Moretz; Nick Robinson

Hemos perdido la cuenta de los intentos fallidos de encontrar la siguiente gran saga cinematográfica para adolescentes, y aun así, Hollywood no escarmienta y los estudios no cejan en su empeño. La búsqueda de la siguiente Harry Potter o Crepúsculo ha dado paso a la de la próxima Los Juegos del Hambre. Pero todos estos años de ensayo y (sobre todo) error se han saldado con incontables fracasos de taquilla, primeros capítulos que se han quedado en eso, en meros principios, historias frustradas que no han podido ir más allá de su planteamiento, porque el público no ha respondido como se esperaba. En este panorama de hastío hacia el género aparece la enésima propuesta young adult basada en una serie de libros para adolescentes, La quinta ola (The 5th Wave), sin duda una de las historias menos originales que van a llegar a las pantallas este año.

Basada en el primer libro de la trilogía de ciencia ficción distópica escrita por Rick YanceyLa quinta ola es un déjà vu constante que nos recuerda a demasiados otros títulos. Sin ningún tipo de reparos, la historia “toma prestados” elementos de AlienIndependence DayEl juego de EnderLa carretera, referentes que son mezclados en un argumento de supervivencia y rebelión adolescente con heroína protagonista que está cortado según el patrón de la saga de Katniss Everdeen. Aquí se nos narra una invasión alienígena a la Tierra, organizada en cuatro oleadas sucesivas de ataques, a cada cual más devastador, que dejan gran parte del planeta diezmado. Ante la inevitabilidad de una quinta ofensiva que acabe con la raza humana definitivamente, el Ejército (estadounidense, claro está) entrena a niños y adolescentes para la guerra contra los invasores. Cassie Sullivan (Chloë Grace Moretz) intenta sobrevivir a los ataques mientras busca a su hermano pequeño, que casualmente se encuentra junto al cuelgue del instituto de la chica, Ben Parish (Nick Robinson). Cuando todo parece perdido, un misterioso campesino, Evan Walker (Alex Roe), aparece de la nada para ayudarla, pero Cassie cree tener motivos para no confiar en el muchacho.

CartelCine LaQuintaOla 68x98.inddLa primera media hora de La quinta ola no está mal del todo, gracias sobre todo a las imágenes apocalípticas de las cuatro primeras olas, que nos dejan notables secuencias de acción y destrucción, y al tono acertado en la narración. Sin embargo, a partir de la irrupción de los militares, el film se precipita cuesta abajo y sin frenos, hasta estrellarse en su recta final, en la que un (supuestamente) sorprendente giro de guion acaba condenándolo al mayor de los ridículos. Es increíble la cantidad de topicazos, sinsentidos y agujeros de guion que caben en una misma película (no nos sorprende ver a Akiva Goldsman en la lista de guionistas, por cierto), pero nada es comparable al bochorno que provoca el triángulo amoroso, forzada trama exenta de química que hace flaco favor al ya de por sí lamentable trabajo de Chloë Grace Moretz.

Moretz es la perfecta metáfora young adult: Hollywood se empeña en venderla, pero no hay nada que vender. La chica no tiene el talento que se esperaba de ella, y en La quinta ola está muy desubicada, demostrando que no es capaz de llevar el peso de una película sobre sus hombros. Su director, J Blakeson (sí, ese es su nombre artístico), no es consciente de ello o no le importa, y la/nos tortura con primeros planos en los que la actriz se deja en evidencia por su ineptitud dramática (por más que lo intenta, no derrama una sola lágrima). Pero Moretz no está sola. Los otros dos miembros del triángulo son incluso más insulsos que ella (Roe sobre todo duerme a las ovejas), Maika Monroe es una mala copia de Jena Malone (Johanna Mason) en Hunger Games, el niño Zackary Arthur es de lo más incompetente e irritante, y de los adultos resultan especialmente patéticos Liev Schreiber y, sobre todo, Maria Bello, en un papel que provoca auténtica vergüenza ajena. Claro que sería injusto echarles la culpa de todo a ellos. Cuando el material es tan estéril, poco se puede hacer para sacar algo bueno de él.

Ocasionalmente, La quinta ola es un producto de entretenimiento eficaz, pero no tarda mucho en desmoronarse por culpa de su guion. Nada tiene sentido en su incoherente y sobre explicativo argumento, todo cuanto ocurre en ella responde a la necesidad de ajustarse a la fórmula del género como sea, y cuanto más en serio se toma a sí misma (que es mucho), más se hunde en el absurdo y más risible resulta. Hasta el punto de convertirse en una de las comedias involuntarias del año. Un epic fail absoluto.

Valoración: ★★

Crítica: Yo, él y Raquel (Me and Earl and the Dying Girl)

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He estado a punto de no escribir este texto. Cuando una película me atraviesa la piel como lo ha hecho Me and Earl and the Dying Girl me resulta especialmente difícil verbalizar mis impresiones sobre ella. Pero en realidad, esa no es la razón por la que casi no me siento a escribir sobre la cinta de Alfonso Gomez-Rejon (gran premio del jurado y del público en Sundance). Lo que no quería era hablar de ella “en voz alta”, necesitaba guardármela para mí solo. Ya sabéis que cuando os guardáis algo dentro (sea por la razón que sea), si lo decís en voz alta, es cuando se hace realidad y debéis asumirlo de verdad. Pensé en dejarlo ahí y no tocarlo, pero al final decidí que guardarme Me and Earl and the Dying Girl para mí solo era un acto tremendamente egoísta (el film ya cuenta con un considerable culto y ha sido visto por mucha gente gracias a San Torrent, lo de “para mí solo” es una licencia dramática). Esta es una de esas películas que se viven en primera persona, con las que se desarrolla un poderoso vínculo personal e individual, pero que en última instancia merece, es más debe ser compartida.

Para empezar, quitémonos de en medio el tema en el que todos estáis pensando. El título en español: Yo, él y Raquel. Sí, es feo, españoliza un nombre para luego conservarlo en inglés en la película (al más puro estilo Eduardo Manostijeras), pero sobre todo anula el sentido del humor negro y la inocente poesía adolescente que conlleva el original (y que caracteriza al film). Ahora bien, paraos un minuto a pensar en las posibilidades… ¿Veis? Démosle un respiro al departamento de PR y márketing de la distribuidora, porque no, esto no es un caso análogo al de Soñando, soñando, triunfé patinando. Se trata de un título prácticamente imposible de traducir al castellano sin que se produzca un considerable lost in translation. Alegraos de que no se haya titulado Deseando vivir La amiga de mi mejor amigo.

Y dicho esto, hablemos de la película. Me and Earl and the Dying Girl (basada en la novela homónima de Jesse Andrews) está narrada en primera persona por Greg (Thomas Mann), un adolescente muy particular (claro) que ha encontrado la manera de sobrevivir al instituto sin conflictos: crear vínculos amistosos con todas las “naciones” del universo estudiantil (jocksnerds, góticos, geeks del teatro, porretas, pijas…) y así pasar desapercibido y evitar el drama (para poder escaparse al despacho de su profesor de filosofía, Jon Bernthal, a ver cine a la hora de comer). Greg solo tiene un amigo de verdad (aunque para referirse a él siempre utilizará el calificativo libre de connotación afectiva “compañero de curro”), Earl (RJ Cyler), con el que desde pequeño desarrolla un gusto especial por el cine europeo (influencia del padre de Greg, Nick Offerman) y se dedica a filmar parodias de clásicos del cine (A Sockwork Orange, Anatomy of a BurgerRosemary Baby Carrots por ejemplo). Suena irrealmente cool y pretencioso, ¿verdad? Pues de alguna extraña manera, no lo es. Pero sigamos. La madre de Greg (Connie Britton) obliga a su hijo a visitar a Rachel (Olivia Cooke), compañera del instituto que padece leucemia, iniciativa que entusiasma a la madre de Rachel (Molly Shannon como versión agridulce de Amy Poehler en Mean Girls). A Greg y Rachel les horroriza la idea de tener que pasar tiempo juntos en esas circunstancias, pero entre visitas a regañadientes, sesiones cinéfilas y a base de humor auto-crítico, auto-destructivo y auto-todo, no tardará en florecer una amistad, en la que con el tiempo Earl también acabará entrando. La película parece discurrir por los derroteros de siempre, pero Greg nos tranquiliza diciéndonos desde bien pronto que ni esta es una historia de amor ni Rachel morirá al final. Un detalle por su parte.

Me and Earl

Me and Earl and the Dying Girl puede adscribirse sin lugar a dudas la categoría de “cine teen de culto” a la que también pertenecen Las ventajas de ser un marginadoBajo la misma estrella (con la que será comparada por lo obvio), e incluso Donnie Darko (el rol de guía que ejerce el personaje de Jon Bernthal es parecido al de Drew Barrymore en la cinta de Richard Kelly). Sin embargo, la película de Gomez-Rejon posee una cualidad más real y ofrece una percepción algo menos romántica e idealizada de dicha etapa vital. Me and Earl… es una película de adolescentes perspicaces, cultos y elocuentes, pero nada en ella parece forzado, nada en sus personajes parece falso (Earl es un soplo de aire fresco en este tipo de cine), por el contrario, esta rebosa sinceridad de principio a fin (hasta engañando es honesta). Gomez-Rejon aborda la enfermedad de Rachel con la seriedad pertinente, pero evitando que esta ahogue el tono de la historia y esquivando en todo momento la pornografía emocional. Me and Earl golpea directamente las emociones porque no parece que este sea su objetivo principal. La comedia domina el relato, pero está siempre empapada de una tristeza extrañamente alegre y deja paso al drama cuando debe hacerlo (al fin y al cabo “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”), sin perder de vista en ningún momento lo que define a estos personajes (por los que el director siente fascinación genuina), y celebrando la creatividad y la energía adolescente hasta el final.

El desenlace de Me and Earl contiene la que es sin duda una de las escenas más intensas, conmovedoras y desarmantes que vamos a ver en mucho tiempo (cuando veáis/si habéis visto la película, sabréis a cuál me refiero). Una catarsis aplastante (acentuada por la increíble banda sonora de Brian Eno y Nico Muhly) que da pie a un precioso y revelador epílogo con el que el film sella su destino: Me and Earl and the Dying Girl es una obra de ficción a la que querremos regresar de vez en cuando para abarcar su significado al completo, que necesitaremos recomendar, poner a nuestro “compañero de curro” y verla por primera vez a través de sus ojos. Greg quiere compartir su experiencia con todos nosotros, y (yo ya he asumido que) es nuestro deber hacerla llegar al mayor número de personas posible. No cabe duda, esta historia “se seguirá desplegando ante nosotros siempre que le prestemos atención”.

Por favor, prestadle atención.

Valoración: ★★★★½

Crítica: El corredor del laberinto – Las pruebas

THE SCORCH TRIALS

[Esta entrada contiene algún detalle de la trama que puede ser considerado spoiler]

En el mundo de las adaptaciones cinematográficas de novelas juveniles, o te mueves rápido, o caducas. Si no, fijaos en el caso de El corredor del laberinto. El año pasado se estrenó la primera entrega de la saga basada en la trilogía literaria The Maze Runner (ahora tetralogía con la incorporación de una precuela), escrita por James Dashner. La película cosechó el éxito suficiente en taquilla, por lo que el estudio a cargo de ella (20th Century Fox) no perdió el tiempo en anunciar la secuela y ponerse manos a la obra con su producción. En tiempo récord, el mismo director que se ocupó de la primera parte, Wes Ball, ha sacado adelante Las pruebas (The Scorch Trials), que se estrena exactamente un año después que la primera. El impacto de las producciones teen es efímero e imprevisible por naturaleza, además, el público más joven tiende a pasar muy rápidamente de una cosa a otra (el segundo capítulo de Divergente se capuzó en taquilla porque tardó relativamente demasiado en llegar, algo que sin embargo no ha ocurrido con Los juegos del hambre), por eso se entiende que el proceso de conversión en franquicia se haya acelerado en este caso.

Sin embargo, Las pruebas no parece un producto hecho con prisa, sino más bien todo lo contrario. Lo más sorprendente de la película es lo trabajada que está desde el punto de vista técnico, teniendo en cuenta lo poco que han tardado en hacerla. Fox ha tirado la casa por la ventana y se nota, pero de nada serviría un aumento de presupuesto si detrás no hubiera gente capaz de transformarlo en una película estimulante, y aquí hay un equipo muy eficiente que tiene claro lo que hay que hacer para que esto ocurra (otra cosa es que la historia esté a la altura, pero vayamos por pasos). El acabado visual de Las pruebas es excelente, con una fotografía, diseño de producción y efectos digitales de primera. Hay en ella planos verdaderamente hermosos, siluetas recorriendo áridos paisajes postapocalípticos y enormes estructuras de metal que captan a la perfección el espíritu más épico de la continuación. Y no solo eso, el trabajo de cámara de Ball sigue resultando solvente fuera del Laberinto, sabiendo cómo filmar escenas de acción tensas y trepidantes sin sacrificar coherencia.

Efectivamente, la secuela de El corredor del laberinto aumenta considerablemente las dosis de acción y violencia (leve), encadenando set pieces por lo general muy bien ejecutados (destaca la huida de CRUEL que tiene lugar en la primera sección del film o la destrucción de la guarida de Jorge, interpretado por Giancarlo Esposito). De la misma forma, y como mandan los cánones del cine young adultLas pruebas es más oscura e intenta ser más adulta que su predecesora, llegando a asemejarse por momentos a una película de zombies (aquí llamados “Raros”) o pandemias al estilo de Guerra Mundial Z. Pero la saga no solo busca la mayoría de edad en sus escenas de acción y terror (estas últimas no aptas para los más pequeños), sino que también incorpora motivos de sexo y drogas, especialmente durante una secuencia alucinógena en un burdel donde el protagonista, Thomas (nuestro querido Muppet de carne y hueso Dylan O’Brien), se convierte en la Sarah de Dentro del Laberinto mientras intenta escapar del sueño lisérgico en el que está atrapado (pasaje en el que nos encontramos a un bizarrísimo Alan Tudyk por cierto). Aun así, nada que deba preocupar a los padres que dejan solos a sus niños en el cine.

THE SCORCH TRIALS

Por lo demás, Las pruebas sigue al pie de la letra los patrones impuestos por Los juegos del hambreDivergente. El año pasado, El corredor del laberinto se distanciaba ligeramente de dichas sagas gracias a que jugaba con otros elementos, siendo ideada más bien como un ejercicio de misterio, un puzle que nos recordaba a cosas como Cube o la serie Perdidos. No obstante, la salida de Thomas y sus Niños Perdidos del Laberinto hacia el mundo exterior, la Quemadura, ha conllevado la homogeneización de la saga, que con su segunda parte ya apenas muestra diferencias con las franquicias mencionadas. Eliminado el Laberinto de la ecuación la cosa pierde gracia, y lo que nos queda es la enésima aventura distópica en la que un “elegido” y su grupo de jóvenes aliados oponen resistencia a un totalitario ente gobernante y luchan por sobrevivir -superando fases como en un videojuego– mientras se gesta una revolución. La idea es la misma de siempre, la juventud como única esperanza de futuro (aquí se convierten literalmente en la cura de la humanidad), pero aunque siga siendo pertinente, Las pruebas no consigue hacerla interesante; sobre todo porque opta por el camino fácil y apenas se molesta en desarrollar a sus más bien planos personajes tal y como la historia requiere (algo que pasa factura cuando los giros importantes no parecen lo suficientemente justificados).

El corredor del laberinto nos presentaba un enigmático universo construido y contenido por unas reglas que se destruían al final. Las pruebas construye una mitología mucho más amplia y abierta a partir de las piezas que quedaron de esa primera parte, abandonando a sus protagonistas a su suerte en un escenario más grande, hostil e impredecible, donde se topan con mil y un nuevos personajes en cada parada de la odisea en la que se han embarcado (como ocurre en toda fantasía itinerante clásica). Esto resulta ocasionalmente emocionante (sobre todo durante su primera mitad y cuando entra en escena Brenda –Rosa Salazar), pero la narración episódica se acaba resintiendo por culpa del excesivo metraje (131 minutos), y la recta final de la película pone de manifiesto la falta de originalidad y profundidad del nuevo enfoque (más de lo mismo elevado al cubo). Claro que lo que no se puede negar (y no lo hemos hecho) es que Ball ha realizado una notable cinta de aventuras y acción, un pasatiempo más bien superficial, que aun con todo, sigue siendo de lo más destacado dentro de su género. Ojalá para la tercera y última entrega no se conformaran solo con eso, porque material hay de sobra (y no me refiero a las novelas) para hacer algo que se salga de la norma de una vez por todas. No deja de resultar paradójico que estas películas que nos hablan constantemente de romper el molde y oponerse al sistema acaben haciendo siempre justo lo contrario.

Valoración: ★★★

Crítica: Ciudades de papel

PAPER TOWNS

Todos hemos conocido a una Margo Roth Spiegelman. Muchos nos hemos enamorado de ella sin conocerla de verdad. Ocurre sobre todo durante la adolescencia, periodo vital caracterizado por una búsqueda constante y a ciegas, de uno mismo, de aquello que queremos ser y de ese ideal romántico que se fragua en nuestra mente. De esto sabe mucho John Green, autor del fenómeno young adult Bajo la misma estrella y otros éxitos de la literatura teen. En los últimos diez años, Green se ha forjado una carrera editorial como la voz de la generación Tumblr, apelando sobre todo al adolescente culturalmente inquieto con historias que captan con un estilo sencillo e inteligente la naturaleza de ese efímero capítulo de nuestras vidas. Después de la historia de Hazel y Augustus, le toca el turno a su tercera novela, Ciudades de papel (Paper Towns, 2008), adaptada al cine por Jake Schreier (cuya ópera prima es la muy reivindicable Un amigo para Frank). Al igual que entre las novelas de Green no hay mucha diferencia de estilo y contenido, Ciudades de papel no es muy distinta de Bajo la misma estrella. Es más, exceptuando el factor trágico de la enfermedad, en ocasiones parece que estamos viendo la misma película.

La historia de Ciudades de papel gira en torno a la figura de Margo (Cara Delevingne), una singular fuerza de la naturaleza, rebelde, impredecible y magnética, que despierta fascinación allá por donde pasa. Pero Margo no es la protagonista del relato, es más bien un símbolo, un macguffin, el catalizador de una historia sobre la búsqueda de la que hablaba antes, aquí contrapuesta a la del capitán Ahab en Moby Dick. El protagonista de la novela de Herman Melville se reencarna en el apocado Quentin (acertadísimo Nat Wolff), el vecino de al lado de Margo que vive obsesionado con ella desde la infancia. Ciudades de papel adquiere tintes existencialistas cuando borra a Margo del mapa, obligando a Quentin a iniciar su propia aventura para cazar a la ballena blanca. Dejando atrás una serie de pistas (al estilo “caza del tesoro”), Margo se desvanece, lo que magnifica el misterio de su personalidad. Las pesquisas de Quentin y sus dos mejores amigos (todos geeks de manual) para dar con ella dan forma a una película que, más que un romance adolescente al uso, es una divertida y reveladora odisea de crecimiento personal sobre la amistad y la importancia del viaje por encima del destino. La vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes, o recorriendo la costa Este de Estados Unidos en busca de un constructo idealizado que no existe… y todo ese rollo.

Ciudades de papel_PósterAunque Delevingne no logra transmitir el carisma que define a Margo Roth Spiegelman, el enigma de su personaje se traslada a la pantalla con éxito gracias a un guion que sabe darle el peso que le corresponde. Margo es una joven caprichosa, manipuladora y egocéntrica no obstante definida exclusivamente por los demás, una persona sin identidad (“de papel”), perdida entre lo que ella quiere ser y lo que los demás quieren que sea. Es decir, Margo es un concepto casi imaginario y abstracto, una herramienta narrativa intencionadamente desdibujada, con la que Ciudades de papel juega para dibujar al resto de sus personajes y construir sus leitmotivs: “la realidad no es como pensabas” y “las cosas nunca pasan como creías que iban a pasar“. El emocionante road trip que tiene lugar en el tercer acto de la película (reminiscente por cierto de otro libro de Green, El teorema de Katherine) conduce hacia la humanización de Margo, y la consecuente epifanía de Quentin, que descubre que no hay ballena blanca, solo una chica perdida que no quiere que nadie la busque hasta que ella misma sea capaz de encontrarse. Ciudades de papel nos habla de la importancia de darse cuenta de esto a tiempo y centrarse en lo que de verdad merece la pena antes de dejar esa crucial etapa en el pasado, algo que, desafortunadamente, no suele ocurrir.

Porque la prosa naturalmente rebuscada de Green condensa con puntería lo que significa la etapa del instituto (en Estados Unidos) y la incertidumbre que supone su final (esto es universal), pero lo hace siempre desde la perspectiva del adulto que echa la vista atrás con la intención de romantizar este periodo, para contarnos la historia de la adolescencia americana que nunca tuvimos (y, con suerte, servir de guía para los que la están atravesando). Al igual que Bajo la misma estrella y el resto de la obra de Green, Ciudades de papel nos presenta una realidad excesivamente idílica y falseada, personificada en adolescentes imposiblemente elocuentes y perspicaces que hablan como escritores o guionistas y habitan una contracultura de mentira que mezcla rock oculto de los 60, indie electrónico de moda, Walt Whitman y Pokémon (a la que, para gozo de todos los usuarios de Tumblr, le dedican un genial homenaje). Sin embargo, bajo toda esta confección mercantilista (indudablemente atractiva y a años luz de cualquier producto del mismo género) podemos encontrar una verdad (muchos adolescentes se identifican con estos personajes y su forma de ver el mundo), así como unas ideas y valores que merece la pena resaltar. Ciudades de papel brilla especialmente en su ocurrente retrato de la amistad y acierta al situar en el núcleo de la historia a un encantador grupo de personajes en pleno proceso de descubrimiento (a destacar la revelación Austin Abrams). Como los miembros del Club de los Cinco, Quentin y sus amigos forjan relaciones inesperadas en el umbral del cambio y comprueban que son mucho más que la imagen que los demás proyectan de ellos. Para llegar a apreciar lo que nos estamos perdiendo solo hay que olvidarse por un momento de que, de una manera u otra, siempre estaremos buscando a Margo.

Valoración: ★★★½

Crítica: La Serie Divergente – Insurgente

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La llama de las adaptaciones de novelas para adolescentes parece estar apagándose. A Katniss Everdeen, la líder indiscutible del movimiento post-Crepúsculo y Harry Potter, le queda una película para decirnos adiós, y su relevo, Tris Prior, que llegó a rebufo de la sufrida Sinsajo, no termina de enamorar a la audiencia. Después de Divergente (2014), el primer capítulo de la saga basada en los best-sellers de Veronica Roth, nos llega Insurgente, secuela con la que se pretende elevar el listón de la franquicia con más acción, un tono decididamente más oscuro y un estilo más arraigado en la ciencia ficción, con la esperanza (en vano) de que esta llegue a un público más amplio. El problema es que Tris no es Katniss, y por mucho que se esfuerce en disfrazarse de lo que no es, La Saga Divergente no es más que una mala copia de Los Juegos del Hambre.

Además de su tibia recepción crítica (que no es realmente importante en el caso de las adaptaciones Y.A., porque su público objetivo no se guía por esto), varios factores juegan en contra de Insurgente. En primer lugar, la cercanía con respecto a Hunger Games hace que las comparaciones sean inevitables, y que Divergente parezca un pasatiempo menor para rellenar la espera entre las películas de la otra saga. En segundo lugar, el mercado ya está saturado, como han demostrado los sonados fracasos young adult de los últimos años (iba a enumerar los inicios de saga frustrados, pero ya se nos han olvidado todos), lo que provoca que Insurgente no sea recibida con tanto entusiasmo por su audiencia target (adolescentes ya más resabiados que pasan con pasmosa facilidad a lo siguiente). En tercer lugar, Shailene Woodley no es la estrella que Hollywood se empeña en vendernos. La muchacha es buena actriz (no hay que perdérsela en Bajo la misma estrella), pero por lo general cae antipática, y no consigue resultar creíble como heroína de acción.

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Sin embargo, el principal factor en contra de Insurgente no es externo, es la historia en sí. Ya comprobamos en Divergente que el universo distópico que nos presentaba Roth no tenía ni pies ni cabeza. Sus normas desafían todo tipo de lógica, y solo existen de forma caprichosa, para construir un sistema totalitarista “de moda” y generar un conflicto social que no sería capaz de crear de otra forma. Lo normal (y recomendable) es que seamos más permisivos en nuestro pacto de ficción con este tipo de películas, pero Insurgente nos pone las cosas realmente difíciles con escenas cada cual más absurda e inconexa que la anterior. Hagamos memoria, estamos en una Chicago futurista, la sociedad se divide en facciones organizadas según las características personales de cada ciudadano (Cordialidad, Erudición, Verdad, Abnegación y Osadía). Todas viven bajo la autoridad de un gobierno central, élite presidida por una megalómana gélida y divina, JeanineKate Winslet, que tiene mucha más presencia en la secuela y, afortunadamente, esta vez ha decidido actuar. Sin embargo, existen personas que ponen en peligro el orden establecido, seres capaces de lo jamás pensado: ¡poseer dos o más características a la vez! Son los llamados “divergentes”, o como los conocemos en mi casa: personas normales.

Insurgente retoma la acción poco después del final de Divergente, con Tris, Cuatro (Theo James), Peter (Miles Teller) y Caleb (Ansel Elgort) ahora como fugitivos buscando aliados para derrotar a la bruja a la vez que huyen de su ejército de monos voladores, liderado por Eric (Jai Courtney). Mientras, Jeanine intenta abrir una caja mágica (¿por qué no?) que oculta un mensaje secreto, y que solo puede ser desbloqueada por un “elegido”, un divergente puro (con las 5 características al 100% de su potencia) que no es otro que Tris. Así, la película se divide en dos secciones, una primera en la que los rebeldes se refugian con facciones amistosas (por ahí desfilan Naomi Watts y Octavia Spencer, porque no tenían nada mejor que hacer), se enfrentan a sus captores y lidian con traiciones a izquierda y derecha; y una segunda en la que asistimos a las pruebas de Tris, simulaciones virtuales que le llevarán a descubrir los secretos sobre su familia y el pasado del mundo en el que habita, para a continuación abrir la puerta al futuro. Un futuro que, por cierto, se asemeja sospechosamente al de otra reciente saga teen clon de Hunger GamesEl corredor del laberinto. Vamos, que son todas la misma película.

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Ya desde el comienzo de su campaña promocional se quiso dejar claro que esta secuela sería diferente a su predecesora al menos en una cosa: la acción. Para ello, Lionsgate contrató a Robert Schwentke (Red, R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal), que sustituye al director con el mejor nombre del mundo, Neil Burger. Aunque no faltan las eternas escenas de sobre-exposición y las dosis de romance atormentado (la escena de cama de Tris y Cuatro no podría estar más metida con calzador y peor realizada), sí que es cierto que Insurgente se esfuerza en dar algo de movimiento a la trama. Para ello, la película avanza a base de persecuciones y combates bien coreografiados (Jai Courtney sube considerablemente el nivel físico de estas secuencias) y set pieces que elevan la espectacularidad de una saga que empieza a parecerse a un videojuego de realidad virtual. Sin embargo, ni toda la acción del mundo ni los mejores efectos digitales serían suficientes para camuflar la realidad de Insurgente, una saga insulsa y sin ritmo que nos exige demasiada indulgencia y a cambio se toma en serio a sí misma hasta niveles sonrojantes.

Valoración: ★★

El fenómeno: Bajo la misma estrella

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A mí me pirra un fenómeno teen. Los productos audiovisuales orientados a prepúberes y adolescentes del siglo XXI han alcanzado una sofisticación inaudita en los últimos años. Es cierto que muchos de ellos no ocultan su naturaleza prefabricada y disfrazan conformismo de singularidad y rebeldía, pero los que más repercusión han obtenido en los últimos años suelen estar edificados sobre una base de buenas intenciones (más allá de las económicas, se entiende), ruptura de estereotipos y en general, mensajes muy válidos para la chavalada, que debemos acoger con entusiasmo en esta época de cinismo y sobreprotección.

Me gusta Los juegos del hambre porque despierta pasión, conciencia sobre la corrupción del sistema y nos ofrece el modelo alternativo de heroína cinematográfica que necesitábamos desde hace años. Me considero directioner, porque yo también fui adolescente y sé lo importante que es la afiliación a un movimiento fan como este, uno que además lanza el encomiable (y mercantilizado, pero qué más da) mensaje “sé fiel a ti mismo”. Y por supuesto, me gusta Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars), el pelotazo editorial de John Green, convertido en una de las películas más (sorprendentemente) exitosas del año. Por eso, cuando Fox Home me invitó a verla otra vez con un código de descarga de Fox Digital HD, no pude negarme. Me descargué la película, cogí el paquete de kleenex, me abracé a la almohada y me abandoné una vez más al dulce sufrimiento de la épica historia de amor de Hazel Grace Lancaster y Augustus Waters.

BLME

Primero os cuento un poco cómo me descargué la película, por si os interesa. Yo elegí la plataforma iTunes, que es la que suelo usar para descargar música y vídeo, aunque también está disponible en wuaki tv, Google Play, PlayStatio Store y Xboxvideo. Lo mejor de la descarga es que están disponibles las dos versiones de Bajo la misma estrella, la estrenada en cines (9,99€) y la versión extendida (10,99€), con un puñado de escenas adicionales (incluido el cameo del autor del libro, John Green). Yo, por supuesto, he visto la versión extendida en alta definición. Necesitaba saber si esos pasajes del libro que eché de menos en la película habían sido incluidos (la respuesta es “todos menos uno”). Lo dicho, la descarga es muy fácil, inmediata y segura. Introduje el código y al rato ya estaba en mi librería (donde se quedará 4ever & ever y desde donde la compartiré con mi hermana, que es público -supuestamente- objetivo), disponible en varios idiomas, con multitud de subtítulos e incluso contenidos adicionales. La versión extendida son 2 horas y 13 minutos de Hazel y Gus, y como fan irredento de esta pareja de adultos atrapados en los (esbeltos) cuerpos de dos adolescentes que saben lo que es bueno –Buffy y Expediente X-, puedo decir que no sobra ni un segundo de metraje. Okay?

Josh Boone, cuya primera película fue la estimable Un invierno en la playa, dirige la adaptación cinematográfica de The Fault in Our Stars, bajo la supervisión del escritor John Green. El resultado es una película tan fiel al libro en el que se basa que parece que las páginas han cobrado vida en la pantalla. La elección de Shailene Woodley y Ansel Elgort como Hazel y Gus es sin duda uno de los mayores aciertos de casting de los últimos años, uno de esos casos en los que parece que los personajes estaban escritos para ellos, y nadie más. Físicamente, quizá Woodley se asemeja más a Hazel que Ansel a Gus, pero ambos realizan un trabajo interpretativo excelente, trasladando a la pantalla las idiosincrasias de los personajes, convirtiéndose absolutamente en ellos (Woodley rebosa talento, pero el irresistible y carismático Elgort es la revelación de la película). Si acaso, la adaptación se deja en las páginas algo de la agresividad y el humor cáustico que caracteriza a la protagonista, cuya encarnación en el cine es algo más apacible y cordial. Este es el único aspecto en el que se distancia la película del libro, en el que Green describe con asombroso acierto qué es eso de la “rabia adolescente“, y cómo funciona cuando además de los “dolores de crecimiento” se padecen los dolores de una enfermedad como el cáncer. La película no evita adentrarse en los pasajes más oscuros y deprimentes del libro, aunque opta siempre por un acabado limpio y aséptico, más acorde al envoltorio de romance adolescente hollywoodiense que la cubre, utilizando la muerte para hablarnos de la vida y promover el optimismo. Por supuesto.

Film Review The Fault In Our Stars

The Fault in Our Stars puede parecer a simple vista la enésima cinta basada en una novela young adult superventas, y hasta cierto punto lo es. Pero no estamos ante un romance crepusculiano o una Divergente más (saga en la que Woodley y Elgort hacen de hermanos, por cierto), nada más lejos de la realidad. Bajo la misma estrella tiene mucho más en común con esa joya sobre el rito de paso de la adolescencia que es Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) que con cualquier saga Y.A. Los personajes de Perks bien podrían haber sido amigos de Hazel y Grace de haber compartido barrio (y década). Las voces de todos ellos se asemejan, en tanto en cuanto no son más que las de los propios autores utilizando a sus personajes como vehículos para expresarse y narrar sus experiencias o su visión de la adolescencia. Y aunque esto puede chocar al principio, sin esa forma rebuscada y petulante de hablar (a lo Dawson Leery & co.), no serían los mismos chavales autoconscientes y de vueltas de todo (se están muriendo, ¿cómo van a estar si no?) de los que nos enamoramos en las páginas escritas por Green.

A Bajo la misma estrella se le pueden achacar varias cosas: alguna que otra escena excesivamente almibarada y ridícula (la visita a la casa de Ana Frank) o el hecho de que podría catalogarse fácilmente como “pornografía emocional“. Claro que yo soy de los que piensan que el porno no tiene por qué tener nada malo, sino más bien todo lo contrario. La historia de Hazel y Gus nos invita a realizar un ejercicio de purga, de liberación, y nos permite (casi que nos obliga a) llorar a moco tendido en una emotiva y dolorosa recta final que nos habla tanto de los que se van como de los que se quedan. Pero sobre todo insiste en la idea del primer amor, del amor adolescente, como el evento más importante y transformador de nuestras vidas, magnificado como metáfora por la enfermedad que los personajes padecen. El “infinito” del que Hazel y Gus hablan debería ser un concepto muy familiar para cualquiera que recuerde esa intensa etapa de su vida, pero por si acaso, la película se asegura de que no se nos haya olvidado. Bajo la misma estrella es un fenómeno con derecho a serlo, un producto muy cuidado, inteligente y diseñado para la iconoclastia, una de esas películas que nos llegan de vez en cuando, y que se atreven a retratar la adolescencia con tacto y respeto.

Valoración: ★★★★

Crítica: Los Juegos del Hambre – Sinsajo (Parte 1)

Sinsajo Parte 1

En llamas finalizaba de la manera más televisiva posible, con un cliffhanger en el que nuestra maquinal heroína, Katniss Everdeen, era rescatada/raptada del Vasallaje de los 25 (Quarter Quell) por una nave, dejando atrás a sus compañeros, Peeta Mellark y Johanna Mason entre otros. Como si hubiera transcurrido una semana entre capítulo y capítulo (pero con la realidad de haber esperado un año con el relato suspendido en el aire) nos reencontramos con Katniss en Sinsajo – Parte 1, que retoma la acción justo donde la dejó la anterior película. La Chica en Llamas es transportada al Distrito 13 de Panem, donde los rebeldes planean un golpe contra el gobierno del tirano Presidente Snow. Tal y como descubrimos en En llamas, Katniss se ha convertido en el Sinsajo, en el símbolo de una rebelión que se está gestando sin que la joven sea consciente del papel crucial que ejerce en ella. Sinsajo – Parte 1 nos muestra cómo Katniss va tomando conciencia de ese papel, mientras a su alrededor se pone en marcha una compleja maquinaria estratégica y publicitaria dedicada a levantar al pueblo de Panem contra el Capitolio.

Sinsajo, Parte 1 se distancia de la anterior entrega en dos aspectos esenciales. En primer lugar, ya no se celebran los Juegos del Hambre, por lo que (afortunadamente) no estamos ante otra repetición del mismo esquema narrativo de la primera película, como ocurría con En llamas, lo que permite mayor libertad para contar la historia y margen para la sorpresa (del espectador que no ha leído los libros, se entiende). Y en segundo lugar, y más importante aún, Sinsajo – Parte 1 no es exactamente una cinta de acción o aventuras, sino más bien una película política. A pesar de ocasionales incursiones en la acción blockbuster y breves pero contundentes secuencias bélicas, Sinsajo se pasa la mayor parte del metraje explorando los entresijos de la campaña de propaganda de la rebelión, y moldeando la figura pública de Katniss Everdeen. Tanto es así, que en ocasiones, en lugar de Los Juegos del Hambre, parece que estamos viendo la sexta temporada de The Good Wife. Y ojo, es un cumplido.

En llamas puso el listón alto al convertir una “simple” saga Young Adult en algo mucho más sustancial, en algo importante (o al hacernos creer que estamos ante algo sustancial e importante, que es casi tan admirable, o más), y Sinsajo – Parte 1 continúa esa trayectoria in crescendo con un capítulo más contenido, pero igualmente épico y oscuro (figurada y literalmente). Estamos ante una película rebosante de simbolismo (aunque a veces peque de explicarlo excesivamente), salpicada de escenas de gran intensidad (el asedio al Distrito 13, el impactante final), pasajes de belleza melancólica (“The Hanging Tree”, preciosa canción entonada por Katniss), e introspectivos momentos de lucidez y caracterización (bravo por Elisabeth Banks y su maravillosa Effie Trinket), todo hilvanado a la perfección por una de las partituras más emocionantes y fastuosas de James Newton Howard.

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Es cierto que los personajes secundarios quedan desaprovechados a pesar del “tiempo extra” con el que se contaba -la Presidenta Alma Coin es un personaje más plano de lo que debería, y de los rebeldes que acompañan a Katniss en su tour promocional solo la Cressida de Natalie Dormer muestra rasgos de personalidad-, pero la película vuelve a ser de Katniss Everdeen, y es el Sinsajo quien está bajo los focos en todo momento. En este sentido, hemos de aplaudir el hecho de que el protagonismo de Katniss se haya manejado de forma tan inteligente, huyendo de las convenciones del género, pero por contra, ha provocado que a Jennifer Lawrence se le vaya un poco de la mano el personaje, con una (sobre)interpretación histérica basada en alaridos y pucheros perennes que ya no subrayan solo la vulnerabilidad y el terror del personaje, sino también los excesos interpretativos y mohínes de la laureada actriz.

Dividir una última entrega en dos partes es una estrategia cuya rentabilidad ha sido demostrada de sobra tanto en cine como en televisión (Harry PotterCrepúsculoBreaking Bad). Después de ver Sinsajo, Parte 1, la decisión de sesgar el desenlace sigue siendo cuestionable, e injustificada más allá de las razones económicas. Sin embargo, la división ha permitido que el intenso relato de la saga se airee, y se ha beneficiado al centrarse en un objetivo final más definido que en las anteriores películas, lo que imprime mayor sentido del propósito. Los que se adentran en la tercera parte de la franquicia lo hacen sabiendo que la historia volverá a quedar incompleta, que esto no es una película en el sentido tradicional de la palabra, y que, tal y como ocurrió el año pasado con la segunda entrega de El hobbit, la gran batalla se reserva para el último capítulo. Por eso, mientras las dos primeras Juegos del Hambre se perdían en largas escenas expositoras que retrasaban el comienzo de los Juegos, Sinsajo, Parte 1 está construida como un gran preámbulo de dos horas que prepara exhaustivamente el terreno para el gran clímax. Sabiendo esto, la película es más libre de evolucionar a su propio ritmo, de explorar en mayor profundidad la moralidad de los conflictos e indagar en los personajes, especialmente en Katniss, a medida que ésta va trascendiendo su cualidad de mera herramienta propagandística para erigirse como heroína autónoma. De esta manera, la historia nos invita abiertamente a formar parte de la revolución y nos prepara para la batalla, pero primero se asegura de que la entendemos, de que creemos en los ideales que la motivan. Y es por esta razón que en Sinsajo, Parte 1 no sobra ni una escena, lo que la convierte paradójicamente en la entrega más íntegra de la saga.

Valoración: ★★★★

Crítica: Vampire Academy

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Es muy fácil malinterpretar Vampire Academy. Para empezar, porque ni la propia película sabe cómo quiere ser interpretada. Se trata de la enésima adaptación cinematográfica de una saga literaria para adolescentes, y para más inri, aborda el hiper-manido universo de los vampiros, lo que de entrada invita a que nos aproximemos a ella con recelo, incluso con todas las conclusiones ya sacadas. Pero la eficacia y el éxito de la película de Mark Waters se debe medir en términos relativos. De acuerdo, la película es un caos, pero hay en ella suficientes indicios de que la intención nunca fue la de crear una nueva CrepúsculoLos juegos del hambre, sino reírse de ellas (y si colaba, lanzar nueva franquicia a rebufo de ellas).

Tomad el aspecto “didáctico” de la saga Harry Potter (internado para adolescentes sobrenaturales, clases de magia), una pizca de la fundacional Buffy, cazavampiros (chicas pateaculos y vampiros intensos), y una gran dosis de Chicas malas (la anterior película de Waters). Mezclad y agitad todo en un recipiente con varios litros de autoconsciencia y referencias a la cultura popular, y obtendréis Vampire Academy, una obra sumamente obsesionada con contarnos cómo funciona.

A partir de los libros de Richelle Mead, Mark y su hermano Daniel Waters (que se ocupa del guión) levantan una mitología tremendamente confusa y abarrotada (¿psicosabuesos? WHAT?). Durante la primera media hora de Vampire Academy, los Waters se aseguran de que el espectador no se pierda, y lo hacen con sobre-explicaciones y rótulos que nos guían como si se tratase de la fase tutorial de un videojuego. A partir de ahí, la historia de las BFFs Rose Hathaway (Zoey Deutch) y Lissa Dragomir (Lucy Fry) se desarrolla explicitando en todo momento sus reglas y comentando incesantemente lo que se nos está mostrando.

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Por ejemplo, en esta película se pronuncia más veces la palabra “adolescencia” (o “adolescente”) que “fuck” en Pulp Fiction. Esto no hace sino llamar la atención sobre la realidad del proyecto (y de todos los proyectos de esta naturaleza): detrás de la voz de estos jóvenes hiper-hormonados hay un montón de adultos que solo entienden la adolescencia a partir de los tópicos que el cine teen nos lleva alimentando durante 30 años -cotilleos, guerras de popularidad, superficialidad, sexo y traición- y que no tienen otra manera de exponerlos que poniéndolos en boca de sus personajes, cuyos diálogos a veces se limitan a repetir “iPhone” y “Facebook”, como si estas palabras formaran un lenguaje aparte. Algo falla cuando la protagonista te tiene que decir directamente “No soy una adolescente normal, ¿pero es que eso existe?”, en lugar de que esta idea se transmita a través de la historia. Os reto a buscar a un adolescente real en cuyo vocabulario habitual se encuentre la palabra “adolescente”. Definitivamente, más show y menos tell le habría sentado muy bien a la película.

Aún con todo, Vampire Academy puede (y quizás debe) leerse como fábula -aunque carezca de la mordacidad de Chicas malas-, y sobre todo como parodia de las sagas YA, y por qué no, de la adolescencia en sí misma. La confusión de tonos es predominante, y uno no siempre sabe si se está tomando en serio o no, pero de vez en cuando Waters nos golpea con momentos de sumo cachondeo que llevan la película hacia terreno True Blood. Definitivamente, cuando Vampire Academy se vuelve más alocada, más camp y más cafre es cuando funciona mejor -atención en este sentido al personaje de la divertidísima Sarah Hyland. Por eso agradecemos el (tímido pero contundente) gore, la lascivia (son todos perros en celo, como debe ser: “Tienes experiencia haciéndolo con dos a la vez”, “Quiero que me quite la virginidad”), y las frases lapidarias dignas de la serie de HBO (“Créeme, no querrías operarte la nariz en Montana” o “Podría haber sido modelo. Un hombre en Milán me dio su tarjeta a los 17 años” son algunas de las perlas que escuchamos en el filme), o one-liners que son insultos directos a Crepúsculo, con la que se ensaña a base de bien: “Mi vínculo con Rose es prácticamente un GPS psíquico”; “Dicen que Dimitri es un dios, pues yo soy ateo, y bien armado”. Pura poesía trash.

VAMPIRE ACADEMY

Vampire Academy posee los ingredientes de todas las sagas YA. La amplia y aleatoria mitología fantástica (un desubicado Gabriel Byrne forma parte de ella), una heroína que mola (cuidado, Zoey Deutch es mejor actriz de lo que parece), una banda sonora con temazos (Goldfrapp, M.I.A., Iggy Azalea), y un romance pasado de rosca entre la protagonista y su propio Angel de baratillo (el pelo de Danila Kozlovsky es un crimen a la humanidad). La película de Mark Waters es mala, pero no mala como podría ser CrepúsculoCazadores de sombras, es mala como género. Es decir, pertenece voluntariamente al mismo, o al menos lo intenta. La confirmación de que todo esto no es más que una chorrada suprema, y que no pasa nada si nos descubrimos disfrutándola de algún modo, es el cursi y lacrimógeno discurso final de Lissa (que por cierto, debe ser familia de María Lapiedra), en el que nos habla sobre la sangre, el acoso escolar y el snobismo, invitándonos a reírnos de todo lo que hemos visto hasta ese momento. Si esto no es una parodia, que venga Lindsay Lohan y lo vea. En definitiva, Vampire Academy es tan estúpida y absurda que merece su propio quote-along, y me atrevería a decir que también su propio culto.

Valoración: ★★½

Crítica: Los juegos del hambre – En llamas

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Cuando una súper producción, una película para adolescentes o una franquicia basada en YA Novels (Young Adult Novels) apunta más alto de lo habitual y se atreve a desafiar la norma, solemos valorarla en ejercicio comparativo tanto o más que por sus méritos propios. Es el caso de Los juegos del hambre, que engloba las tres categorías mencionadas. Una saga definitivamente muy por encima de cualquier otra película de su género que sin embargo vive bajo el efecto Tumblr: “cualquier cosa que veamos en Internet parecerá mucho mejor de lo que es en realidad”.

En el mundo de las franquicias cinematográficas teen no hay una fórmula infalible. Cada cierto tiempo nos llega un producto con el poder de apasionar y consumir a millones de adolescentes y no tan adolescentes (entre los que yo me encuentro). De entre mil y un intentos fallidos de encontrar la saga que mantenga Hollywood en pie emergió triunfante en 2012 Los juegos del hambre. Ha pasado más de año y medio desde que la primera entrega sorprendiera al mundo entero con una de las mayores recaudaciones de la historia del cine, y la espera (demasiado larga según los estándares de este tipo de cine por capítulos) no ha menguado la expectación, sino todo lo contrario. El fandom ha crecido exponencialmente, y la segunda parte, En llamasllega a los cines rodeada de un hype inusitado y un mareante despliegue publicitario.

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Después de que Crepúsculo abdicara (para desconsuelo de muchos, y regocijo de muchos más), Los juegos del hambre se ha hecho con la corona del cine Young Adult, y la lleva con el porte y la entereza que la saga vampírica de Stephenie Meyer nunca tuvo. Como decía, no hay fórmula que, aplicada a cualquier saga literaria, dé como resultado un éxito. Pero sí sabemos concretamente cuáles son los ingredientes que han hecho de Los juegos del hambre un ardiente fenómeno mundial: una ambientación distópica que la acerca a la ciencia ficción adulta y atrae a un público más heterogéneo, un mayor compromiso ideológico (de nuevo característica del sci-fi clásico), menos remilgos a la hora de mostrar (o sugerir) la violencia, un estelar diseño de producción, interpretaciones por encima de la media, y la figura de Katniss Everdeenheroína carismática, icono y referente generacional que se opone a las lánguidas y pasivas protagonistas de este tipo de cine.

En llamas recupera y amplifica todos estos elementos (desorbitado presupuesto mediante) para llevar a cabo una versión más pulida y contundente de la primera parte. Desde la primera escena se respira el aire más denso que se cierne sobre el Distrito 12 y el resto de regiones obreras de Panem, víctimas del régimen totalitario del Capitolio. Como mandan las leyes de las franquicias fantásticas, esta parte es más oscura, más solemne, más espectacular. En llamas deja entrever el germen de la revolución que culminará en la entrega final, dividida en dos partes. Y lo hace a través de escenas cargadas de tensión que transcurren en dos niveles: el de la lucha interior de Katniss (Jennifer Lawrence descarnada, excesiva, al borde del colapso nervioso) y el del pueblo que está a punto de levantarse contra el gobierno. Francis Lawrence logra entrelazar con acierto ambos estratos en un relato que no deja de ser nunca sobre Katniss Everdeen, pero en el que el verdadero protagonista es el pueblo que la toma como baliza de esperanza. Y además lo hace prescindiendo de la innecesaria cámara en mano de la que abusó Gary Ross en la primera película.

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Pero En llamas es en realidad una iteración paso por paso de la primera película. En esta asistimos a unos Septuagésimo Quintos Juegos del Hambre en los que los tributos son vencedores de ediciones anteriores. Un Greatest Hits compuesto por marionetas controladas por un gobierno que necesita hacer purga de héroes para evitar la rebelión (brillante idea de Suzanne Collins). El funcionamiento es idéntico al de los anteriores Juegos -con creativas variaciones que impiden el hastío en todo momento-, pero las implicaciones son mucho mayores. En llamas consigue dejarnos clavados en la butaca, nos atrapa en su primera escena y no nos suelta hasta que aparecen los créditos. Sin embargo, el impacto de la primera entrega ha disminuido considerablemente y, a pesar de las ominosas palabras de Haymitch (Woody Harrelson) a Katniss y Peeta (un muy notable Josh Hutcherson), no obtenemos la sensación de que efectivamente se enfrenten a asesinos profesionales esta vez. Quizás porque, como se insiste durante toda la película, ellos no son el enemigo. La historia evoluciona, madura, y toma nuevos derroteros.

Por eso precisamente Lawrence se centra menos en la violencia y más en la estrategia durante los Juegos, habiendo explorado el lado más sádico del régimen en la Gira de los Vencedores -donde se encuentran los planos más despiadados de la película. Pero a pesar de mantener la tensión durante todo el metraje (146 minutos que transcurren como si fueran 90), En llamas no desata la conmoción que sentimos al ver a los tributos (niños) siendo lanzados a la Arena en la película original. Eso sí, en compensación obtenemos personajes más definidos y memorables en los “nuevos” gladiadores, entre los que destaca la nueva robaescenas oficial de la saga: Johanna Mason (Jena Malone).

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En llamas planta los cimientos de algo grande, muy grande, y añade capas con sorprendente destreza y sutilidad, desvelando así que Los juegos del hambre es un relato mucho más organizado y profundo de lo que parecía. Pero lo que es un acierto de cara a la estructura global de la historia es un handicap para este capítulo en concreto. En llamas es lo que en el ámbito televisivo llamaríamos “capítulo de transición”. Tan necesario como mermado. Lawrence no persigue en ningún momento la entidad como obra independiente y no tiene reparos en sajar la película, sin clímax, sin conclusión, en favor del plan maestro. La seguridad de que la historia continuará y el espectador regresará convierte En llamas en un episodio de serie en el que solo se echa de menos un “to be continued” -algo que cabe esperar también de la tercera parte. Lo mismo que le pasó a Star Wars y El señor de los anillos con El imperio contraataca o Las dos torres respectivamente. La estrategia del cliffhanger o el final abierto es parte esencial de la experiencia serial (ahora también en cine), pero despoja a esta película de resolución, de sentido de la unidad, de lo que hace que el cine sea cine, revelando los imperantes intereses comerciales tras la obra. Esto no impide que alcemos la mano y nos unamos a la resistencia (es demasiado emocionante como para no hacerlo), pero plantea una cuestión importante: ¿es que en Hollywood ya no están interesados en hacer películas?

Valoración: ★★★½