Crítica: Malavita

Malavita 2013

Luc Besson a la dirección, Martin Scorsese a la producción, y como protagonistas Robert De Niro, Michelle Pfeiffer y Tommy Lee Jones. En un principio, con esas credenciales Malavita se vende sola. Pero, ¿qué estamos comprando? No lo sabemos muy bien. Y salta a la vista en todo momento que ellos tampoco lo tienen muy claro. Tiene mucho mérito juntar en una película todos esos nombres y que el resultado sea algo tan insulso y descentrado como Malavita.

Besson tiene la arriesgada y original idea de poner a De Niro en el papel de un capo de la mafia. Claro que Malavita tiene un decidido aire autoparódico (no hay nada más meta que ver a De Niro viendo Uno de los nuestros), así que no es tan descabellado que el mítico actor se preste de nuevo a encasillarse. Bajo el programa de protección de testigos, el ex mafioso Giovanni Manzoni (De Niro) se muda a un pequeño pueblo de Normandía junto a su esposa Maggie (Pfeiffer), y sus hijos adolescentes Belle (Dianna Agron) y Warren (John D’Leo). Rebautizados como los Blake, la familia de Manzoni choca inmediatamente con el French Way of Life.  A Maggie le gusta demasiado jugar con fuego, Belle es un ángel con graves problemas de ira y Warren un proyecto de mafioso que utiliza el instituto como campo de pruebas. Incapaces de dejar atrás sus maneras de famiglia, ninguno de ellos pasa desapercibido, y tampoco se esfuerzan demasiado por hacerlo.

MALAVITA cartel españolMalavita es un sonoro fuck you! a la France, uno que curiosamente viene firmado por un director parisino al que no le importa lo más mínimo arrojar bilis sobre esos cerdos chauvinistas que se creen mejor que nadie y se alimentan a base de apestoso queso. Donde esté una buena hamburguesa revienta-arterias que se quite el jodido camembert. Bombeado por esta idea y echando mano de todos los estereotipos italoamericanos, el film de Besson transcurre como una de sucesión de viñetas. No hay un argumento definido, sino que se limita a mostrar a esta familia de locos “adaptándose” a su nueva vida. Así, no ocurre nada especialmente reseñable en Malavita hasta que la llegada de los mafiosos a los que delató Manzoni desata el frenético clímax. Para cuando Besson y Scorsese se despiertan ya solo quedan quince minutos de película.

Hace tiempo que Besson no sabe qué hacer con su carrera, y en lugar de aprovechar los elementos de los que dispone en esta película para intentar recuperar algo de su antigua energía creativa, malgasta a sus intérpretes y se pierde en una confusión de tonos absoluta. Malavita no es lo suficientemente loca como para ser vista (y disfrutada) como parodia, el humor va a medio fuelle y los elementos dramáticos están metidos con calzador. Afortunadamente hay en ella suficientes buenos momentos aislados que van impidiendo que se hunda, sobre todo las incursiones en la violencia. Besson se muestra especialmente inspirado a la hora de usarla tanto para el mejor slapstick (Agron dando mamporros a los pringaos) como para incrementar el impacto y la fisicalidad durante la recta final.

Valoración: ★★★

Crítica: Capitán América – El primer vengador

Capitan-America

Captain America: The First Avenger (Estados Unidos, 2011)
Director: Joe Johnston
Intérpretes: Chris Evans, Hayley Atwell, Sebastian Stan, Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Dominic Cooper, Stanley Tucci
Guión: Christopher Marcus, Stephen McFeely
Música: Alan Menken, Alan Silvestri
Montaje: Robert Dalva, Jeffrey Ford
Fotografía: Shelly Johnson
Duración: 124 minutos

 

Súper nostalgia

El gigante marveliano se vuelve más audaz con los años. Muy atrás quedan ya las peripecias camp del Spider-man de Raimi o el tono afectado del Hulk de Ang Lee. Afianzada como valor seguro para las taquillas a nivel global, la casa de Stan Lee apuesta con su más reciente superproducción por la sencillez argumental, el culto al arquetipo y la recuperación de la esencia pulp de muchos de sus títulos en papel. El apabullante éxito del relanzamiento de la franquicia de Batman, lejos de achantar a Marvel o empujarle a asimilar el estilo más serio de la competencia, ha reforzado su identidad. En la Casa de las Ideas saben bien lo que les funciona, y saben cómo explotarlo en su ambicioso proyecto de Universo Cinematográfico. El gusto por los súper héroes aspiracionales (ellos en el fondo son como nosotros), la acción más rimbombante y el humor amable definen la línea de acción de la casa, que no oculta su agenda más inmediata: The Avengers, uno de los eventos cinematográficos más esperados del próximo año.

Capitán América es en esencia un tratado de nostalgia cuya mayor virtud reside en la consciencia –y el aprovechamiento- de su naturaleza infantil. Una de las grandes bazas del estudio reside en la intemporalidad de sus nuevas propuestas, que bien podrían haber sido estrenadas hace diez o veinte años. En este sentido, Joe Johnston se revela como el realizador idóneo para una cinta de estas características. Con títulos como Rocketeer o Jumanji en su currículum, Johnston aporta su amplia experiencia en el cine familiar y de aventuras –recordemos también que fue director de arte de Indiana Jones en busca del arca perdida. Sin miedo a caer en el ridículo –y sin remordimientos después de hacerlo- el director nos ofrece una historia cuya premisa puede resultar incómoda a ojos no-yanquis, y que sin embargo es accesible gracias sobre todo a un tratamiento descargado de conciencia política y centrado en la aventura. Digamos que Capitán América: El primer vengador reproduce mejor el espíritu y el tono de Indiana Jones que la reciente El reino de la calavera de cristal.

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El mayor alarde de patriotismo de la película reside en la personalidad de Steve Rogers, cuya identidad, valerosa e inquebrantable, construye la metáfora de la nación amenazada por un enemigo exógeno. La pompa y la grandilocuencia se reservan para las escenas de acción –no muy bien ejecutadas, pero de encantador aire cartoon-, mientras que el discurso imperialista se simplifica bloqueando así cualquier tipo de acusación por adoctrinamiento. Los malos son malos porque sí, y los buenos son así intrínsecamente. Incluso la construcción de Rogers como icono nacionalista se lleva a cabo desde la jocosidad y la auto parodia, usando al Capitán, disfrazado con un atuendo ridículo, como reclamo para vender bonos. Más que un relato sobre la guerra y la propaganda  -para lo que fue creado el héroe a principios de los 40-, nos encontramos ante la historia de un individuo, un cuasi-disminuido físico y social, que acaba convirtiéndose en el símbolo de una sociedad que lo necesita tanto como él a ella.

La fábrica de testosterona andante Chris Evans repite como héroe marveliano después de dar vida a la Antorcha Humana en Los 4 fantásticos -decisión cuanto menos cuestionable, pero asumida, como el hecho de que Bruce Banner vaya por su tercera encarnación. Le acompañan un plantel de secundarios de los que destacan la eficaz Hayley Atwell, un divertido Tommy Lee Jones y Stanley Tucci repitiendo el mismo papel que lleva interpretando desde hace años. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, la carga interpretativa del filme es lo de menos. A Evans no se le exige mucho más allá de su impresionante exhibición muscular, y el resto de actores están al servicio de una historia que, sobre todo en su primera parte, depende de unos efectos digitales que no dan la talla –el Rogers ‘monigote’, lejos de suponer un avance en este campo, pone en evidencia sus carencias.

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Como cualquier historia iniciática de súper héroes, Capitán América narra el origen del mito, recurriendo a todos los lugares comunes imprescindibles en el género –el nacimiento paralelo de su némesis, la perezosa justificación científico-mística, la primera relación amorosa, el origen del traje. Se humaniza de esta manera al héroe durante la primera mitad del metraje para dar paso en la segunda a la consolidación del mito a través de la acción más pura. Cimentada en los grandes clásicos de aventuras, Capitán América nos brinda un destello de aquella diversión inadulterada que nos hacía ver una película una y otra vez cuando éramos niños, y que acaba provocando nuestros ataques nostálgicos ya de adultos.

Si bien Capitán América puede ser considerada una pieza -la última- del enorme engranaje de Los Vengadores, y por tanto un episodio más dentro de una macro-historia, esta posee la autonomía narrativa necesaria para que el entramado serial del que forma parte no se vuelva en su contra. A pesar de su clasicismo formal, Capitán América se erige como representante de las nuevas formas de consumir cine y de las estrategias para venderlo, basadas en la serialidad y la transmedialidad que la televisión ha contagiado a la industria. La nueva de Marvel no es solo un digno homenaje al cine de aventuras clásico y una firme réplica a los blockbusters “de autor”, es además baliza del cine de nuestros días, en el que las secuelas, precuelas, spin-offsremakes y reboots deben dejar de considerarse síntomas de agotamiento y comenzar a entenderse como señales de nuestro tiempo.

Pedro J. García