[Reseña Blu-ray] Venom abraza su lado más cómico y romántico

Palabra de simbionte. 2018 fue un año muy loco en todos los sentidos, incluido el cinematográfico. Una de las mayores sorpresas de la cartelera fue Venom, la gran apuesta de Sony Pictures para empezar a construir su Universo Cinematográfico alrededor de los villanos y secundarios de los cómics de Spider-Man. Sin poder usar al propio Hombre Araña (Tom Holland) fuera de las películas del UCM, el estudio tenía una tarea complicada. Pero contra todo pronóstico, acabó con un exitazo entre manos y los cimientos bien asentados para desarrollar la saga de superhéroes interconectada que todo estudio desea.

Dirigida por Ruben Fleischer (que regresa este año con Bienvenidos a Zombieland), Venom cuenta con el aclamado Tom Hardy (Mad Max: Furia en la carretera) en el icónico papel del antihéroe de Marvel, uno de los personajes más populares de la Casa de las Ideas. El actor británico da vida a Eddie Brock, intrépido periodista de investigación que, después de perder su trabajo y a su novia (Michelle Williams), se convierte en el anfitrión del simbionte alienígena. Mientras Eddie trata de destapar la atroz verdad sobre el creador de la Fundación Vida, Carlton Drake (Riz Ahmed), cuyos experimentos han liberado a la peligrosa criatura, Venom se fusiona con su cuerpo, desatando impresionantes poderes, pero también un lado oscuro que deberá aprender a controlar.

Venom no parece una película de la nueva era de los superhéroes, sino una previa al Universo Cinematográfico de Marvel y el boom del cine basado en cómics (es decir, más noventera que de 2018). Pero esto no es necesariamente malo. Está claramente diseñada para derivar en franquicia y conectarse a un universo mayor, pero esto tampoco impide que se desarrolle como una historia contenida, sin exceso de guiños o personajes metidos con calzador para generar spin-offsVenom es mucho más simple que eso, y es de agradecer. No es más que una historia de orígenes clásica, y meter más elementos sería complicarlo demasiado desde muy pronto. La ausencia de Spider-Man, para muchos polémica, no supone inconveniente alguno, puesto que esta es la historia de Eddie Brock y su relación con Venom.

Y eso precisamente es lo mejor de la película. El tira y afloja entre Eddie y el simbionte aporta el conflicto moral que define la historia, pero también la principal fuente de humor, que estará considerablemente más presente de lo que la campaña promocional (mucho peor que la propia película) nos ha dado a entender. Hardy es conocido por dejarse la piel en sus personajes y Venom no es una excepción, pero aquí nos muestra una nueva faceta. El actor británico (haciendo gala de un cuestionable acento americano) se emplea a fondo y lo da todo, con un trabajo físico estupendo, pero también una interpretación excéntrica, descontrolada y por momentos muy excesiva que nunca deja de sorprender, incluso en sus momentos más ridículos. Hardy es la principal atracción de Venom y con él, la película se vuelve mucho más divertida de lo que imaginábamos.

Su trabajo suple con eficiencia los defectos de la cinta, que no son pocos. En primer lugar, un plantel de secundarios desaprovechados y poco interesantes, encabezado por un simplemente correcto Riz Ahmed y Michelle Williams en la que es su peor interpretación en años. La actriz nominada cuatro veces al Oscar está fatal y su química con Hardy es tan inexistente como sus ganas de estar ahí. Consigue destacar Jenny Slate, aunque su personaje es más bien pequeño y solo una herramienta narrativa para impulsar la acción.

Muchos han criticado su calificación PG-13, pero lo cierto es que esto no es verdaderamente un problema. A pesar de no ser para mayores de 18 años y no mostrar decapitaciones o fuentes de sangre, el film contiene bastante violencia, y aunque el “fuck” lo tiene prohibido, uno pierde la cuenta de las veces que dicen “shit”. Vamos, que no es Deadpool, pero tampoco es una versión infantilizada de Venom. Como tampoco es una película Rated-R mutilada. De hecho, su estructura es en su mayor parte íntegra y coherente, y aunque sí hay confusión tonal y brusquedad a la hora de saltar del thriller/terror a la comedia (tontorrona), al menos no adolece del síndrome de la tijera loca que sí sufrían Batman v Superman Escuadrón Suicida.

Venom tarda bastante en hacer acto de presencia, pero las pesquisas de Eddie Brock nos entretienen hasta que el simbionte se fusiona con su huésped y la acción empieza de verdad. A partir de ahí, el ritmo no baja en ningún momento. La dinámica Eddie-Venom, el entregado trabajo de Hardy y las escenas de acción convierten Venom en una película muy divertida. Solo flojea realmente durante el enfrentamiento final con Drake, donde la acción digital se vuelve más farragosa y no nos deja ver bien lo que está ocurriendo. Por lo demás, tanto el terrorífico diseño como los efectos digitales para dar vida al simbionte y las secuencias de acción física con Hardy cumplen holgadamente, pese a que visual y estéticamente sea más bien plana.

Venom nunca será considerada una gran película de superhéroes y es una de las principales responsables de abrir aun más la brecha entre crítica y público. Pero tampoco es el desastre que muchos esperaban. Es divertida, Hardy está glorioso, tiene más personalidad de lo que los trailers indicaban y momentos de humor muy memorables (aunque los más malvados digan que es una comedia involuntaria, hay mucha intención y autoconsciencia). En definitiva, Venom es una buena presentación que acaba haciendo justicia al emblemático personaje de Marvel y abre la puerta a una secuela que, puliendo los errores de esta, puede y debería ser mucho mejor.

EDICIONES DISPONIBLES

Venom ya está a la venta de la mano de Sony Pictures Home Entertainment España, que lanza siete ediciones físicas diferentes. Estas incluyen las ediciones sencillas en Blu-ray y DVD, combos Blu-ray 3D + Blu-ray y 4K UHD + Blu-ray, las ya tradicionales ediciones metálicas (una disponible en todos los puntos de venta y otra ecxlusiva de GAME), y finalmente, una edición coleccionista con todos los formatos y una impresionante estatua de resina limitada y numerada, que reproduce con todo lujo de detalles la lucha entre Venom y el simbionte Riot, y no se podrá conseguir en ningún otro sitio.

El éxito de Venom (que ha recaudado 855 millones de dólares en todo el mundo) ha derivado en incontables memes con los que algunos aspectos de la película se han viralizado. El más popular es sin duda el ¿imaginado? romance entre Eddie y el simbionte, tan extendido entre los fans que hasta Sony se ha apuntado a la broma con un trailer especial para celebrar el lanzamiento sacando el lado más romántico de Venom, y una aplicación (Venomlovefit.com) para dar besos de superhéroe (con lengua).

En cuanto a las ediciones, la que nosotros hemos adquirido es el steelbook exclusivo de GAME, que presenta un diseño alternativo de carátula con una ilustración de Venom sobre fondo rojo (puedes ver fotos del estuche aquí) e incluye un Bonus Blu-ray con el mini-documental exclusivo “Del simbionte a la pantalla”, que narra la historia completa de Venom, desde los cómics originales a su traslación a la gran pantalla. Este mini-documental también se encuentra en la edición steelbook normal. Los contenidos adicionales comunes a todas las ediciones en Blu-ray son los siguientes:

  • “Modo Venom”- Al seleccionar este modo, en la película irán saliendo pop-ups informativos con datos sobre la relación con los cómics, y referencias que hasta al más avezado se le pueden haber escapado.
  • “El protector letal en acción” – Tras las cámaras con el equipo de producción.
  • “La visión de Venom” – Cómo el director Ruben Fleischer llegó al proyecto, reclutó al equipo e hizo de Venom una realidad.
  • “Diseñando Venom” – El increíble viaje para diseñar y crear a Venom.
  • “Los secretos de la simbiosis” – Una colección de referencias ocultas.
  • Videoclip de Eminem y tráiler de Spider-Man: Un nuevo universo

Crítica: Venom

Todos los estudios quieren su propio universo cinematográfico, y Sony Pictures no iba a ser menos. Sobre todo cuando tiene los derechos de uno de los superhéroes más populares de la historia, Spider-Man, y de todos sus personajes satélite. El estreno de Spider-Man: Homecoming supuso el inicio de una nueva etapa en asociación con Marvel Studios, pero la nueva encarnación del Trepamuros en cines, interpretada por Tom Holland, por ahora va aparte. Cediendo Spider-Man a Marvel, lo que le queda a Sony es un catálogo selecto de secundarios, villanos y antagonistas del Hombre Araña con los que, al parecer, pretende crear una especie de reverso oscuro del MCU. Así nace Venom, la primera película de este Universo Arácnido a la que, si la taquilla responde, sucederá Morbius, el vampiro viviente.

Dirigida por Ruben Fleischer (Bienvenidos a Zombieland), Venom cuenta con el aclamado Tom Hardy (Mad Max: Furia en la carretera) en el icónico papel del antihéroe de Marvel, uno de los personajes más populares de la Casa de las Ideas. El actor británico da vida a Eddie Brock, intrépido periodista de investigación que, después de perder su trabajo y a su novia (Michelle Williams), se convierte en el anfitrión del simbionte alienígena. Mientras Eddie trata de destapar la atroz verdad sobre el creador de la Fundación Vida, Carlton Drake (Riz Ahmed), cuyos experimentos han liberado a la peligrosa criatura, Venom se fusiona con su cuerpo, desatando impresionantes poderes, pero también un lado oscuro que deberá aprender a controlar.

Venom no parece una película de la nueva era de los superhéroes, sino una previa al Universo Cinematográfico de Marvel y el boom del cine basado en cómics (es decir, más noventera que de 2018). Pero esto no es necesariamente malo. Está claramente diseñada para derivar en franquicia y conectarse a un universo mayor, pero esto no impide que se desarrolle como una historia contenida, sin exceso de guiños o personajes metidos con calzador para generar spin-offsVenom es mucho más simple que eso, y es de agradecer. No es más que una historia de orígenes clásica, y meter más elementos sería complicarlo demasiado desde muy pronto. La ausencia de Spider-Man, para muchos polémica, no supone inconveniente alguno, puesto que esta es la historia de Eddie Brock y su relación con Venom.

Y eso precisamente es lo mejor de la película. El tira y afloja entre Eddie y el simbionte aporta el conflicto moral que define la historia, pero también la principal fuente de humor, que estará considerablemente más presente de lo que la campaña promocional (mucho peor que la propia película) nos ha dado a entender. Hardy es conocido por dejarse la piel en sus personajes y Venom no es una excepción, pero aquí nos muestra una nueva faceta. El actor británico (haciendo gala de un cuestionable acento americano) se emplea a fondo y lo da todo, con un trabajo físico estupendo, pero también una interpretación excéntrica, descontrolada y por momentos muy excesiva que nunca deja de sorprender, incluso en sus momentos más ridículos. Hardy es la principal atracción de Venom y con él, la película se vuelve mucho más divertida de lo que imaginábamos.

Su trabajo suple con eficiencia los defectos de la cinta, que no son pocos. En primer lugar, un plantel de secundarios desaprovechados y poco interesantes, encabezado por un simplemente correcto Riz Ahmed y Michelle Williams en la que es su peor interpretación en años. La actriz nominada cuatro veces al Oscar está fatal y su química con Hardy es tan inexistente como sus ganas de estar ahí. Consigue destacar Jenny Slate, aunque su personaje es más bien pequeño y solo una herramienta narrativa para impulsar la acción.

Por otro lado, hay una clara confusión tonal. Muchos lo achacarán a su calificación PG-13, pero lo cierto es que el problema es su brusquedad a la hora de saltar del thriller/terror a la comedia (tontorrona) sin lograr definir un punto medio. A pesar de no ser para mayores de 18 años y no mostrar decapitaciones o fuentes de sangre, el film contiene bastante violencia, y aunque el “fuck” lo tiene prohibido, uno pierde la cuenta de las veces que dicen “shit”. Vamos, que no es Deadpool, pero tampoco es una versión infantilizada de Venom. Como tampoco es una película Rated-R mutilada. De hecho, su estructura es en su mayor parte íntegra y coherente, y no adolece del síndrome de la tijera loca que sí sufrían Batman v Superman Escuadrón Suicida.

Esto no quiere decir que no haya agujeros de guion. Los hay, aunque ninguno que hunda la película. Venom tarda bastante en hacer acto de presencia, pero las pesquisas de Eddie Brock nos entretienen hasta que el simbionte se fusiona con su huésped y la acción empieza de verdad. A partir de ahí, el ritmo no baja en ningún momento. La dinámica Eddie-Venom, el entregado trabajo de Hardy y las escenas de acción convierten Venom en una película muy divertida. Solo flojea realmente durante el enfrentamiento final con Drake, donde la acción digital se vuelve más farragosa y no nos deja ver bien lo que está ocurriendo. Por lo demás, tanto el terrorífico diseño como los efectos digitales para dar vida al simbionte y las secuencias de acción física con Hardy cumplen holgadamente, pese a que visualmente sea más bien plana.

Venom nunca será considerada una gran película de superhéroes, porque no lo es. Pero tampoco es el desastre que parecía. Es divertida,  tiene más personalidad de lo que los trailers indicaban y momentos de humor muy memorables (aunque los más malos digan que es una comedia involuntaria, hay mucha intención y autoconsciencia). En definitiva, Venom es una buena presentación que acaba haciendo justicia al emblemático personaje de Marvel y abre la puerta a una secuela que, puliendo los errores de esta, puede y debería ser mucho mejor.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

love

Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

Crítica: Dunkerque

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A lo largo de los años, el cine de Christopher Nolan ha generado algo más que un culto, ha creado una religión. El nolanismo existe, y no hay que darlo por sentado, porque tiene una fuerza arrolladora, como se suele comprobar en la taquilla, y en los incesantes debates que suscitan su figura y su trabajo. Desde su película revelación, Memento (2000), el director británico se ha visto catapultado hacia lo más alto de Hollywood, gracias a su particular maridaje entre cine de autor y superproducción, lo que para muchos ha supuesto la dignificación definitiva del blockbuster. Hasta ahora, sus películas han transcurrido en el terreno de la fantasía, la ciencia ficción o el cine de superhéroes, pero con su nueva obra, Dunkerque (Dunkirk), Nolan se adentra por primera vez en el género bélico. Es la prueba de fuego que puede consagrarlo definitivamente como sucesor del ecléctico y siempre magistral Stanley Kubrick, con el que ha sido comparado en muchas ocasiones.

A partir de un guion escrito por el propio Nolan, Dunkerque es la recreación de uno de los episodios históricos más escalofriantes del siglo XX, la evacuación de más de 300.000 soldados británicos y aliados que quedaron atrapados en las playas de Dunkerque (Francia) ante el avance de las tropas nazis en el país galo a finales de mayo de 1940. Mientras los soldados hacían lo posible por sobrevivir a los continuos ataques del enemigo, desde Gran Bretaña partían hacia Dunkerque todo tipo de embarcaciones inglesas, muchas de ciudadanos privados, con el objetivo de rescatar a sus compatriotas y llevarlos de vuelta a casa. Con Dunkerque, Nolan realiza su película más depurada y minimalista hasta la fecha sin perder su cualidad épica, pero no sería él si no añadiese un toque narrativo que la hiciera destacar entre las demás. La historia está contada desde tres puntos de vista distintos (tierra, mar y aire), y estas tramas no transcurren de forma simultánea, sino que van dando saltos atrás y adelante en el tiempo para mostrarnos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, entrelazándose y estrechándose cronológicamente hasta converger en el clímax. Aunque al principio la narración no lineal pueda resultar confusa o efectista, la planificación, el guion y el soberbio montaje de la película convierten este “truco” en un arma bien calibrada para crear tensión, facilitar los giros argumentales, y ofrecer en última instancia un relato muy completo.

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La película, filmada en localizaciones reales utilizando una combinación de IMAX y 65 mm, requiere ser vista en las mejores condiciones posibles. Dunkerque es una obra extraordinaria en el apartado técnico, visual y sonoro, con una fotografía bellísima, una producción artística que aporta gran realismo a la recreación histórica, efectos digitales y prácticos en los que no se ven las costuras, y un diseño de sonido apabullante y atronador, esencial para crear la experiencia envolvente que Nolan propone. Desde su primera secuencia, Dunkerque te arroja en el centro de la acción, se mete directa en las entrañas y no da tregua durante los (agradecidos) 106 minutos que dura, haciendo que sintamos en nuestra piel cada disparo y cada estallido alrededor de Tommy (Fionn Whitehead), el joven soldado que protagoniza la sección terrestre del film y se alza como personaje principal de la historia. Los portentosos planos y movimientos de cámara de Nolan favorecen la inmersión del espectador, con la idea de que este viva junto a los personajes el horror de la guerra en primera persona.

Mención aparte merece la banda sonora de Hans Zimmer, un score igualmente visceral y de enorme precisión que acompaña a las potentes imágenes en un excelente ejercicio de sincronización, subrayando la tensión hasta hacerla insoportable, y acentuando la desesperación de los protagonistas con el continuo tic tac de un reloj, sonido enervante que se acaba metiendo en los huesos. Tampoco podemos obviar el trabajo del reparto, aunque en este caso las interpretaciones más bien se fundan en la maquinaria nolaniana, como piezas del engranaje tan esenciales como la cámara o el sonido. El recién legado Fionn Whitehead transmite a la perfección la angustia y desorientación de su personaje mientras intenta escapar del infierno, la estrella del pop Harry Styles sorprende dando la talla holgadamente en su primer papel cinematográfico, un personaje con más peso y entidad de lo esperado, y los veteranos Mark Rylance y Kenneth Branagh aportan aplomo y distinción. Tom Hardy, por su parte, lleva a cabo un trabajo eficaz a pesar de pasarse todo el metraje detrás de los mandos de su avioneta y con la cara medio tapada (la catarsis de su escena final es uno de los momentos más destacados del film), y Cillian Murphy protagoniza una de las tramas más pequeñas, pero también más impactantes y conmovedoras. Juntos componen un poderoso fresco sobre la fortaleza del espíritu humano que se aleja de las convenciones del género y el tributo hagiográfico para dar lugar a una película de guerra diferente.

Si se le puede reprochar algo a Nolan es el hecho de que su meticulosidad y perfeccionismo pueden traducirse en frialdad durante algunos tramos de la película. Dunkerque es un triunfo cinematográfico se mire por donde se mire, pero en ocasiones, su academicismo impide llegar realmente al fondo de los personajes, de su humanidad. La cinta se desarrolla con muy pocos diálogos entre ellos, un silencio aterrorizado entre el ruido ensordecedor de la guerra que dice mucho sin apenas pronunciar palabra, y asimismo, un respiro de la tendencia de Nolan a retorcer y sobreexplicar todo (afortunadamente, aquí confía más en la inteligencia del espectador). Ahora bien, el director no puede evitar incluir varias líneas al final para articular las ideas que vertebran la película y definen a los personajes, frases efectivas (o efectistas) que tienen indudable fuerza, pero que pueden antojarse algo obvias, y acaban sacando conclusiones por el espectador.

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Es un inconveniente que no empaña en ningún caso la experiencia, una de las más intensas que se pueden vivir en una sala de cine. Dunkerque es un espectáculo cinematográfico realizado con increíble atención al detalle e incontestable prodigio técnico, una película impresionante, que conmociona con sus brutales imágenes bélicas, sin recurrir en ningún momento a la violencia gratuita o la pornografía, ni caer en los tópicos del género, que deja sin aliento ante sus planos aéreos y sus secuencias en el mar, en las que la tensión alcanza cotas insoportables. A pesar de distanciarse considerablemente de lo que ha hecho hasta ahora, Dunkerque supone el perfeccionamiento del estilo de Nolan, caracterizado por la experimentación en el montaje, el sonido y la estructura narrativa. Pero también es una de sus películas más humanistas, un descarnado y esperanzador homenaje a los héroes de guerra del siglo pasado, no solo a los que ganaron, sino también a los que lo único que hicieron fue sobrevivir, y a aquellos que les ayudaron a hacerlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: El renacido (The Revenant)

Leonardo DiCaprio El renacido

Lo habréis leído ya muchas veces. Probablemente demasiadas. El rodaje de El renacido (The Revenant) fue un calvario y Leonardo DiCaprio las pasó canutas haciendo la película. En serio, muy, muy canutas. La culpa se puede atribuir a su director, Alejandro González Iñárritu (Birdman), que filmó la película nada más y nada menos que en nueve meses (el triple de lo habitual), de forma cronológica y en localizaciones remotas castigadas por las inclemencias del tiempo. La idea era plasmar la América salvaje de la forma más realista posible, y para ello, él y su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, buscaron los lugares más fríos y rodaron siempre aprovechando la luz natural, lo que reducía considerablemente las horas de grabación al día. Tan duro fue el rodaje, que su “leyenda” prácticamente ha entrado a formar de la campaña publicitaria de la película, con la intención de potenciar su intensidad dramática y favorecer la experiencia inmersiva del espectador (al estilo de Gravity, con la que por cierto guarda más de un parecido), algo que logra sin duda.

La (sencilla) historia de El renacido está inspirada en hechos reales, pero Iñárritu se toma unas cuantas licencias con la misma intención: buscar la experiencia más intensa y catártica posible. La película gira en torno a Hugh Glass (DiCaprio), un trampero de la Frontera estadounidense que, tras escapar de un sangriento combate con los indios en 1823, es atacado salvajemente por un oso grizzly y abandonado en la montaña por su compañero de expedición, John Fitzgerald (Tom Hardy), que asegura al resto que ha muerto. Aferrándose a su vida a duras penas y sin poder hablar, ya que el oso le ha rebanado parte del cuello, Glass hará todo lo posible (cauterizar sus propias heridas,  destripar un caballo y usarlo como saco de dormir) para regresar al fuerte y vengarse de John. Esa sería la parte basada en la realidad. Después, Iñárritu incorpora un hijo de raza india fruto de una relación con una nativa, lo que permite al director añadir más leña al fuego de la venganza y elevar el contenido espiritual de la película, con imágenes poéticas y oníricas en un arrebato de Terrence Malick (con el que, no en vano, comparte a Lubekzi) que nos dan en las narices con metáforas sobre la paternidad, el amor y la injusticia racial. Por si las penalidades de Glass en la montaña no fueran suficientes para conmover al respetable.

Y este es el principal problema de El renacido, que en cada uno de sus (impresionantes) planos podemos ver bien clara la huella de su director, cuando lo ideal en una película de estas características, cruda, naturalista, pretérita, sería contar con una cámara más invisible y un autor menos omnipresente. Pero los delirios de grandeza de Iñárritu son demasiado inexorables como para que el mexicano se sacrifique y pase a segundo plano para favorecer la historia. El renacido es un trabajo incontestablemente brillante a nivel técnico y artístico, sus increíbles panorámicas, sus preciosas imágenes de paisajes y sus deslumbrantes planos bañados en luz, acompañados del muy visceral y minimalista score de Ryuichi Sakamoto, garantizan una experiencia espectatorial satisfactoria. Sin embargo, la tendencia al exhibicionismo de Iñárritu, más preocupado de la técnica que de dotar al film de alma, le resta impacto y realismo. Se podía haber ahorrado por ejemplo esos innecesarios planos secuencia de la batalla inicial contra los indios, cuya perfecta escenificación no tiene un verdadero valor narrativo, sino que solo sirve para dar pábulo a la propensión fardona y pretenciosa de Iñárritu, y acentuar la simulación en detrimento del verismo.

The Revenant

Aun con todo, El renacido logra su propósito de atrapar al espectador en el relato gracias principalmente al trabajo de DiCaprio, que lleva a cabo un apabullante ejercicio de resistencia, completamente entregado a su personaje y al reto que le impone Iñárritu (muy dado a torturar a sus personajes en pos del espectáculo). El actor nos hace partícipes de la lucha del hombre contra la naturaleza y el deseo de venganza y clausura de su personaje, sin apenas pronunciar diez líneas de diálogo en toda la película. Sentimos el frío que cala en los huesos, las heridas abiertas que restan fuerzas, la mugre que araña, el agotamiento, la desesperación, la muerte que acecha al personaje amenazando con frustrar su cometido. Iñárritu le prepara un camino lleno de vicisitudes y trampas mortíferas. La sobrecogedora y virtuosa secuencia del ataque del oso (la más comentada de la película, y con razón) ya forma parte de la historia del cine, por su fuerza, su crudeza y realismo, y por el excelente uso de la animación generada por ordenador. Pero en el anverso de la moneda nos encontramos un metraje excesivamente estirado, con secuencias que desafían fuertemente nuestra suspensión de la incredulidad, como el “viaje” río abajo de Glass, y sobre todo la escena en la que cae por un barranco a lomos de su caballo y aterriza en un árbol (algo más propio de una de dibujos que de una película como esta). En definitiva, dos momentos en los que Glass debería haber muerto pero sobrevive milagrosamente, y que ponen en peligro el pacto de la ficción.

Sería injusto e incierto decir que El renacido no es una obra cinematográfica destacable. Como decía, sus imágenes son de una belleza absoluta, sus actores lo dan todo (Hardy está sublime y atención a Will Poulter, que nos va a sorprender), y cuando su director no está empeñado en impresionarnos con su pericia técnica o conmovernos a la fuerza con sus poco sutiles ínfulas de espiritualidad mística, puede llegar a ser una aventura muy intensa y gratificante. Una pena que Iñárritu no haya sabido dejar que los elementos en juego actúen con libertad y la innegable fuerza de El renacido quede mermada por su manía pedante de ponerse a sí mismo por encima de todo lo demás.

Valoración: ★★★

Crítica: Legend

Legend

Texto escrito por David Lastra

Lindsay Lohan (Tú a Londres y yo a California), Nicolas Cage (Adaptation. El ladrón de orquídeas), Hayley Mills (Tú a Boston y yo a California), Jeremy Irons (Inseparables),… pocos han sido los intérpretes que han salido airosos de la experiencia de interpretar a dos gemelos en pantalla grande. Llevar a cabo un doble papel en una misma película es una tarea harto difícil, recordemos sin ir más lejos el resultado fallido de la orgía de cast y roles de El atlas de las nubes de los Wachowski. Ante ese tipo de interpretaciones, suele ser común caer en manierismos y/o rozar el ridículo más espantoso… o como es en el caso de los actores anteriormente citados, lograr algún que otro premio o candidatura y el aplauso unánime de la crítica y el público. En cualquiera de los dos casos, nunca el experimento será visto con indiferencia. En el caso de Legend, podíamos estar más o menos tranquilos ya que el encargado de dar vida a los gemelos Reggie y Ronnie Kray no era otro que Tom Hardy. Uno de los intérpretes de moda gracias a su Max Rockatansky en el reboot de Max Max y que acaba de conseguir su primera candidatura a los Oscar por su papel en El renacido. A priori, Legend pintaba muy pero que muy bien…

… pero la realidad es otra mucho más aterradora. Legend es un epic fail en toda regla. Como es lógico, la película se sostiene sobre los fornidos hombros de Hardy y, sorprendentemente, él no esta a la altura en ningún momento. Podríamos haber justificado la labor de Hardy si hubiese cometido el error de no saber hacernos diferenciar a los dos personajes que encarna. Realmente no son más que un Zipi y un Zape, dos caras de una misma moneda… pero eso es lo único que el intérprete realiza con éxito: la diferenciación entre ambos personajes. Uno es el cerebro, machote y malote a más no poder. El otro es el enajenado, homosexual y con un comportamiento infantil. El primero es el arquetipo al que más se ha acercado Hardy a lo largo de su carrera. El segundo, la razón por la que aceptó hacer la película. Este reto interpretativo se asemeja al portento actoral que realizó hace años con el esquizoide Bronson en el film homónimo de Nicolas Winding Refn. Si bien en esa película, él era lo más destacable del film, en esta Legend, él es uno de los puntos más bajos del film. Hardy naufraga en un sinfín de ticks y mohines, inauditos en su carrera, superando con creces su sonrojante acento ruso de El niño 44, y llegando a caer en el terreno chusco de la caricatura homosexual en gran parte de su interpretación de Ronnie. Todo un desastroso trabajo para una de las interpretaciones que a priori  debería haber sonado para los premios de la Academia de este año.

Cartel_LEGENDPero sería injusto señalar a Hardy como único culpable de este desatino, porque si hay que identificar a un culpable máximo, ese no es otro que Brian Helgeland (PaybackDestino de caballero). Para su retorno a la dirección, Helgeland quiso contar la vida de los Kray, dos hermanos que instauraron su régimen del terror sobre los bajos fondos del East End londinense durante los sesenta. Sobre el papel, una materia prima de primera para crear una gran película de gángsters que revitalizase el géneroPara apoyar su dirección, decidió contar con uno de los mejores actores del momento (aspecto que ya hemos comentado que le salió rana) y un guionista premiado (él mismo; no olvidemos que posee un Oscar por L.A. Confidential y que optó a otro por Mystic River). Pero he aquí el gran problema de Helgeland: él no es el Martin Scorsese de Uno de los nuestros Casino. Ni mucho menos es el Sergio Leone de Érase una vez América, o el Coppola de El padrino, por no ser, ni es el Ben Affleck de (la sobrevaloradísima) The Town. Ciudad de ladrones. Su narratividad es excesivamente torpe y repetitiva, con un ritmo desacompasado y unos recursos estilísticos extremadamente pasados de moda. Debido al toque British de la historia, echamos en falta en todo momento al irregular Guy Ritchie o incluso a Danny Boyle (al de sus inicios, no al mercenario actual) y no podemos parar de preguntarnos qué hubiesen hecho ellos con una historia como esta. Realmente, dado el interminable metraje, nuestra cabeza comienza a elucubrar cómo sería esta historia si sustituyésemos a los gemelos Kray por los Benedict (Arnold Schwarzenegger y Danny DeVito, en Los gemelos golpean dos veces). Únicamente logramos tener algo de interés cuando Emily Browning (God Help the Girl, Sucker Punch) aparece en escena, ya que, a pesar de repetir el mismo papel de siempre, aporta un poco de luz al resultado final.

Como Legend está a años luz de ser tan legendaria como su título, podríamos hacer la broma fácil y decir que su título debería ser Fail. De acuerdo que no es una broma graciosa, pero tampoco es injusta.

Valoración: ★½

Crítica: La entrega (The Drop)

THE DROP

El belga Michaël R. Roskam (Bullhead) dirige su segunda película, La entrega (The Drop) basándose en “Animal Rescue”, un relato corto escrito por Dennis Lehane, autor responsable de Mystic River Shutter Island, que en esta ocasión se encarga además de escribir el libreto. En La entrega nos adentramos en un barrio de Brooklyn para conocer a Bob Saginowski (Tom Hardy), reservado y peculiar camarero de un bar local que sirve como tapadera para llevar a cabo transacciones ilegales de la mafia. La muerte de un joven del barrio desata una investigación que sitúa a Bob, a su “Primo Marv” (James Gandolfini en su último papel para el cine), y a su entorno en el punto de mira de la policía y de la mafia chechena.

La entrega se puede adscribir al neo-noir y al cine de mafiosos, pero lo cierto es que es una película muy particular que desafía en cierto modo las convenciones del género, una inquietante fusión de drama, intriga y thriller que antepone la tensión contenida a la acción, y al igual que Drive de Nicolas Winding Refn, reserva los momentos impactantes y las revelaciones para escenas puntuales, plantando las semillas de la historia de manera sigilosa, y dejando que el espectador sienta la zozobra provocada por no saber muy bien qué está ocurriendo. La trama de La entrega no es muy complicada, pero se desarrolla con un gran sentido de la tensión y el pulso narrativo, haciendo que una historia sencilla como esta adquiera un gran número de dimensiones y matices.

La Entrega_PosterEn este sentido, la impresionante interpretación de Tom Hardy (la segunda que disfrutamos este año después de su tour de force en Locke) es el centro de la película, y también nos recuerda al Driver de Ryan Gosling. Hardy da vida a un joven aparentemente apocado, bondadoso y con ciertos indicios de síndrome de Asperger, que conoce a una chica del barrio con un pasado traumático, Nadia (Noomi Rapace), una noche en la que se encuentra un cachorro de pitbull herido en su cubo de la basura. Los dos desarrollarán una relación basada en la protección (de él a ella, y de ambos al animal), constantemente amenazada por la presencia de un hombre claramente desequilibrado (Matthias Schoenaerts), que reclama al perro como su propiedad. A medida que Bob se ve más involucrado en la trama criminal, su carácter se vuelve más complejo, y la ingenuidad da paso a una determinación que lo convierte en un personaje fascinante.

El de Hardy es un trabajo de precisión al servicio de un sobresaliente estudio de personaje, pero el resto de actores están a la altura. Destacan unos excelentes Rapace y Schoenaerts, que representan en cierto modo los polos opuestos que la película recorre: de la fragilidad, el miedo y la incertidumbre a la locura, la vehemencia y lo imprevisible. En La entrega, tenemos la constante sensación de que todo va a estallar en cualquier momento, y lo haga o no, esto hace de la película una experiencia cinematográfica intensa, sorprendente y memorable.

Valoración: ★★★½

Crítica: Locke

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Con Dogville, Lars Von Trier desnudaba su cine de decorados y otros elementos de la puesta en escena, con un planteamiento que favorecía la imaginación del espectador, aproximándolo así más a la experiencia del lector que forma en su cabeza las imágenes que “lee”. Steven Knight, guionista de Promesas del Este, va un paso más allá con Locke, película que transcurre única y exclusivamente en una localización (un coche en marcha) y con un solo personaje físicamente presente, Ivan Locke (Tom Hardy). Solo a través de conversaciones por teléfono (manos libres) entre el protagonista y sus interlocutores, Knight construye un thriller inusual y arriesgado en la línea de Buried, un relato que se desarrolla casi íntegramente en la mente del espectador.

Con este sublime ejercicio de minimalismo, Knight propone una experiencia cinematográfica cruda, desprovista de las triquiñuelas visuales de las grandes producciones, un viaje imprevisible que requiere de una participación más activa por parte de la audiencia, poniendo a prueba su nivel de abstracción. Del éxito del experimento depende no solo la pericia narrativa del autor o su capacidad para atrapar la atención del espectador y no soltarla a pesar de las limitaciones que se autoimpone (ambos retos superados con creces), sino también de la predisposición y la paciencia de aquel que se suba al coche con Tom Hardy sin saber adónde va.

posterPEste enigmático y claustrofóbico road trip de Brighton a Croydon, sin paradas y en medio de la noche, es el viaje de una persona cuya vida da un giro de 180 grados durante el trayecto. Mientras Ivan, un jefe de construcción que supervisa una de las obras más importantes del país, comprueba inmóvil desde dentro de su vehículo cómo el mundo a su alrededor se desmorona, el espectador es testigo de las constantes transformaciones de la película. Esta comienza con el potencial de convertirse en cualquier cosa, y acaba quizás no como se esperaba, subvirtiendo las expectativas y disponiendo capas a la historia que acabarán desvelando cuál es el verdadero misterio de la película: el hombre que es Ivan Locke.

La intensidad que caracteriza a Locke se debe en gran medida a la ingeniosa ejecución de Knight, que se abastece de la esencia del suspense para realizar un trabajo brillante e hipnótico de drama e introspección psicológica. Pero sin duda, no funcionaría con tal precisión de no ser por la soberbia interpretación de Tom Hardy y un fantástico reparto de voces (Olivia Colman, Andrew Scott, Ruth Wilson, Tom Holland), que además de ayudar al espectador a proyectar el relato hacia fuera del coche para completar el puzle de Locke, aportan exquisitas notas de comedia y melodramaLocke se revela de esta manera como una obra íntegra y fascinante, un inquietante thriller que logra crear una intriga envolvente aun prescindiendo de los artificios propios del género.

Valoración: ★★★★