Mi verano de serie (Primera parte)

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El verano se acaba, y con él los días de libertad. No solo para aquellos que regresan a la rutina laboral o estudiantil después de unas merecidas vacaciones, sino también para los seriéfilos que hemos aprovechado la tranquila temporada estival para ponernos al día con nuestras series. Las altas temperaturas, la escasa oferta cultural y la cartelera más pobre que se recuerda en varios veranos han contribuido a que muchos nos quedemos en casa pegados a la(s) pantalla(s). Aunque la verdad es que no nos hacen falta esas excusas para hacerlo.

Hace unos años, el verano era sinónimo de sequía catódica. Tanto en Estados Unidos como en España, las cadenas suelen programar repeticiones o volcar series de relleno o de menor prestigio en su parrilla. Pero de un tiempo a esta parte, los veranos también albergan series de calidad y productos que no palidecen ante los estrenos de temporada alta. En la era de la Peak TV no hay descanso para el seriéfilo, como ha demostrado sobre todo la poderosa presencia de Juego de Tronos Twin Peaks. Aun así, la cosa sigue estando más serena en los meses de julio y agosto, lo que me ha permitido alternar estas y otras ficciones de estreno con series que llevaba tiempo queriendo ver/continuar/terminar. En algún caso, más de una década.

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Aunque los termómetros nos contasen otra historia, este verano ha sido el más invernal de la historia. Juego de Tronos ha acaparado casi toda la conversación seriéfila de los últimos dos meses. La serie de HBO ha batido récords de audiencia y nos ha tenido en vilo durante siete semanas en las que se ha librado una batalla campal no solo en Poniente, sino también entre sus divididos fans en Internet. Yo ya expresé mi opinión sobre la “nueva” Juego de Tronos en este artículo para eslang, y he hablado tanto del tema en redes sociales y en la vida real que lo doy por zanjado hasta que la serie vuelva con su última temporada. Antes, solo una cosa: FINALAZO. No, espera, dos: CULAZO.

El buque insignia de HBO se ha hecho tan grande que apenas ha dado oportunidad al regreso televisivo más importante de los últimos años (de la historia si me apuras), el de Twin Peaks. Sobre los primeros capítulos del revival de la serie de David Lynch y Mark Frost ya hablé largo y tendido aquí, y lo cierto es que, dos meses después, me reafirmo en todas y cada una de las palabras que escribí.  Si estas últimas semanas han servido para algo es para recordarnos que no hay (y no habrá nunca) nada como Twin Peaks, ni nadie como David Lynch. La recta final de “The Return” está siendo monumental, una descarga eléctrica para los sentidos en la que no está faltando el magnífico humor lynchiano, el terror más inquietante o la emoción a flor de piel. Y es que Lynch sabe cómo jodernos la cabeza, cómo provocarnos pesadillas, pero también cómo enternecernos y hacernos llorar (“Goodbye, Margaret”). A falta de ver el final de “The Return”, solo me queda darle de nuevo las gracias por todo lo que me ha dado este verano, y toda la vida.

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Otra serie de estreno que he llevado al día este verano es Preacher, la ficción de AMC que adapta (libremente) el cómic de Vértigo, y que en su segunda temporada ha dejado el pueblo de Annville para emprender un viaje en carretera y poco después reubicarse en Nueva Orleans. La primera temporada de Preacher estuvo bastante bien, pero en realidad no fue más que un largo preámbulo, una introducción a la serie que este año por fin ha empezado. Esta temporada tiene más humor, más acción y una trama más retorcida y cercana a los cómics, pero a pesar de esto sigue sin encontrar su voz del todo. Aunque empezó con buena letra, la serie ha vuelto a quedarse estancada y perder un poco el norte, con capítulos que difieren bastante en calidad (está claro que es hora de dejar Nueva Orleans), pero su continuado empeño en sorprender y provocar, y sobre todo la presencia de Joe Gilgun, hacen que salga siempre a flote. El vampiro Cassidy es lo mejor de Preacher y mientras él esté en la serie, no importa tanto que esta no logre ubicarse.

Este verano también ha sido el de The Defenders, el esperadísimo crossover de las series de Marvel y Netflix que se ha saldado con un recibimiento más bien tibio por parte de crítica y público, y ha sido eclipsado en la conversación online por Juego de Tronos. En mi entusiasta crítica a los primeros cuatro episodios os conté lo mucho que había disfrutado la primera mitad de la serie, pero vista entera, he de reconocer que pierde fuelle a medida que avanza, y termina con un desenlace correcto pero demasiado light para toda la expectación que había depositada en ellaThe Defenders ha sido más bien como una temporada breve de Daredevil, solo que con el aliciente de ver a los superhéroes juntos en pantalla. Aun así, yo la he disfrutado mucho. Me ha parecido entretenida, compacta (qué bien que no haya apenas relleno), repleta de buenas secuencias de acción y peleas para quitarnos el mal sabor de Iron Fist, y con Jessica Jones siendo básicamente lo mejor. Puede que esperásemos más, pero se ha mantenido fiel al estilo de las series individuales y nos ha dado un producto final más que digno. Ah, una cosa más: no sé vosotros, pero yo sigo esperando a que ese ascensor caiga…

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La comedia también ha tenido cabida en mis tardes pegado al televisor y al aire acondicionado. El verano empezó con GLOW, serie de las creadoras de Orange Is the New Black (por cierto, qué atrasada la llevo y qué pereza me da retomarla) que no ha sido un knockout en su primera temporada, pero tiene potencial de sobra para serlo más adelante (os cuento más aquí). De Netflix también he visto Wet Hot American Summer: Ten Years Later, y me ha parecido la mejor entrega de esta saga absurda y excesiva hasta la fecha. Nunca fui fan de la película (como muchos otros, descubrí su existencia a raíz de que Netflix anunciara su precuela en forma de serie), y a pesar de sus puntazos, First Day of Camp no me hizo demasiada gracia, pero esta secuela ha subido el listón y me lo he pasado en grande. Merece una mención especial ese magnífico desenlace con 80 finales falsos. Deliciosamente meta.

People of Earth ha vuelto con su segunda temporada, y aunque le pasa como a Brooklyn Nine-Nine, que no logra sacar todo el provecho que debería a su premisa, es una serie muy curiosa que merece un poco más de atención. Teniendo detrás a los responsables de The OfficeParks and Recreation, sorprende que esta serie no sea tan abiertamente cómica y ponga más énfasis en el misterio y el drama de los personajes, pero supongo que es lo que pide la historia. Podría ser más interesante, pero es lo suficientemente buena y original como para mantenerme enganchado, y totalmente recomendable para los fans de las series mencionadas. Un buen acompañamiento para otra comedia reciente de similares características, The Good Place.

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Y hablando de enganches… Tenemos que hablar de Younger, comedia del creador de Sexo en Nueva York, Darren Star, que va ya por su cuarta temporada y que estoy seguro de que a muchos y muchas os encantaría si supierais de su existencia (para eso estamos aquí). La historia va sobre una madre divorciada de 40 años (la gran Sutton Foster) que se hace pasar por millennial para conseguir trabajo en una importante editorial de Nueva York y debe mantener su fachada de veinteañera para evitar quedarse en la calle. Dejémoslo claro, Younger es una gran tontería, pero es de esas tonterías que le alegran a uno el día, ya sea por su humor desenfadado y picante, por sus adictivas tramas románticas o por la agradecida presencia del encantador Nico Tortorella, siempre dispuesto a quitarse la camiseta y siempre exudando química con cualquiera que se le ponga por delante. Younger es la definición del (mal llamado) placer culpable, un dulce que no amarga a nadie y que siempre apetece.

También me he puesto al día con otras comedias más “serias”, o más de prestigio, que al fin y al cabo son sinónimos (“¿Desde cuándo las comedias son dramas de 30 minutos?”-Billy Epstein). Insecure, la serie de HBO creada por Issa Rae, está arriesgando más y como consecuencia dejándonos una tanda de capítulos más irregular que el año pasado. Algunos alcanzan cotas altísimas de brillantez y otros (como el de la mamada) nos muestran que todavía le queda para afianzarse. Aun con todo, Insecure es una de las series más frescas, divertidas y atrevidas que hay actualmente en antena.

Todo lo contrario que Casual, una de esas dramedias sobre treinta y cuarentañeros a la deriva que no ofrece absolutamente nada que no hayamos visto en cientos de ocasiones. Lo siento, Casual, pero no eres tan profunda e interesante como crees. Dentro de este mismo subgénero se encuentra Amigos de la universidad, y aunque esta opinión va a ser impopular, me parece bastante superior a Casual, sobre todo porque es menos pretenciosa. Sí, es tremendamente inconsistente y un caos tonal, pero también lo suficientemente divertida como para verla en una o dos sentadas con facilidad, y además, tiene un reparto fantástico. Netflix la ha renovado para una segunda temporada y no os voy a engañar, tengo ganas de seguir conociendo a este tóxico sexteto de adultos estancados y ver en qué disfuncionales aventuras se meten el próximo verano.

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Para terminar, tengo que recomendar encarecidamente otra comedia, Difficult People, una joya absoluta que por desgracia todavía no emite ninguna cadena o plataforma en España (lo cual se entiende, porque es una serie muy localista y llena de referencias a cosas poco conocidas fuera de Estados Unidos). Creada por Julie Klausner y protagonizada por ella y Billy Eichner (aquí rebajando el histrionismo de su trabajo en Parks and Recreation Billy on the Street), Difficult People es actualmente la comedia más irreverente, salvaje y cáustica que hay en televisión. Klausner y Eichner dan vida a dos cómicos en paro que intentan triunfar en la escena neoyorquina, pero se autoboicotean constantemente con su actitud ponzoñosa y despreciable. Ellos se han definido en varias ocasiones como Will y Grace, pero en peores personas (que ya es decir, porque Will y Grace son bastante lo peor), y no podía ser una descripción más certera. Klausner y Eichner no dejan títere con cabeza con sus venenosas pullas a los famosos (Woody Allen, Ryan Murphy y Kevin Spacey se llevan golpes sin piedad en casi todos los capítulos) o sus críticas a otras series y películas (Julie escribe recaps de televisión, así que imaginaos), haciendo de la serie uno de los análisis más sinceros y certeros de la cultura popular. Claro que puede que a mí me guste tanto porque en el fondo me veo reflejado en ellos. Quizá no sea algo de lo que presumir, pero Difficult People es todo lo que se me pasa por la cabeza hecho serie, y Julie y Billy son la voz de mi peor yo, lo cual resulta en una experiencia televisiva egocéntrica y divertidísima.

Hasta aquí mi primera parte del repaso a las series que he visto estos meses. Sí, han sido tantas que me he visto obligado a dividir el especial en dos partes para no desesperaros. En breve publicaré la segunda parte. Mientras, contadme qué series habéis visto vosotros para evitar salir a la calle y/o socializar este verano.

The Defenders (Episodios 1-4): La paciencia es la clave de la victoria

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En 2012 asistimos a uno de los acontecimientos más esperados del cine moderno, la reunión de los superhéroes de Marvel en Los Vengadores, el gran crossover en el que culminaban más de cuatro años de aventuras individuales, cerrando así la Fase 1 del Universo Cinemático Marvel. Pero aquello fue solo el principio. Mientras en el cine estamos inmersos en la Fase 3, la televisión desarrolla su propia versión de Los Vengadores, una réplica más, digamos, modesta, de los Héroes Más Poderosos de la Tierra. Justicieros que operan a nivel de calle y se enfrentan a amenazas menos grandiosas, pero igualmente peligrosas, y que habitan una zona más oscura y adulta de este universo de ficción.

Son Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist, cuatro humanos con poderes especiales a los que hemos conocido en sus respectivas series de Netflix, y que por fin forman equipo en el crossover televisivo más esperado de los últimos tiempos, The Defenders. Cuatro series, cinco temporadas (recordemos que de momento solo hemos visto la segunda de Daredevil), 65 capítulos. Todo confluye aquí, en el acontecimiento catódico del verano. El camino hasta llegar a The Defenders no ha sido todo lo llano que esperábamos. La calidad de las series individuales ha diferido bastante, con las dos primerasDaredevil Jessica Jones, llevándose el mayor beneplácito de la audiencia, Luke Cage dejando más indiferente en general, y Iron Fist recibiendo las peores críticas del Universo Marvel. Aun así, el descenso en calidad no ha sido suficiente como para mermar las ganas de ver a estos cuatro superhéroes juntos en acción.

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Para cuando vemos a los cuatro ocupando el mismo plano en The Defenders, se nos olvida todo el relleno que hemos tenido que ver para llegar ahí y nos duele menos haber visto Iron Fist. De hecho, junto a Daredevil, la serie del Puño de Hierro es la más importante para seguir la trama central de The Defenders, directamente relacionada con la organización malvada La Mano y los poderes místicos de K’un-Lun. Así que, os haya gustado o no Iron Fist, no os arrepentiréis de haberla visto. Por mi parte, después de ver los cuatro primeros episodios de The Defenders, no solo me alegro de haber visto todas las series de Marvel/Netflix, aun con sus defectos, sino que he empezado a ver a Danny Rand de otra manera.

Como decía, solo he visto la primera mitad de The Defenders (lo que Netflix ha puesto a disposición de la prensa antes del estreno), pero ha sido suficiente para hacerme una buena idea general de lo que es la serie y despertar aun más el apetito por ver el resto. The Defenders cuenta tan solo con ocho capítulos, y aunque a priori se antoje escaso para encajar tantos personajes y tramas, lo cierto es que el resultado final no da la sensación de estar demasiado abarrotado o acelerado. Al contrario, la serie no podía ser más continuista en tono y ritmo, solo que ahora hay menos minutos que llenar, así que la historia se vuelve más compacta y no pierde el tiempo yéndose tanto por las ramas.

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The Defenders comienza con nuestros héroes separados, cada uno en su parcela de realidad de la ciudad de Nueva York. Y no podía ser de otra manera. Aunque nosotros los conocemos a todos, ellos aun no han sido presentados oficialmente (con excepción de Luke y Jessica), así que es lógico que tardemos un poco en ver al equipo tomando forma. En este sentido, los showrunners, Douglas Petrie y Marco Ramirez (afortunadamente, son los responsables de Daredevil los que toman las riendas del crossover), hacen un trabajo excelente estructurando la serie y dibujando la historia para llevarla hacia el emocionante encuentro. Al principio, The Defenders es cuatro series en una. Las respectivas apariciones de cada personaje reproducen el estilo visual, el color característico (rojo-azul-amarillo-verde) y la banda sonora de sus series individuales, así como continúan sus argumentos justo donde los dejó cada una. Esto puede ser chocante al principio, pero funciona, porque el espectador está perfectamente familiarizado con el lenguaje de cada serie, lo que le permite darle cohesión a todo en su cabeza.

A medida que The Defenders avanza, las tramas separadas se van entrelazando, los personajes secundarios de cada serie se empiezan a conocer, y poco a poco, los mundos de cada uno de ellos se van fusionando en uno solo, la Nueva York de los Defensores. Es un proceso que se cuece a fuego lento, pero que compensa enormemente cuando en el tercer episodio por fin vemos a los cuatro protagonistas compartiendo el mismo espacio y viéndose obligados a unir fuerzas por primera vez en la tradiconal y espectacular secuencia de lucha en el pasillo, una de las señas de identidad más distintivas de este universo televisivo. Para entonces, uno se da cuenta de que la espera ha merecido la pena. Vaya si ha merecido la pena.

The Defenders supone una mejora enorme con respecto a la serie que la precede inmediatamente, Iron FistEn la serie colectiva, el listón vuelve a subir. Los secundarios no solo no son una distracción de lo que de verdad nos importa, sino que aportan bastante a la historia (ayuda que se hayan traído a los que más nos interesan y se hayan dejado atrás a los eslabones más débiles), las interpretaciones de los protagonistas están más inspiradas, los diálogos son mejores, las coreografías de acción vuelven a brillar como en Daredevil, la cámara se mueve con más agilidad, se puede detectar más creatividad en los planos, en el montaje (hay unas cuantas transiciones entre las dispares tramas y estilos que son bastante ingeniosas), en el uso del color, y por último, hay más humor. Y es mejor.

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En este sentido, la presencia de Krysten Ritter como Jessica Jones es esencial. Sus chascarrillos sarcásticos funcionan como audiocomentario, apuntando a lo absurdo de la historias de cada héroe y la situación en la que se ven envueltos. Y aquí está lo mejor: Danny Rand se convierte en el hazmerreír del grupoThe Defenders presenta al personaje desde una perspectiva menos seria, y lo convierte en el saco de golpes de sus compañeros, sobre todo de Jessica y Luke. Desde su violento primer encontronazo, Finn Jones y Mike Colter muestran una química sorprendentemente buena, haciendo que Iron Fist y Luke Cage se conviertan en el dúo dinámico de The Defenders. Ver a Jessica pegando cortes a Danny es genial, pero ver a Luke metiéndose con su privilegio blanco o recriminándole su actitud de niño pequeño a la vez que le coge cariño es uno de los puntos fuertes de la serie.

Pero hay mucho más. No faltan los easter eggs (cuidado, que hay que prestar atención para ver el cameo de Stan Lee), las referencias a los cómics (Luke y Danny conversando mientras comen comida china), los divertidos one-liners de Jessica, hay un componente de misterio que recorre toda la trama y engancha, y por supuesto, buenas dosis de acción en todos los capítulos. Mención aparte merece el gran villano de la temporada (con permiso de la omnipresente Madame Gao), en este caso villana, Alexandra, interpretada por la excelsa Sigourney Weaver. Al principio puede parecer que estamos ante otra malvada corporativa (y hasta cierto punto lo es), lo que puede resultar decepcionante o aburrido para los que esperábamos algo más grande, pero Alexandra es más similar a Wilson Fisk que a cualquier otro villano de estas series, una mujer poderosa e influyente que esconde un as en la manga, un plan que podría desembocar en la mayor amenaza a la que se han enfrentado nuestros héroes. Hasta ahora se han visto las caras con enemigos relativamente más pequeños, pero como The Defenders, la escala del peligro aumenta, y estos deberán superar sus diferencias y aprender a trabajar juntos para enfrentarse a un reto más propio de Los Vengadores, un posible Apocalipsis en Nueva York.

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Los primeros cuatro episodios de The Defenders dejan ver una serie sólida, bien estructurada y segura de sí misma, con un acertado equilibrio entre acción y desarrollo psicológico de personajes (el odio de Jessica hacia su naturaleza superhumana, la desconfianza de Matt, el odio de Luke causado por la discriminación a su raza, todo esto es una fuente muy rica de drama, conflicto y humor). Pero nada se puede comparar al placer y la emoción de ver a estos personajes por fin juntos y comprobar la química que tienen como grupo. Puede que al principio The Defenders no esté a la altura del hype, al fin y al cabo, no es Los Vengadores, sino una continuación orgánica de las series anteriores, pero una vez ajustamos nuestras expectativas, hay muchísimo que disfrutar en ella. A falta de ver la segunda mitad, para la que estoy seguro de que se han guardado lo mejor, puedo confirmar que el Capitán América tiene razón. La paciencia recompensa.

Iron Fist: El cuarto en discordia

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La llegada de Daredevil a Netflix en 2015 supuso el emocionante inicio de una nueva facción televisiva del Universo Cinemático Marvel, réplica más oscura y violenta a las coloristas películas de los superhéroes de La Casa de las Ideas que, a pesar de distanciarse en tono y estética, tomaban prestado de ellas el mismo plan narrativo. Cuatro series individuales que nos presentarían a cuatro superhumanos y sus respectivos microuniversos por separado para posteriormente fusionarlos en un gran evento televisivo similar al de Los Vengadores, el crossover The Defenders.

Sin embargo, la expectación por este acontecimiento se ha visto algo empañada por el descenso gradual en calidad de las series de Marvel y Netflix, algo que se ha notado especialmente en las dos últimas, Luke Cage, y en especial la que hoy nos ocupa, Iron Fist. La serie sobre el Puño de Hierro aterrizó en la plataforma precedida de las peores críticas a las que se ha enfrentado Marvel en su etapa moderna, y de una fuerte polémica en torno a la elección del actor protagonista, el británico Finn Jones (Juego de Tronos). Marvel optó por mantenerse fiel a la historia original y contrató a un actor blanco para dar vida a Danny Rand, despertando acusaciones de whitewashing (a pesar de que el personaje de los cómics es caucásico) y desatando la ira de aquellos que habrían preferido a un actor asiático para el papel. Está claro que, hagas lo que hagas, no puedes contentar a todo el mundo.

Aunque es cierto que de los cuatro actores principales del Universo Callejero de Marvel, Jones es el eslabón más débil, el casting no es lo peor de la serie. Controversias aparte, la primera temporada de Iron Fist, creada por Scott Buck (entre otras cosas, showrunner de la infame segunda mitad de Dexter y la vapuleada Inhumans), no es tan horrible como sus sañudas críticas se empeñaron en decir, pero sí arrastra todos los problemas de las series de Marvel para Netflix, y añade unos cuantos más, haciendo que la primera fase de The Defenders acabe menos por lo alto de lo que nos habría gustado.

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Siguiendo con la idea de diferenciar cada serie de The Defenders dándole su estilo propio inspirado en diferentes géneros cinematográficos (Daredevil era un violento thriller legal, Jessica Jones un noirLuke Cage bebía del blaxploitation de los 70), Iron Fist se construye como un homenaje al cine de artes marciales, concretamente a las cintas de los 80 y 90, en las que, precisamente, un héroe blanco entrenaba para convertirse en un gran luchador. Nuestro protagonista es Danny Rand, un multimillonario heredero que regresa a Nueva York tras muchos años desaparecido. Dado por muerto, en realidad ha estado todo este tiempo en la fortaleza mística de K’un-Lun, situada en las montañas del Himalaya, donde se convirtió en un experto en Kung-fu y desarrolló el poder del puño de hierro. A su vuelta, Danny deberá recuperar su legado familiar mientras se enfrenta a los criminales de la ciudad de Nueva York y, junto a nuevos aliados como Colleen Wing (Jessica Henwick) o Claire Temple (Rosario Dawson), descubrirá los secretos más oscuros de La Mano, la organización secreta que conocimos en Daredevil.

Iron Fist no empieza mal. De hecho tiene una primera mitad bastante resultona y entretenida, sobre todo si no le exigimos demasiado y aceptamos que vamos a ver otra historia de orígenes que no ofrece nada nuevo. Si nos han gustado las entregas anteriores, es fácil encontrar alicientes para disfrutar esta, pero la serie no tarda en perder fuelle y dejar que afloren muchos de los defectos de sus tres predecesoras. En primer lugar, Iron Fist también sufre de un claro exceso de duración. A las anteriores series de Marvel/Netflix no les habría venido mal tener tres episodios menos o capítulos más cortos, y esta no es una excepción (de hecho le sobra el episodio 11 entero, y dos o tres tramas secundarias). En consecuencia, el ritmo va a trompicones y la historia divaga y se repite en varias partes de la temporada, quedando lastrada por mucho relleno, diálogos insustanciales y una estructura muy desorganizada. Por otro lado, de nuevo tenemos el problema de los secundarios. Colleen es de lo mejor de la serie, pero no se puede decir lo mismo de la familia Meachum. Este grupo de personajes tan poco interesantes ocupa un tercio de la serie con soporíferos conflictos familiares y empresariales que la alejan del género superheroico para acercarla al drama corporativo y las sagas de dinastías poderosas, aumentando así la sensación de que nos están dando gato por liebre.

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Además, está otra vez la cuestión de los villanos. Olvidaos de Wilson Fisk o KilgraveIron Fist se asemeja más a Luke Cage en materia de malvados. En lugar de molestarse en construir un antagonista con enjundia, la serie prefiere cantidad por encima de calidad, con varios enemigos desprovistos de carisma, que van y vienen o evolucionan de forma atropellada (Harold Meachum es hasta peor que Diamondback). Y por su eso fuera poco, vuelve a incurrir en el aburrido tópico de los ejecutivos corruptos y los malos vestidos de traje. Menos mal que tenemos a la temible Madame Gao (Wai Ching Ho). Porque ni siquiera esta vez nos ayuda mucho Claire Temple. El personaje de Rosario Dawson es el pegamento que mantiene unidos a Los Defensores, pero en la primera temporada de Iron Fist no le dan mucho que hacer, y eso que tiene más tiempo en pantalla que en el resto de series de Marvel. Nuestra enfermera favorita pasa sin pena ni gloria por el mundo de Danny Rand (viéndola en la serie, parece que va a bostezar en cualquier momento), y desaprovechar así a Dawson debería estar penado.

En cuanto al estilo, Iron Fist tampoco consigue destacar por encima de sus hermanas. Sí, se diferencia con un score electrónico a base de sintetizadores que nos transporta directamente al cine fantástico y de acción de los 80, pero poco más. El resto de la serie no tiene demasiada personalidad o identidad estética, así como tampoco se distingue por sus coreografías de acción o set pieces, que es donde una serie de Kung-fu debería sobresalir. En la primera temporada no falta la ya tradicional pelea en un pasillo, y afortunadamente es tan buena como las anteriores, pero al resto de combates cuerpo a cuerpo son bastante pobres, le falta brío, inventiva, y sobre todo técnica (¿Habéis visto lo mal editadas que están las escenas de lucha? ¿Habéis contado cuántas veces se le ve claramente la cara al doble de Jones?), aunque mejoren ligeramente en la recta final de la temporada. Es una pena ver cómo estas series ha ido bajando el listón de la acción, sobre todo cuando es tan importante. Todas ellas se han quedado por debajo de Daredevil en este aspecto.

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Hay un truco para sobrellevar mejor la mediocridad de Iron Fist: no tomarse a su protagonista muy en serio (algo que parece que están empezando a explotar desde el departamento de marketing de Marvel y Netflix, para darle la vuelta a las malas críticas y usarlas a su favor). Danny es un pringao, un niño, como le dice Madame Gao. Llega a Nueva York creyéndose el rey del mambo, pero no es más que un crío ingenuo que toma malas decisiones y al que rara vez le salen bien las cosas. Precisamente lo que le falta a Iron Fist es un poco más de sentido del humor, chistes que saquen partido del accidentado aprendizaje de Danny, que será un maestro en artes marciales, pero le queda mucho para ser un adulto y saber moverse en el mundo real (le deberían haber caído más palos por enterao). De esta manera, todo el mansplaining, el whitesplaining, la apropiación cultural, el endeble trabajo interpretativo de Jones o los abundantes clichés de la historia se podrían ver desde otra perspectiva. O no. Quizá la serie cambie de aires en la segunda temporada (debería), en la que Scott Buck será sustituido como showrunner por Raven Metzner (guionista de Elektra y productor de las series Falling Skies Sleepy Hollow). Pero por ahora, Iron Fist es el primer gran traspiés de la Marvel callejera, la prueba que hay que superar (a mí me ha costado meses) para llegar a The Defenders.

Pedro J. García

Jessica Jones: Otra clase de heroína

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¿Qué hace al superhéroe? Si nos fijamos en la superficie, lo primero que viene a la mente es su traje, su máscara o el arma o armas que usa para luchar. Pero, ¿qué pasa si el superhumano en cuestión no lleva uniforme o no oculta su cara cuando está salvando la ciudad? Esta es una de las cuestiones que definen a la nueva superheroína del Universo Cinemático de MarvelJessica Jones. ¿Qué diferencia a Jessica del resto de los humanos? ¿Qué es un superhéroe y cómo se debe comportar? Las series del UCM, especialmente Daredevil, nos han presentado un tipo de superhéroe más humanizado e imperfecto, menos anclado en la tradición comiquera del superhéroe pop, personajes con más capas (de las otras) que conviven a diario con otra clase de héroe más mundano (la enfermera, el policía, un amigo fiel). Liderando una serie transgresora y diferente en muchos aspectos, Jessica Jones se une a las filas de Marvel para seguir poblando y enriqueciendo esa parcela más sombría de La Casa de las Ideas que inauguró en Netflix El hombre sin miedo.

Después del rotundo éxito de la serie sobre Matt Murdock, todas las miradas estaban puestas sobre Jessica Jones. El espectador necesitaba regresar a los callejones y bares de mala muerte de Hell’s Kitchen, el peligroso barrio de Nueva York que ni Capitán América ni Thor se plantean pisar, para seguir conociendo a los personajes que conformarán el supergrupo llamado Los Defensores en la popular plataforma de vídeo. Pero, ¿quién es Jessica Jones? La serie de Netflix, creada por Melissa Rosenberg (guionista de Dexter o la saga Crepúsculo), está basada en Aliasel célebre y rupturista cómic de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos publicado en 2001, sobre una ex-superheroína que se gana la vida como investigadora secreta en su propia agencia, “Alias Investigations“, donde recibe casos de todo tipo, desde infidelidades a personas desaparecidas (la serie adapta muchas tramas y situaciones, y reproduce numerosos diálogos de las páginas, pero pronto emprende su propio camino al margen). Este imprescindible tebeo marca un antes y un después en Marvel Comics por su contenido para adultos y sin censura (Alias es el primer cómic de Marvel donde se pronuncia la palabra “fuck“), y de la misma manera, Jessica Jones (titulada así debido a la existencia de la serie de J.J. Abrams) supone un recrudecimiento del UCM, que encuentra en esta serie su vertiente más adulta y menos coartada por las normas de la empresa.

Jessica Jones Luke Cage

Al igual que DaredevilJessica Jones trata temas más maduros y a menudo escabrosos que sus primas cinematográficas. Si Daredevil elevaba las cotas de violencia y nos presentaba escenas de acción de una intensidad inusitada en Marvel, Jessica Jones continúa esta tendencia, algo menos centrada en la acción y más en la violencia psicológica, pero añadiendo además un factor completamente nuevo en el UCM: el sexo. Hasta ahora solo habíamos presenciado castos besos entre los héroes de Marvel y sus partenaires, y las referencias a su vida sexual no eran más que chascarrillos inocentes o bromas infantiles que quedaban en nada. Todo eso cambia en Jessica Jones. La tórrida relación de la protagonista con Luke Cage (el tercer superhéroe que tendrá su propia serie en Netflix) nos proporciona varias escenas de cama que hacen temblar los cimientos no solo del edificio donde vive la investigadora, sino también del Universo Marvel. Si a eso añadimos cuestiones comprometidas como la violación, el trastorno de estrés postraumático o las drogasJessica Jones se confirma como la serie más osada y sin concesiones de Marvel. Pero lo más importante es que estos elementos no se utilizan a la ligera (aquí el sexo no es un reclamo publicitario y la heroína titular no está hiper-sexualizada, es más, destaca por su “mal sentido de la moda” y su percha desgarbada), sino que forman parte integral del desarrollo de la historia y la caracterización de la protagonista.

A lo largo de los 13 episodios de la primera temporada de Jessica JonesKrysten Ritter ha demostrado ser una estupenda elección de casting para dar vida al personaje. La peculiar actriz ha destacado como secundaria en varias series (Breaking Bad, Veronica Mars), pero todavía tenía que probar que podía llevar el peso de una serie dramática sobre sus hombros (que podía llevar una comedia ya lo sabíamos, pero Apartment 23 no la vio nadie). Y con Jessica Jones ha superado el reto con nota. Aunque su interpretación sea eminentemente dramática, Ritter ha rescatado con acierto la dimensión más cómica y corrosiva del personaje tal y como lo escribió Bendis y dibujó Gaydos (la actriz capta la expresión de la Jessica de las viñetas perfectamente), para luego llevarlo un paso más allá. Jessica Jones está hasta el coño de la humanidad y así nos lo hace ver en todo momento. Se trata de una persona brutalmente honesta, huraña, alguien que no se considera un héroe y vive llena de sentimiento de culpa y desprecio por sí misma, sentimientos que ahoga en el alcohol. Esto da lugar a una heroína alternativa en el sentido más completo de la palabra, un personaje cuyas aristas sirven tanto para crear drama de peso como para generar estupendos momentos de comedia. Y Ritter ha sabido cómo equilibrar esta dualidad de su personaje para conmover en sus encuentros con Kilgrave o divertir en su día a día lidiando con el resto del mundo (lo que daría por recibir un corte de Jessica Jones). En este sentido hay que destacar lo bien que la actriz encaja con el resto de personajes en los diferentes ámbitos de la serie, ya sea mostrando un lado más tierno y relajado junto a su mejor amiga, Trish (Rachael Taylor), uno más agresivo ante la inmoral abogada Jeri Hogarth (Carrie-Anne Moss), una faceta más sensual a la par que autodestructiva con Luke Cage o la mayor de las vulnerabilidades (y también las fortalezas) enfrentándose al villano excelentemente interpretado por David Tennant.

Jessica Jones Kilgrave

Jessica Jones atrapa enseguida, aunque hay que decir que su relato es irregular y sus escenas de acción carecen de la fuerza y el impacto necesario (ya hemos dicho que la serie está menos centrada en las peleas que Daredevil, pero eso no es razón para descuidar las que hay). Narrativamente, la primera mitad de la temporada no puede evitar caer en el estiramiento y el relleno, dando la sensación de que no hay suficiente material para llenar una hora entera de cada capítulo (nos preguntamos si es necesario conocer tantos detalles de los secundarios que, en un principio, no aportan nada y no resultan interesantes). Sin embargo, los episodios 7 y 8 (“AKA Top Shelf Perverts” y “AKA WWJD?” respectivamente) marcan un claro punto de inflexión en la serie. Es entonces cuando las tramas que nos parecían descolgadas de la historia empiezan a converger y los personajes cuyo papel estaba difuminado comienzan a jugar un rol más activo y crucial en la serie. Pero sin duda, es el paso a primer plano del fascinante psicópata Kilgrave y por tanto la mayor presencia de Tennant en pantalla lo que contribuye a que Jessica Jones gane ritmo y empaque, y se marque una segunda mitad de temporada de órdago (está demostrado que el formato serial es el más idóneo para desarrollar satisfactoriamente a los villanos de Marvel). Es entonces cuando la serie decide no perder ni un minuto más y exprime al máximo la truculenta historia de Jessica y Kilgrave para profundizar en los temas que trata: los traumas familiares (en JJ, la familia biológica sale mal parada, mientras se celebra la fuerza de la familia creada), la necesidad de aprobación por parte de los demás, la dependencia emocional, la culpabilidad y otras emociones propias de las víctimas de agresión sexual, o la manipulación, quizá el mayor núcleo temático de la serie (aquí todos los personajes controlan o son controlados a algún nivel).

Lo que empieza como un noir marveliano (música, voz en off, tono, puesta en escena, todo sigue los dictámenes del género) con una protagonista que es una suerte de Veronica Mars con los poderes de Buffy Summers, se va transformando poco a poco en un absorbente thriller psicológico que no tiene miedo a adentrarse en los rincones más oscuros y sórdidos de las vidas de sus personajes. Jessica Jones sigue los pasos de Daredevil, pero puede llegar a ser más triste y nocturna, y apuesta por una heroína diferente, una más desastrada e irreverente, que no se entrena para luchar y evita usar la violencia en la medida de lo posible (ahí podría estar una explicación de por qué la serie carece de la contundencia física de Daredevil). Con Jessica Jones, Marvel empieza a compensar de verdad su déficit de mujeres protagonistas (Peggy Carter dio el primer paso, aunque todavía esperábamos a una superhumana con “cabecera” propia) a la vez que introduce el siguiente capítulo de su macrohistoria (la fructífera participación de Mike Colter nos hace esperar Luke Cage con más ganas si cabe) y solidifica su fracción televisiva, donde los héroes no son conscientes de que lo son y no lidian con invasiones extraterrestres o amenazas gobales, sino que deben hallar lo que los convierte en superhéroes defendiendo a los ciudadanos uno por uno y, sobre todo, enfrentándose a sus demonios (púrpuras) personales.