[Reseña Blu-ray] 1917: la hazaña técnica de Sam Mendes

Se podría pensar que el cine bélico es un género de reglas inamovibles y escasa variedad, pero lo cierto es que a lo largo de las últimas décadas se ha demostrado que puede generar muchos tipos de películas gracias a cineastas que se han aproximado de formas muy diferentes al tema de la guerra, sus implicaciones y sus consecuencias.

El género está lleno de obras maestras como Senderos de gloria, Apocalypse Now, La chaqueta metálica, Platoon, La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan y un largo etcétera; también propuestas más orientadas al puro espectáculo de acción como Rambo, films de gran carga poética como La delgada línea roja o comedias dramáticas como Good Morning, Vietnam.

Y en los últimos años, el cine bélico ha seguido transformándose para dejarnos títulos más políticos y provocadores como La noche más oscura y En tierra hostil, la sátira ultraviolenta de Tarantino en Malditos bastardos o la envolvente experiencia inmersiva de Dunkerque, dirigida por Christopher Nolan. Precisamente con esta última es con la que más tiene en común la cinta bélica más destacada del año pasado, 1917, el último trabajo de Sam Mendes, que también convierte el tiempo en protagonista y nos zambulle en primera persona en el campo de batalla.

El director de American Beauty firma esta ininterrumpida odisea a contrarreloj ambientada en el apogeo de la Primera Guerra Mundial durante un solo día: el 6 de abril de 1917. El guion, escrito por Mendes y Krysty Wilson-Cairns (Penny Dreadful), está basado parcialmente en las historias que le contó al realizador británico su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien participó en la Primera Guerra Mundial.

La historia sigue a dos soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), que se embarcan en una misión imposible: cruzar territorio enemigo en el menor tiempo posible para entregar un mensaje con el que evitar que 1.600 de sus hombres caigan en una trampa enemiga. Entre esos soldados se encuentra el hermano de Blake (Richard Madden), motivación extra para luchar hasta las últimas consecuencias y cumplir el objetivo que se les ha asignado.

Mucho se ha hablado de las maravillas técnicas de esta película ganadora de tres Oscar (fotografía, mezcla de sonido y efectos visuales). De la impresionante fotografía del mítico Roger Deakins (ganó su segundo premio de la Academia con ella), que nos regala planos de belleza sobrecogedora, de la excelente banda sonora compuesta por Thomas Newman, de sus efectos visuales (con dobles en 3D y la tecnología digital más puntera para recrear la realidad) y, por supuesto, de la magistral dirección de Mendes, que lleva a cabo un prodigioso plano secuencia simulado de dos horas. Así que lo único que me queda es unirme al elogio a la hazaña realizada, el apabullante trabajo de precisión que hay detrás de cada escena y el acabado impecable de la película.

Sin embargo, lo que no recibió tanta atención como merecía durante la pasada carrera hacia los Oscar fue la interpretación de George MacKay, que se deja la piel en un exigente reto físico y psicológico, pero fue casi completamente ignorado en los premios a pesar de estar espléndido. Su entrega absoluta al papel y la carga emocional de la que dota al personaje, sumido en un calvario por la supervivencia similar al de Leonardo DiCaprio en El renacido, hacen que la película no se quede en el mero alarde técnico, sino que se convierte en un viaje agotador que vivimos y sufrimos a través de él. MacKay es sin duda es uno de los actores a seguir de cerca de la nueva ola de talentos británicos.

No hay expresión más trillada en la crítica de cine que tour de force, pero en el caso de 1917, está más que justificado usarla de nuevo, porque eso es justamente la película, una intensa huída hacia delante, constante y sin apenas descanso, una proeza cinematográfica en la que todo funciona como un reloj suizo, ninguna pieza está puesta al azar, incluido el propio espectador.

1917 ya está a la venta de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La película está disponible en los siguientes formatos: 4K UHD, Blu-ray, edición limitada Blu-ray en caja metálica y DVD. Y llega acompañada de una gran cantidad de extras que ofrecen un vistazo tras las cámaras al complejo proceso creativo de la película, con entrevistas al reparto y equipo e imágenes del rodaje, detallando el diseño de producción, la fotografía o los secretos detrás del plano secuencia. Esta es sin duda una película ideal para ver en alta definición.

Estos son los contenidos adicionales que podréis encontrar en cada edición:

DVD:
• El peso del mundo: Sam Mendes – El cineasta narra su conexión personal con la I Guerra Mundial.
• Fuerzas aliadas: creando 1917 – Descubrimos cómo se ejecutó el rodaje en plano secuencia y 360º, así como el papel fundamental de Roger Deakins a la hora de materializar la visión de Mendes.
• Comentario con el director de fotografía Roger Deakins
• Comentario con el director y coguionista Sam Mendes

BLU-RAY (incluye todos los extras del DVD)
• La música de 1917 – El compositor Thomas Newman y el equipo de la película explican la importancia de la banda sonora en 1917.
• En las trincheras – Tras las cámaras con el reparto de 1917.
• Recreando la historia – El equipo de 1917 habla sobre los retos que supuso la recreación de la I Guerra Mundial desde el punto de vista del diseño de producción.

La EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA EN CAJA METÁLICA (disponible en todos los puntos de venta hasta fin de existencias) incluye el Blu-ray y todos sus extras en un steelbook con diseño exclusivo.
La EDICIÓN 4K UHD + BLU-RAY cuenta con un disco 4K UHD que contiene tanto la película como todos sus extras en ultra alta definición. El combo incluye la película y los extras en Blu-ray.

Crítica: Passengers

Por separado, el poder de Jennifer Lawrence y Chris Pratt es imparable. Imaginaos lo que pueden hacer juntos. O mejor no os lo imaginéis, porque ya podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. Morten Tyldum (The Imitation Game) reúne a dos de las mayores estrellas del Hollywood actual (¿quizá las mayores?) en Passengers, una odisea de ciencia ficción hecha a medida para los dos rubísimos y guapísimos actores, que se aguantan sobre sus tersos y tonificados hombros casi la totalidad de la película. Passengers es un carísimo vehículo de lucimiento para Lawrence y Pratt, y no se oculta en ningún momento. Pero hay mucho más. Despierten y vean.

Jim Preston (Pratt) y Aurora Lane (Lawrence), un brillante mecánico y una periodista en busca de nuevos retos, son dos de los pasajeros a bordo de la Avalon, una nave espacial que se dirige hacia otro planeta para iniciar una colonia humana. Los 5.000 pasajeros que viajan en ella se encuentran en estado de criogenización, en cápsulas programadas para despertarlos cuando la nave llegue a su destino, después de 124 años de trayecto. Sin embargo, el viaje toma un giro inesperado cuando las cápsulas de hibernación fallan misteriosamente y Jim y Aurora despiertan 90 años antes de tiempo. Con la única compañía de un barman androide (Michael Sheen) llamado Arthur, ambos intentarán averiguar el motivo que se esconde tras el fallo y arreglarlo para reanudar su hibernación y poder sobrevivir. Sin embargo, la situación se complica y los dos se enfrentan a la posibilidad de tener que vivir el resto de sus existencias solos en el espacio. Por supuesto, el roce (y la soledad) hace el cariño, y la innegable atracción que hay entre ambos resulta en un romance de proporciones intergalácticas.

Sin embargo, un oscuro secreto amenaza con salir a la luz y truncar la relación de Jim y Aurora. Y ahí está el quid de la cuestión. Passengers esconde algo que no se ha mostrado en ninguna promoción y que se mantiene en secreto para conservar el factor sorpresa (o para evitar el posible rechazo de los espectadores). Por eso es recomendable subirse a bordo de la Avalon sin tener demasiada información sobre lo que allí va a ocurrir. Ese punto de inflexión cambia nuestra percepción de la historia y los protagonistas por completo, y transforma el tono simpático y romántico del film en algo más escabroso de lo que anticipábamos. Una decisión creativa que puede resultar controvertida (y que generará muchas críticas), pero en la que no nos podemos detener, primero para evitar los spoilers, y segundo porque Passengers es mucho más que ese gimmick narrativo.

Ante todo, Passengers es una película divertida, y sobre todo un regalo para los ojos. Ya hemos dejado claro que, los que disfruten con simplemente mirar a Lawrence y/o Pratt, tienen aquí todo lo que siempre soñaron, ya que la cámara se recrea constantemente en sus estupendos físicos. Gracias al impresionante fondo de armario de la Avalon, los actores se lucen a base de bien (y ojo, que también hay desnudos, como anunció Pratt durante la promoción: “Venid por mi culo, quedaos por la historia”), pero este no es el único reclamo de la película. El magnífico diseño de producción y los excelentes efectos digitales convierten Passengers en un espectáculo de ciencia ficción de factura impecable que recoge su inspiración sofisticada y minimalista de películas del género como 2001: Una odisea del espacioMoon, incluso WALL-E, además de hacer algún que otro guiño a El resplandor (las conversaciones de Jim con Arthur recuerdan a las escenas de Jack Torrance en el bar de la película de Kubrick). Es decir, Passengers es una gozada en el aspecto técnico y visual.

Pero además, la película propone algo distinto a lo que estamos acostumbrados dentro de la ciencia ficción y las superproducciones de Hollywood, con una historia que es en esencia una comedia romántica ambientada en el lugar más imposible, un escenario poco frecuente y lleno de posibilidades. Es más, aunque sus protagonistas ya no sean adolescentes (Lawrence tiene 26 años y Pratt 37), Passengers puede ser considerada una película young adult, incluso un cuento de hadas futurista (obviamente, el nombre de Aurora, la Bella Durmiente, no está escogido al azar, aunque en realidad tiene mucho más que ver con La Bella y la Bestia). Es cierto que puede pecar de simplona y que su guion no es precisamente ninguna filigrana (más sobre este tema después), pero por fin nos llega un blockbuster original. Como hemos dicho, está claro que la película bebe de muchos otros títulos sci-fi y su premisa (un humano despierta solo en el mundo/la supervivencia de la humanidad depende de una persona) se ha hecho muchas veces, pero aun recordando a muchas cosas a la vez logra tener su propia personalidad, y además, está el refrescante añadido de no estar ante una revisión, secuela o refrito. No lo es todo, por supuesto, pero es un aliciente importante.

Sin embargo, Passengers no consigue aguantar el tipo hasta el final, por culpa de una historia muy cogida con pinzas. La primera mitad de la película funciona mucho mejor que la segunda. En ella, Pratt insiste en hacer el mismo personaje de siempre (ese canalla simpático con un punto infantil, con showdown musical a lo Starlord incluido), pero también da señas de estar evolucionando como actor (destaca en las escenas dramáticas) y se consolida como un protagonista infalible, protagonizando su propia mini-Náufrago (o mini-Marte), y demostrando que se vale él solito para mantenernos enganchados a la historia. Gracias a él, Passengers funciona perfectamente como comedia durante su primer acto, donde Pratt despliega todo su arsenal para hacernos reír y conectar con su personaje. En el segundo, el film vira hacia el romance puro y se beneficia de la enorme química que hay entre los dos protagonistas. Las chispas saltan desde la pantalla cuando Pratt y Lawrence están juntos. Cabía la posibilidad de que el carisma similar de estos actores se anulara mutuamente, pero nada más lejos de la realidad, hacen una pareja perfecta. Su historia de amor, aunque edulcorada y moralmente problemática, convierte Passengers en algo muy sexy y magnético.

Pero como decía, todo se tuerce durante la recta final. El clímax da énfasis a la acción, dejando sin explorar debidamente las consecuencias de los actos de sus personajes, y resolviendo su historia de forma torpe y precipitada. No solo eso, sino que a medida que la película se acerca a su desenlace, quedan al descubierto cada vez más agujeros narrativos que no se consiguen tapar (quizá no os extrañe que el guionista de Passengers, Jon Spaihts, co-escribiera Prometheus) y la intensidad de las escenas de acción desata lo peor de Lawrence, cuya interpretación se vuelve de repente excesivamente histriónica y sobreactuada (como en Los Juegos del Hambre, solo que aquí está más fuera de lugar). En definitiva, no se aprovechan todas las posibilidades de la historia, recurriendo a la acción por la acción sin molestarse en desanudar debidamente el argumento, con un final confuso y lleno de deus ex machina que anula las posibilidades de profundizar de verdad en los temas que trata la película.

Después de todo, Passengers resulta ser mucho más tonta de lo que creíamos. Pero se le puede perdonar porque también es irresistible, y porque hasta que se pierde en su tercer acto, juega muy bien sus cartas. A pesar de sus defectos, hay mucho que disfrutar en ella. Sus atractivos protagonistas, su sentido del humor, su imponente factura visual e imaginativas secuencias de acción, su naturaleza pop (ese guiño a Dirty Dancing es toda una declaración de intenciones, un indicio de que la película está hecha para formar parte del mainstream en el que reinan Pratt y Lawrence), sin olvidar la fantástica banda sonora de Thomas Newman, hacen de Passengers un espectáculo cinematográfico muy efectivo, casi un placer culpable. Tanto énfasis en lo de “placer” como en lo de “culpable”.

Pedro J. García

Nota: ★★★½