Crítica: Lo que esconde Silver Lake

Sam no sabe qué hacer con su vida. Ni siente, ni padece. La ve pasar, como quien ve un accidente de tráfico que no puede parar. Sam está deprimido. Él no lo sabe, aunque presenta todos y cada uno de los síntomas. Sam es uno de los millones de seres humanos aquejados por la gran pandemia del siglo XXI. Compagina su trabajo a tiempo completo como voyeur de sus vecinas de urbanización con su gran vocación: ser un pajero de cuidado. Su existencia de hojas de revistas pegadas y tetas caídas se rompe con la llegada (y posterior desaparición) de Sarah, una enigmática mujer rubia que le inspirará para intentar salir de su rutina… y para lo otro también. Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake) es el esperadísimo regreso a la gran pantalla de David Robert Mitchell tras aterrorizarnos con la icónica It Follows. ¿Estás preparado para conocer los secretos de la ciudad de Los Ángeles?

Lo que esconde Silver Lake es un viaje, en el sentido más ácido y lisérgico de la palabra. Una crisis psicodélica cinematográfica que convierte el esqueleto de una investigación canónica de cine negro en un surrealista ir y venir de situaciones y personajes estrafalarios. Es por ello que, más allá del evidente y socarrón homenaje a Hitchcock y el Hollywood dorado que recorre todo el film, encontramos cierto hermanamiento entre el detective junior Sam y dos peculiares investigadores que nos han visitado en la última década: Jonathan Ames de la serie Bored to Death o Larry “Doc” Sportello de Puro vicio. Al igual que en la marciana e infravalorada película de Paul Thomas Anderson sobre la novela de Thomas Pynchon, los avances en Lo que esconde Silver Lake se realizan gracias al arbitrio de la (fumada) diosa de la Fortuna. Con semejante modus operandi, Sam comienza una peculiar investigación que le llevará a recorrer los diferentes círculos del infierno angelino. Desde las elitistas fiestas hippiescas de presentación de las promesas musicales más cool del momento (gracioso guiño al mundo de Lana del Rey, Father John Misty y compañía) hasta las intrincadas redes subterráneas por las que se mueven los vagabundos, pasando por la gran mansión del hombre que lo ha hecho todo en la música.

El resultado es un complejo (y completo) thriller surrealista deudor de Mulholland Drive, en el que David Robert Mitchell acierta de lleno al no tomarse para nada en serio, dar rienda suelta a toda su imaginación y no cortarse en ningún aspecto. En las últimas décadas, este nivel de megalomanía y arrojo solo lo habíamos experimentado en Southland Tales, en la que un endiosado Richard Kelly (Donnie Darko) colocaba al reparto más extraño de la historia (Dwayne Johnson, Sarah Michelle Gellar, Sean William Scott, Mandy Moore, Justin Timberlake…) en mitad de un conspiranoico y caótico fin del mundo. El resultado fue un verdadero desastre y otorgó a Kelly el infumable título honorífico de “veneno para la taquilla”. Pero allí donde Kelly fracasó (aunque tengamos cierto cariño a la película y especialmente a Krysta Now, nuestra gran reina del porno), Mitchell logra un equilibrio perfecto en el desequilibrio. Se la juega con un metraje desmesurado, una trama bastante loca, y unos personajes que sobrepasan el absurdo, y consigue un triunfo cinematográfico importante, una apasionada oda a la cultura pop y otra cinta de culto en su haber.

Andrew Garfield (La red social) logra con Sam una de las mejores interpretaciones de su carrera. El candidato al Oscar a mejor actor por Hasta el último hombre es el fiel reflejo de una generación de hombres que no encontramos nuestra conexión. No solo con el universo en un plano más trascendental, sino que tampoco se logra con nuestros coetáneos más cercanos. Garfield logra captar todos y cada uno de los episodios de la psicosis del personaje, producto tanto de la depresión como de su absurda existencia: su rol de stalker de corazón de oro, su obsesión y perpetuo despertar sexual, su incapacidad de llevar a cabo una relación ‘normal’ con nadie… Mención especial merece su vestuario (y no vestuario) durante gran parte metraje. Le acompañan en el reparto Riley Keough (The Girlfriend Experience) como la no tan prototípica hermosa y sensual mujer fatal rubia que desaparece, Topher Grace (Aquellos maravillosos 70) como el mayor embajador de la tontería hollywoodiense, Grace Van Patten (Maniac) como la enigmática chica del globo, y nuestra querida Zosia Mamet (Girls) en un pequeño y muy gracioso papel.

Lo que esconde Silver Lake no es el thriller que esperabas, sino la película de culto que necesitábamos… además de una de las visiones más divertidas y esperanzadoras sobre la depresión masculina y una certera llamada de atención para que dejemos de mirarnos apenados el ombligo. No porque haya algo mejor que hacer, sino porque realmente revolcarnos en nuestras propias miserias no vale para nada.

David Lastra

Nota:★★★★½

Crítica: La verdad (Truth)

Truth

Cuidado, que Cate Blanchett quiere su tercer Oscar, y a ver quién se lo niega cuando sigue encadenando trabajos tan sobresalientes como el que realiza en La verdad (Truth). Basándose en el polémico libro Truth and Duty: The Press, The President and The Privilege of Power, James Vanderbilt, guionista de películas como Zodiac, Asalto al poderThe Amazing Spider-Man se sienta en la silla del director por primera vez para llevar a cabo una reconstrucción dramática de los hechos reales ocurridos en 2004, durante la campaña electoral de George W. Bush, el conocido caso “Rathergate“. Blanchett da vida a Mary Mapes, la periodista que encontró unos documentos que cuestionaban el historial militar de Bush, y que dieron lugar a un controvertido programa de investigación con múltiples ramificaciones y consecuencias para todos los involucrados en él.

La ópera prima de Vanderbilt (que también escribe el guion, claro), nos traslada a una reciente etapa de tumulto sociopolítico en Estados Unidos y en el mundo, un panorama post-11-S en el que la todopoderosa nación se encuentra inmersa en la guerra contra Iraq y Afganistán y George W. Bush se enfrenta a su posible segundo mandato como presidente. Bajo la producción de Mapes, una de las periodistas más destacadas de la televisión norteamericana, y el aval del famoso presentador Dan Rathers (intachable Robert Redford), el programa de CBS 60 Minutes emitía un especial que revelaba las irregularidades del servicio militar de Bush en la guerra de Vietnam, acusando al presidente de no haber terminado el servicio y haber recibido trato de favor por parte de sus superiores para evitar la guerra. Convencida de la legitimidad de las pruebas, Mapes saca la información a la luz, pero al no ser capaz de demostrar la autenticidad de los documentos, se desata un huracán que avanza en el ojo público.

A través de la historia de Mapes y Rather, Vanderbilt nos habla de lo que se esconde detrás de la verdad, de los entresijos de un informativo antes y después de emitir una exclusiva importante que promete (y para muchos parece estar confeccionada para) poner patas arriba la campaña electoral y difamar al candidato aventajado. Aunque en ningún momento se alude a la expresión “caza de brujas“, Vanderbilt nos está narrando entre líneas la conspiración que se pone en marcha contra Mapes y Rather La verdad(convertidos en cabezas de turco y heroicos mártires del liberalismo), una trama ambigua y oscura en la que entran en juego intereses políticos y económicos: como dice Rathers, “Antes las noticias no daban dinero a la cadena, se hacían porque era nuestro deber”, ahora las grandes corporaciones y los partidos políticos cortan el bacalao ideológico de la tele americana. El dúo de periodistas (a los que une un vínculo más fuerte que el profesional) luchan por demostrar la veracidad de su noticia y defender los ideales del periodismo de investigación, pero las fuerzas en juego son demasiado poderosas.

La verdad es una historia que bien podía haber sido escrita por Aaron Sorkin, en el buen y en el mal sentido. Vanderbilt sigue los pasos del creador de El ala oeste de la Casa BlancaThe Newsroom con una historia ágil, de diálogos punzantes e intensidad prolongada que nos recuerda a los mejores momentos de las mencionadas series y encajaría perfectamente en la programación de HBO. Pero como Sorkin, Vanderbilt no puede evitar incurrir en cierta demagogia ideológica a la hora de dar forma a su discurso. Para ser un film sobre la objetividad en los medios, La verdad resulta excesivamente manipuladora y maniquea. Sobre todo en lo que se refiere a su revestimiento dramático, un velo de grandilocuencia hollywoodiense que, a través de una emocionalmente agresiva banda sonora y momentos hiperficcionalizados, no deja apenas espacio para que el espectador piense por sí mismo.

Y aun así, La verdad resulta vibrante en todo momento, principalmente porque trata un tema sin duda apasionante. La clave para disfrutar de ella es ser consciente de que uno está siendo manipulado y hasta cierto punto adoctrinado. Si esto se tiene claro, la película se revela como el entretenimiento hollywoodiense perfecto, una historia robusta, emocionante, sin un minuto de desperdicio, y con impecables interpretaciones protagonistas (como hemos dicho ya, Blanchett está arrebatadora y se ha ganado una nueva nominación al Oscar) y secundarias (destacan Dennis Quaid, Topher Grace y sobre todo Stacy Keach, mientras que Elisabeth Moss queda totalmente desaprovechada). Por último, aunque sea empleando métodos cuestionables, La verdad ha servido para reavivar un debate muy importante sobre la relación entre los medios y el poder político en Estados Unidos que nos incumbe a todos. Supongo que en este caso, el fin justifica los medios.

Valoración: ★★★

Crítica: American Ultra

American Ultra

Texto escrito por David Lastra

Es 2015 y seguimos en plena edad de oro de la comedia… y a juzgar por los futuros proyectos de cara a 2016 (el hype de Cazafantasmas III tiene gran parte de la culpa), esta parece no tener fin. En estos últimos años, a los consagrados Judd ApatowPaul FeigRicky GervaisTina Fey, se les han unido nombres como Lena DunhamSimon PeggAmy SchumerDan HarmonEdgar Wright o la dupla Phil LordChristopher Miller. Gracias a los maestros y a las recientes incorporaciones, hemos disfrutado de momentos cinematográficos impagables (el duelo de discursos de damas de honor en La boda de mi mejor amiga, el personaje de McLovin en Supersalidos o cualquier escena en la que compartan plano Channing TatumJonah Hill en la saga de Infiltrados en…) y productos televisivos de alta escuela (30 RockGirlsThe Office), pero como toda nueva ola, también tiene su reverso oscuro. Es el caso de la infinidad de comedietas que intentan adherirse a la moda pero que no tienen ni puñetera gracia… ¡alguna hasta con Adam Sandler como protagonista! Con American UltraNima Nourizadeh (director del taquillero Project X) intenta apuntarse al grupo de cabeza, pero fracasa y además comete el mayor crimen posible a la hora de hacer una comedia: aburrir.

Aunque él no se acuerde, Mike ha sido entrenado bajo el programa Ultra para ser un arma infalible. Desde la cancelación del proyecto y gracias a un lavado de cerebro al más puro estilo Jason Bourne, su existencia se reduce a ver la televisión, colocarse con/sin su novia, esbozar un cómic que nunca hará y trabajar en un pequeño supermercado. Todo cambia el día en que uno de los jefecillos de la CIA organiza una operación secreta para terminar (a.k.a. exterminate) con Mike. Tan secreta no es porque, gracias a un chivatazo, la que fuera encargada del extinto programa Ultra, la agente Lasseter, se entera y decide actuar como una madre coraje y proteger a su pequeño, procediendo a la activación del protocolo de ataque del antiguo agente. La caza ha comenzado. Bonito punto de partida, no muy novedoso, pero sí apto para la consecución de una buena película de sábado por la noche o hasta de una cult movie en toda regla… pero no. Todo en American Ultra son medias tintas, no terminando de explotar en ningún momento, bueno, de manera literal sí, en varias ocasiones.

American Ultra

El gran error de American Ultra es el incluirse motu proprio dentro de la vertiente gamberra de la nueva comedia, cuando sus bazas cómicas no están a la altura. Naturalmente no está al nivel de la generacional Supersalidos, pero es que su pretendido despiporre argumental no se acerca en ningún momento a la muy reivindicable Juerga hasta el fin. El tándem formado por Nourizadeh y uno de los nuevos niños bonitos de Hollywood, Max Landis (guionista de Chronicle), fracasa a la hora de construir la incoherencia necesaria para el desarrollo argumental de una buddy movie de este tipo. Los dos personajes centrales no son nada más que meros esbozos del personaje tipo de adolescente perpetuo, sin llegar a ser los héroes que deberían ser. Aprovecho el momento para salvar de la quema a Kristen Stewart, que más que menos logra salvar su personaje y sigue con buen pie su rehabilitación cinematográfica tras la saga Crepúsculo. Al no hacernos reír, ni conmovernos, American Ultra termina funcionando mejor como película de acción. Resultando como una especie génesis de una saga de aventuras con Mike como agente secreto emporrado. Pero si entonces la incluimos en el nicho de las nuevas comedias de acción, sería devorada al instante por obras maestras como Infiltrados en clase.

Acompañando a Kristen Stewart, tenemos a otro de los actores jóvenes más odiados en internet y antigua pareja de Kristen en AdventurelandJesse Eisenberg. Jesse vuelve a demostrar las dotes miméticas que nos deslumbraron en La red social, convirtiéndose completamente en Michael Cera. Es imposible no pensar en Cera (el Michael Cera personaje) durante la película, especialmente al ver y escuchar al Mike pre-activación. Completan el reparto los televisivos Topher Grace, de buen chico en Aquellos maravillosos 70 a malo de la peli, Connie Britton (en un papel que iba a ser para Sharon Stone) repitiendo el rol de mujer luchadora que ya vimos en Friday Night LightsAmerican Horror Story, y Tony Hale, haciendo de un Buster Bluth con el trabajo de Gary Walsh (nota del autor: su papel de Arrested Development con el oficio de su personaje en Veep).

American Ultra es el segundo strike para Nima Nourizadeh en su intento por entrar en el gran club. En su defensa está que su videoclip para LDN de Lily Allen molaba bastante.

Valoración: ★★

Puente de comedia: La gran boda, Dos más dos, Scary Movie 5

Inauguramos un mayo de cine con una selección de estrenos de comedia para el puente (miércoles 01/05/13).

La gran boda (The Big Wedding, Justin Zackham, 2013)

En esta comedia de enredo somos invitados de excepción a la boda de Alejandro (Ben Barnes) y Missy (Amanda Seyfried). Don (Robert de Niro) y Ellie (Diane Keaton) son los padres adoptivos del novio, y llevan muchos años divorciados. La madre biológica de Alejandro, una mujer profundamente católica, viaja desde Colombia para asistir a la boda. Alejandro pide a sus padres que finjan estar casados para no escandalizar y decepcionar a su madre. Esta es la tontorrona premisa -que parece sacada de una sitcom de los 90– de La gran boda, pero como podéis imaginar, no es más que el desencadenante. Los hermanos del novio, los padres de la novia, la novia del padre… todos entrarán en juego para que la boda de Alejandro y Missy sea, por supuesto, un día inolvidable.

Es tan solo la segunda película de Justin Zackham, pero sorprende lo bien que le tiene cogido el pulso a la comedia. En La gran boda tiene que hacer malabares con un enorme reparto coral y por consiguiente, un elevado número de subtramas, y lo cierto es que no le sale nada mal la jugada.

No es ningún secreto que fnvlt bebe los vientos por Judd Apatow (lo menciono siempre que tengo la ocasión, porque se ha ganado a pulso que lo haga). Sin embargo, he de reconocer que después de ver La gran boda no he podido reprimir este pensamiento: “Atiende, Judd, es posible hacer una comedia de 90 minutos con ochocientos personajes, ¿por qué las tuyas con dos o tres se te suben a los 130?” Que sirva este pequeño toque de atención a Apatow no para menospreciar su obra (La gran boda está a años luz de sus trabajos y son casi incomparables) basándome en un elemento que no suele suponerme inconveniente (que cada uno cuente su historia en el tiempo que necesite), sino para elogiar al inexperto e impersonal, y aun así muy eficaz Zackhman. Es cierto que en La gran boda hay muchos personajes-bulto (por ejemplo Seyfried, que interpreta exactamente el mismo papel y cumple la misma función que en Mamma Mia), pero prácticamente todos tienen su momento estelar, haciendo que esos 90 minutos estén aprovechados al máximo.

Lo mejor de La gran boda es su apabullante sencillez, desenfado y honestidad. A pesar de que no es especialmente ingeniosa, lo vais a pasar bien con ella, queráis o no. Divertida, picantona (ya sabéis, sobre todo para la tercera edad), y también emotiva, abarca tantas generaciones en su estelar elenco que no le cuesta hallar su target en todo tipo de público. En definitiva, un producto decididamente comercial para consumir, disfrutar, comentarla cenando y pasar a lo siguiente. Destacan De Niro y Sarandon, espléndidos.

Dos más dos (Diego Kaplan, 2012)

Diego (Adrián Suar) y Emilia (Julieta Díaz) llevan diez años casados, tienen un hijo en la pubertad y están dedicados en cuerpo y alma a su trabajo, sobre todo él, un reputado cardiólogo (literalmente imposible elegir una profesión más obvia y cliché). Como diría Shonda Rhimes, Diego es un experto tratando el corazón de los demás, pero ha descuidado el suyo. Aunque más que su corazón, Diego y su esposa tienen abandonados otros órganos. Después de tantos años, el matrimonio atraviesa una crisis: la del sexo solo los sábados y como si fuera una tarea. Pero entonces los mejores amigos de la pareja, Richard (Juan Minujín) y Betina (Carla) les confiesan que llevan varios años siendo swingers, es decir, haciendo intercambio de parejas. A Emilia le pica la curiosidad (y otra cosa) y aunque Richad se muestra reacio en todo momento, acaban adentrándose en el mundo del “swingerismo“.

Dos más dos nos llega a España cuando la exitosa ola de comedias de enredo argentinas ya se ha desvanecido. Lo que encontramos en ella es lo mismo de siempre, el protagonista masculino bobo y elegantemente descuidado (Ricardo Darín y su legión de sucedáneos), la mujer supersexualizada, los malentendidos y los chistes dedicados explícitamente a la pareja (porque ir a ver una de estas películas solo sería tan bochornoso). Aun con todo, Dos más dos resulta tremendamente simpática y efectiva, y contiene un buen número de gags memorables. Y también es muy sexy, por qué no decirlo. Aunque la autocensura coarte el humor picante (sábanas, manos y demás elementos para tapar estratégicamente los cuerpos y evitar el desnudo integral), la película de Kaplan flirtea con el erotismo en varias escenas, y este está ejecutado con muy buen gusto. Las hilarantes interpretaciones del cuarteto protagonista enzarzados en diálogos que desprenden gracia natural es lo que en última instancia eleva de categoría la propuesta. Una pena que el tramo final sucumba al ¿inevitable? dramón para desenlazar el enredo y acabe destapando la mediocridad a la que siempre estuvo destinada.

Scary Movie 5 (Malcolm D. Lee, 2013)

Texto de David Lastra

Estúpida, muy estúpida, como tiene que ser una buena spoof movie. Scary MoVie no revitaliza la saga, ya que esta serie de películas nunca ha estado muerta. ¿Alguien se atreve a decir que la fórmula está agotada? Por las carcajadas que se oían (y que solté) durante la proyección se puede asegurar que para nada. En esta ocasión, se renuevan las caras del reparto y el mecanismo no se resiente para nada; gracias en parte a una histriónica Ashley Tisdale que no desmerece para nada a la Anna Faris de anteriores entregas.

La ex-High School Musical hace las veces de madre coraje que tiene que luchar contra un espíritu maligno para salvar a sus hijastras. ¿Os suena? Claro, es la premisa de Mamá. Para intentar confirmar el asedio del fantasma, coloca cámaras de seguridad en toda su casa. Sí, es Paranormal Activity. Pero también hay ballet y planos de gente de espaldas andando (Cisne negro), veladas bondage con el señor Grey (el protagonista del libro “50 sombras de Grey“) cabañas en el bosque (The Cabin in the Woods), libros malditos (Posesión infernal) y hasta un mono inteligente, El origen del planeta de los simios. ¿Que no has visto ninguna de esas películas (ni quieres admitir que has leído el bestseller erótico)? Pues da lo mismo, porque los gags son tan absurdos que tienen gracia por sí solos.

Como nota anecdótica los mil y un cameos, entre los que destaca la genial Molly Shannon como vieja gloria del ballet (la Wino de Cisne negro), los televisivos Tyler Posey y Sarah Hyland haciendo un pequeño guiño a los Ash y Cheryl de Posesión infernal… y la mismísima Lindsay Lohan haciendo de ella misma en el prólogo (con escena de cama con Charlie Sheen al más puro estilo Benny Hill incluída).

That ’70s Show: sexo, drogas y rock & roll

Oh, aquellos maravillosos 90. Una de las épocas de mayor esplendor de la comedia de situación, con series como Fraiser, Seinfeld, Friends o Will & Grace llevándose de calle a una audiencia aun ajena a la revolución que se estaba gestando en el drama televisivo. En los 90 todo era color y risas enlatadas, decorados teatrales y estrellas invitadas que despertaban ovaciones al entrar por la puerta. El espíritu de las décadas inmediatamente anteriores se mantenía vivo en estas series, que comenzaban ya su proceso de sofisticación. Sin embargo, en 1998 nació en Fox una sitcom que hacía de la regresión total y la nostalgia su mayor baza. That ’70s Show (o como se tituló en España, Aquellos maravillosos 70) era una serie de los 70 que no podría haberse hecho en aquella década, un producto ingenuo en su planteamiento y presentación, y sin embargo, muy adelantado y revolucionario para la última década del siglo XX.

Creada por Marcy Carsey y Tom Werner (Roseanne, El show de Bill Cosby, Cybill), junto a Mark Brazill (3rd Rock from the Sun), That ’70s Show cuenta la historia de un grupo de adolescentes que ven el tiempo pasar en Point Place, un pequeño pueblo de Wisconsin. Recreando con fidelidad la estética setentera de series como Happy Days o La tribu de los Brady, That ’70s Show se ambienta en una etapa caracterizada por la experimentación, la vida contemplativa y la revolución sexual post-Woodstock. Eric Forman (Topher Grace) y sus amigos se reúnen en el sótano de su casa para fumar maría, beber cerveza a escondidas, hablar de sexo (o practicarlo) y gastarse pesadas bromas –burn! que dirían ellos. Al inicio de la serie, los seis protagonistas están en el instituto, a pesar de que los vemos en clase tan solo una vez en toda la andadura de la serie. Resulta especialmente llamativo (y refrescante) que una serie de Fox orientada al público familiar y juvenil mostrara en todos sus episodios a un puñado de adolescentes menores de 18 años bebiendo y consumiendo drogas. Claro que estamos hablando de una época de libertad pre-pezóngate, en la que los productores se salían con la suya gracias a unas cadenas más permisivas y relajadas.

Las hormonas en constante estado de efervescencia de los protagonistas conducían una historia de enredos amorosos y sexuales en las que al principio poco importaban los sentimientos. Solo Eric y Donna (Laura Prepon) se ajustaban a los cánones de pareja romántica. En estos dos vecinos y amigos de la infancia, un tirillas nerd y una despampanante pelirroja que se dan cuenta de que siempre han sido y serán el uno para el otro, recaía el peso sentimental de la serie. Grace y Prepon rebosaban química, en una relación en la que el sexo era muy importante, pero la amistad era lo que la hacía inquebrantable. El resto de personajes se dedicaban a emparejarse unos con otros, a robarse las novias, a ponerse los cuernos, sin reparos ni remordimientos. Un puterío total, vamos. De hecho, Jackie (Mila Kunis) pasó por los brazos de todos los personajes masculinos (menos Eric) a lo largo de las ocho temporadas que duró la serie. A medida que los personajes estrechaban sus lazos amistosos, estos encuentros sexuales adquirían mayor trascendencia y repercusión en sus vidas. Se empezaba a hablar de amor, a la vez que los seis protagonistas comenzaban a buscar su lugar en el mundo.

Y esa es la dirección que toma That ’70s Show a partir de que los personajes abandonan el instituto (al que nunca asistían, insisto). El éxito de audiencia de la serie garantizaba un alto número de temporadas, así que había que hacer frente, inevitablemente, al clásico conflicto de transición entre instituto y universidad. La solución: si ningún personaje estaba especialmente interesado en estudiar, ¿para qué mandarlos a la universidad? Una vez en el mundo real, los protagonistas comienzan a buscar trabajos, lo que multiplicaba las tramas individuales fuera del sótano de Eric. Aunque por supuesto, todos acaban de vuelta en él, perdidos, sin rumbo, sin saber hacia dónde se dirigen sus vidas. La séptima temporada incide especialmente en este asunto, con Eric tomándose un año sabático para encontrar su vocación. Acaba marchándose a África, dejando tirada a Donna, que previamente había renunciado a su futuro por quedarse con él en Point Place. Gran parte de la esencia de la serie, la preciosa relación entre Donna y Eric, se desvanecía tras la marcha de Topher Grace. “Siempre has estado a veinte pasos de mí. ¿Qué voy a hacer sin ti?”

Después de Grace, Ashton Kutcher también desertó, lo que dejó al reparto dramáticamente mermado -y supuestamente reforzado por un personaje de cuyo nombre no quiero acordarme- para una octava temporada que nunca debió existir. That ’70s Show agonizaba horrorosamente después de siete años de éxito. La redimían pequeños instantes de lucidez en los que los personajes se desnudaban emocionalmente, especialmente los proporcionados por la madre de Eric, Kitty (Debra Jo Rupp, injustamente ignorada en los premios durante ocho años). Ella se encarga de mantener el buque a flote, ejerciendo como madre del grupo, a pesar de que sus dos hijos ya no están en la serie. Y es en cierto modo gracias a la pequeña gran Kitty por lo que That ’70s Show despide a su audiencia con lágrimas en los ojos. “That ’70s Finale” proporciona el cierre perfecto a la serie después de ni más ni menos que 200 capítulos. Además, el emotivo último capítulo nos devuelve a Grace y Kutcher para completar el ciclo, que es de lo que se trata.

That ’70s Show es una serie tremendamente repetitiva (en la tradición de la sitcom clásica). Se insisten los mismos gags visuales, chistes y one-liners a lo largo de sus ocho temporadas, con desigual resultado. Mientras inventos como “el 360º” -las escenas en las que los protagonistas se sientan en círculo a colocarse y la cámara sigue sus conversaciones alucinadas- se convierten desde el piloto en recursos indispensables, llega un momento en el que uno no sabe si será capaz de aguantar más “pies en el culo” de Red Forman, o si las ensoñaciones y fantasías de los personajes han “saltado el tiburón”. Y sin embargo en esa repetición reside gran parte de su encanto. El regreso a lo conocido es sin lugar a dudas uno de los factores que convirtieron la serie en un gran éxito de audiencia en Norteamérica (en España pasó más bien desapercibida), y a sus actores protagonistas en estrellas mediáticas (especialmente a Kunis y Kutcher). La identidad de That ’70s Show quedaba establecida por la übersexualidad de sus personajes (los pantalones ajustados hasta el estrangulamiento podrían ser la clave), los enredos picantes y el carácter alocado y casi esquizofrénico de Eric, Donna, Hyde, Kelso, Fez y Jackie –“I think there’s a little something wrong with all of us”, Hyde-. Sin embargo, lo que le ha garantizado un lugar privilegiado en el firmamento de las sitcoms es la indudable química de su reparto, un grupo de amigos que crecieron y aprendieron juntos durante sus ocho años de emisión, y que según ellos, nunca dejaron de quererse. Seis “niños” sin apenas experiencia que se convirtieron en actores al amparo de una madre amantísima y una audiencia que comprobaba semana tras semana que además de sexo, drogas y discos de vinilo, en los 70 había mucho amor.