Preacher: Predicando una promesa

Preacher 1

Preacher era uno de los estrenos televisivos más esperados de la temporada. Rodeada de mucha expectación, tanto por parte de los fans del género fantástico y los cómics, como de los serieadictos, la nueva serie fantástica de la cadena AMC por fin se ha manifestado en su forma corpórea. Preacher llega para inaugurar por todo lo alto la temporada estival y la cadena tiene muchas esperanzas depositadas en ella, ya que necesita encontrar un éxito que no esté directamente relacionado con su buque insignia The Walking Dead. ¿Conseguirá AMC la repercusión esperada con Preacher? De momento su piloto no tuvo malos índices de audiencia, pero tampoco fueron para tirar cohetes, así que queda esperar a ver si es capaz de atraer a un público fiel, para que el boca-oreja haga el resto. Ingredientes para conseguirlo no le faltan, eso seguro.

Preacher está basada libremente en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon pertenecientes al sello Vertigo de DC, y conocidos en España bajo el título de Predicador. Detrás de la serie se encuentra el tándem creativo formado por Seth Rogen y Evan Goldberg, que cambian considerablemente de tercio después de haber trabajado juntos en numerosas comedias ‘gamberras’, desde Lío embarazoso hasta la próxima La fiesta de las salchichas, pasando por 50/50Juerga hasta el fin. Con Preacher Rogen y Goldberg abandonan el humor fumado y la crisis de los 30-40 para contar la historia de Jesse Custer, pastor de un pequeño pueblo de Texas que regresa a su comunidad después de haberle fallado varias veces y es poseído por un ente demoníaco que lo convierte en un ser todopoderoso.

El piloto de Preacher plantea la historia y los personajes de forma un poco deslavazada y con un ritmo irregular, pero es normal, se trata de un primer capítulo, una introducción a un universo del que todavía nos queda mucho por saber. Y la experiencia nos dice que es preferible que un piloto nos deje con ganas de más a que una serie despliegue todo su arsenal demasiado pronto. De momento se nos ha dado a conocer la premisa y se nos ha presentado a los personajes principales, Custer, un religioso poco convencional interpretado por un Dominic Cooper ‘humeante’ y muy atinado (hemos visto poco, pero de momento parece todo un acierto de casting), su ex, Tulip (Ruth Negga), que tiene la presentación más explosiva (literalmente) del episodio, y Cassidy (muy divertido Joseph Gilgun), vampiro irlandés que aporta el alivio cómico principal de la serie (qué ganas de verlos a los tres juntos en acción). Claro que, además de este trío de ases, el piloto de Preacher nos da la bienvenida a la sofocante Annville, Texas, en la que sus habitantes forman un microcosmos que recuerda en cierto modo a la entrañable Bon Temps de True Blood, y no solo por el acento redneck de Texas, similar al de Louisiana, o el ambiente caluroso del pueblo (aquí árido y asfixiante), sino también por el tono, la violencia y la manera de introducir los elementos fantásticos de la historia. Solo faltan los desnudos y el sexo, pero tiempo al tiempo (aunque mejor no esperar demasiado de AMC en este sentido).

Preacher 2

Está claro que Preacher no aspira a la locura camp de True Blood, pero a juzgar solo por el piloto tampoco se queda muy lejos, postulándose como un pasatiempo veraniego brutal e irreverente, como lo fue durante un tiempo la serie de HBO, solo que mucho más ambicioso y adaptado a la imagen de AMC. La primera hora de Preacher nos deja altas dosis de violencia gráfica, sangre, vísceras y huesos rotos, una llamativa fauna de personajes (qué adorable Caraculo), y mucho estilo en la puesta en escena. Todo lo que cabe esperar de una serie basada en una novela gráfica ‘para adultos’ como Predicador, sin entrar a valorar su grado de fidelidad al material de referencia -algo que debería darnos igual si la serie funciona, y de momento, Preacher funciona. Como decía, la historia da sus primeros pasos de una forma algo caótica, pero esto es habitual en la mayoría de series (especialmente las de esta cadena), que tardan unos cuantos capítulos en enderezarse y encontrar su voz definitiva. Lo importante es que la serie tiene potencial de sobra para enganchar, y su carta de presentación promete un producto muy potente y divertido.

Algo me dice que Jesse Custer va a darnos muchas alegrías, y que la serie nos va a dejar con la boca abierta en más de una ocasión. Si juega bien sus cartas, Preacher podría tener mucha cuerda y convertirse en una serie fantástica imprescindible. Esperemos que sepa aprovechar su materia prima para darnos algo más que shock value y nos deje un producto con el que merezca la pena sermonear a los demás para que lo vean.

True Blood (2008-2014): Descansemos en paz

Sookie y Bill

Sookie: Bill, I’ll never forget you.
Bill: I wish I could say the same,
but I don’t know what happens next.

Al contrario de lo que la mayoría opina, las dos últimas temporadas de True Blood han sido un acierto para mí. La sexta temporada suponía el estreno como showrunner del productor ejecutivo Brian Bruckner, tras la marcha del creador de la serie, Alan Ball. La serie llevaba ya un par de temporadas dando palos de ciego, sin saber qué nos estaba contando (¿lo supo alguna vez?) y rellenando capítulos con las tramas más infames y prescindibles. Así que Bruckner tenía dos opciones: seguir dejando que el caos reinase o intentar que la serie se centrase. Afortunadamente, eligió la segunda opción. Así, la sexta temporada sirvió para hacer reconectar a los personajes y entrelazar sus tramas, hasta ese momento horriblemente desconectadas entre sí, y poner orden al embrollo que Ball había dejado como herencia a Bruckner. La séptima y última temporada ha continuado por este camino, centrándose principalmente en los personajes, dejándolos simplemente hablar, abrirse los unos a los otros (esta vez no necesariamente de piernas), estrechar lazos. Estos últimos diez episodios de True Blood han sido una celebración de Bon Temps, de Sookie Stackhouse y su “familia creada”, y por supuesto, una oda a los que sobreviven.

La temporada final empezó con mal pie, y no fue hasta el cuarto episodio cuando despegó realmente. A partir de ahí, Bruckner se dedicó a dialogar con los personajes, y preguntarles qué esperaban exactamente de la vida, y cuáles eran sus asuntos pendientes y sus sueños. Generalmente, Bruckner los escuchó, y fue dando clausura narrativa a todos los habitantes de Bon Temps a medida que la temporada se acercaba a su fin. Fueron los personajes humanos los que, sorprendentemente o no, nos proporcionaron los finales más emotivos, concretamente Arlene Flower y Andy Bellefleur, secundarios que esta temporada se han revelado como los personajes más consistentes, dos de los pilares más sólidos de True Blood, y que nos han dejado las escenas más hermosas de la serie en mucho tiempo. También Jason Stackhouse, al que le ha tenido que salir una novia casi de la nada para que nos demos cuenta de que en cierto modo ha sido siempre el corazón de la serie. Otros personajes recibieron finales más cómicos, como Ginger -que por fin se sentó en el trono (encima de Eric)-, discretos, como Sam, o más abruptos, como Alcide o Tara -aunque en el caso de la segunda, esta permaneció en la serie como fantasma y antes del último episodio obtuvo su pase hacia el cielo en forma de la reconciliación definitiva con su madre (Adina Porter se merece todos los premios). Por último, la recta final de True Blood recuperó a la mejor pareja de la serie, Jessica y Hoyt, para darles un final feliz -aunque la serie nos tenía reservada una última sorpresa en forma de boda, porque ya sabemos que no hay series finale que valga sin una boda. En todo caso, es evidente que Bruckner ha ido cerrando historias de manera que para el final solo quedaran dos grandes asuntos por resolver: Bill y Sookie y la trama de Sarah Newlin y la New Blood.

Jessica y Hoyt

Y entonces llegamos a “Thank You” (7.10), y comprobamos que esto no era suficiente para construir un final satisfactorio, y que ir despojando poco a poco a la serie de camp para dotarla de mayor dramatismo y, digamos, elegancia, quizás no ha tenido el efecto deseado. Entendemos que para cerrar el ciclo el final se centre en Bill y Sookie, la pareja con la que comenzó todo, pero hace tiempo que a la audiencia dejó de importarle esta pareja, y por tanto hacía falta más. Sobre todo más emoción, más… vida. True Blood fue conocida durante sus siete temporadas por sus altas dosis de sexo y violencia gráfica, y su cualidad de “serie pajillera” por excelencia. “Thank You” (en el que no hay ni una escena de sexo, por cierto) se olvida por completo de esta vertiente de la serie para no distraernos de los personajes; pero es que nunca ha hecho falta desvincularlos de la esencia perturbada y demencial de la serie para hacerlo. El resultado es un episodio final correcto, “humano”, pero terriblemente conservador, insulso y olvidable, algo que una serie como esta no se podía permitir, y en definitiva, lo último que esperábamos de True Blood.

Pero lo más grave de todo no es el hecho de que una serie como True Blood se haya despedido de manera tan sosa y convencional, sino que estos dos últimos años dedicados a recuperar el norte de la historia no han servido para nada, porque al final ha quedado más que evidente que Bruckner en realidad tampoco sabía muy bien hacia dónde se dirigía la historia o qué hacer con sus personajes principales. Para levantar su discurso final en “Thank You”, True Blood insiste en (de manera demasiado evidente) en la idea con la que comenzó la serie: la metáfora entre los vampiros y la otredad oprimida, concretamente los homosexuales (“El estado de Louisiana no reconoce este matrimonio”). Lo utiliza para reforzar la ilusión de ciclo completo, pero en realidad hace mucho tiempo que la serie perdió su sentido del propósito. No hay más que ver el desenlace de Sookie y Bill. Es un detalle bonito y significativo hacer a Sookie la principal representante de esa otredad, incluso por encima de los vampiros, y que acabe aceptando su diferencia, su “monstruosidad”, como parte de sí misma, y no como un inconveniente para llevar a cabo una “vida normal”. Pero las circunstancias y motivaciones para llegar a esta conclusión no podían ser más fortuitas y contradictorias.

Eric y Pam bolsa

Por encima de todas esas incongruencias destaca la absurda petición de Bill, que nos plantea mil y una preguntas y pone en evidencia todos los agujeros de la historia -¿por qué ahora? ¿por qué no se estaca él mismo?, y sobre todo, ¿por qué sus motivos para morir y dejar libre a Sookie no se aplican a Jessica? El “ahora sí, ahora no” antes de que Sookie estaque a Bill en su ataúd solo sirve para retrasar el momento de la verdad y malgastar tiempo que se podía haber empleado en darle aunque fuera una maldita escena a Lafayette, personaje fijo desde el principio, que no tiene diálogos en el episodio y solo aparece en el plano grupal durante la comilona de la escena final. Es indignante e inexplicable que después de todo este tiempo, el personaje no reciba el cierre que merece.

Lo mismo, aunque de manera menos lacerante, ocurre con Eric y Pam, sin duda los personajes favoritos de la audiencia, cuya historia termina completamente descolgada de la del resto. De acuerdo, siempre fueron a su bola. Claro que no nos los imaginamos a la mesa junto a los habitantes de Bon Temps, y nos alegra saber que seguirán siendo socios (y algo más) durante el resto de su eternidad (“Oh, I am so fucking with you”), pero qué menos que una última escena entre Eric y Sookie (¿quizás una visita final de la Stackhouse a Fangtasia? Seguro que habría tenido más emoción que la última secuencia con Bill). Ya no es que nos hiciera ilusión ver a Sookie y Eric juntos una última vez, es que era necesario. Agentes externos y una mala gestión narrativa han dado como resultado un desenlace enormemente desestructurado e inconcluso, un episodio que dedica demasiado tiempo a algunas escenas que podían y debían haber durado menos (la despedida de Bill y Sookie, la boda de Jessica y Hoyt, Sarah Newlin en el sótano), en detrimento de otros personajes, impidiendo así la sensación general de final de serie.

True Blood cena

Sorprende que una serie que se ha caracterizado por su gran compromiso con el fan service (nos ha dado todo lo que queríamos y más, sobre todo en cuanto a escenas cochinas) no sea capaz de superar los problemas de incompatibilidad de agendas (al parecer, Skarsgard y Bauer no estaban disponibles para grabar escenas a la vez que el resto de actores) y no sepa exactamente qué hacía falta para dar un final satisfactorio a sus fieles seguidores, a los truebies que han permanecido “true to the end“. No me malinterpretéis, no hay nada que me guste menos que un final que atiende mucho más a las necesidades del espectador que a las de la propia historia y los personajes. El problema es que el de “Thank You” no es ninguno de los dos casos. Es un final en teoría adecuado, un final feliz, pero no un final estimulante, es el final de otra serie, no el de True Blood. Y si por algo se ha caracterizado esta serie, además de por ser una de las más inconsistentes de la televisión, es por saber estimularnos, de todas las maneras. “Thank You” es un trabajo desganado, desapasionado, agridulce (en el mal sentido), una chapuza que ha dejado a muchos completamente indiferentes (solo el plano que cierra esta entrada logró provocar reacciones) y a otros enfurecidos tras siete años defendiendo lo que para muchos era indefendible. En fin, como suele ocurrir en estos casos, quedémonos con lo bueno que nos ha dado True Blood, es decir, las horas incontables de despelote, gore y exceso que han amenizado nuestros veranos. Por lo demás, echemos tierra por encima de este final y descansemos en paz.

True Blood (2008-2014) RIP

Ginger es el corazón (y los pulmones) de True Blood y la séptima por fin arranca

Ginger Pam

Nos estábamos empezando a preocupar mucho. La última temporada de True Blood estaba siendo todo lo contrario a lo que debería ser la temporada final de una serie como esta, o de cualquier serie que ha estado con nosotros siete años. La de Alan Ball siempre ha sido una serie altamente irregular, pero tras una sexta temporada sorprendentemente centrada y bien orientada hacia la recta final, uno esperaba de esta última entrega un poco más de pasión y emoción, un poco más de épica. En su lugar hemos obtenido tres primeros episodios más bien desganados, mediocres, y muy olvidables de no ser por las anticlimáticas muertes que más que conmover o impactar a los fans, los han enfadado por lo deprisa que han ocurrido -aceptamos que por ser la última temporada tengan que caer tantos, pero no de esa manera- y porque no han hecho justicia a los personajes fallecidos. Ah, y este tramo inicial de la temporada también nos ha dejado una de las escenas más memorables de toda la serie, el encuentro erótico de Eric y Jason, un acto de fan service total, gratuito hasta para ser True Bloodpero oye, que no me estoy quejando, que conste. A lo que iba, el caso es que mí ya se me ha olvidado todo lo demás.

Bill 7x04

Todo esto cambia en el cuarto capítulo, “Death Is Not the End“, con el que por fin arranca de verdad la última temporada. Las muertes de Tara, Alcide y la Sra. Fortenberry (además de otros personajes menores) han ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, sí. Pero ese no es el problema en realidad (deberíamos estar acostumbrados a que los personajes desaparezcan así), sino todas las circunstancias que las rodean y en general la poca pasión con la que se han acometido. Pero llegados a “Death Is Not the End”, y ya desde su prólogo (que aporta la clausura necesaria), nos damos cuenta de estas muertes no han sido en vano (también narrativamente hablando), que su impacto en los habitantes de Bon Temps, y en especial en Sookie Stackhouse, ha servido como catalizador, para hacerles caminar entre el fuego y adentrarse en la batalla sin pensar en las consecuencias. Ya lo dice el título del capítulo, “la muerte no es el final”. Pero para estos personajes, si lo fuera, no pasaría nada, siempre que esta llegue mientras están luchando. El resultado: Un capítulo intenso y relevante que conjuga humor, drama, acción y camp como mejor se le ha dado siempre a esta serie.

Lafayette Jessica

Pero no todo en “Death Is Not the End” es destacable. No sería un capítulo de True Blood sin sus escenas de relleno, y sus subtramas injustificadamente estiradas. Sobran completamente las escenas de Jason y Sam, y en concreto la interminable secuencia en la que visitan a Rosie (who?) para decirle que su marido, Kevin (who?), ha muerto. No podría importarnos menos, y no podría aportar menos a la historia. Si nos quitásemos esas escenas, y ya de paso a Willa (incluso un poco de Jessica), podríamos tener capítulos de 40 minutos, que le habrían venido muy bien a esta serie. En fin, menos mal que tenemos a Sookie, a quien la muerte de su novio (al que nunca quiso tanto como él a ella) le ha empujado a tomar el mando para rescatar a Arlene. Amiga, estratega y líder, Sookie vertebra este episodio, yendo de casa en casa (con esa camiseta roja enorme y esos pelos de no ducharse en una semana) ayudando a cerrar heridas, a recapacitar, y a quitarles la tontería a todos para que se unan a ella en la operación rescate, o para simplemente dejen de ser un estorbo. Es la hora de la verdad, y no se puede estar perdiendo el tiempo en la cama.

Sookie Eric 7x04

Los dos principales apoyos para Sookie son Bill y Eric. Con el regreso del vampiro vikingo, la Stackhouse vuelve a encontrarse en el centro del triángulo amoroso más importante de True Blood. Pero cuando comparamos sus escenas con uno y otro nos damos cuenta de que el triángulo no es equilátero. Aunque siga sintiendo algo por Bill, es Eric el que la convierte en enferma de amor. A Bill le ofrece su sangre para que este reponga fuerzas de cara a la batalla, y le dice “solo es comida”. Lo suyo queda muy atrás, y aunque haya residuos de aquel gran romance, Sookie no pertenece a Compton. Con Northman es distinto. No hay más que verla cuando este aparece ante sus ojos. Ella apenas se puede controlar (ni quiere), y se precipita a sus brazos demostrando que el vínculo que la une a Eric es más profundo e incontrolable. Sin embargo, Sookie tampoco es de Eric, Sookie no pertenece a nadie. Si algo está aprendiendo después de todo este tiempo (y sobre todo después de la muerte de su novio-por-no-estar-sola) es a valerse por sí misma, a descubrir el alcance de sus poderes (no solo los mágicos), a tomar la iniciativa cuando es necesario, y a no ser una víctima. En el anterior episodio vimos a Sookie silenciando las voces que insistían en condenarla por sus errores, por su “asociación” a los vampiros. En “Death Is Not the End” la vemos elevarse por encima de todo y de todos, y ponerse al frente desafiando a su vieja amiga, la muerte, como haría una verdadera heroína.

Arlene Sookie

Los últimos diez minutos de “Death Is Not the End” son True Blood en estado puro. La operación rescate se convierte en un baño de sangre hepática y vísceras en el que, por primera vez este año, tememos de verdad por la vida de los personajes. Y lo mejor de todo es que ninguno de ellos muere en la batalla. Demostrando que no hace falta cargárselos como moscas para transmitir esa sensación de fatalidad apocalíptica. Basta con hacernos creer que un personaje querido podría pasar a mejor vida para ponernos al filo de nuestro asiento. Es lo que ocurre con Arlene, que con el paso de los años, y sin hacer nada especial ni poseer ningún poder sobrenatural, se ha revelado como uno de los pilares de la serie, y una de las mayores constantes en la vida de Sookie. La escena en la que Sookie pide socorro para salvar a su amiga es la más potente de lo que llevamos de temporada, gracias sobre todo a la interpretación de estas dos mujeres. Además, nos da el último cameo del episodio, Terry Bellefleur, después de otros estupendos homenajes a personajes del pasado, que vuelven para contribuir a ese cierre de ciclo que toda serie longeva debe realizar: Hoyt Fortenberry (Jason le dice “Bubba” y yo me quiero morir) y the Magister, que nos remite directamente a la primera temporada.

Ginger 7x04

Y a pesar de todo este torrente de emociones, lo mejor de “Death Is Not the End” no es su excelente clímax, sino los flashbacks que salpican el episodio de humor, y nos dan a conocer más sobre la historia de los personajes más enigmáticos, magnéticos e interesantes de True Blood: Eric y Pam. Y por extensión, de la mayor diva de la serie (con permiso de Lafayette), el verdadero corazón (y sobre todo los pulmones) de True Blood, Ginger.

A medida que el fin se acerca para Eric, tanto él como su progenie se están ablandando. Y no hay nada mejor que Eric y Pam demostrándose lo mucho que se quieren, algo que beneficia mucho a la serie en general. Los flashbacks de “Death Is Not the End” nos cuentan “La historia de Fangtasia“, y abarcan desde 1986, cuando the Magister convierte a los dos vampiros en regentes de un videoclub local (bravo, bravo, BRAVO) hasta 2006, cuando Ginger tiene la idea de convertir ese palacio del VHS en un palacio de verdad: Fangtasia, la fortaleza de los vampiros en Shreveport (genial Pam lloriqueando: “I hate Shreveport”) con su gran Rey Vikingo Eric Northman sentado en el trono. Con estas fantásticas escenas se brinda homenaje a uno de los personajes recurrentes más divertidos de la serie, y se hace dándole no solo un pasado de lo más jugoso -Ginger como nerd ochentera fan del cine de vampiros y como lolita punk es de lo mejor que me ha dado la serie en estos siete años-, sino otorgándole, en retrospectiva, gran peso en el universo de la serie. Nadie se merecía esto más que ella. Y lo más curioso es que Ginger no grita en “Death Is Not the End”. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Tara Buck, lo ha compensado con este genial agradecimiento a los fans de la serie por estos siete años de amor hacia la camarera asustadiza del Fangtasia y hacia esa música celestial que son sus chillidos de terror. Te queremos, Ginger.

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

True Blood 6.09 “Life Matters”

El noveno episodio de la sexta temporada de True Blood nos ha dado todo lo que nos hizo enamorarnos de la serie hace ya unos cuantos años. Y mucho más. De acuerdo, quizás lo único que faltó fue algo de desnudez (no cuentan miembros viriles no pegados al cuerpo), pero en los demás aspectos “Life Matters” nos devolvió por completo la ilusión por una serie cuyas anteriores temporadas nos habían desencantado. La sexta temporada se confirma así como un nuevo comienzo para la serie de Alan Ball, haciendo que nos preguntemos si quizás habría sido mejor que se hubiese marchado mucho antes.

Como seguidores de True Blood, estamos más que acostumbrados a recibir una de cal y otra de arena. Finales impactantes para rematar episodios soporíferos, el mayor número de personajes de relleno que hemos visto en una serie contra fan favourites que por sí solos merecen la pena cualquier suplicio. Pocas series adolecen tanto de un desequilibrio e inestabilidad tan evidente. Pero pocas tienen la capacidad de hacer saltar los ojos de las órbitas como True Blood. Con “Life Matters” se nos demostró que aun hay mucha vida en la serie, que todavía podemos ilusionarnos con ella, emocionarnos, gritar, reír y torcer el morro ante las escenas más bizarras y excesivas que se pueden ver en televisión. En definitiva, “Life Matters” nos recordó por qué True Blood Matters.

Y si True Blood ha arreglado con maña el entuerto que dejó la(s) anterior(es) temporada(s) -fantasma humeante de la guerra, no te olvidamos, aunque queramos- es gracias a que por fin se está haciendo caso al fan que lleva años quejándose de lo que no funciona en la serie. Lo dicho, a ver si va a resultar después de todo este tiempo, que lo mejor que le podía ocurrir a True Blood es que su creador delegase sus responsabilidades como showrunner en otro. Brian Bruckner, que lleva desde la primera temporada como productor y guionista, estaba esperando su turno para poner orden en la serie.

Así, para esta temporada, Bruckner se ha deshecho de algunos de los eslabones más débiles de la serie. Ha reducido la presencia por capítulo de los lobos y los cambiaformas (aunque sigue siendo demasiada, todo hay que decirlo), y ha realizado una interesante purga de personajes. Todo para cumplir con los planes en su agenda: “Corregir la desproporción entre humanos y seres sobrenaturales, y situar a todos estos personajes que viven en el mismo lugar bajo una sola trama y una sola amenaza”. A la irritante Nora, hermana de Eric, se le ha unido recientemente en el Más Allá Terry Bellefleur. “Life Matters” es a la vez panegírico para despedirse de uno de los pocos personajes humanos de la serie, a la vez clímax desquiciado en el que se descarga toda la artillería pesada, como si de un capítulo 9 de Juego de Tronos se tratase. Al fin y al cabo, esta temporada de True Blood cuenta con tan solo 10 episodios, como el otro exitazo de HBO, y visto lo visto, este recorte se revela como otra gran decisión.

En “Life Matters” no hay un solo minuto de descanso. Ni siquiera los numerosos flashbacks recordando a Terry interrumpen la fluidez del relato, como sí suelen hacerlo las escenas descolgadas de humanos y otras especies no vampíricas. Las secuencias son más cortas, están mejor intercaladas, interrelacionadas, y por fin obtenemos la tan preciada y necesitada sensación de unión y cohesión. Nada de veinte tramas sin conexión y personajes desperdigados. Todos convergen por fin en dos frentes. Por un lado los habitantes de Bon Temps reunidos para el funeral de Terry. ¡Qué alegría volver a ver a Lettie Mae Thornton, a Jane Bodehouse y a la señora Fortenberry, y además tener noticias de Hoyt! Y por otro todos los vampiros de la serie apelotonados en el Vamp Camp, liberados al fin por un Eric que es una versión viciosa y sanguinaria de la Dark Willow de Buffy. Pam, Tara, Jessica & co. danzan arrebatadas por el éxtasis de Santa Billith, como salidas de una escena de The Wicker Man o una película de Rob Zombie, después del mayor Vísceras-Fest de la historia de la serie. Una gozada. Resulta algo extraño entrelazar lacrimógenos discursos funerarios con desmembramientos varios, pero sorprendentemente funciona.

Bravo, bravo, bravo. Por dejar a la demencia y la libertad apoderarse del relato como no ocurría desde los tiempos de las orgías de Maryann. Por devolvernos el verdadero espíritu de Bon Temps y conseguir que entendamos -aunque sea por un momento- la importancia de los personajes humanos en la serie. Por la inconmensurable Sarah Newlin, el personaje revelación de la temporada, y su emocionante confrontación ¿final? con Jason. Pura catarsis. Por Tara disparando una metralleta. Por Anna Paquin volviendo a merecerse el Emmy. Por el gore más brutal (ese pene estirpado, ¿lo enseñarán? ¿no lo enseñarán? ¡TOMA PENE!). Por cumplir la promesa de devolver la serie a sus raíces. Y finalmente, por un humor en absoluto estado de gracia. No recuerdo haberme reído tanto con un episodio de True Blood en años. Resumiendo: “¡¡¡Te quiero… Jason Stackhouse!!!” ¡¡Te amo… True Blood!! Y sobre todo: AaaaaaaaAAAAAAAHHHHHHHH!

True Blood: Chaos Reigns

Hace dos domingos, un previously on nos recordaba qué es exactamente True Blood. O más bien, qué no es. Desde luego, la serie sobrenatural de Alan Ball no es un producto televisivo al uso. En ese interminable repaso a la anterior temporada, las imágenes se agolpaban sin orden ni concierto, acentuaban el caos narrativo que es la serie y hacían que nos diéramos cuenta (una vez más) de que no tenemos ni idea de dónde viene ni adónde va True Blood. Comienza la quinta temporada y la serie mantiene su inquebrantable compromiso con la locura y el sinsentido. Esa siempre ha sido una de las mayores virtudes de True Blood. Todo vale y vuestros estómagos deberían saberlo desde hace tiempo. Sin embargo, es inevitable que este desconcierto aturda de vez en cuando al espectador, que por mucho que se deje llevar y esté más que dispuesto a aceptar este lo-que-sea, a veces se plantea cuál es el propósito de todo esto. De acuerdo, nos está bien merecido, y aceptamos nuestro castigo incluso con placer sado. Normalmente nos dejamos llevar. No necesitamos coherencia ni instrospección, tenemos casquería gruesa y culos prietos. Pero si hay algo que no toleramos en True Blood es el aburrimiento. Y en ese sentido, esta quinta temporada no podría haber comenzado peor.

Los desequilibrios entre las mil y una tramas que conforman la serie son mayores que nunca. Mientras que la pantomima vampiresca nos sigue otorgando grandes momentos pasados de rosca y el romanticismo más esperpéntico y jocoso, se insiste en anestesiar al personal con las historias de otras especies monstruosas, y, horror, las de los humanos. Si saneásemos cada capítulo de True Blood eliminando las tramas que sobran, nos quedaría algo mucho más decente. Sí, los episodios durarían 10 minutos, pero así no habría tiempo para dormirse. No nos importa la adicción del sheriff Andy, ni su relación con la camarera. Desde que Jason se lió con Jessica, sus escenas con Hoyt se reducen a “Bubba, perdóname” y “Que te jodan”. Pereza. Y por el amor de Dios, que alguien me golpee la cabeza cada vez que aparecen los lobos y los cambiantes. Sam y Alcide están plenamente inmersos en una historia paralela a la de los vampiros, totalmente descolgada del relato central -si es que uno hubiere. Y por si no fuera suficiente con los insípidos protagonistas de esta subtrama, ahora también entra en juego la suegra de la novia de Sam. Anestesia natural. Y casi se me olvida el matrimonio Bellefleur. ¿A alguien le importa el turbio pasado militar de Terry? Pues eso.

De los dos episodios emitidos hasta la fecha, me quedo con la festiva afectación que siempre ha caracterizado a los galanes de True Blood. Bill y Eric, Fuckup 1 y Fuckup 2, son la pareja perfecta, y va siendo hora de que se den cuenta y hagan algo al respecto. Eso sí, a medida que Bill pasa a segundo plano (lleva un par de temporadas, o bueno, toda la serie, como un animalito castrado), el bombón nórdico sigue ganando en carisma y presencia -acabamos de verlo tirarse a su hermana, quizás eso influya. Ante la Autoridad, Bill agacha la cabeza y mira de reojo, Eric mantiene la barbilla bien alta. Es más, se permite gastar los peores chistes del mundo con la mayor asertividad, completamente sereno: “Estoy intentando mantenerme alejado de la política”. No te precipites, Eric. La que promete ser la trama central de esta temporada está aún en fase de génesis. El trasfondo político y religioso puede dar mucho de sí. Y, por Lilith, esperamos que así sea.

Pero sin duda, hoy por hoy, lo mejor de True Blood, son sus divas. La primera de todas, la gran Pam de Beaufort. Gracias a ella, True Blood conserva el espíritu burlón y autoconsciente que suele darnos las escenas y las frases para la posteridad. Ver a Pam en chándal de Walmart compensa todo. “Authority Always Wins” indaga por fin en el pasado del personaje, en lugar de utilizarla para dos chascarrillos y relegarla a segundo plano, como de costumbre. Ese es el camino a seguir. Necesitamos más Pam. True Blood necesita más Pam. Pero hay más divas en la serie, aunque la mayoría están ‘en construcción’. La despendolada Jessica ha pasado a personificar el aspecto más camp de True Blood -ahí es nada- con su particular rebelión adolescente; Tara vuelve como vampira y, quién sabe, una vez atravesada su fase animal quizás deje de ser insoportable; mi opinión sobre Sookie me la reservo para otro momento -debo ser uno de los pocos que defienden a esta irritante paleta. Y sobre todo, y mientras esperamos que la Reina Russell Edginton haga su comeback, Steve Newlin es la diva enamorada que se lleva nuestros aplausos más enérgicos. “I am a gay vampire American”. Anímate, Jason, que ya las has probado a todas. ¿Es tanto pedir que True Blood sea así todo el tiempo?

True Blood, "I’m Alive and on Fire" (4.04)

 

Alguien me decía hace poco que en esta nueva temporada de True Blood se están cortando mucho más, que no hay tantos desnudos como antes. Espero que después de ver este episodio haya cambiado de parecer. Eric lleva tres episodios sin ponerse una camisa, y Alcide regresa -esta semana sí, el episodio pasado no cuenta- por todo lo alto, con un prolongado y agradecido plano de despelote. Una hipnotizada Sookie Stackhouse se tiene que dar la vuelta antes de que el hombre lobo se quite los vaqueros -va en plan comando, claro-, pero nosotros tenemos permiso para quedarnos a verlo. Bravo por la gratuidad de la escena. ¿Para qué esconder su naturaleza? Es más, ¿se puede usar el término ‘gratuito’ hablando de esta serie? Si es un calificativo que ya de por sí me resulta innecesario y estúpido, aplicado a True Blood pierde todo su sentido.

Otra persona me decía que en estos episodios no está pasando nada. Es posible que este cuarto capítulo haya constituido un pequeño bajón de ritmo y calidad con respecto a los anteriores. Si bien no podemos decir que en “I’m Alive and on Fire” no ha ocurrido nada, sí podemos afirmar que lo que ha ocurrido no ha sido tan interesante y, sobre todo, tan divertido como lo anterior. Además, se habría agradecido si se hubiera contado en menos tiempo. Parece que nos adentramos en un tramo de receso narrativo en el que la sensación de transición se potencia. Sin embargo, esto no es razón para que los guionistas se echen a dormir. Pam podría haber dado mucho más de sí ante Marnie; la trama de Arlene pasa de ser una chorrada divertida a una tontería suprema; las escenas que nos dan a conocer mejor a Luna y su drama familiar son perezosas y prescindibles; Tara, Lafayette y Jesús se han pasado el episodio diciendo “hay que hacer algo, no tenemos tiempo”. Más de la mitad de “I’m Alive and on Fire” transcurre sin pena ni gloria, a través de breves escenas que profundizan en algunos personajes que no nos interesan -la mencionada novia de Sam, o la de Alcide, por ejemplo. Pero sigue quedando tiempo para buenos momentos.

Uno de los aspectos más positivos del episodio -con permiso de Alcide- es que la trama de Jason, o al menos su primera parte, haya concluido al fin. La cautividad del hermano de Sookie se estaba prolongando en exceso y no daba mucho más de sí. Jason se escapa de Hotshot gracias a una de las niñas del poblado, a la que convence de que debe esperar al chico y el momento ideal para perder la virginidad. Un mensaje conservador que chirriaría sobremanera de no ser porque lo escuchamos en una escena en la que una niña está a punto de ser inseminada por un hombre atado y violado en un ambiente enormemente insalubre, con el propósito de preservar una especie de hombres-pantera. Jessica y Hoyt encuentran a un Jason moribundo en la carretera, y la vampira le hace beber sangre. Esto probablemente sea el comienzo de una muy jugosa nueva trama. Quizás deberían hacer lo mismo con el resto de historias, y darles un empujón a modo de golpe de efecto o giro que abra nuevas direcciones a seguir por los personajes. Es tal vez lo que ha ocurrido con la de Tommy, capturado por su madre y su padrastro. Todo apunta a que podría ser la trama de rapto sustituta de la de Jason, además de dejar claro que Alan Ball sigue empeñado en mostrarnos la cara más deformada y sucia de la América profunda, la de los paletos descerebrados y el salvajismo enraizado en la fe y los lazos familiares.

Actualmente, Sookie y Eric siguen siendo lo mejor de True Blood. El dúo no resulta tan hilarante como en el episodio anterior -claro que también tienen menos presencia- pero protagoniza momentos memorables que siguen sacando buen partido de su química, para hacernos reír (Sookie: “Did you just pinch my butt?) o para enternecernos (Eric: “If you kiss me, I promise to be happy”). Eso sí, al igual que Buffy pertenecía a Angel -por mucho que a los fans de Spike nos duela-, Sookie es de Bill -por mucho que a los fans de Eric nos duela. Y cuando el vampiro aparece en casa de Sookie buscando a Eric, ella no puede esconder la emoción por volver a verlo. Sin embargo, si Bill pretende recuperarla, no ayuda haber dudado de la honestidad de su ex prometida -aunque ella lo merezca-, y mucho menos haberse estado tirando a su su tatara-tatara nieta. La semana que viene, con suerte, seguiremos asistiendo al acalorado baile de Sookie entre los brazos de esos tres señores. Bill, Eric, Alcide: Paquin, cómo te estarás poniendo.

True Blood, "If You Love Me, Why Am I Dyin’?" (4.03)

Con tan solo tres episodios emitidos, la cuarta temporada de True Blood ya es mejor que la anterior. Uno de los mayores aciertos de la tercera, Russell Edgington, es por suerte el mayor resquicio de las tramas pasadas. Las consecuencias de su ida de olla en televisión -sin duda uno de los momentos más inolvidables de True Blood– cimentan el arco general de la temporada, que nos muestra cómo el acto terrorista/travesura de Edgington ha hecho mella en la sociedad y ha potenciado enormemente el odio y el terror a los vampiros por parte de los humanos. Por tanto, los años de esfuerzo del lado de los vampiros asimilacionistas se van al garete, y ahora es más difícil que nunca convencer a la población de que los fangs son capaces de convivir en armonía con los humanos. Para ello, existen leyes dentro de la comunidad vampírica, y penas extremas por saltárselas. Como vemos en el episodio de esta semana, Bill es ahora el responsable de aplicar estas penas. Que el rey de Louisiana advierta a su antigua protegida, Jessica, de que no evitaría su ejecución de no cumplir con la ley demuestra lo lejos que están dispuestos a llegar los vampiros para ser aceptados por una sociedad que los rechaza por sistema. Como ya vimos en “You Smell Like Dinner” (4.02), los altos mandos ya han puesto en marcha un plan para paliar los efectos del Edgington-gate.

Sin embargo, lo más importante del episodio no es esto, sino la divertida y enternecedora relación entre una cada vez más cínica e implacable Sookie -sus brotes violentos son fascinantes- y un desamparado Eric, que deambula como un niño gigante tras el embrujo de Marnie -que, contrario a lo que yo teorizaba, no lo ha resucitado, aunque aún no está claro lo que ha sucedido. Eric es la imagen de la inocencia inadulterada, al menos hasta que saca los colmillos -pide perdón por ello, como por todo, y nosotros nos lo queremos comer- y a Sookie está claro que le gusta, le gusta mucho, y no puede ocultar su expresión de ternura y/o calentura cuando lo mira -le hace cosquillas al lavarle los pies y todos suspiramos al unísono con Sookie. Por fin se está explotando una relación que llevaba tiempo destinada a convertirse en una de las favoritas del universo True Blood. La química entre ambos es innegable, y lo que es mejor, forman un dúo cómico brillante. Ejemplos: “I know I’m a vampire, Snookie!” (Snookie>Sssssokie); “Don’t step on the rug!”) No obstante, ella sigue empecinada en que no será propiedad de Eric, pero cada vez lo dice con la boca más pequeña. Para proteger a Spike Eric ahora que es inofensivo, la Stackhouse acude a Alcide, quien ha vuelto con su antigua novia, la adicta al V, presuntamente rehabilitada. Sookie, visiblemente decepcionada -vaya, que es muy transparente la chica- retira su grito de ayuda y se marcha. En mi salón se pudo oír “¡Quítate la camisa ya!” y “¿qué sentido tiene que salga por fin Alcide si no se va a despelotar?” Pues eso.

Los shapeshifters paletos resultan ser una comunidad basada en el mito y la leyenda y nos cuentan la historia de sus antepasados, de unos tales Ghost Dad y Ghost Mom -o algo así, qué más da-, y de cómo necesitan un nuevo Papá para preservar su orgullosa estirpe. Todo esto envuelto en un halo de Matanza de Texas que podría perturbar y fascinar -es lo que pretende-, pero simplemente aburre. Además, la demencia de Crystal se me antoja absurda hasta para los cánones de True Blood. Solo la escena en la que Jason se despierta con la loca cabalgando sobre él y las paletas haciendo cola para ser inseminadas -una de ellas lleva un ramo de flores, adorable- logra impactar mínimamente.

Los demás personajes es lo que ocurre entre acto y acto protagonizado por Eric y Sookie: Sam y Tara se reencuentran, y él flirtea con ella sin saber que se ha cambiado de bando -Tara feliz y amable me da escalofríos. Tommy, el hermano de Sam -que empieza a despertar los instintos primarios de los espectadores más cachondos, como antes no estuviera bueno-, quiere aprovecharse de Maxine Fortenberry, para quien el chaval es un sustituto de su hijo, o una pieza más de su colección de muñecas, según como se vea. Sam se encarga de hacerle revisar su moral, algo que no servirá para nada, claro. Marnie -fabulosa Fiona Shaw- se las basta solita para invocar al más allá, lo que traerá consecuencias desastrosas sin duda. Pam y su hombrera, ambas cada vez más grandes. Nos conmueve enormemente la sumisión absoluta hacia su maker, Eric -a quien obedece ciegamente, por mucho que le cueste, por ejemplo, sonreír a Sookie. Lafayette acaba otra vez en el sótano de Fangtasia a merced de Pam -lágrimas de emoción y risas locas al ver de nuevo a la camarera que grita. Y volvemos, para terminar, a Eric y Sookie. El hada madrina de la camarera reaparece para llevársela, pero el vampiro lo evita al matarla. “If You Love Me, Why Am I Dyin’?” concluye como había comenzado, explotando la vis cómica de la pareja, con un breve diálogo para la posteridad:

Sookie: You just killed my Faerie-Godmother!
Eric:

True Blood, "You Smell Like Dinner" (4.02)

 

Esta noche tenemos nueva dosis de sangre fresca, y antes de consumirla y perder los sentidos, permitid que os cuente mis impresiones sobre el episodio 4.02 de True Blood. He oído y leído varias opiniones que coinciden en señalar que “You Smell Like Dinner” es más divertido y ágil que el estreno de la semana anterior. Es posible, sobre todo si tenemos en cuenta que “She’s Not There” servía de introducción a un gran número de nuevas tramas, y que la acción en True Blood suele necesitar de un calentamiento previo. Sin embargo, creo que ambos episodios dan la talla con creces, y cubren de sobra, y por igual, las garantías de la marca True Blood.

Los cambios tras la larga ausencia de Sookie en Bon Temps no tardan mucho en ser asimilados. Es más, ya desde el segundo episodio se comienzan a rellenar los ocho meses que han transcurrido desde el final de la tercera temporada. Y como no podía ser de otra manera, los flash-backs no se hacen esperar. Bill Compton protagoniza los de este episodio, que nos cuentan detalladamente cómo llegó a ser rey de Louisiana. Y ya de paso nos dan a conocer un poco más a Nan Flanagan, la portavoz de la American Vampire League, y un personaje al que se debería sacar mucho más jugo. La doble moral de Flanagan no es mucho menos reprochable que la de los anti-vampiros, y sin embargo, hay algo en ella que me gusta, y que me haría darle mi voto en cualquier elección. En un flash-back en el que Bill se disfraza de Spike punk (Buffy), presenciamos cómo la portavoz se garantiza la participación del vampiro en su plan -Bill, de naturaleza menos violenta y viciosa de lo normal en su especie, es perfecto para la burocracia. Flanagan pretende tambalear los cimientos de la población vampifóbica desde dentro y así lograr la verdadera asimilación de los vampiros en la sociedad. Sus métodos son cuanto menos dudables. Pero al menos su objetivo es honorable -o eso parece. La muerte de la anterior regente de Louisiana coloca a Bill en el trono. Sophie-Ann muere durante un breve flash-back. ¿Se le ha dado la muerte que merecía el personaje? Probablemente sí. Es True Blood. La gente muere de repente. Y muere mucho. No hay por qué hacer un acontecimiento de ello.

Esas son quizás las escenas más centrales del episodio a lo que probablemente será el arco argumental más importante de la temporada. Pero no hay desperdicio alguno en el resto de subtramas. Tara regresa a Bon Temps, más segura de sí misma, en control absoluto de sus brotes violentos y su carácter conflictivo -canalizado a través de la lucha en jaulas, no lo olvidemos- y con el pelo muy largo -intentemos juntos borrar a la Tara champiñón de nuestras mentes. Sookie, que tiene demasiadas cosas en la cabeza, pero a la que no le falta educación, se da cuenta, y se alegra por ella. Sin embargo -y esto puede ser algo completamente personal- la química entre ambas es nula. Sus escenas siempre me parecieron forzadas y antinaturales, y su reencuentro en este episodio me parece una buena muestra de ello. No ocurre así con Lafayette, con quien Tara funciona mucho mejor. El recién descubierto mago asiste a su segunda reunión de brujería acompañado de su novio y su prima. En ella, la señora Marnie -probablemente el personajazo de la temporada, la loca más loca de entre los locos-, pretende resucitar a un humano. De nuevo, Tara, sin comerlo ni beberlo, se ve metida de lleno en serios problemas con el mundo de los muertos. Como en el episodio anterior, Lafayette vuelve a desatar el gran poder que lleva dentro. Si en Buffy la magia de Willow iba cobrando fuerza progresivamente, en True Blood no hay tiempo para mover máquinas expendedoras de chocolatinas con la mente. Nos saltamos un par de temporadas de evolución de personaje, y nos vamos directamente a resucitar a los muertos. Y oye, ¿por qué no?

Hoyt y Jessica están viviendo su (500) días juntos particular. Y ya están en la parte chunga. Hace unos meses, si Jessica le hubiera pedido las llaves a Hoyt, este se las habría dado con la boca y a cuatro patas. Si se las pide hoy, las deja caer, sin ni siquiera mirarla a ella, y si se caen al suelo, no se molesta en recogerlas. Y ella, donde antes veía pureza, amor y compromiso, ahora ve irracional rechazo a su especie. Jessica busca motivos para marcharse a Fangtasia a seguir el consejo de Pam, y los encuentra. Hoyt tardará poco en quejarse de la risa tonta de Jessica. Y Jessica le dirá pronto a Hoyt que odia su corte de pelo.

Por último, Sam y su hermano llegan a un acuerdo -en bolas, gracias- con el que dar una oportunidad a su relación fraternal. Por su parte, Sam tiene una nueva novia -¡es papi de L Word!-, y se supone que nos tiene que resultar misteriosa e interesante, pero me da la impresión de que solo se lo parece a Sam. Arlene sigue obsesionada con la heredada naturaleza
homicida de su bebé -risas garantizadas-, pero en este episodio empezamos a considerar la posibilidad de que quizás Arlene tenga razón después de todo. Fuera de Bon Temps, Jason sigue secuestrado. Lo que gusta un secuestro en True Blood, y lo que tarda el personal en echar de menos al secuestrado. Crystal revela a Jason por qué está atado en la cama -con la camisa abierta, gracias-, y lo que sigue es una de las escenas más desconcertantes de lo que llevamos de serie: dos panteras cortejando -como felinos que son, a mordiscos- al hermano de Sookie. Y mientras, ella ajena a todo esto. Porque bastante tiene con que Eric Northman ande detrás de ella para hacerla suya, oficialmente. Sookie duda -más motivos para que la gente siga odiándola y llamándola tonta-, y sin embargo, las circunstancias pueden ayudarla a tomar una decisión. La sesión de espiritismo de Marnie parece haber devuelto a la vida a Eric, a quien Sookie encuentra -sin camiseta, gracias- como si del Spike (de nuevo, Buffy) con alma de la séptima temporada se tratase. Después de todo, quizás ahora sea Eric el que deba refugiarse bajo la protección de Sookie, y no al revés. Teniendo en cuenta la cara de decepción, e incluso cierre, de Sookie al visitar a un poscoital Bill -gracias por enseñarnos el culo en el “durante”- en su nueva mansión, el romance está garantizado.

Y a modo de posdata, Pam de Beaufort. Es decir, ¡PAM! Y una sola frase: “Are we girls now?” Pam for President. Pam for Queen!

True Blood, "She’s Not There" (4.01)

Concentración sanguínea

Todos estaréis de acuerdo conmigo, True Blood significa verano. Y este año más que nunca, porque el estreno en Estados Unidos de la cuarta temporada de la serie guarrindonga y desfasada de HBO ha coincidido con el fin de semana más caluroso del año -por ahora- en España. No se me ocurre mejor manera de ver True Blood que bien entrada la noche, disfrutando de una limonada, solo o acompañado -se pueden buscar actividades complementarias al visionado en ambos casos-, con la ventana abierta y el ventilador muy cerca –el aire acondicionado resta gracia. Durante el episodio semanal, no tengáis ningún reparo en dar a pause para satisfacer las necesidades físicas que pudiera provocar. Porque a) no vais a perder el hilo por eso, b) si lo hacéis, no va a importar. El desnudo es opcional, pero recomendable. Estas son quizás las reglas más importantes para disfrutar al máximo de la experiencia eminentemente física que supone ver True Blood. Son sencillas pero modificables, y responden ante todo a un propósito: hallar el placer. Sí, True Blood es verano. Y para combatir el calor, la serie nos sugiere un remedio arriesgado pero infalible: más calor aún. Y mucho sexo. Capital S-E-X. Desfogaos, tocaos, disfrutad. Ya nos lo dicen desde la célebre cabecera de la serie, “I wanna do bad things with you”. Haceos daño, gritad muy fuerte como Sookie, gozad por los ojos, o por donde podáis. Mordeos. Son trece semanas de puro placer catódico al año, haced de ellas un verano inolvidable. Aunque no veáis la serie, vaya.

Y después de este delirio de carne y sudor, provocado por el estreno de la cuarta temporada, “She’s Not There”, procederé a analizar el episodio. Veamos qué nos cuentan y -esto es importante- cuánto nos enseñan los habitantes de Bon Temps en esta esperadísima primera hora de True Blood del año.

Se viene percibiendo desde hace unos años una tendencia en la cadena de pago a los dramas corales con un elevado número de personajes. Boardwalk Empire o Game of Thrones responden a un esquema de micro-tramas desvinculadas en mayor o menor medida de un gran arco narrativo principal. Es una fórmula narrativa lícita, aunque no apta para todos. Ya desde la primera temporada, True Blood ponía sobre aviso al espectador. La falta de cohesión narrativa es uno de los aspectos más peliagudos del pacto que propone True Blood. Es imprescindible aceptar una serie de condiciones al adentrarnos en la serie, y la primera de ellas es que casi nada va a tener sentido, y todo va a estar sumido en un gran caos. Es muy probable que quien haya llegado al episodio 4.01 las aceptase encantado hace mucho tiempo. Como decíamos, el gran número de personajes y la rapidez -y casi inconsciencia- con la que transcurren las tramas hace que True Blood sea una serie altamente fragmentada. En ella, las historias se presentan a modo de mini-relatos, divididos y expuestos uno detrás de otro, que vienen así a rellenar casi una hora de televisión. Si todo esto está claro y asimilado desde hace varias temporadas, ni el ritmo -pausado pero lleno de acontecimientos- ni el caos narrativo de “She’s Not There” habrá sorprendido a nadie. Esto es True Blood, y en ese sentido, nada ha cambiado.

Y sin embargo, nada es igual en Bon Temps. “She’s Not There” comienza en un plano de realidad distinto al del pueblo de Louisiana. La serie entra de lleno y sin tapujos en terreno Xena en un extenso teaser en el que Sookie se encuentra con su abuelo en la inter-dimensión donde se esconden las hadas. Tras una espectacular -y deliciosamente camp– huida, Sookie vuelve a Bon Temps. Como no podía ser de otro modo, el tiempo en ambas dimensiones transcurre de manera diferente, y Sookie ha estado desaparecida un año entero, a pesar de que para ella solo han pasado unos minutos. Lo que viene a continuación es la introducción -si nos ceñimos a lo explicado en el párrafo anterior, el prólogo- de la historia de cada personaje para esta cuarta temporada. Y como ocurría en Buffy, cazavampiros, al final los vampiros son lo de menos. Pero no porque True Blood pretenda hablarnos de la vida a través de metáforas monstruosas, sino porque los colmillos pierden presencia a favor de una cada vez más amplia fauna de bichos. Como es habitual en las series fantásticas, todos los personajes principales han de acabar, tarde o temprano, encajando en un perfil de ser fantástico o mitológico. Incluso Lafayette, anteriormente negro, chungo y divino pero nada más, comienza a atravesar su ‘etapa Willow Rosenberg’, al descubrir gracias a su chico latino -cada vez más rico Kevin Alejandro- el gran poder mágico que ocultaba sin ser consciente.

Y esta es la línea que siguen casi todos los personajes de la serie, que en un año han experimentado muchos cambios. Algunos coherentes y esperables, otros más sorprendentes y uno particularmente impactante. Sin embargo, nada es difícil de digerir por el espectador medio de True Blood. Sobre todo si atendemos a lo verdaderamente importante, todos están más guapos y más estupendos que nunca. Sam lleva los vaqueros más ajustados si cabe, y asiste a reuniones de shapeshifters anónimos en las que se transforman y disfrutan juntos de la naturaleza -aplauso en esta escena, por el divertido nivel de ridículo alcanzado. En una de las tramas más desconcertantes del episodio, el hermano del Sam ha sustituido a Hoyt como hijísimo de su madre. Jessica y Hoyt siguen aportando las notas más dulces, a pesar de que se introduzca el conflicto en su apacible y adolescente romance. Incluso por ellos ha pasado un año, y la crisis comienza a asomar cabeza, a lo que se suman las pulsiones animales y sexuales que empiezan a trastornar a la vampira. Pam brilla como nunca gracias tan solo a dos escenas -en la más divertida de ellas se ríe de Jessica porque ser una vampira monógama. Arlene nos divierte al creer que los instintos asesinos comienzan a nacer en su bebé. Jason se ha convertido en el agente Dewey de Scream -de seguir por ese camino, voy a echar mucho de menos al Jason irresponsable y estúpido- y ha ganado bastante masa muscular -de nuevo, lo verdaderamente importante. Y Tara… ¡Ay Tara! Tara. Tara. Es como si la mejor amiga de Sookie nunca se hubiera hecho un Felicity. El verdadero cambio no fue el corte de pelo, sino que se mudara a Nueva Orleans, se dedicase a la lucha femenina en jaula y se liase con una señorita que la conoce como “Toni la de Atlanta”. Veamos adónde nos lleva esto. Por ahora, no me gusta ni un pelo. Claro que Tara nunca fue santa de mi devoción.

Lo dicho, todos están más guapos. Fangtasia está rebosante de modelos de ropa interior sexualmente ambiguos. Y Bill y Eric han estado cuidándose mucho aprovechando que Sookie no estaba ahí para meterlos en líos, y se nota. Vaya si se nota. Bill, de presencia siempre enigmática y magnética, pero ridículo y pesado como ninguno, aumenta su atractivo ahora que es rey de la zona. Y Eric Northman. Ese vampiro. Ese Hombre que todos y todas queremos que nos ponga mirando… pues eso, al norte. Tanto Bill como Eric consideran a Sookie de su propiedad. Por suerte, Eric se corta un poco menos que Bill, romántico y respetuoso, y se cuela en -la que ya no es- casa de Sookie en el momento más adecuado. Sookie sigue desnudándose, haciendo desplegables de Playboy en movimiento, ante la presencia de un Eric lascivo y posesivo. Fijaos en la camiseta de Eric, deliberadamente corta y ajustada o estratégicamente levantada para dejarnos ver parte de su cuerpo. En lo que al sexo se refiere, nada es dejado al azar en True Blood. Eric quiere poner cachonda a Sookie, y también al personal. Y vaya si consigue su propósito. El vampiro asegura a la inocente Sookie que esta vez “no es un sueño”, haciendo que algo se mueva dentro no solo de la paleta de las paletas separadas, sino de todos nosotros, anticipándonos una escena de sexo que llevamos deseando ver desde hace tiempo.

Como hemos visto, True Blood tiene el reto de encajar un gran número de tramas en una hora de televisión, corriendo el riesgo de no profundizar en ninguna, y haciendo perder el interés. Este, entre otros, es el problema que yo tengo con las anteriormente mencionadas Boardwalk Empire y Game of Thrones. La diferencia entre los personajes de esas series y los de esta es que los de True Blood me divierten, me fascinan, me excitan. Y lo demás me da igual. Con True Blood acepto que se me esté contando una historia tan caótica y descentrada, permito todos los giros, los cliff-hangers que no vienen a cuento, cualquier deus ex machina. Porque la serie sigue, tras cuatro años, cumpliendo las cláusulas de su contrato. Yo me dejo llevar, y ella me da lo que necesito: carne, sudor y vísceras. No necesito otra cosa hasta septiembre.

True Blood: La locura continua

El verano ha acabado oficialmente. El pasado domingo se emitía el final de la tercera temporada de True Blood, la serie que ha marcado el ritmo seriéfilo durante los últimos veranos. Tras doce episodios altamente irregulares, la temporada se despide con un final correcto que contiene las dosis justas de diversión y emoción, y que sin embargo pone de manifiesto los muchos puntos flacos de la serie.

Para empezar, es imposible calzar en un episodio de 50 minutos aproximadamente un desorbitado número de tramas principales y secundarias. Ese es uno de los defectos de True Blood, su extenso reparto de secundarios, a los que a veces se les presta más atención de la debida. Claro que si nos paramos a pensarlo, son los secundarios, como sucede en tantas otras series, los que insuflan verdadera vida a la serie, y en este caso los que compensan el sopor que provocan personajes principales como Bill y Eric por ejemplo. Y ahí reside otro de los problemas de la temporada, en los personajes principales y las tramas en las que han estado involucrados esta temporada. No sé si el defecto se encuentra en las novelas en las que se basa la serie o en una mal tratamiento de los personajes, pero todos los habitantes de Bon Temps han llegado a un punto muerto. Por suerte, algunos personajes parecen hacer algo al respecto: Sookie desinvita a Bill cuando descubre que su amor no es obra del destino y Tara se marcha de Bon Temps dispuesta a dejar de sufrir. Claro que esto no conllevará cambio alguno. Sookie seguirá enamorada de Bill y nosotros tendremos que seguir aguantando los pucheros de Tara.

Jason sigue divirtiendo, pero Crystal -con diferencia, el peor personaje de la temporada- ha estropeado su trama. Sam descubre la última traición de su hermano y sale tras él -su relación podría ser interesante, pero por ahora no lo es-. Jessica y Hoyt se van a vivir juntos, aportando, como de costumbre, las notas más amables a la serie -aún no aburren, pero podrían hacerlo pronto-. Terry hace competencia a la adorabilidad de Jessica y Hoyt llorando porque no abarca lo feliz que es y la suerte que tiene -pero a nadie le importa-. Lafayette tiene visiones y Jesús le confiesa que es un brujo, a lo que él responde con una de las mejores frases del episodio: “You’re a witch who’s a nurse who’s a dude”. Y Alcide regresa, pero no recuerdo si hace algo destacable. Supongo que no.

Alan Ball se encarga una y otra vez de advertirnos que la serie está hecha para divertir, sin ninguna pretensión más allá de esto. De acuerdo, lo asumimos y [muchos de nosotros] conseguimos disfrutar True Blood por lo que es: una locura desfasada, excesiva y maravillosamente camp. Sin embargo, llega un momento en el que esta excusa para defender la serie se queda obsoleta, y necesitamos algo más. Necesitamos personajes que vayan a alguna parte, necesitamos sensación de cierre alguna que otra vez, necesitamos que los personajes sean interesantes. Por desgracia, no hemos obtenido nada de esto en la tercera temporada de True Blood.

“Evil Is Going On” resume perfectamente qué es True Blood: ocasionales momentos épicos dentro de una historia altamente fragmentada que va constantemente a la deriva. Es decir, una serie de usar y tirar. Esto no es del todo negativo, ya hemos dicho que cuando True Blood consigue divertir, lo hace a lo grande, y son precisamente esos momentos los que hacen que la serie merezca la pena. Eso y el ocasional secundario que eleva el grado de locura hasta cotas insospechadas. Si en la segunda temporada, la retorcida y desconcertante demencia de MaryAnn provocaba los mayores OMFGs, en esta, la revelación ha sido Russell Edgington, el terrorista con más clase. Su “Now, time for the weather! Tiffany?” es uno de esos momentos a los que me refería, auténticos fenómenos en Internet, memes que se generan a razón de dos o tres por episodio. En “Evil Is Going On” es una desquiciada Sookie la que hace sombra a un Russell en las últimas y nos brinda los momentos más desternillantes: su risa maligna mientras tira a Talbot al triturador de basura y su “You Watch Your Fucking Language!”. La locura de Sookie -una cada vez más grande Anna Paquin- es para mí uno de los mayores atractivos de la serie, razón de sobra para seguir disfrutando.

No podemos negarle el poder de fascinación que ejerce la serie en la red, una de las razones principales por las que True Blood atrae a una audiencia cada vez mayor. Claro que como ocurre con todas las modas en Internet, es muy probable que la serie de Ball sea rápidamente olvidada una vez termine. Y esto, al fin y al cabo, forma parte de su naturaleza. “Evil Is Going On” deja abiertas demasiadas tramas, haciendo que más que a un clímax de final de temporada estemos asistiendo a un episodio de la mitad. Para saber qué ocurre tras los numerosos cliffhangers del episodio, habrá que esperar otros nueve meses. Y para mí, al contrario que ocurrió después de las dos temporadas anteriores, no serán tan largos.

True Blood, el sueño húmedo de HBO

No es que a la Home Box Office le hagan falta muchos éxitos, sigue siendo la principal cadena de referencia a la hora de hablar de televisión de calidad. Pero es cierto que desde el fin de Los Soprano y Sexo en Nueva York, no ha tenido muchas series en parrilla que gocen de la omnipresencia mediática de aquellas dos. Ese hueco lo llena actualmente True Blood, un éxito de audiencia y todo un fenómeno en Internet. El estreno de la tercera temporada reunió este domingo a 5.1 millones de norteamericanos -cifra que no deja de impactar si pensamos en las series que luchan por permanecer en las networks con audiencias de 2-3 millones-, subiendo un 38% con respecto a la al estreno de la segunda hace un año. Como ya vimos en esta entrada, la campaña viral para esta temporada ha sido todo un éxito en sí misma -su valía como texto secundario permite analizarla como parte de la serie más que como mero ejercicio publicitario-, y además se ha reflejado en la excelente audiencia del episodio.

¿Qué se encontraron esos 5.1 millones de norteamericanos y los otros tantos millones de internautas que se descargaron el episodio después de su emisión? Básicamente, True Blood en su esencia más pura: sexo, geniales interpretaciones over the top -sí, a mí la Paquin me encanta-, violencia, efectos especiales deliciosamente camp, y eso que nos gusta tanto, una autoconsciencia enorme -y muy bien explotada. Y por su fuera poco, esta temporada arranca confirmando lo que llevábamos sospechando hace mucho tiempo: True Blood es la serie más gay de la tele actual. En muchas ocasiones da la sensación de que el público objetivo de la serie es el homosexual -aunque hay que reconocer que sabe satisfacer a todos los sexos y sexualidades en mayor o menor medida. Lo cierto es que la serie está hecha para el disfrute de un espectador desprovisto de prejuicios y dispuesto a pasarlo bien, sin más requisitos en principio, pero las escenas de descamise de los cuatro objetos sexuales masculinos de la serie y especialmente el tan comentado sueño de Sam, parecen tener un target muy definido en mente -no podemos olvidar que la serie se ha interpretado en muchas ocasiones como una metáfora de la aceptación de la diferencia en la sociedad. Las declaraciones de los actores Alexander Skarsgard y Stephen Moyer sobre las ganas que tenían de que sus personajes “experimentasen” con el mismo sexo y el fichaje de Kevin Alejandro para hacer de novio de Lafayette no hacen sino confirmar esta teoría. Pero vamos, que no le estoy descubriendo América a nadie, ¿no?

Todo esto no es más que el resultado de una gran interacción por parte de los responsables de la serie y su fandom –y un claro interés de Alan Ball por el tema. Ellos nos han escuchado/leído y saben lo que nos gusta. ¿Por qué no hacernos felices? -una de las primeras imágenes promocionales de Alcide, el hombre lobo interpretado por Joe Manganiello, no deja lugar a dudas. Y por eso, si me estáis escuchando, señores de HBO y Mr. Ball, queremos volver a ver a Maryann. Aunque el divismo de Pam haya aumentado considerablemente, y se vislumbre una digna sustituta de la loca ménade. Pam siempre nos ha gustado, y el protagonismo que parece que va a adquirir esta temporada es más que bienvenido -además, entra el juego el factor-Safo, algo menos explorado hasta ahora. Y si alguien duda de lo conscientes de todo que son Alan Ball y su equipo, he aquí una prueba irrefutable:

Pam: “Maybe I smile too much. Maybe I wear too much pink, but please remember, I can rip your throat out if I need to and also know that I am not a hooker. That was a long, long time ago.”

“Bad Blood” es un contundente primer episodio de una temporada que de seguir en esta línea, nos hará pasar un verano muy divertido -es casi un valor seguro. True Blood vuelve dejando al margen cierta grandilocuencia y afectación en sus diálogos, y cediendo el protagonismo casi absoluto al humor -Sookie: “I’m not in the mood for lesbian weirdness tonight, Pam”- y a un ritmo más acelerado de lo normal. Solo el drama de Tara aporta la nota más seria a un episodio que confirma la naturaleza esencialmente cómica y paródica de la serie. Destacan Jason y sus problemas de conciencia -“conscience off, dick on” es un one-liner de los que perduran, sin olvidar el “pussy overflow”- y los siempre adorables Jessica y Hoyt -“I got a new haircut! I think it actually makes me look kinda badass!” Y si hemos de destacar un one-liner, en línea con las ideas del segundo párrafo de esta entrada, sería este: “I hear the water in Arkansas is…very hard!” Será difícil olvidar el homoerotismo camp y la conseguida tensión de la escena entre Bill y Sam. Será especialmente difícil olvidarla si, como yo, la pensáis ver una y otra vez, al menos hasta que otra escena de esta naturaleza la eclipse.

Conclusión: True Blood no es solo el sueño húmedo de HBO, sino también el de muchos seriéfilos con ganas de juerga, y demasiado tiempo estival en sus manos -palabra clave: “manos”.

Despliegue publicitario de True Blood

True Ads

Si nos basamos en lo ocurrido el verano pasado a nivel de márketing, todo apunta a que la tercera temporada de True Blood, que se estrena en Estados Unidos el próximo 13 de junio, volverá a romper récords de audiencia. La campaña viral que los de HBO pusieron en marcha el año pasado dio los mejores resultados pensables. A la publicidad convencional se sumó una macro-campaña en Facebook (con una análoga en Twitter) que nos enganchó a muchos rápidamente (igual de rápidamente que nos desenganchó, todo hay que decirlo). Uno podía hacerse amigo de cualquier habitante de Bon Temps, por muy secundario que fuera, por muy poco factible fuera que ese personaje supiera usar un ordenador, y seguir sus andanzas en la red social. Algunos hasta te pedían amistad a ti (qué desesperados llegaron a parecer). Un despliegue publicitario que no tardó poco en saturarnos (los de True Blood nos tenían monopolizado el muro), pero que dio sus frutos: la gente comentaba los eventos de los episodios de cada semana con los protagonistas, y estos les seguían el juego, dando pistas sobre lo que iba a ocurrir (era divertido para muchos), y sobre todo, contribuyó al aumento progresivo de la audiencia, al alza con cada episodio.

Este año no estoy al tanto de lo que se cuece en Facebook, pero sí me estoy divirtiendo mucho con la campaña de publicidad en Internet. Por una parte están los minisodes (estrenados en la cadena, pero difundidos masivamente por Internet),bajo el título común A Drop of True Blood, que como su propio nombre indica, son episodios de duración reducida, centrados cada uno en un personaje (o dos). De momento se han estrenado dos, uno centrado en Eric y Pam (nada del otro mundo), y otro protagonizado por Jessica (este ya está mejor). Y un método publicitario más convencional son los pósters (aunque los webisodios ya son práctica habitual de muchas series). Hasta la fecha, son siete pósters promocionales los que la HBO ha desvelado. Algunos mejores que otros, todos desvelan un interés por seguir ofreciendo el producto más fresco de la televisión (que lo sea o no, ya es otra cosa), generando cierta expectación en torno a la propia campaña. De momento, mis favoritos son VILF (2), Missing (5) y Vamp Stamp (7). La página oficial de HBO los va publicando para descargar en alta calidad. Yo me los he descargado de allí. A continuación, los siete, uno detrás de otro.

Pero antes detengámonos brevemente en la promo de grupo (que ya habrá sido comentada hasta la saciedad). ¿Qué nos dice esta sugerente foto? A primera vista, muchas cosas: más protagonismo para Pam, Eric situado en el centro de la foto (más protagonismo para Eric, ¿no?), el lobo al fondo (ya podrían haber sacado al actor que interpreta a Alcide, Joe Manganiello), una serpiente entre las piernas de Jessica (un spin-off para Jessica, por favor), y muchas miradas de complicidad, de deseo, de lujuria… Queda menos de un mes, y el síndrome de abstinencia se hace cada vez más insoportable. La publicidad funciona.