‘Bumblebee’ insufla alma (nostálgica) a la saga Transformers

En 2007, Michael Bay convirtió el fenómeno Transformers en una de las sagas cinematográficas más taquilleras de la historia del cine. La primera adaptación live-action de la popular franquicia de juguetes y dibujos animados, protagonizada por Shia LaBeouf y Megan Fox, recaudó más de 700 millones de dólares en todo el mundo. Las siguientes entregas no hicieron más que mejorar esa cifra, dos de ellas (El lado oscuro de la luna y La era de la extinción) llegando a superar los mil millones de dólares globalmente. Sin embargo, mientras la saga escalaba en taquilla, cada película era peor valorada que la anterior, culminando en 2017 en el relativo fracaso de El último caballero con 605 millones, casi la mitad que la entrega precedente, La era de la extinción (1.104 millones).

La gente había perdido el interés en Transformers, así que había llegado el momento de renovar la franquicia de alguna manera. Las atronadoras orgías de efectos digitales y destrucción de tres horas habían pasado factura a la audiencia, y lo que la saga necesitaba era una simplificación y un cambio de aires. La respuesta: un spin-off precuela centrado en uno de los personajes favoritos de la audiencia, Bumblebee. De esta manera, Transformers podía empezar de nuevo sin tener que continuar la embarullada trama de la saga principal, que en El último caballero ya se había hundido en el absurdo y la incoherencia más insalvables.

Abandonando la línea temporal principal, Bumblebee se traslada hasta los 80 para narrarnos el origen del más famoso Autobot amarillo, y ya de paso resetear la saga contándonos cómo su especie llegó a la Tierra. En la dirección nos encontramos el primer cambio radicalMichael Bay cede la batuta a Travis Knight, avalado por su trabajo como animador y productor en el estudio LAIKA y director de la preciosa Kubo y las dos cuerdas mágicas. Una elección sorprendente, pero en línea con la voluntad de renovación creativa del estudio. A cargo del guion tenemos otra refrescante novedad. Después de cinco películas escritas y dirigidas exclusivamente por hombres, Christina Hodson se convirtió en la primera mujer guionista de Transformers. Su trabajo fue tan bien valorado que le llevó a fichar por DC para hacerse cargo de los guiones de Birds of PreyBatgirl.

Con Bumblebee, Knight y Hodson consiguen aportar a la saga lo que más le hacía falta: corazón. Ambientando la historia en los 80 y centrando su historia en la amistad entre una adolescente y un robot, la película se aleja de la acción descerebrada de las películas de Bay para acercarse más al cine familiar clásico de Steven Spielberg, quien sigue figurando como uno de los productores ejecutivos en la saga. La nostalgia ochentera (tan presente en la cultura audiovisual desde hace unos años) forma parte esencial de Bumblebee, una película con la que Travis emula con éxito el cine fantástico de aventuras de esa época. La diferencia es que en esta ocasión, el héroe de la historia es una heroína, Charlie (Hailee Steinfeld), una chica de 18 años apasionada de los coches que aun está lidiando con la muerte de su padre.

Y aquí es donde Bumblebee más se desmarca de sus predecesoras. La película no solo tiene protagonista femenina absoluta (en una saga tradicionalmente masculina), sino que además Charlie no está objetificada ni sexualizada para la mirada masculina en ningún momento (todo lo contrario a lo que Bay hizo con Megan Fox y Rosie Huntington-Whiteley). El tratamiento del personaje es verdaderamente ejemplar. Se trata de una adolescente independiente, imperfecta y con personalidad, alejada del estereotipo de la chica en apuros (es experta mecánica y no necesita que la salve ningún hombre), con un arco argumental centrado en la amistad y la autorrealización, aderezado con una simpática trama romántica secundaria (con un adorable Jorge Lendeborg Jr.) que nunca llega a definir al personaje. Detalles que hacen que salte a la vista que el guion está escrito por una mujer y Bay no está en la dirección, afortunadamente.

Como decía, el alma de la película es la bonita relación que se desarrolla entre Charlie y Bumblebee, una amistad que bebe directamente de clásicos como E.T. y (sobre todo) El gigante de hierro. Pero a Bumblebee tampoco le falta la acción por la que se caracteriza Transformers. Lo bueno es que en esta ocasión está mejor dosificada (y se ve mejor), dejando respirar a la película y al espectador entre persecuciones y set pieces. Si bien rebaja la escala de grandiosidad con respecto a la saga principal, los efectos digitales siguen siendo excelentes, tanto en lo que respecta a la animación de los Autobots y Decepticons como a la integración de las criaturas CGI con los humanos, clave para que la amistad entre Charlie y Bee resulte más creíble y emotiva (que un abrazo entre una humana y un amasijo de metal resulte tan cálido tiene mérito). Solo tropieza en la obligatoria trama gubernamental, que además de resultar rutinaria, no aprovecha la vis cómica de John Cena.

En definitiva, Bumblebee es lo mejor que le podía pasar a Transformers. Es simple, sí, pero también entrañable, imaginativa y divertida. Una de esas películas orientadas a los más jóvenes, que se gana con creces el derecho a caer en el tópico texto de contraportada: “Para disfrutar en familia una y otra vez”.

Pedro J. García

Bumblebee ya está disponible en España de la mano de Paramount Pictures en los siguientes formatos: DVD, Blu-ray, 4K UHD y dos ediciones especiales en caja metálica (una Blu-ray + DVD disponible en todos los puntos de venta y una 4K UHD + Blu-ray exclusiva de Amazon).

Las ediciones en alta definición incluyen más de una hora de contenido adicional, con escenas eliminadas y extendidas (incluida una escena inicial que no se vio en cines), un Motion Comic inédito que continúa las primeras aventuras terrestres de Bumblebee, y la función “Visión Bee”, que nos permite ver a la primera generación de Transformers en Cybertron con los ojos de Bumblebee.

‘Transformers: El último caballero’ es tan mala que es casi buena

Diez años después de que la primera Transformers reventara la taquilla mundial, ya vamos por la quinta entrega de la exitosa franquicia basada en los juguetes de Hasbro, Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight). Michael Bay vuelve a la silla del director en la que podría ser su última película como realizador de la saga, mientras que Mark Wahlberg repite como Cade Yeager, protagonista de otro explosivo espectáculo de acción y efectos digitales made in Bay que ofrece exactamente lo mismo que las anteriores películas de la saga.

Solo que en esta ocasión se agitan los cimientos de la historia (por llamarlo de alguna manera) mediante la muy socorrida continuidad retroactiva, recurso con el que se sigue reescribiendo la mitología de los Transformers. En esta ocasión nos trasladamos a la Europa de las cruzadas para descubrir no solo que las leyendas del Rey Arturo y Merlín son ciertas, sino que sus aventuras contaron con la ayuda de una legendaria raza de Transformers, que formaron parte de los Caballeros de la Mesa Redonda. Fast forward al futuro, nuestro presente, donde los humanos y los Transformers están en guerra y un Optimus Prime convertido en villano ha desaparecido. La salvación de la Tierra depende de una clave enterrada en nuestro planeta, y una alianza imposible entre Yeager, un Lord inglés (Anthony Hopkins) y una profesora de Oxford (Laura Haddock), que deberán unir fuerzas con los Autobots para impedir que una gran amenaza acabe destruyendo el mundo para siempre.

Si esta breve sinopsis os parece una locura, esperad a ver la película. El anterior párrafo solo rasca la superficie de lo que es Transformers: El último caballero, un inconcebible batiburrillo de ideas, leyendas y tramas que marean más que las vertiginosas escenas de acción de la saga. El último caballero es mil películas en una, un caos narrativo en el que todo tiene cabida: acción postapocalíptica, trama militar, cine de catástrofes, Camelot, dinosaurios, dragones, viajes intergalácticos, secuencias bélicas, invasiones extraterrestres, nazis, profecías milenarias, ¡Pangea! ¡Stonehenge! ¡Submarinos! Parece que estamos citando elementos al azar, pero no, todo esto forma parte de la película. Ver para creer.

En un momento de la película, Vivian, el personaje interpretado por la nueva Megan Fox de la saga, Laura Haddock (una profesora universitaria directamente salida de una fantasía porno hetero), dice “La lógica ha abandonado el edificio”. Ese es uno de los muchos guiños que hace la película al absurdo que la recorre de principio a fin. Seamos sinceros, Transformers: El último caballero no pretende engañar a nadie. Si vamos a ver esta película habiendo visto las cuatro anteriores es porque sabemos exactamente lo que quiere darnos: acción ruidosa y mareante, destrucción, explosiones, vorágine de efectos digitales, argumento sin sentido y humor tontorrón. Eso es Transformers, y eso es El último caballero. Pedirle otra cosa sería estúpido.

Y eso es lo que salva esta película (por los pelos), a pesar del despropósito continuo que es, su autoconsciencia, que Bay sabe perfectamente lo que está haciendo. Lo vemos en el humor, muy autorreferencial y bobalicón, lo vemos en los diálogos, generalmente insufribles, pero con destellos de agudeza que hacen referencia jocosa a los defectos más reconocibles de Bay: el machismo, la incoherencia narrativa, la forma en la que “roba” de otros… En esta entrega en concreto, salta a la vista la influencia de Star Wars: Episodio VII – El despertar de la fuerza, con la incorporación de la joven Isabela Moner, que interpreta a una suerte de Rey infantil, con su propia versión de BB-8, un Transformer Vespa llamado Sqweeks. Y la inspiración en la saga galáctica de George Lucas en la nueva Transformers no se detiene ahí, porque otro nuevo robot, el mayordomo con demencia y problemas de control de ira (insisto, no me estoy inventando nada) Cogman, es una copia de C-3PO, como reconoce la propia película en uno de sus diálogos más meta.

Estos detalles son los que invitan a que tratemos a Transformers: El último caballero con más indulgencia. Esto y la presencia de Sir Anthony Hopkins, que se presta (aparentemente) encantado a la locura de la propuesta y nos deja algunos de los mejores momentos cómicos de la película (ver a Hopkins aguantando el tipo y riéndose de sí mismo en medio de este remolino de fuego y metal suma puntos al film). Pero no es solo él, todos parecen formar parte conscientemente de la broma, Wahlberg, Haddock (que por cierto, no hacen mala pareja cómica), John Turturro… Si hasta hay un cachondísimo guiño a Shia LaBeouf, el protagonista original de la saga, que no ha tenido reparos en criticarla en numerosas ocasiones. En definitiva, Transformers: El último caballero es tan chiflada y pasada de rosca en todos los sentidos y se toma tan poco en serio que es fácil disfrutarla si uno decide dejarse llevar. Es eso o morir en el intento.

Huelga decir que todos los defectos de la franquicia siguen ahí, y además aparecen multiplicados por cinco. La confusión de tonos y estilos, la objetificación femenina (esta vez suavizada, y compensada por abajo con un chistoso momento de cosificación masculina), el product placement, las incongruencias y los deus ex machina, fragmentación excesiva de la historia (no hay guión, solo momentos amontonados), tramas que no aportan nada (los personajes de Josh Duhamel y John Turturro no podrían sobrar más) o no van a ninguna parte (la banda de Decepticons malotes, presentados con rótulos al estilo Escuadrón Suicida para desaparecer enseguida), los chistes pueriles, y por encima de todo, su excesiva duración. De nuevo, no debería sorprendernos si hemos visto las anteriores películas, pero habría ayudado mucho que en esta ocasión se hubieran recortado unos 30 minutos del metraje, los que hacen que el clímax se alargue hasta el paroxismo y toda la diversión que se puede haber experimentado durante las dos disparatadas horas anteriores se disipe. Transformers: El último caballero es un espectáculo desenfadado y muy distraído, hasta que se convierte en lo más plomizo que uno pueda imaginar.

Y a pesar de dejar exhausto y con mal sabor de boca, la película cumple su cometido la mayor parte del tiempo. Ofrece la acción descerebrada y sobrecargada sin descanso que esperamos de la saga, con batallas épicas y stunts imposibles que desafían la lógica y la gravedad en pos del espectáculo, realiza otro despliegue digital asombroso (diréis lo que queráis sobre Transformers, pero los efectos casi siempre son brutales), y su irregular sentido del humor lo mismo te hace morir de vergüenza ajena que soltar una carcajada. El pobre resultado de taquilla de la película en Estados Unidos indica que la audiencia ya se ha cansado de Transformers, y es perfectamente lógico, el agotamiento ya era inevitable. Pero El último caballero es tan fascinantemente absurda y delirante que puede llegar a resultar muy divertida si se ve con la predisposición adecuada, una película tan ridícula que roza lo sublime.

Lo mejor: Su autoconsciencia y sentido del humor, y que no tiene miedo de hacer el ridículo. Anthony Hopkins haciendo el ganso. Y los efectos digitales.
Lo peor: Su trama, tan confusa y enrevesada que llega un momento que uno se satura con tanta información, objetos mágicos y profecías sin sentido conectadas al azar. Y sobre todo la duración. El clímax se hace insoportablemente largo.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Transformers – La era de la extinción

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Lo de “la avaricia rompe el saco” no es algo que preocupe especialmente a Michael Bay, más que nada porque por mucho que estire la cuerda, por mucho incluso que se rompa, sabe que el público acudirá en masa a ver sus películas, siempre manufacturadas para reventar la taquilla estival, para proporcionar una vía de evasión en los aburridos días de verano. Por eso la saga Transformers continúa, porque a pesar del clamor popular (que dice que cada vez son peores), el público sigue convirtiendo estas películas en éxitos masivos de la box office (está claro que no aprendemos). Bay firma este año la cuarta entrega de la franquicia de los alienígenas robots de HasbroTransformers: La era de la extinción, reafirmándose una vez más en su personal estilo, y proporcionando al espectador exactamente lo que espera de su cine. Algo positivo y negativo a partes iguales.

Bay es un auteur  de blockbusters, eso está claro. Sí, es un narrador desastroso -se dice que sus guiones son en realidad una sinopsis y él simplemente rueda escenas para luego amontonarlas en la sala de montaje-, y un realizador lleno de vicios -esos trávelings de lado, esos contrapicados, los besos a contraluz, la fotografía iluminada por el cegador atardecer, la cámara en constante movimiento y los planos sobrecargados de información visual-, lo que lo convierte en un cineasta muy limitado técnica y artísticamente, pero tiene claras cuáles son las armas que mejor le funcionan. No es un buen artista, pero es un gran vendedor. Sin embargo, con este pseudo-reboot que supone Age of Extinction, el director confirma lo que sospechamos desde aquella infame segunda parte, que estas armas se han descargado completamente. Ni el lavado de cara del reparto -el prolífico y taquillero Mark Wahlberg recoge el testigo del polémico Shia LaBeouf– sirve para salvar La era de la extinción, un desastre fílmico sin remedio que confirma que los Transformers se han quedado en la Tierra más tiempo del que estaban invitados.

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

La primera entrega de la saga, estrenada en 2007, conquistaba a muchos aficionados al blockbuster (entre los que yo me incluyo) gracias a su combinación de aventuras a la vieja usanza (a ratos incluso muy spielbergianas), humor absurdo (y más inspirado de lo esperable, hemos de reconocer) y los efectos digitales mejor realizados e integrados desde Parque jurásico. Lo que funcionaba en la primera película, que partía de una premisa tan alocada que muy pocos confiaban en ella, dejó de surtir efecto en las dos siguientes, desplazando la atención a lo estúpido de la propuesta, algo que no debería pasar en una superproducción fantástica de esta naturaleza. Con La era de la extinción, Bay repite la jugada, y levanta un exorbitantemente caro y grandilocuente espectáculo visual en el que la acción no da tregua al espectador, hasta el punto de que este puede acabar ahogado por ella. Como es habitual, la confusión y el caos reina durante todo el metraje (la mitad parece reciclado de las anteriores películas) y además en esta ocasión los efectos digitales están por debajo de la media -planos aparentemente a medio acabar, criaturas digitales menos realistas y una sensación general de estar viendo un videojuego en pantalla grande. Por si eso fuera poco, las escenas de acción protagonizadas por los humanos están tan mal ejecutadas que en todas ellas identificamos constantemente a los dobles de riesgo (véase la escena de los tejados), una chapuza que no debería ocurrir en algo como Transformers.

Afortunadamente, Bay ha rebajado el tono y ha pulido el humor, algo más sobrio que el de las anteriores entregas, que resultaban excesiva y ridículamente infantiles. En esta ocasión lo dosifica mejor, entre explosiones, gente corriendo y (vergonzosas) dosis de melodrama familiar y romance, aunque sigue manifestando un encefalograma plano cómico, con una total dependencia del chiste fácil. Los humanos nunca han sido importantes en esta saga, pero La era de la extinción se apoya en gran medida en el supuesto carisma de Mark Wahlberg, que se une a la patriótica franquicia interpretando a Cade Yeager, un entrañable padre soltero de la Texas rural (en algunas escenas nos preguntamos si estamos viendo en realidad Friday Night Lights), experto en tecnología transformer. Además de salvar el mundo, Yaeger tiene que velar por la seguridad de una hija adolescente, Nicola Peltz (la tía buena de recambio), con la que desarrolla una química extraña y artificial que aparta a su verdadero donjuán, Jack Raynor. Ni nos creemos a Wahlberg como padre protector ni a Peltz como hija adolescente -Hollywood nos ha malacostumbrado y no podemos evitar verlos juntos sin pensar en que él le debería estar tirando los tejos a ella como buen chulo de playa que es-, lo que provoca que los cimientos “dramáticos” de la película (si es que alguno hubiese) se desmoronen y la inverosimilitud se imponga. Paradójicamente, son los protagonistas humanos los que dan lugar a esto, y no los robots gigantes caracterizados como moteros con barba y puro o como samurais…

TRANSFORMERS: AGE OF EXTINCTION

Pero lo peor de Transformers: La era de la extinción no es su embrollado argumento (del que no hace falta contar nada), su pueril sentido del humor, su machismo de serie, sus risibles villanos, sus one-liners de vergüenza ajena (“Mi cara es mi garantía”), el almibarado componente romántico (ese “Nos protegen las leyes de Romeo y Julieta” hace daño), el insultante product placement que plaga toda la película, o Wahlberg (él lo es casi). De hecho, lo peor tampoco es lo vacuo de la propuesta, porque es algo que todos esperamos de ella, y además con ganas (ya sabéis, apagar la mente y dejarse llevar no está mal de vez en cuando). Lo peor de Transformers: La era de la extinción es su desorbitado e inhumano metraje, que alcanza casi las tres horas y nos acaba sumiendo en un profundo estado de entumecimiento y desesperación para luego acabar de la manera más abrupta posible, evidenciando así dos cosas que ya sabíamos: que no era necesario que la película fuera tan larga y que Bay no tenía ni idea de lo que estaba haciendo y no sabía cuándo parar. A Transformers: La era de la extinción no sale del entuerto ni con los dinobots, que, a pesar de figurar prominentemente en la campaña de márketing, solo hacen acto de presencia en los últimos minutos de la película. Por todo esto, y aunque el testarudo de Bay se niegue a aceptarlo, la saga Transformers debe ser extinguida, o al menos criogenizada durante unos cuantos años.

Valoración: ★★