In the Flesh: A flor de piel

In the Flesh Kieran

No cabe duda, vivimos en la era Z. El género zombie lleva casi una década siendo una de las mayores obsesiones del cine y la televisión. Desde que aquella pequeña joya de la comedia que fue Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004) reescribiese las normas del género, los zombies y todas sus variantes se han convertido en los grandes protagonistas del fantástico del siglo XXI, incluso desbancando a los sempiternos vampiros. A estas alturas de la película, parece que queda poco espacio para la innovación. The Walking Dead triunfa en televisión con una perspectiva más dramática, mientras que en el cine seguimos recibiendo comedietas (Cockneys vs. Zombies) que practican el ya anticuado humor gamberro con el que Wright enlustró la Z. A comienzos de 2013 pudimos ver una vuelta de tuerca en clave romanticona y adolescente, Warm Bodies (titulada en España Memorias de un zombie adolescente), con la que descubrimos que todavía se podía ser original a la hora de retratar al zombie en la pantalla. Y este verano hemos sido testigos de la comercialización definitiva del no-muerto, convirtiéndolo en carne (podrida) de blockbuster con Guerra Mundial Z. A la sombra de la sorprendente Warm Bodies nacía también este año en televisión la serie In the Flesh, que, a grandes rasgos, podría parecer su secuela catódica.

In the Flesh es una miniserie británica emitida originalmente por BBC Three. Consta tan solo de tres episodios de una hora de duración, funcionando perfectamente como relato autoconclusivo en tres actos. La cadena prepara una segunda temporada extendida (en teoría de 6 episodios), pero lo cierto es que In the Flesh, tal y como está, es absolutamente perfecta. Como decíamos, la serie parte de la premisa que sirve como conclusión a Warm Bodies, pero descarga la propuesta de toda la comedia y el crepusculismo que caracterizaba a la película de Jonathan Levine.

In The Flesh

In the Flesh nos propone un Reino Unido post-apocalíptico en el que los zombies no son tal cosa, sino personas que viven con el estigma del “Síndrome del Fallecimiento Parcial”, enfermos crónicos que tras recibir tratamiento médico en instalaciones hospitalarias son reinsertados en la sociedad. Sin embargo, el rechazo y la hostilidad de los ciudadanos no infectados convierte a los no-muertos en apestados, incluso perseguidos. Ningún enfermo de muerte parcial puede volver a vivir de verdad. A pesar de la medicina para reprimir el virus que los convierte en monstruos, el maquillaje que cubre la putrefacción de su piel y las lentillas que ocultan sus ojos deshumanizados, para los “normales” siguen siendo asesinos, engendros desviados de la naturaleza.

La historia de In the Flesh es la historia de Kieren Walker (Luke Newberry), un joven infectado que regresa a su hogar, un pequeño pueblo de Lancashire, después de pasar años en las instalaciones gubernamentales de rehabilitación para enfermos de PDS (Partially Deceased Syndrome). La vuelta de Kieren supone para él un reencuentro con sus demonios, un regreso al infierno del que había intentado huir hacía años. A través de la metáfora zombie, In the Flesh enarbola, de manera sutil y progresiva, un relato sobre la intolerancia, sobre la ignorancia y el integrismo religioso que condena al diferente como anti-natura. Según esta serie, ser un no-muerto en un pueblo pequeño es lo mismo que ser homosexual en un pueblo pequeño. Es más, la comunidad cerrada es la prisión del adolescente, sea de la condición que sea. Hay que salir de ahí por todos los medios, o condenarse a estar muerto en vida. Kieren lo sabe, porque ya había sucumbido a la presión, y ahora está condenado a revivir la experiencia.

In the Flesh

A lo largo de los tres episodios que dura In the Flesh, la historia de Kieren va sumando capas de profundidad, sin explicitar en ningún momento el pasado en común que condiciona a todos los personajes, pero haciendo que este se manifieste en cada mirada y cada gesto, en los que el espectador ve claramente todas las heridas abiertas. Las del padre que escoge engañarse a sí mismo a pesar de tener la evidencia delante de sus narices (cicatrices en el rostro que son caricias furtivas), las de la madre que se siente culpable por no haber podido salvar a su hijo, las del chico que ha perdido al primer amor, es decir, al amor de su vida -porque In the Flesh es también una velada pero desgarradora historia de amor. Y las de padres e hijos que conviven con lo que no se cuentan, sin mostrarse nunca la verdadera piel.

In the Flesh, como bien indica su título, es un relato en carne viva. Parece mentira que un género que ya muestra inevitables síntomas de desgaste, y una premisa vista recientemente, pueda generar un producto tan único y valioso. In the Flesh nos conmueve porque rasca en la superficie y se adentra en terreno virgen para el género. Ni survival horror ni parodia. Nos golpea con el drama y la tragedia humana de unas personas que ya estaban rotas antes del Apocalipsis, que ya sufrían “enfermedades” demonizadas por la sociedad, cuyos corazones ya habían dejado de latir hacía tiempo. Pero nos deja con un mensaje de esperanza, nos habla de la existencia de segundas oportunidades (para víctimas y verdugos, que por lo general siempre serán únicamente víctimas). Y nos proporciona cobijo, un seno materno en el que llorar, una cueva donde vivir nuestra diferencia aislados del mundo y aprender a convivir con las mayores enfermedades crónicas de la humanidad: el miedo y la tristeza.

I’d love you with all my heart even if you came back as a goldfish!

Memorias de un zombie adolescente: las ventajas de ser un muerto viviente

Memorias de un zombie adolescente (Warm Bodies, Jonathan Levine, 2013)

¿Quién iba a decirnos que en 2013 llegaría a nuestras carteleras una adaptación del éxito de 1989 “Mi novio es un zombi”? Jonathan Levine (50/50) se ha basado en la exitosa novela de Isaac Marion, Warm Bodies, para su cinta Memorias de un zombie adolescente, pero el realizador no engaña a nadie. El germen del proyecto es evidentemente la canción de Alaska y Dinarama (previamente de Los Vegetales): “A veces pienso que no puede ser / pero yo sé que nadie me separará de él / está muerto, aunque lo niegue / él es un zombi pero me quiere”.

Fuera de bromas, tanto la canción como la película se apoyan en la misma premisa: el amor imposible entre dos seres que pertenecen a mundos diametralmente opuestos. En este sentido, Warm Bodies no oculta su inspiración en la historia de amor prohibido por excelencia: Romeo y Julieta de William Shakespeare. Memorias de un zombie adolescente está ambientada en un escenario postapocalíptico regido por leyes marciales, en el que un gran muro hace las veces de torreón del castillo donde una princesa permanece enclaustrada -figuradamente- a la espera de su príncipe azul.

Y en este caso, lo de “azul” es prácticamente literal, porque el Romeo de esta historia es un muerto viviente. Los zombies invaden la Tierra mientras la resistencia humana se atrinchera con la esperanza de hacer que la especie perviva, y con el objetivo principal de disparar a todo aquel que esté infectado con el virus de origen desconocido (no esperéis explicaciones, tampoco las vais a necesitar). R (interpretado por nuestro Nicholas Hoult de Skins) es un zombie adolescente, o un adolescente a secas: se comunica con gruñidos y monosílabos, es tremendamente autoconsciente de su aspecto físico, camina desgarbado y sin rumbo definido, y se pasa las horas muertas en su cuarto (en este caso cabina de avión) escuchando música. Su no-vida cambia cuando en ella irrumpe Julie Grigio (Teresa Palmer, un cruce exacto entre Kristen Stewart y Hayden Panettiere), de la que se enamora perdidamente, y a través de la que intentará demostrar que es posible revertir el proceso de putrefacción y degeneración mental que acaba convirtiendo a los zombies en esqueletos asesinos.

Memorias de un zombie adolescente viene de la mano de la productora de La Saga Crepúsculo, Summit Entertainment, pero no debemos dejarnos llevar por este preocupante dato. La película propone una vuelta de tuerca amable, teen y romanticona que ha sentado de maravilla a un género que ya empezaba a agonizar. El humor gamberro made in Britain que perfeccionó Shaun of the Dead (éxito cuyo patrón ha generado innumerables sucedáneos, unos más afortunados que otros) comienza a agotarse, por lo que se agradece un punto de vista alternativo y original. Memorias de un zombie adolescente adapta al género Z la muy recurrente metáfora de la adolescencia como etapa de monstruosos cambios físicos y psicológicos. Los previos acercamientos vampíricos y licántropos a este tema no han servido precisamente para dignificar el género, sino más bien todo lo contrario. Memorias de un zombie adolescente se deshace de la seriedad con la que se toma a sí misma La Saga Crepúsculo, y hace gala de un sentido del humor relajado, buenrrollista y eficaz que la convierte en una feel-good movie en toda regla.

Ya sea como película de zombies o comedia romántica, Memorias de un zombie adolescente es una propuesta fresca e inusual. El mayor acierto de la cinta es plantear la historia desde el punto de vista del zombie -de uno embellecido y adorkable, para más inri-, que a través de sus pensamientos en off nos involucra en su entrañable tormento existencial, pero sobre todo, nos hace cómplices de su enamoramiento. Al fin y al cabo, Memorias de un zombie adolescente no es más que la historia de un chaval introvertido que no sabe cómo hablar con la chica de la que se ha colgado. Y es en esa universalidad donde reside el principal encanto de una película que se niega a ser constringida por las normas del género y abre los ojos ante un mundo lleno de posibilidades. Si consigues decirle dos palabras seguidas sin tartamudear, todo es posible.