Crítica: Figuras ocultas

Hidden Figures Day 25

Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres no vende”. También Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres negras no le interesa a nadie”. Los medios: Figuras ocultas, película protagonizada por tres actrices afroamericanas, es un éxito con más de 20 millones de recaudación en su primer fin de semana en Estados Unidos. Hollywood: Esto…

Después del #OscarsSoWhite del año pasado, Hollywood se está poniendo las pilas para tratar de arreglar el problema de representación racial que hay en la industria del cine. En este panorama de cambio (intensificado en respuesta al temible cambio que a su vez está ocurriendo en el poder), llega oportunamente Figuras ocultas (Hidden Figures), drama dirigido por Theodore Melfi (St. Vincent) que nos narra un importante capítulo en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y la población afroamericana en Estados Unidos, donde la segregación racial todavía era una realidad amparada por la ley.

Figuras ocultas cuenta la historia de un equipo de élite de mujeres negras que trabajaron en la década de los 60 como matemáticas en la NASA, las brillantes mentes en la sombra que ayudaron a Norteamérica a ganar la carrera espacial contra su mayor rival, la Unión Soviética, propulsando así un importante movimiento de igualdad de derechos. La película, basada en el libro de Margot Lee Shetterly, se centra en tres de estas mujeres en concreto, Kaherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe), “figuras ocultas” de la NASA, tan importantes como los astronautas que recibieron la gloria, pero que no se enseñan en las clases de historia, a pesar de ejercer como los “ordenadores humanos” que hicieron posibles los viajes espaciales en el umbral de la nueva era informática.

A través de estos inspiradores personajes presenciamos el viaje a las estrellas de un grupo de mujeres pioneras en el contexto de una nación deseosa de superarse a sí misma y rebasar a las demás potencias. La lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el avance tecnológico funciona como telón de fondo de un relato muy humano, lleno de emoción y humor, y confeccionado a medida según los parámetros del cine biográfico. Efectivamente, Figuras ocultas es todo lo que cabe esperar de un biopic histórico, tanto es así que es posible recitar los diálogos antes de que estos tengan lugar. Y ese es su mayor defecto, que se ajuste de manera tan convencional a las reglas del género, reproduciendo las mismas charlas motivadoras de siempre, los mismos clichés de superación y las mismas situaciones lacrimógenas que hemos visto en tantos otros films parecidos, y que la acercan peligrosamente a territorio telefilm.

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Sin embargo, esto no puede (o no debe) distraernos del gran valor de una película como esta, de su necesidad, por desgracia tan vigente. Aunque Figuras ocultas se las arregle en un par de ocasiones de convertir al hombre blanco en el héroe de esta historia (que el director y guionista sean blancos quizá tenga que ver, quizá no), son Dorothy, Mary y sobre todo Katherine, las que nos conmueven, cuyos triunfos celebramos con más entusiasmo. Es cierto que la emoción está tan matemáticamente calculada que se pueden ver los hilos desde lejos, pero es fácil dejarse llevar por la naturaleza de crowdpleaser de la película, por sus buenas intenciones y el clasicismo con el que está realizada (que a muchos recordará a Criadas y señoras, aunque no le llegue a la suela de los zapatos a aquella).

Secundadas por un reparto de lujo que incluye a Kevin Costner, Kirsten Dunst, Glen Powell, Jim Parsons y Mahersala Ali, las protagonistas elevan la película de categoría con loables interpretaciones, en especial Henson, que está sencillamente espectacular, desprendiendo ternura, espíritu luchador y fuerza por los cuatro costados. Tres mujeres negras, tres grandes talentos, tres estrellas que simbolizan una lucha del pasado que puede extrapolarse a nuestro resquebrajado presente, que nos dejan una historia que se tenía que contar precisamente en estos momentos, y que su protagonista real, la verdadera Katherine Johnson, ha vivido para verla en el cine a los 98 años. No importa que sepamos que nos están tocando las teclas más fáciles, es imposible no emocionarse.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: St. Vincent

ST. VINCENT

Si hay un lugar común más infalible en el cine de Hollywood que el del pringao que supera los obstáculos para convertirse en el héroe y salvar el día es el de las amistades improbables. Un niño y un robot, dos policías polos opuestos forzados a trabajar juntos, una mean girl y una novata, Daniel el travieso y el señor Wilson. Y ahora Vincent y Oliver, el dúo dinámico de St. Vincent, que son algo así como una actualización del terremoto rubio y su vecino cascarrabias, con los papeles un poco intercambiados y ambientada en el universo cinematográfico de Sundance.

Vincent (Bill Murray) es un veterano de la guerra de Vietnam, un señor iracundo y desastrado que vive solo en una casa que está a dos días de convertirse en Grey Gardens y dedica sus días a beber como si no hubiera mañana y apostar en las carreras. Su única compañía es su gato y una prostituta del barrio llamada Daka (Naomi Watts), que es lo más parecido a una relación que ha tenido en mucho tiempo. Su nihilista rutina diaria se verá alterada por la llegada de sus nuevos vecinos, Maggie (una por suerte descafeinada Melissa McCarthy), mujer divorciada que se ha mudado a Brooklyn para alejarse de su marido, y su hijo de doce años, Oliver (Jaeden Lieberher). El exigente trabajo de Maggie en la sala de TAC del hospital local le impide ocuparse de Oliver, por lo que recurre a Vincent, que se convierte a regañadientes y por una generosa tarifa en el canguro del niño.

Cartel ST VINCENTEl desapego inicial de Vincent se va transformando poco a poco, y a base de experiencias de dudoso valor educativo para Oliver, en cariño por el pequeño, a la vez que desvelan la verdadera identidad de su Dodger particular, un hombre incomprendido de gran corazón cuyo carácter agriado no es más que un mecanismo de defensa y una cicatriz de sus heridas sentimentales; un auténtico santo, si bien misántropo y poco o nada ortodoxo, igualmente merecedor de la canonización en vida. Ambos acaban forjando una entrañable amistad afianzada, y a la vez vulnerada, por sus carencias afectivas: la ausencia de figura paterna en la vida de Oliver y la pérdida del amor de su vida por parte de Vincent. Efectivamente, todo esto nos recuerda inevitablemente al argumento de Up, la cinta de Pixar de la que el debutante Theodore Melfi incluso ha tomado prestado el final para su ópera prima.

Y aún a pesar de discurrir por terrenos de sobra explorados por el cine, esta dramedia no sabe a refrito, sino que nos propone un regreso a lo conocido en forma de historia cálida y familiar en la que nada se antoja insincero, aunque todo esté construido siguiendo paso a paso el manual del melodrama buenrollista. Sí, St. Vincent manipula los sentimientos del espectador, pero lo hace sin engañar, siempre anteponiendo las buenas intenciones, y oponiéndose en todo momento al cinismo imperante en la actualidad. Y funciona sobre todo gracias a un Bill Murray en horas (más) altas, que con este personaje hecho para él y nadie más, nos proporciona un santo en el que creer, un símbolo imperfecto de humanidad y esperanza que, por muy ficticio que sea, no nos viene mal de cuando en cuando.

Valoración: ★★★½