Crítica: Los Odiosos Ocho

THE HATEFUL EIGHT

Hay pocos directores de cine tan seguros de sí mismos y con el control de su estilo y sus universos de ficción como Quentin Tarantino. Lo ha demostrado una y otra vez, elevando el pastiche y el homenaje (o imitación) a un arte cinematográfico que pocos dominan. Tarantino no se sale de su zona de confort, porque ahí dentro es un maestro. Por eso con su octava película, Los Odiosos Ocho (The Hateful Eight), va sobre seguro. Un reparto de actores fetiche para el realizador de Tennessee, diálogos marca de la casa, violencia pasada de rosca, reverencia a uno de sus géneros predilectos, el western (rodado además en nostálgico 70mm), y ese sentido del humor tan particular. Nada de esto falla en Los Odiosos Ocho, sin duda un “lugar feliz” para los incondicionales del director, en el que la novedad más destacable es que el título de la película está formado por tres palabras, en lugar de dos.

Los Odiosos Ocho nos traslada a la época inmediatamente posterior a la Guerra de Secesión en Estados Unidos, al mundo de la Frontera, con sus “Se Busca Vivo o Muerto”, sus forajidos y sus diligencias. Con una variación: estamos ante un western nevado de interiores con espíritu de obra de teatro. El paisaje invernal de Wyoming es el escenario donde se sitúa la acción, concretamente dentro de la Mercería de Minnie, una parada para diligencias en un puerto de montaña, durante un feroz temporal de nieve. Uno de esos coches de caballos arriba en la Mercería llevando cuatro pasajeros, que son recibidos por cuatro hombres. Cuatro y cuatro, ocho (más algún acoplado que no sabe dónde se ha metido). Como siempre, Tarantino cuida al máximo la caracterización y las historias de sus personajes, con el objetivo de convertirlos en iconos desde el primer minuto. Y estos ocho personajes (unos más que otros) son decididamente memorables.

El cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) lleva a su fugitiva, Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), al pueblo de Red Rock, donde Ruth, más conocido como “el Verdugo”, debe llevar a la delincuente a la justicia. Por el camino se encuentran con dos desconocidos: el mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson), otro cazarrecompensas antiguo soldado negro de la Unión, y el nuevo sheriff de Red Rock, Chris Mannix (Walton Goggins), sureño con pocas luces que se dirige al mismo lugar para ocupar su nuevo puesto. En la Mercería, estos cuatro sospechosos personajes conocen a Bob (Demian Bichir), mexicano a cargo del local mientras Minnie se encuentra ausente, el sofisticado británico Oswaldo Mobray (Tim Roth), el vaquero de voz rasgada y pocas palabras Joe Gage (Michael Madsen) y el general confederado Stanford Smithers (Bruce Dern).

Hateful EightComo si de un “episodio botella” de una serie se tratase, Los Odiosos Ocho transcurre casi íntegramente en el mismo lugar, impulsada por una dialéctica constante entre estos ocho personajes, en la que se van destapando heridas abiertas y el pasado se va apoderando del relato, hasta que lo conquista. Los diálogos tarantinianos son lo que mueve la acción durante una primera hora y media que, no obstante, puede resultar algo pesada, en la que el director no consigue brillar en su escritura como de costumbre. En esta ocasión, las casi tres horas de metraje que dura la película no están justificadas, y lo que se cuenta en la primera sección del film podría haberse reducido a la mitad sin problemas. Pero ya sabemos cómo es Tarantino. My way or the highway. Su cine suele funcionar de esta manera, se va calentando a fuego lento, a su ritmo (por capítulos), sin prisa, y va yendo a más, para culminar en un acto final en el que la sangre llega al río, y lo desbordaLos Odiosos Ocho no es una excepción. Como dice un personaje durante la película, “El nombre del juego es ‘paciencia'”. Efectivamente, si uno escucha atentamente y aguanta con calma la primera parte, le aguarda una gran recompensa en la segunda. Una última hora divertidísima, en la que el humor estalla después de ir a medio fuelle casi todo el tiempo, y donde el juego de misterio que es su historia nos reserva un par de giros y triquiñuelas narrativas que ponen el resto de la película en perspectiva.

Aun con todo, a ratos da la sensación de que el director se mueve por inercia, confiando demasiado en que bastará con desplegar los mismos trucos de siempre, porque tiene a su público en el bolsillo. Por eso en esta película son los demás los que se llevan verdaderamente el gato al agua. Concretamente el legendario Ennio Morricone, que firma una banda sonora que se eleva por encima de la cinta (la música durante los créditos iniciales pone los vellos de punta), el director de fotografía, Robert Richardson (que hace maravillas tanto en interiores como cuando se nos deja ver el impresionante paisaje nevado que sitia a los personajes), y por supuesto el reparto, consistentemente excelente (a excepción quizá de Tim Roth, en un papel sin duda escrito para Christoph Waltz, en el que el británico imita… a Christoph Waltz, y Channing Tatum, que menos mal que sale poco, porque no consigue hacerse con el tono de su personaje). Russell está especialmente inspirado, y si Leigh se ha llevado muchos laureles por su (sobre)interpretación demente y desquiciada, quien está en estado de gracia es Samuel L. Jackson, que merece una nueva nominación al Oscar ya solo por su sádico flashback narrado, uno de los momentos que más serán recordados de la película.

 Los Odiosos Ocho no es el mejor Tarantino, pero es puro Tarantino, lo que debería ser bastante.

Valoración: ★★★½

Crítica: Grace de Mónaco

Nicole Kidman Grace de Mónaco

El francés Olivier Dahan, realizador de La vida en rosa (Edith Piaf), era a priori un candidato ideal para llevar a la gran pantalla la glamourosa historia de Grace Kelly, la icónica belleza de Hollywood que renunció a su carrera en el cine en los años 50 para convertirse en la Princesa de Mónaco. Sin embargo, la experiencia de Dahan en la biografía de Piaf ha resultado ser insuficiente para levantar Grace de Mónaco, un proyecto condenado desde el principio por la elección de su actriz protagonista, Nicole Kidman (en un cuestionable movimiento publicitario parecido al de su amiga Naomi Watts en Diana), y por la mala reputación que arrastra el género del biopic, sobre todo cuando se centra en figuras de la alta sociedad como la que nos ocupa.

Grace de Mónaco no abarca la biografía completa del personaje, sino que, al igual que la mencionada Diana o la reciente Hitchcock de Sacha Gervasi, acota su cronología de manera que asistimos únicamente a una etapa de su vida -en un sorprendentemente corto metraje de apenas hora y media. En el caso de Grace, se trata de la que transcurre a comienzos de la década de los 60, seis años después de la boda con el príncipe Rainiero III de Mónaco (interpretado en la película por un Tim Roth venido a menos), y abarca hasta la gala benéfica de la Cruz Roja, celebrada en 1962. Poco más de un año en la vida de la princesa, que explora los acontecimientos alrededor del punto de inflexión más importante en su historia, cuando Alfred Hitchcock le ofrece volver a Hollywood para interpretar a su Marnie, la ladrona. Dahan utiliza esta disyuntiva para retratar a un personaje dividido entre dos mundos, una mujer que aún siente la llamada del arte pero está comprendiendo la responsabilidad que conlleva ser la esposa de un mandatario y la imagen de un estado, y establece un acertado paralelismo entre su labor interpretativa en el cine y como consorte del líder monegasco: “Este es el papel de tu vida“.

Grace de Mónaco cartel españolDesde el comienzo de Grace de Mónaco, con un aviso que aclara que estamos ante un relato de ficción basado en hechos reales, y a lo largo de todo el metraje (de la manera más machacona y repetitiva), se insiste en la idea de la vida de Su Alteza Serenísima como la de una princesa de cuento de hadas. Y así se refleja tanto en el etéreo y preciosista acabado del filme como en el excelente diseño de vestuario, peluquería y escenografía. Dahan trabaja para reforzar esta percepción de la historia, pero a la vez trata de acercarnos a la realidad del personaje en un periodo de tumulto, durante el conflicto por el intento de asimilación de Mónaco por parte de Francia. Pero por muchos intentos de dotar a la historia de enjundia y trascendencia, el realizador no consigue traspasar su enlustrada superficie. Y mira que lo intenta. A través de unos intrusivos (casi pornográficos) primerísimos primeros planos al rostro de Kidman, Dahan busca (desesperadamente) reflejar el tormento interior de Grace. El resultado es efectista, un capricho estético más -como esas ocasionales secuencias al más puro estilo hitchcockiano– en una obra que destaca casi exclusivamente por su cuidadísimo envoltorio.

Efectivamente, Grace de Mónaco no es más que una bella y lujosa farsa repleta de malas imitaciones (atención a Paz Vega o a cualquier político o personaje histórico que aparece en la película), pero nos sirve al menos para constatar de nuevo el (cada vez más infravalorado) talento de Nicole Kidman. La mencionada escena en la que Dahan nos pone literalmente en la piel de Grace, mostrándonos muy de cerca los ojos más hermosamente tristes del cine, siempre lacrimosos y agotados de estar abiertos, como también el clímax en la gala de la Cruz Roja (con diferencia la mejor secuencia del filme), nos permiten disfrutar de la Nicole más vulnerable y delicada, una actriz sumamente conmovedora. Es una pena que en ningún momento seamos capaces de ver en su rostro o de oír en su voz a alguien que no sea la propia Kidman, y mucho menos a la Princesa de Mónaco.

Valoración: ★½