Por qué The O.C. fue tan importante (y efímera)

Marissa: Who are you?
Ryan: Whoever you want me to be.
– The O.C., Piloto 

Fijaos en cómo todos los días nos encontramos en Facebook, Twitter o páginas de información la típica publicación conmemorando el estreno de una película mítica, la muerte de un actor, o el aniversario del primer episodio de una serie. El ser humano siempre ha estado obsesionado con el paso del tiempo. Es nuestro sino, vivir la vida pensando en que se nos está acabando. Pero parece que ahora más que nunca sentimos la necesidad de recordarnos lo fugaz que es todo. Quizás sea porque de repente nos hemos dado cuenta de que hace ya dos décadas de los 90. Y por lo tanto, la generación de la nostalgia está histérica. The End Is Not Near… It’s Here.

Esta semana se ha cumplido el décimo aniversario del estreno de The O.C., gran éxito de Fox a comienzos de siglo que viene a ilustrar mejor que nada y que nadie la naturaleza efímera de las cosas, y sobre todo de aquellas que tienen que ver con la adolescencia (porque eso es lo que la define, ¿no?). La serie de Josh Schwartz (Chuck, Gossip Girl, The Carrie Diaries) se convirtió en un enorme fenómeno social el mismo día que se emitió su piloto, el 5 de agosto de 2003. A día de hoy, muchos recuerdan la serie, pero esta no permanece en el imaginario colectivo o en la cultura pop con la fuerza de otras. ¿Por qué fue tan importante The O.C.? ¿Por qué su repercusión duró tan poco?

EL ASCENSO

The Life of the Rich and Famous: La tele de la primera década del siglo XXI estaba totalmente obsesionada con el estilo de vida de las clases altas. Las series se llenaban de gente pudiente, socialites e hijos de magnates, y el espectador quedaba atrapado por el lujo y la decadencia de sus emocionantes vidas. The O.C. establecía un puente entre estos miembros intocables de grandes dinastías y la clase media. Las familias que protagonizaban la serie tenían mucho dinero, y se notaba, pero sus vidas eran percibidas como sueños alcanzables. Chalets-mansión con casa de la piscina, porches interminables y enormes salones para celebrar fiestas de más de 100 invitados. ¿Quién decía que algún día no podríamos tener todo eso?

Adultescentes: En The O.C., los cuatro protagonistas adolescentes se comportaban como chavales de 16 años la mayor parte del tiempo, pero también presentaban síntomas de adultitis que los convertían en clásicos ejemplos de personajes teen con problemas poco acordes a su edad (muchas veces derivados del punto anterior). La serie obtuvo muchas quejas de organizaciones conservadoras por el consumo de alcohol, tabaco y drogas que tenía lugar habitualmente en la serie. The O.C. fue una de las primeras series en normalizar (e incluso glamourizar) estas prácticas tradicionalmente condenadas en la televisión norteamericana, aunque al final siempre optaba por mostrar el reverso oscuro de la fiesta etílica. La polémica estaba servida, pero si lo pensamos bien, The O.C. se atrevió a mostrar a los adolescentes haciendo las cosas que los adolescentes suelen hacer. Sin remilgos.

La gala de la semana: The O.C. puso de moda algo que más adelante perfeccionaría (y agotaría) otra serie de Josh Schwartz, Gossip Girl -y que han seguido cultivando series recientes como Revenge: la típica gala, evento social, celebración o acto público que ejercía de hilo conductor de muchos episodios, y escenario del clímax donde Ryan (Benjamin McKenzie) propinaba sus inolvidables puñetazos.

Orange County: El Condado de la Naranja, en California, se convertía rápidamente en el lugar de moda gracias a la gran campaña turística que la serie le hacía. Tanto fue así que la obsesión por esta zona de la costa oeste norteamericana (que ya gozó de una época de esplendor a mediados de los 90) generó varios reality shows sobre la vida en el lugar. The Real Orange County o The Real Housewives of Orange County se convertían en éxitos aun más efímeros que The O.C. (en su país, claro está). Asimismo, la serie era la más fiel representante del “estilo californiano” en televisión, algo que se reflejaba en la moda, los estilismos, el ocio, la “dieta” que consumían sus protagonistas o la arquitectura que se podía ver en la ficción.

La era 2.0.: Aunque para la eclosión de Facebook aun quedaban unos años, cuando The O.C. irrumpió en la escena catódica, Internet experimentaba un auge imparable como herramienta social. Semana tras semana, especialmente durante su primera temporada, los fans de The O.C. se reunían en foros, páginas y chats para expresar su tremenda adicción a la serie. Todo lo que ocurría en las vidas de Ryan, Seth, Marissa y Summer se vivía como auténticos acontecimientos históricos. A esto contribuía que la serie comenzase a emitirse en verano, como reemplazo de mid-season. No había nada mejor que hacer.

El triunfo del geek moderno: Lo mejor de The O.C. se puede resumir en dos palabras: SETH COHEN. Sin duda el personaje más popular y querido de la serie, Seth era todos nosotros, y todos éramos Seth. A pesar de que Ryan era el pobre, el “normal”, el personaje con el que el espectador medio podía identificarse al adentrarse en las vidas de los Cooper, los Cohen y los Roberts, fue Seth Cohen el que se convirtió en la voz del fan de la serie. Además de hacer que ser judío fuera cool, Cohen logró fusionar con éxito dos de las tendencias más importantes del siglo: el indie y lo friki. Fan a muerte de Death Cab for Cutie y devorador de cómics (no nos extraña que poco después, uno de los guionistas principales de la serie, Allan Heinberg, probase suerte como guionista en Marvel y DC), Seth fue sin duda el prototipo del hipster actual, modificando (y modernizando) las características fundacionales del arquetipo geek. Os lo explico mejor en este fragmento sobre el personaje perteneciente a mi artículo de investigación “Lo geek vende“:

El geek de The O.C., Seth Cohen, es un híbrido social que pone de manifiesto las nuevas tendencias hacia las que se dirigía la cultura popular a principio de siglo. Seth Cohen es un geek porque es víctima de bullying, es incapaz de entablar relaciones sociales sin ponerse en evidencia y es ante todo un fan. Al clásico gusto del geek por los cómics y el cine de género, se añade una pasión por el cine asiático –en concreto el japonés- y la música indie. Estos dos objetos culturales contribuyen a configurar un nuevo modelo de geek, más adherido a la norma social y al devenir de la cultura popular más efímera. Como los adolescentes de la WB, Seth Cohen no presenta estigmas físicos, y su vestimenta es un fiel reflejo del estilo del adolescente acomodado pero culturalmente ‘independiente’ que va a resultar en un nuevo modelo de geek que marcará tendencia. En The O.C., los constantes juegos metatextuales y la elevada auto consciencia del discurso catalogan a Seth Cohen como representante de la cultura popular del momento, convirtiendo al geek en una suerte de ‘héroe social’ posmoderno, y llegando a convertirse en un súper héroe de cómic en la segunda temporada de la serie –lo que nos remite a la idea del geek como principal abastecedor de productos en la cultura popular. 

Autorreflexión e iconicidad: Como adelanto en el anterior párrafo rescatado, The O.C. pasó a ser muy rápidamente una serie altamente consciente de sí misma, sacando el mayor provecho de esto a lo largo de las cuatro temporadas que permaneció en antena. Me atrevería a decir que en esta serie se origina la ya canonizada tendencia a lo meta en series cuyo público objetivo no es el geek. Seth era sin duda el personaje que más reflexionaba sobre la naturaleza de la historia que él y sus amigos protagonizaban. Pero no era el único, Summer (Rachel Bilson) también se encargaba de elevar los niveles meta gracias a su obsesión por la serie The Valley. A través de los visionados, sola o junto a Seth, se nos hablaba constantemente de todo lo que resonaba en la comunidad fan, y de aquello que trascendía a los medios. A menudo, The Valley servía para que Schwartz contestase indirectamente a las críticas, pero sobre todo era un modo de expresar la enorme cualidad icónica de la serie, y la repercusión que esta llegó a tener en la sociedad. A los personajes no se les escapaba el gran poder que ejercían las camisetas de tirantes de Ryan, o sus puñetazos, o la Naviduca, como tampoco tenían problema en convertirse ellos mismos en foreros que diseccionaban sus propias vidas como si de un debate nacional se tratase.

La importancia de la música: Dawson crece ya puso de manifiesto lo esencial de una buena selección de temas pop para acompañar las aventuras y desventuras de un grupo de adolescentes televisivos. La banda sonora de The O.C. era tan popular como la serie en sí, llegando a editar varios CD recopilatorios de bastante éxito, y vinculando la serie con artistas indies de prestigio (Sufjan Stevens, DCFC, Coconut Records). Además, The O.C. fue plataforma para muchos grupos desconocidos (que han permanecido así, todo hay que decirlo), dando a conocer al mundo el sonido californiano del momento. Pero sin duda, el momento musical más importante de toda la serie ocurría al final de la segunda temporada, con una de las escenas más recordadas (y parodiadas) de la historia de la televisión, un disparo a cámara lenta al ritmo de “Hide & Seek” de Imogen HeapMmmwachusay…

LA CAÍDA

Temporadas excesivamente largas: Aquí es donde The O.C. clava el primer clavo en su ataúd. Y lo hace bien pronto. Como hemos dicho, la primera temporada dio comienzo en verano. Fue tal el éxito, que Fox se negó a esperar para continuarla, así que decidió otorgarle una temporada completa que se extendiese durante el resto del año, ascendiendo el número total de episodios a 27. Para cuando la segunda temporada daba comienzo, los espectadores ya mostraban síntomas de agotamiento y desinterés. Se había exprimido tanto la historia, habían pasado tantas cosas, que ya no sabían qué más se podía contar. Las temporadas 2 y 3 transcurrieron a la sombra de la primera, y la serie fue perdiendo espectadores dramáticamente.

Todo lo que sube rápido, baja rápido: Las dos primeras temporadas de The O.C. se convirtieron en el testimonio de un cambio de generación (¡llegan los millennials!), del nacimiento de un nuevo tipo de adolescente (más precoz, narcisista, psicológicamente complejo y propenso a la inestabilidad), con la mártir Marissa Cooper (Mischa Barton) como dudoso pero fascinante modelo de comportamiento. Pero la serie se desarrolló tan rápidamente como sus espectadores. La muerte de uno de los cuatro protagonistas en el último episodio de la tercera temporada marcaba el final de una etapa para muchos. La audiencia desertó en masa, y pocos fueron testigos de la lúcida madurez de The O.C. Su cuarta temporada, y sobre todo su desenlace, cerraba con la mayor dignidad posible un producto demonizado desde hacía ya casi tres años. Sin dejar de lado la autorreflexividad, y todo lo que hacía que la serie fuera única en ese momento de la historia de la televisión, esta pasó a ser otro tipo de drama. Como ocurre a menudo con los mejores amigos, The O.C. y sus fans se iban cada uno por su camino, para dar lugar a lo inevitable: convertirse en adultos y pasar página.

Gossip Girl: hasta pronto, chocho

Queridos seriéfilos, nos han engañado a todos. Llevamos seis años oyendo a Gossip Girl decir que “nunca” revelaría su identidad, pero por fin sabemos quién se esconde tras la escandalosa web que ha destapado las vergüenzas de este grupo de upper-eastsiders pre-adultos, poniendo sus vidas del revés semana a semana, y ayudando al personal a echarse unas buenas siestas. El desenlace de una de las series más importantes de CW, antaño fabulosa y desde su segunda temporada en permanente agonía, es sorprendentemente satisfactorio. Un festival de nostalgia, un best of repleto de cameos (el más grande el del mismísimo alcalde de Nueva York, Michael Blooberg), guiños al pasado y frases célebres (“tres palabras, ocho letras”); y un magnífico cierre para (casi) todos los personajes. En definitiva, un último episodio que prácticamente obvia todo lo ocurrido en las últimas temporadas para funcionar como conclusión de aquel inolvidable primer año. Todo lo que el final de Gossip Girl debía ser y temíamos que no fuera.

Gossip Girl es Dan Humphrey. ¿Cómo os quedáis? Me consta que algunos se lo esperaban, pero a mí, que había abandonado la serie al final de su tercera temporada y me reenganchaba para el fin de fiesta, me ha pillado totalmente por sorpresa. Y ha sido una muy agradable. Porque a pesar del abandono de la coherencia interna, y de las incongruencias y agujeros argumentales que podríamos encontrar echando la vista atrás (yo no seré quien lo haga), tiene mucho sentido y es muy significativo que Dan sea Gossip Girl. No, no es un deus ex machina, sino todo lo contrario, un final hábilmente justificado que encaja a la perfección con la trayectoria de la serie y del personaje. Dan Humphrey es escritor. Siempre lo ha sido. Y siempre ha deseado a Serena Van Der Woodsen. Qué mejor manera de adentrarse en el mundo que le cierra las puertas por no haber nacido por encima de la calle 59 que escribiéndose dentro de él. Es la gran historia americana. ¿Qué te parece, F. Scott Fitzgerald?

Como si de un teatro de marionetas muy caro se tratase, Dan ha movido los hilos desde el principio, mucho antes de encontrarse con Serena en Grand Station Central, aquella icónica e histórica secuencia que, como no podía ser de otra manera, se recrea en este “New York, I Love You XOXO”: un flash-back nos da a conocer el verdadero momento en el que Dan se cuela por Serena y su maquinaria creativa se pone en marcha. Serena escucha la historia en una sobria y elegante escena y a partir de ahí todo cobra sentido. Su narración, acompañada de un estupendo resumen en imágenes, dispone en pocas palabras toda la esencia de la serie y explica lo que la hizo tan importante en su primer año: “Adolescentes actuando como si fueran adultos, adultos comportándose como adolescentes, ocultando secretos, difundiendo rumores, todo condicionado por la abundancia y la opulencia. […] Cuando Serena volvió del internado, escribí mi primer post sobre mí. Puede que fuera un pringado, pero al menos todo el mundo hablaba de mí”. Y de todo eso iba precisamente Gossip Girl al principio, aunque se les olvidase muy pronto.

Así es como todos los personajes descubren la verdad (todos menos Jenny, que la conocía desde hacía tiempo). Las reacciones no se hacen esperar, pero no hay cristales rotos. Porque no hay tiempo para más giros o conflictos, y hay que poner el lazo a esta historia. Serena se da cuenta de que no está enfadada con Dan por todo lo que ha hecho, al contrario, denomina sus acciones como una “carta de amor” a todos ellos (no sé si me parece precioso o lo más estúpido que he oído nunca) y convence en dos segundos a los demás para que lo perdonen también -casi tanto como lo que tardan Blair y Chuck en ser exculpados y liberados. Lo que viene a continuación es una desternillante escena en la que todos desvelan quién creían que era Gossip Girl. “Todos sabíamos que era uno de nosotros, ¿no?” (Chuck). Las teorías de los personajes coincidían con las de los espectadores: Dorota, Eric, Jenny… Y una de las más extendidas, la que situaba a Kristen Bell como un personaje desconocido que aparecería en el último momento con toda la verdad, es desarmada por una excelente escena en la que la actriz ensaya junto a ¡Rachel Bilson! los diálogos para una audición de la película basada en el libro de Dan Humphrey. Bell nos mira a los ojos y dice “Hola, upper-eastsiders, aquí Gossip Girl”. Nos asustamos, pero todo es una broma. Una de muy buen gusto. ¿O no?

Los diez últimos minutos de “New York, I Love You XOXO” son probablemente los mejores de la serie, y desde luego, los más destacables de la finale -con permiso del gran momento en el que Blair y Chuck huyen de la ley al ritmo de una versión de “Bonnie & Clyde” de Gainsbourg, lo más pasable de un penoso primer acto. A los cameos de Bell y Bilson se unen los de viejos conocidos del reparto, Vanessa, Agnes, Juliet, y en el flash-forward final, los hermanísimos, Jenny Humphrey (que ha crecido ocho palmos) y Eric van der Woodsen (que los ha menguado). No hacen absolutamente nada, pero contribuyen a esa sensación de cierre total. Aunque el mérito lo tengan realmente las dos bodas y el hijo repelente de Blair y Chuck (!!). Pero el cameo más importante desde mi punto de vista (con permiso de Lisa Loeb, OMG) es el de las escaleras del Met, donde transcurrieron las escenas que definieron esta serie, y donde volvemos en este capítulo que, cómo no, también constituye una oda a Nueva York. Decimos adiós a unos personajes que por fin han hallado la paz, que a pesar de actuar como adultos desde los 15, no sabían realmente lo que esto significaba hasta ahora -mientras, los verdaderos adultos son completamente ignorados y sus historias se quedan incompletas. Pero Gossip Girl no se despide de su audiencia sin dejar una puerta abierta para la siguiente generación de cotillas. Remitiéndonos directamente al final de The O.C. (también de Josh Schwartz), en el que Ryan se reconoce a sí mismo en un desangelado chaval de la calle, vemos a otro Dan Humphrey paseándose entre niños ricos, mientras Gossip Girl nos asegura que siempre existirá. Ciclo completo. Final redondo. Gossip Girl, no te extrañaré nada, pero me alegro de haber asistido a tu fiesta de despedida. Alcemos todos las copas y brindemos: por Kristen Bell.

El friki dominará la Tierra: Diez geeks televisivos

El 25 de mayo de 1977 se estrenó en Estados Unidos La guerra de las galaxias, probablemente la película que más ha contribuido a definir el paradigma, y también el estereotipo del geek. Obsesionado por el objeto cultural en cuestión, ávido coleccionista y siempre dispuesto a disfrazarse. Socialmente introvertido, de mente enciclopédica y empollón por naturaleza. Algo repelente, románticamente impedido e infantil. Así ha sido el friki hasta al menos hace una década. A pesar de que el cine y la televisión de los últimos veinte años han modificado estos lugares comunes, se sigue insistiendo en esta figura lastimera que sin embargo es profundamente feliz gracias a su afición. El frikismo ha derivado en multitud de variantes, ‘normalizando’ así al geek -mirad por ejemplo a Phil Coulson, el respetado agente de S.H.I.E.L.D., coleccionista de tarjetas de súper héroes en Los Vengadores, fanboy de Capitán América y gran apasionado de lo vintage, como hemos comprobado en Agentes de S.H.I.E.L.D. Sin embargo, se ha producido una enorme desvirtuación del calificativo friki –ya de por sí bastante feo-, pasando a ser adjetivo comodín para cualquiera que manifieste un mínimo interés o conocimiento sobre la cultura popular.

Desde 2006 se viene celebrando en España el Día del Orgullo Friki, coincidiendo con la fecha del estreno de la película de George Lucas (y digo yo, ¿por qué no se escogió el día del estreno en España? ¿Porque en noviembre es más complicado que ellas se pongan el bikini de Leia?) El evento, creado por Germán Martínez, goza de gran repercusión en Internet, aunque también se organizan actividades en las calles (la Plaza de Callao en Madrid es el centro neurálgico friki) y las tiendas de cómics. El Día del Orgullo Friki ha trascendido al resto del mundo, y en concreto a Estados Unidos, donde también se celebra el Geek Pride Day (ah, pues visto así, bien pensado lo de la fecha).

A partir de la década de los 90, el geek se obsesionaba cada vez más por la ficción televisiva. Pero la televisión ya llevaba muchos años generando productos que hoy en día son fetiche para el friki más ducho. Los 60 suponen una revolución de la ciencia ficción en la televisión norteamericana, con antologías fantásticas y de terror cosechando gran éxito entre la audiencia: Dimensión desconocida, Rumbo a lo desconocido, Alfred Hitchcock presenta. Star Trek pone los cimientos de la serie de aventuras y sci-fi en los que se basará toda la ficción de género posterior. Sin embargo, todas estas obras no estaban dirigidas al adulto que hoy conocemos como friki, sino más bien a la audiencia infantil -he ahí la clave. Con el auge de Internet a mediados de los 90, las nuevas series televisivas de género volvían a causar impacto en los espectadores geek, que encontraban en la red un lugar para socializar y discutir hasta el más mínimo detalle las series de mayor repercusión en este nicho de audiencia. Expediente X o Xena son dos de las series que mejor aprovecharon las posibilidades que brindaba Internet a la comunidad. Como resultado de la evolución de Internet y la eclosión de la ficción televisiva moderna, a día de hoy, el geek televisivo no solo venera productos adscritos a la ciencia ficción -aunque es y será el género que más pasiones frikis despierta.

La figura del geek ha gozado de una gran representación en la ficción seriada más reciente. Si hace unos años, una serie no podía prescindir de un personaje gay, ahora es raro que no haya al menos un geek en el reparto. Ya sea ridiculizándolos, o convirtiéndolos en vehículos de identificación para el espectador, los frikis de las series no pueden faltar. Este es un repaso -personal y sin orden más allá del cronológico- a los frikis catódicos de los últimos veinte años. Podéis usar la sección de comentarios para ampliar la lista a vuestro antojo.


Minya (Xena, la princesa guerrera)

Después del impacto en la audiencia mundial de la primera temporada de Xena, la princesa guerrera, la serie se convirtió en una oda continua a los fans. En el episodio “A Day in the Life” (2.15) aparecía Minya, una admiradora de Xena, tanto por sus dotes para la lucha como por su innegable magnetismo sexual. Así, Minya representaba de manera general a todo el fandom de Xena, pero hilando más fino, reconocíamos en ella a la fan lesbiana que en gran medida condicionó la evolución de la serie. Allá por la sexta temporada (la última), Xena multiplicaba considerablemente sus referencias a la audiencia, suponiendo la carta de amor definitiva a los fans, a los que llega a incluir directamente en sus tramas. En “Send in the Clones” (6.16), por ejemplo, un trío de geeks de la era moderna clonan a su heroína televisiva favorita a partir del ADN de la verdadera Xena.

Eric Forman (That ’70s Show)
El protagonista de Aquellos maravillosos 70 responde perfectamente al estereotipo de friki que he descrito en el primer párrafo de esta entrada. Es el geek por antonomasia, pero con un giro: en este caso, el friki se lleva a la chica más guapa. Eric es enclenque, se comporta de manera extraña en situaciones sociales -las que ocurren fuera de su sótano- y está obsesionado con Star Wars. A menudo aplica las filosofías de la película a todos los aspectos de su vida. Colecciona G.I. Joes y figuras de La guerra de las galaxias, además de construir maquetas de las naves de la película. Entre muchas otras, esta suele ser la razón por la que acaba siendo el hazmerreír de sus amigos, que identifican sus actividades como infantiles. No obstante, Eric Forman demuestra que es posible obsesionarse con el sexo y los muñecos a partes iguales.

Sam Weir, Bill Haverchuck y Neal Schweiber (Freaks and Geeks)
Parece haber un patrón en esto del universo friki televisivo. Los geeks van de tres en tres. Sam, Bill y Neal son tres impedidos sociales a principios de los 80. Como ocurre con Eric Forman, la influencia de Star Wars -y en un importante segundo plano, Star Trek– define sus vidas a grandes rasgos. El instituto para ellos es un campo de concentración, y aunque traten de imitar ocasionalmente a sus héroes, siempre serán víctimas de bullying. Sin embargo, en casa disfrutan de una felicidad que les aísla de sus problemas en McKinley High. Ya sea jugando a Dragones y Mazmorras, con la nueva Atari, o discutiendo sobre sus personajes favoritos, Sam, Bill y Neal crean una capa protectora a su alrededor que les ayudará a salir vivos de la experiencia en secundaria.

Xander Harris y el Trío (Buffy, cazavampiros)
Aficionado a los cómics de súper héroes y alivio cómico oficial de Buffy, cazavampiros, Xander Harris es el personaje que más referencias directas a la cultura popular realiza en las primeras temporadas de la serie de Joss Whedon. Xander supone además un caso de representación que se repetirá en casi todos los trabajos del autor. Harris es Whedon. Ocurrirá con otros personajes de otras series, que servirán al creador para aportar tintes autobiográficos a la obra -los frikis se hacen con la industria. Xander es principalmente un friki de los cómics. A través de él, Whedon realiza reflexiones en segundo plano sobre la naturaleza de los súper héroes. La población geek de Buffy se completa con el Trío, Warren, Jonathan y Andrew, personajes secundarios que forman una alianza maquiavélica con el propósito de destruir a la cazavampiros en la sexta temporada de la serie. Las referencias a la cultura pop por minuto se multiplican exponencialmente y la serie acumula más guiños que nunca.

Seth Cohen (The O.C.)
El jefe geek de Orange County es una fusión del friki clásico con el hipster actual. Es el eslabón perdido del frikismo moderno. Obsesionado con los cómics y el cine japonés, y románticamente torpe, Cohen es además un aficionado de la música indie (su grupo favorito es Death Cab for Cutie) y viste según los dictados de este movimiento. El carácter altamente autorreflexivo de O.C. se refleja principalmente en este personaje, que además incorpora completamente el elemento meta. Seth nos habla constantemente de lo que ocurre dentro y fuera de la serie, representando al apasionado -al menos durante su primera temporada- espectador de O.C. Y aunque no sea más que un producto de márketing, una fabricación no del todo realista, Seth Cohen somos todos.

Roy y Moss (The IT Crowd)
Con su carácter altamente paródico y esperpéntico, The IT Crowd lleva a sus protagonistas geek, Roy y Moss, a las últimas consecuencias. Ambos trabajan como informáticos en una empresa y responden al estereotipo de computer nerd. Su oficina está decorada como si fuera la habitación de un adolescente -como la suya, vamos-, repleta de pósters y figuras. Se puede jugar a identificar todos los objetos -si lo hacéis, descubriréis desde figuras basadas en personajes de Daniel Clowes hasta un póster de Dr. Horrible. De los dos, Moss es el personaje más extremo. Mientras Roy aspira a alcanzar cierta “normalidad”, Moss habita en un universo extraño que le hace parecer un alienígena intentando aprender a vivir en la tierra.

Chuck Bartowski (Chuck)
Chuck es quizás una prolongación natural de Seth Cohen -no en vano, ambos son creaciones del productor Josh Schwartz. Se trata de un treintañero que trabaja en la sección de asistencia técnica de la cadena Buy More (parodia de la norteamericana Best Buy), tras haber sido expulsado de la universidad por culpa de su mejor amigo. Schwartz idealiza de nuevo la figura del geek, llevándolo a las últimas consecuencias: Chuck Bartowski es un héroe nerd, literalmente. Así, la vida de Chuck pasa de devorar películas hasta la madrugada a llevar a cabo misiones de vida o muerte para el gobierno. Como Eric Forman o Seth Cohen, Chuck se lleva a la más guapa, alimentando así otro lugar común en este tipo de personajes. Un canto a la esperanza para todos los frikis del mundo.

Sheldon Cooper, Leonard Hofstadter, Howard Wolowitz, Raj Koothrappali (The Big Bang Theory)
El cuarteto protagonista de The Big Bang Theory es quizás el grupo de frikis más famoso de la televisión actual. Prodigios científicos e informáticos, los compañeros de piso Sheldon y Leonard, y sus dos amigos Howard y Raj, se abren camino en un mundo irracional e impulsivo, haciendo uso de la lógica y las matemáticas. Un desastre. Las astronómicas audiencias de la comedia de CBS demuestran que el friki es un personaje popular para el público mainstream. Estos personajes son el Steve Urkel del siglo XXI. ¿Se están riendo de nosotros?

Abed Nadir (Community)
Hace poco lo proclamé en este mismo blog como “el personaje más meta de la historia de la televisión”. Abed Nadir contiene en gran medida la esencia de la serie de Dan Harmon: ese profundo amor por la cultura popular -inabarcable y nada discriminatorio-, el uso de la televisión para comprender la vida real, y el compromiso absoluto con la obra que se adora -o que se crea. Abed, junto a Troy -personaje que comenzó como jock y ha evolucionado hacia el frikismo total influenciado por su mejor amigo-, es el enlace entre el espectador y la obra, el que todo lo ve y todo lo sabe. Una referencia con patas. Abed es el geek posmoderno, un robot de vastísima memoria interna que supone la evolución más avanzada del friki hasta la fecha.

Felicia Day
Y no puedo acabar esta entrada sin hacer mención a la princesa geek. Felicia Day se dio a conocer como una de las cazavampiros de la séptima temporada de Buffy, y desde entonces ha desarrollado una personalidad pública basada en el frikismo que le ha llevado a convertirse en una súper-celebridad en Internet. Oponiéndose a la pasividad del geek sedentario, Felicia se ha propuesto construir un emporio dirigido a los que son como ella. Su objeto de culto es principalmente el videojuego. Los personajes de su popular webserie The Guild participan en un MMOG (juego multijugador masivo en línea) y recientemente ha desarrollado un spin-off de Dragon Age para Internet y plataformas de videojuegos. En televisión la hemos visto explotando su imagen geek con personajes en series como Eureka -en la que hace de científica nerd– o Supernatural -interpretando a una hacker informática. Felicia lo tiene claro: el mundo se ha vuelto friki.

Menciones especiales: Marshall Flinkman (Alias) Topher Brink (Dollhouse), Seymour Birkhoff (Nikita), tres personajes cortados por el mismo patrón. Prodigios técnicos, científicos e informáticos, nerds al servicio de grandes organizaciones gubernamentales, que ayudan a salvar el mundo sentados frente a sus ordenadores. Estos tres personajes encuentran su origen en los Lone Gunmen de Expediente X, y cuentan con una nueva encarnación en Leo Fitz de Agents of S.H.I.E.L.D. Otros frikis de la tele: Dwight Schrute (The Office), fan a muerte de Battlestar Galactica; Ben Wyatt de Parks and Recreation, que al principio ocultaba su naturaleza geek, pero acabó dando rienda suelta al friki que todo el mundo sabía que llevaba dentro; Hiro Nakamura, fan del universo de los tebeos, muy importante en su serie, Héroes; Paul y Mac de The Fades, fans de los cómics, el terror y la literatura fantástica, sobre todo la de Neil Gaiman; Tina Belcher de Bob’s Burgers, fan de los caballos y la serie The Equestranauts (Parodia de My Little Pony: Friendship Is Magic), y escritora de fan fiction (mitad erótico, mitad de zombies, y siempre protagonizado por ella);  El Rey Hielo de Hora de aventuras, también autor de fan fiction y coleccionista de princesas; Ted Mosby y Barney Stinson de How I Met Your Mother, apasionados de Star Wars, hasta el punto de juzgar a sus conquistas basándose en si han visto la saga o no; Y por supuesto, el Comic Book Guy de Los Simpson, quizás el mayor epítome del frikismo en televisión.

El arte de poner títulos

Dime el título del episodio y te diré qué tipo de serie ves. Hay muchas maneras de hallar creatividad en una ficción televisiva. Una de ellas es sin duda la fórmula que las series usan para dar título a sus episodios. Como comprobaremos, hay casi tantas maneras de titular un capítulo como series. La repetición es una de las técnicas más recurrentes, pero las variaciones son infinitas. En algunos casos, establecer una regla para poner títulos puede resultar un auténtico desafío a largo plazo, sobre todo si la serie en cuestión se mantiene muchas temporadas en antena: las ideas se acaban no solo para escribir los argumentos, sino también para poner los títulos. En otros casos, los títulos serán tan descriptivos que no indicarán ningún grado de creatividad, por lo que no podemos asumir que estos son reflejo de lo que nos vamos a encontrar en la serie. En resumen, el esfuerzo a la hora de dar título a los episodios no tiene por qué ser reflejo de la originalidad de una serie, sino que más bien es un curioso aspecto de la maquina publicitaria de la televisión, y en muchos casos, un buen pasatiempo para los guionistas y productores de las series. Incluso para nosotros. No lo voy a negar, a mí me encanta poner títulos a todo. Además, analizar el título de un episodio antes de verlo puede dar mucho juego entre los espectadores. Repasemos algunas de las fórmulas más conocidas y destacables:

Episodios sin título

No sabemos si es por pereza o con la intención de potenciar la cualidad altamente serial de algunas ficciones, pero muchas series no tienen título oficial para sus episodios, por lo que para identificarlos hay que recurrir a su número de producción o emisión. Esto hace que sea más difícil ubicar los episodios. Sin embargo, cuando uno destaca por encima de los demás no importa que no haya título, lo recordaremos sin problemas por su número. Es lo que ocurre con Queer as Folk. Probablemente nadie podrá decirme, sin mirar una guía, de qué va el episodio 3×05, pero todos sabrán de qué estoy hablando si digo “1×22”, y sobre todo, “5×10”. Más recientemente, Episodes, la serie de Matt LeBlanc ha decidido numerar, pero no titular sus capítulos.

Una palabra (como mucho dos)

Smallville es una de las series que vienen a la mente cuando pensamos en títulos de una sola palabra. La ficción sobre el joven Superman nos ayuda a identificar los episodios o bien con palabras sencillas (“Cool”, “Hug”, “Crush”, “Unsafe”, “Bound”), con palabras un poco más rebuscadas, que suenan ciertamente exóticas para los anglosajones (sufijos, prefijos y palabras de origen griego y latino como “Veritas”, “Hydro”, “Metallo”) o nombres propios (“Ryan”, “Zod”, “Lara”). Solo el episodio especial “Absolute Justice” tiene dos palabras en su título. House no sigue una fórmula férrea, pero la mayoría de sus títulos suelen estar formados por una palabra, o muy al estilo Tarantino, con dos (“Sex Kills”, “Skin Deep”, “Lucky Thirteen”, “Simple Explanation”, “House Divided”). En la primera temporada de The Good Wife también se usaba una sola palabra para los títulos de sus episodios (“Stripped”, “Unorthodox”). Nada raro hasta ahí. Si embargo, los capítulos de la segunda están formados por dos palabras (“Double Jeopardy”, “Silly Season”). Y los de la tercera, actualmente en emisión, por tres (“The Death Zone”, “Feeding the Rat”). Miedo nos da que la serie llegue a durar tanto como Urgencias.

Títulos crípticos

La reina de los títulos bizarros y en ocasiones indescifrables es el clásico Expediente X ( “Kitsunegari”, “Herrenvolk”, “Gethsemane”). Además, la serie de Chris Carter es quizás la que más rechaza por sistema la traducción de sus títulos, sobre todo porque el porcentaje de idiomas distintos al inglés utilizado es muy alto: “Sein und Zeit”, “Agua Mala”, “Je Souhaite”, “El Mundo Gira”, “Folie à Deux”. Sin embargo, aunque no lo parezca a primera vista, todos los títulos de Expediente X hacen referencia directa a la historia que cuenta el episodio en cuestión.

Por otro lado, Perdidos, a pesar de no jugar al título más raro como Expediente X, es conocida por esconder mensajes y autorreferencias, para lo que recurre en muchas ocasiones a frases o palabras repetidas a lo largo de la serie, haciendo así hincapié en la importancia capital de la continuidad: “Live Together, Die Alone”, “Man of Science, Man of Faith”, “Whatever Happened, Happened”, “What Kate Does”. Perdidos también es experta en inventarse títulos que no adquieren significado hasta que ha terminado el episodio (“Lockdown”, “The Man from Tallahassee”).

Conjunciones, artículos, preposiciones y demás

Una de las fórmulas más recurrentes es la de enlazar el título de la serie con el del episodio, de manera que cada capítulo incluya directa o indirectamente el título de la serie. En otras ocasiones, el título del episodio comenzará con una preposición, un artículo, una conjunción, o bien combinaciones gramaticales variadas. Veamos los ejemplos más conocidos.

Friends es indudablemente una de las series que más hondo han calado en nuestra cultura, y no solo por sus personajes y argumentos, sino también por la forma de titular sus episodios, siempre empezando con la expresión ‘The One’. Los capítulos de Friends son fácilmente reconocibles con tan solo echar un vistazo a sus altamente descriptivos títulos (“The One With the Sonogram”, “The One Where No One’s Ready”, “The One Where Everybody Finds Out”).

Todos los episodios de Scrubs comienzan con el posesivo ‘my’ (“My Bad”, “My Karma”, “My Super Ego”), permitiendo diferenciar los episodios especiales en los que la focalización varía, con el uso de otros pronombres (“His Story”, “Their Story”). Las misiones de Chuck se catalogan con el nombre del protagonista junto a la preposición’versus’ (“Chuck Versus the Intersect”, “Chuck Versus the Marlin”, “Chuck Versus the Suburbs”). Muchas otras series recurren sencillamente al artículo ‘the’ para todos sus episodios, por ejemplo The O.C. (“The Model Home”, “The Girlfriend”, “The End’s Not near, It’s Here”). Más recientemente, 2 Broke Girls usa la conjunción ‘and’ para complementar cada semana el título de la serie, sin el que los títulos aislados no tendrían sentido (“And the Rich People Problems”, “And the 90s Horse Party”). Por supuesto, ya lo habíamos visto antes. Por ejemplo en la comedia de Lea Thompson Los líos de Caroline, en la que, como ocurre con Chuck, sí se incluía en nombre de la protagonista en todos los capítulos (“Caroline and the Condom”, “Caroline and El Niño”).

Títulos musicales

La ABC tiene dos series en antena que comenzaron el mismo año (2004), y cuyos episodios se titulan como canciones o versos de canciones. En el caso de Mujeres desesperadas, todos los capítulos hacen referencia a algún musical. Más concretamente, casi todos provienen de alguna pieza compuesta por Stephen Sondheim (“Ah, But Underneath”, “The Ladies Who Lunch”, “Running to Stand Still”). Por otra parte, Anatomía de Grey utiliza canciones de género pop/rock, la mayoría muy conocidas (“Kung Fu Fighting”, “Sympathy for the Devil”, “I Will Survive”).

Nombres propios

Los episodios centrados en un solo personaje de un amplio cast de protagonistas son muy habituales desde que Perdidos lo convirtió en tendencia en la ficción televisiva de principios de siglo. Cada capítulo de la británica Skins se titula como el personaje en el que se centra (“Tony”, “Jal”, “Alo”, “Franky”), utilizando “Everyone” para las season finales en las que todas las historias convergen. Por otro lado, In Treatment nos permite asistir a las sesiones semanales de psicoterapia de un número de pacientes. Estos dan nombre a cada episodio, que además nos indica en qué semana de la terapia nos encontramos (“Sophie – Week Eight”, “Walter – Week Three”, “Frances – Week Six”).

Títulos POP

Hay series que ponen tanto esfuerzo en sus argumentos como en las obligadas referencias a la cultura popular que caracterizan a algunos géneros. La cadena CW parece haberse especializado en este tipo de ficción, apuntando con sus series adolescentes al target que más agradece los juegos de palabras en los que descubrir títulos de películas o frases hechas y expresiones de rabiosa actualidad (en muchas ocasiones vinculadas a fenómenos efímeros de origen en Internet). Los títulos de Gossip Girl juguetean con clásicos del cine cada semana: “Seventeen Candles”, “Desperately Seeking Serena”, “Southern Gentlemen Prefer Blondes”, “Petty in Pink”). Sin embargo, las que son posiblemente las mejores series estrenadas en esa cadena (cuando era UPN), Las chicas GilmoreVeronica Mars, abrieron la veda: “The Deer Hunters”, “Foregiveness and Stuff” o “Emily In Wonderland” son algunos títulos de la primera. “Ruskie Business”, “Mars vs. Mars”, “Leave It to Beaver”, “Cheatty Cheatty Bang Bang” lo son de la segunda. Aunque la tendencia actual sea hacer referencia a clásicos (o no tan clásicos) del cine y la música, los juegos de palabras (pop o no) en los títulos de las series siempre fueron muy habituales. Sexo en Nueva York, por ejemplo, tomaba refranes, frases populares o expresiones hechas y les daba el toque picante que definía a la serie (“No Ifs, Ands, or Butts”, “What’s Sex Got to Do With It?”, “Great Sexpectations”).

Los diálogos aportan el título

Una de mis técnicas favoritas es la que consiste en extraer una frase de algún diálogo para formar el título del episodio. Me proporciona una curiosa satisfacción llegar a ese momento en el que descubres quién es el personaje que pronuncia esa frase, en qué contexto ocurre y a quién se dirige. Damages utiliza esta fórmula, y gracias a la constante tensión que desprenden los diálogos de la serie, sus títulos son especialmente potentes (“And My Paralyzing Fear of Death”, “Do You Regret What We Did?”, “They Had to Tweeze That Out of My Kidney”). Uno de los nuevos estrenos de la temporada, Ringer, también sigue este patrón (“If You Ever Want a French Lesson”, “It’s Gonna Kill Me, But I’ll Do It”, “A Whole New Kind of Bitch”). No solo es divertido escuchar la frase durante el episodio, sino que aumenta considerablemente la expectación antes de verlo.

Otras tendencias

Como decíamos al comienzo de la entrada, el número de posibilidades a la hora de dar título a los episodios es infinito. La originalidad de la propuesta es en muchas ocasiones directamente proporcional a la singularidad de los títulos. Por ejemplo, la revolucionaria 24, narrada a tiempo real en temporadas de 24 episodios que cubren un día completo, organiza sus temporadas haciendo corresponder cada hora completa con un episodio. Sin embargo, no todas las temporadas comienzan a la misma hora, por lo que todo puede resultar muy confuso (por ejemplo, el episodio titulado “Day 2: 10:00 P.M. – 11:00 P.M.” sería el 2×15, pero “Day 4: 10:00 P.M. – 11:00 P.M.” sería el 4×16). La protagonista de Wonderfalls trabaja en una tienda de souvenirs de las cataratas del Niágara. Su vida cambia cuando los objetos inanimados se empiezan a comunicar con ella. Cada episodio se centra en uno de esos objetos, dándole además título (“Pink Flamingos”, “Lying Pig”, “Totem Mole”). En The Big Bang Theory, todos los capítulos tienen por nombre una teoría, un experimento o un principio científico con el que se relaciona la trama (“The Dumpling Paradox”, “The Friendship Algorithm”, “The Bozeman Reaction”). Por último, los 70 episodios de la serie de Showtime The L Word comienzan con la letra ‘L’ (“L’Ennui”, “Limb from Limb”, “Lobsters”), sin excepción.