Crítica: El caso Fischer

La de Bobby Fischer es una de las figuras más fascinantes del siglo XX. El ajedrecista más famoso de la historia ha protagonizado varias películas, de las cuales la más conocida sería En busca de Bobby Fischer (1993), centrada en la infancia del personaje. Ahora Edward Zwick, director entre otras de Leyendas de pasión, El último samuráiDiamante de sangre, nos trae una nueva visión del héroe norteamericano caído y fenómeno mundial con El caso Fischer (Pawn Sacrifice), biopic que recorre la vida del maestro del ajedrez desde su infancia hasta su histórico enfrentamiento con Boris Spassky en 1972 en Reikiavik.

Ambientada principalmente en los 70 y con la Guerra Fría como telón de fondo, la película nos muestra el improbable ascenso de Fischer (Tobey Maguire) al estrellato global, e ilustra cómo su fama convirtió el ajedrez, un juego de inteligencia y estrategia que a priori no incluía el factor espectacular de otros juegos o deportes, en el pasatiempo favorito de una sociedad en jaque. Zwick indaga en la conflictiva y antipática personalidad de Fischer a medida que la arrogancia a raíz del éxito se apodera de él y su estado mental se va deteriorando a causa de la paranoia contra los soviéticos, lo que resultaría en su imparable declive y auto-exilio. El enfrentamiento contra Spassky (Liev Schreiber), calificado como la “Partida del Siglo” funciona como culmen de un relato sobre la auto-destrucción de un hombre en guerra consigo mismo y perfecta metáfora del enfrentamiento mundial que definió esta década.

Sin embargo, a pesar de tener en el guion a uno de los talentos más interesantes del cine y la televisión británica actual, Steven Knight (Promesas del este, Locke, Peaky Blinders), El caso Fischer no consigue alcanzar la trascendencia que pretende y se queda en la superficie, trazando un simplemente correcto retrato del personaje que contiene momentos aislados de lucidez e introspección, pero que en general resulta excesivamente superfluo y convencional. Gran parte de la culpa de que El caso Fischer no cause apenas impacto es de su protagonista, Tobey Maguire, un actor que sigue aproximándose a sus papeles con la técnica de un principiante. Su interpretación, aunque ocasionalmente acertada y decididamente comprometida e impetuosa, acaba siendo demasiado inconsistente, lo que desdibuja al personaje y pone una barrera insalvable entre él y el espectador (a su favor, Fischer es un personaje tremendamente difícil). Afortunadamente, el trabajo de Maguire queda bien complementado por los secundarios Peter Sarsgaard y, especialmente, Liev Schreiber. La (siempre) magnética presencia del actor de Spotlight y Ray Donovan refuerza considerablemente la interpretación de Maguire durante la recta final, lo que nos deja un enfrentamiento enervante y emocionante que eleva de nivel la película y al menos la concluye satisfactoriamente.

Pero si El caso Fischer no es un biopic especialmente memorable es sobre todo porque no es capaz de profundizar en la psicología de su protagonista. Zwick maneja bien el tono tragicómico de la historia, e incluso brilla cuanto más deja que el humor se apodere de ella (el film llega a ser bastante divertido por momentos), pero en definitiva se queda corto a la hora de transmitir la complejidad de una personalidad tan horrible y apasionante como la de Fischer.

Pedro J. García

Nota: ★★★

 

 

Crítica: Una vida en tres días (Labor Day)

LABOR DAY

Una vida en tres días (memo título en español para Labor Day) no es una película de este tiempo. El nuevo film de Jason Reitman (Juno, Up in the Air), basado en la novela homónima de Joyce Maynard, está ambientado en 1987. Pero no solo eso, sino que parece estar realizado según la sensibilidad artística de aquella década y atendiendo a las expectativas de un público también de ese año. Lo que quiero decir es que el principal problema de Una vida en tres días es que es un relato altamente inverosímil no apto para el público del siglo XXI, que ya no pasa una, y de ahí que la cinta haya sido (injustamente) vilipendiada. Parece que ha llegado un momento en el que necesitamos que todas nuestras películas tengan una correspondencia absolutamente lineal con la realidad, que todo lo que ocurre en ellas debe resultar 100% factible en el mundo real. Pero es que Reitman no propone una historia real. Este drama über-romántico es un cuento de los pies a la cabeza, un relato americano que no busca la verosimilitud de los hechos, sino la de los sentimientos. Y en ese sentido, Una vida en tres días es todo un triunfo.

Reitman entrelaza con tino las dos historias principales del film, resultando en una curiosa fusión de novela rosa a lo Nicholas Sparks y película coming-of-age que tanto gusta a los realizadores de sensibilidad indie y carnet de Sundance. Una vida en tres días está narrada en primera persona por el adolescente Henry (Tobey Maguire, Gattlin Griffith), el hijo de la protagonista, Adele (Kate Winslet), una ama de casa suburbana que sufre una profunda depresión después de ser abandonada por su marido. Los últimos días de verano transcurren con normalidad hasta que un día en el supermercado, un hombre herido pide a Adele y Henry que lo acojan en su casa. Frank (Josh Brolin) resulta ser un preso que ha escapado de la cárcel y necesita refugio hasta que la policía deje de buscarlo. El secuestro se transforma gradualmente en el sueño de una familia, una fantasía de dicha y normalidad para Adele y Henry, que adolecidos del caso más brutal de Síndrome de Estocolmo, encuentran en Frank la figura masculina que necesitaban, el hombre en el que apoyarse por las tardes en el porche, y el padre que da lecciones de béisbol en el jardín.

Una vida en tres días Labor Day cartelDe acuerdo, a grandes rasgos suena excesivamente rocambolesco, pero afortunadamente, Reitman compensa la cursilería y la implausibilidad de la historia con un temple admirable en el manejo del suspense, una sensibilidad muy afinada, y un tratamiento de los personajes que los hace profundamente humanos. Una vida en tres días transcurre casi en todo momento desde el punto de vista de Henry, y es desde su inquisitiva mirada dónde Reitman construye el romance, a base de elocuentes detalles que observamos tras una puerta entreabierta, o que oímos a través de la pared, amplificado por una cuidada atmósfera de calor sofocante. Pero además de la elegancia y el buen gusto con el que el director acomete la historia, lo que de verdad hace que esta película funcione son el carisma animal de Josh Brolin y una espléndida Kate Winslet, en cuya Adele encontramos trazas de Mildred Pierce. Con su magnífica interpretación ahogada de melancolía, Winslet logra que la historia tenga fundamento -y sí, incluso esa insistentemente criticada escena en la que los protagonistas hacen una tarta tiene su razón de ser más allá de la agenda de la American Pie Council, que curiosamente abandera la película. Es más, probablemente sea una de las secuencias más importantes y pertinentes de la película.

Una vida en tres días nos habla de la desesperación, de la soledad, de la necesidad de afecto, de contacto, y protección. Muchos concluirán que la propuesta de Reitman es en cierto modo retrógrada y excesivamente conservadora, puesto que lo que esperamos hoy en día de una película de estas características es que se nos diga que una mujer no necesita a un hombre para vivir. Pero es que resulta que esta es la historia de una mujer que lo necesita, que muere sin él, y es en el anhelo desesperado de Adele donde el director encuentra el pulso del relato, y su nexo de unión con el espectador. Después de dos películas cuya mayor baza era el ingenio de sus diálogos, Reitman cambia el rumbo con una cinta íntima y delicada, de gran pasión contenida, de poesía salingeriana, un film cargado de tristeza que requiere dejar el cinismo aparcado y, aunque sea tan solo durante dos horas, volver a mirar el cine como si fuera 1987.

Valoración: ★★★½

Críticas: El gran Gatsby, The Lords of Salem, Kauwboy, Mareal letal

 

El gran Gatsby (The Great Gatsby, Baz Luhrmann, 2013)

Enorme expectación la que se ha levantado alrededor de la adaptación de la novela de F. Scott Fitzgerald de la mano del director de Moulin Rouge! o Australia, el siempre excesivo, siempre interesante Bazz Luhrmann (creo yo soy uno de los pocos que defienden su anterior filme). Y lo cierto es que después de tantos retrasos en la fecha de estreno (en teoría para mejorar el acabado técnico de cara a una mejor experiencia en 3D), tantos adelantos y un gran despliegue publicitario, El gran Gatsby no está a la altura de las expectativas y provoca indiferencia.

La festiva, histriónica y explosiva visión del autor no logra ajustarse del todo al material original. Luhrmann propone de nuevo una serie de rupturas (sobre todo de prejuicios y barreras creativas) que esta vez funcionan a medio fuelle (¿se ha quedado anticuado?) Excepto una. Como era de esperar, su utilización de la música es sencillamente magistral. Remitiendo a los delirios indies de Sofia Coppola en Maria Antonieta, Luhrmann retrata la opulencia y prosperidad de los años 20 norteamericanos con la ayuda del tronío de una banda sonora producida por Jay Z. Un sonido 100% contemporáneo con ostentosos temas de Lana Del Rey (se podría decir que Young and Beautiful es, muy justamente, la pieza central), The xx o Florence + the Machine, y el inconfundible martilleo de will.i.am, que convierten las fiestas de Jay Gatsby en raves con perlas, boquillas y champán.

Y poco más. Mucho metraje para ‘poca’ historia. Destellos de retrato generacional que, como vimos hace poco en On the Road de Walter Salles, traza una línea entre la ociosa y desmotivada juventud de comienzos del siglo pasado y la nuestra, para hablarnos del surgimiento de una nueva sociedad capitalista. Y actores correctos: Leonardo Dicaprio elaborando una interpretación rica en matices pero lejos de ser lo extraordinaria que requiere un personaje como Gatsby, un Tobey Maguire resucitando para (seguramente) volver a desaparecer y una eternamente lánguida Carey Mulligan, que en esta ocasión se convierte en la robaescenas oficial. Luhrmann orquesta todos estos elementos con el brío creativo que lo caracteriza, pero falla a la hora de insuflar vida a una historia que quizás no estaba hecha para él.

The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012)

Rob Zombie vuelve a las andadas con la que es quizás su película más ‘zombie’ hasta la fecha. Tan personal es, que asciende a su mujer, Sheri Moon Zombie, siempre a sus órdenes (y enseñando el culo) en papeles secundarios, a protagonista absoluta de la historia. The Lords of Salem es, como cabe esperar de su autor, un recorrido sucio, incómodo y tremendamente lisérgico a través sus mayores obsesiones. Una historia de brujas que despiertan de su letargo de siglos gracias a una melodía satánica que una DJ local, Heidi Hawthorne (Mrs. Zombie) difunde en su exitoso programa de radio. Viejas desnudas, rituales satánicos, cabras, imaginería cristiana perturbada, música heavy. The Lords of Salem abarca mucho, demasiado. Y no acierta con todo, pero al menos logra quedarse en la retina.

El bizarrísimo batiburrillo de ideas e imágenes demenciales puede ahuyentar hasta al más dispuesto. Está claro que Zombie no se decide en ningún momento por hacer una película de terror o una videoinstalación. Sin embargo, de esta confusión (y pretensión) surgen algunos de los planos más sorprendentes e inolvidables que un servidor ha visto en mucho tiempo. Contribuye al balance positivo la excelente ambientación (pasé miedo de verdad) y la fuerte presencia de Judy Geeson, Dee Wallace (la madre de Elliott en E.T.) y Patricia Quinn (Magenta en The Rocky Horror Picture Show). Después de hacer que nos preguntemos constantemente qué ‘demonios’ estamos viendo, The Lords of Salem acaba dejando completamente aturdido. La voz de Nico en “All Tomorrow’s Party” de la Velvet es el colofón perfecto. Cuando aparecen los créditos finales, solo queda sentirse estafado, asqueado o con suerte, simplemente desorientado. Una pena que las ansias de provocación y la autoindulgencia de Zombie acaben truncando lo que podía haber sido un clásico moderno de terror.

Por favor, que alguien me saque esa terrorífica melodía de la cabeza.

Kauwboy (Boudewijn Koole, 2012)

Jojo (Rick Lens) es un niño de diez años cuya situación familiar (madre ausente y padre inestable) le obliga a buscar refugio en los pequeños detalles del día a día, como haría cualquier niño de su edad. Jojo encuentra una cría abandonada de grajo y decide llevársela a casa para cuidarla. La relación del niño con el pájaro pondrá de manifiesto la madurez forzada de Jojo, y la reversión de roles padre-hijo que tiene lugar en su casa.

Con un comienzo precioso y prometedor que recuerda inevitablemente a Donde viven los monstruos (Spike Jonze, 2009), Kauwboy se acaba entregando, por desgracia, a su lado más melodramático y convencional. Las bucólicas y oníricas imágenes de Jojo y el grajo, así como la inocencia y el anecdotismo de su relación con una niña del pueblo, dan paso a una recta final que se apoya en el drama más telefilmesco, y que incluso fuerza el conflicto de manera inverosímil para introducir el desenlace. Kauwboy queda al final en un ‘lo que pudo haber sido y no fue’. Sin embargo, su luminoso comienzo y el estupendo trabajo de su niño protagonista elevan la valoración del conjunto.

La película fue seleccionada por Holanda como candidata a Mejor Película de Habla no Inglesa en los Oscars de este año, ha participado en numerosos festivales internacionales y cuenta con prestigiosos galardones como el Premio de la Juventud y Mejor Ópera Prima en Berlinale 2012; Mención Especial en BAFICI 2012; Premio del Jurado Joven de European Film Awards 2012 y Premio European Discovery de Fipresci, entre otros.

Marea letal (Dark Tide, John Stockwell, 2012)

Kate (Halle Berry) es una bióloga marina experta en tiburones que vive en Ciudad del Cabo (Sudráfrica). Tras una tragedia en el mar, se distancia de su marido y compañero de profesión, Jeff (Olivier Martínez), y abandona la pasión de su vida: nadar sin jaula junto a los tiburones blancos. Ahora dedicada exclusivamente a las visitas guiadas en barco y con graves problemas económicos, Kate recibe una oferta por parte de un millonario que desea nadar con los tiburones junto a su hijo. Reunida con Jeff, todos se adentran en altamar en busca de los tiburones, a pesar de que el temporal no augura una excursión precisamente pacífica.

Parece mentira que John Stockwell tenga experiencia como realizador de películas marinas (En el filo de las olas, Inmersión letal), su ineptitud a la hora de rodar Marea letal, una aventura con tintes de melodrama que coquetea con el terror, es antológica. Claro que con su currículum tampoco es de extrañar. Lo único realmente destacable de esta increíblemente machista e inconsistente película es la presencia de los escualos. Marea letal podría interesar a aquellos obsesionados con el temible y fascinante animal, y por supuesto a los fans de los pechos de Berry. No así a los de sus cualidades interpretativas, aquí sumergidas en las más recónditas profundidades.