Crítica: Una chica vuelve a casa sola de noche

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La ópera prima de Ana Lily Amirpour después de su multipremiada trayectoria en el mundo del cortometraje es una de las sensaciones festivaleras del pasado año. La directora estadounidense de origen iraní toma la arriesgada decisión de adentrarse en el sobre-explotado universo de los vampiros para demostrar que, a pesar de lo hastiado del género, aún quedan formas de innovar en él.

girl walksUna chica vuelve a casa sola de noche (A Girl Walks Home Alone At Night) es un soberbio ejercicio de estilo y minimalismo narrativo en el que Amirpour demuestra una sensibilidad estética muy particular, fusionando terror y western en las páginas de una novela gráfica en movimiento. Se trata de una historia clásica (chico conoce vampira) con ecos a David Lynch y Jim Jarmusch (que recientemente se aproximó al mismo género también desde un prisma alternativo con Only Lovers Left Alive), y clara voluntad pop, en la que destacan la sensualidad e iconoclastia de sus imágenes (en esplendoroso blanco y negro) y la magnética presencia de sus protagonistas, una vampira hipster/skater con hijab (la revelación Sheila Vand, imposible no enamorarse de ella) y un joven narcotraficante con aires de James Dean, Marlon Brando y James Franco -todos reencarnados en Arash Marandi.

A Girl está repleta de secuencias para el recuerdo (el primer encuentro de Arash, disfrazado de Drácula, con la Chica; su primera visita a la casa de ésta; cualquier aparición espectral de la Chica en las oscuras calles de Bad City) y sublimes instantes musicales. Pero el film de Amirpour es mucho más que un seductor festín visual y sonoro para paladares modernosos, se trata además de una lección de economía narrativaA Girl nos dice mucho con poco (atención a la manera en la que Amirpour desenlaza la historia), y logra pasar como si nada por los tópicos del género, contándonos con dos recursos visuales inteligentemente empleados y sin apenas palabras lo que otras cuentan con 60 minutos de exposición. Una auténtica maravilla.

Valoración: ★★★★

12ª Muestra Syfy de Cine Fantástico de Madrid: Tercera jornada (Domingo)

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Los ojos escuecen, pero las ganas no se desvanecen. Ese podría ser uno de los lemas de La Muestra Syfy. Sobre todo aplicable al domingo, último día de proyecciones. Para el Día de la Mujer, La Muestra nos tenía reservada una interesante sesión doble final: A Girl Walks Home Alone At NightUnder the Skin, la primera dirigida por una mujer, Ana Lily Amirpour, y protagonizada por una vampira con hijab, y la segunda con Scarlett Johansson enseñándonos qué es eso de ser mujer en este incomprensible planeta. Ambas películas son de lo mejor que hemos visto este año y en cualquier edición del Syfy.

Pero antes nos esperaban otras dos cintas, una desconcertante y en última instancia chiflada comedia sueca, y un drama sobrenatural indie que parecía rescatado de las sobras de Sundance. Y también, cómo no, Huesitos. Porque como ya viene siendo tradición todos los años, Leticia Dolera se subió al escenario de los cines Callao para lanzarnos chocolatinas, una de las muchas actividades extra-oficiales de La Muestra que tanto irritan a algunos (Dolera se lo pasa genial leyendo para todos las críticas de los detractores de este tipo de distracciones entre películas). A cambio de los Huesitos, Dolera pidió que prometiéramos ver en el cine su primera película como directora, Requisitos para ser una persona normal. Y como ella es tan maja y tan cachonda, se ha ganado que le hagamos publicidad. La película se estrena en julio y se va a ver antes en el Festival de Málaga, y si refleja de alguna manera la personalidad de la actriz (que también escribe y protagoniza), no deberíamos perdérnosla.

Después de este mensaje de nuestros patrocinadores, paso a reseñaros las cuatro películas que vimos el último día en La 12ª Muestra Syfy. Inventores locos, fantasmas víctimas de bullying, vampiros iraníes y… bueno, Scarlett Johansson. Dejémoslo ahí.

 

LFO (Antonio Tublen, Suecia)

LFO_Poster27x40.inddCuando empieza LFO (acrónimo de Low Frequency Oscillation), sabes que estás ante una de esas películas que pueden acabar siendo cualquier cosa. Y por suerte, así es. El segundo film del sueco Antonio Tublen nos presenta a Robert (Patrik Karlson), un hombre que descubre la manera de hipnotizar a las personas utilizando bajas frecuencias del sonido. Con una máquina instalada en su casa empieza a hacer experimentos con sus vecinos, un matrimonio recién llegado al barrio. Al principio, Robert utiliza los tests para ganarse la confianza y la admiración de la pareja, y con la máquina corrige los errores que van resultando de los experimentos. Pero como no puede ser de otra manera, “la cosa” se le va de las manos y se le sube a la cabeza, abusando de su poder para cualquier situación y convirtiendo a los vecinos en marionetas a su merced. LFO posee una cualidad muy inquietante, con una primera parte caracterizada por la incertidumbre y la tensión contenida. Parece que vamos a presenciar un drama de ciencia ficción realista en la línea de Prime, pero Tublen acaba llevando la historia por otros derroteros, y LFO se convierte en una comedia satírica que cada vez se toma menos en serio. En su recta final, LFO se entrega por completo a la pantomima y culmina en un desenlace muy guasón con el que celebramos haber sido sometidos al experimento.

 

Jamie Marks Is Dead (Carter Smith, Estados Unidos)

Jamie Marks is Dead - Poster 01Programar Jamie Marks Is Dead en un festival de cine como la Muestra Syfy es pura provocación. La película de Carter Smith es el blanco perfecto para las mofas, una copia mala de Donnie Darko que se aproxima a temas muy serios como el bullying y sus consecuencias desde un prisma fantástico y con un desafortunado aire de auto-importancia made in Sundance. La historia arranca cuando el chico que da nombre a la película es encontrado muerto. Nadie se acuerda muy bien de Jamie Marks, más allá de su apodo, “Lunático Marks“. Era un chico introvertido, víctima del acoso de algunos de sus compañeros y totalmente invisible para el resto (a pesar de lucir un cuerpazo de atleta que debería ser suficiente para navegar con éxito los pasillos de una high school yanqui). El misterio de su muerte afecta particularmente a otro chaval socialmente inadaptado, Adam (nuestro Cameron Monaghan de Shameless), lo que le une a una chica tan súper-única-y-alernativa-y-especial que colecciona rocas (Morgan Saylor, superando en irritante a su detestada Dana Brody de Homeland), junto a la que ve al fantasma de su compañero muerto.

Jamie Marks Is Dead es una tosca alegoría de la diferencia y la dificultad para encajar de algunos adolescentes, y en concreto de la homosexualidad en el instituto, pero toda la trascendencia de estos temas se desvanece entre diálogos de una cursilería insoportable, una falsa capa de profundidad psicológica y una sarta de tópicos (el prota lee El guardián entre el centeno, por favor…) y metáforas dolorosamente obvias y predecibles. Al final, todo queda en bochornoso fan fiction gay de Harry Potter (por el innegable parecido del chico muerto con el mago de J.K. Rowling) con ínfulas de libro de autoayuda para teenagers.

 

A Girl Walks Home Alone At Night (Ana Lily Amirpour, Estados Unidos)

GIRL_POSTER_V9_outlined_0915La ópera prima de Ana Lily Amirpour después de su multipremiada trayectoria en el mundo del cortometraje es una de las sensaciones festivaleras de la pasada temporada. La directora estadounidense de origen iraní toma la arriesgada decisión de adentrarse en el sobre-explotado universo de los vampiros para demostrar que, a pesar de lo hastiado del género, aún quedan formas de innovar en él. A Girl Walks Home Alone At Night es un soberbio ejercicio de estilo y minimalismo narrativo en el que Amirpour demuestra una sensibilidad estética muy particular. Se trata de una historia clásica (chico conoce vampira) con ecos a Jim Jarmusch (que recientemente se aproximó al mismo género desde un prisma alternativo con Only Lovers Left Alive) y clara voluntad pop, en la que destacan la sensualidad e iconoclastia de sus imágenes (en esplendoroso blanco y negro) y la magnética presencia de sus protagonistas, una vampira hipster/skater con hijab (la revelación Sheila Vand, imposible no enamorarse de ella) y un joven narcotraficante con aires de James Dean, Marlon Brando y James Franco (todos reencarnados en Arash Marandi). A Girl está repleta de secuencias para el recuerdo (el primer encuentro de Arash, disfrazado de Drácula, con la Chica; su primera visita a la casa de ésta; cualquier aparición espectral de la Chica en las oscuras calles de Bad City), pero el film de Amirpour es mucho más que un festín visual para paladares modernosos, se trata además de una lección de economía narrativaA Girl nos cuenta mucho con poco, y logra pasar como si nada por los tópicos del género, contándonos con dos recursos visuales inteligentemente empleados y sin apenas palabras lo que otras cuentan con 60 minutos de exposición. Una auténtica maravilla.

 

Under the Skin (Jonathan Glazer, Reino Unido/EE.UU./Suiza)

Under the Skin - Poster 02Ya se ha escrito todo sobre Under the Skin, así que seré breve. La película de Jonathan Glazer fue una de las más aclamadas del año pasado, hasta el punto de que se llegó a pensar que tendría presencia en la última edición de los Oscar, a pesar de su carácter altamente experimental y arriesgado. No fue así (su increíble banda sonora, sin la que no se entendería la película, sí se llevó premios para llenar un estadio), pero mientras nos olvidamos de la mayoría de películas de 2014, Under the Skin tiene la capacidad para quedarse dentro y no salir de ahí nunca (no voy a hacer el juego de palabras con el título, porque ya no hace falta). Under the Skin no es una película propiamente dicha, es una experiencia, un trance visual y sonoro en el que nos sumimos desde su hipnótico comienzo hasta su desgarrador final, y del que cuesta despertar una vez empiezan los créditos finales. Pero al igual que con A Girl Walks Home Alone At Night, no podemos dejar que su impresionante factura estética y el arrebatador poder de sus imágenes nos distraiga de la maestría con la que se nos cuenta la historia de su protagonista. Porque es muy fácil pasar por alto el sutil trabajo de Glazer construyendo la minimalista trama o la desarmante interpretación de Scarlett Johansson completando sus huecos a base de delicados matices, pero no debería ser así. La actriz, cuyo 2014 será recordado como uno de los más importantes de su carrera, deslumbra y atrapa con uno de los personajes más fascinantes del cine reciente. Under the Skin fue el broche de oro para la Muestra, y desde aquí quiero dar personalmente las gracias a sus organizadores por darnos la oportunidad de ver esta obra de arte en pantalla de cine.

Crítica: Drácula – La leyenda jamás contada

Dracula Luke Evans La leyenda jamás contada

Universal Pictures quiere un trozo del gran pastel del cine de superhéroes, pero no cuenta con los derechos de ninguna franquicia de Marvel o DC, así que tiene que apañárselas con lo que tiene. ¿Y qué tiene Universal que aún no ha exprimido en esta nueva era de sagas cinematográficas interconectadas? Sus Monstruos Clásicos. De acuerdo, Frankenstein, el Hombre Lobo o El Hombre Invisible no son propiedad exclusiva del estudio, pero entre las décadas de los 20 y 60 del pasado siglo, Universal desarrolló lo más parecido a lo que hoy entenderíamos como una saga cinematográfica, basada en estos y otros personajes de la literatura clásica de terror. Para no quedarse a la zaga, el estudio se ha propuesto resucitarlos para levantar con ellos un nuevo universo compartido de esos que tanto gustan a la audiencia. El mito del terror elegido para inaugurar y testear la viabilidad de este ¿Universo Cinematográfico Universal? no es otro que Vlad el Empalador, aka Príncipe de las Tinieblas, aka Hijo del Diablo, aka Hijo del Dragón, aka DRÁCULA.

Drácula: La leyenda jamás contada (Dracula Untold) promete una nueva visión de la leyenda, cuando en realidad no es más que la enésima relectura. Es decir, esta película no es ni de lejos la leyenda “jamás contada”, pero afortunada y soprendentemente sí es la leyenda “bien contada” (no confundir con “fiel”). Ni que decir tiene que Dracula Untold no es apta para aquellos admiradores del personaje de Bram Stoker y puristas vampirófilos detractores de las licencias artísticas que “defenestran” al personaje y su historia. Gary Shore orquesta una reimaginación de Drácula que tiene lugar en un universo similar al Poniente de Juego de Tronos, demostrando así la influencia de la ficción de HBO más allá de la televisión -no en vano, el filme cuenta en su reparto con Charles Dance (Tywin Lannister) y el pequeño Art Parkinson (Rickon Stark) como Ingeras, hijo de Vlad Tepes. Y esta nueva ambientación quizás no case con todo el mundo. Sin embargo, lo que busca Dracula Untold, con sus escasos 90 minutos de duración, no es el homenaje o la reverencia, es el beneplácito (y el dinero) del público masivo, el que va a la sala a ver una de acción que (como vaticina su escena final) podría ser la primera de muchas, la antesala a un team-up “monstruoso”.

DRACULA UNTOLD_SpainY si tenemos eso claro, si podemos dejar a un lado que no es la Drácula que los fans del personaje quieren (aunque desde luego está muy lejos de esa atrocidad llamada Yo, Frankenstein), y que nace única y exclusivamente de una decisión estratégica (¿y cuál no?), nos sorprenderá descubrir, que bajo este evidente producto de marketing se esconde una película bastante más decente de lo que parece. Drácula: La leyenda jamás contada es concisa, pero su relato no es anémico o incompleto, y recoge en su justa medida el romanticismo y el tormento moral que definen al personaje. La escasa duración del film es suficiente para repasar todos los puntos de inflexión y lugares comunes de este “Año Cero” de Drácula, y a pesar de que la idea es seguir contando la historia en sucesivas entregas, Dracula Untold funciona perfectamente como pieza independiente. Con un ojo puesto en la mencionada Juego de Tronos (intrigas y traiciones palaciegas, clanes regios, herederos al trono, fortalezas asediadas) y otro en la saga del Caballero Oscuro de Nolan (no hay más que ver los pósters a lo Dark Knight)Drácula se propone complacer a los aficionados al cine épico-fantástico, con un tono decididamente trágico y grandilocuente, y sin dejar por ello de amoldarse al patrón de cinecómic actual, convirtiendo así a Vlad Tepes en una suerte de superhéroe gótico con capa y poderes sobrenaturales. Porque “a veces el mundo no necesita héroes, necesita monstruos” (muy sutil, Universal).

El tono oscuro, tanto en la narración como en la fotografía, provoca resultados irregulares. Por un lado, no faltan las secuencias de combate en las que la cámara se mueve a la velocidad de la luz y el espectador tendrá dificultades para distinguir lo que está ocurriendo en la pantalla, digitalmente saturada y más oscurecida de lo habitual (especialmente hacia el final, cuando Drácula lleva sus poderes al siguiente nivel), pero por otro, Dracula Untold encuentra en esa oscuridad una fuente de terror que no duda en aprovechar, especialmente gracias al Vampiro Maestro (Dance), que nos inquieta con su demoníaca faz al igual que el rostro del Diablo de El exorcista. Y además de estos hallazgos entre las tinieblas, el mayor acierto de Drácula es haber escogido a Luke Evans (que lleva los colmillos de serie) para ponerse en la piel del personaje y darnos a conocer su lado más humano. El actor británico, de físico cultivado sin llegar a lo sobrehumano (y sobreanabolizado), elegante y sofisticado, y con un natural deje atormentado, encaja perfectamente tanto en el perfil del mito como en la imagen popular de lo que debe ser un superhéroe.

Valoración: ★★★

Crítica: Vampire Academy

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Es muy fácil malinterpretar Vampire Academy. Para empezar, porque ni la propia película sabe cómo quiere ser interpretada. Se trata de la enésima adaptación cinematográfica de una saga literaria para adolescentes, y para más inri, aborda el hiper-manido universo de los vampiros, lo que de entrada invita a que nos aproximemos a ella con recelo, incluso con todas las conclusiones ya sacadas. Pero la eficacia y el éxito de la película de Mark Waters se debe medir en términos relativos. De acuerdo, la película es un caos, pero hay en ella suficientes indicios de que la intención nunca fue la de crear una nueva CrepúsculoLos juegos del hambre, sino reírse de ellas (y si colaba, lanzar nueva franquicia a rebufo de ellas).

Tomad el aspecto “didáctico” de la saga Harry Potter (internado para adolescentes sobrenaturales, clases de magia), una pizca de la fundacional Buffy, cazavampiros (chicas pateaculos y vampiros intensos), y una gran dosis de Chicas malas (la anterior película de Waters). Mezclad y agitad todo en un recipiente con varios litros de autoconsciencia y referencias a la cultura popular, y obtendréis Vampire Academy, una obra sumamente obsesionada con contarnos cómo funciona.

A partir de los libros de Richelle Mead, Mark y su hermano Daniel Waters (que se ocupa del guión) levantan una mitología tremendamente confusa y abarrotada (¿psicosabuesos? WHAT?). Durante la primera media hora de Vampire Academy, los Waters se aseguran de que el espectador no se pierda, y lo hacen con sobre-explicaciones y rótulos que nos guían como si se tratase de la fase tutorial de un videojuego. A partir de ahí, la historia de las BFFs Rose Hathaway (Zoey Deutch) y Lissa Dragomir (Lucy Fry) se desarrolla explicitando en todo momento sus reglas y comentando incesantemente lo que se nos está mostrando.

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Por ejemplo, en esta película se pronuncia más veces la palabra “adolescencia” (o “adolescente”) que “fuck” en Pulp Fiction. Esto no hace sino llamar la atención sobre la realidad del proyecto (y de todos los proyectos de esta naturaleza): detrás de la voz de estos jóvenes hiper-hormonados hay un montón de adultos que solo entienden la adolescencia a partir de los tópicos que el cine teen nos lleva alimentando durante 30 años -cotilleos, guerras de popularidad, superficialidad, sexo y traición- y que no tienen otra manera de exponerlos que poniéndolos en boca de sus personajes, cuyos diálogos a veces se limitan a repetir “iPhone” y “Facebook”, como si estas palabras formaran un lenguaje aparte. Algo falla cuando la protagonista te tiene que decir directamente “No soy una adolescente normal, ¿pero es que eso existe?”, en lugar de que esta idea se transmita a través de la historia. Os reto a buscar a un adolescente real en cuyo vocabulario habitual se encuentre la palabra “adolescente”. Definitivamente, más show y menos tell le habría sentado muy bien a la película.

Aún con todo, Vampire Academy puede (y quizás debe) leerse como fábula -aunque carezca de la mordacidad de Chicas malas-, y sobre todo como parodia de las sagas YA, y por qué no, de la adolescencia en sí misma. La confusión de tonos es predominante, y uno no siempre sabe si se está tomando en serio o no, pero de vez en cuando Waters nos golpea con momentos de sumo cachondeo que llevan la película hacia terreno True Blood. Definitivamente, cuando Vampire Academy se vuelve más alocada, más camp y más cafre es cuando funciona mejor -atención en este sentido al personaje de la divertidísima Sarah Hyland. Por eso agradecemos el (tímido pero contundente) gore, la lascivia (son todos perros en celo, como debe ser: “Tienes experiencia haciéndolo con dos a la vez”, “Quiero que me quite la virginidad”), y las frases lapidarias dignas de la serie de HBO (“Créeme, no querrías operarte la nariz en Montana” o “Podría haber sido modelo. Un hombre en Milán me dio su tarjeta a los 17 años” son algunas de las perlas que escuchamos en el filme), o one-liners que son insultos directos a Crepúsculo, con la que se ensaña a base de bien: “Mi vínculo con Rose es prácticamente un GPS psíquico”; “Dicen que Dimitri es un dios, pues yo soy ateo, y bien armado”. Pura poesía trash.

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Vampire Academy posee los ingredientes de todas las sagas YA. La amplia y aleatoria mitología fantástica (un desubicado Gabriel Byrne forma parte de ella), una heroína que mola (cuidado, Zoey Deutch es mejor actriz de lo que parece), una banda sonora con temazos (Goldfrapp, M.I.A., Iggy Azalea), y un romance pasado de rosca entre la protagonista y su propio Angel de baratillo (el pelo de Danila Kozlovsky es un crimen a la humanidad). La película de Mark Waters es mala, pero no mala como podría ser CrepúsculoCazadores de sombras, es mala como género. Es decir, pertenece voluntariamente al mismo, o al menos lo intenta. La confirmación de que todo esto no es más que una chorrada suprema, y que no pasa nada si nos descubrimos disfrutándola de algún modo, es el cursi y lacrimógeno discurso final de Lissa (que por cierto, debe ser familia de María Lapiedra), en el que nos habla sobre la sangre, el acoso escolar y el snobismo, invitándonos a reírnos de todo lo que hemos visto hasta ese momento. Si esto no es una parodia, que venga Lindsay Lohan y lo vea. En definitiva, Vampire Academy es tan estúpida y absurda que merece su propio quote-along, y me atrevería a decir que también su propio culto.

Valoración: ★★½

Crítica: Solo los amantes sobreviven

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Que Jim Jarmusch se tiene en alta estima ya lo sabíamos. Pero como de vez en cuando nos da razones para consentir su mayúscula pretensión y sus aires de grandeza, se lo perdonamos. Aún así, al adentrarnos en Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive), su film más reciente, hemos de hacerlo teniendo en cuenta que esto es lo que muchos (esos pesados cortos de miras) llaman cine gafapasta, y que sus aires de grandeza echarán para atrás a más de uno, incluso al más dispuesto. En el caso de esta película, a los detractores de este fenómeno del hipsterismo y aquellos que no sean capaces de destilar la (posible) parodia de la película les sobran las razones para salir espantados. Ahora bien, ellos se pierden la absoluta gozada que hay bajo esa capa de autoimportancia y asquerosa modernez.

En un panorama cinematográfico fantástico en el que todos los años nos llegan cinco películas que prometen renovar el género y ofrecer alternativas para combatir su agotamiento, Solo los amantes sobreviven es realmente “una película de vampiros diferente“, tanto que la mayor parte del tiempo no es una película de vampiros. Un poco en la línea de Déjame entrar, historias que más que presentar a los vampiros como monstruos o criaturas fantásticas, prefieren representar el dolor del chupasangres de una forma más metafísica, tirando de la metáfora, el existencialismo, y convirtiéndolos en humanos con enfermedades crónicas, y esclavos de sus propias pulsiones, las que estaban ahí antes de convertirse. O como en el caso de Eve y Adam (¿lo pilláis?), víctimas de su inmortalidad, del paso del tiempo, del aburrimiento, y de muchos siglos sufriendo (a) la humanidad.

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Esta pareja de vampiros ociosos en bata, encarnados y descarnados por unos irresistibles Tom Hiddleston y Tilda Swinton en estado de gracia, son los hispters primordiales. Llevan cientos de años absorbiendo la cultura del momento, flotando sobre una nube de conocimiento que los eleva sobre los demás, mirando a los paganos por encima del hombro, porque ellos no solo son connoiseurs, son los protagonistas a la sombra de la historia del arte. Aquí es donde Solo los amantes sobreviven cruza el límite ente lo adorablemente fardón y lo insoportablemente repelente. El deporte favorito de Adam y Eve es el namedropping, y Jarmusch se masturba escuchando a Hiddleston y Swinton nombrar a todas esas personalidades de la historia, jugando al juego improbable de que ellos están detrás de las sinfonías de Schubert o que, atención, fueron los ghost writers de Cervantes. Un pitorreo total.

La evolución natural de estos eruditos star-crossed lovers los ha convertido en melómanos irredentos -si Jarmusch no hubiera querido distanciarlos de las nuevas tecnologías para regocijarse en el encanto vintage y analógico de la música de los 70, los habría convertido en editores de Pitchfork. Así, Adam y Eve siguen empleando su inmortalidad en el siglo XXI para alimentarse principalmente de arte, apenas sobreviviendo con un erótico-lisérgico sorbito de sangre entre novela y vinilo. A través de estos dos personajes, estrellas del rock underground que se visten y se comportan como si estuvieran siendo filmados para un rockumentary, considerándose contemporáneos y a la vez padres de Jack White, Jarmusch cultiva un romanticismo muy personal, y también muy divertido, por qué no decirlo. Una excéntrica y no obstante clásica visión del amor impregnada de sensualidad, fatalidad y conocimiento compartido que convierte a Adam y Eve en los únicos amantes del mundo, en los mayores cómplices de la existencia, en las únicas “personas” que existen.

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Solo los amantes sobreviven se ambienta muy significativamente en la Detroit actual, ciudad fantasma y páramo de desolación, oscuridad y soledad que se convierte en el perfecto hogar para que estos dos vampiros contemplen el mundo moderno derrumbarse ante sus pies. Allí hay poco que hacer. Adam trabaja en su música -increíbles composiciones de Jozef Van Wissem y SQÜRL que completan una banda sonora de escándalo– y Eve retoza leyendo los libros que transporta en la maleta -no necesita otra cosa para viajar, claro. El único enlace del pesimista Adam con el exterior, con el mundo de los plebeyos mortales, es a través de Ian, un contacto del mundo discográfico, interpretado por el talentazo a reivindicar Anton Yelchin. Y para completar el cuarteto irrumpe en escena Ava, la hermana vampira de Eve –Mia Wasikowska clavando a la adolescente insoportable, peor que cualquier bala de madera para Adam. Ellos aportan una simpática nota de color, pero al final todo se reduce siempre a Adam y Eve, y a su particular visión del mundo, la de dos eternos adolescentes atormentados que se lamentan de que esa cantante que nadie conoce se hará famosa y entonces ya no molará – a veces da la sensación de que estos seres no son ‘monstruos’ porque necesiten sangre para vivir, sino porque necesitan ser más importantes que nadie para vivir, que es sin duda otra forma de vampirismo.

Solo los amantes sobreviven está encantadísima de conocerse, pero es con razón. Porque es imposiblemente cool y vehementemente sexy, porque es todo un orgasmo estético y sonoro (el muy cabrón de Hiddleston es el principal responsable de proporcionárnoslo) y en definitiva porque es la mejor película de vampiros que vamos a ver en mucho tiempo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Byzantium

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Texto escrito por David Lastra

Ahora que los zombis son los nuevos vampiros, atreverse a realizar una película puramente sobre colmilludos es un acto vintage, de amor puro al género o de estar más pasado que la tarara. Una mezcla de esas tres razones son las que han llevado a Neil Jordan a realizar Byzantium. Amante y creador de grandes aportaciones para el cine de género (En compañía de lobos o Entrevista con el vampiro), el irlandés se encontraba en tierra de nadie en esto del celuloide tras un subproducto para lucimiento de Jodie Foster (La extraña que hay en ti) y un despropósito con sirenas y Colin Farrell llamado Ondine. Por esa razón y con el peligro de quedarse más anquilosado que su compatriota Jim Sheridan, Jordan decidió volver a terreno conocido: el mundo de los vampiros. Bienvenidos a Byzantium. Se aceptan Visa, Master Card y O positivo.

Esta es la historia (que no se debe contar) de dos vampiros (con mecanismo de mujer) que viven entre nosotros, los pobres mortales. Pero su existencia no es del todo plácida, ya que deben permanecer escondidas por encontrarse condenadas a muerte por una hermandad machista de chupasangres que no aceptan la existencia de féminas entre sus filas. ¿Más de lo mismo? Pues sí, pero bien hecho. Jordan crea un mundo onírico tan turbio como potente visualmente, regalándonos alguna de las mejores y poéticamente más terroríficas de los últimos años, como son las de la conversión en vampiro y  consiguiente la montaña de sangre.

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Esa potencia visual y el buen hacer de Neil Jordan podrían haber quedado en nada si no hubiese contado con el reparto acertado. La omnipresente Saoirse Ronan se encarga de protagonizar a la joven mujer vampiro con una inocencia despiadada que bebe directamente de la icónica Eli de Déjame entrar, protagonista de uno de los pocos referentes salvables del último cine de vampiros. Pero el mayor acierto de casting viene de la mano de Gemma Arterton. La futura perturbadora Gemma Bovery (hype por las nubes ante la adaptación de la novela gráfica de Posy Simmonds) encarna madre-vampiro, una femme fatale con cuyo magnetismo y escote destrozaría Bon Temps en un abrir y cerrar de ojos.

El mayor acierto de la película es su inocencia a la hora de la exposición de los hechos y la evolución de los mismos. Aunque en ocasiones intenta ser más completa de lo que es (sobra algún que otro flashback explicativo), sabe jugar con las normas de película rompetaquillas (liga en la que estaba llamada a competir pero en la que ha fracasado injustamente) pero con un sentimiento desesperanzador y una personalidad inusual en ese tipo de films. Lo fácil y populista sería decir que Byzantium es la mejor entrega de la saga Crepúsculo… pero eso ahuyentaría a más de uno y una de las salas de cine y eso es justamente lo que no queremos.

Valoración: ★★★★

Hemlock Grove: ¿Por qué me cuesta tanto dejarte?

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De los estrenos originales de Netflix durante 2013, hubo una serie que pasó desapercibida entre los vítores a House of Cards, la expectación alrededor de Arrested Development y la revelación que fue Orange Is the New Black. El servicio norteamericano de VOD estrenó Hemlock Grove, serie de terror creada por Eli Roth, sin obtener demasiada repercusión. Y lo cierto es que es totalmente lógico, porque de toda su oferta de ficción original esta es sin lugar a dudas la más problemática y la que tiene un público objetivo más limitado.

Hemlock Grove es algo así como la True Blood de Netflix. Una historia de terror pseudo-gótico ambientada en un pequeño pueblo de Norteamérica en el que todo el mundo se conoce y todos guardan secretos, en muchos casos relacionados con lo sobrenatural. Como la serie de Alan Ball, Hemlock Grove se regodea en sus escenas de sexo y violencia, con constantes desnudos, una fuerte carga erótica perturbada (con dosis de incesto) y alto contenido en (soft) gore. No cabe duda de que estamos ante una producción del responsable de Cabin Fever y la saga torture porn Hostel. Sin embargo, el formato serial de Hemlock Grove obliga a que la sangre y demás fluidos salpiquen la historia solo en momentos puntuales, dedicando la mayor parte de los episodios a descifrar las tumultuosas relaciones entre las dos familias protagonistas, los Godfrey y los Rumancek.

La historia da comienzo con el asesinato de una joven del pueblo a manos de lo que parece un animal salvaje. A partir de este gastadísimo lugar común, Hemlock Grove genera un gran número de tramas, en su mayor parte inconexas y a la deriva. El factor fantástico de la serie se manifiesta más en su lisérgico e hipnotizador aspecto visual (uno de sus puntos fuertes) que en la propia presencia de criaturas sobrenaturales. Estas se mantienen ocultas bajo fachadas humanas la mayor parte del tiempo, dejando que la mitología se desarrolle a base de insinuaciones, sueños, y con grandes lagunas para que el espectador se pierda en ellas.

Hemlock Grove Bill Skarsgard

Hemlock Grove no puede definirse como una serie de vampiros o de hombres lobo, a pesar de que en técnicamente lo es. Aquí lo que tenemos son variaciones menos conocidas de estos mitos fantásticos, asociadas a los folclores ruso, rumano y escandinavo. Así, en lugar de vampiros tenemos al Upir, y conocemos a la versión más salvaje de los hombres lobo, los Vargulf. Pero estos no pasan a primer plano en ningún momento. Se prefiere mantener un halo de misterio (o de desorientación y confusión como es el caso) hasta la impactante recta final de la temporada, en la que descubrimos quién es el asesino de Hemlock Grove a la vez que lo álter egos monstruosos de los personajes toman forman.

El componente whodunit de Hemlock Grove es lo que hace que la serie pierda el norte en muchas ocasiones. La investigación a manos del sheriff del pueblo y una doctora especializada en animales salvajes -reunión de actores de Battlestar Galactica, Aaron Douglas y Kandyse McClure– es lo que hace que algunos episodios de la serie rocen lo insoportable, ya sea por la ineptitud absoluta a la hora de desenlazar el caso como por el desarrollo del peor personaje de la serie (y de la televisión en 2013), la doctora Clementine Chasseur. La interpretación de McClure es el acto de violencia más estomagante que podemos ver a lo largo de los 13 episodios de Hemlock Grove.

Hemlock Grove Roman Peter

Los actores de Hemlock Grove cumplen con las expectativas del género. Claro que nadie espera interpretaciones dignas de Emmy en una serie como esta. Lo que tenemos aquí es exceso y extravagancia. La nota más afectada la ponen los Godfrey, ociosos herederos agonizando en un pueblo de paletos: la matriarca Olivia Godfrey, una Famke Janssen idónea en el papel de diva camp, con un acento británico de carnaval, y una presencia viperina tan ridícula y aparatosa como fascinante; Su hijo Roman, un galán adolescente desgarbado y hedonista, Bill Skarsgård en un papel que evoca al de su hermano Alex en True Blood, y que es indiscutiblemente uno de los puntos más fuertes de la serie, en parte gracias a su interesante relación amistosa (con tintes homoeróticos) con otro bad boy, el joven Vargulf gitano Peter Rumancek (Landon Liboiron); Y luego está su hermana, Shelley (Nicole Boivin), una adolescente mutante gigante muda sin manos (sí, todo eso). También está por ahí la musa del terror Lili Taylor (lo raro sería que no saliera en algún sitio), haciendo de mamá piquillo; y una adolescente preñada de un ángel, una niña lunática obsesionada con los hombres lobo que se lía con un cadáver cercenado, y un científico loco que dirige experimentos poco ortodoxos en la compañía de los Godfrey. Vamos, una locura sin pies ni cabeza.

Como habréis comprobado, es bastante complicado resumir esta serie, o contar a grandes rasgos lo que uno se puede encontrar en ella. Pero ese es el mayor atractivo de esta ficción guarra y sucia de espíritu Serie B, completamente inmersa en lo bizarro, que dispara sin ton ni son a ver si acierta en algo, desprovista de cualquier tipo de dirección o autocontrol. Sin embargo, como suele ocurrir con muchos productos audiovisuales de dudosa calidad, hay algo que nos atrapa y no nos deja salir. Ya sea por culpa de los suculentos labios de un irresistiblemente autoconsciente Skarsgård, de las truculentas transformaciones físicas que hacen competencia a las muertes de vampiros en True Blood, los increíbles cromas cuando los personajes van en coche, o las húmedas y vibrantes secuencias oníricas, Hemlock Grove es todo un accidente televisivo, una serie mala de la que cuesta apartar la mirada.