Por qué ‘Jem and the Holograms’ merece ser película de culto

Jem & The Holograms

La burbuja de la nostalgia está a punto de explotar. De acuerdo, en los últimos años hemos tenido sorpresas como It Follows o The Guest, que han sabido jugar bien la carta del homenaje al pasado, o hemos regresado entusiasmados a los universos de Mad Max Star Wars, que se han saldado con éxitos de crítica y público. Pero esta no es la tónica general. Por el contrario, el público empieza a cansarse de que la industria del cine recurra tanto al pasado (en muchos casos, reciente) para dar forma a su futuro. Y en este sentido, la década de los 80 es protegida con especial recelo por la generación de treintañeros que se niegan a ver cómo sus series y películas favoritas pasan por el quirófano para dar lugar al enésimo reboot en Hollywood.

Jem and the Holograms fue una serie de dibujos animados creada a mediados de los 80 para vender una nueva línea de muñecas de Hasbro. La serie tuvo un gran éxito al principio, pero duró tan solo tres años en antena. Con su combinación de glam rock, moda juvenil, romance y aventuras, Jem se convirtió en un icono para una generación, pero el paso del tiempo hizo que quedara relegada a un pie de página en la historia de la cultura popular. Hasta que hace un par de años, Jon M. Chu (director de clásicos modernos como Step Up 3D, G.I. JoeLa venganza y dos documentales sobre Justin Bieber) anunció que estaba preparando junto a Jason Blum (fundador de la exitosa productora de terror Blumhouse Productions) un remake en acción real de la serie. Entonces los fans de Jem salieron de debajo de las piedras para demostrar su desconfianza ante la película.

Jem and the Holograms era un proyecto muy personal para Chu, uno en el que llevaba trabajando casi diez años. Y había dos maneras de sacarlo adelante: respetar el material original y hacer un homenaje 100% ochentero que solo apelase a los fans nostálgicos o intentar llevar la “leyenda” de Jem al presente y buscar a un público nuevo. Como es lógico, Chu y Blum optaron por lo segundo. Y así, la nueva Jem y los Hologramas se planteaba como una reinvención, una especie de origin story al estilo de las películas de superhéroes (según el propio Chu), confeccionada para atraer a las nuevas generaciones. Cuando se empezó a desvelar el aspecto de sus protagonistas y surgieron datos de la historia, se pensó que, a pesar de claros guiños en la estética, la nueva Jem and the Holograms poco tenía que ver con la Jem de los 80 (prácticamente lo único que parecía conservarse de la original eran los nombres y un par de detalles, como los pendientes de estrella), lo que hizo que los fans de Jem montaran en cólera. Indignación, pataleta, insultos al director, amenazas de muerte por mail…

Y entonces llegó la película. Y nadie la vio. Casi literalmente. El estreno de Jem and the Holograms en Estados Unidos se convirtió en el menos taquillero de una película distribuida por un gran estudio en más de 2.000 salas. En su primer fin de semana apenas superó un millón de dólares de recaudación, y fue retirada de la cartelera a la siguiente, con un desastroso total recaudado de dos millones. Esto no iba a suponer la ruina para Universal o Blumhouse, ya que costó tan solo cinco millones de dólares (ni Universal se gastó mucho en la campaña de marketing, ni Blumhouse iba a notar el fracaso en su cartera después de tantos exitazos de bajo presupuesto), pero aun así, el batacazo fue épico.

Jem y los Hologramas cartel¿Se merecía Jem and the Holograms esta suerte? Si preguntáis a cualquier fan de la serie original os dirá que sí, aunque no haya visto la película. Si me preguntáis a mí, que recuerdo con cariño los dibujos pero no considero un sacrilegio que se haya hecho un remake ni que se haya cambiado la original (me sorprende tanto esta vena protectora tan apasionada… ni que Jem fuera Blade Runner), os diré que no. Jem and the Holograms es una película muy tonta, pero también muy inofensiva en el mejor de los sentidos y sobre todo, simpática y bienintencionada. Además, si lo pensamos bien, Chu ha hecho lo posible por conservar el espíritu original de la serie, a pesar de las (necesarias) modificaciones que ha experimentado (hacer un calco habría sido más arriesgado e innecesario aun). Definitivamente, Jem no es el desastre fílmico que tanto crítica como público (en total, cuatro gatos) dicen. Es más, me atrevería a decir que, si no fuera por el mal de ojo que le ha caído, podría haberse convertido en una película querida por niños y adolescentes. Eso es lo que seguramente pretendía Chu, pero el experimento no le salió como esperaba. El público adulto le dio la espalda y el joven no se interesó ni lo más mínimo.

Sin embargo, Jem and the Holograms tiene madera de película de culto (no, no he fumado nada). Quizá el haberse convertido en el mayor fracaso de la historia cree con el tiempo una leyenda a su alrededor como ha ocurrido con otros films malogrados. O puede que directamente sea olvidada por completo y sea como si nunca hubiera existido. Pase lo que pase, os animo a descubrirla y juzgar por vosotros mismos. Abstenerse cínicos y puristas de los 80. Esto no es para vosotros. Los demás, no seáis rancios y dejaos llevar, si se le da una oportunidad y se mira con otros ojos, Jem and the Holograms tiene muchas virtudes que la convierten en un clásico semi-trash en potencia (y va con un poco de ironía, pero sobre todo totalmente en serio):

El acabado de la película

Como adelantaba antes, Jem and the Holograms costó cinco millones de dólares, un presupuesto ridículo que, sin embargo, Blumhouse suele convertir en ganancias desorbitadas en taquilla con sus títulos de terror (Paranormal ActivityInsidious). Teniendo en cuenta lo barata que fue, nos llama la atención el acabado tan pulido que tiene. Chu no es precisamente el colmo de la consistencia como director, pero aquí ha logrado una estética muy uniforme y atractiva, mezclando imágenes de grabaciones caseras con escenas de auténtica sensibilidad teen y ágiles actuaciones sobre el escenario que llenan la película de luz de neón (rosa y violeta) y nos dejan imágenes mucho más bonitas (y más 80s) de lo que cabía esperar. Es decir, Jem no es un trabajo visualmente cutre o de aspecto inacabado, y eso es todo un logro. Mención aparte merece el robot Synergy, que a pesar de su simpleza, también destaca por ser una creación CGI muy bien ejecutada.

Jem

Las canciones

Olvidaos de escuchar cualquier tema ochentero en la película. El glam rock de las Jem y los Hologramas originales da paso al sonido del pop prefabricado del presente. Las Holograms se visten según la moda de los 80 (saneada para los 2010s), pero las nuevas canciones recogen las tendencias actuales de la música popular. Selección musical con gente como Serebro o Hailee Steinfeld, y temas originales compuestos para la ocasión, que recuerdan inconfundiblemente a Taylor Swift, Icona Pop, Sia o Kesha. Si sois de los que apreciáis la ciencia de un buen temazo pop de radiofórmula, la banda sonora de Jem and the Holograms os satisfará enormemente. Las canciones son pegadizas, están bien producidas, y Aubrey Peeples (Jerrica/Jem), conocida por su participación en Nashville, y sus chicas las cantan muy bien. En general, el sonido es homogéneo y temas como la pegajosa pieza central “Youngblood” o el emocionante número final “I’m Still Here” son grandes hits que nunca llegarán a serlo.

La historia

Las cosas claras desde el principio. Jem and the Holograms es una película muy ligera, con un argumento y un desarrollo bastante risibles. A los personajes les falta sangre (Peeples es adorable, pero tanto ella como sus Hologramas son completamente unidimensionales), la premisa es absurda y el guion tiene más agujeros que un gruyer (Jem se convierte en estrella de la noche a la mañana con un solo vídeo de YouTube, todo lo que tiene que ver con la discográfica y su gestión de Jem es ridículo…)  ¿Por qué destaco entonces la historia como una de sus virtudes? Porque aquí es donde Chu ha realizado el mayor homenaje a los 80, construyendo un argumento directamente sacado de una cinta de aventuras de esa década. De hecho, Jem tiene más en común con Los Goonies (la escena del puerto de Santa Mónica es análoga a la prueba final de Andy en el órgano) que con la propia serie original o con Hannah Montana (con la que ha sido comparada comprensiblemente). Búsqueda del tesoro en pandilla, amor adolescente, ¡y un robot mascota! A pesar de hablarnos de la generación YouTube y darle mucha importancia a Internet y los dispositivos móviles (que las chicas no sueltan ni un segundo), en esencia, resulta que Jem and the Holograms  es una película completamente ochentera después de todo.

Juliette Lewis

Juliette Lewis

La “princesa” de los 80, Molly Ringwald, tiene un papel secundario, como la tía de Jem y sus “hermanas”, pero su presencia no va más allá del guiño cómplice a los 80, ya que su personaje no tiene realmente un arco argumental. Ella aporta el punto de partida del conflicto -necesita dinero para no perder su casa, en la que se han criado las niñas (mira, como en Los Goonies)- y se retira hasta el final, cediendo el foco a Juliette Lewis, que da vida a la mala de la película, Erica Raymond, presidenta de la discográfica de Jem. Lewis no tiene miedo a hacer el ridículo e interpreta al personaje como a una villana over-the-top de cine infantil, lo que da lugar a momentos muy divertidos en los que uno no sabe si la actriz está haciéndolo tan mal sin querer o a propósito. Sea como fuere, Lewis está muy graciosa como caricatura y es todo un aliciente para ver y disfrutar la película. Ella y su “minion” Zipper (Nathan Moore). Jem no destaca por su sentido del humor (ni para bien ni para mal, su comedia es inofensiva y nunca llega a provocar vergüenza ajena), pero Zipper es un crack. Zipper merecía más escenas.

La escena de los créditos finales

Y así llegamos al final. ¿Os acordáis de la adaptación al cine de Super Mario Bros que se hizo en los 90? ¿Recordáis su escena post-créditos? Pues en Jem and the Holograms hay algo parecido. (Spoiler a partir de aquí). Después de ser destituida de su papel como CEO por su propio hijo (el galán romántico para Jem y eye-candy para todos Ryan Guzman), Erica acude sedienta de venganza a la guarida de ¡las Misfits! y les pide que vuelvan para acabar con Jem y su banda. Chu decidió guardarse ese as en la manga para el final, y dejó a la banda rival de Jem fuera del argumento para darles protagonismo en una supuesta secuela. Así, de entre las sombras vemos aparecer a los miembros del grupo: Hanna Mae Lee (Pitch Perfect) como Roxy, Katie Findlay (The Carrie Diaries) como Stormer, y, atención, la cantante Kesha como la líder de la banda, Pizazz. Es una secuencia breve, pero es enorme, y nos hace soñar con la gran secuela que nunca veremos.

Jem & The Holograms

Actualmente, Jem y los Hologramas es prácticamente invisible. Su repercusión ha sido inexistente, y la poca que ha tenido ha sido para ponerla a caldo. Es comprensible que su argumento, que Chu ha extraído evidentemente de su experiencia con Justin Bieber, eche para atrás a más de uno. Pero si logramos pasar por alto todo el tema de la romantización de la fama (instantánea) como vía para la autorrealización y la obsesión por la imagen proyectada en las redes sociales (temas que se manejan muy a la ligera y quedan desaprovechados, pero al menos no llegan a resultar nocivos), nos queda un mensaje muy bonito de aceptación y celebración de la diferencia… ¡y la peluca! (el film está recorrido por muchos vídeos de fans reales hablando de cómo Jem les ha proporcionado una voz para decir al mundo que están orgullosos de cómo son y de lo que les gusta). Chu tenía una tarea muy complicada a la hora de trasladar el universo de Jem a la acción real y al presente, y teniendo esto en cuenta, ha salido más bien airoso, reinventando a Jem en una aventura autoconsciente y referencial que contagia con estupendas canciones, brochazos de purpurina y maquillaje rosa, luces de neón y buenas intenciones. Me da igual que se rían de mí o dejen de tomarme en serio, soy fan de la nueva Jem and the Holograms y para mí ya es una película de culto.

Crítica: Los Minions

Minions Orlando

Que los Minions son lo mejor de la saga Gru, mi villano favorito es algo que sabe todo el mundo. Es más, es una verdad “universal” (pun intended). La segunda entrega ya lo dejó bien claro. La popularidad de los esbirros amarillos tras el éxito de la primera película era tan grande que en la segunda ya empezaban a trascender su condición de secundarios comparsa adquiriendo mayor protagonismo. Gru 2 fue un festival Minion (amarillo y morado), los personajes ya estaban bien acomodados en el imaginario colectivo, convertidos en iconos adorados por pequeños y mayores por igual, así que el siguiente paso natural era dedicarles una película a ellos solos. Los Minions toman el escenario (aunque siempre fue suyo) con la intención de dominar el mundo (más todavía). O mejor dicho, de ayudar al villano que haya más cerca a hacerlo.

Los Minions nos lleva hasta el inicio de los tiempos para descubrir que estos adorables e inocentes seres han estado siempre ahí. Este spin-off precuela nos muestra cómo nacieron (empezaron siendo organismos amarillos unicelulares) y cómo evolucionaron a través del tiempo. Desde los albores de la civilización Minion, el propósito vital de todos ellos ha sido siempre el de encontrar a un amo malvado al que servir. Así, en la divertidísima secuencia de apertura vemos cómo ofrecen sus servicios como secuaces al T. Rex, Drácula o Napoleón, para acabar siempre entorpeciendo, incluso provocando la muerte accidental, a sus jefes. Después de fracasar tantas veces seguidas en su búsqueda, los Minions caen en una profunda depresión. El tiempo pasa, y en la década de los 60 Kevin traza un plan para salvar a su pueblo: dar la vuelta al mundo en busca de un nuevo amo y un nuevo hogar para los suyos. Le acompañan el rebelde Stuart y el achuchable Bob, con los que intentará encontrar a Scarlet Overkill, según dicen, la supervillana más famosa de la Tierra.

De la Antártida a Nueva York en los felices 60 a Londres, donde se desarrolla la mayor parte de la acción, este spin-off es un triunfal tour de los Minions por el mundo que avanza a ritmo de clásicos pop-rock. En realidad, la película no se distancia mucho de la fórmula de sus dos predecesoras. Los Minions se convierten en protagonistas de la historia, pero el argumento, una vez llegados a Londres, es similar al de las dos Gru, girando en torno al Printplan del gran malvado que pretende conquistar el mundo. En este caso, la divina y algo esquizoide Scarlet Overkill (doblada en inglés por Sandra Bullock, y en español por una estupenda Alexandra Jiménez) trata de robarles el centro de atención a los Minions, y de hecho está a punto de hacerlo. Recordemos que los Minions hablan un hilarante idioma que mezcla sinsentidos con palabras de muchas lenguas, y quizá por miedo a que una película con mucho tiempo sin diálogos pudiera espantar al público o suponer un reto demasiado difícil (no todas son WALL-E), el film acaba dando demasiado protagonismo a sus personajes humanos, la mencionada Scarlett y, en menor medida, Herb (doblado en V.O. por Jon Hamm, y en castellano por un menos atinado Quim Gutiérrez).

Claro que por mucho que se intente, es imposible hacer sombra a estas descacharrantes píldoras devora-bananas y sus irresistibles monerías. Su ascenso a primera línea dentro de la saga, lejos de perjudicarlos por sobre-exposición y sobre-explotación, no le ha quedado nada grande. Y es que Los Minions no es el subproducto que esperábamos. Está claro que es un proyecto creado para seguir exprimiendo al máximo la gallina de los huevos amarillos, pero afortunadamente, eso no es todo. Detrás de la película (en la que repite Pierre Coffin como director, acompañado de Kyle Balda en lugar de Chris Renaud) hay un trabajo de animación muy cuidado, técnicamente sobresaliente (con un 3D por encima de la media), y un guion que, a pesar de volverse mecánico en su recta final, no se duerme en los laureles, sino que se esfuerza en mantener en todo momento un nivel alto de buen humor y diversión, así como el ritmo acelerado que caracteriza a los personajes.

Encontrando el equilibrio perfecto entre el chiste bobo y el inteligente, con slapstick del bueno para los más pequeños y guiños para el adulto muy bien hilvanados en la trama, Los Minions es una comedia infalible que desata carcajadas y nos deja innumerables frases y gags para el recuerdo. Sin embargo, no sería tan eficaz de no ser por el carisma del trío protagonista. Kevin, Suart y Bob (sobre todo Bob, hay que amar mucho a Bob y estrujarlo hasta que se vuelva morado) nos conquistan con sus desquiciadas correrías y añaden más capas a los Minions, en el fondo seres afanados y leales con mucho amor para dar que nunca encuentran el sitio adecuado donde ponerlo, aquí convertidos en los verdaderos héroes que son ya fuera del cine.

Valoración: ¡BA-NA-NA! (★★★★)

Crítica: Fast & Furious 7

F&F7 Paul

Catorce años, siete películas, miles de millones recaudados en todo el mundo, y la saga Fast & Furious parece que acaba de empezar la carrera. Lejos de mostrar síntomas de agotamiento, Fast & Furious 7 ha pulverizado récords de taquilla (de la propia saga y del mes de abril), como era de esperar. El fallecimiento de Paul Walker el pasado año ha condicionado enormemente la producción y el lanzamiento de la película, pero no seamos malpensados, aquí morbo el justo. El destino de F&F7 estaba ya sellado desde antes del fatídico accidente automovilístico (maldita ironía) del actor. Desde el reboot que supuso la cuarta película, la franquicia no ha hecho más que crecer en todos los sentidos, reparto, ambición y box office, y el taquillazo de F&F7 era un hecho. Vamos, que Universal no cuenta con los derechos de ningún súper grupo de Marvel o DC, pero tiene su propia saga de superhéroes, y esta no tiene nada que envidiar en cuanto a éxito a las demás.

La sexta entrega fue un “más difícil todavía” y con ella, Fast & Furious se alejaba definitivamente de sus orígenes en las carreras callejeras (ya aparecen solo de forma anecdótica) para convertirse en hermana de Los Mercenarios (mejor hecha y más divertida, se entiende). La premisa de las primeras películas se dejaba atrás para convertir F&F en una saga de acción protagonizada por un variopinto grupo de especialistas que cumplen misiones y se enfrentan a enemigos letales. Liderado por Dominic Toretto (Vin Diesel, posiblemente el peor actor del mundo), el equipo ha ido aumentando con las secuelas, y F&F7 se encarga de reunirlos a todos para la misión más explosiva hasta la fecha. No falta prácticamente nadie, Michelle Rodriguez (el nombre completo de su amnésico personaje es Letizia Ortiz, atención al insólito momento en el que lo descubrimos), Dwayne Johnson, Tyrese Gibson, Ludacris, Jordana Brewster, Elsa Pataky (mujer de armas tomar que vuelve únicamente para hacer de canguro), a los que se unen los nuevos fichajes, Nathalie Emmanuel y el mismísimo Kurt Russell; hasta han invitado a Lucas Black, protagonista del spin-off Tokyo Drift, la película peor valorada de la franquicia. Y es que como nos recuerda insistentemente el leitmotiv de la película, lo más importante de todo es la familia, y que esta permanezca unida hasta el final.

Se puede criticar a F&F por muchas razones, pero una cosa que no se le puede reprochar es su consistencia a lo largo de los años. Ha creado un universo coherente (machismo incluido de serie) en el que sus personajes han permanecido fieles a sí mismos a lo largo de las películas. Los vínculos que se han establecido durante más de una década entre estos personajes -probablemente el reparto más diverso del cine actual- han calado en la audiencia, que ya no regresa solo por las espectaculares escenas de acción, las carreras, los cochazos y las tías en bikini, sino por volver a encontrarse con sus viejos amigos. Lo he dicho en muchas ocasiones, llevamos años viendo series de televisión en el cine, y Fast & Furious es el mejor ejemplo de ello. Es difícil que uno se pierda en el argumento de esta nueva entrega, pero es recomendable haber visto la “serie” entera para apreciarlo en su totalidad.

F&F7Además de ser una parte dentro de una macro-historia, Fast & Furious 7 es una película de capítulos. El hilo conductor es el juego del gato y el ratón que protagonizan el equipo de Dom y el villano de la película, Deckard Shaw (Jason Statham), pero dentro de esta trama hay varias subtramas en forma de misiones (o partes de una misión) que funcionan como mini-historias independientes. De esta manera, Fast & Furious nos lleva en un viaje acelerado a lo largo y ancho del mundo con paradas en las que esperan aventuras a cada cual más arriesgada y pasada de rosca que la anterior. Destaca sobre todo el impresionante set piece en Dubai, con el que James Wan tira la casa los coches por la ventana. Literalmente. Si en F&F6 volaban los humanos, esta vez son los propios coches los que desafían a la gravedad (“¿Decías que los coches no volaban?”). Y lo hacen en más de una ocasión, saltando entre rascacielos en el emirato árabe y haciendo skydive (o conduciendo por el aire, según se mire) sobre Colorado. Una chifladura detrás de otra, porque Fast & Furious ha convertido la estupidez en un arte.

Y lo mejor es que todos los involucrados en esta saga lo saben, y lo explotan. F&F7 es un desfase continuo, una película bomba, exagerada, extremadamente ridícula, pero no deja de recordarnos en ningún momento que es consciente de ello, y que si estamos en sintonía con ella, lo podemos pasar teta. Lo más curioso es que no es difícil conectar con esta saga, porque invierte esfuerzo tanto en la pirotecnia como en los personajes y el humor, que sí, es más bien todo tirando a simple (por ser generoso), pero rebosa simpatía -sobre todo esa mole adorable que es The Rock, el mejor fichaje de la franquicia- y sabe cómo montar un buen show. El sentido homenaje final a Paul Walker (cuya ausencia durante algunos tramos de la película se solventa perfectamente) es la prueba definitiva de que Fast & Furious es algo más que una saga de acción. El compromiso y los lazos que unen a su reparto la convierten ya en una institución. Respect.

Valoración: ★★★