Crítica: Han Solo – Una historia de Star Wars

Decir que la producción de Han Solo: Una historia de Star Wars ha sido accidentada es quedarse corto. El anuncio del nuevo spin-off galáctico centrado en la juventud del personaje interpretado originalmente por Harrison Ford, así como la elección de Alden Ehrenreich (¡Ave César!) para sucederlo, no fueron noticias recibidas con entusiasmo unánime por parte del público. Pero eso fue solo el principio. Los rumores del descontento de Lucasfilm ante la película y el trabajo de su protagonista culminaron en el despido de sus directores, Phil Lord y Christopher Miller, a pocas semanas de finalizar el rodaje. Para sustituirlo al filo de la medianoche, Kathleen Kennedy pidió auxilio al bueno de Ron Howard, que en pocos meses tuvo que reconstruir la película casi por completo para que llegase a tiempo a su estreno en cines.

Han Solo: Una historia de Star Wars acude puntual a su cita en salas, y contra todo pronóstico, no es el descalabro que muchos vaticinaban. De hecho, nada más lejos de la realidad. Han Solo alza el vuelo gracias al buen hacer de Howard, que maneja los mandos del Halcón Milenario como si ya hubiera estado antes a bordo de la mítica nave. Con él, el spin-off adquiere un tono aventurero clásico y tradicional (cameos “howardianos” incluidos), seguramente opuesto al enfoque cómico y basado en la improvisación de sus primeros directores. El resultado es una película de Star Wars que se siente como tal, que discurre por terrenos muy familiares y recupera el espíritu clásico de la saga, aunque esto conlleve que también sea más impersonal.

La cinta narra la historia de orígenes del famoso contrabandista años antes de unirse a la Resistencia para luchar contra el Imperio, un trepidante viaje con el objetivo de reunirse con el (primer) amor de su vida, Q’ira (Emilia Clarke), que le llevará de un peligroso submundo criminal hasta el espacio. A su alrededor, personajes conocidos de la saga como Chewbacca (Joonas Suotamo) o Lando Calrissian (Donald Glover), y nuevos/viejos aliados y enemigos que siguen aumentando de forma retroactiva el cosmos de ficción de Star Wars, como Beckett (Woody Harrelson), Val (Thandie Newton), Dryden Vos (Paul Bettany) o la droide L3-37 (Phoebe Waller-Bridge).

Han Solo está repleta de guiños a las películas anteriores que harán las delicias de los fans (de los menos reacios, claro). Entre otras cosas, en ella descubrimos el origen del nombre de Han Solo, disfrutamos de su primera partida de cartas con Lando, vemos cómo se hizo con los mandos del Halcón Milenario y asistimos al emocionante primer encuentro del héroe con su futuro copiloto y amigo inseparable, Chewbacca. Lucasfilm y Howard se han asegurado de que estos hitos tan importantes en la línea temporal de la saga reciban el tratamiento adecuado. Han Solo no se sale en ningún momento de la zona segura, manteniéndose prudente y comedida durante todo el metraje, claramente para evitar la ira de los fans más puristas. Y si bien esto garantiza una experiencia clásica y satisfactoria dentro los parámetros de la saga, también hace que la película vaya a medio gas, como si tuviera miedo a hacer un movimiento demasiado brusco que pueda desconcertar a su audiencia.

En cuanto al reparto, cabe hacerse la pregunta del millón: ¿Cómo lo hace Alden Ehrenreich? El reto de ponerse en la piel de uno de los personajes más icónicos de la historia del cine, interpretado originalmente por uno de los actores más carismáticos de la historia del cine, no era precisamente insignificante, y sorprendentemente (o no), Ehrenreich sale más que airoso. Si el rumor de que tuvieron que contratarle un coach de interpretación es cierto, ha dado buenos resultados. Da la talla físicamente y se pueden reconocer en él los gestos y la voz de Ford, pero acaba escapando de la imitación, haciendo suyo (en la medida de lo posible) el personaje. Ni que decir tiene que le falta presencia y socarronería para igualarse con Ford, pero se le puede pasar por alto si se tiene en cuenta que es una versión más joven e inexperta del personaje del que nos enamoramos en La Guerra de las Galaxias.

El resto el elenco también es sólido, aunque no todos están aprovechados por igual. Duele especialmente el tratamiento que recibe el personaje de Thandie Newton, a la que bien podrían haberse ahorrado en la promoción. Afortunadamente, la Q’uira de Emilia Clarke tiene mucho más peso en la historia y nos reserva un arco con giros interesantes y mucho potencial. Pero quien más se lleva el gato al agua, como esperábamos, es el irresistible y seductor (y supuestamente pansexual) Lando de Donald Glover, con el que queda patente que un spin-off centrado en él ya es una necesidad. Mención aparte merece la genial Phoebe Waller-Bridge como la droide librepensadora y activista L3-37, que nos deja las líneas de diálogo más brillantes y protagoniza los momentos más cómicos del film, en especial gracias a su tensión sexual con Lando.

Sin embargo, y a pesar de su simpatía y buenas intenciones, Han Solo se queda corta en varios aspectos, especialmente en el humor, donde, como adelantaba, parece ir con el freno medio echado (a los diálogos les falta mucha chispa), y el romance (la sombra de Leia es alargada y dificulta la conexión con la relación Han-Q’ira). En el apartado donde sí cumple holgadamente es en el técnico y visual. Aunque parezca mentira, apenas se notan las costuras después del cambio de directores, lo cual tiene un mérito que no debemos subestimar. Después de un arranque titubeante, la película se centra, mantiene un estilo uniforme (si acaso unificado por una fotografía excesivamente oscura que a veces no deja ver bien la imagen) y nos deja planos preciosos (la primera vez que Han ve el Halcón Milenario), así como escenas de acción, persecuciones y set pieces excelentes a la altura de lo que se espera de la saga, que conducen hacia un estupendo tercer acto.

Han Solo: Una historia de Star Wars introduce elementos novedosos en línea con la nueva trilogía (no solo L3-37, atención al sorprendente villano Enfys Nest), pero por lo general, supone un regreso al Star Wars clásico. Howard salva la situación brindando su eficiencia como realizador para filmar una película entretenida y correcta que planta nuevas semillas para una historia que promete continuar y deja suficientes frentes abiertos para hacerlo posible. Rebaja la comedia para potenciar la aventura y, aunque le falta la emoción y la energía de las películas anteriores, supone una incorporación estimable al canon de Star Wars, que ya es mucho más de lo que se esperaba. Sin embargo, su exceso de corrección hace que no llegue al hiperespacio y su prudencia impide que sea memorable.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Westworld: “No hemos reparado en gastos”

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[Esta entrada contiene spoilers del primer episodio de Westworld]

Lo habéis leído en millones de titulares, tweets y comentarios en los últimos meses. Westworld es la próxima Juego de Tronos. Obviamente son cosas del marketing, una estrategia para generar hype que puede funcionar o salir mal (de momento la audiencia del piloto ha sido una de las mejores de los últimos años para HBO). Quizá la serie llegue a hacer por la ciencia ficción lo que Juego de Tronos ha hecho por la fantasía, pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que Westworld sea por ahora Westworld.

¿Y qué es Westworld? Pues entre otras cosas, se trata de una de las series más caras de HBO (100 millones de presupuesto para los diez primeros episodios, de los que se rumorea que 25 han sido para el piloto), uno de esos espectáculos televisivos por los que la Home Box Office es conocida. La serie está creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy Nolan, con el incombustible y omnipresente J.J. Abrams en la producción ejecutiva, y se basa en la película de 1973 Westworld, almas de metal, escrita y dirigida por el autor Michael Crichton. Cuenta con un reparto estelar formado entre otros por James Marsden, Rachel Evan Wood, Jeffrey Wright, Thandie Newton, Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal, Ben Barnes, Rodrigo Santoro, Ed Harris y Anthony Hopkins (total ná).

La historia transcurre en un parque temático (idea que Crichton recuperaría casi 20 años después en Parque Jurásico) orientado a visitantes con gran poder adquisitivo que ofrece una experiencia inmersiva en el viejo oeste. “Westworld” está poblado por androides sintéticos hiperrealistas conocidos como “Hosts”, que se encargan de interactuar con los visitantes (“Newcomers”) mientras “existen” en un bucle temporal en el que se repite una y otra vez la misma historia, con espacio para pequeñas improvisaciones por parte de los robots. Sin embargo, los Hosts empiezan a mostrar un comportamiento errático, síntomas de autoconsciencia y voluntad propia que contradicen los parámetros escritos en su código digital por los expertos programadores del parque.

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Aunque tiene un ritmo algo irregular y es decididamente confuso, el piloto de Westworld funciona muy bien como carta de presentación. Afortunadamente, estamos ante una serie de HBO, lo que quiere decir que no se va a intentar condensar una temporada entera en un solo episodio, sino que se va a desarrollar con paciencia y visión a largo plazo (o eso esperamos). “The Original”, que es como se titula el piloto, es eso, un comienzo, un planteamiento que dispone los elementos, los jugadores y las reglas básicas sin gastar demasiados cartuchos, con las suficientes dosis de drama, acción, violencia y tetas (si no, no sería HBO) para enganchar y que queramos saber qué pasa a continuación. Con una duración de casi 70 minutos (como suele acostumbrar la cadena con los arranques y cierres de temporada de sus dramas) y un guion bastante redondo (las moscas se encargan de acotarlo y a la vez vaticinar lo que está por venir), “The Original” parece una película, pero es solo una introducción. Una muy larga, eso sí. La historia se cuece a fuego lento, a su propio ritmo, su premisa puede resultar algo chocante y cuesta un poco acostumbrarse al universo fragmentado que nos presenta, sin embargo, sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

“The Original” utiliza los temas propios de la ciencia ficción distópica y la inteligencia artificial, revistiéndolos de un aura de thriller y misterio, para construir una historia que (por ahora) nos habla en el fondo de los deseos más oscuros del ser humano. El parque está creado como escape de una realidad que aun no conocemos, un paraíso cinematográfico de turismo sexual y criminal confeccionado para satisfacer estas pulsiones violentas, la adrenalina de matar, de profanar un cuerpo (sintético pero asombrosamente realista), de estar en peligro sin estarlo, y actuar sin consecuencias. Sin embargo, el énfasis narrativo no está en los Newcomers, sino en los Hosts, las marionetas manipuladas desde arriba por los programadores e inversores que, tras una actualización masiva en el parque, empiezan a ganar consciencia de la fantasía digital en la que habitan; androides que, en el momento que muestran un “glitch” que pueda comprometer el proyecto, acaban almacenados desnudos en un pesadillesco hangar desde el que nos miran sin mirarnos para avisarnos de que algo muy oscuro se acerca.

Westworld presenta una hibridación de géneros muy interesante que puede recordar a Carnivàle o Firefly, pero su historia está principalmente arraigada en la ciencia ficción, en los relatos clásicos sobre robots que se rebelan contra sus creadores. Por eso, cabe esperar que a lo largo de la primera temporada asistamos al inicio de una revolución, de un levantamiento por parte de los Hosts, profetizado por la promesa de venganza del androide defectuoso Peter Abernathy (impresionante Louis Herthum) y por esa mosca que se posa en la mejilla de su hija Dolores (Wood) y acaba aplastada por su mano (algo que un robot se supone que no debe hacer). Esta es la manera en la que los Nolan nos avisan de que lo mejor está por llegar, de que solo hemos visto una pequeña parte de este mundo y hay que dejar que la historia se desenvuelva y las piezas empiecen a encajar antes de sacar conclusiones definitivas.

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Sí, Westworld está claramente diseñada para captar la atención de los seguidores de Juego de Tronos (no en vano, ahí está el ubicuo Ramin Djawadi componiendo la ya memorable música de la serie o esos lustrosos títulos de crédito que, sin parecerse a los de GoT, recuerdan inevitablemente a ellos; además de a “All Is Full of Love”, el icónico videoclip de Björk). Pero como decía, es una estrategia comercial que debemos (y debe) superar para que la serie se afiance y se gane el título que se le ha impuesto antes de tiempo. Dándonos la bienvenida por todo lo alto y sin reparar en gastos (impresionantes paisajes, fotografía, efectos visuales, diseño de producción…), la experiencia que supone adentrarse en Westworld es extraña, fascinante, desorientadora, sus personajes pueden resultar irritantes (que un Host mate ya a Lee, por favor), su propuesta te recuerda a demasiadas cosas a la vez, da la sensación de que estás viendo algo que ya has visto mil veces y también algo que no has visto nunca (lo cual no tiene por qué ser malo, al contrario). Pero ante todo y a pesar de todo, “The Original” es un comienzo prometedor, un piloto que, sin enseñar todas sus cartas, nos deja ver todo el potencial que hay en la serie. Que es mucho. Muchísimo.