Riverdale: La reinvención de Archie merece ser vuestra nueva obsesión

riverdale-encabezado

Lo reconozco. Soy como un niño o un adolescente que se obsesiona por algo durante un periodo (más bien breve) de tiempo, y no puede pensar en otra cosa. Y mi mayor obsesión actual se llama Riverdale, el ambicioso nuevo drama de la cadena CW que en España emite Movistar+, y que ha llegado pisando fuerte para satisfacer mi naturaleza de quinceañero forracarpetas, y la de todos los que disfruten de las buenas series de adolescentes, tengan la edad a la que (en principio) se dirigen, o sean un público más talludito, como es mi caso. Sea como sea, Riverdale está hecha para enganchar, para enamorar como un primer cuelgue, para excitar en todos los sentidos posibles de la palabra, y yo os aconsejo que os dejéis llevar, porque a nadie amarga un dulce.

La CW es probablemente la cadena que mejor conoce a su audiencia. Su parrilla está compuesta de ficciones orientadas al público más joven, con énfasis en el drama, los superhéroes y el romance teen, y a lo largo de los años ha perfeccionado su fórmula. Por eso sabían exactamente cómo tenían que acometer esta reinvención de uno de los iconos más populares del tebeo norteamericano, Archie. En este sentido, el piloto de Riverdale es toda una declaración de intenciones, tan tradicional en su aproximación al género como evolucionado. En él nos encontramos a un Archie muy distinto al que conocíamos pero a la vez muy familiar, y lo mismo ocurre con sus amigos, Betty, Veronica o Jughead, que en la serie pasan por el filtro CW para convertirse en el prototipo de adolescente millennial que se ha convertido en bandera para la cadena.

riverdale-2

Creada por Roberto Aguirre-Sacasa (guionista entre otras de LookingSupergirl) y producida por Greg Berlanti (el arquitecto de las series juveniles de DC Comics), Riverdale lleva las historietas de Archie al siglo XXI, convirtiéndolas en un electrizante misterio en el que se pueden detectar fácilmente sus numerosas (auto)influencias. El piloto nos presenta una fusión matemática de Dawson crece, la serie teen que dio forma al género en televisión a finales de los 90, Veronica Mars, uno de los mayores títulos de culto de la cadena, y Gossip Girl, la evolución natural de las series juveniles en la era de las redes sociales. Así, los personajes de Archie se convierten en adolescentes resabiados e hipersexuales que hablan como guionistas de 40 obsesionados por la cultura popular (exactamente como Dawson Leery y sus amigos), y la historia nos remite a otras ficciones sobre pequeñas comunidades llenas de secretos, como Neptune, y por encima de todo, Twin Peaks (ahí está Mädchen Amick como nexo de unión). Aunque por supuesto también recuerda a Pretty Little Liars (cómo no, le debe mucho a CW), e incluso contiene trazas de ese manual imprescindible del género que es Mean Girls.

Esta fuerte intertextualidad que asienta los cimientos de Riverdale sostiene una carta de presentación astutamente pensada, un producto iconoclasta que entra muy bien por los ojos, que engancha con su misterio y que presenta de forma interesante a sus personajes, dándonos la información pertinente para atraparnos a la vez que plantea interrogantes que nos obligarán a volver al pueblo para desvelar sus mil y un enigmas. Por otro lado, la factura de la serie es impecable. Se trata sin duda de uno de los proyectos más cuidados de CW en el apartado técnico y visual, como atestigua su fotografía etérea y salpicada de neón, las localizaciones fantasmagóricas de los alrededores de Riverdale, el diner sacado directamente de Twin Peaks o el instituto, escenario casi irreal en el que jocks y animadoras pululan al servicio de la visión más idealizada por la ficción de los institutos norteamericanos. Todo envuelto en un aura noctura y onírica que le da un estilo diferenciado a pesar su amalgama de referentes.

Y luego está lo que no puede fallar en ninguna serie CW, que está plagada de gente atractiva para enganchar a adolescentes enamoradizos (valga la redundancia) y hacer aun más llevadero su visionado. Como mandan las normas de la cadena, los protagonistas de Riverdale son guapos, visten como si salieran de un catálogo de moda y lucen unos cuerpazos que poco tienen que ver con el aspecto que normalmente tiene alguien de 16 años en la vida real (como podemos comprobar las innumerables ocasiones en las que la serie les quita la ropa). Pero lo mejor es que saben que estás al tanto, y lo explotan con una autoconsciencia deliciosa. Sin ir más lejos, el nuevo Archie Andrews se aleja considerablemetne del clásico. Como dicen Betty y Kevin al ver a su amigo por la ventana después de las vacaciones, “¡Archie se ha puesto macizo!” Efectivamente, ahora Archie tiene la cara y el cuerpo de un Zac Efron pre-anabolizantes, cortesía del recién llegado KJ Apa, moldeado por los dioses de Tumblr para conquistar Internet y nuestros corazones (en realidad es más guapo que Efron, todo hay que decirlo). Pero mientras Archie se lleva toda la atención de sus compañeros sorprendidos por el cambio (una de las meta-referencias mejor hiladas en el piloto) y del espectador (que lo ve metido en una caliente trama muy “Pacey Witter Season 1”, ya me entendéis), son ellas las que llevan las riendas de la historia. En especial Veronica (una fusión de Jen Lindley y Serena Van Der Woodsen autocoronada reina de las referencias pop) y la mean girl Cheryl Blossom (Regina George mezclada con Lydia de Teen Wolf).

En resumen, Riverdale traslada los cómics de Archie al presente, y aunque conserva elementos clave de la historia, personajes y nombres, nos ofrece una versión totalmente renovada, mucho más oscura, sexy, y tan provocadora y progresista como cabía esperar (en esta relectura, la icónica girl band Josie and the Pussycats es íntegramente afroamericana, los personajes queer no faltan y el sexo carga el ambiente). Y es que ya nadie se escandaliza por algo tan inocente como Betty y Veronica dándose un morreo en plena audición para el equipo de animadoras. Ni que estuviéramos en 2004. Además de divertir con este tipo de momentos y su verborrea pop, la serie seduce con unos personajes bien definidos desde el principio, una potente banda sonora (Johnny Jewel, Santigold, M83) y una excelente ambientación, además de plantear un whodunit (“¿Quién mató a Jason Blossom?”) que promete muchos giros y sorpresas. Como suele ocurrir con este tipo de ficciones, Riverdale corre el riesgo de degenerar en algún momento, pero por ahora no cabe duda de que es un caramelo. Todavía es pronto para saber si está envenenado, así que mientras lo descubrimos disfrutemos de su efervescente sabor.

Pedro J. García

Crítica: Dark Places

Dark-Places-Movie-2015

Gilles Paquet-Brenner (La llave de Sarah) nos invita a adentrarnos una vez más en ese macabro escenario cinematográfico que puede ser la América profunda con Dark Places, adaptación de la novela homónima de Gillian Flynn, la autora responsable de Gone Girl

Libby Day (Charlize Theron) es la única superviviente de la masacre que acabó con la vida de su madre y sus hermanos en una pequeña localidad del estado de Kansas. La niña tenía 8 años cuando ocurrió la tragedia y, presionada por la prensa, acabó testificando en contra de su hermano Ben (Corey Stoll), adolescente problemático ligado en su día al culto satánico que cuando da comienzo la historia sigue cumpliendo condena en prisión.

El caso de Libby Day se convirtió en uno de los crímenes más conocidos de Norteamérica, y la huérfana recibió la ayuda económica de cientos de desconocidos que se solidarizaron con ella. Treinta años más tarde, cuando la “popularidad” de su historia se ha desvanecido, Libby es una mujer que sobrevive a duras penas, rascando dinero de donde puede, sin carrera, sin familia o amigos. Sin embargo, el caso de la familia Day sigue interesando a unos pocos. Concretamente, al “Kill Club“, sociedad secreta encabezada por Lyle Wirth (Nicholas Hoult), un joven aficionado a la criminología que se dedica en su tiempo libre a resolver misteriosos asesinatos junto a otros fans de lo macabro.

Desesperada por su situación económica, Libby acepta acudir al Kill Club como invitada de honor a cambio de un poco de calderilla (tal y como asistiría una vieja gloria televisiva a una convención de fans de segunda), y allí descubre que Lyle y su grupo están interesados en desenterrar las contradicctorias pruebas del caso para ajusticiar a su hermano, el cual creen que es inocente. De esta manera (mediante una narración salpicada de flashbacks), Libby revivirá los días cercanos al fatídico día, se enfrentará a sus fantasmas y reconstruirá el misterio para encontrarse a sí misma en las “zonas oscuras” de su pasado y descubrir la horrible verdad sobre su familia.

Esta truculenta historia en clave de thriller whodunit contiene los ingredientes que cabe esperar de un misterio ideado por la autora de Perdida, sin embargo, Paquet-Brenner se queda muy lejos de lo que David Fincher consiguió hacer con su material, introduciéndose de lleno en el terreno TV movie de sobremesa que siempre suelen rondar este tipo de historias. Dark Places no es lo suficientemente oscura y no termina de sacar provecho del elemento tétrico que recorre el relato, como si le diera miedo a ponerse demasiado desagradable o excesiva (algo que está claro que no preocupó a Fincher).

Dark Places pósterNo obstante, la falta de riesgo y visión se ve compensada por la relativa buena mano del director para ir desgajando el relato y medir con acierto los momentos en los que se presentan al espectador las revelaciones que irán dando forma a la película. Los enigmas que difuminan el pasado de Libby Day conforman una trama que capta el interés hasta que el sorprendente (o no) giro final da paso al intenso clímax en el sótano que es el subconsciente de Libby. Pero es el estupendo reparto lo que acaban salvando la función, aunque en el fondo no sea más que un telefilm con estrellas en el que las circunstancias no están a su altura. Sin obviar a los eficaces Nicholas Hoult (qué bien está evolucionando su carrera), Tye Sheridan (una de las mayores promesas actuales de Hollywood) y Corey Stoll (de los actores más ubicuos del momento), son las mujeres las que sostienen la película.

Charlize Theron compone un personaje que puede resultar excesivamente antipático y huraño, pero la actriz lo aborda desde la perspectiva adecuada, con una intensidad contenida que encaja perfectamente con la psicología y la traumática historia de Libby (ella sigue siendo una niña, una niña perdida). Y desde los flashbacks al pasado refuerzan el film las intensas interpretaciones de Christina Hendricks, que da vida a otra madre coraje ahogada en deudas muy en la línea de su personaje en Lost River, y Chloë Grace Moretz, más convincente que de costumbre en un papel poco complaciente que le permite explorar otros registros interpretativos. Este trío de ases es sin duda lo mejor de Dark Places, un film que extraña no ver en la cartelera de cine aprovechando el tirón de la exitosa Perdida.

Por último, un consejo: ya que Dark Places se estrena en vídeo en Internet, haceos el favor de verla en V.O.S., porque su terrible doblaje en castellano puede enterrar su mayor (quizá único) punto fuerte, las interpretaciones.

Broadchurch: ¿Conoces a tus vecinos?

Broadchurch 1

Después de descubrir quién mató a Laura Palmer, a Lilly Kane o a Rosie Larsen, la cadena británica ITV se atreve con su propio whodunit serial. ¿Quién mató a Danny Latimer? Broadchurch fue sin duda una de las series revelación del pasado año. Compuesta de tan solo 8 episodios, siguiendo la tradición British de las temporadas reducidas, la serie se emitió entre marzo y abril de 2013 con gran éxito de audiencia en su país, donde su season finale captó el interés de más de 9 millones de espectadores. La repercusión de Broadchurch nos recordó a muchos la época de la “appointment television“, es decir, el visionado de una serie como cita semanal ineludible, siguiendo el horario establecido por la cadena, y generando la conversación del día después en el trabajo o en clase. A pesar de que muchos ya “no vemos la tele”, no cabe duda de que esta experiencia serial que vivió su apogeo con Twin Peaks sigue viva en Europa.

Broadchurch está protagonizada por David Tennant, conocido sobre todo por dar vida al décimo Doctor (Who), y la imparable Olivia Colman, que en poco más de una década cuenta en su haber con más de 60 trabajos, sobre todo en televisión. Además, por ella desfilan muchos rostros conocidos del audiovisual británico, dando vida a los habitantes del pueblo: Arthur Darvill, Will Mellor, Jodie Whittaker, David Bradley. La serie está concebida como un evento televisivo limitado, es decir, una miniserie que se centra en un único misterio, con todas sus ramificaciones, dando cierre a la historia en el último episodio (ya se está desarrollando la segunda temporada, que según sus creadores, no tendrá nada que ver con la primera, además de un remake americano). El pequeño pueblo costero de Broadchurch se despierta una mañana con la horrible noticia de que un niño de 11 años, el pequeño Danny Latimer, ha sido encontrado muerto en la playa. Una agente local, Ellie Miller (Colman), amiga de la familia Latimer, y el agente especial Alec Hardy (Tennant), ajeno a la comunidad, se encargan del caso. Además de desgranar un misterio en el que todo el mundo es sospechoso, Broadchurch explora acertadamente los efectos de esta trágica pérdida dentro de una comunidad cerrada, el dolor de la familia, el duelo de los vecinos, las normas sociales ante la muerte de un conocido, la demarcación entre la vida pública y lo que ocurre de puertas adentro, y también la relación entre la policía, el pueblo y la prensa sensacionalista británica.

Broadchurch 2

A lo largo de los ocho episodios, Broadchurch dispone detalles, pistas, y entrama un argumento lleno de giros (algunos más creíbles que otros) que involucra al espectador en una adictiva partida de Cluedo. Los trapos sucios y los secretos más ocultos de los habitantes de Broadchurch van saliendo a la luz, conectando personajes y complicando la investigación (ya de por sí obstaculizada por dos agentes que no son precisamente el orgullo del cuerpo), para tratar de responder al eterno enigma: “¿Conocemos de verdad a nuestros vecinos?” Es más, Broadchurch va más allá y hace que nos preguntemos “¿Conocemos a la persona con la que vivimos?” (“How could you not know?”) La serie presenta personajes completamente definidos por la oscuridad de sus pasados y se empeña en que muchos de ellos tengan un lado perturbado que ocultar. Nada de esto funcionaría sin las interpretaciones adecuadas, y en este sentido, Broadchurch acierta de lleno. Todos están estupendos, pero la estrella en esta ocasión es Colman, una actriz prodigiosamente natural y desgarradora que se revela como el corazón de la serie.

Sin embargo, Broadchurch tiene tiempo de caer varias veces en errores imperdonables que decantan la historia hacia la inverosimilitud, a pesar de haber mantenido un halo general de realismo casi hasta el final. Como suele ocurrir con las series de investigación criminal, los agujeros de guión no tardan en aparecer, y aunque no sean perceptibles a primera vista, pueden acabar lastrando el relato. Sobre todo en su recta final, que plantea una cuestión que se pasará por la cabeza de cualquier espectador: ¿Es que en Broadchurch todo el mundo es un pervertido y tiene antecedentes de pederastia? Por otro lado, la resolución del caso no es del todo satisfactoria y el perfil del asesino resulta caprichoso y algo fortuito (no hay epifanía que nos haga pensar “¡Claro, tiene sentido!”), a pesar de que enlaza correctamente con los temas sobre los que versa la serie. Afortunadamente, el transcurso del misterio nos proporciona una experiencia televisiva que, muy lejos de ser sobresaliente, es emocionante en su mayor parte. Un melodrama cercano en el que es inevitable involucrarse en un momento u otro, y que además está excelentemente filmado sacando el máximo provecho de las costas de Dorset -la de Broadchurch es una de las fotografías más bellas de la televisión. Puede que las secuencias a cámara lenta y la banda sonora acaben resultando agotadoramente repetitivas, pero forman parte del atractivo y la personalidad estética de la serie, elemento que, con el tiempo, permanece incluso más vivo que el propio misterio de la muerte de Danny Latimer.