Crítica: Toy Story 4

Entonces, Andy regaló todos sus juguetes a Bonnie, marcando así el final de una era, tanto para él, que se marchaba a la universidad dispuesto a empezar su vida como adulto, como para los espectadores, que habíamos crecido con él. “Adiós, vaquero”. Así se despedía su muñeco favorito, Woody, con quien había compartido los recuerdos más dichosos de su infancia. Había llegado el momento de pasar página y hacer feliz a otro niño. Fin.

O no.

Para todo el mundo, Toy Story 3 era el final definitivo de la exitosa e influyente saga animada de Pixar. La tercera entrega cerraba la historia de manera tan emotiva y transcendental, que los espectadores nos quedamos satisfechos si, como Andy, esa era la última vez que veríamos a Woody, Buzz y compañía. Pero en Disney decidieron que quedaba (al menos) una historia que contar con estos personajes. Por eso, nueve años después de deshidratarnos con la escena del incinerador y el final de Toy Story 3, llega Toy Story 4. No la pedimos, pero está aquí, así que saquemos lo mejor de ella.

Tras el cierre de la trilogía original, quedaba una gran incógnita por resolver: ¿Qué fue de Bo Peep? La pastorcita no estuvo presente en la tercera película, y Woody nos dio a entender que se había extraviado. En Toy Story 4 descubrimos la verdad sobre su paradero. Pero la historia no comienza con ella, sino con Forky, el nuevo juguete de Bonnie, creado por ella misma con un tenedor-cuchara, un alambre, un poco de plastilina y unos ojos de pegatina. Cuando Forky cobra vida, este está convencido de ser basura, y corresponde a Woody y los demás enseñarle que en realidad es un juguete. Y no solo eso, sino que es el más importante para Bonnie en un difícil momento de cambio para ella: el inicio de la escuela. Un viaje en carretera los llevará a una nueva aventura en la que tanto Forky como Woody aprenderán cuál es su lugar en el mundo.

Era un reto muy complicado continuar la saga después de un broche de oro como Toy Story 3 y hacerle justicia, pero Pixar lo ha vuelto a hacer. No había motivos para dudar de ellos. Toy Story 4 es una secuela digna, si bien algo diferente a la trilogía original, incluso más extraña y atrevida. Josh Cooley (¿La primera cita de Riley?) dirige esta nueva odisea de acción en la que Woody cobra casi absoluto protagonismo, llevando las riendas (pun intended) de una historia que nos lleva hasta una feria y una tienda de antigüedades, dos nuevas localizaciones rebosantes de posibilidades para la franquicia. Allí es donde conocemos a los nuevos personajes de la saga, un variopinto plantel de juguetes que incluye a la villana Gabby Gabby (una muñeca antigua con defecto de fábrica a la que pone voz Christina Hendricks) y sus marionetas de ventrílocuo, los peluches de tómbola Bunny y Ducky (Jordan Peele y Keegan-Michael Key), y el desastroso motorista, y para muchos robaescenas, Duke Caboom (Keanu Reeves).

Estos fichajes insuflan nueva vida a la saga, eso sí, a costa de desplazar a un segundo plano a casi todos los juguetes de Bonnie, incluido Buzz Lightyear. Todos ellos desempeñan una función instrumental en la película, pero el guion se centra en Woody, Bo, Forky y los nuevos personajes. La sensación es rara, pero necesaria. Como adelantaba, Toy Story 4 es algo distinto, no es una continuación, sino un epílogo, una aventura en mundo abierto que, utilizando las mismas herramientas, explora nuevo terreno y pone a prueba hasta dónde puede llegar la saga y sus protagonistas. Como las anteriores películas, Toy Story 4 no tiene miedo de abrazar por completo las emociones, incluido el miedo (la película tiene un par de pasajes bastante siniestros), y tomar decisiones sorprendentes, y eso es lo que hace que merezca la pena.

La parte central de Toy Story 4, que se desarrolla como un tour de force de enredos y acción, recuerda demasiado a la tercera parte, y también al esquema del rescate disparatado de Buscando a Dory, con momentos muy divertidos y una Bo Peep modernizada que es de lo mejor de la película. Pero salvando eso, en general tiene un nudo poco memorable. Son el primer y el último acto los que hacen que la cinta se eleve hasta el infinito y más allá. El primero, contra todo pronóstico, por la trama de Forky, un personaje mucho más interesante de lo que anticipábamos, que enfatiza el corazón y el componente existencialista que siempre ha caracterizado a esta historia. El segundo porque nos deja otro clímax de desbordante emotividad y una resolución impactante y muy valiente que se asegura un lugar privilegiado en nuestra memoria.

Pixar se supera técnicamente con cada película, y Toy Story 4, no es excepción. Su factura visual y sonora es asombrosa (impresionantes las texturas y la iluminación, y magnífica una vez más la música de Randy Newman, con nuevas canciones y un uso excelente del score), pero lo mejor sigue siendo el dominio que tiene de la historia que está contando y la madurez que ha alcanzado con ella. Toy Story nos habla de la constante búsqueda de propósito, la lealtad y la necesidad de arriesgar para encontrar nuestro sitio en la vida. ¿Quién nos iba a decir que una saga sobre juguetes nos iba a enseñar tanto sobre nosotros mismos?

Pedro J. García

Nota: ★★★★

‘Ellas dan el golpe’, tan vigente y necesaria como hace 25 años

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“¡En el béisbol no se llora!” – Hace poco más de un año Internet atravesaba una de sus épocas más tumultuosas por culpa de un solo trailer. El primer adelanto del reboot de Cazafantasmas, protagonizado por cuatro mujeres, desataba a lo largo y ancho del mundo la ira de miles de fans del clásico original y retrógrados y machistas recalcitrantes (una cosa no necesariamente unida a la otra, que conste). Era el surrealista y ya lejano 2016, y la idea de que cuatro mujeres (la mayoría de más de 40, por cierto) encabezasen el reparto una película como aquella, no solo basada en un clásico intocable, sino también eminentemente masculina en todas sus dimensiones, resultó ser insoportable para muchas personas, demostrando así lo poco que hemos avanzado en las últimas dos décadas.

Flashback a 1992Ellas dan el golpe (A League of Their Own) llegaba a los cines estadounidenses rodeada de incertidumbre y desconfianza. Estamos hablando no solo de una película con un elenco coral de mujeres, sino además de una película ¡deportiva! protagonizada por mujeres y dirigida por una mujer, Penny Marshall (Big). Desde los despachos de Columbia Pictures dudaban del potencial del proyecto y esperaban que este se estrellase en la taquilla. No hay más que ver el trailer original, que la vendía como una película de Tom Hanks (fantástico como siempre, por descontado), la historia de un sufrido entrenador que tenía que lidiar con un equipo de mujeres (entre ellas el reclamo indudable de Madonna, en la cima de su ochenteridad), con sus torpezas y sus dramas de chicas. ¡Qué situación más disparatada! ¡¿Y si les viene la regla a la vez?! Por otro lado, la prensa tampoco daba un duro por ella y estaba más interesada en saber si, al ser una película de chicas, las peleas (de gatas) habían sido frecuentes en el rodaje. Por eso la sorpresa fue mayor cuando el film se convirtió en uno de los éxitos de la temporada, recaudando en Estados Unidos más de 100 millones de dólares (hazaña que ya había logrado la propia Marshall con Big unos años antes, convirtiéndose así en la primera y la segunda directora en recaudar tal cantidad con una película).

Ellas dan el golpe narra la historia real de la primera liga femenina de béisbol profesional (la All-American Girls Professional Baseball League Players Association), que tuvo lugar entre 1943 y 1954, mientras los hombres luchaban en la Segunda Guerra Mundial. A través de la experiencia de dos hermanas (Geena Davis y Lori Petty) que dejan su hogar para unirse a al equipo de las Peaches, la cinta cuenta las vidas de un grupo de pioneras con un sueño: la oportunidad de demostrar que eran capaces de hacer lo mismo que sus contrapartidas masculinas, y convertir el deporte en un espectáculo para todos los públicos. El resultado era una película divertida, entrañable y emocionante que ha superado con creces la prueba del tiempo para convertirse un clásico. En cierto modo, la historia se repetía cincuenta años después de los acontecimientos reales, con un equipo de mujeres de Hollywood dispuestas a callar la boca a todo el que desconfiara de su capacidad para llevar el peso de una película. El éxito de Ellas dan el golpe en su país, tanto entre el público femenino como el masculino (y en especial entre niños y niñas), probaba lo mismo que la película: Ellas también pueden dar el golpe en la taquilla. Y no hay motivos de peso para dudarlo por sistema. Por desgracia, este caso no se tomó como un ejemplo a seguir, sino como una curiosa excepción.

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Veinticinco años después, la situación ha mejorado ligeramente. La idea de una mujer directora al cargo de una superproducción no es tan descabellada (Ava DuVernay y Nikki Caro dirigirán dos blockbusters de Disney) y la comedia gamberra femenina vive lo más parecido a una época de esplendor (BridesmaidsDando la notaMalas madres), pero sigue existiendo la noción de que es más difícil vender una película “de mujeres” que una “de hombres”, cuando es simplemente una cuestión de matemáticas y probabilidad. Si se hacen tres películas con mayoría femenina en el reparto y dos fallan, el fracaso se achaca al género de sus protagonistas, si se hacen 100 masculinas y 50 se dan de bruces en la box office (y creo que estoy siendo generoso), la culpa es siempre de otros factores. Por eso seguimos necesitando películas como Ellas dan el golpe, y lo más importante, más oportunidades para que las mujeres en el cine puedan fallar el bateo sin miedo a las represalias y el público (masculino y femenino) pueda vitorear sus home runs.

Reseña del Blu-ray de Ellas dan el golpe – Edición 25º Aniversario

Sony Pictures Video pone a la venta en Blu-ray y DVD la versión restaurada de Ellas dan el golpe para conmemorar su 25º aniversario, con viejos y nuevos contenidos adicionales que detallamos a continuación.

– El legado de Ellas dan el golpe. Documental con nuevas entrevistas a la directora, los guionistas y la mayoría de miembros del reparto (excepto Madonna, por supuesto), que se reunieron en 2016 para jugar un partido homenaje y reflexionar sobre el legado de la película y la importancia de seguir recordando la historia real en la que se basa y celebrando a las mujeres que cambiaron la historia del deporte en Estados Unidos.

ellas-dan-el-golpe-blu-ray– Escenas inéditas. Penny Parshall tenía montaje original de 4 horas. Evidentemente tuvo que recortarlo, dejando fuera muchas tramas secundarias y metraje que acabó perdiéndose. Esto no impidió que la película desarrollase debidamente a la mayoría de sus personajes, pero para quienes necesiten saber más sobre la historia y las grandes mujeres que la protagonizan, el Blu-ray incluye hasta 15 escenas eliminadas, restauradas y remontadas a partir de material en VHS, con introducción de la directora.

– Nueve entradas memorables. Documental original dividido en nueve partes que desengranan la producción y el impacto original de la película. Con entrevistas al equipo, que hace un repaso por la historia del proyecto, desde las audiciones en el campo de béisbol (2.000 chicas tuvieron que demostrar ante los Dodgers que sabían jugar antes de pasar a las pruebas de guion) a los duros entrenamientos seis días a la semana y el rodaje en extremas condiciones de calor, pasando por el éxito del film entre toda clase de públicos (según cuenta Geena Davis, a muchos hombres les daba vergüenza reconocer que era su película deportiva favorita y lo ocultaban) y el morbo de contar en el reparto con Madonna, según sus compañeras profesional, trabajadora y nada diva en el rodaje.

– Audiocomentarios de la directora y el reparto

– “This Used to Be My Playground”. Videoclip de Madonna.

– Trailer de cine

Crítica: El Círculo

THE CIRCLE

¿Estamos usando bien la tecnología y las redes sociales? ¿Son una herramienta para hacer la vida más fácil o un instrumento para manipularnos y esclavizarnos? ¿Hemos sacrificado por completo nuestra privacidad y regalado nuestra vida a las empresas? Estas son algunas de las preguntas que muchos nos hacemos a diario navegando en Internet, y que James Ponsoldt se plantea en El Círculo (The Circle), thriller de ciencia ficción ambientado en un futuro no muy lejano e incómodamente familiar, protagonizado por Emma Watson, Tom Hanks, Karen Gillan y John Boyega.

Basada en la novela homónima de Dave Eggers (Donde viven los monstruosEsperando al rey), El Círculo se presenta como una fábula futurista para advertirnos entre otras cosas de los peligros de la hiperconectividad y la deshumanización que se puede derivar de ella. La historia empieza con Mae Holland (Watson), una joven teleoperadora que cumple su mayor sueño al entrar a trabajar en The Circle, la compañía tecnológica más grande del mundo. The Circle es un imperio -construido a base de guiños a Google o Apple– dirigido por el gurú Eamon Bailey (Hanks en un personaje claramente inspirado en Steve Jobs), que posee el monopolio de la información en Internet. Mae comienza su nuevo empleo ilusionada por su ascenso laboral y por la oportunidad de ayudar a su padre (Bill Paxton), que sufre esclerosis múltiple, pero a medida que va descubriendo el funcionamiento interno de la empresa empezará a cuestionarse hasta qué punto está abusando de su poder y controlando la vida de las personas, incluida la suya.

Un acontecimiento, sin embargo, hace que Mae cambie de opinión sobre El Círculo y se entregue a su doctrina, convirtiéndose por ¿voluntad propia? en el sujeto de un innovador experimento que propone transparencia absoluta en Internet. Para ello, la chica accede a llevar una micro-cámara que retransmite su vida a sus seguidores las 24 horas del día. Todo forma parte del plan de la empresa para seguir aumentando su influencia sobre la sociedad (y en última instancia su dominio de la democracia y el conocimiento humano), pero Mae está convencida de estar haciendo lo correcto, aunque su decisión afecte profundamente la vida de sus amigos y su familia.

THE CIRCLE

Si hemos llegado hasta aquí sin mencionar Black Mirror es precisamente porque estábamos llevando a cabo nuestro propio experimento: ¿Cuántas veces habéis pensado en la popular serie antológica británica leyendo los párrafos anteriores? Efectivamente, El Círculo es básicamente un episodio extendido de Black Mirror, en concreto “Nosedive”, el excelente número de apertura de su nueva temporada en Netflix. Pero además de compartir núcleo temático e ideas con el capítulo protagonizado por Bryce Dallas Howard, El Círculo contiene claras reminiscencias de otras distopías de ciencia ficción como La isla o la reciente Nerve (Un juego sin reglas), cintas que dibujan como advertencia una posible sociedad futura basada en lo que ya está ocurriendo en el presente.

En teoría, todo esto es muy interesante, pero el mensaje de la película se ve empañado por un tratamiento narrativo sin pies ni cabeza y una terrible construcción de personajes, en especial la de la volátil protagonista, que cambia de personalidad y opinión según las necesidades de la historia y del modo menos natural posible (menos natural que los acentos del reparto). Lo mismo ocurre con el personaje de Karen Gillan, la mejor amiga de la protagonista y quien le consigue su nuevo trabajo, una workaholic incansable y devota de The Circle que de la noche a la mañana y sin ninguna explicación se convierte en un desastre andante y una fuerte detractora de la empresa. Y mejor no hablar del personaje de John Boyega, que se presenta como una pieza clave del juego para básicamente desaparecer en la segunda mitad. Por si esto fuera poco, El Círculo llega unos años tarde, aportando reflexiones y lecciones morales que ya se antojan caducas, exponiendo ideas anti-tecnología de la forma más maniquea, y proponiendo soluciones fáciles y poco realistas a un problema muy complejo (todos sabemos qué puede ayudar a mejorar la tecnología, el problema es averiguar cómo ponerlo en práctica).

THE CIRCLE

La primera hora de El Círculo pone los cimientos de una historia con mucho potencial y se desarrolla encontrando un acertado equilibrio entre el drama, el suspense y la sátira. Donde más da en la diana es a la hora de retratar la compañía, a sus empleados y sus usuarios como si fuera una secta, arrojando luz sobre lo enfermizo que puede llegar a ser el comportamiento en el mundo digital y elaborando una crítica acerca del sistema invasivo y omnipresente en el que al parecer hemos elegido vivir. No obstante, las buenas intenciones se van al garete por un guion muy tonto y efectista, lleno de incongruencias, clichés y conclusiones dignas de un ensayo de secundaria. Afortunadamente y a pesar de todo esto, la película se las arregla para no aburrir nada, y además nos permite decir algo que no se puede decir siempre: sorpresa, Watson lo hace bastante bien.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Sully

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Después de adentrarse en la mente de Chris Kyle en El francotirador, Clint Eastwood vuelve a reflexionar sobre qué es lo que convierte a un hombre “normal” en un héroe con Sullyla fascinante historia real del Capitán Chesley Sullenberger, el veterano piloto norteamericano que hace siete años conmovió a todo el mundo llevando a cabo la hazaña que se dio a conocer como “El milagro del Hudson”.

El 15 de enero de 2009, Sully, que es como se conoce cariñosamente a este piloto con más de cuarenta años de experiencia de vuelo a sus espaldas, hizo amerizar su avión, averiado tras el impacto de una bandada de pájaros en los motores, sobre las gélidas aguas del río Hudson, en Nueva York, salvando la vida de las 155 personas a bordo. Sully se convirtió inmediatamente en un héroe para el público y recibió un tratamiento digno de este título en los medios. Sin embargo, mientras el piloto era aclamado popularmente por una hazaña nunca vista, estaba teniendo lugar una investigación que ponía en duda su decisión de aterrizar en el agua supuestamente poniendo en peligro a los pasajeros, y amenazaba con destruir su reputación y su situación económica a las puertas de su merecida jubilación.

Con Sully, Eastwood realiza una convencida y conservadora oda a la profesionalidad, así como también el intenso retrato de un hombre atormentado por una arriesgada decisión, por el maldito “y si…”, magnificado por un tribunal que pone en duda su reacción ante una situación a la que ningún piloto se había enfrentado antes. En este sentido, Tom Hanks vuelve a realizar una interpretación ejemplar como Sully, un trabajo firme y contenido con el que demuestra una vez más que es uno de los mejores actores vivos. Sin llegar a estar tan sublime como en Capitán Phillips, Hanks, epítome del buen hombre, insiste en bordar al protagonista caracterizado por su bondad intrínseca y rectitud moral que se convierte en el gran héroe humano (o americano, que para los realizadores que lo dirigen últimamente es lo mismo).

es-one-sheet-sullyPero Sully no es solo Hanks, también es Aaron Eckhart (fantástico como el otro héroe, el co-piloto de Sully), y sobre todo es Clint Eastwood, un director que, a sus 86 años, y a pesar de algún que otro traspiés (ejem, Jersey Boys) y de sus chocheantes declaraciones recientes, sigue en plena forma como cineastaSully es una película de una fuerza indudable, además de un trabajo narrativo sobresaliente. Eastwood dosifica muy bien la información y dota al film de la mejor estructura posible, alternando la calma tensa de los días posteriores al “accidente” con la recreación del mismo, que se nos ofrece por partes atendiendo a las necesidades de la historia. Sin duda, lo mejor de Sully son las escenas en el aire y la reconstrucción del aterrizaje forzoso, tramos impecablemente filmados (aprovechando bien las posibilidades del IMAX) que nos dejan con el corazón en un puño. Es difícil permanecer impasible ante las sobrecogedoras imágenes del “milagro” o durante los terroríficos 208 segundos entre el impacto inicial y el amerizaje.

Desafortunadamente, Eastwood descarrila al final, entregándose al “Hollywood ending” en un desenlace excesivamente moralizador y almibarado. Sully concluye de la forma más cursi, con un discurso exaltado y facilón (“los héroes somos todos”), un chiste anticlimático (a pesar de ser bueno), la presencia del Sully real y los pasajeros del 1549 de US Airways, y una melosa utilización de la música que culmina en una canción “de Oscar” que roza la parodia. Sin embargo, se trata de un mal menor que no empaña la gran labor narrativa y técnica que Eastwood ha realizado hasta ese momento, un trabajo tan experto y eficiente que ni el momento más patriótico o hagiográfico puede estropearlo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Esperando al rey

Esperando al rey fotograma Tom Hanks

¿Qué es Tom Tykwer? Casi 20 años después de su película revelación Corre, Lola, corre no hemos llegado a descifrar al director alemán. A pesar de haberse forjado una filmografía de la que destacan un par de señas de identidad personal, el estilo de Tykwer (si es que tuviera uno, y si es que tuviera que definirlo obligatoriamente) se sigue escapando a nuestra percepción. Su última película, Esperando al rey (A Hologram for the King) no nos ayudará precisamente a entenderlo como cineasta, porque, a juzgar por ella, dudamos que él tenga muy claro qué pretende con cada proyecto en el que se embarca.

Basada en Un holograma para el rey, el best seller escrito por Dave Eggers (El círculo, Donde viven los monstruos), Esperando al rey es una comedia dramática que cuenta la historia de Alan Clay (Tom Hanks), un empresario estadounidense en horas bajas que viaja a Arabia Saudí para vender al rey un sistema de comunicación revolucionario con hologramas. Estancado en lo profesional y en lo personal, Alan espera que este importante trato le saque del pozo y le ayude a dar un giro en su vida. Pero los días pasan, y el rey va retrasando su llegada por otros compromisos, obligando al empresario a hacer balance de su vida en medio del choque de culturas que supone su estancia en Oriente Medio. Gracias al dicharachero taxista (Alexander Black) que lo lleva todos los días al complejo donde debe hacer la presentación y a una atrayente doctora saudí (Sarita Chodhury), Alan tratará de entender el país mientras halla la raíz de su estancamiento existencial esperando a su Godot particular.

Esperando al rey pósterEsperando al rey es una película con potencial que parte de una base fértil, pero Tykwer no es capaz de darle forma y la historia se queda en mera acumulación de tramas a medio hacer. La película tiene destellos de belleza y melancolía costumbrista, observaciones acertadas sobre las interacciones sociales (el lenguaje corporal, el absurdo de la burocracia) y momentos en los que parece que vamos a llegar a algún tipo de revelación que ilumine el camino, pero estos retales nunca llegan a formar un todo. El problema principal es una evidente falta de visión general y estructura narrativa, lo que hace que la historia fluctúe frecuentemente entre estilos y tonos, y resulte en desorganización y desorientación. Aunque se queda cerca en algunas escenas y no se le da mal transmitir buen rollo (al fin y al cabo, lo único que parece claro es que Tykwer quería hacer una cinta ‘feel-good’) Esperando al rey se va desintegrando poco a poco en la mayor de las indiferencias hasta llegar a un desenlace bonito, pero despegado. Al final, lo que parecía ser una reflexión potencialmente interesante sobre la tristeza y la soledad de un hombre en plena crisis de mediana edad se queda en un relato intrascendente.

Una pena sobre todo teniendo en cuenta la sobresaliente interpretación de Tom Hanks. El actor realiza un retrato muy afinado a la hora de transmitir el nerviosismo, la ansiedad y el deseo de hallar una vida nueva de un hombre agotado de existir en la suya. Pero aunque Hanks se esfuerce en llenar los vacíos que el director de El perfume no consigue cubrir, no es suficiente, porque la película simplemente no está a su altura.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: El puente de los espías

BRIDGE OF SPIES

Tres años después de su anterior película, Lincoln, Steven Spielberg regresa a la silla del director para hacer lo que mejor se le da (con permiso de la aventura y la ciencia ficción), un nuevo drama histórico basado en hechos realesEl puente de los espías (Bridge of Spies) narra la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn especializado en la reclamación de seguros que se vio inmerso en la Guerra Fría cuando la CIA le encargó la misión de negociar con la Unión Soviética la liberación de Francis Gary Powers (Austin Stowell), piloto estadounidense cuyo U-2 fue derribado en territorio enemigo. Después de ganarse la antipatía del público americano al defender a un espía ruso amparándose en el ideal americano de que incluso los enemigos de la nación deben ser tratados con igualdad y justicia, Donovan accede a actuar como intermediario privado en la negociación, una peligrosa operación en Berlín que los gobiernos implicados no pueden llevar a cabo abiertamente.

El puente de los espías no solo nos devuelve al Spielberg más clásico, sino que también es cine clásico en estado puro. Poseído por el espíritu de Frank Capra, el director echa la vista atrás hacia el Hollywood dorado para confeccionar una obra del pasado. No en vano, en una escena de la película podemos ver la marquesina de un cine berlinés que está proyectando la comedia de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), en la que James Cagney interpreta a un ejecutivo norteamericano, que, al igual que Donovan, debe cruzar al Berlín del Este para negociar con oficiales soviéticos la liberación de un preso político. Un guiño con el que Spielberg confirma su intenciones y hace una reverencia a los grandes cineastas que han influido en su carrera.

El puente de los espíasLo cierto es que este es el terreno en el que Spielberg se muestra más cómodo. Como cada vez que retrata una etapa histórica importante, el director opta por hacerlo desde un punto de vista optimista, idealista, incluso inocente. Spielberg sigue evitando todo atisbo de cinismo y crueldad en su cine, incluso cuando los hechos que narra son atroces por naturaleza. En El puente de los espías se reitera en su convicción de que el ser humano es capaz de hacer el bien por encima del mal y reivindica la solidaridad y la igualdad de oportunidades con una serie de mensajes que resuenan con especial fuerza en nuestros días: Debemos tratar a los que pisan nuestro suelo de la misma forma que esperamos que los demás traten a los nuestros en suelo ajeno y, por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En este sentido, Donovan ejerce como embajador de los derechos civiles y defensor de los ideales humanos, alzándose como el héroe spielbergiano por excelencia, un hombre de férreas convicciones morales, profundamente honrado, íntegro y bienhechor, que evoca al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor y en el que Spielberg condensa esa esperanza que aun no ha perdido. Es un sentimiento que puede resultar excesivamente naíf a nuestros ojos adulterados, pero que no viene nada mal promulgar, especialmente en estos momentos.

Sin embargo, para hacer llegar este mensaje de justicia y equidad, a Spielberg se le acaba yendo la mano con el etnocentrismo. El puente de los espías promueve los principios adecuados, pero lo hace desde la superioridad moral estadounidense: “Demostrémosles cómo somos”. ¿Y cómo son los americanos? Según Spielberg, simplemente mejores. Esto frena en cierto modo la fuerza del mensaje apaciguador y franternal que envuelve la película, y ahoga el discurso con patriotismo y almíbar, especialmente durante el desenlace, en el que Spielberg encadena varios falsos finales, a cada cual más cursi. Si somos capaces de obviar estas irregularidades (al fin y al cabo, a Spielberg lo conocemos de sobra), El puente de los espías es un thriller de espionaje ejemplar, una película inteligente y academicista con grandes actuaciones (Hanks está sublime tanto en las escenas dramáticas como haciendo comedia, y Mark Rylance ofrece una de las interpretaciones contenidas del año), una fotografía preciosa y un montaje espectacular (Spielberg sigue siendo el amo de las transiciones). Lo que se espera del Rey Midas, ni más ni menos. Quedémonos con esto, y abracémonos al mensaje que subyace bajo las capas de edulcorante. Merece la pena.

Valoración: ★★★½

Crítica: Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks)

SAVING MR. BANKS

Mary Poppins es “prácticamente perfecta en todo”. Esto es sin duda lo que pensaba la creadora de este personaje literario infantil convertido en icono cinematográfico, Pamela Lyndon Travers (Emma Thompson). Durante dos décadas, Travers se negó a dejarla en manos de Walt Disney para que alterase esa perfección y la convirtiese en otra de sus atracciones de parque temático, o peor aún, ¡en un dibujo animado! Al encuentro de Mr. Banks (Saving Mr. Banks) es la crónica del arduo proceso de preproducción del Clásico Honorífico Mary Poppins; una reconstrucción (muy descafeinada y edulcorada) de la tormentosa relación que se entabló entre Disney (Tom Hanks) y la escritora británica de origen australiano después de que este le pidiese prestada a su niñera voladora para cumplir una promesa que le había hecho a sus hijos cuando eran niños. Dirigida por John Lee Hancock (El Álamo), Al encuentro de Mr. Banks insiste en la tendencia autorreferencial del Disney de estos últimos años con otro ejercicio de balance y reafirmación en el que el estudio vuelve a dominar el arte de la nostalgia para conectar emocionalmente con un público ávido de “tiempos mejores”.

Comedia y melodrama a partes iguales, Al encuentro de Mr. Banks discurre saltando entre dos tiempos, la primera visita de Travers a Los Ángeles para reunirse con Disney en persona y su infancia en Australia, donde somos testigos de la devoción que sentía hacia su padre, un banquero alcohólico interpretado por Colin Farrell, es decir, el Sr. Banks original. La fragmentación del relato afecta gravemente al ritmo de la película, y los constantes saltos hacia el pasado constituyen a menudo molestas interrupciones de lo que de verdad queremos ver: el making of de Mary Poppins, y a Emma Thompson y Tom Hanks en pie de guerra. Los continuos flashbacks para contarnos el origen de Mary en los traumas infantiles de Travers (daddy issues!), por muy necesarios que sean para la (excelente) caracterización del personaje, podrían -y deberían- haber sido condensados en menos secuencias para evitar el tedio de algunos pasajes y la confusión tonal. De esta manera podríamos haber disfrutado aún más de la fascinante interacción de la cascarrabias autora con su detestado Disney, con los hermanos Robert y Richard Sherman (B.J. Novak y Jason Schwartzman), autores de las canciones de la película, o con su chófer Ralph (¡Paul Giamatti haciendo de sidekick Disney!). No hay nada como la historia de un corazón de hielo derretido a base de humor, buenas intenciones y canciones maravillosas. Y eso es exactamente lo que nos da Al encuentro de Mr. Banks, evitando en todo momento las sombras de la biografía de Disney (no es que esperásemos otra cosa), para proporcionarnos una cinta tan disneyana en su moraleja como cualquiera de sus clásicos animados.

SAVING MR. BANKS

Claro que no podemos reprochar demasiado que no haya interés en mostrar un lado más turbio del tito Walt, más allá de su terquedad patológica, puesto que Al encuentro de Mr. Banks no es la historia de Walt Disney, es la de P.L. Travers, y la del origen de esa extraña y feminista película que es Mary Poppins. En este sentido, Tom Hanks realiza un gran trabajo interpretando simplemente al padre de Mickey Mouse, es decir, a la figura pública que todos conocemos a través de sus vídeos. Nada más. El peso del relato recae sobre una espléndida, monumental e inconmensurable Emma Thompson, que nos regala una de las mejores interpretaciones de su carrera. Inspirada, divertida, efervescente, Thompson se funde con el personaje, dominando en todo momento el rango de emociones que lo definen, del remilgo British a la mirada puramente infantil, culminando en una sublime escena final en la premiere de Mary Poppins que conmoverá al más duro. A pesar de la testarudez y rechazo de Travers a todo lo que Disney simbolizaba (y simboliza aún para muchos), Al encuentro de Mr. Banks nos convence, a base no de “un poco de azúcar” sino de carretas de melaza, de que ella personifica el espíritu Disney mejor que nadie. No estamos muy seguros de si la autora daría su visto bueno a esta visión de su persona (no sé por qué, me cuesta creer que en algún momento durmiese abrazada a un Mickey de peluche gigante), pero al menos se regocijaría sabiendo que su legado sigue vivo gracias a la maestría de Disney a la hora de crear recuerdos que duran para siempre.

Valoración: ★★★½

Crítica: Capitán Phillips

Tom Hanks

Capitán Phillips nos cuenta la historia real del Maersk Alabama, un buque de carga norteamericano que fue secuestrado por piratas somalíes en 2009, la primera vez en 200 años que un navío estadounidense de estas características era interceptado. Paul Greengrass (La saga Bourne, United 93) nos invita a bordo del Maesrk para lo que en un principio será una travesía rutinaria y exenta de complicaciones con la misión de llevar provisiones a África. Richard Phillips (Tom Hanks) capitanea una reducida tripulación de operarios sin entrenamiento militar. Ni ellos ni el barco van preparados para enfrentarse a lo que se les viene encima. No hay armas a bordo y los recursos para sobrevivir a un ataque son escasos.

A pesar de esa cámara intrusiva que siempre se mueve más de lo que debería, Greengrass hace un gran trabajo incrementando la tensión a medida que el metraje avanza. Y no lo hace valiéndose de recursos espectaculares o licencias Capitán Phillips póster españolinverosímiles como suele ocurrir en las reconstrucciones hollywoodienses de hechos reales. Capitán Phillips es más bien una anti-película de Hollywood. El protagonista no es un everyman convertido en súper héroe de acción, Greengrass está más interesado en proporcionarnos un vehículo de identificación real, no otro John McClane. Establece un vínculo muy poderoso con el espectador mostrándonos a un hombre terriblemente vulnerable y absolutamente corriente cuya heroicidad es percibida dentro de su frágil condición humana. La templanza, el sentido común y el ojo avizor son sus armas para evitar daños mayores y poner a sus hombres a salvo. Richard Phillips aguanta la compostura hasta el final, pero nosotros vemos en su rostro el terror, algo que acaba afectándonos más de lo que esperábamos.

La introspectiva y soberbia interpretación de Tom Hanks es la clave para que el enfoque de Greengrass resulte efectivo. Pero no es hasta los últimos cinco minutos de la película cuando, en retrospectiva, nos percatamos del increíble trabajo de Hanks y su papel en la cruda dramatización que pone en marcha Greengrass. Gracias a esta escena nos olvidamos de varias secuencias dilatadas hasta la extenuación, y del pesado componente militar de la última media hora. La inolvidable y descarnada escena final da sentido a todo, es la catarsis definitiva. Nos derrumbamos con Richard, con Hanks, un hombre derrotado no solo por la aterradora experiencia personal que acaba de vivir, sino también por haber contemplado de primera mano el horror del terrorismo y los efectos del capitalismo en los países subdesarrollados (“no es mi sangre”). Casi sin que nos percatemos de lo que está haciendo, sin entrar en grandes reflexiones ni emitir juicios morales recalcitrantes, un Greengrass metódico y casi invisible (a pesar una vez más de la cámara) nos deja huella con el inteligente estudio de un personaje extraordinario.

Valoración: ★★★★