Crítica: Kong – La Isla Calavera

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Warner Bros. tiene las películas de DC Comics, pero el estudio está interesado en construir otros universos compartidos a base de blockbusters interconectados. Con esto en mente estrenó en 2014 la nueva versión de Godzilla, a la que sucede ahora la reinvención de King Kong en Kong: La Isla Calavera (Kong: Skull Island), una superproducción de escala gigantesca con la que se allana el terreno para la secuela de Godzilla en 2019, y el colosal encuentro de ambos monstruos en el crossover de 2020. Si Godzilla servía como introducción a este Universo Cinematográfico Monstruoso, Kong: La Isla Calavera amplía considerablemente sus fronteras, descubriéndonos un mundo poblado por criaturas míticas anteriores al hombre que se seguirá explorando en las siguientes entregas. Los cimientos ya están asentados, ahora solo queda que los monstruos los destruyan para nuestro deleite.

Kong: La Isla Calavera recoge la sensibilidad del cine clásico de aventuras del que procede, rindiendo tributo a la King Kong de 1933, a la vez que la moderniza ajustándose a los cánones del blockbuster actual, componiendo un espectáculo de acción y efectos visuales que tiene mucho en común con Parque Jurásico y otras películas de expediciones que acaban en desastre (cuyo principal referente es precisamente la King Kong original). En Kong acompañamos a una fotógrafa (Brie Larson) y un rastreador (Tom Hiddleston), que junto a un equipo de científicos y militares, se adentran a mediados de los 70 (recién terminada la Guerra de Vietnam) en la Isla Calavera, una formación en medio del Océano Pacífico que no se encuentra en los mapas y permanece oculta al mundo por una permanente borrasca tormentosa, ejerciendo así como una suerte de Triángulo de las Bermudas. Lo que se inicia como una expedición cartográfica es en realidad una misión personal con la que un miembro de la organización Monarch (John Goodman) pretende demostrar que no está loco y tanto Kong como otras criaturas monstruosas desconocidas existen. Esto llevará al equipo a adentrarse en la isla, ignorante de los horribles peligros que los esperan. No solo el que supone su Rey, Kong, sino también otras especies de animales prehistóricos de grandes dimensiones a los que deberán enfrentarse para intentar escapar de allí con vida.

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Aunque no sea el colmo de la profundidad o la película más inteligente del mundo (nadie espera que lo sea), Kong: La Isla Calavera es una buena, a ratos muy buena, película de monstruos, una aventura épica que sabe exactamente lo que tiene que dar al espectador. Grandes dosis de acción, peligro, sobresaltos y bichos enormes para dejar con la boca abierta. La película no solo cumple de sobra con estos requisitos, sino que además cuenta con un sentido del humor más acertado de lo que cabía esperar (este tipo de películas suelen fallar en los chistes, pero en Kong, la mayoría de los momentos cómicos dan en la diana) y, lo más importante, no descuida el factor humano. Sí, el impresionante despliegue visual y los monstruos son la atracción principal, pero todos sabemos que hace falta algo más para que un blockbuster se sostenga en pie, y Kong lo tiene. Personajes con motivaciones, personalidades marcadas, arcos de transformación y relaciones que vertebran el argumento mientras Kong y los habitantes de la isla lo ponen todo patas arriba. No son especialmente complejos, pero sí lo suficientemente definidos y diferenciados como para que nos importen más que los habituales personajes humanos unidimensionales e intercambiables de este tipo de cine (como los de Godzilla, sin ir más lejos).

Pero como decía, lo más importante sigue siendo el espectáculo, y en este sentido, Kong: La Isla Calavera sabe cómo distinguirse. Siguiendo los pasos de Gareth Edwards, Jordan Vogt-Roberts dirige una película muy cuidada en lo estético y visual que nos deja planos de auténtica belleza. Casi todas las apariciones de Kong, una creación digital absolutamente imponente, son particularmente destacables, sobre todo cuando Vogt-Roberts contrapone al titán peludo al atardecer, dando lugar a un film de tonos cromáticos ocres y anaranjados que sirven como homenaje a Apocalypse Now -una conexión nada casual, ya que Kong también es un alegato antibelicista con mensaje ecológico. A esto se suma lo bien coreografiadas que están las secuencias de acción, con persecuciones impresionantes y batallas estruendosas que hacen vibrar la butaca: los helicopteros atravesando la tormenta para entrar a la isla, la apocalíptica primera aparición de Kong (y todas las siguientes, porque nunca deja de ser un acontecimiento), la emboscada del cementerio… la película está llena de momentos adrenalínicos que mantienen la atención en todo momento y la convierten en una aventura vertiginosa y consistentemente entretenida.

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Claro que, por muy infalible que sea como película de aventuras, Kong: La Isla Calavera tiene sus problemas. Por un lado, un reparto de estrellas empequeñecidas por las circunstancias: Hiddleston está más bien plano, por no decir inerte, Larson no hace demasiado, y Samuel L. Jackson está ahí únicamente para ser Samuel L. Jackson y dejar caer sus icónicas expresiones malsonantes, lo que hace que sean los secundarios los que sobresalgan, como John C. Reilly (de lo mejor de la película), Shea Whigham y Thomas Mann (el prota de Yo, él y Raquel), responsables de los mejores momentos cómicos de la cinta, y de que esta no se tome excesivamente en serio. Y por otro, un tercer acto en el que la película está a punto de desbordarse por situaciones que rozan el absurdo y una tendencia progresivamente fardona en la acción, anteponiendo así lo estético a la lógica narrativa. En cualquier caso, nada que estropee la experiencia, ya que es habitual que este tipo de cosas ocurran en todo blockbuster con el mismo ADN. Por lo demás, Kong: La Isla Calavera es una película de aventuras más que digna. Va al grano y no da tregua (afortunadamente, tampoco comete el error de retrasar el gran momento de ver a Kong y nos lo muestra enseguida), divierte de principio a fin, acaricia los sentidos con imágenes de gran preciosismo y los aturde con acción contundente y bien realizada. En definitiva, cine evasión que indica el camino correcto a seguir para una saga que, a juzgar por la marveliana escena post-créditos, nos tiene preparadas gigantes sorpresas.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Un monstruo viene a verme

[Esta entrada puede contener spoilers de la película]

Antes de ponerse al frente de uno de los blockbusters más importantes de la próxima temporada, la segunda parte de Jurassic World, el barcelonés J.A. Bayona quiere dejar cerrado y con un lazo bien puesto lo que comenzó en 2007 con El orfanato y continuó en 2012 con Lo imposible. Su nueva película, Un monstruo viene a verme (A Monster Calls), pone punto y final a su personal trilogía sobre la relación madre-hijo (nada que ver con la Trilogía de las Madres de Dario Argento), para lo que vuelve a contar con la mayor parte del equipo con el que trabajó en las dos películas que lo han encumbrado como “cineasta artesano” y lo han convertido en uno de los directores españoles más solicitados y prominentes del momento.

Basada en el libro homónimo de Patrick Ness, que fue seleccionado como mejor novela del año para jóvenes en el Reino Unido, Un monstruo viene a verme narra la historia de Conor (Lewis MacDougall), un retraído niño de 12 años que debe hacer frente a la enfermedad de su madre (Felicity Jones), un cáncer que amenaza con llevársela de su lado para siempre. Las visitas de la abuela de Conor (Sigourney Weaver) y de su padre (Toby Kebbell) ante la recaída de la madre obligan al pequeño a enfrentarse a sus propios miedos e incertidumbres, y a reevaluar su relación con los tres y con sí mismo. Para ayudarle a comprender mejor su dolor, Conor recibe la visita de un monstruo gigante con forma de árbol antropomorfo que aparece exactamente a las 12:07. El Monstruo (magnífico Liam Neeson) advierte a Conor de que volverá hasta que le haya contado tres cuentos, tras los cuales él tendrá que narrarle su propia historia, es decir, su verdad.

Un monstruo viene a verme nos presenta a un Bayona spielbergizado casi al completo, un director interesado en retratar el asombro de la infancia ante lo maravilloso e irreal, y también el miedo ante lo desconocido. Sin embargo, el director catalán pone una suerte de muro entre dimensiones, asegurándose de que la fantasía se quede al otro lado. Bayona está interesado en explorar lo fantástico únicamente en relación al drama real que sacude a Conor y su familia. Es decir, el Monstruo es imaginario, una manifestación de su ira y dolor que representa a ese ser irrefrenable que todos llevamos dentro y necesitamos desatar de vez en cuando. Por eso, a pesar de contar con una criatura fantástica y elementos de cuentos de hadas y aventura épicaUn monstruo viene a verme es ante todo un melodrama psicológico acerca del proceso mental de un niño ante la idea de perder a su madre, sobre “un chico demasiado mayor para ser niño y demasiado joven para ser hombre” que aprende una de las grandes verdades que le ayudarán a crecer.

Para explorar el paisaje emocional de Conor, en el que tienen lugar sus “aventuras” junto al Monstruo, Bayona realiza un gran despliegue técnico, en el que recurre a la técnica de la captura del movimiento para dar vida al Monstruo. No obstante, el resultado es irregular: el Monstruo es una creación digital sobresaliente, pero puede resultar… eso, demasiado digital, y por tanto generar sensación de falsedad (y no me lo justifica que no esté ahí en realidad). Dejando esto a un lado, la presencia de esta enorme criatura arbórea (como han señalado muchos, una versión más grave e imponente de Groot de Guardianes de la Galaxia) y su relación con el protagonista recuerda a tantas otras aventuras fílmicas centradas en la amistad de un niño con un monstruo o gigante (títulos como El gigante de hierro, Donde viven los monstruos, o las recientes Mi amigo el gigante Peter y el dragón). Sin embargo, en Un monstruo viene a verme, la conexión emocional entre monstruo y niño es, a priori, mucho más estrecha e indivisible (este está en su cabeza), pero también más forzada y dolorosamente obvia.

Y he aquí uno de los problemas de Un monstruo viene a verme, que la sutileza no es precisamente su fuerte. Viniendo del creador de Lo imposible, una de las películas más abiertamente manipuladoras de los últimos años (y que conste que a mí me parece un gran trabajo cinematográfico, pero reconozco que hay pocas obras que zarandeen más al espectador para forzarle a sentir), y teniendo en cuenta el tema que trata, no es de extrañar que Un monstruo viene a verme esté tan hecha para emocionar, para provocar el llanto y la congoja por todos los medios. Esto no sería muy grave si los sentimientos que ponen en marcha esta máquina fuerza-lágrimas fueran genuinos, pero ahí es donde falla principalmente la película. Sus formas son casi inmejorables y sus actores están espléndidos (todos, pero principalmente MacDougall, que transmite las emociones más reales de la película), pero su fondo está mucho más hueco de lo que cree.

Bayona maneja unas cuantas ideas interesantes, sobre todo en lo que respecta a la importancia de las historias en nuestra vida (las moralejas no siempre son idílicas) y a la necesidad de escuchar esa voz horrible que aplacamos por miedo a parecer monstruos, y que es precisamente lo que nos hace humanos. Se trata de una conclusión liberadora muy similar a la de Inside Out, que nos hablaba de cómo la tristeza es tan importante como la felicidad y el resto de emociones en el proceso de crecimiento del niño. Pero es una pena que el director no confíe demasiado en la inteligencia del espectador y necesite dárselo todo tan mascado: la razón de la personalidad problemática de Conor, la relación entre los cuentos del monstruo y la experiencia familiar del niño (secuencias de animación algo pesadas a las que les falta una nota a pie de pantalla para explicarlo todo aun más claro), la naturaleza del Monstruo en relación a la psique del protagonista y su madre… En definitiva, Un monstruo viene a verme es una película bonita a todas luces, técnicamente impecable, y deja patente una vez más que Bayona tiene un enorme don para lo visual, lo que pasa es que está tan, tan confeccionada para tocar la fibra, tan sobre-explicada y sobre-trabajada, que puede transmitir lo contrario a lo deseado: simpleza, artificio y frialdad.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Cuatro Fantásticos

THE FANTASTIC FOUR

Quizá nunca sepamos a ciencia cierta qué ocurrió exactamente tras las cámaras de Cuatro Fantásticos (Fantastic Four), el reboot maldito de la propiedad de Marvel a manos de Fox. Pero siempre podremos ver la película “dirigida por” Josh Trank para completar los huecos del drama que ha sido desmenuzado por lo medios en los últimos meses y así llegar a nuestras propias conclusiones. Y es que Cuatro Fantásticos es el testimonio cinematográfico de una muerte anunciada, un trabajo en cuyo resultado final se pueden identificar todos los problemas internos y externos que ha sufrido el proyecto y donde uno puede ver claramente cómo se va desmoronando el castillo de naipes y cómo se intenta salvar en vano. Me resistía a aceptarlo, pero no se puede negar la evidencia: Cuatro Fantásticos es un desastre fílmico se mire como se mire. Y lo más triste de todo es que en su primera hora podemos ver la buena película que podía haber sido, que por momentos casi llega a ser.

Trank (conocido por el notable found-footage de superhéroes Chronicle) tenía buenas ideas para reformular el nacimiento de La Primera Familia de Marvel desde un prisma más contemporáneo y evitar demasiadas comparaciones con las relativamente cercanas entregas anteriores (de 2005 y 2007), algo que Sony no fue capaz de conseguir con su reboot de Spider-Man. El director se iba de un extremo a otro, reinventando el mito de los Cuatro Fantásticos para despojarlo de la personalidad colorista de Marvel y transformarlo en una cinta de ciencia ficción seria y oscura. De esta manera, Trank proponía dar énfasis a los personajes por encima de la acción y trataba de cimentar la historia en una base de realismo científico (de mentira, se entiende) que planteaba una origin story de los 4F diferente a la que se cuenta en las páginas de Marvel. El problema es que Trank no halló el punto medio entre la adaptación y la visión personal, acabando en tierra de nadie con una película sin forma, una no-Cuatro Fantásticos que, según dicen y según parece, ni siquiera supo acabar.

Cuatro Fantásticos Miles Teller

Los primeros setenta minutos de Cuatro Fantásticos se dedican íntegramente a plantar las semillas del relato y desarrollar a los personajes y sus vínculos. Se trata de una historia de orígenes semi-interesante que prioriza el argumento sobre el espectáculo y traslada los elementos principales del cine de superhéroes al sci-fi y el thriller. Sin embargo, los preámbulos se alargan tanto que llega un punto en el que parece que Trank está retrasando el momento decisivo, no sabemos por qué razón, y la película no llega a empezar nunca. Para cuando los protagonistas obtienen sus poderes (o “anomalías biológicas”), Cuatro Fantásticos ya ha comenzado a descarrilar, y la colisión se vuelve inevitable. De nuevo, Trank aporta un enfoque aparentemente distinto a un lugar común tan explorado como el de los héroes familiarizándose con sus nuevas habilidades, optando por el terror físico y el drama (los protagonistas sufren sus poderes al principio como si fueran atroces deformaciones o enfermedades) en lugar de la comedia y los sobreutilizados montajes musicales. No está mal, parece que la cosa por fin va a arrancar, pero entonces ocurre algo extraño, Cuatro Fantásticos se convierte de repente en otra película, una que nada tiene que ver con todo lo que hemos visto hasta ese momento.

Para distinguir entre la película que Trank quiso realizar y la que 20th Century Fox tenía en mente solo hay que fijarse en el pelo de Sue Storm. Tras ver el progreso de Trank, el estudio decidió que Cuatro Fantásticos necesitaba más acción, y mandó grabar nuevas escenas, meses después del supuesto fin de rodaje. Las partes añadidas se identifican fácilmente gracias a la horrenda peluca que lleva Kate Mara en ellas (la actriz se había dejado el pelo muy corto para su siguiente trabajo), un postizo rubio platino que cambia de forma y posición apareciendo y desapareciendo entre escenas (¡a veces incluso dentro de una misma secuencia!), distrayendo de la trama y haciendo que a la película se le vean siempre las costuras (literalmente). Pero este es solo uno de los parches incomprensiblemente mal colocados que acaban hundiendo el film, yéndose todo al traste definitivamente durante su media hora final (en la que Mara lleva la peluca casi todo el tiempo, por cierto), con un clímax apresurado, incoherente y sin correlación alguna con el resto de la historia.

Para dar carpetazo a la película y llegar a la fecha de estreno, el equipo se encuentra con varios problemas: ya no queda apenas presupuesto y los setenta minutos de planteamiento que ha dirigido Trank no sirven para nada. Los personajes no tienen la profundidad que el realizador pensaba (no son más que arquetipos sin personalidad), sus relaciones no llegan nunca a cuajar (se supone que la amistad entre Reed y Ben es el núcleo emocional de la cinta, pero apenas tienen escenas juntos, además de que Jamie Bell prácticamente desaparece del montaje final), y el desarrollo narrativo (repleto de explicaciones innecesarias) avanza sin rumbo, como improvisando, hasta detenerse en punto muerto. Total, si lo que ha hecho Trank no lleva a ninguna parte, no queda más remedio que ignorarlo para dar con una solución de última hora. ¿Y cuál es? Convertir Cuatro Fantásticos en una película de Marvel Studios. Aunque sea a la fuerza.

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De manera abrupta, el clímax nos devuelve al infrautilizado Victor Von Doom (Toby Kebbell), aka Doctor Muerte, del que no sabemos apenas nada, para que funcione como catalizador de una absurda batalla final para salvar la Tierra con la que se trata por todos los medios de emular a Los Vengadores y demás títulos del UCM. Lo que ocurre entonces es inaudito, Cuatro Fantásticos se desintegra en una vorágine de chistes malos (el humor había sido sutil y acertado hasta entonces), frustrados one-liners marvelianos, efectos digitales de 1994 y torpes acrobacias de acción que dan un giro de 180º al tono de la película. La desesperación puede palparse, los actores deciden dejar de actuar (llamadme paranoico, pero Teller y Mara parecen hacerlo horrorosamente mal intencionadamente para boicotear el proyecto), y los diálogos entre el cuarteto protagonista están fuera de lugar, añadiendo más confusión al ya de por sí embarullado argumento. Y así es cómo Cuatro Fantásticos acaba convirtiéndose en un despropósito aun más casposo y anticuado que las anteriores iteraciones de los 4F, en el reboot truncado que ni su director quería que viéramos.

De las dos películas incompletas que hay mal pegadas en Cuatro Fantásticos, es la visión de Josh Trank la que esconde mayor potencial (como se puede oír en el film, “tiene el cociente intelectual para hacer mucho más”). Si bien es cierto que lo que él tenía en mente difícilmente podía llamarse Los Cuatro Fantásticos, su propuesta tenía la capacidad de insuflar nueva vida al cine de superhéroes. Trank intentó romper el molde de un género muy formulaico, pero no supo hacerlo o no le dejaron (yo me decanto por una combinación de ambas), y el remedio fue peor que la enfermedad. Es una auténtica pena, porque la idea era atractiva, el material fértil y al reparto le sobra talento. Después de presenciar la debacle de Cuatro Fantásticos, los deseos de continuación para la franquicia se desvanecen comprensiblemente (aunque Fox insiste en que habrá secuela). Sin embargo, no seré yo quien se oponga a darles otra oportunidad para que hagan mejor las cosas (a poder ser, con los mismos actores) y encontrar la manera de hacer justicia por fin a una de las cabeceras más importantes de Marvel.

Valoración: ★★