Crítica: Everest

Everest

Hace dos años, Alfonso Cuarón nos llevó al espacio con su imprescindible Gravity, una película casi interactiva en la que el espectador se sumergía en la pantalla de cine y vivía en primera persona la emocionante odisea de la astronauta Ryan Stone (Sandra Bullock). Este año, Baltasar Kormákur (2 Guns) nos propone algo parecido con Everest, film también rodado con la últimas técnicas en 3D que busca crear una experiencia inmersiva en la sala de cine (donde esta película alcanzará su mayor potencial), en la que formaremos parte de una expedición para llegar a la cima de la montaña más alta del mundo.

Everest lleva al cine la mayor tragedia acontecida en el legendario monte del Himalaya, cuando en 1996 una fuerte tormenta de nieve sacudió a varias expediciones que trataban de alcanzar la cima. El guion, escrito por William Nicholson (nominado al Oscar por ShadowlandsGladiator) y Simon Beaufoy (ganador del Oscar por Slumdog Millionaire) está basado en varios libros y entrevistas con los supervivientes, con el ensayo Into Thin Air (Mal de altura) como fuente principal. Su autor es el periodista Jon Krakauer, aquí interpretado por Michael Kelly (House of Cards), que vivió de primera mano la tragedia y sirve aquí como uno de los hilos conductores de la película.

En un principio, Everest iba a estar protagonizada por Christian Bale, pero éste la rechazó para participar en Exodus: Dioses y reyes. Su marcha y sustitución por el menos conocido Jason Clarke (El amanecer del Planeta de los Simios, Terminator Génesis) provocaba un cambio importante en la película, que pasaba a ser más coral. En efecto, Everest nos presenta un amplio elenco de actores (entre ellos muchas caras conocidas de Hollywood: Josh Brolin, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Keira Knightley, Robin Wright, John Hawkes) que se reparten el tiempo en pantalla equitativamente. Clarke ejerce de guía de la expedición en la que se centra la película (Gyllenhaal hace lo propio con la secundaria), pero esta no adopta un solo punto de vista, sino que salta de uno a otro, ofreciendo retales de historias personales que solo llegamos a conocer superficialmente. Y ese es el principal problema de Everest, que no logra (quizá no quiera) profundizar realmente en sus personajes, y por tanto se queda corta en los momentos en los que aspira a ser un drama humano.

Everest cartelEn una de las escenas centrales de Everest, Krakauer pregunta a los montañistas (la mayoría turistas de aventura con los bolsillos llenos) por qué arriesgan sus vidas para llegar a la cumbre. Ninguno sabe contestar, y lo cierto es que Kormákur no está interesado en darnos respuestas a esa pregunta (quizá no existan, quizá no sean necesarias en la vida real, pero claro, esto es cine). La mayor parte del tiempo, el director evita la ficcionalización hollywoodiense, anteponiendo la técnica a la emoción (a excepción del desenlace, donde la historia se permite entrar en terreno lacrimógeno). Esta aproximación metódica nos deja un trabajo centrado y sobresaliente en el apartado visual que sin embargo resulta excesivamente frío y distante en todo lo demás. En consecuencia, los personajes no llegan nunca a formarse del todo, lo que hace que el vínculo que se establecía con Ryan Stone no se repita con los montañistas del Everest.

Everest se podría adscribir al cine de catástrofes de los 70 o la corriente de telefilms noventeros que instigó ¡Viven!, con la principal diferencia de que en este caso, el espectáculo y el reparto son de primera. Kormákur filma las escenas de acción con inteligencia y precisión, eludiendo la pirotecnia y sobredramatización propias del blockbuster, para mantener el realismo en todo momento (a ratos coqueteando con el documental sobre alpinismo). Cuando arrecia la tormenta, a 45 minutos del final, Everest nos sacude con fuerza. Se puede sentir el vértigo, la desesperación y la angustia de los alpinistas, incluso la falta de oxígeno. Tristemente, el nudo en el estómago es más parecido a lo que podemos sentir en una atracción o simulador de realidad virtual (por eso es recomendable en la pantalla de cine más grande posible) que a una experiencia cinematográfica plena. Como película de catástrofes, Everest sobresale por encima de la media, como drama se queda sepultado bajo la nieve.

Valoración: ★★★

Crítica: Mandela – Del mito al hombre

Mandela Idris Elba Naomie Harris

En su versión original, el biopic de Nelson Mandela dirigido por Justin Chadwick (Las hermanas Bolena) conserva el título de la autobiografía en la que se basa, Mandela: Long Walk to Freedom. En España se ha optado por un título algo menos poético y más descriptivo: Del mito al hombre. No es para nada desacertado, ya que explicita correctamente las aspiraciones de la película. Otra cosa es que esta consiga su propósito, que es acercar al público el ser humano, el hombre, el padre, el hijo detrás del premio Nobel de la Paz. En lugar de eso, Mandela: Del mito al hombre se conforma con reproducir la página de Wikipedia del ex presidente surafricano.

Hay dos formas de hacer un biopic: centrarse en una época concreta de la biografía del protagonista y a partir de ahí trazar un retrato vital de su persona, o hacer un recorrido exhaustivo por su cronología, de principio a fin. En el caso de Mandela, la única manera de acometer la tarea de trasladar su vida a la gran pantalla era usando la segunda opción. Así, Del mito al hombre lleva a cabo la nada desdeñable labor de condensar en 141 minutos las cuatro tumultuosas décadas entre su juventud temprana como abogado y su ascensión al poder. Como trabajo de síntesis merece un sobresaliente, como cine (y a pesar de sus excelentes valores de producción) es insuficiente.

1515001_799470526746549_211807971_nLo más destacable de Mandela: Del mito al hombre quizás sea la franqueza con la que se retrata la primera etapa de su vida política en Sudáfrica. Antes que el Mandela pacifista, el Mandela baliza del pueblo, fue el Mandela cabeza de la organización violenta contra el Apartheid, y responsable primero de múltiples atentados y asesinatos. Como el origen del “mito” es de sobra conocido, William Nicholson (guionista de Gladiator) no se molesta en suavizar este aspecto de su biografía. Sin embargo, la mayor parte del metraje se dedica a los 27 años que Madiba pasó encarcelado en la isla prisión de Robben, donde se convirtió en un símbolo para el pueblo negro de Sudáfrica. Es decir, que quizás habría sido más adecuado titular la película “Del hombre al mito”.

Mandela es una película tremendamente correcta, y creo que estaréis de acuerdo conmigo en que no hay nada más aburrido que un biopic correcto. El film está claramente hecho pensando en todo momento en los Oscars, pero no ha sido posible colársela a los académicos esta vez (Mandela: Long Walk to the Oscars). Sin embargo, no habría sido nada extraño encontrarse entre los nominados de este año a Lol Crawley por su fotografía, y sobre todo a su descomunal protagonista, Idris Elba. El actor de Luther es un intérprete gigante en todos los sentidos. Su trabajo de mímesis y la pasión absoluta con la que interpreta a Mandela hace que nos olvidemos del poco parecido físico con este, o que pasemos por alto el inconsistente maquillaje con el que se envejece o se rejuvenece sin ton ni son a los personajes. Pero Elba no es la única fiera interpretativa de la película. Naomie Harris es toda una sorpresa como la segunda mujer de Nelson Mandela, Winnie Mandela, la mujer del mito, y un mito en sí misma. El acertado enfoque con el que Elba y Harris dan vida a estas figuras públicas eleva de categoría uno de esos films que de no ser por ellos simplemente sería “una película con una bonita fotografía”. Y ya sabéis lo que quiere decir esa frase.

Valoración: ★★½