Suspiria: Danzad, danzad, malditas

‘Suzy, ¿sabes algo de brujas?’

Hace cuarenta años, Dario Argento (Phenomena) y Daria Nicolodi (Rojo oscuro) nos introdujeron en el fascinante mundo de las Tres Madres con Suspiria. Puede que ni Inferno, ni mucho menos La madre del mal estuviesen a la altura, pero con la primera acertaron de pleno. Con el paso del tiempo, la bajada a los infiernos de una cándida Suzy Bannion (Jessica Harper, El fantasma del paraíso) se convirtió en objeto de adoración suprema entre los amantes (y no tan amantes) del género. De ahí que la noticia de un remake fuese vista como la peor de las noticias posibles. El primero en atreverse fue David Gordon Green (Joe), cuyo proyecto capitaneaban Isabelle ‘A Esther le pasa algo’ Fuhrman (La huérfana) e Isabelle Huppert (La pianista)… pero todo quedó en agua de borrajas y el director de Superfumaos terminó revisando de manera correcta otro clásico: La noche de Halloween. Sorprendentemente, no fue otro que Luca Guadagnino el que terminó llevándose el gato (negro) al agua. Tras divertirnos (y calentarnos) de lo lindo en Cegados por el sol y enamorarnos (y calentarnos) con Call Me By Your Name, el realizador italiano osaba echar el guante a uno de los clásicos con mayor proyección internacional que ha parido la cinematografía de su país. ¿Estaría su Suspiria a la altura de las circunstancias o supondría esta experiencia el segundo tropezón de su carrera (¿es que alguien se acuerda de la sosísima y desaprovechada Melissa P.?)?

Lejos de caer en la simpleza de repetir fotograma a fotograma el film original (solución únicamente aceptada en caso de troleo máximo como fue el caso de Michael Haneke y su versión para ‘gente estadounidense que no lee subtítulos’ de su Funny Games), Guadagnino decide repetir con David Kajganich (creador de la serie The Terror) tras Cegados por el sol, para descuartizar el manuscrito de Argento y Nicolodi y así poder crear algo novedoso, pero tremendamente fiel al original. En esta Suspiria, Suzy (ahora Susie) vuelve a cometer el error de enrolarse en Tanz, pero en esta ocasión su comportamiento no es tan pasivo e infantil como entonces (recordemos que aunque la productora le negó a Argento un cast de niñas de doce años para dar vida al cuerpo de baile, él siguió manteniendo el tono naif original de los diálogos). La Susie interpretada por Dakota Johnson (que también repite con el director tras Cegados por el sol) es una mujer empoderada, con unos cuantos secretos en su haber y un talento innato para la danza. Su abrupta incorporación a la compañía de danza no es vista con recelo, sino que es acogida por sus compañeras como si de una verdadera hermandad se tratase. La sororidad es plena, incluso la propia Madame Blanc (Tilda Swinton, en su enésima colaboración con Guadagnino) ha caído rendida a sus pies. Guadagnino rechaza el conflicto entre mujeres y nos muestra una Tanz convertida en un matriarcado sin ningún tipo de fisuras aparentes. Aunque exista alguna que otra lucha por el liderazgo, es todo bastante civilizado… a no ser que haya algún tipo de abuso de poder por parte de la lideresa.

Mientras que la Suspiria de Argento y Nicolodi se regocijaba en el placer esteta y sádico del crimen, esta nueva versión se acerca a la violencia de manera más explícita y cruda si cabe. La muerte en esta Suspiria estremece, pero de dolor, no de orgasmos visuales como la de los setenta. Los huesos y tendones que se rompen nos taladran los oídos y las heridas infligidas por esos garfios tan giallo provocan verdaderos escalofríos. De igual manera, el realizador de Yo soy el amor es capaz de lograr una atmósfera malrollera incipiente, de manera sutil, pero sabiendo en qué momentos hacerla explotar (increíbles los ensayos de Volk y las danzas libres sin música) y nos regala un clímax que destrona a (valga la redundancia) Clímax de Gaspar Noé, como viaje más enfermizo y flipante del año. Este agobiante éxito es en parte gracias a la oxidada fotografía de Sayombhu Mukdeeprom (que vuelve a llamar a las puertas de la Academia tras ser injustamente obviado el ejercicio pasado por Call Me By Your Name) y por la increíble banda sonora de Thom Yorke. Puede que el líder de Radiohead haya pegado el salto a la gran pantalla por envidia (sana) a Jonny Greenwood (compañero de Yorke en Radiohead y compositor habitual de Paul Thomas Anderson), pero el resultado es la creación más excelsa del británico desde tiempos de In Rainbows. Tanto en los cortes instrumentales más ruidistas y semi krautrock, como en los más minimalistas o cuando los acompaña con su icónica voz. Guadagnino logra solventar con nota tres de los aspectos más memorables de la original (los crímenes, la fotografía y la música) siendo lo suficientemente inteligente al lograr el perfecto equilibrio entre la fidelidad y la novedad.

Esta nueva Suspiria es mucho más sesuda, visceral, enrevesada y, a la vez, evidente que la original. Mientras que la original se guardaba el as de la brujería bajo la manga hasta la recta final, Guadagnino prefiere mostrarnos la existencia del aquelarre berlinés desde la primera escena. Optando por usar la baza de las brujas como poderosa metáfora del movimiento feminista, así como de la violencia y el abuso de poder que han sufrido desde tiempos inmemorables. De ahí la importancia y el cuidado que pone la compañía a la hora de representar la abrupta Volk (en alemán, pueblo). De esta manera, Suspiria y sus protagonistas se hermanan directamente con cintas actuales que muestran un feminismo combativo y liberador (y violento) como son Crudo (Julia Ducournau) y, especialmente, La bruja (Robert Eggers). Tampoco tiene ningún miedo en situar cronológicamente la acción de la cinta y dotarla de cierta carga política. Estamos en 1977, que no es solo el año de estreno de la cinta original, sino también uno de los más violentos en el Berlín de posguerra. Las chicas se encuentran en pleno Otoño Alemán, semanas en los que la RAF (también conocida como banda Baader-Meinhof) llevó a cabo cruentos atentados, entre ellos el famoso secuestro del vuelo 181 de Lufthansa que aparece retratado en los noticiarios que se escuchan durante toda la película. Igualmente hacen acto de presencia ciertos fantasmas y comportamientos gubernamentales que parecen más propios del supuestamente extinto régimen nazi.

La nueva Suspiria nos atrapa en una espiral de locura desde el momento en que vemos al personaje de Patricia (Chloë Grace Moretz, Kick-Ass) en mitad de una contienda en pleno Berlín mientras intenta llegar a la consulta del Doctor Josef Klemperer (Lutz Ebersdorf, a.k.a. Tilda Swinton). No sabemos a ciencia dónde que nos estamos metiendo, pero tampoco tenemos ninguna prisa por salir, sino que queremos seguir hacia delante, cueste lo que cueste. La misma sensación que sentimos con la otra gran pesadilla de los últimos años, madre! de Darren Aronofsky. Realmente, cuando llegan los títulos finales (no se pierdan la escena postcréditos) terminamos queriendo saber más sobre los personajes que pueblan Tanz. Cómo era la vida de Madame Blanc y Helena Markos en su juventud (si es que alguna vez lo fueron), cómo lograron proteger su matriarcado bajo el yugo del régimen nazi… y cómo será el futuro tras los hechos mostrados en Suspiria.

Hace mucho tiempo que Dakota Johnson dejó de ser simplemente la hija de Melanie Griffith (lo cual no es nada malo, sino todo lo contrario), para pasar a ser considerada como una de las actrices con mayor proyección de su generación. Al más puro estilo Kristen Stewart, ha sabido compaginar trabajos económicos (la trilogía Cincuenta sombras de Grey) con otros más arriesgados y placenteros (Cegados por el sol, Malos tiempos en El Royale) con verdaderos auteurs. En esta su segunda colaboración con Guadagnino, Johnson se da de lleno a un personaje extremadamente complicado como es el de la nueva Susie. No solo por el legado de Jessica Harper, sino por las nuevas dimensiones, secretos y evolución del personaje. Igualmente destacables se encuentran una pluriempleada Tilda Swinton, que brilla especialmente como Madame Blanc, proporcionándonos todos los tildaswintonismos que podemos esperar de ella haciendo de bruja (a la altura de cuando hizo de Eva/vampiresa para Jim Jarmusch en Solo los amantes sobreviven), y una desbarrada Ingrid Caven (El mercader de las cuatro estaciones), cuya presencia no es únicamente un anecdótico guiño a Fassbinder que podíamos esperar, sino que engrandece y aloca aún más el tono estridente del aquelarre.

Suspiria es la pesadilla que no te suelta aunque abras los ojos. Esa que te acompaña durante el día y te hace temer la noche… pero de la que realmente estás completamente obsesionado y, por qué no decirlo, enamorado. Soñad, soñad todos y todas. Dejaos llevar. Dejad que Madre os cuide… ¡es todo tan bonito!

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Isla de perros, la nueva obra de arte stop-motion de Wes Anderson

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GUAU, hacen los perros… y GUAU, hacen los espectadores al terminar Isla de perros (Isle of Dogs), la última película de Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest). Esa onomatopeya es la única manera posible de expresarse tras el cúmulo de emociones atropelladas que se sienten ante las aventuras y desventuras de la patrulla canina más cool de la historia.

Una epidemia de gripe canina asola la ciudad de Nagasaki. Moquillo, mal genio, ladridos a todas horas y algún que otro mordisco donde no se debía. Los perros están desbocados. Ante tamaña crisis animal, y con cierto miedo a que la enfermedad se transmita al ser humano, el alcalde de la urbe dictamina la prohibición y el consiguiente exilio de todos y cada uno de los perros. Tanto mascotas como callejeros, todos los cánidos pasarán sus últimos días aislados en una isla colindante que hasta el momento había hecho las veces de basurero municipal. ¡Fuera pulgosos de nuestras vidas! ¡Larga vida al mundo gatuno! Pero como es normal ante este tipo de soluciones drásticas, las voces rebeldes no tardan mucho en aparecer y sus protestas, aunque no multitudinarias, se suceden. Por otro lado tenemos a Atari, un pobre chaval que lo único que quiere es recuperar a su perro desaparecido sea como sea.

Después de maravillar al gran público con El Gran Hotel Budapest y de llevarse unos cuántos premios de la Academia por el camino, Wes Anderson opta por una opción bastante arriesgada: volver al stop-motion. Aunque la decisión más fácil hubiese sido completar la trilogía aventurera formada por Moonrise Kingdom y El Gran Hotel Budapest, Anderson vuelve al terreno donde nos había entregado su mejor y más completa obra fílmica: Fantástico Sr. Fox.  Ni el despiporre de Los Tenenbaums: Una familia de genios, ni mucho menos la sobrevalorada Moonrise Kingdom. Hasta la fecha, esa bonita traslación del relato de Roald Dahl era la joya de su filmografía. Es necesario recalcar ese hasta la fecha, porque hoy es el día en que todo cambia. Ese altísimo nivel ha sido superado con Isla de perros. En esta epopeya canina, Anderson alcanza unas cotas de belleza absoluta que nos sume en un síndrome de Stendhal inaudito. La preciosidad del film es inigualable, desde los increíbles diseños de personajes y sus graciosas animaciones, hasta un cuidadísimo guión, repleto de buenos sentimientos y mil y una referencias cinematográficas de altura.

Sin huir de su característico mundo de fantasía, Anderson adopta una postura combativa a la que no nos tenía acostumbrados. Isla de perros es una poderosa metáfora de la situación actual que se vive en el Primer Mundo ante la realidad de la inmigración. No es difícil encontrar similitudes entre la manipulación informativa y gubernamental con la que se trata la epidemia perruna en la película con las conservadoras propuestas del régimen de Donald Trump ante los no caucásicos o el propio caso del Brexit. Aunque lejos de ahondar en la epidemia alt-right como sí está haciendo otro tipo de productos audiovisuales (Homeland, The Good Fight), Anderson decide no complicarse demasiado y opta por la colocación de un villano más o menos tradicional.

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Al igual que en sus películas con seres humanos de carne y pelo, el director ha sabido rodearse de un sinfín de caras (o voces) conocidas para dar vida a los perretes. Estrellas como Bryan Cranston (Breaking Bad), Liev Schreiber (Spotlight), Jeff Goldblum (Parque Jurásico) y, cómo no, dos rostros habituales de su cine: Edward Norton (Birdman) y Bill Murray (Lost In Translation) interpretan a unos perros con más carisma que Rin Tin Tin. Pero si alguien se lleva el gato al agua (¿alguien ha dicho gato?) esa es Scarlett Johansson (Under the Skin). Su interpretación vocal de Nutmeg, la perra modelo multidisciplinar, transmite a la perfección la esencia del cine de Anderson. Esa mezcla entre cool y resabidillo, de estar de vuelta y seguir siendo extremadamente gracioso. Todo con un deje y una cadencia sensual perfecta, marca Johansson. La Academia debería enmendar el error (o el vacío legal) de Her y nominarla este año. Igualmente geniales y tremendamente graciosas son las participaciones más anecdóticas, pero completamente robaescenas, de F. Murray Abraham (Amadeus) y Tilda Swinton (Solo los amantes sobreviven), otra musa andersoniana.

Isla de perros es un hito cinematográfico de esos que no ocurren todos los años. Una de esas cintas con las que la palabra delicia no hace méritos. Una verdadera obra de arte.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: Doctor Strange (Doctor Extraño)

El Universo Cinemático Marvel se ha ido expandiendo progresivamente a lo largo de los años, especialmente a partir de su Fase 2. Guardianes de la Galaxia nos catapultó directamente al espacio para darnos a conocer la enorme diversidad de mundos que existen más allá de las estrellas, mientras que en Ant-Man se nos dejaba ver, aunque fuera durante un instante muy breve, que existen otras realidades además de la nuestra, dimensiones que no se pueden ver a simple vista y a las que solo unos pocos tienen acceso. Hasta ahora, el término “magia” no se había usado de forma muy frecuente en las películas (o las series) de Marvel, ya que esta faceta del UCM no había sido presentada oficialmente. La tarea recae, por supuesto, en Doctor Strange (Doctor Extraño), con la que nos zambullimos por fin en la Marvel mística, una vasta e inabarcable parcela de (ir)realidad donde todo es posible y en la que antes de adentrarse es necesario “olvidarte de todo lo que crees que sabes”.

Doctor Strange lleva al cine a uno de los personajes más emblemáticos de La Casa de las Ideas, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch), mundialmente conocido neurocirujano cuya vida da un giro completo tras un horrible accidente de tráfico que le priva del uso de sus manos. Desesperado ante la idea de no poder volver a ejercer la profesión que le ha dado la gloria, y ante el fracaso de la medicina tradicional para devolverle su don, Stephen se ve obligado a buscar una cura alternativa. Esto le lleva a un misterioso enclave en Nepal, conocido como Kamar-Taj, donde aprenderá las artes místicas guiado por La Anciana (Tilda Swinton), la Hechicera Suprema y líder en la primera línea de batalla contra las fuerzas oscuras que amenazan con colarse en nuestra realidad y destruirla. Con paciencia, tiempo y mucha práctica, Strange aprenderá a usar la magia y los artefactos místicos, convirtiéndose en un poderoso hechicero, y viéndose obligado a elegir entre regresar a su antigua vida o renunciar a ella para proteger al mundo de la amenaza oscura.

Como es lógico, Doctor Strange está concebida como una clásica historia de orígenes, lo cual nos da un respiro de la cada vez más acusada continuidad de Marvel después de la concurrida Capitán América: Civil War. En ella somos testigos del apasionante proceso de transformación de Stephen Strange hasta convertirse en el mago más poderoso del mundo, así como de su (indivisible) viaje de crecimiento, de hombre arrogante y egoísta a héroe dispuesto a sacrificar todo por un bien mayor. Este recorrido personal sigue los dictados del cine de superhéroes, concretamente los que han convertido a Marvel Studios en una de las máquinas mejor engrasadas de Hollywood, pero la película nos lo presenta con un envoltorio decididamente novedoso. Una de las críticas más fáciles que se le pueden hacer a Doctor Strange es que Marvel vuelve a jugar sobre seguro (¿por qué no hacerlo si les funciona siempre tan bien?), sin embargo, la película extiende las fronteras de su universo de ficción de forma tan irresistible y visualmente estimulante que su carácter formulaico no supone apenas un problema.

Bajo la batuta de Scott Derrickson (Sinister), Doctor Strange se construye como un viaje alucinante y psicodélico en el que la realidad se retuerce como si un cuadro de M.C. Escher cobrase vida y estallase en color. Esto da lugar a las imágenes más creativas de Marvel hasta la fecha, un despliegue visual electrizante (literalmente, las chispas saltan de la pantalla) que, quizá por primera vez en la historia del estudio, justifica completamente el recargo de la entrada para verla en 3D. Nueva York, Londres y Hong Kong (que no falten las escenas para apelar al todopoderoso mercado chino) se convierten en escenarios donde tienen lugar las secuencias de acción más imaginativas, ágiles set pieces con un acabado impecable que, a base de acrobacias imposibles, enfrentamientos mágicos y golpes hechizantes de muñeca, generan puzles ópticos que nos vuelan la cabeza mientras introducen el esperado Multiverso de Marvel.

Pero más allá de ser un triunfo visual, Doctor Strange es otra infalible entrega marveliana que fusiona, con la precisión de un reloj suizo, buenos personajes, emoción y humor. Benedict Cumberbatch es la enésima prueba del ojo clínico que tiene el estudio para elegir a sus estrellas. El actor británico no podría encajar mejor en la piel del Maestro de las Artes Místicas. Si ya antes nos parecía una elección de casting acertada, su interpretación en la película no hace más que confirmarlo. Cumberbatch está simplemente perfecto, equilibrado, emocional, divertido, profundamente carismático (tanto es así que es fácil perdonarles que, sobre todo durante el primer acto, Strange esté cortado por el mismo patrón que el Tony Stark de Robert Downey Jr.). Y no está solo, sino que se encuentra rodeado de un gran reparto de intérpretes comprometidos.

Tenemos a Tilda Swinton haciendo lo que mejor sabe, construir personajes alejados de la órbita terrestre con una fina capa de ironía que los acercan a la audiencia -su Ancient One es solemne y excelsa, pero también deliciosamente irónica. Chiwetel Ejiofor y Benedict Wong flanquean al protagonista aportando seriedad, pero también momentos ligeros y cómicos cuando es necesario. Y Mads Mikkelsen da vida a Kaecilius con tal intensidad dramática que compensa el hecho de que en realidad no sea más que otro villano poco memorable (Marvel, y el cine de superhéroes en general, sigue sin superar uno de sus mayores talones de Aquiles). Solo Rachel McAdams queda algo infrautilizada, aunque protagoniza un par de escenas tan divertidas como importantes para el devenir de la historia. Una historia, además, contada con la mayor eficacia posible, a pesar de los retos que plantea. Es cierto que, sobre todo durante el primer acto, los acontecimientos se suceden algo precipitadamente, pero aun así el ritmo nunca falla y la estructura del film está muy bien pensada, desarrollándose con fluidez e introduciendo oportunamente los elementos icónicos asociados al personaje (su capa mágica, el Ojo de Agamotto, el Sanctum Sanctorum…).

Si bien no arriesga demasiado (no deja de ser una origin story, lo cual da poco margen para ello), Doctor Strange es una de las películas de Marvel con una personalidad propia más marcada y diferenciada (no en vano, ahí está la música de Michael Giacchino, por primera vez un score marveliano con identidad). Con sus acertados golpes de humor (algunos cortesía de la capa de Extraño, heredera directa de la alfombra de Aladdin), Doctor Strange es mucho más cómica y divertida de lo que cabía esperar, pero también sabe perfectamente cómo y cuándo ponerse seria y emotiva. La clave, como siempre, está en definir bien a los personajes, y en encontrar el equilibrio adecuado entre tonos, diálogos y acción, cosa que sin duda consigue. Doctor Strange nos abre (o desorbita) los ojos a una nueva dimensión de Marvel, y lo hace mostrándonos algo tan novedoso como familiar, con una pieza que brilla de forma individual a la vez que encaja por arte de magia en el gran esquema de Marvel.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Cegados por el sol (A Bigger Splash)

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Tilda Swinton se vuelve a poner a las órdenes de Luca Guadagnino, seis años después de protagonizar su aclamada película Yo soy el amor. En Cegados por el sol (A Bigger Splash), basada en La piscina (1969) de Jacques Deray, la británica da vida a Marianne Lane, una estrella de rock que disfruta de unas vacaciones con su novio cineasta (Mattias Schoenaerts) en la preciosa isla italiana de Pantelaria, en la región de Sicilia. Allí, su idílico descanso se ve interrumpido por la llegada del antiguo gran amor de Marianne, Harry (Ralph Fiennes) y su hija, Penelope (Dakota Johnson), cuya existencia apenas acaba de conocer. La llegada de Harry, un torbellino de locura y visceralidad, desencadena sentimientos de celos, rencor e inseguridad que llevan a los personajes a sumirse en una espiral de comportamiento destructivo.

Con Cegados por el sol, Guadagnino ha compuesto un trabajo de gran exuberancia, una película efectivamente bañada por el sol mediterráneo, placentero y sofocante a la vez, y aliviada por el agua refrescante de las piscinas y los paradisíacos rincones ocultos de Pantelaria, como sugiere su título original (superior, gracias al doble sentido que oculta). El director saca todo el partido de la hermosa localización, de manera que la isla y la casa donde los protagonistas pasan las vacaciones se funden con el convulso discurrir emocional y dramático de la historia. El calor, la sal del mar secándose en la piel, la brisa suave, todo se puede sentir a través de la pantalla, gracias a una ambientación sin igual, una aproximación muy física y atmosférica a los escenarios, que abandona a los personajes a los deseos naturales de la isla para reflejar su cambiante estado anímico.

Pero Pantelaria no es el único paisaje que Guadagnino está interesado en retratar en su película. El italiano es igual de meticuloso y apasionado a la hora de filmar los cuerpos de los protagonistas, un cuarteto de intérpretes absolutamente entregados al proyecto, sin ningún tipo de pudor para desnudarse integralmente y dejar que el director repase y venere sus anatomías con la cámara para dejarnos planos de un erotismo aturdidor. Pero obviamente, además de literal, la desnudez de sus protagonistas es también figurada. De hecho, desnudos quizá enseñen menos que cuando están vestidos. Cegados por el sol es una historia de celos, deseo, manipulación, una intriga inquietante pero también divertida, sobre el sexo, la sexualidad, la belleza, y el amor que se niega a desvanecerse y destruye. Un relato de contrastes, en el que la cultura del rock y el romanticismo de la celebridad de hace varias décadas (los Rolling Stone o la inevitable identificación de Marianne con Bowie) chocan con la calma y la tradición del Mediterráneo, y el descreimiento de las nuevas generaciones (personificadas en una excelente Dakota Johnson). Todo para mostrarnos cómo estos ociosos peces de ciudad, artistas sofisticados, cultos y privilegiados, se descomponen en el calor de un mundo extraño al suyo.

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Los cuatro protagonistas de Cegados por el sol están soberbios. Swinton, cuyo personaje se está recuperando de una dolencia de garganta, se pasa la primera mitad de la película sin hablar, desprendiendo presencia, carisma y una gran elocuencia dramática sin pronunciar apenas una palabra. Schoenaerts personifica con aplomo la peligrosa calma tensa de un hombre receloso y atormentado, constantemente amenazado por el pasado, mientras Johnson clava a la Lolita del siglo XXI, distante, enigmática, caprichosa y desbordantemente sexual. Pero quien se lleva el gato al agua es Fiennes, con la que es sencillamente una de las mejores interpretaciones de su carrera, un trabajo valiente, excesivo e histriónico en su justa medida, a través del que compone un personaje tan divertido como fascinante. Con un gran sentido de la exploración psicológica de personajes, Guadagnino elabora entre ellos un juego de sexo y pasiones desatadas que hace de Cegados por el sol una película embriagadora e irresistible.

Con un toque surrealista y burlón, y un ojo puesto en la obra de Patricia Highsmith (la cinta bebe mucho de El talento de Mr. Ripley), Guadagnino nos envuelve en una sensual orgía de los sentidos que no solo seduce con sus imágenes, sino también con su exquisito sentido del humorCegados por el sol es una película lasciva, delirante, una experiencia de la que uno sale con ganas de desnudarse, de desnudar, y de apaciguar el calor con un baño refrescante, a poder ser en compañía.

Nota: ★★★★

Crítica: ¡Ave, César!

Hail, Caesar!

Cuando me enteré de la existencia del nuevo proyecto de Joel & Ethan Coen, este se convirtió inmediatamente en uno de mis estrenos más esperados de 2016. Una comedia ambientada en el mundo del cine a principios de los 50 con números musicales y un reparto fulgurante de estrellas formado entre otros por Josh Brolin, Scarlett Johansson, Tilda Swinton, George Clooney, Frances McDormand y Channing Tatum. Lo siento si esto pone mi criterio en tela de juicio, pero ya había visto y oído todo lo que necesitaba para saber que ¡Ave, César! (Hail, Caesar!) sería una de mis películas favoritas de esta temporada. Con estos ingredientes, los Hermanos Coen no tenían que hacer demasiado para conquistarme, pero haciendo honor a su reputación, los directores no se han dormido en los laureles y les han sacado todo el partido para realizar una de las comedias más divertidas e inspiradas que vamos a ver este año.

En ¡Ave César! los Coen realizan un homenaje en clave de sátira al cine clásico de los grandes estudios, colándose entre bambalinas de varias de las producciones en desarrollo de Capitol Pictures, la misma major ficticia que utilizaron en Barton Fink (1991). La película sigue al jefe de producción del estudio, Eddie Mannix (Brolin), mientras lidia con los problemas habituales de su trabajo y se enfrenta a una crisis de proporciones mayúsculas: los comunistas han raptado a Baird Whitlock (Clooney), la gran estrella del péplum “¡Ave, César!”, y piden una recompensa para liberarlo a tiempo para terminar la película. Mannix debe hacer lo posible por ocultar el secreto a la prensa sensacionalista y recuperar al actor, mientras hace malabares para mantener a flote las demás producciones de Capitol y proteger a sus estrellas del escándalo: una adaptación de Broadway que corre el riesgo de hundirse al contratar como protagonista a un inepto actor de westerns con voz de pito, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich), o un embarazo fuera del matrimonio de una de las estrellas más queridas de Hollywood, DeeAnna Moran (Johansson). Todos hemos oído historias turbias sobre las leyendas de Hollywood, pero preferimos quedarnos con la imagen glamurosa que nos ofrece el cine. Sin embargo, los Coen quieren que miremos más allá del glamour y nos riamos de lo que vemos.

De esta manera, la película toma forma en una serie de viñetas que nos muestran los entresijos del studio system para desmitificar con un gran sentido del humor el Hollywood dorado de la posguerra, con la amenaza “roja” y la caza de brujas como telón de fondo. ¡Ave César! nos prepara un tour en el que saltamos de plató en plató para presenciar la caótica realización de varias películas durante esta época de cambio para el cine, salpicando así el film de interludios en forma de números musicales con los que los Coen dan rienda suelta a su pericia técnica y su exquisito gusto para filmar. La estética de las películas de los 50 es reproducida con sumo detallismo y elegancia para transportar al espectador a esta década mediante secuencias espectaculares, como el prodigioso número de claqué (con connotaciones gays) protagonizado por Channing Tatum en homenaje a Gene Kelly (tan bien ejecutado que uno buscará en vano dónde está el truco digital) o la preciosa coreografía acuática liderada por la no menos hermosa sirena Scarlett Johansson (que evoca a la de Esther Williams en Millon Dollar Mermaid). Todo para luego desmontar la magia del cine mostrándonos su verdadero rostro. Pero los Coen no se regodean en el lado más grotesco de la industria, sino que optan por la parodia amable con los toques surrealistas propios de su cine para reflexionar sobre la mentira de la fábrica de sueños (y por extensión, de la vida y la realidad) y hablarnos de la crisis existencial de un hombre atrapado en ella. Es decir, ¡Ave César! es una comedia ligera, pero no necesariamente trivial.

Hail, Casar!

Brolin personifica a la perfección esta dualidad de la película, fluctuando entre la serenidad y el caos que hay siempre en el cine de los Coen. Su magnética presencia y su talento para la comedia “seria” lo convierten en un gran protagonista (es comprensible que los Coen le saquen tantos primeros planos), pero el actor está rodeado de estrellas que también se encuentran en perfecta sintonía con los directores y forman un reparto redondo. Como de costumbre, Clooney derrocha simpatía y carisma, luciéndose especialmente en la escena final del péplum, un broche de oro que si no fuera por la presencia del actor, parecería directamente sacado de una superproducción real de los 50; Ralph Fiennes vuelve a desplegar su fantástica vis cómica después de El gran hotel Budapest; Frances McDormand sale en una sola escena pero es suficiente para desatar las carcajadas; Swinton aporta la nota más absurda con un extravagante personaje doble, dos gemelas directoras de sendos tabloides cinematográficos; Tatum y Johansson apenas tienen un par de secuencias cada uno, pero se bastan para dejar huella en la película con dos sorprendentes personajes caricatura (ambos son muy inteligentes eligiendo sus proyectos y saben explotar sus talentos como nadie, y aquí están inmejorables). Y por último, la verdadera estrella de ¡Ave César! es el semi-desconocido Alden Ehrenreich, un auténtico robaescenas que clava al ídolo paleto (con un aire a James Dean) y nos deja las escenas más hilarantes de la película.

¡Ave César! es una comedia deliciosamente excéntrica, una obra de energía contagiosa con la que las risas están garantizadas de principio a fin, especialmente para cualquier cinéfilo que presuma de conocer el mundo que retrata y las tensiones políticas de las que se mofa. Con un sentido del humor afilado y una puesta en escena impecable (el número de Tatum por sí solo ya amortiza la entrada), los Coen vuelven a demostrar que son unos maestros haciendo comedias inteligentes que se hacen la tonta, así como unos expertos recorriendo esa delgada línea que existe entre lo sublime y lo ridículo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Y de repente tú (Trainwreck)

Y de repente tú

La comedia USA de los últimos años llega con aires renovadores y desplazando el foco de atención hacia las mujeres (que, como te dirían muchas cómicas sarcásticamente “también pueden ser graciosas”). Este nuevo enfoque está afectando especialmente a un género tradicionalmente asociado con el público femenino, la comedia romántica, o como se denomina peyorativamente en inglés, “chick flick”. Recientemente, el cine y la televisión nos está proponiendo otro tipo de rom-com, uno que desafía los estereotipos y no relega a la mujer al papel de flor delicada que debe ser conquistada por un príncipe azul. Bridesmaids o las series televisivas Girls y You’re the Worst creen en otra manera de contar un romance. No rechazándolo sino dándole la vuelta a sus convenciones para instalarlo definitivamente en el siglo XXI. Y ahí es donde entra Amy Schumer.

Con su serie de televisión, Inside Amy Schumer, la cómica de Nueva York (de dónde si no) ha sido catapultada este año a la cima de la popularidad en Estados Unidos. Su humor cáustico y auto-crítico se ha ganado las comparaciones con el de Louis C.K., pero Schumer es mucho más bestia y políticamente incorrecta. Su estilo se caracteriza por la mordacidad de sus parodias, la mayoría críticas salvajes al sexismo que denuncian los dobles estándares con los que la sociedad juzga a las mujeres. Schumer no tiene miedo a exponer y explotar sus defectos (o los de su personaje público, porque no sabemos dónde empieza una Amy y acaba la otra) para derribar las ideas preconcebidas acerca de su género, pero también para contar verdades sobre el mismo que otras no se atreven a destapar (quizá por miedo a que sean utilizadas como arma contra el feminismo). Y esto es justo lo que sigue haciendo en su primera película como protagonista, dirigida por Judd Apatow y guionizada por ella misma, Y de repente tú (Trainwreck), en la que Schumer continúa reivindicando el derecho de la mujer a ser lo peor.

La escuela Apatow lleva ya un tiempo desarrollando estas ideas, especialmente importantes en los trabajos de Lena Dunham y Paul Feig (todo queda en familia), que han convertido este reformador discurso feminista (impulsado hace ya quince años por Sexo en Nueva York) en uno de los núcleos temáticos de sus obras. Por eso el humor de Schumer encaja tan bien en el estilo del director de Knocked Up, siempre interesado en mostrar el lado más incómodo y autodestructivo del treinta y cuarentañero con personajes que se niegan a crecer y sentar cabeza. Para mostrarnos la variante femenina de este paradigma, Apatow emplea la voz millennial de gente como Dunham y Schumer, colaboradoras que, paradójicamente, están ayudando a definir su etapa más madura.

Como el título de la película en inglés (Trainwreck) sugiere, Y de repente tú nos habla de un desastre humano, Amy Townsend, redactora de una revista de moda que se sale el molde que la sociedad ha creado para ella y cuyos esquemas se hacen añicos cuando se enamora inesperadamente. Amy es un personaje 100% Apatow en tanto en cuanto se trata de una protagonista estancada a las puertas de la madurez, pero Schumer hace suyo el arquetipo para presentarnos a la anti-Meg Ryan, una mujer con miedo al compromiso, que vive el sexo con libertad y temeraria despreocupación (Amy es toda una “hombreriega”), no cree en la monogamia y tiene fobia a compartir su intimidad con otra persona (no pretendas pasar la noche con ella después de follar, ni le menciones hacer la cuchara). De la misma manera, el imprevisto interés amoroso de Amy, interpretado por Bill Hader, será un hombre sensible y emocionalmente dependiente que busca consejo sentimental en su mejor amigo (el jugador de la NBA LeBron James). Esta inversión de los roles de la comedia romántica, en la que a la mujer no se le suele permitir el comportamiento que Schumer defiende, sirve para desmontar tabúes y desmitificar el ideal femenino (físico y conductual) impuesto por los medios o las películas de Nicholas Sparks.

TrainwreckPero Schumer, al igual que Apatow, no niega a su personaje la posibilidad de hallar la felicidad en un cambio de actitud y comportamiento (el “todo lo que necesitas es amor” es universal y puede acabar con todo rastro de cinismo en cualquier historia). Como decía al principio, la comedia romántica que cultivan estos autores no pretende boicotear el género, sino modernizarlo, mostrarnos un camino alternativo hacia ese dulzón final feliz en el que suele concluir todo relato amoroso que se precie. Por eso Y de repente tú acaba discurriendo por los habituales derroteros del género, culminando en un tercer acto que confirma su naturaleza formulaica, sin por ello anular lo que Schumer ha conseguido con su personaje a lo largo de la película: ella es la que realiza el gran gesto romántico para ganarse el perdón de él y obtener su happy ending.

No cabe duda de que Y de repente tú es una comedia Apatow. Le delatan la excesiva duración del metraje (a todas sus películas le sobran 20 minutos) y las subtramas innecesarias (Tilda Swinton está gloriosa, Brie Larson es un primor y Vanessa Bayer está loquísima, pero a veces no hacen más que retrasar el avance del argumento). Claro que por el lado bueno, también reconocemos al autor por esa calibrada fusión de toilet humor e introspección que no falta en ninguna de sus obras. El cine de Apatow siempre posee un trasfondo mucho más reflexivo y revelador de lo que parece a simple vista, evidenciando a un director constantemente preocupado por entender el comportamiento humano y las relaciones interpersonales en los ámbitos de la familia, el trabajo y el amor. En este sentido, Schumer también se adapta perfectamente a la sensibilidad del director, aportando además un punto de melancolía y sorprendiendo con un registro dramático con el que sigue añadiendo capas a su repertorio. Sin embargo, el guion de Schumer es algo irregular y a ratos le falta un punto de cocción a la comedia. Algunos gags funcionan muy bien, otros se alargan hasta perder la gracia (como el encuentro sexual con el desubicado Ezra Miller), por no hablar de que la cómica repite chistes de su serie (reciclar es bueno en otros campos, no en la comedia). Dejando esto a un lado, por lo general Schumer lleva a cabo un buen trabajo de transición entre el sketch y el largometraje, rebajando las cotas de histrionismo y parodia de su serie para practicar un humor más contenido, más discreto y decididamente más awkward (el chiste a veces culmina en off o en voz baja), que le ayuda a pasar con holgura su primer gran reto artístico e insufla nueva vida a la carrera de Apatow después del bache de la infravalorada This Is 40.

Apatow y Schumer saben exactamente cómo ser corrosivos y escatológicos sin por ello sacrificar la emoción y la inteligencia, cualidades principales que acaban definiendo la película. A base de atrevidas escenas de cama, paseos de la vergüenza y situaciones embarazosas, Y de repente tú se erige como una comedia romántica clásica que a su vez actualiza el género riéndose de sus lugares comunes y situando en el centro a una protagonista que no tiene miedo a ser juzgada por sus actos. Amy Schumer sabe que su personaje puede caer mal y su comportamiento será tachado de errático, pero ahí está el quid de la cuestión, en que entendamos de una vez por todas que esa mujer existe, y que es mucho más real que la mayoría de personajes femeninos que vemos en la ficción.

Valoración: ★★★½

Crítica: Solo los amantes sobreviven

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Que Jim Jarmusch se tiene en alta estima ya lo sabíamos. Pero como de vez en cuando nos da razones para consentir su mayúscula pretensión y sus aires de grandeza, se lo perdonamos. Aún así, al adentrarnos en Solo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive), su film más reciente, hemos de hacerlo teniendo en cuenta que esto es lo que muchos (esos pesados cortos de miras) llaman cine gafapasta, y que sus aires de grandeza echarán para atrás a más de uno, incluso al más dispuesto. En el caso de esta película, a los detractores de este fenómeno del hipsterismo y aquellos que no sean capaces de destilar la (posible) parodia de la película les sobran las razones para salir espantados. Ahora bien, ellos se pierden la absoluta gozada que hay bajo esa capa de autoimportancia y asquerosa modernez.

En un panorama cinematográfico fantástico en el que todos los años nos llegan cinco películas que prometen renovar el género y ofrecer alternativas para combatir su agotamiento, Solo los amantes sobreviven es realmente “una película de vampiros diferente“, tanto que la mayor parte del tiempo no es una película de vampiros. Un poco en la línea de Déjame entrar, historias que más que presentar a los vampiros como monstruos o criaturas fantásticas, prefieren representar el dolor del chupasangres de una forma más metafísica, tirando de la metáfora, el existencialismo, y convirtiéndolos en humanos con enfermedades crónicas, y esclavos de sus propias pulsiones, las que estaban ahí antes de convertirse. O como en el caso de Eve y Adam (¿lo pilláis?), víctimas de su inmortalidad, del paso del tiempo, del aburrimiento, y de muchos siglos sufriendo (a) la humanidad.

"only lovers left alive"

Esta pareja de vampiros ociosos en bata, encarnados y descarnados por unos irresistibles Tom Hiddleston y Tilda Swinton en estado de gracia, son los hispters primordiales. Llevan cientos de años absorbiendo la cultura del momento, flotando sobre una nube de conocimiento que los eleva sobre los demás, mirando a los paganos por encima del hombro, porque ellos no solo son connoiseurs, son los protagonistas a la sombra de la historia del arte. Aquí es donde Solo los amantes sobreviven cruza el límite ente lo adorablemente fardón y lo insoportablemente repelente. El deporte favorito de Adam y Eve es el namedropping, y Jarmusch se masturba escuchando a Hiddleston y Swinton nombrar a todas esas personalidades de la historia, jugando al juego improbable de que ellos están detrás de las sinfonías de Schubert o que, atención, fueron los ghost writers de Cervantes. Un pitorreo total.

La evolución natural de estos eruditos star-crossed lovers los ha convertido en melómanos irredentos -si Jarmusch no hubiera querido distanciarlos de las nuevas tecnologías para regocijarse en el encanto vintage y analógico de la música de los 70, los habría convertido en editores de Pitchfork. Así, Adam y Eve siguen empleando su inmortalidad en el siglo XXI para alimentarse principalmente de arte, apenas sobreviviendo con un erótico-lisérgico sorbito de sangre entre novela y vinilo. A través de estos dos personajes, estrellas del rock underground que se visten y se comportan como si estuvieran siendo filmados para un rockumentary, considerándose contemporáneos y a la vez padres de Jack White, Jarmusch cultiva un romanticismo muy personal, y también muy divertido, por qué no decirlo. Una excéntrica y no obstante clásica visión del amor impregnada de sensualidad, fatalidad y conocimiento compartido que convierte a Adam y Eve en los únicos amantes del mundo, en los mayores cómplices de la existencia, en las únicas “personas” que existen.

"only lovers left alive"

Solo los amantes sobreviven se ambienta muy significativamente en la Detroit actual, ciudad fantasma y páramo de desolación, oscuridad y soledad que se convierte en el perfecto hogar para que estos dos vampiros contemplen el mundo moderno derrumbarse ante sus pies. Allí hay poco que hacer. Adam trabaja en su música -increíbles composiciones de Jozef Van Wissem y SQÜRL que completan una banda sonora de escándalo– y Eve retoza leyendo los libros que transporta en la maleta -no necesita otra cosa para viajar, claro. El único enlace del pesimista Adam con el exterior, con el mundo de los plebeyos mortales, es a través de Ian, un contacto del mundo discográfico, interpretado por el talentazo a reivindicar Anton Yelchin. Y para completar el cuarteto irrumpe en escena Ava, la hermana vampira de Eve –Mia Wasikowska clavando a la adolescente insoportable, peor que cualquier bala de madera para Adam. Ellos aportan una simpática nota de color, pero al final todo se reduce siempre a Adam y Eve, y a su particular visión del mundo, la de dos eternos adolescentes atormentados que se lamentan de que esa cantante que nadie conoce se hará famosa y entonces ya no molará – a veces da la sensación de que estos seres no son ‘monstruos’ porque necesiten sangre para vivir, sino porque necesitan ser más importantes que nadie para vivir, que es sin duda otra forma de vampirismo.

Solo los amantes sobreviven está encantadísima de conocerse, pero es con razón. Porque es imposiblemente cool y vehementemente sexy, porque es todo un orgasmo estético y sonoro (el muy cabrón de Hiddleston es el principal responsable de proporcionárnoslo) y en definitiva porque es la mejor película de vampiros que vamos a ver en mucho tiempo.

Valoración: ★★★★

Crítica: Snowpiercer (Rompenieves)

Snowpiercer Chris Evans

Tras un fallido experimento científico diseñado para acabar con el calentamiento global, la Tierra se ha convertido en un gran erial blanco sin vida, sumergido en una nueva era glacial. Los últimos seres humanos que quedan en el planeta viven, sobreviven o malviven en el único tren en funcionamiento, el Rompenieves (Snowpiercer), una impresionante máquina de última generación que da la vuelta al mundo sin detenerse y cuyo ciclo de rotación dispone el calendario para sus habitantes. Están segregados en los distintos vagones del tren, organizados para suministrar las necesidades básicas para la vida en un ecosistema artificial; y divididos de manera que la clase explotada sufre hambre y frío en la cola y la clase alta disfruta de una vida de exceso y privilegio en los primeros vagones. Movido por el deseo de conocer los secretos del tren y liberar a los suyos del yugo de la dictadura, Curtis (Chris Evans), se embarcará en una aventura que le llevará de la cola hasta la sala de máquinas del tren.

guia.inddTanto el relato como el imponente acabado visual de Snowpiercer recuerdan al Terry Gilliam de Brazil y 12 monos -aunque el cómic en el que se basa es anterior. Remontándonos aún más en la historia del sci-fi, Joon-ho Bong, aclamado director de The Host y Memories of Murder dispone las capas de la sociedad de clases de manera que su film también evoca necesariamente al mundo de Metrópolis de Fritz Lang, solo que la sociedad de Snowpiercer se estructura de manera horizontal en lugar de vertical. La película propone un fascinante microcosmos sociopolítico condensado y estratificado que Bong levanta a partir del cómic homónimo de Jacques LobJean-Marc Rochette y Benjamin Legrand. Este erige un universo increíblemente rico en detalles, habitado por personajes excéntricos -de los que destaca la divertidísima Mason, una impresionante nueva transformación física de Tilda Swinton-, y cuya inventiva y originalidad es directamente proporcional a las restricciones y trabas que supone una propuesta de estas características.

Quizás puede echársele al film cara una excesiva duración (tengo mucha curiosidad por saber si la versión recortada de los Weinstein suple este problema), que hace que se resienta sobre todo en su excesivamente alargado clímax, y carga la historia de más peso filosófico y melodramático del que puede aguantar. Por muy necesarias que sean todas esas reflexiones trascendentales y existencialistas para dotar de sentido completo a la película, estas acaban lastrando el ritmo, y haciendo que el final parezca no llegar nunca. Algo perdonable en cualquier caso, porque Snowpiercer es una obra magna, increíblemente ambiciosa y arriesgada, un trabajo de orfebrería fantástica cuyos fallos y aciertos la convierten en una película única. A lo largo del tren, vagón a vagón, Snowpiercer nos involucra a base de acción de primera, afiladísima sátira y sorprendente sentido del humor -atención a la secuencia del vagón escuela-, en una apasionante lucha de clases, conduciéndonos en última instancia hacia el declive de la raza humana. No cabe duda, Snowpiercer es ciencia ficción distópica en su forma más perfecta.

Valoración: ★★★★

Crítica: El gran hotel Budapest

El Gran Hotel Budapest

A estas alturas ya sabemos lo que esperar exactamente de una película de Wes AndersonEl gran hotel Budapest es todo un acto de autoafirmación (otro), una cinta con la que el director de Los Tenenbaums y Fantástico Mr. Fox se mantiene en su elemento, insistiendo en su potente identidad estética y su peculiar sentido del humor, entre lo sofisticado, lo privado y el slapstick más bobo, resguarecido en su zona de seguridad, con sus excéntricos personajes meticulosamente centrados en el plano, dentro de ese universo perfectamente simétrico y casi estático de cuadrados y retablos. La contagiosa iconoclastia de Anderson es lo que le ha convertido en uno de los más venerados autores cinematográficos de la actualidad, y El gran hotel Budapest es otro ejemplo más de su destreza a la hora de fusionar arte y estupidez para darnos un cine que solo él puede hacer.

A pesar de que su campaña promocional pueda darnos la impresión de que estamos ante una película coral, El gran hotel Budapest es la historia de dos hombres, el afamado conserje Monsieur Gustave  y el botones Zero Moustafa, y su amor por el emblemático edificio y una joven repostera, respectivamente. Una rocambolesca aventura llena de acción ala Anderson, protagonizada por un inspiradísimo Ralph Fiennes y el recién llegado a la familia Anderson, Tony Revolori, que entiende el El Gran Hotel Budapest cartelhumor andersoniano como si llevara trabajando con él toda su carrera. Claro que, como no puede ser de otra manera, por el film desfilan infinidad de rostros conocidos, en su mayoría intérpretes fetiche del director que no quieren perderse la fiesta: Bill MurrayOwen Wilson, Jeff Goldblum, Edward Norton, Jason Scwartzman, Tilda Swinton en una de sus dos magníficas interpretaciones protésicas de este año (en esta y Snowpiercer está para ponerle un monumento). El elenco de secundarios es multitudinario, pero a excepción de la (todavía promesa) Saoirse Ronan y los villanos Willem Dafoe y Adrien Brody, casi todos entran en la categoría de cameo. Están ahí desempeñando la función de un elemento más de la puesta en escena, objetos colocados por Anderson con la misma minuciosidad que el resto. En este sentido, El gran hotel Budapest sale perjudicada por confiar excesivamente en la mera presencia de estos actores para generar comedia. Funciona, porque No Murray, No Party, pero también refuerza la idea de que Anderson está cada vez más exclusivamente interesado en la forma por encima del fondo.

El gran hotel Budapest es otra porción del universo fársico y absurdo de marionetas que Anderson ha creado a lo largo de los años, ese grand gignol inspirado en el cine mudo, con el que el director ha afianzado su estilo -sobreviviendo en repercusión a muchos de sus contemporáneos-, y que en esta película resulta particularmente exultante y bello (como una descomunal tarta de diseño). Anderson confecciona el film con la precisión que lo caracteriza, perfeccionando sus técnicas cinematográficas: el uso de hermosas maquetas en miniatura, el stop-motion, el estilo cartoon, los paneos horizontales y verticales, los intertítulos, esa estudiada paleta de colores, la planificación por capas y los saltos en el tiempo (que esta vez además coinciden con cambios en el aspect ratio, sin duda una gran idea). Además, el director cuenta de nuevo con una sublime partitura del ubicuo Alexandre Desplat, ya imprescindible en su cine. Todo para crear otra “realidad inventada“, otro exquisito mundo de caos y confusión medido al milímetro; un escenario en el que el director mueve a sus personajes, obteniendo la mejor comedia de ellos gracias a sus cronometrados movimientos de cámara y su montaje. En definitiva, la labor de orfebrería visual y sonora (o de TOC, según se mire) que Anderson orquesta en la película es encomiable, y sin duda hará las delicias de sus seguidores. Sin embargo, El gran hotel Budapest no está a la altura de sus mejores obras. Carece de la fuerza y profundidad emocional de sus anteriores películas y, por muy ingeniosa que sea, parece augurar (o inaugurar) una etapa de madurez caracterizada por el estancamiento autoral.

Valoración: ★★★½