Dumbo: Cuando veas a un elefante volar

A la hora de acometer sus remakes en acción real, Disney está optando por dos caminos alternos: la adaptación libre o la recreación literal. Sus clásicos de la era moderna, como La Bella y la Bestia o El Rey León, se prestan a la segunda, mientras que los más antiguos (El Libro de la Selva, Pedro y el dragón Eliott, Cenicienta) requieren un proceso de adaptación al ritmo, la estructura narrativa y la sensibilidad del espectador actual, ya que si se adaptaran de forma fiel, no funcionarían como obras contemporáneas.

Este sería el caso de Dumbo, el nuevo remake live-action de la Casa del Ratón, trabajo dirigido por un viejo conocido del estudio, Tim Burton (este dio sus primeros pasos en Disney en los 80 y dirigió el exitoso remake de Alicia en el País de las Maravillas en 2010). Aunque la película comienza siendo fiel al clásico de 1941 (arranca con el tren circense recorriendo Estados Unidos y las conocidas notas compuestas por Frank Churchill y Oliver Wallace), acaba tomando su propio camino para reescribir la historia del elefante volador, por lo que más que un remake, se podría decir que estamos ante una reinterpretación.

En la nueva versión, los personajes de carne y hueso cobran mayor importancia y sirven como hilo conductor. La historia se construye como un cuento clásico sobre freaks (muy afín a la visión autoral de Burton, que ya hizo algo similar recientemente con El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares) que tratan de sacar a flote un espectáculo en horas bajas. La llegada de Holt (Colin Farrell), antigua estrella del circo que regresa de la guerra cambiado física y psicológicamente, coincide con el nacimiento de Dumbo. Cuando los hijos de Holt descubren que el pequeño elefante puede volar, el dueño del circo, Max Medici (Danny DeVito), lo convierte en el número estrella de su show. Esto atrae la atención del empresario V.A. Vandevere (un exagerado Michael Keaton) y la acróbata francesa Colette (Eva Green), quienes se ofrecen a convertir a Dumbo en una gran estrella en su enorme parque temático, Dreamland.

Con guion de Ehren KrugerDumbo recupera los elementos más icónicos de la película original y los diluye en una historia nueva que toma el clásico como punto de partida para a continuación ir más allá de lo que este nos contaba. En su primera mitad, la película se mantiene fiel a su referente (el nacimiento de Dumbo, el espectáculo con el elefante como bombero apagando un edificio en llamas), pero con la llegada de los personajes de Keaton y Green, la trama gira hacia una aventura de acción con el objetivo de salvar a la madre de Dumbo de las garras del villano. A lo largo de todo el metraje no faltan los guiños directos al clásico animado -diálogos, motivos visuales, reconocibles temas musicales que recorren todo el metraje-, pero estos sirven a Burton sobre todo como herramientas para homenajear o evocar nostalgia.

Más allá de que los animales no hablan en esta versión y la ausencia del ratón Timoteo (en esta son los niños los que descubren a Dumbo que la pluma le da el “poder” de volar), la mayor novedad con respecto a la película de 1941 es la introducción de una trama familiar en el centro de la historia. El regreso de Holt de la guerra da pie a un relato de reconexión paternofilial que resulta convencional (tampoco ayuda que la niña, Nico Parker, sea bastante inexpresiva). Es ahí donde se puede detectar más claramente el sello Disney: el efecto en los niños de la ausencia de una figura paterna y las clásicas lecciones del estudio: “No dejes que nadie te diga lo que no puedes ser” o “Lo imposible puede ser posible” (literalmente calcado de la reciente El regreso de Mary Poppins). Todo esto sirve para modernizar (y estirar) un cuento que tiene más de 70 años, pero se queda en la superficie, limitándose a repetir el esquema que hemos visto en tantas películas de la compañía.

Aun así, Dumbo sale mucho mejor parada que otras relecturas de Disney, como Maléfica o sin ir más lejos, Alicia, del propio Burton. Eso sí, aquí nos encontramos al director de Eduardo ManostijerasEd Wood en su versión más domesticada, más disneyficada. Sus señas de identidad están ahí, su toque oscuro también y la presencia de sus actores fetiche (Keaton, Green, DeVito) nos recuerdan quién está tras las cámaras. Pero de alguna manera, Burton se olvida de ser Burton, y no lleva la historia totalmente a su terreno, suavizando los pasajes más siniestros de la original (como la borrachera de Dumbo, que aquí simplemente es un número de burbujas en el circo) y decantándose por lo cómodo y seguro, como en la mayoría de sus trabajos modernos.

A pesar de esto, Dumbo alza el vuelo. Es una película entrañable, hecha con cariño (excepto algún que otro croma) y sin cinismo, que nos ofrece un valioso mensaje de aceptación y celebración de la diferencia, aderezado con un toque de reivindicación animalista. Aunque no consigue conmover como la original, Burton capta con éxito el asombro de ver a Dumbo volar después de tantas décadas y el brillo en los ojos del pequeño paquidermo aporta la emoción que falta en otros aspectos del film. Y si el reparto hace un buen trabajo (DeVito está perfecto en su papel de maestro de ceremonias y Green consigue brillar a pesar de dar vida a un personaje escrito de forma plana), lo mejor de la película es el propio Dumbo, una criatura adorable que hace que nos olvidemos por completo de que estamos ante una creación digital y creamos en pleno siglo XXI que un elefante puede volar.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares

Que el cine de Tim Burton ya no es lo que era es algo que tenemos bien asumido. Sin embargo, el director no parece demasiado preocupado por recuperar la fe del público que un día lo consideró uno de los directores más visionarios, originales y subversivos del cine. En su lugar, Burton se ha acomodado en la última década eligiendo proyectos que se ajustan como anillo al dedo a su personalidad y estética, contando/adaptando historias que, antes de pasar por su filtro particular, ya eran marcadamente burtonianas (lo que viene a llamarse “moverse por inercia”). Este es el caso de su nueva película, El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares, basada en el best seller homónimo de Ransom Riggs, y con la que Burton regresa a sus excéntricos mundos de fantasía después de rebajar la burtonidad con el biopic Big Eyes.

El hogar de Miss Peregrine es la historia de Jake (Asa Butterfield), un adolescente asocial que ha crecido escuchando los cuentos maravillosos de su abuelo, Abe (Terence Stamp), relatos fascinantes sobre niños con poderes especiales que convivían en un orfanato en la costa de Gales. Tras la muerte de Abe en circunstancias misteriosas, Jake decide viajar al Reino Unido para comprobar con sus propios ojos si este lugar existe en realidad. Allí descubrirá el refugio secreto donde los niños de los cuentos de su abuelo, conocidos como Peculiares, permanecen ocultos en 1943 gracias a un bucle temporal creado por Miss Peregrine (Eva Green), la enigmática institutriz que los mantiene a salvo de los peligros que los acechan. A medida que conoce a sus nuevos amigos y las reglas que rigen el hogar de Miss Peregrine, Jake se dará cuenta de que no todo es lo que parece, ni siquiera él, y será clave en la lucha contra los monstruos que quieren hacer daño a los Peculiares.

Miss Peregrine ofrece a Burton la oportunidad de volver a dar rienda suelta a su particular sentido de la magia y la aventura para hablarnos una vez más de esos inadaptados, freaks o seres peculiares por los que siempre ha sentido predilección. Y el director la aprovecha para realizar otro trabajo visualmente estimulante que fusiona el color y la oscuridad, lo luminoso y lo tenebroso, como solo él sabe hacerlo. Otra cosa quizá no, pero este sigue sabiendo cómo construir una fantasía que nos entre fácilmente por los ojos y no nos deje apartar la mirada de la pantalla gracias a su inconfundible imaginario. Efectivamente, Miss Peregrine está llena de imágenes deliciosas, planos iconoclastas rebosantes de romanticismo al más puro estilo del autor (Jake tirando de la cuerda que evita que Emma salga volando, las hermosas secuencias bajo el agua) y momentos de gran asombro que conquistarán sobre todo a los más jóvenes. Y es que, a pesar de dejar escapar unos cuantos momentos verdaderamente grotescos y terroríficos (que la hacen no apta para niños pequeños) y de algún que otro destello del Burton más ácido y extravagante, Miss Peregrine es una película de marcado corte familiar, en la que el director parece esforzarse por mantenerse dentro de unos parámetros de seguridad. Los mismos que, a la larga, acaban perjudicándola.

Pero ese no es el principal problema de Miss Peregrine. Lo cierto es que durante la primera hora la cosa parece prometer bastante, incluso nos hace recuperar por momentos la esperanza en un verdadero regreso a la forma del director, pero se trata solo de una ilusión. A medida que la historia avanza se ponen de manifiesto los defectos de la película. Principalmente un ritmo irregular, que hace que esta se haga demasiado larga (con 127 minutos técnicamente lo es, pero es que además da la sensación de que dura media hora más), el triunfo del estilo sobre la sustancia (con lo que queda una película bonita, pero más vacía de lo que querríamos), y sobre todo un guion que empieza bien y acaba descarrilando hasta no saber por dónde cogerloMiss Peregrine presenta una intrincada mitología que la guionista Jane Goldman (Kingsman: Servicio secreto) no ha sabido exponer de forma clara, haciendo que las reglas de su universo, el desarrollo y los giros argumentales resulten confusos y tiendan excesivamente a la omisión y el deus ex machina. Esto se pone de manifiesto especialmente durante el alocado clímax, cuando el caos se apodera del guion y se trata de cerrar de forma apresurada todo lo que se ha abierto en la primera parte. Es decir, Miss Peregrine sabe cómo captar nuestra atención, pero no es capaz de mantenerla y se/nos pierde enrevesándose demasiado.

El reparto es otro de los aspectos más inconsistentes de Miss Peregrine, tanto por el nivel interpretativo como por el uso que se hace del mismo. Aunque sobre decirlo, Eva Green es una de las mayores bazas de la película. Ella fue lo mejor de Sombras tenebrosas, así que es un absoluto placer volverla a ver a las órdenes de Burton dando vida a otro personaje que permite a la actriz francesa hacer lo que mejor se le da: hipnotizar con su magnética presencia y expresiva mirada turquesa (aunque a ratos se confunda con Vanessa Ives de Penny Dreadful). Sin embargo, su Miss Peregrine queda desdibujada y relegada a segundo plano, desapareciendo literalmente durante el tercer acto de la película, para regresar a última hora sin aportar mucho al desenlace (no corren mejor suerte Judi Dench y Allison Janney, cuyos talentos son dramáticamente desaprovechados). Por otro lado, y esto es lo más importante, Asa Butterfield (muy prometedor en El juego de Ender) no es capaz de sostener sobre sus hombros el peso de la película, llevando a cabo una interpretación plana con la que no logra transmitir apenas emociones. Y por último, Samuel L. Jackson chirría con un villano caricaturesco que debería haber sido divertido, pero en su lugar resulta algo ridículo. Afortunadamente, suplen las carencias del cast principal el encantador grupo de niños peculiares, un plantel de adorables secundarios de entre los que destaca una exquisita Ella Purnell. Es una pena que el guion no sepa aprovechar mejor sus poderes (¿quizá se lo están guardando para una secuela/saga? Daría para ello, desde luego).

El hogar de Miss Peregrine no es un desastre, nada más lejos de la realidad. Esta mezcla de Mary Poppins, Harry PotterX-Men homogeneizada a través de los ojos de Burton es un film de imaginación desbordante, lleno de humor y buenas intenciones, y técnicamente impecable, con diseño de producción, vestuario y efectos de primera (todo lo que cabe esperar del autor). Sin embargo, la magia e ilusión inicial de la propuesta se diluye por culpa de un tratamiento narrativo que no saca partido de su material y una falta de riesgo por parte de Burton, que sigue atrapado en su propio bucle. Con esta película tenía una oportunidad de oro para recuperar el esplendor, pero ha vuelto a dejarla marchar en favor de la mentalidad de estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Alicia a través del espejo

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

El remake en acción real de Alicia en el País de las Maravillas fue uno de los mayores éxitos de 2010, superando en taquilla la impresionante cantidad de mil millones de dólares en todo el mundo. Sigue resultando sorprendente, ya que la película dirigida por Tim Burton no está considerada a día de hoy como uno de los mejores trabajos del director de Eduardo Manostijeras o uno de los títulos más aclamados de Disney, que lleva ya unos cuantos años imparable en la box office y con la crítica y el público en el bolsillo. Pero lo cierto es que Alicia supuso un éxito extraordinario para la Casa de Mickey Mouse (y no solo en los cines, sino que también generó un boom duradero de mercadotecnia), por lo que era de cajón que volveríamos al País de las Maravillas para vivir más aventuras junto a Alicia Kingsleigh (Mia Wasikowska) en la secuela que nos llega ahora, Alicia a través del espejo.

James Bobin, director de las dos películas del reboot cinematográfico de Los Muppets, toma el relevo de Burton, que permanece en la franquicia como productor. En Disney debieron pensar (lógicamente): ‘Si algo funciona, ¿por qué arreglarlo?‘ Muchos elementos de la primera Alicia no recibieron el beneplácito de la audiencia, pero en lugar de intentar corregirlos, se ha hecho una secuela continuista al 100%. Es decir, Bobin sigue la senda marcada por Burton, y aunque se podría detectar algo de su sentido del humor en algunas escenas, en general el director se ha encargado de reproducir al dedillo la visión de Burton. De esta manera, Alicia a través del espejo se basa de nuevo muy libremente en la obra de Lewis Carroll para continuar la reimaginación de sus historias en clave de épica fantástica. La nueva Alicia es la misma Alicia, un estallido de color y animación digital que puede resultar tan goloso como empalagoso y que repite las mismas claves de la primera película.

Una de las novedades que planteaba la película de Burton era una Alicia de armas tomar, es decir, una versión más fuerte y decidida de la creación de Carroll, que lejos de llorar ante las adversidades como la Alicia animada de Disney, se enfundaba en una armadura para derrotar al Galimatazo, en un glorioso arrebato feminista que ha calado hondo en la Disney reciente y que por supuesto se recupera en la nueva película. En A través del espejo nos reencontramos con esa misma chica valerosa y resuelta, ahora convertida en capitana de su propio barco, siguiendo los pasos de su padre. A su vuelta a Londres, Alicia se encuentra con que el mundo sigue regido por los anticuados puntos de vista sobre el papel de la mujer, y tanto ella como su madre ven cómo sus planes de futuro peligran por culpa de esto. Pero antes de poder lidiar con sus problemas allí, Alicia atraviesa un espejo mágico para regresar al Submundo, donde tendrá que embarcarse en una aventura en el Océano del Tiempo para salvar a un “descolorido” Sombrerero Loco (Johnny Depp), sumido en una depresión después de perder a su familia en la batalla contra el Galimatazo. Efectivamente, Alicia a través del espejo no solo se distancia enormemente del material original, sino que además hace retcon de su predecesora para contarnos varias historias de orígenes, la del Sombrerero (que no está loco de nacimiento, sino que su carácter tiene su origen en su relación con su padre) y la de las hermanas Mirana (Anne Hathaway) e Iracebeth (Helena Bonham Carter).

ALICE THROUGH THE LOOKING GLASS

Alicia a través del espejo es más comparable a Regreso al futuro que a la obra de Carroll. Para salvar al Sombrerero, Alicia debe tomar prestada la Cronosfera de Tiempo (un muy acertado Sacha Baron Cohen) y viajar al pasado para resolver un misterio que la llevará a cruzarse con sus amigos y enemigos en diferentes etapas de sus vidas, a la vez que huye de Tiempo, que corre el peligro de perecer (y con él el mundo entero) sin la Cronosfera. Así, la película se construye (por decirlo de alguna manera) como una odisea a través del tiempo, aumentando considerablemente las dosis de acción y, sin embargo, perdiéndose en mil y un dobleces temporales y las correspondientes paradojas que no hacen sino añadir confusión y caos a la ya de por sí endeble historia (una historia a la que el caos le debería sentar bien, porque es su estado natural, no perjudicarla tanto). Al final, a Alicia a través del espejo le falta imaginación (pecado capital teniendo en cuenta el material del que parte) y vuelve a caer en el mismo error que la primera entrega: dar prioridad al envoltorio sobre lo que hay (o debería haber) dentro de la caja, al espectáculo sobre la sustancia. Y aunque hay bastante que admirar en Alicia a través del espejo (sobre todo el diseño de producción y el suntuoso vestuario de Colleen Atwood), falta lo más importante, la emoción y la profundidad que otras recientes adaptaciones en acción real de Disney sí nos han dado, lo que ha elevado el listón de lo que esperamos del estudio.

Por el lado bueno, en un universo creado casi enteramente por ordenador, el reparto ‘humano’ vuelve a compensar el exceso CGI, tanto los que están de cuerpo (más o menos) presente como los que prestan sus voces a la fauna de Wonderland (como Alan Rickman, que provoca escalofríos con sus cuerdas vocales por última vez). Con permiso de una más que correcta Wasikowska, son Helena Bonham Carter y Anne Hathaway las que más vuelven a brillar con luz propia, la primera además añadiendo capas de matices a su divertidísima interpretación (es mala porque está dolida por el pasado) y la segunda demostrando de nuevo su gran vis cómica, con un personaje que parece haber tomado apuntes de la Giselle de Encantada. El eslabón más débil sigue siendo Johnny Depp como el Sombrerero Loco, que, aunque esta vez no baile (gracias al Cielo), sigue saturando tanto o más que los cromas. Claro que su interpretación caricaturesca encaja perfectamente con la propuesta cuasi-animada de la película, y otra cosa habría desentonado. En este sentido, Alicia a través del espejo no engaña. Su objetivo es contentar a esos millones de personas que disfrutaron (suponemos) con el (intencionado) exceso hortera y la épica colorista de este rediseño de los mundos de Carroll (que sigue teniendo cuerda para más partes, ya que las películas han desarrollado un universo propio con vida más allá de los libros). Se podía haber intentado corregir lo que no funcionaba de la primera entrega, pero se ha optado por repetir la fórmula del éxito, aunque haya supuesto volver a vender el alma al tiempo.

Nota: ★★½

Crítica: Big Eyes

BIG EYES

Cuando nos enteramos de que Tim Burton se iba a ocupar del biopic de Margaret y Walter Keane, Big Eyes, sonaron campanas de esperanza para los fans del director de Eduardo manostijeras. ¿Será posible que Burton vaya a volver a sus días de Ed Wood? ¿Se ha dado cuenta por fin de que tanta pantalla verde estaba matando su creatividad? ¿Detendrá con esta película su imparable caída en la autoparodia? Poco después, cuando confirmamos que ni Johnny Depp ni Helena Bonham Carter formarían parte del elenco de Big Eyes, clamamos Aleluya al cielo. La cosa pintaba bastante bien, y el proyecto auguraba una vuelta a la forma que tanto el director como sus fieles seguidores necesitaban.

Pues bien, después de ver Big Eyes, podemos decir que Burton no ha recuperado el lustre de antaño (quizás ni esté interesado ni el siglo XXI se lo va a permitir), pero al menos ha realizado su film más centrado en años, un trabajo des-burtonizado y descargado de florituras innecesarias (y de ridículos bailes de celebración anticlimática) que desvía la atención hacia lo importante: el excelente trabajo interpretativo de Amy Adams como la amantísima y achantadísima ama de casa de los 50 Margaret Kane.

Big EyesBig Eyes cuenta la fascinante historia de esta artista obligada a pintar cuadros en la sombra mientras su marido se llevaba la gloria por su trabajo. Así, nos adentramos en la psique de Margaret para descubrir la motivación tras los famosos óleos de niños con los ojos enormes que incitaron el debate en los 60 sobre la validez del arte pop y la (re)producción en cadena de las obras de arte (muy bien aderezado con la cómica presencia de Jason Schwartzman como el galerista Ruben). Burton rasca y encuentra, sin embargo no logra profundizar todo lo que pedía una historia con tanto potencial como esta –queríamos sobresaliente drama de autor y nos conformamos con notable peli de sobremesa. El director establece un claro paralelismo entre la obra de Keane y el matrimonio de Margaret y Walter, ese monstruo despiadado con disfraz de caballero salva-divorciadas-en-peligro que interpreta el ubicuo (eufemismo de pesado) Christoph Waltz. De ambos extrae una suerte de reflexión sobre las apariencias y la falsedad/falsificación que resulta atinada, pero que se diluye en las formas de biopic tradicional que Burton adopta.

Al final, Big Eyes es eso, una oportunidad perdida, un film al que poco se le puede reprochar (la también des-elfmanizada partitura de Danny Elfman, la puesta en escena, el diseño de producción, el estilismo, todo más que adecuado), pero al que nos vemos obligados a cantar las alabanzas con la boca pequeña. Para bien, el sutilmente virtuoso trabajo de Adams, que personifica a la perfección el paradigma de la mujer en la época de transición de los 60 y muestra en sus expresivos y acuosos ojos todo lo que Burton no nos cuenta sobre el personaje. Para mal, el de Waltz, que a pesar de regalarnos la escena del juicio (un acto final que divierte pero nada más), se deja en evidencia con una (otra) interpretación histriónica, clonada de las anteriores, y cargada de mohínes que, al menos, nos sirve para celebrar con mayor entusiasmo la catarsis del triunfo y liberación de Margaret Kane.

Valoración: ★★★½

Dark Shadows: cuéntame un cuento

Tim Burton es una víctima de los tiempos que corren. Cierto es que su obra ha mostrado evidentes síntomas de agotamiento en los últimos años: Sweeney Todd supuso otro esfuerzo técnicamente brillante pero carente de alma, y su Alicia dejó frío a todo el mundo. Sin embargo, no es del todo justo achacar únicamente al realizador la cada vez más generalizada corriente de desprestigio hacia su cine. El camino recorrido por el director de Batman y Eduardo Manostijeras entre otros clásicos del cine contemporáneo ha estado enormemente obstaculizado por su impacto en la cultura de masas. Su extravagante y extraordinaria visión, a su vez siempre cimentada en el clasicismo y lo institucional, ha atravesado dos claras etapas. De lo hip a lo demodé en una década -en medio identificamos un proceso de marketinización y apropiación de su imagen, decisivo para su declive comercial. Hace tiempo que el mundo superó a Burton, dejándolo en el pasado, como uno hizo con el acné y el grunge. En gran medida, lo que ha dañado su cine es no haberse adaptado al siglo XXI. Sus propuestas son intemporales en esencia, pero la audiencia no puede evitar situarlas en el pasado. Burton sigue insistiendo en su discurso estético y en su papel de cuentacuentos sin reparar en que su público ha madurado. Y esto, para mí, es algo absolutamente conmovedor.

Si no prestamos atención a la textura digital que envuelve todo su cine perteneciente al siglo XXI, la última propuesta de Burton, Dark Shadows, podría formar parte de su etapa noventera. Haciendo oídos sordos al hastío del público ante su empalagoso romance profesional con Johnny Depp, el director norteamericano se reafirma en sus preceptos estéticos y se limita a contarnos otro cuento protagonizado por el excesivo actor. Con Sombras tenebrosas, Burton busca la mirada sin adulterar de un público en el que sigue depositando toda su confianza (ciega). Su peterpanismo como realizador opone resistencia a las nuevas tendencias cinematográficas mainstream. Sí, se pone las gafas de sol, pero en el fondo sigue y seguirá siendo el mismo ser extrañado que trata de vivir en una época que no le corresponde (por muy impostado que pueda ser este papel). Y en eso consiste el romanticismo del autor, al que no importa que el espectador esté cada vez más educado en lo narrativo, y al que en ningún momento pretende sorprender.

Dark Shadows está basada en la serie de televisión del mismo nombre (Sombras en la oscuridad se tituló en España), un culebrón de emisión diaria en la cadena ABC que llegó a tener 1.225 episodios. Lo más curioso de la serie es que no incorporó el elemento sobrenatural hasta seis meses después de su estreno. A partir de la introducción del vampiro Barnabas Collins -él aparecería tras un año de emisión del programa-, Dark Shadows se pobló de toda clase de criaturas monstruosas, que convirtieron la serie en un clásico que ha dejado una importante huella camp en su país de origen. Confeso admirador de Sombras en la oscuridad, Burton acometió un proyecto que parecía hecho para él y nadie más. Fusionó convenientemente el componente soap con el ingrediente terrorífico, para elaborar una historia a caballo entre el relato de fantasmas -reminiscente de su Novia cadáver Beetlejuice– y el kitch y el pastiche que nos devuelven el espíritu de sus obras más coloristas, Eduardo manostijeras y la más reciente Charlie y la fábrica de chocolate. El resultado es un digno ejercicio de entretenimiento, por desgracia ya condenada al ostracismo.

Uno de los apartados más sobresalientes de Sombras tenebrosas es el interpretativo. Depp construye otro de los personajes cartoonescos que le han consagrado como transformista del cine, pero esta vez logra ejercer un mayor control sobre sus tics. Afortunadamente, el Barnabas Collins de Depp nos hace olvidar al desastroso Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas, y si me lo permitís, trae a la memoria a su excelente Ed Wood.

Sin embargo, es un trío femenino de ases el que eleva considerablemente de categoría a Dark Shadows. Tres generaciones de actrices que brillan con luz propia. Michelle Pfeiffer continúa por la senda de Stardust, en otro papel de dama de gran presencia -es Pfeiffer, no es que tenga que esforzarse mucho-, una matriarca que se niega a sacrificar aquello que le hace fabulosa a pesar del paso del tiempo. De Catwoman a Cougarwoman. Por otro lado, lo de Eva Green debe ser obra de brujería. La chica es uno de los talentos más impresionantes de su generación, y que no haya conquistado Hollywood debe ser toda una maldición gitana. Quizás sea mala suerte, o cuestionables decisiones creativas, pero Green no ocupa el lugar que parecía reservado para ella desde su revelación en Los soñadores de Bertolucci. Sin embargo, la actriz francesa trabaja mejor que nunca bajo la batuta de Burton. Ajustándose perfectamente a las pelucas amarillo sucio marca de la casa, Green nos regala una villana antológica que tristemente, a causa de la pobre recepción de la película, no recibirá la atención que merece. Quizás no ocurra lo mismo con Chloë Grace Moretz, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de futuro, desde sus loados trabajos en Kick-Ass y Hugo. Moretz da vida a la arquetípica adolescente sumida en un constante sufrimiento hormonal, una que sería fan de Burton si en lugar de en los 70 hubiera crecido en los 90. Estos tres personajes forman parte del clan que portagoniza Dark Shadows: los Collins, una ajada y marchita familia con tenebroso pasado que permite a Burton jugar con divertidos elementos telenovelescos que acaban ajustándose como un guante a su estilo.

Cada nuevo estreno de Tim Burton se examina con ojo receloso y descreído -y es lógico, teniendo en cuenta los tropiezos. A menudo se acusa al director de narrar historias demasiado predecibles, ignorando precisamente lo que hace que su cine siga presentando férreas convicciones artísticas: Burton se niega a abandonar la ingenuidad de su obra. Dark Shadows es una historia en la más pura tradición que elevó al director al firmamento del autor de cine de Hollywood en los 90. Y es precisamente todo esto lo que ha acabado provocando la indiferencia y el rechazo. Los 90 quedan ya muy atrás, y no importa que los cuentos sean eternos, Burton ha resultado no serlo.