Crítica: Puñales por la espalda

Rian Johnson ha alcanzado la notoriedad en los últimos años gracias a su participación en la saga Star Wars, para la que dirigió la polémica y profundamente divisiva Los últimos Jedi en 2017. Pero la primera vez que el mundo se fijó en él fue con un pequeño noir adolescente llamado Brick, que recibió excelentes críticas y lo llevó a ser nombrado la década pasada como una de las nuevas promesas del cine. Después de superar el reto de dirigir una gran superproducción de Hollywood y aprovechando la plataforma que esto le ha brindado para desarrollar otros proyectos de pasión, Johnson regresa a sus orígenes y retoma el misterio con Puñales por la espalda (Knives Out), cinta de suspense que, tras un triunfal paso por el Festival de Toronto, llega a los cines coronada como una de las películas de la temporada.

Con su nuevo film, Johnson lleva a cabo un homenaje a las historias de misterio estilo Agatha Christie, elaborando lo que se conoce como un whodunit (contracción inglesa que significa “Who [has] done it?”), relato en el que se ha cometido un asesinato y alguien (generalmente un detective excéntrico) debe investigar a los sospechosos a través de pistas que se ofrecen al lector o espectador para averiguar quién lo ha hecho. La víctima de Puñales por la espalda es Harlan Thrombley (Christopher Plummer), renombrado novelista y editor de libros de misterio de 85 años que ha sido hallado muerto, supuestamente por suicidio, en su habitación. El peculiar detective privado Benoit Blanc (Daniel Craig) es contratado por una persona anónima para investigar a los sospechosos del crimen, una familia numerosa y disfuncional que se reúne en la mansión del patriarca tras su fallecimiento.

Además de Plummer y Craig, Puñales por la espalda cuenta con un multitudinario reparto estelar que incluye a Jamie Lee Curtis, Don Johnson, Michael Shannon, Chris Evans (en un papel muy alejado de su Capitán América), Toni Collette, Katherine Langford y Jaeden Martell, quienes conforman el clan de los Thrombley, un grupo de personalidades fuertes y dispares que ocultan mentiras y guardan secretos e intereses relacionados con el cabeza de familia, lo cual los convierte a todos en posibles asesinos a ojos de Blanc. Todos los actores están estupendos, destacando especialmente un Craig tronchante que desata su faceta más cómica y juguetona (no nos importaría verlo resolver más casos en el futuro). Pero para nuestra sorpresa, quien se alza como la protagonista indiscutible de la película, por encima de todos los actores de renombre que la acompañan, es Ana de Armas, que interpreta a Marta Cabrera, enfermera al cuidado de Harlan. Marta es la que proporciona el hilo principal de la historia y la que sirve como punto de entrada y baliza moral, es decir, el necesario toque de cordura en una casa llena de locos.

Tomando como punto de partida clásicos como Diez negritosLa huellaEl juego de la sospecha, Johnson, que también escribe el guion, realiza una película que funciona como homenaje nostálgico al género y a la vez como reescritura del mismo. El director propone un regreso al misterio de toda la vida: una mansión, una herencia, un asesinato y numerosos sospechosos. Y una vez dispuestas las piezas sobre el tablero de Cluedo (juego de mesa que obviamente tiene un guiño en el film), se dedica a reordenarlas ingeniosamente para subvertir las expectativas del espectador. En este sentido, el mayor acierto del guion es ir más allá del mero “¿Quién lo ha hecho?”, descubriendo parte del pastel antes de tiempo para explorar otras posibilidades narrativas y cambiar, de forma sutil pero contundente, las normas.

Viendo la película salta a la vista lo bien que se lo pasó el reparto haciéndola. Entre la caricatura y la crítica social al privilegio, los actores componen personajes divertidos y llenos de capas que por separado nos dejan grandes momentos, pero juntos funcionan como una bomba de relojería (las mejores escenas son aquellas en las que están todos reunidos en el mismo lugar). Claro que, como adelantaba, todos ellos son secundarios de lujo en un guion que convierte a una persona del servicio, hija de inmigrantes, en el centro de la historia, dándole así la vuelta al estereotipo de la chacha latina. De Armas, que lleva camino de convertirse en una de las actrices más solicitadas del momento en Hollywood (después de verla en Blade Runner 2049, se reunirá con Daniel Craig en la nueva misión de James Bond, Sin tiempo para morir y se convertirá en Marilyn Monroe en Blonde) y con su excelente interpretación en Puñales por la espalda nos demuestra que se lo ha ganado.

Con hilarantes personajes, diálogos afiladísimos, un sentido del humor exquisito y un argumento lleno de giros, Johnson ha realizado una película tan clásica como original que, pese a algún bajón de ritmo, deja con ganas de ver otra vez para prestar más atención a la infinidad de detalles que se puedan haber escapado a la primera. Puñales por la espalda es una rara avis en el panorama actual de Hollywood, una película elegante, inteligente y sinuosa que se alza como uno de los pasatiempos cinematográficos más elaborados del año.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Reseña: Ritmos del corazón (Hearts Beat Loud)

Es el verano antes de que Sam (Kiersey Clemons) se marche a la universidad. Su padre, Frank (Nick Offerman), se aferra como puede a sus últimos días con ella mientras afronta el cierre de su tienda de discos, que tiene la misma edad que su hija, diecisiete años. Incapaz de aceptar la idea de que en muy poco tiempo Sam dejará de vivir bajo su techo, Frank le pide que compongan música juntos y formen una banda.

Sin embargo, Sam tiene la vista fijada en su carrera de medicina, así que a pesar de su pasión y enorme talento por la música, tendrá que ser la más madura de los dos y abrir los ojos a su padre, que sigue estancado en el pasado, como las tiendas físicas de discos. Todo cambia cuando Frank decide subir uno de sus temas a Spotify y esto abre las puertas al dúo, bautizado We’re Not a Band, hacia una posible carrera discográfica.

Ritmos del corazón (Hearts Beat Loud) es la nueva película de un habitual de Sundance, Brett Haley (Volverás en mis sueñosThe Hero), dramedia musical con un inmejorable reparto de caras conocidas entre el público del cine indie y las series de la televisión (Nick Offerman, Kiersey Clemons, Toni Collette, Sasha Lane y Ted Danson) que el pasado año conquistó al público a su paso por el circuito festivalero de Estados Unidos.

Y no es para menos. Ritmos del corazón es una película profundamente cálida y reconfortante que aborda temas intrínsecamente melancólicos como el paso del tiempo y la separación de padres e hijos con sentido del humor, ternura y mucho corazón, pero sin pasarse nunca de almíbar. La película se sustenta principalmente sobre el estupendo trabajo de Offerman y Clemons, que desprenden química por los cuatro costados. Su relación, expresada y transformada a través de la música, es tan emotiva como sincera.

A Offerman estamos acostumbrados a verlo interpretando a personajes serios y cascarrabias con un divertido punto marciano, y aquí (como ya hizo en Yo, él y Raquel) vuelve a sacar a relucir su lado más humano y vulnerable como uno de los padrazos por excelencia del cine independiente. Está simplemente adorable. Mientras, Clemons se confirma como una de las jóvenes promesas a seguir más de cerca. Hay mucho talento en esta chica y podemos apostar a que vamos a verla mucho en los próximos años.

A través de las bonitas canciones de Frank y Sam y con ayuda de un guion que hila muchas tramas con soltura, Ritmos del corazón da forma a una preciosa relación paternofilial, pero también a una historia de amor adolescente queer representada de la forma más casual y natural y a una acertada reflexión sobre madurez estancada, todo envuelvo en una nostálgica oda a la música indie (clásica y actual), al vinilo y las tiendas de discos que sobreviven en la era digital. Una de las películas más entrañables que hemos visto recientemente.

Ritmos del corazón ya ha salido a la venta en España en DVD de la mano de Sony Pictures.

Crítica: Hereditary

Tengo la sonrisa de mi madre. Sus hoyuelos también. El mentón y el porte de mi padre. La cabezonería de ambos y cierto sentido del humor que les saca de quicio a los dos por igual. Eso y mil traumas y bondades más es lo que he heredado de mis progenitores. Como si de una enfermedad se tratase (en algunos casos realmente lo es), nuestra existencia y apariencia viene debida a la herencia genética de nuestras madres y padres biológicos. Tarea nuestra (y de la sociedad que nos rodea) será el convertirnos en la continuación o digresión de ellos… aunque esa herencia nunca dejará de atormentarnos (o de premiarnos, que no todo es malo). Esa es la base sobre la que se sustenta Hereditary, la terrorífica sensación de la temporada.

El debut en largo de Ari Aster nos presenta a la familia Graham, devastada tras el fallecimiento de la abuelita Ellen. Realmente, la palabra exacta no sería devastada, ni siquiera afligida. La palabra que mejor define la actitud de su hija Annie (Toni Colette, El sexto sentido) es liberada. De las trazas de su madre poco sabemos, pero todo apunta a un comportamiento que seguramente rozó el abuso de la hija. Por si fuera poco, la matriarca falleció completamente senil, algo que atormenta completamente a Annie. Un drama que ha tenido que sufrir con su progenitora y que teme vaya a hacer sufrir ella a sus dos hijos.

Peter (Alex Wolff, Jumanji: Bienvenidos a la jungla)  y Charlie (Milly Shapiro, la Matilda de Broadway), son sus dos zagales. Peter está en el instituto y las hormonas comienzan a cegarle; y Charlie no es una de las chicas más populares del lugar pero eso no es ningún problema para terminar siendo la reina de todo el cotarro. P y C se quieren de la peculiar forma en que se quieren los hermanos que no tienen nada en común: se aguantan. Para Annie es de vital importancia que ambos estén cuanto más unidos mejor, especialmente con el futuro que les espera cuidándola a ella… Un drama futuro que solo ve ella, ya que todavía no ha tenido ningún episodio psicótico… o puede que sí.

Hereditary es una comedura de cabeza por el devenir del futuro y la putrefacción de la herencia genética. Annie se ahoga a sí misma y a los suyos con su miedo al futuro. Un temor que salpica y destroza su presente. Un horror que se perfecciona gracias a la mano dadivosa del destino y su gracejo habitual por hundir a los que más hundidos se encuentran.

Con ritmo pausado (en demasía, se podría decir), Hereditary compone una interesante maqueta sobre las miserias humanas. Aster sabe construir una agobiante atmósfera y una mitología bastante certera al servicio de la historia, pero cae en un error de principiante: obviar el menos es más. El cineasta opta por complicar una historia que hubiese funcionado mejor sin tanta solemnidad y, especialmente, con menos giros (no tan) sorprendentes. Tanta histeria y locura sin control (en el mal sentido de la expresión), termina por remitirnos a las primeros excesos de Jaume Balagueró y Paco Plaza para Filmax hace casi veinte años más que a los referentes directos a los que homenajea (copia) la película. Como aquellos títulos catalanes, la cinta de Aster es altamente disfrutable, pero no la enviada de los dioses (del averno) que nos han querido vender desde el otro lado del océano.

Como es habitual, Toni Colette borda el papel histriónico e histérico de la madre. Más cercano a (alguna de) su(s) Tara(s) de United States of Tara que a sus otras madres en El sexto sentido o Pequeña Miss Sunshine. Después de ver esta película, volvemos a no saber la puñetera razón por la que Colette no consigue más buenos papeles y encabeza repartos como se merece. Gabriel Byrne (Muerte entre las flores) hace las veces de marido Annie, el personaje más plano e insustancial del film. Se agradece que en esta ocasión sea el cónyuge masculino y no el femenino. La maligna Ann Dowd vuelve a hacer de las suyas en un pequeño papel. Muchas películas junto a Anne Hathaway tendrá que hacer en el futuro para compensar lo mucho que nos está puteando esta década. Más que solvente Alex Wolff apropiándose de alguna de las escenas más malrolleras del film y aplausos para la robaescenas mayor de la película: Milly Shapiro. Su Charlie podría tener un grupo de WhatsApp con la mismísima Regan MacNeil y con el bebé de Rosemary. Oscura y retorcida, o simplemente retraída… y retorcida. Shapiro está llamada a ser uno de los iconos del cine de género de los últimos años. Aunque solo sea por su perfecta evocación a Alyssa Edwards de RuPaul’s Drag Race.

Hereditary representa a uno de nuestros inner saboteurs más temidos: el miedo al futuro. Lo bueno es que en esta ocasión no es más listo que nosotros.

David Lastra

Nota: ★★★

Crítica: Mejor otro día

A LONG WAY DOWN

Mejor otro día es el título en español de A Long Way Down (así, como siempre, simplificando para el público español, que de otra manera no pica, aunque luego no distingamos las películas por el título, porque son todos igual de simplones). Se trata de la adaptación de En picado (Anagrama), la novela del afamado Nick Hornby, autor de best-sellers como Alta fidelidad (High Fidelity) y Un niño grande (About a Boy) convertidos ambos en queridos largometrajes. Tras el éxito de ambas películas entre crítica y público, el francés Pascal Chaumeil (Los seductores, Llévame a la luna) se encarga de trasladar al cine la novela de 2005, para lo que cuenta por primera vez con un reparto íntegramente angloparlante.

La primera producción en inglés del realizador francés es una comedia tontorrona y optimista, en la línea de lo que nos tiene acostumbrados. Sin embargo, en Mejor otro día Chaumeil se muestra más contenido y centrado, menos propenso al desvarío y el absurdo de su anterior filme, Llévame a la luna. Aunque la historia le da pie a ello, el director prefiere mantenerse en todo momento en la zona segura, componiendo una amable y facilona cinta de autoayudaMejor otro día es la disparatada historia de cuatro desconocidos que en Nochevieja se encuentran en la azotea de un edificio de Londres conocido por su elevado número de suicidios al año. Los cuatro se disponen a saltar al vacío, pero una conversación les lleva a forjar un pacto para seguir con vida: “Prometemos no suicidarnos hasta el día de San Valentín”.

MEJOR OTRO DÍAEste Club de los suicidas está formado por un eficaz reparto lleno de caras conocidas para el público internacional: unos muy loables Pierce Brosnan y Toni Collette (él desprendiendo encanto canalla y ella aportando un poco de espíritu indie), y los jóvenes Imogen Poots y Aaron Paul, que repiten como tándem interpretativo después de la muy reciente Need for Speed, demostrando de nuevo la gran química natural que hay entre ellos. También se dejan ver en la película Sam Neill y Rosamund Pike, que aportan la nota más caricaturesca a la comedia (sobre todo ella, que bien podría ser un personaje de Parks and Recreation).

En general, lo mejor de esta descafeinada farsa buenrollista es su reparto, especialmente Poots, que desde que irrumpe en escena como el demonio de Tasmania hasta el final, se convierte en el objeto brillante que no puedes dejar de mirar. La bonita (e implausible) amistad que se forma entre estos cuatro personajes nos da muy buenos momentos, tanto cómicos como dramáticos, y sirve con eficacia el propósito de provocar la sonrisa, e incluso de conmover ocasionalmente. Sin embargo, la cinta de Chaumeil pierde valor por su terrible banalización de un tema tan delicado como la depresión y el suicidio. Salta a la vista que tiene las mejores intenciones, y no es difícil contagiarse de este encomiable canto de afirmación a la vida. Pero en última instancia, Mejor otro día carece de verdadero poder terapéutico, y se desvanece rápidamente en la memoria como la gran tontería que es.

Valoración: ★★½

Crítica: Sobran las palabras (Enough Said)

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Sobran las palabras (Enough Said) podría describirse utilizando la expresión que popularizó la crítica al hablar de Seinfeld: Una comedia que no va sobre nada. Protagonizada por Elaine Benes herselfSobran las palabras recoge todos los problemas y ansiedades de la madurez, y los envuelve con un casual halo de cotidianeidad y costumbrismo (a la yanqui) que nos hace pensar que no se nos está contando nada, cuando en realidad se nos está bombardeando con excelentes reflexiones y agudas observaciones sobre nuestro comportamiento social.

Nicole Holofcener, la directora de la cinta, tiene una amplia experiencia dirigiendo este tipo de personajes en televisión, sobre todo mujeres de mediana edad que se enfrentan a los horrores de pertenecer a la clase media. No en vano, Sobran las palabras posee cierto aire a sitcom posmoderna. Haber dirigido a Amy Poehler en Parks and Recreation debe haberle sido muy útil a la hora de trabajar con Julia Louis-Dreyfus, una maravillosa actriz de matices en uno de los mejores momentos de su carrera. Holofcener saca de Louis-Dreyfus, arrebatadoramente natural y encantadora, una de las mejores interpretaciones del año.

Sobran las palabras se adscribe sin lugar a dudas al género indie buenrollista que cada año nos proporciona nuestra dosis de Sobran las palabras__Pósteradorables neuras norteamericanas -en 2013 también hemos podido disfrutar de la deliciosa El camino de vuelta, con la que Sobran las palabras formaría una sesión doble perfecta. Aquí también tenemos a Toni Collette y Catherine Keener (o sea, que sobran las palabras, literalmente). A golpe de punteo de guitarra y emociones químicamente testadas, la película de Holofcener nos envuelve en una confortable cama de algodón de la que nos empuja varias veces para recordarnos que la vida también puede ser complicada (hablamos de white people problems, claro está). Sobran las palabras nos da la bienvenida a la Tierra de los Divorciados, donde todo es divertido y deprimente a partes iguales, y a base de diálogos geniales y certeros (“Estoy cansada de ser graciosa”) articula en palabras y miradas emociones abstractas con suma precisión. Para eso van todos al psicólogo en ese país.

La crisis de los 40 es una cuestión universal (como la soledad y el síndrome de nido vacío) y Holofcener la explora partiendo de una premisa muy interesante: No solo coloca a sus protagonistas, dos divorciados con hija única, en la tesitura de tener que empezar de nuevo en la (tan esencialmente yanqui) dating scene, sino que se plantea cómo sería una relación si uno de sus miembros conociera todas las manías y defectos después de la primera cita (una de las mejores del cine moderno, por cierto). Haciendo gala de un sentido del humor inteligente y sincero que sirve tanto para hacernos reír como para golpearnos con la dura realidad, Sobran las palabras se erige como la dramedia perfecta. Puede que las emociones estén meticulosamente confeccionadas, pero hay algo que no se puede planear: la excelente química entre Louis-Dreyfus y James Gandolfini (que en su penúltimo papel trabaja curiosamente en un archivo de historia de la televisión). Las inspiradísimas escenas que Eva y Albert comparten son el palpitante núcleo de una película que acaba afectándonos tal y como se propone.

Valoración: ★★★½

 

Crítica: El camino de vuelta

THE WAY, WAY BACK

¿Recordáis aquel verano en el que vuestros padres os llevaron un mes de vacaciones al pueblo costero donde ellos veraneaban de pequeños y disteis vuestro primer beso en la playa, junto a una hoguera y con los fuegos artificiales del 4 de julio estallando al fondo? Seguro que sí, como si hubiera sido ayer. Pero ya no sabéis distinguir muy bien si es un recuerdo real o un constructo generado a partir de todas esas ‘películas de vacaciones’ con las que todos crecimos.

Con El camino de vuelta (The Way, Way BackNat Faxon (Ben and Kate) y el ganador de un Oscar por Los descendientes Jim Rash (nuestro Decano Pelton de Community) aúnan con buen gusto y mucho cariño la mitología yanqui más reconocible e importable y los tópicos del cine sobre adolescentes (de esa variante amable y pseudodramática que ellos llaman concretamente “coming of age movies”) para recordarnos aquel verano en el que todo cambió, o si no se es tan afortunado, el mejor verano que nunca tuvimos.

El camino de vuelta está narrada desde el punto de vista de Duncan (Liam James), un torpe e inseguro adolescente de 14 años con el que es prácticamente imposible no identificarse de alguna manera (seguramente si estás leyendo esto, tú fuiste, o eres bastante Duncan). Es como el Charlie de Las ventajas de ser un marginado pero sin el trauma infantil y el hospital psiquiátrico. Duncan no corre peligro de caer en depresión, pero su familia no le proporciona estabilidad precisamente, y su situación lo convierte en el protagonista ideal de este tipo de películas, un héroe mundano y defectuoso (un 6 que en realidad es un 9) del que nos apropiamos sus pequeños triunfos personales. Qué bien se siente uno realizándose a través de personajes como este.

El Camino de Vuelta_PósterUn par de años después del divorcio de sus padres, Duncan se va de veraneo con su madre (Toni Collette), su odioso nuevo novio (interpretado por un Steve Carell que se aleja de todos los papeles que ha hecho hasta ahora) y la ausente hija de él. Mientras su madre intenta por todos los medios crear una nueva familia con lo que tiene a mano, Duncan busca refugio fuera de casa. Lo encuentra en un parque acuático regentado por un Peter Pan cuarentónOwen (Sam Rockwell en estado de gracia), que se ofrece como guía espiritual del chaval y le da su primer trabajo. Con Owen y el resto de kidults del parque, Duncan aprende a no quedarse de brazos cruzados. A perder la vergüenza y bailar break dance delante de extraños, a hacer un acercamiento con la preciosa vecina (AnnaSophia Robb), y en definitiva, a empezar a vivir un poco la vida.

El camino de vuelta es todo un caramelito indie en la línea de Little Miss Sunshine o la reciente Un invierno en la playa. Una dramedia familiar muy bien interpretada (Allison Janney está maravillosa), con envoltorio Sundance (es decir, tan natural como manufacturada) y sabor a película de los 80, que da siempre con las notas adecuadas para tocar la fibra (aunque salten demasiado a la vista las intenciones y seamos conscientes en todo momento de que estamos siendo ligeramente manipulados). El camino de vuelta transcurre en nuestros días -como nos indica el product placement tecnológico-, pero su espíritu (y su selección musical) está en un pasado común que es tal y como nos recuerdan estas películas, aunque en realidad no se parezca en nada.

Valoración: ★★★½

Especial Pilotos 2013-14 – Parte II

mom cbs

Mom

Emisión: Los lunes en CBS

Opinión sobre el piloto: Mom es la nueva apuesta enlatada de CBS para su lunes de comedia. Emparejada muy convenientemente con 2 Broke Girls y Cómo conocí a vuestra madre, la nueva sitcom de Chuck Lorre (Dos hombres y medio, The Big Bang Theory) cuenta la historia de Christy, una joven madre soltera ex alcohólica que debe compaginar su trabajo como camarera con el cuidado de sus dos hijos y su desastrosa vida amorosa (está liada con su jefe casado). El regreso de su madre, Bonnie (que cometió los mismos errores que ella en el pasado), complica aun más las cosas para ella. Christy es Anna Faris y Bonnie es Allison Janney. Y resumiendo, ellas dos son lo mejor (y quizás lo único bueno) de Mom. No es poco, ya que son las que llevan el peso de la serie, pero de momento no es suficiente para salvar esta suerte de Dos mujeres y media.

La sensación que uno tiene al ver Mom es la misma que la que muchos tenemos al volver a casa. En primer lugar, familiaridad y confort, la seguridad de regresar a lo conocido, el cariño de alguien que va a estar siempre ahí. Pero no tarda en aparecer el agotamiento, la repetición, el déjà vu, la sensación de peligro por quedarte demasiado tiempo en el pasado. En Mom todos los elementos en juego conforman ese pasado que insiste en reaparecer y quedarse en la tele. La misma fórmula, los mismos personajes, la misma historia, los mismos chistes. El resultado no es ni de lejos desagradable, pero al final debemos plantearnos si nos interesa seguir estancados en el pasado.

Puntuación: 5/10

Razones para quedarse: Allison Janney y Anna Faris, las dos están francamente divertidas, y las dos pedían a gritos una sitcom. Sobre todo Faris, combinación perfecta de histrionismo y sensibilidad. La química entre ellas y con el resto del reparto puede dar buenos momentos.

Razones para abandonar: Que ya tenemos muchas comedias iguales, de hecho en la misma cadena. ¿Para qué ver Mom si tenemos 2 Broke Girls, que es casi lo mismo pero más gracioso?

 

Hostages CBS

Hostages

Emisión: Los lunes en CBS

Opinión sobre el piloto: Del todopoderoso Jerry Bruckheimer, emperador del blockbuster y si te descuidas responsable de casi toda la oferta dramática de CBS, nos llega un “nuevo” thriller protagonizado por Toni Collette y Dylan McDermott. Hostages es la historia de Ellen Sanders (Collette) una de las mejores cirujanas del mundo (¿no lo son siempre?), ¿felizmente? casada y con dos hijos adolescentes. La noche antes de operar al presidente de los Estados Unidos, Ellen y su familia se convierten en rehenes en su propia casa de un agente del FBI, Duncan Carlisle (McDermott). Carlisle coacciona a la doctora para que cometa un error en la mesa de operaciones y acabe así con la vida del presidente. Hostages está basada en una serie israelí (qué le gusta a la tele USA una serie israelí).

Lo que tenemos en el piloto de Hostages es básicamente la primera mitad de una película. No se me ocurre de qué manera se puede alargar esto más allá de dos episodios. ¿Por qué se empeñan las televisiones en abierto en hacer dramas incapaces de ir más allá de su premisa? El formato idóneo para Hostages es la TV Movie, o como mucho una miniserie. No da para más. Claro que no resulta fallida únicamente por su escasa proyección de futuro, sino porque no hay nada en ella que no resulte manido y cliché. Este thriller de invasión doméstica (qué le gusta a los americanos una invasión doméstica) es la prueba de que las networks están bastante desesperadas y despistadas, y que siguen sin entender a sus espectadores y sus necesidades.

Puntuación: 4/10

Razones para quedarse: Ninguna es lo suficientemente sólida. Collette y McDermott están correctos y la factura del piloto es buena. Quizás le guste a tu madre (no es un insulto a tu madre, sino una valoración de la serie, de hecho yo se la voy a recomendar a la mía).

Razones para abandonar: La audiencia del piloto ha sido bastante desastrosa para los estándares de CBS, así que después de todo, quizás Hostages se convierta en una miniserie (ya se ha anunciado que la primera temporada constará de 15 episodios, al estilo “cable”), y no cueste tanto quedarse a ver cómo termina.

 

The Blacklist

The Blacklist

Emisión: Los lunes en NBC

Opinión sobre el piloto: The Blacklist es todo lo contrario a Hostages. Es decir, una serie que ya desde el piloto te está planteando una historia a largo plazo, sin fecha de caducidad cercana y estirable hasta el infinito. La primera hora de The Blacklist funciona como introducción a la historia y carta de presentación de los personajes a la vez que ejerce de episodio-modelo. Es decir, si nos quedamos, podemos esperar más de lo mismo en las próximas semanas. The Blacklist es la enésima prueba de la trágica falta de riesgo y originalidad de las series de los últimos años. Os recordará a The Following y Hannibal. Un brillante y grandilocuente criminal (James Spader haciendo de James Spader) se entrega al FBI para ayudarles a tachar a los malhechores de su exclusiva “lista negra”, a cambio de un serie de condiciones. Al final del piloto, después de resolver el primer caso de la serie, Raymond Reddington (Spader) nos advierte “si creíais que esto era todo, estáis equivocados, la lista es enorme y da para mil temporadas”.

El caso es que The Blacklist, a pesar de transcurrir de acuerdo a todos los puntos del manual de las series procedimentales, funciona como efectivo entretenimiento liviano. Es lo que es, ellos lo saben y nosotros también. Los juegos psicológicos entre esta hastiada fusión de Hannibal Lecter y Joe Carroll (a Reddington también lo meten en la clásica jaula de metacrilato, no falta nada) y la joven agente del FBI de turno son tan profundos como un charco. De la misma manera, la investigación policial (que con toda seguridad ocupará el 80% de todos los episodios) es un greatest hits de tópicos y giros argumentales del policíaco televisivo. A pesar de todo, el piloto de The Blacklist está contado con buen ritmo y cumple una clara misión: escapismo sin exigencias, al más puro estilo network. Si os habéis cansado de The Following (es decir, si sois seres humanos medianamente normales), quizás encontréis una sustituta provisional en The Blacklist.

Puntuación: 5/10

Razones para quedarse: Lo dicho. Entretiene, que no es poco. Y además, tiene algo más de sentido del humor que el policíaco medio (no como los de CBS, que parece que si no hay risas enlatadas no ve la necesidad de incorporar ni un ápice de comedia en sus series).

Razones para abandonar: Que tengáis alergia a lo formulaico (yo la tengo). Que estéis hartos del FBI en las series (yo lo estoy). Que os canse ya la dinámica criminal psicológicamente complejo + agente interesado en “la mente del asesino” (a mí me agota).

 

The Goldbergs

The Goldbergs

Emisión: Los martes en ABC

Opinión sobre el piloto: ABC solo sabe hacer dos tipos de series: el culebrón prêt-à-porter y la neo-sitcom familiar. The Goldbergs no transcurre en la actualidad, pero pertenece claramente a la segunda tendencia. A través del hijo pequeño de la familia Goldberg y su videocámara se nos invita a adentrarnos en el disfuncional-en-su-justo-punto hogar de una familia media norteamericana durante la dichosa década de los 80. Al principio se nos contextualiza muy bien la época: no hay Internet, ni móviles, ni Twitter. Las familias estaban obligadas a hablar, a interactuar en el mundo real, y eso es lo que se nos muestra en The Goldbergs. Y además se hace buscando el tono que la acerque a las propias sitcoms de la década (la serie comienza con un montaje ochentero que incluye varias de ellas, como Alf o Arnold).

The Goldbergs es quizás menos remilgada que Modern Family, los padres dicen palabras malsonantes delante de sus hijos (que permanecen impasibles ante ellas, como debe ser), incluso llegan a las manos con ellos constantemente. No pasa nada, son los 80, la policía de lo moral y lo políticamente correcto aun no existía y The Goldbergs se las arregla muy bien para transmitir esta sensación. Esto hace que, de nuevo, una serie sobre los 80 resulte más fresca y vanguardista que cualquier otra ambientada en nuestros días (en este sentido recuerda un poco a la rupturista That 70s Show). Claro que solo hasta cierto punto. Al final, The Godlbergs es tu típica comedia de ABC. Después del absurdo, los insultos y el picante se opta por dejar que el corazón se apodere del relato. Esperad melosos montajes musicales celebrando la unión de la familia Goldberg al final de cada episodio.

Puntuación: 6/10

Razones para quedarse: Esta familia es divertida, perfecta fusión de caricatura y realidad. Seguro que nos tienen preparados bastantes buenos momentos, aunque el piloto no consiga arrancar carcajadas. Aunque si yo me quedo será sobre todo por Wendi McLendon-Covey, que por fin ha conseguido un papel protagonista en el que poder dar rienda suelta a su gran talento cómico. Por otro lado, Troy Gentile (el hijo mediano) podría ser una revelación.

Razones para abandonar: Que ya sabemos cómo van a ser todos los episodios.

Crítica: Hitchcock

Rara vez una película contemporánea sobre el mundo del cine acaba recibiendo el calificativo de ‘gran cine’. Sobre todo si el filme en cuestión es un biopic, la recreación de un rodaje famoso, o ambas cosas: sin ir más lejos, Mi semana con Marilyn (My Week With Marilyn, 2011).[1] También es el caso de Hitchcock (2012), la película que nos enseña el accidentado proceso de creación de Psicosis, entre 1959 y 1960. Si acaso, la cinta de Sacha Gervasi sería una buena TV movie de HBO -de hecho, la cadena ya hizo una el año pasado: The Girl, sobre la problemática relación del director con Tippi Hedren. Puede que Gervasi fuera consciente de esto desde el principio, y por ello optase por convertir el libro de Joseph Rebello, Alfred Hitchcock and the Making of Psycho, en un melodrama con grandes dosis de comedia sobre el matrimonio Hitchcock, y una oda a la gran mujer detrás de la oronda silueta del maestro del suspense, Alma Reville.

La filmación de una de las películas más importantes de la historia del cine, -y probablemente las más universal y reconocible de la filmografía del realizador británico-, es el pretexto que el director londinense utiliza para sumergirnos en la retorcida mente de Hitchcock: la malsana y voyeurista obsesión con sus actrices protagonistas, su determinación y voluntad artística, su kamikaze ojo comercial, pero sobre todo la absoluta dependencia de su esposa en todos los aspectos de su vida profesional y personal. En Hitchcock no faltan las anécdotas conocidas por todo cinéfilo que se precie, ni se nos priva de echar un vistazo a los entresijos de celebérrimas secuencias como la de Janet Leigh en la ducha o a la sala de montaje. Sin embargo, la película se centra principalmente en lo que ocurre fuera del plató, haciendo que al final echemos en falta una mirada algo más profunda a la relación de Hitchcock con los actores de Psicosis, y dejando inexplorados los personajes de Anthony Perkins (James D’Arcy), Vera Miles (Jessica Biel), y en menor medida, Leigh.

Hitchcock es la crónica de un loco visionario tratando de sobrevivir en el encorsetado sistema de los estudios de Hollywood. Reconociéndose su estatus como cineasta en peligro (“la tele me ha rebajado”), el realizador busca desesperadamente su próximo proyecto, el último financiado por la major a la que está atado desde hace años. La elección de la novela de Robert Bloch inicia un recorrido por algunos de los recodos más oscuros su mente, llegando a flirtear con el terror en cada una de las -excesivas- apariciones de Ed Gein. No obstante, las perversiones de Hitch nunca llegan a transcender sus truculentas ensoñaciones. Gervasi se las arregla para mantener en todo momento un halo de respeto por el maestro, al que dibuja como un sociópata simpático, un viejo verde gracioso y genial, a pesar de todo. Un ser no exento de defectos (sería absurdo ocultarlos cuando todos estamos de sobra familiarizados con el mito), en todo momento amortiguados por la enorme fuerza orientadora y pacificadora de Alma.

A pesar del buen trabajo de mímesis de Anthony Hopkins, es Helen Mirren la mayor virtud de Hitchcock. La interpretación de Hopkins recae en la categoría de imitación y está condicionada inevitablemente por el maquillaje -que, a excepción de un par de planos en los que más bien parece el Pingüino de Burton, es excelente. Sin embargo, Mirren tiene mucha más libertad para construir un personaje más cercano y real, uno que ejerza de vínculo entre el espectador y Alfred. Alma no solo supervisa la dieta de Hitch y mantiene a raya su temperamento, sino que también acude al rescate del director cuando se encuentra en apuros durante el rodaje, o cuando necesita consejo profesional, manteniendo en todo momento el rumbo de su carrera cinematográfica. Alma es todo sacrificio y devoción, pero también resignación y hastío. Y Mirren se las arregla para que admiremos a la Sra. Hitchcock sin llegar a demonizar completamente al hombre que la subestima. El resto del reparto cumple con su tarea de permanecer en todo momento en un segundo, o más concretamente, tercer plano. Tan solo Scarlett Johansson es capaz de hacerse notar (cómo no, si destacar forma parte de su naturaleza), a pesar de que sigue sin deshacerse de los mohínes que impiden que la crítica se la tome en serio como actriz.

Las visitas al set de Psicosis sirven para examinar con tino la maquinaria creativa de un genio que defiende y ejemplifica la idea de que todos somos capaces de albergar violencia y terror -“¿Y si un director realmente bueno hiciera una película de terror?” Los viajes a los despachos de los grandes ejecutivos y censores (ambas especies ridiculizadas en el filme) documentan una curiosa faceta de la industria hollywoodiense. Pero el mayor interés de Gervasi reside en el dormitorio de los Hitchcock, donde conocemos realmente al hombre detrás del mito, y a la mujer que lo mantuvo a raya. Hitchcock se adentra de puntillas en lo macabro, evita la casquería amarillista, y a pesar de lo que pudo ser y no fue, nos ofrece un luminoso y divertido retrato de uno de los capítulos más conocidos de la historia del cine.

 

[1] Es más habitual encontrar grandes películas sobre el cine dentro del cine cuando estas no se basan en rodajes cinematográficos reales: De La noche americana a Mulholland Drive, pasando por la infravalorada Tristam Shandy: A Cock and Bull Story.

United States of Tara, 3ª temporada

“Life is so fucking fragile”

Puede que United States of Tara no sea la serie de televisión más realista, pero probablemente sí sea la más real de las que hay actualmente en emisión. A pesar del ocasional artificio melodramático y el naturalismo forzado que se desprende de muchos diálogos (sobre todo los más ‘casuales’), la serie de Showtime esconde un corazón que bombea a base de experiencia y observación. Es en ese departamento donde debemos loar la labor de Diablo Cody (la creadora de ese aborto cinematográfico que es Juno), que encuentra en el televisivo el medio idóneo para desarrollar su talento. No podemos negar que Cody lleva tres años desempeñando un trabajo de guión que, obviando las concesiones a su personalidad repelente (deja de venderte como embajadora de lo alternativo y lo moderno, ni lo eres, ni lo sabes hacer), destaca por haber desengranado con tino, elegancia y un exquisito sentido del humor la esencia de una familia (“It’s laugh or cry time. I choose to laugh”). Y lo ha hecho sin necesidad de recurrir a soliloquios en off, rozando en ocasiones el virtuosismo a la hora de articular emociones enormemente abstractas en diálogos de andar por casa.

I wish we were the sort of people who could just get upset about one thing. When something happens, everything else should go away. One terrible, horrible thing a day. […] I always say I’m gonna get out of here tomorrow, and I even get on a plane every day. And I’m still here (Kate Gregson).

United States of Tara dejó hace mucho tiempo de ser ‘la serie sobre una mujer con trastorno de identidad disociativo’ para revelar su verdadera naturaleza como serie sobre una familia, y en última instancia, sobre la familia. De esta manera, la tercera temporada se construye haciendo hincapié en los dos puntos de vista de la historia: el de la enferma y el de la familia que ¿debe? cuidar de ella. Incluso se nos sugiere que “esta no es la historia de una mujer enferma, sino de la persona que está enamorada de de ella”. Esta preciosa idea se viene explorando desde el principio, pero no es del todo cierta. A pesar de que se profundiza en el progresivo deterioro (y paralelamente, la inquebrantable fortaleza) de Max Gregson, así como en el papel de los hijos y la hermana de Tara en la debacle familiar, es la enferma la que sigue copando toda la atención narrativa. Aunque no es ella la que esconde todo el significado de la serie.

En la tercera temporada de la serie, Tara regresa a la universidad. Esto la transforma en un personaje más optimista y enérgico. La arregla temporalmente, a pesar de convertirla en un personaje que roza lo insoportable (la Tara feliz es la que pone en evidencia las carencias interpretativas de la excesiva Toni Collette). La temporada comienza con un pacto entre la protagonista y sus personalidades alternativas, que si bien supone un cambio importante en la mecánica de la serie, se ve empañado por la innecesaria presencia de un personaje-catalizador, el doctor Hattaras. Tara se convierte en investigadora y objeto de estudio a la vez, lo que provoca el surgimiento de un nuevo alter, Bryce Craine, el hermanastro de Tara y Charmaine que violó a la primera cuando era pequeña. El monstruo policéfalo de Tara amenaza con destruir por completo a la familia, esta vez para siempre (“Building barricades. I did not see this one coming”), mientras en su interior Bryce lleva a cabo una matanza de alters. Hattaras se marcha (¡menos mal!) con el rabo entre las piernas después de un ataque del alter homicida y comienza la excelente recta final de una temporada irregular hasta ese momento. Es entonces cuando Cody brilla especialmente, al llevar a cabo un precioso y descorazonador retrato familiar a base de brutal sinceridad.

“I wanna make my own problems, that’s my right as a fucking human being” (Kate Gregson).

No es necesario haber crecido en una familia disfuncional con una figura paterna que padece trastornos psicológicos para sentirse identificado con las palabras de la hija mayor de Tara. Aunque ayuda. Formar parte de una familia es en ocasiones estar atrapado en un bucle espacio-temporal del que es imposible salir (“You can’t keep doing the same thing, hoping for a different result”). El complejo proceso de maduración de los hijos conlleva un no menos difícil esfuerzo por parte de los padres. ¿En qué momento dejan de ser los problemas de los progenitores también responsabilidad de los hijos? La tercera temporada de Tara concluye explorando esta dolorosa idea que al fin y al cabo engloba el significado de la familia, lo que la define, y a la larga, la consolida o la destruye.

La emancipación esconde un acto intrínseco de egoísmo por parte del hijo que se revela necesario en la adolescencia (Marshall decide marcharse), pero que se puede acabar asimilando en la personalidad como una pulsión controlada a medida que se madura (Kate quiere marcharse, pero decide quedarse a cuidar de su familia y el propio Marshall regresa en cuanto estalla otra crisis familiar). No podemos escapar de nuestra familia, no sin hacer pedazos los vínculos que la mantienen viva y ahogarnos en un océano de culpabilidad (ahí está la madre de Max recordándonoslo; eso, y que todos estamos locos o acabaremos estándolo algún día). Sin embargo existe la posibilidad de un trueque que en realidad es un acto de fe: Max y Tara dejan marchar a sus hijos, porque es su responsabilidad como padres (para ello claudican ante el egoísmo que también los caracteriza a ellos), manteniendo sin embargo la esperanza de que regresen por decisión propia. Ojalá todos los días fueran Navidad… Ojalá la Navidad no existiese.

Marshall: Do you think you’ll come home for holidays? I mean, if you marry Evan and all? […]
When you really, really leave, will you ever come home?
Kate: Will you?

En el devastador silencio por parte de los dos hermanos tras esta pregunta se esconde el verdadero sentido de la tercera temporada de la serie. Es cuando uno se da cuenta. United States of Tara duele. Como la vida misma.

Showtime y las mujeres II: United States of Tara

Cuando me enteré de que Diablo Cody preparaba una serie de televisión para Showtime cargué las escopetas al instante. No me equivocaba en mis prejuicios hacia esta señorita después de ver unos cuantos episodios de United States of Tara: artificiosidad, referencias culturales metidas con calzador y un discurso altamente autoindulgente. Me costó poco reconocer a la guionista de Juno en los diálogos de US of Tara, y por tanto, suponer que la serie no tenía mucho que ofrecerme. Pocas veces me he alegrado de estar equivocado. Si bien la primera temporada continuó ofreciendo lo peor de la autocomplaciente Cody, fue fácil obviarlo en favor de una química excelente entre los personajes y una historia cada vez más emotiva y absorbente. La segunda temporada, a pesar de no empezar con buen pie, ha consolidado la serie como una de las mejores comedias de la televisión actual.

El secreto de US of Tara radica en su completo dominio de las emociones y en haber encontrado un equilibrio perfecto entre las situaciones más excéntricas y los momentos de cotidianeidad más mundanos y costumbristas -un punto en común con Nurse Jackie. Eso, y el hecho de que cada episodio garantice alguna que otra carcajada, hacen de US of Tara una comedia exquisita que no solo asegura media hora de ‘sana’ diversión a la semana, sino que además ofrece un precioso discurso sobre la familia y las relaciones. Se trata de la nueva comedia televisiva, que viene gestándose desde hace unos años. La era de las risas enlatadas dio paso a un tipo de comedias que además de ganar en calidad técnica, bebían de los dramas televisivos, hibridando géneros y encontrando la mayor complicidad con el espectador, haciéndonos reír de las desgracias y llorar con momentos en apariencia cómicos. US of Tara podría considerarse epítome de este tipo de dramedia, invitando a la reflexión sobre la naturaleza humana, haciendo que nos riamos de la vida, y de nosotros mismos.

La segunda temporada de US of Tara ha afianzado a los miembros de la familia Gregson como algunos de los mejores personajes de la temporada televisiva. Empezando por Tara, se agradece que en esta temporada sus otras personalidades no hayan tenido tanta presencia escénica -a mí Toni Colette me satura, la verdad. La vida de la familia sigue girando en torno a la enfermedad de Tara, pero es interesante comprobar cómo es posible explorarla sin necesidad de decicar capítulos completos a un alter. Si la primera temporada sirvió para dar a conocer a todos sus estados unidos, esta se ha centrado en explorar en mayor medida la identidad de Tara. Hemos visto aflorar con más fuerza una personalidad que en la temporada pasada quedaba eclipsada e inexplorada por la presencia de los alters. Lo más curioso es que la búsqueda de Tara para encontrar un origen a su problema ha resultado en la aparición de otras dos personalidades -Shoshanna y Chicken-, y aún así, la superpoblación de alters no ha afectado negativamente a la historia. Al contrario.

Al igual que en Nurse Jackie, la importancia de un buen plantel de secundarios en US of Tara es capital. Si en la serie de la enfermera encontramos secundarios antológicos como Zoey, O’Hara o Akalitus, US of Tara no presenta déficit de personajes geniales para acompañar a la protagonista. Destacan Kate y Charmaine. La primera se ha ganado el beneplácito de muchos espectadores que la ignoraron en la anterior temporada. La hija mayor de Tara y Max ha protagonizado este año las tramas más marcianas, pero gracias a ellas, hemos asistido a un -original- proceso de maduración que nos ha hecho reflexionar sobre el importante -y a veces exclusivo- papel de los demás en la formación de nuestra identidad. En una escena del episodio 2.11, Tara aconseja a su hija que no se olvide de ser ella misma, a lo que Kate contesta “ja, ja, y ja”. Es difícil ser uno mismo cuando aún no se es realmente nadie, y cuando la figura de referencia más cercana es una mujer con trastorno de personalidad múltiple. La poderosa unión de esta familia se pone de manifiesto en las relaciones domésticas. US of Tara logra retratar a la perfección esos momentos en los que el amor al prójimo se hace evidente a pesar de no manifestarse explícitamente. Lo hace cada vez que Marshall se sienta en la cama de su hermana, cada vez que Kate llama Moosh Moosh o cualquier otro apodo a su hermano, o con una sonrisa de una madre enferma a sus hijos en la cocina, tras un día sin saber nada de ellos. Y también cada vez que la increíble Charmaine entra en escena -lluvia de premios para Rosemarie DeWitt, por favor. Su descorazonador deseo de normalidad se ve truncado por la gran influencia -y dependencia- de la familia de su hermana en su vida. Charmaine representa sin embargo la absoluta naturalidad y la resignación en una situación tan complicada como la de los Gregson, una familia que no viene sino a representar de manera hiperbólica las disfuncionalidades de todas las familias.

Partiendo de la supuesta recuperación de Tara al principio de la temporada, hemos asistido a una progresiva degeneración, excelentemente expuesta, del personaje. Se ha explorado en mayor medida la figura del marido perfecto, Max, que se ha convertido en algo más que un consorte/enfermero de Tara. Ya comprobamos en la primera temporada cómo la enfermedad de Tara afecta a su marido, pero ha sido en esta cuando hemos asistido verdaderamente a las consecuencias de una vida como la suya. Max ha conocido el límite de su resistencia, ha dudado de la identidad de su mujer -me pareció genial que Max no estuviera seguro de si Tara era Tara o un nuevo alter– y ha cometido un gran error. Después de presenciar y arbitrar los momentos más difíciles de su mujer -recordemos el increíble episodio “Torando”, en el que Tara se convierte en un medley de sus personalidades o la presencia de Chicken en la boda de Charmaine-, Max llega a una conmovedora conclusión:

“I wish it’d been us getting married today. I’d stand up in front of all these people and I’d say “I love this woman!” Then I’d look in your eyes and I’d say, “if you’re Tara, I’ll be Max. But if you’re Gimme, I’ll be gotcha. And if you’re Buck, I’ll be your bike. If you’re Alice, I’ll be your astronaut. And I’d carry Chicken to the car, even though I knew she was pretending to be asleep”

US of Tara nos invita a pasar de la carcajada al puchero, y lo hace como si no le costase nada. Encontrar el equilibrio perfecto entre comedia y drama parece ser algo fácil si tenemos en cuenta la cada vez más habitual tendencia a hibridar ambas en la televisión norteamericana, pero pocas series consiguen una armonía tan perfecta como US of Tara, sin duda, la mejor serie de Showtime hasta la fecha.