Annabelle vuelve a casa: Niñeras contra las fuerzas del mal

El terror es uno de los géneros más lucrativos del cine, y Warner Bros. bien lo sabe. Con Expediente Warren (The Conjuring), el estudio vio un filón irresistible y empezó a desarrollar lo que a día de hoy ya es un universo cinematográfico propiamente dicho. La película de James Wan aportó el nexo de unión entre las próximas entregas: el matrimonio de investigadores de lo paranormal Ed y Lorraine Warren. A partir de ahí, la historia continuó en la secuela El caso Enfield y los spin-offs centrados en la muñeca Annabelle y el demonio Valak, más conocido como La Monja. El éxito de todas estas películas es incontestable y demuestra que el terror comercial vive una de sus mayores épocas de esplendor.

La nueva película del Warrenverso se centra por tercera vez en la muñeca diabólica, pero en esta ocasión no está sola. Annabelle vuelve a casa (Annabelle Comes Home) cuenta cómo los Warren, decididos a evitar que esta siga sembrando el terror, la llevan a la sala de objetos malditos que se encuentra en el sótano de su casa, donde la guardan en una vitrina sagrada que ha sido bendecida por un sacerdote. Los Warren deben pasar unos días fuera y dejan a su niñera de confianza, Mary Ellen (Madison Iseman), al cuidado de su hija de diez años, Judy (McKenna Grace). Todo transcurre con relativa normalidad hasta la llegada de Daniela (Katie Sarife), problemática amiga de Mary Ellen, cuya insana curiosidad por la misteriosa sala de los objetos de los Warren acaba liberando de nuevo a la muñeca poseída, despertando a su vez al resto de espíritus malignos de la habitación.

El listón de la saga Annabelle estaba más bien bajo, por lo que no era del todo difícil superar lo visto hasta ahora. Si Annabelle: Creation mejoraba ligeramente la terrible primera película, Annabelle vuelve a casa supone un salto de calidad considerable con respecto a sus dos antecesoras. Para empezar, la presencia de Vera Farmiga y Patrick Wilson, aunque breve, eleva la película y nos deja en su prólogo con una de las mejores escenas de toda la saga. Los Warren no tardan en ceder el protagonismo a la prometedora McKenna Grace, que encabeza un reparto adolescente con el que se rejuvenece la franquicia. Annabelle vuelve a casa transcurre en los 60, pero tiene ese inconfundible aroma a slasher de los 80 protagonizado por niñeras (Halloween); incluso puede recordar a las típicas aventuras juveniles de aquella década (Aventuras en la gran ciudad), resultando en una mezcla de lo más curiosa.

Gary Dauberman, guionista de It, La monja y las dos anteriores entregas de Annabelle, salta por primera vez a la dirección con Annabelle vuelve a casa (que también vuelve a escribir), y realiza un trabajo técnicamente notable tras las cámaras. Dauberman se aproxima al suspense con inteligencia y autoconsciencia, evitando la repetición con ingenio. No faltan los sustos traicioneros, los jumpscares de toda la vida, pero también se divierte jugando con los espacios y las expectativas del espectador, preparando sobresaltos que nunca llegan, con los que pone de manifiesto la importancia del preámbulo por encima incluso del susto en sí mismo. En este sentido, otro de los grandes aciertos de la película con respecto a las dos anteriores es su sentido del humorAnnabelle vuelve a casa tiene guiños cómplices a la audiencia y oportunos momentos de comedia que ayudan a aliviar la tensión y hacen a los personajes más humanos.

Esto ayuda a conectar más con ellos y que acompañarlos en la recta final sea aun más intenso. Dauberman se reserva lo mejor para un tercer acto de infarto en el que las emociones fuertes se suceden una detrás de otra. La muñeca es solo un pretexto para desplegar todo un ejército de criaturas y entes que hacen las veces de catálogo de futuros spin-offs del WarrenversoAnnabelle vuelve a casa es un festival de monstruos, cada uno con su propia leyenda a desarrollar, que nos dejan escalofriantes y creativas imágenes de terror y fantasía. Lejos de haberse agotado, la sala de los Warren nos demuestra que la saga está llena de posibilidades.

A Annabelle vuelve a casa, como a la mayoría de películas de terror de multicine, le falta riesgo y un poco de sangre  y al final no es nada que no hayamos visto ya muchas veces. Pero está por encima de la media gracias a un guion que es consciente de sus propios mecanismos y sabe cómo utilizarlos en su favor, un sentido del humor refrescante e incluso algunas dosis de ternura y romance que consiguen no desentonar. Terrorífica y divertida a partes igualesAnnabelle vuelve a casa es la prueba de que Warner ha conseguido dominar la fórmula del terror mainstream como Marvel ha hecho con la de los superhéroes.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Gozdilla – Rey de los monstruos

Con el Universo DC en pleno proceso de reestructuración, Expediente Warren generando spin-offs a cada cual más taquillero y Animales Fantásticos intentando replicar el éxito de Harry PotterWarner Bros. sigue apostando por los universos extendidos, como casi todos los grandes estudios de Hollywood. Hace cinco años, Godzilla puso los primeros cimientos de una saga que aunaría bajo el mismo cielo (encapotado y electrificado) a los grandes monstruos de la mitología audiovisual, como el famoso kaiju o el mítico King Kong. El rey de los monos protagonizó en 2017 la nada desdeñable Kong: La Isla Calavera, y ahora le vuelve a tocar el turno a Godzilla, que regresa en Godzilla: Rey de los monstruos (Godzilla: King of the Monsters), tercera entrega de este MonsterVerse.

Michael Dougherty (Krampus, maldita Navidad) dirige este gigantesco blockbuster que retoma la acción cinco años después de la destrucción ocasionada por Godzilla en la primera película, mostrándonos las consecuencias no solo en la Tierra, sino también en una familia que sufrió una trágica pérdida. La organización Monarch continúa estudiando a los monstruos que se encuentran ocultos hibernando en todo el mundo e intenta contenerlos para evitar una catástrofe mayor. Sin embargo, un grupo de ecoterroristas tratará de liberar a las bestias para restaurar el orden natural del planeta, para lo que secuestrarán a la doctora Emma Russell (Vera Farmiga), creadora de un sónar para comunicarse con ellas, y su hija Madison (Millie Bobby Brown). Godzilla regresa de su escondite bajo el mar para enfrentarse a criaturas que se creía que eran solo mitos, como Mothra, Rodan y el rey de tres cabezas Ghidorah, con los que luchará por la supremacía en una batalla que dejará a la humanidad al borde de la extinción.

Una de las quejas que suele lastrar al cine de monstruos es que estos tardan demasiado en aparecer, o que el drama de los personajes humanos los eclipsa hasta el aburrimiento. En este caso, Warner se ha asegurado de que esto no ocurra. En Godzilla: Rey de los monstruos, los titanes aparecen muy pronto y aparecen mucho. La historia de la familia fragmentada que forman Kyle Chandler, Vera Farmiga y Millie Bobby Brown aporta el hilo conductor y el conflicto central de la película (los monstruos como depredadores o como defensores de la humanidad), pero son las superespecies las que se llevan todo el protagonismo en un sinfín de escenas de acción y devastación. De esta manera, el film ofrece lo que se debería esperar de un espectáculo cinematográfico estival como este, lo que los fans del cine de monstruos suelen pedir (y absurdamente no siempre se les da).

Claro que, precisamente por esto, la película puede resultar excesiva y agotadora para los menos predispuestos. Las secuencias de destrucción y las peleas entre los titanes ocupan gran parte del metraje, y sobre todo en la recta final se vuelven completamente desbordantes y abrumadoras. A pesar de que hay momentos en los que es imposible distinguir qué está ocurriendo en la pantalla y las criaturas digitales no son siempre convincentes (Ghidorah es impresionante, pero Mothra de cerca parece hecha a finales de los 90), la película sobresale en el aspecto técnico y visual, con un acabado general muy sólido. Las batallas entre monstruos son de una épica incontestable y los titanes protagonizan planos de auténtica belleza, destellos de ambición creativa y artística que elevan la película por encima de la típica superproducción de usar y tirar.

La trama, que fusiona los mitos con un mensaje ecológico, es todo lo absurda, confusa y llena de clichés que cabe esperar de una película sobre monstruos míticos del tamaño de rascacielos (no hay que buscarles demasiada lógica, porque no se va a encontrar), pero al menos consigue divertir y mantener el interés, cosa que no se puede decir de la primera entrega, dirigida por Gareth Edwards. El humor no siempre se utiliza con acierto, pero sirve su propósito como alivio de la acción, y los actores hacen el mejor trabajo que se puede pedir de una producción de estas características (Chandler, Farmiga y Brown demuestran que su talento no se enciende o apaga según el proyecto en el que estén). En definitiva, Godzilla: Rey de los monstruos es un espectáculo digno, una película grande y complaciente, que da a su público objetivo todo lo que desea, y más.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

El candidato: Tenemos los líderes que nos merecemos

Lo vemos todos los días. La política convertida en espectáculo, en farándula y cotilleo. Los rumores y escándalos utilizados como estrategia de desprestigio, como arma para derribar al oponente. Las redes sociales han facilitado la tarea, pero antes de su existencia, los encargados de condenar a un político al ostracismo por sus deslices personales eran los tabloides tradicionales. Jason Reitman (JunoUp in the Air) se remonta a finales de los 80 con El candidato (The Front Runner) para narrarnos lo que vendría a ser el origen de la política como circo mediático del corazón.

La película cuenta el ascenso y caída de Gary Hart (Hugh Jackman), atractivo y carismático senador de Colorado de trayectoria intachable y creciente popularidad entre los votantes jóvenes, que pasó de ser el candidato favorito para la nominación presidencial demócrata de 1988 a ver su carrera política truncada por su fama de mujeriego. En el transcurso de apenas tres semanas, El candidato nos cuenta el desarrollo de la campaña de Hart y cómo esta empieza a hacer aguas al salir a la luz la historia de su relación extramatrimonial con una joven, Donna Rice (Sara Paxton), así como el impacto que esto causa en su matrimonio y la sociedad. Antes de Bill Clinton y Monica Lewinsky, el caso de Gary Hart es considerado la primera vez que el periodismo amarillo se mezcló con el político.

Con un guion preciso y repleto de claroscuros morales (co-escrito por Reitman junto a Matt Bai y Jay Carson), El candidato es una apasionante película en la tradición del mejor cine político norteamericano. Reitman plantea muchas cuestiones interesantes alrededor del caso Hart, ramificando el escándalo para mostrarnos las implicaciones y consecuencias en el personal de su campaña, en los medios de comunicación y en su familia, pero no se olvida de ofrecernos la perspectiva de “la otra mujer”, para componer un retrato lo más completo posible de la situación. Es en la relación entre Donna y la consejera de Hart, Irene (estupenda Molly Ephrain) donde encontramos el alegato más moderno y feminista de la cinta, donde descubrimos que las acciones de Hart tienen consecuencias más allá de su familia y su carrera política.

La película recuerda en ocasiones al Aaron Sorkin de El ala oeste de la Casa Blanca, tratando de navegar un mar de contradicciones y encrucijadas morales siempre guiada por la baliza del idealismo y las buenas intenciones. Podría achacársele a Reitman una visión demasiado parcial del asunto, pero lo cierto es que no deja de cuestionar las acciones de Gary Hart. Si bien parece decirnos que la vida personal y las indiscreciones amorosas no deberían ser un factor a la hora de votar a un candidato, sobre todo cuando es tan supuestamente idóneo como el que nos ocupa, también nos plantea el debate de si una persona con la influencia y el poder de Hart debería iniciar relaciones con chicas más jóvenes, comportamiento a examen desde el origen del movimiento #MeToo.

El candidato no aporta nada necesariamente nuevo, pero es un trabajo afanado y meticuloso en todos los aspectos, desde su lograda ambientación y caracterizaciones ochenteras hasta su excelente trabajo de cámara y fotografía, pasando por su absorbente argumento, sus diálogos cargados y un acertado equilibrio entre drama y comedia. Pero si todas las piezas encajan tan bien es sobre todo gracias a la forma en la que Reitman usa a su amplio reparto para cubrir todos los frentes, obteniendo magníficas interpretaciones, ya sea de los personajes secundarios (como J.K. Simmons, Alfred Molina o la siempre perfecta Vera Farmiga) como, por supuesto, del protagonista. En El candidato Hugh Jackman realiza la que es una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo lleno de humanidad y profundidad que debería haber obtenido más reconocimiento en la temporada de premios. Si hay un candidato perfecto, es él.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Bates Motel: Norma + Norman 4ever

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Aviso: Esta entrada incluye spoilers del final de Bates Motel

En 2013 había mucha curiosidad, pero no demasiada confianza depositada en Bates Motel. Cuando se estrenó esta precuela en clave contemporánea de Psicosis de Alfred Hitchcock, creada entre otros por Carlton Cuse (Perdidos), no había tantos remakes y reinvenciones televisivas de clásicos del cine (y no sabíamos que algunas podían ser tan buenas, como Fargo), y el hecho de que se emitiese en una cadena como A&E, no conocida por la calidad de su ficción, nos hacía arquear a muchos la ceja. La sorpresa fue que, sin ser nada extraordinario, Bates Motel era mejor de lo que esperábamos. Su mayor baza era la estupenda interpretación de Freddie Highmore y Vera Farmiga como Norman y Norma Bates, el corazón de una serie que nos hacía volver principalmente para disfrutar de esa inquietante y excéntricamente conmovedora relación maternofilial. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrieron correctamente, a pesar de navegar constantemente en el terreno de lo convencional e incluir bastantes tramas de relleno. Pero a partir de la tercera, y a medida que la historia se acercaba a los acontecimientos de Psicosis, la serie estalló y experimentó una clara evolución ascendente.

Como dije al finalizar su excelente cuarta temporada, con el transcurso de los años Bates Motel había pasado de serie de planchar a serie de calidad. Y una de las razones de este salto cualitativo es un diseño narrativo compacto y cerrado en cinco temporadas, y con la vista fijada siempre en el final, en el film de Hitchcock y el destino de Norma y Norman. Cincuenta episodios que presentan una historia redonda y que, como en Breaking Bad (salvando las distancias), evitan que la serie se vaya demasiado por las ramas. Es decir, Bates Motel se ha despedido en su punto álgido, sin quedarse más tiempo del que debía, con una fantástica quinta temporada en la que la serie ha pasado oficialmente de ser una precuela a un remake. Eso sí, uno muy libre, porque al final, Bates Motel ha preferido seguir los latidos de su propio corazón en lugar de los de la película de Hitckcock, redibujando la historia e introduciendo cambios para llevarla hacia un desenlace distinto, hacia un final cerrado para sus protagonistas. Por ejemplo, esta quinta temporada hemos conocido a Marion Crane, la icónica víctima de Norman encarnada originalmente por Janet Leigh, aquí interpretada (justa pero asequiblemente) por la cantante Rihanna, y hemos visto cómo la mítica escena de la ducha recibía una inteligente vuelta de tuerca que cambiaba los trágicos eventos para traerlos al siglo XXI.

Pero los cambios más significativos han tenido lugar en el personaje de Norman y su evolución como psicópata y asesino en serie, lo que nos ha llevado a unos capítulos finales en los que asistimos al desenlace de su historia de forma definitiva, y no como antesala de Psicosis. Con Norman encerrado a la espera de cargos por las atrocidades cometidas a lo largo de los años, parecía que Bates Motel se dirigía hacia un final anticlimático, pero un giro a última hora hacía que “The Cord”, el último episodio de la serie, proporcionase una conclusión satisfactoria y fuertemente emotiva a la serie, en la que los personajes que no están o no tienen tanto peso en la película original, Dylan (Max Thieriot) y el sheriff Alex Romero (Nestor Carbonell), juegan un papel crucial. El amor es lo que bombea los últimos latidos de Bates Motelel amor, la obsesión y la locura que en este caso se deriva de él, o que se deforma por la enfermedad. El de Alex por Norma, que le hace perderse a sí mismo en busca de venganza, el de Dylan por su hermano, que le lleva a aferrarse al último resquicio de esperanza por él, y por supuesto, el de Norman por Norma, que lo sume en un estado de regresión con el que se nos lleva de nuevo al principio para vivir con él, aunque sea por un momento, en la ilusión de que todo va a salir bien.

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Los últimos diez minutos del episodio resumen perfectamente lo que ha sido Bates Motel. Concretamente la “última cena” de Norma y Norman, una de las secuencias más macabras de la serie, en la que Dylan descubre sobrecogido el cadáver de su madre sentado a la mesa esperando que Norman sirva la cena para disfrutar de una velada en familia junto a su madre y su hermano. El violento enfrentamiento de Norman con Romero, y su encuentro posterior con Dylan en la casa de los Bates (ilógicamente sin vigilancia policial, todo hay que decirlo), están cargados de tensión y emociones a flor de piel por parte de todo el reparto, y nos dejan la que es la mejor interpretación de Freddie Highmore en los cinco años de la serie. Normalmente me deshago en elogios hacia la electrizante y sublime Vera Farmiga (¿veis? no puedo evitarlo), pero con su personaje formando parte indivisible de la psique de Norman, en esta ocasión es Highmore quien más se los merece. El desgarro y el compromiso con el que el joven actor abraza el estado final de la enajenación de Norman es digno de todos los laureles y augura un futuro brillante para él.

A su retorcida manera, Bates Motel nos regala un final feliz. Sí, es siniestro y bañado en sangre, pero también posee una evidente gran carga poética y aporta esperanza, en concreto para los dos personajes que han permanecido moralmente incorruptos, Dylan y Emma (Olivia Cooke), a los que se recompensa con un luminoso futuro familiar. Y por encima de todo, da a Norman lo que siempre ha querido, sin huir de condenar abiertamente sus actos: estar con su madre para siempre (el cordón umbilical permanece sin cortarse). La muerte de Norman es la única salida para todos los personajes, el final para unos y el principio para otros. El último plano de Bates Motel nos muestra la lápida compartida de Norma y Norman (la de él sin inscripción, porque solo Norma sería capaz de decir algo bonito sobre él después de todo lo ocurrido) y es inevitable imaginarse a madre e hijo a dos metros bajo tierra, dados de la mano y sonriendo apaciblemente, contentos porque van a pasar la eternidad el uno junto al otro.

Crítica: Expediente Warren – El caso Enfield

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¿Recordáis el dicho “segundas partes nunca fueron buenas“? ¿A que ya no lo oís tanto? Puede que hace años esa fuera una regla de oro del cine con unas cuantas honrosas excepciones, pero las cosas han cambiado en la última década y Hollywood, que está volcado de lleno en las franquicias y los universos cinematográficos, se está empleando para derribar esa idea. Esto no quiere decir que todas las secuelas sean buenas, pero por lo general están mucho más cuidadas que antes y en muchos casos llegan a mejorar a las películas originales. Además, el público se muestra mucho más receptivo a ellas. Sin embargo, hay un género que escapa a esta tendencia al alza, el terror. Es difícil encontrar secuelas de un éxito de terror que igualen o mejoren a su predecesora. Esto cambia con Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2), la segunda parte de la muy estimable Expediente Warren: The Conjuring, una película que, si no es mejor que la primera, al menos es igual de buena.

James Wan se ha convertido en uno de los directores más solicitados y mejor valorados del cine comercial actual, llegando a ser considerado por muchos como “el rey del terror mainstream“. Su estilo sofisticado y eficiente le ha hecho ganarse una muy buena reputación y, antes de centrar todos sus esfuerzos en el cine de acción con Aquaman (ya dirigió uno de los mayores éxitos de este género, Fast & Furious 7), ha decidido seguir poniendo su granito de arena a eso que él mismo llama “la dignificación del cine de terror“. Con la primera The Conjuring, un ejercicio de terror a la vieja usanza, sólido y muy elegante, Wan ya dejó claras sus intenciones. Con su secuela, el director se ha propuesto “volver a hacer que el terror sea personal” y para ello, ha hecho algo más que repetir el festival de sustos y momentos escalofriantes de la anterior: ha potenciado aun más a los personajes y ha promovido una fuerte conexión emocional y psicológica entre ellos, el terror que los amenaza y el espectador.

Estableciendo una especie de juego meta (inspirado en Adaptation. de Charlie Kaufman, según ha confesado el propio director) en el que Wan introduce en la narración el dilema de qué es real y qué un montajeEl caso Enfield nos traslada hasta Inglaterra, donde tuvo lugar uno de los fenómenos paranormales más famosos de los 70. El poltergeist de Einfeld lleva al matrimonio Ed y Lorraine Warren a cruzar el océano después de visitar otro célebre lugar embrujado, Amytiville, para investigar el caso de una familia pobre que está experimentando extraños sucesos en una casa que se cae a pedazos. Aunque los espectadores somos testigos (y víctimas) de los sucesos paranormales que atormentan especialmente a la hija menor de la familia (espléndida Madison Wolfe), los Warren tienen dificultades para detectar la presencia hostil y por tanto demostrar a la Iglesia lo que está ocurriendo en Enfield. Y ahí está el reto y la novedad a la que se enfrenta el matrimonio esta vez, un demonio más ingenioso y con más recursos de lo habitual.

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Con El caso Enfield, Wan vuelve a realizar una película de terror sorprendentemente cuidada en todos los aspectos, un producto muy refinado, estilizado y con un regusto vintage que, afortunadamente, no se queda en mero ejercicio de estilo. La película sobresale por su envolvente atmósfera, su creativa puesta en escena y su gran empaque visual. Pero como adelantaba, al final lo que más diferencia Expediente Warren del resto de cintas de miedo de centro comercial es que en estas películas hay personajes de verdad, y que, en relación a esto, las interpretaciones están muy por encima de lo que cabe esperar del género -sin la fuerza expresiva de Vera Farmiga y la presencia gallarda de Patrick Wilson Expediente Warren no sería lo que es. El caso Enfield no innova demasiado (a pesar de introducir variaciones con respecto al primer caso, si hemos visto la anterior, así como la saga Insidious, sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar en ella). Pero tampoco le hace falta, porque Wan tiene completamente dominada la fórmula y sabe exactamente cómo asustar sin dejar de involucrar al espectador en la historia y los personajes, concretamente el matrimonio Warren, el núcleo emocional de estas películas, con los que el espectador no puede sino empatizar.

El caso paranormal es lo que nos mete en la película, pero los Warren y la familia Hodgson (hay que destacar también a una estupenda Frances O’Connor como la sufrida madre de los pequeños) son los que hacen que nos quedemos enganchados en su historia hasta el final y nos sometamos encantados a los mil y un sustos que Wan nos tiene preparados. Y he ahí otra de las diferencias entre Expediente Warren y las demás propuestas terroríficas actuales, que los sobresaltos, por muy traicioneros que sean, llevan detrás un trabajo de planificación sobresaliente. Wan ya ha demostrado con creces que es todo un artesano del terror. Para asustarnos, el director hace gala de un pulso excelente y mueve la cámara con inventiva y virtuosismo, retorciéndose por el escenario, jugando inteligentemente con el espacio y sus recovecos más oscuros, y deteniéndose en planos enervantes que aumentan la tensión y hacen que los sustos casi siempre funcionen como catarsis. Y no solo eso, sino que, cuando el terror toma forma concreta, Wan reduce la decepción que suele causar el paso de lo sugerido a lo desvelado, con tres criaturas demoníacas que resultan convincentes a diferentes niveles: un monstruo de cuento de hadas (reminiscente del Babadook) que no asusta demasiado por culpa de su naturaleza enteramente digital, un anciano que se encarga de ponernos de los nervios con algunas de las mejores secuencias de la película, y la maldita monja, que acechará a los espectadores en sus pesadillas durante mucho tiempo (o quizá hasta que su spin-off le quite la gracia).

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Con El caso Enfield, Wan consigue lo que se proponía, realizar una secuela más que digna que enriquece considerablemente el panorama del terror comercial. La segunda aventura de los Warren en el cine supone una experiencia casi inmersiva, una historia bien contada, con personajes definidos y oportunos toques de humor, que nos mantiene interesados hasta su emocionante clímaxhace que nos lo pasemos en grande pasando miedo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Bates Motel: De serie de planchar a serie de calidad

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Cuando se estrenó Bates Motel, la precuela televisiva de Psicosis, hace ya cuatro años, la empecé a ver sin muchas expectativas. Los primeros capítulos no me dijeron demasiado. La elección de Freddie Highmore como el Norman Bates adolescente, y sobre todo la de Vera Farmiga como su madre amantísima, Norma, me pareció el mayor acierto de la serie. Pero más allá de eso, no lograba encontrar muchos alicientes. Las dos primeras temporadas de Bates Motel transcurrían en el terreno de lo convencional (sobre todo la primera), aunque fueran salpicadas de vez en cuando con algún episodio por encima de la media o algún momento impactante que ejercía como gancho para seguir viendo la serie. Aun así, me costó mucho seguir con ella, y la dejé aparcada durante mucho tiempo. Hasta que hace apenas un mes la retomé (en uno de estos arrebatos completistas) y me vi sus dos temporadas más recientes (tercera y cuarta) en un suspiro, cambiando por completo mi apreciación de la serie.

Lo bueno de Bates Motel es que se ha decidido que termine en su quinta temporada, con un total de cincuenta episodios. Carlton Cuse ejerce como showrunner, guionista principal y productor ejecutivo de la serie, y sabe mucho de la importancia de no alargar demasiado una serie, gracias a su experiencia en Perdidos. Además, en el caso concreto de Bates Motel es especialmente recomendable no estirar de más la historia, porque todo el mundo conoce su desenlace. Así que el sentido común ha prevalecido, y como en Breaking Bad, Bates Motel termina antes de se cumpla su fecha de caducidad. Por eso sus dos últimas temporadas han sido realmente buenas, porque la historia ha ganado ímpetu y ha evolucionado hacia el punto que todos esperábamos desde que comenzó. Esto hace que cada acto de Norman, cada decisión que toman los Bates y cada giro de la historia adquiera mayor significado y esta pueda ser apreciada por el espectador en toda su riqueza de matices. Como conocemos (o creemos conocer, que nunca se sabe) la conclusión de la historia, resulta muy satisfactorio ver cómo las piezas van encajando y la serie se va transformando en algo más oscuro y macabro, como la película de Alfred Hitchcock.

Pero más allá de la emoción que supone conectar serie y película, Bates Motel ha conseguido crear su propia narrativa y desarrollar su propio universo, para llevar a cabo una reinvención retro-moderna de la cinta de Hitchcock, ya que, como sabéis, la historia se ha llevado a nuestros días conservando ese estilo influenciado por los 60. Por supuesto que no han faltado las tramas de relleno, principalmente las protagonizadas por el hijo mayor de Norma, que afortunadamente pasa a segundo plano en la cuarta temporada (Dylan nos gusta, pero sus historias siempre nos han sobrado, al menos hasta que las han cruzado con la de la adorable Emma). Pero como decía, a partir de la tercera temporada, la serie toma un camino mucho más definido, y esto se nota en todos los capítulos. No es que antes fuera una serie a la que se le pudiera reprochar mucho (dentro de su carácter de serie ‘menor’, nunca se pudo tachar de ‘mala’), pero Bates Motel ha ido subiendo hasta culminar en una cuarta temporada excelente, en la que Highmore y Farmiga se han vuelto a superar (y mira que ya estaban espléndidos desde el principio) y la serie ha pasado de ser un pasatiempo sin más a un drama de calidad a tener en cuenta.

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Ha sido fascinante asistir a la evolución de la enfermiza relación entre Norma y Norman, y sobre todo conocer mejor a la madre del asesino, uno de los personajes más cautivadores que hay actualmente en televisión. Sin desmerecer a Highmore, que este año se ha empleado a fondo en las escenas dramáticas, Farmiga es la auténtica estrella de Bates Motel. Un cuerpo celeste del que no se puede apartar la mirada. El trabajo de la actriz a la hora de componer al personaje y dotarlo de dimensiones es tan increíble como infravalorado. Verla pasar de la ternura sobreprotectora a la histeria desbocada en una décima de segundo ya hace que la serie merezca la pena. Pero es que además, Farmiga tiene una vis cómica excelente, y hace que Norma no solo sea un personaje interesante, sino también sorprendentemente divertido. Y aunque está claro que Bates Motel es mejor cuando Norma está en pantalla, esta penúltima temporada ha conseguido elevar la calidad en todos los aspectos para ponerse a la altura de su deslumbrante protagonista femenina.

La cuarta temporada de Bates Motel ha llevado la relación de Norman y Norma un paso más allá, arriesgando todo lo que la serie puede arriesgar en una cadena como A&E. Esto no es Showtime, así que no esperéis que aborden el tema del incesto hasta sus últimas consecuencias (mejor de esta manera, sugerente, furtiva y enormemente tensa e incómoda). Claro que eso no quiere decir que la serie huya de lo controvertido o de lo provocador, todo lo contrario. Estos últimos capítulos han servido precisamente para explorar más a fondo el complejo de Edipo de Norman y los trastornos psicológicos que lo convertirán (o ya han convertido) en el asesino en serie de Psicosis, y ha vuelto a manejar el componente morboso de frente, pero con sensibilidad e inteligencia, sin caer en lo gratuito, y lo más importante, poniéndolo siempre al servicio de la historia y los personajes. Que navegue con soltura esos farragosos grises morales (tan propios de la televisión de nuestro tiempo) es lo que hace que Bates Motel sea una serie mucho mejor de lo que parece, de lo que se cree. Si en su quinta y última temporada logra mantener esta trayectoria ascendente, tiene la posibilidad de despedirse como un producto digno de esta época de televisión de calidad, aunque no se le reconozca.

Crítica: Expediente Warren – The Conjuring

Qué grata y terrorífica sorpresa este expediente X setentero del perpetrador de la saga Saw y algún que otro pelotazo del género como Insidious. Con Expediente Warren: The Conjuring, James Wan ha compendiado todos los tópicos (y cuando digo todos quiero decir todos) del cine de terror, en concreto de la variante de películas de casas encantadas y exorcismos, y ha configurado con ellos una película de corte clásico que es toda una oda al género.

Expediente Warren es, como su título en inglés indica, un juego. Un juego de manos que aparecen de donde menos te lo esperas, de ilusionismo que nos hace ver rostros en la oscuridad, un zootropo de siluetas macabras que no podemos dejar de mirar. Pero sobre todo un juego de niños, con sus muñecas diabólicas, sus juguetes encantados, cantinelas infernales y escondites mortales. Desde el amor más evidente al género, Wan apela al niño que tiene miedo de mirar debajo de la cama cuando oye un ruido en mitad de la noche, o que observa con absoluto pavor la puerta entreabierta del armario y no recuerda si lo cerró antes de dormir. Ese niño en el que todos nos convertimos ante una cinta de terror bien hecha. Sin efectismos ni giros excesivamente sorprendentes, sin pretensión o ínfulas de vanguardismo, Wan ha conseguido con The Conjuring lo que todo autor de terror persigue (o debería perseguir): divertir haciendo pasar miedo.

Partiendo de una idea hastiada y contada en innumerables ocasiones (familia que se muda a casa encantada y empieza a experimentar fenómenos paranormales), Expediente Warren aprovecha todas las posibilidades que brinda la fórmula, logrando que el déjà vu no juegue nunca en su contra. Estamos ante una película de miedo que… ¡da miedo!, una que presenta una atmósfera inmejorable y que cuenta con una realización inteligente y perversa. Sin embargo, el mayor acierto de Wan es no olvidarse de la importancia de la historia y los personajes (equilibrio perfecto entre la familia protagonista y los “cazafantasmas” Warren). Y sobre todo saber mantener en todo momento la atención del espectador, y más importante aun, el pacto de credibilidad con el mismo. En Expediente Warren hay muchos momentos en los que deseamos gritar “¡¡no bajes al sótano!!” y cosas por el estilo, pero en ningún momento percibimos los actos de los personajes como especialmente forzados o insoportablemente incongruentes.

Lo fácil que es identificar los referentes de Expediente Warren indica la clara voluntad de su director por moldearla según los cánones más establecidos del género, por confeccionar, como hemos dicho, un clásico en fondo y forma -que además es una sátira encubierta de los horrores de la burocracia. Así, Expediente Warren recuerda inequívocamente a Poltergeist y El exorcista entre otras. Wan opone resistencia de esta manera a la tendencia a la casquería y el torture porn que él mismo puso en boga, y consigue demostrar que un cuento de hadas sigue poseyendo el infalible poder de asustar y perturbar, si se cuenta bien. A pesar de que el tráiler de la película nos muestra testimonios a cámara que podían hacernos pensar que estamos ante otro producto en la línea de Paranormal Activity -qué poco acertada estrategia publicitaria-, Expediente Warren no es un falso documental, ni un experimento efímero, sino una película de miedo de toda la vida. Y es ahí donde reside su mayor riesgo, y su mayor acierto. Desde luego, así da gusto pasar miedo.

Bates Motel: Los diarios de Norman

“Norma y Norman. Qué… raro”.

Estaba preparadísimo para entonar el “Si Hitchcock se levantara de la tumba” a la hora de escribir sobre Bates Motel, la precuela de una de sus mayores obras maestras, Psicosis (Psycho, 1960), pero después de ver su piloto, no puedo hacerlo. De momento, Hitchcock puede descansar tranquilo. Ya le avisaré yo si tiene que levantarse a atormentar a alguien, pero por ahora no es necesario, porque Bates Motel no es ningún sacrilegio, no es ningún insulto. Es sencillamente un buen piloto de lo que podría ser -y esperamos que sea- una buena serie.

Lo más sorprendente de la nueva serie de A&E es que se ambienta en la actualidad, a pesar de que oficialmente sea precuela de una historia que tuvo lugar en la década de los 50. El propio piloto juega con las expectativas del espectador -del que se adentra en la serie sin conocer ese pequeño detalle, como hice yo-, que durante el teaser cree encontrarse en el pasado. Vemos una televisión antigua con una película en blanco y negro -concretamente una de 1940Luna nueva, de Howard Hawks-, y el único indicativo cronológico específico es una tele de plasma que pasa desapercibida al fondo -no vemos lo que no queremos ver-, por lo que muchos damos por sentado que la historia transcurre entre los 40 y 50. Sin embargo, después de los títulos de crédito (algo abruptos, pero adecuados) vemos a Norman Bates escribiendo en su iPhone. Gran sorpresa -insisto, para los que no lo sabíamos- que en un principio no tiene por qué alterar demasiado la esencia de Psicosis, a la que el primer capítulo de Bates Motel se mantiene fiel en todo momento sin ser absolutamente dependiente de ella.

Efectivamente, en esta serie se respira un gran halo de respeto tanto a la obra de Hitchcock como a la novela de Robert Bloch en la que se basa. No hay grandes aspavientos, ni excesivas salidas de tono, solo un marcado interés por explorar la mente de Norman Bates a través de la disfuncional y edipesca relación que mantenía con su madre. Se muestra desde un principio la extraña y retorcida naturaleza de la misma, a base de afilados diálogos cargados de tensión -de todas las clases, incluso sexual– y momentos traumáticos. La dualidad de ambos personajes está muy bien ejecutada, pero es sin duda Vera Farmiga la que mayor elogios merece por su fantástica interpretación de madre amantísima/asfixiantísima, una mujer desequilibrada y bipolar que toma más malas decisiones en un episodio que Betty Draper y Nancy Botwin juntas.

Bates Motel es una historia de orígenes, un Norman Bates Begins, pero también un The Norman Diaries, puesto que se nos permite echar un vistazo a la vida social del futuro asesino, ahora geek moderno, entre taquillas de instituto y animadoras. Freddie Highmore es una buena elección de casting para interpretar a un adolescente inadaptado y creepy de manual. Sin embargo, el joven actor parece no estar del todo cómodo en su papel. Le daremos tiempo para que se meta en la piel de Norman Bates, tarea cuya dificultad no podemos subestimar. En “First You Dream, Then You Die” conocemos a fondo al enmadrado y subyugado Norman, que desde pequeño es testigo de horribles acontecimientos que dan forma a su personalidad. Por si la muerte de su padre no fuera suficiente, tiene que presenciar la violación de su madre y el sangriento asesinato del violador a manos de Norma, además de acompañarla en una agradable excursión en barco para deshacerse del cadáver. Es a grandes rasgos lo que ocurre en un primer episodio cargado de acontecimientos, un piloto de excelente ambientación y factura que maneja el suspense con habilidad y dispone con acierto -haciendo suyos- los elementos más perturbadores de una historia conocida por todos.

Además de adentrarnos en la icónica mansión de los Bates y las mugrientas habitaciones de su motel de carretera, es posible en todo momento identificar en el relato las características del célebre personaje interpretado originalmente por Anthony Perkins. Ahora en la piel de Highmore asistimos a los primeros indicios de su voyeurismo enfermizo -del que Norma es la primera víctima, como vemos en una de las mejores y más incómodas escenas del episodio-, y nos preguntamos hasta qué punto su posesiva madre y la devoción que se profesan mutuamente –nunca un “te quiero” había sonado tan inquietante– es la única y verdadera responsable del monstruo. Es decir, como Michael Haneke nos planteó con La cinta blanca¿el monstruo se hace o se nace? -por cierto, ¿habrá escena estilo La Pianista entre Norman y su madre? Si dependiera de mí, la habría.

Bates Motel refleja una sociedad norteamericana obsesionada con sus asesinos en serie, en la que parece existir una especie de inconfeso elogio al psicópata adolescente -“Eres raro. En el buen sentido”. Y en consecuencia, la serie es digna representante de una televisión que desde hace años se desvive por los antihéroes, los protagonistas amorales y criminales. Está claro que tenemos que hablar de Norman.