The Big C: Cathy Jamison, D.E.P.

Que la premisa de una serie de televisión sea llamativa y contundente es tan importante como que sea maleable y permita extender la historia a lo largo de los años. Si no se cuenta con esto, la serie corre el riesgo de caer en el temido estiramiento y el odiado relleno. Es lo que le ocurrió a The Big C en su segunda temporada, un problema que arrastró durante la siguiente y que solo dejaba una solución posible: concluir la historia. Llegar al final, que era de lo que se trataba desde el principio.

The Big C nos hablaba de Cathy (Laura Linney), una mujer diagnosticada con cáncer terminal cuya muerte inminente cambia por completo su percepción de la vida, así como la de aquellos a su alrededor. La dramedia de Showtime dio buenos momentos en su primera temporada, pero paradójicamente, mostró síntomas de fatiga una vez Cathy empezó a mejorar de salud (para luego recaer, para luego mejorar otra vez). No importa que esto sea posible en la vida real, en una serie de televisión no es más que dar rodeos. Y el espectador televisivo de hoy en día no está para rodeos. Por eso, Showtime decidió otorgar a la serie una última temporada de tan solo 4 episodios, disfrazando The Big C de miniserie -aunque en realidad la duración total es similar a la de la anterior temporada- que subtituló Hereafter. La protagonista entra así en la fase terminal de su enfermedad. Es la hora de la verdad. Que Cathy no sepa cuándo va a recibir la visita de la Señora Muerte pero nosotros sí tengamos una fecha fijada para asistir al encuentro hace sin duda que la serie suba varios enteros de calidad.

The Big C: Hereafter es lo que The Big C siempre debió ser. A lo largo de estos últimos cuatro episodios hemos comprendido la importancia de las historias individuales de los familiares y amigos de Cathy -aunque hayamos tenido que aguantar tanta sandez con sus tramas. El reloj hace tic tac y ella tacha uno a uno, como si fuera “la lista de la compra”, asegurándose de que serán felices después de su marcha. Lo más importante para ella es que cada uno tenga su final feliz, o su oportunidad de alcanzarlo cuando ella ya no esté para dirigir la orquesta. “The Finale” resulta reconfortante porque entona en todo momento el necesario “la vida sigue”. Porque es cierto. Pero la vida también se consume a nuestro alrededor, y debemos vivir con ello. Como dijo la doctora Jennifer Melfi en uno de los primeros episodios de Los Soprano, “Se nos ha otorgado el dudoso don de saber que vamos a morir”. La letra pequeña es que no sabemos exactamente cuándo ocurrirá. Y por eso Cathy nos regala la lección definitiva en este final, la que todos conocemos pero necesitamos que nos recuerden a diario: a vivir que son dos días. De hecho, las series llevan mucho tiempo cumpliendo este cometido en nuestras vidas. Aunque nosotros prefiramos pasar el tiempo viéndolas en vez de haciéndoles caso. Pero eso es otro tema.

Andrea se marcha a Nueva York para perseguir su sueño, Sean dona un riñón a un desconocido, y Adam ha completado todos sus créditos de secundaria para que su madre pueda verlo graduarse -sin duda la mejor escena del episodio. Cathy sabe -o confía en- que todos estarán bien sin ella. Incluso Paul, aunque en “The Finale” no consiga su final feliz como los demás. Cathy puede concentrarse en sí misma, en su marcha, en lo que viene después. Y ahora que ya ha soltado la mano de los que la quieren para seguir el camino ella sola, se encuentra con las dudas, la incertidumbre, el miedo. Después de considerar la eutanasia como opción -está claro que la serie no ha escatimado en lugares comunes-, y en su empeño por entender hacia dónde está a punto de marcharse, Cathy se encomienda a la fe. A las tres religiones más importantes, de hecho. De esta manera, The Big C opta por la conclusión más cómoda y pragmática, por un final edulcorado, emotivo, e incluso pseudo-fantástico, quizás las tres características básicas que han definido la serie hasta ahora. Un ángel toma la mano de Cathy y se la lleva al Cielo. El Cielo es una piscina de agua cristalina en la que se bañan Marlene y su perro. Si Cathy pudiera decirnos algo, sería algo así como “no os preocupéis por lo que viene después, vosotros coged un bañador”. Lucky us.

Cathy vs. Jackie

The Big C y Nurse Jackie concluyeron sus más recientes temporadas el pasado domingo. Las series hermanas de Showtime han contado este año con tandas reducidas de episodios: 10 en lugar de los 12 de rigor. Aunque parezca mentira, 12 también puede ser un número elevado de capítulos para una comedia de media hora, y con la tendencia de las cadenas de pago a imitar el modelo británico, las series se compactan cada vez más. El recorte beneficia a la enfermera Jackie, que va directa al grano para compensar la divagación de su olvidable tercera temporada, y prueba una vez más que la serie de Laura Linney lleva mucho tiempo agonizando, y eso que solo cuenta con tres temporadas.

Definitivamente, las series Showtime protagonizadas por mujeres andan de capa caída. La baja de Tara el año pasado, la nula repercusión de Web Therapy (Lisa Kudrow se esfuerza pero a nadie le importa), y los palos de ciego de Laura Linney solo pueden ser compensados por el regreso de Nancy Botwin, la Gran Dama Showtime. La que será la última temporada de Weeds cierra un ciclo para la cadena, y a tenor de los resultados de sus series ‘femeninas’, esperamos que reinventen la fórmula.

 

The Big C: Cathy debe morir

No debería sorprender a nadie -a los que siguen aguantando, por supuesto-, que The Big C continúe a la deriva. Su discurso pro-vida funcionó durante la primera temporada, pero este se diluía a partir de la recuperación de la protagonista. Su salud iba mejorando y la muerte quedaba cada vez más lejos, pero ella continuaba explorando la vida como si solo le quedasen dos días. Mensaje captado, muy bonito, pero es mucho mejor si va seguido de un “The End”. A la vez que aguantábamos las idas de olla de Cathy, los secundarios ganaban peso en la historia y su familia comenzaba a descolgarse de ella, obteniendo tramas secundarias independientes. Durante esta temporada, El Show de Laura Linney ha pasado a ser un programa de sketches en los que hemos asistido a los insípidos devaneos sexuales y románticos del hermano de Cathy -nunca una relación de tres personas fue tan poco interesante-, a la aburrida entrega de Adam a la fe cristiana, y sobre todo, al alienador éxito profesional de Paul.

Gracias al marido de Cathy, The Big C se ha convertido literalmente en algo que debería ser solo implícito: un manual de autoayuda. Mediante el patrocinio de Joy -estrella invitada de lujazo Susan Sarandon-, Paul reorienta su vida y se convierte en gurú. De esta manera, cada episodio se transforma sigilosamente en un discurso motivador que ilustra el recorrido vital de la protagonista, a la vez que distancia al matrimonio, y nos invita a celebrar nuestras existencias al son de cánticos sectarios. Lo dicho, esta serie debería haber acabado en su primera temporada. El último episodio, “Fly Away”, constituye una torpe y facilona alegoría sobre la esperanza y la fe -con experiencias cuasi-místicas y lecciones morales para aburrir-, pero también nos presenta el prospecto de la próxima temporada: los tumores de Cathy están creciendo de nuevo y la muerte acorta distancias. Por lo tanto, volvemos al punto de partida. Una segunda oportunidad para hacerlo bien.

 

Nurse Jackie: What Would Jackie Do?

La enfermera Jackie nunca ha sido ‘santa’ de mi devoción, pero he de reconocer que tanto ella, como su magnífica troupe, se han pasado la cuarta temporada en estado de gracia -la inmensa Gloria Akalitus lleva así desde la primera, todo hay que decirlo. Si Linney está cada vez más histriónica e irritante, Edie Falco ofece una interpretación más rica en matices que nunca, llevando con garbo el peso de una temporada de cambio.

El ingreso de Jackie en rehabilitación inaugura la cuarta temporada. Dura dos días, porque ella es más chula que nadie. Se agradece que a pesar de los cambios, Nurse Jackie no se haya convertido en una serie que no es. Con el All Saints bajo la autoridad de un nuevo director (Bobby Cannavale), Jackie debe marcar mejor su territorio, pero no es fácil cuando su vida personal se desmorona. Con todos sus secretos al descubierto, y un marido que no es que antes tuviera mucha personalidad, pero ahora se ha convertido en un robot villano cuya presencia se intuye pero no se ve, la protagonista está hasta arriba. Tentada a recaer en varias ocasiones y con las hormonas revolucionadas -atención, se echa a llorar porque Coop se ha metido con su pelo-, Jackie lucha contra la burocracia, y cuando no le queda más remedio, contra su marido, con la determinación que siempre la ha caracterizado, es decir, implacable e hija de puta (en el mejor sentido de la expresión). Pero esta vez, su fuerza proviene de un lugar más luminoso y la lleva por otro camino. ¿Quién está al mando? Jackie. Siempre lo ha estado. Y cuidado, porque ahora quiere ser feliz.

Su fiel ejército confirma la posición de poder de Jackie. Bajo el fuero de la enfermera prima el respeto mutuo y el compañerismo -menos cuando hay que delatar a alguien para “hacer lo correcto”. El recelo de Jackie con respecto a su vida da paso a una vulnerabilidad conmovedora -lo vemos por ejemplo cuando pide a Zoey que no se marche de su casa. En tiempos de necesidad, los compañeros se convierten en amigos, las relaciones se estrechan y el grupo se afianza -justo lo contrario a lo que ocurre con la dispersa familia de Cathy Jamison. Estos personajes reafirman sus lazos y empiezan a conocerse de verdad. Su apoyo es clave para la salvación de Jackie, pero en ella se esconde la voluntad última para escapar de su enfermedad y poner su vida en orden. En “Handle Your Scandal”, Jackie, liberada de mentiras asfixiantes, triunfa sobre sí misma. El mundo sigue en su contra, el karma es una putada, pero de momento, ella lo ha conseguido. De aquí a la beatificación.

The Big C: mi vida con Cathy

Hace tiempo que los 40 dejaron de ser la etapa crepuscular en la carrera de una actriz de Hollywood, para convertirse en la oportunidad de protagonizar una serie en Showtime. Desde el primer momento en el que nos adentramos en The Big C (en España Con C mayúscula), asumimos que estamos ante El Show de Laura Linney. Nancy Botwin, Jackie Peyton, Tara Gregson y ahora Cathy Jamison son las cuatro mujeres ‘de mediana edad’ que integran esa nueva corriente de comedia en Showtime, centrada principalmente en hablarnos de la familia tradicional desde el prisma ‘deformado’ de la cadena. Al igual que United States of Tara, The Big C nos cuenta la historia de una mujer enferma y de cómo su enfermedad afecta a su entorno y transforma las relaciones con su familia. Cathy Jamison es todo un personaje-en-bandeja para Laura Linney. La actriz hace lo que sabe, y lo hace bien, aunque con un personaje como este, que se ajusta a ella como un guante, es difícil distinguir dónde comienza y acaba el verdadero talento.

Como hiciera A dos metros bajo tierra hace una década, The Big C toma la muerte como pretexto para hablarnos de la vida. La muerte y la enfermedad sirven para construir un relato en su mayor parte luminoso y buenrollista, que dosifica hábilmente los momentos dramáticos. Con todo, la serie no deja de tener ese tufo aire a producción indie cinematográfica que bien podría estar perpetrada por una Rose Troche o un Rodrigo García -recordemos que ambos trabajaron en A dos metros bajo tierra. El sundancismo de finales de los 90 nos condujo hacia el corazón de los barrios residenciales norteamericanos y nos invitó a atravesar las vallas blancas y los céspedes perfectos, para convertir lo disfuncional en el nuevo ‘normal’. The Big C continúa claramente esta tradición, asentada en la ficción televisiva desde principios de los 90, y que Showtime ha convertido en marca de la casa.

A Cathy Jamison le acaban de diagnosticar un cáncer terminal. Mientras que la familia de Tara Gregson lleva toda la vida lidiando con la enfermedad de su mujer -trastorno de múltiple personalidad-, la de Cathy no tiene ni idea de lo que le ocurre. La primera temporada de The Big C recoge la fase inicial en la relación de la protagonista con su enfermedad. Y no es hasta los últimos episodios cuando la serie despega realmente. En concreto, es la pertinente bofetada que Marlene (Phyllis Sommerville) propina a Cathy -“Alguien me la tenía que dar”, dice ella- lo que impulsa el verdadero comienzo de la serie. Hasta ese momento, habíamos sido testigos de la progresiva pérdida de control de una persona que decide vivir al límite tras descubrir que le queda poco tiempo. Cathy explora sus posibilidades, y las lleva a las últimas consecuencias. Se despide así de la meticulosa mujer que ha llegado a resentir, y empieza a conocerse a sí misma. Mientras, el elenco de secundarios no hace más que orbitar a su alrededor sin función ni propósito. En la recta final de la temporada, Cathy deja de vivir por ella, y comienza a hacerlo por su familia. Al asumir que no está preparada para dejarlos aún, los secundarios cobran un nuevo sentido. Es entonces cuando The Big C recompensa al espectador que ha aguantado subtramas completamente olvidables durante un buen puñado de episodios. En el precioso final de temporada los lazos familiares se estrechan, asistimos a las reacciones ante la enfermedad de Cathy y empezamos a conocer de verdad a los personajes. Esto sí es La familia Showtime.

Pero entonces da comienzo la segunda temporada, y ¿qué ocurre? Que todo lo que se ha conseguido con los episodios anteriores se tira a la basura, y se opta por explorar y explotar esas tramas secundarias que no nos han importado en ningún momento y que no hacen más que desviar constantemente el relato hacia lo intrascendental. Da igual que algunas de estas historias se acaben relacionando con la enfermedad de Cathy, o que sirvan para ilustrar esa idea secundaria en la que insiste la serie -“todo el mundo está enfermo, nadie es normal”-, la mayor parte de la temporada puede considerarse el más puro e innecesario relleno.

It’s not the wine, it’s the people that you’re drinking it with (Lee)

Mientras la protagonista recibe tratamiento, el espectador tiene que aguantar el despertar sexual de su hijo -una prostituta dominatrix, ¿en serio?-, las diatribas a lo Andy Botwin de su hermano Sean -un fantasma en el ático, ¿en serio?-, y la insustancial relación de este con la ex mejor amiga de Cathy, Rebecca (Cynthia Nixon). Por si esto fuera poco, los personajes temporales se multiplican -yo creía que Parker Posey jamás haría algo que no me gustase, y me equivocaba-, generando sub-subtramas que desvirtúan enormemente la historia principal. Además de esto, las dosis de sexo como alivio cómico aumentan considerablemente, sumiendo la serie en un espantoso ridículo en varias ocasiones -ladillas en familia, ¡¿en serio?! The Big C se convierte así en Weeds, sin ser consciente de que solo Weeds puede ser Weeds. Al final, de una temporada de 13 episodios, lo realmente salvable puede reducirse a apenas una hora en total.

Y esa hora está formada prácticamente por todas las escenas que Cathy comparte con Lee -magnífico Hugh Dancy-, otro enfermo de cáncer que la acompaña en su viaje hacia el auto conocimiento, cubriendo el nicho que su familia no puede ocupar. Gracias a Lee, Cathy da la mano a la muerte y deja de tenerle miedo. Sin embargo, la ironía insiste en golpear a la protagonista, que tiene que ver cómo todos se marchan antes que ella. Alargar la vida de Cathy, y por tanto, estirar la serie, hace que esta corra peligro de perderse irremediablemente en su discurso. Sí, quizás The Big C habría tenido más sentido como una película de Sundance.