Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2019: Parte 1

INAUGURACIÓN Y DÍA 1

El festival Nocturna Madrid es como el Primavera Sound de Barcelona, si lo has disfrutado un año sabes que te puedes pillar la acreditación a ciegas al siguiente, porque es garantía de que va a estar lleno de películas y actividades interesantes, así que cada año se empieza con más ganas.

Como en cada edición, el Nocturna es una celebración del cine fantástico, con films de terror, fantasía y ciencia ficción de lo más diverso que, en muchos casos, brindan una oportunidad perfecta para ver un tipo de cine que no tiene distribución comercial y de no ser por estos certámenes, permanecería oculto.

A continuación tenéis breves reseñas de todas las películas que hemos visto en los dos primeros días de la edición de este año, que ha contado con la presencia del director Alex Proyas (El cuervo, Dark City) y muchas actividades paralelas para los amantes del cine de género.

Piedra, papel y tijera (Martín Blousson, Macarena García Levi, 2019 – Argentina) PANORAMA

La primera película proyectada este año supuso la primera rareza del festival. Magdalena vuelve a casa de sus hermanastros Jesús y María José tras años separados para reclamar parte de la herencia por la muerte de su padre. Lo que iba a ser una visita de unos días se alarga y Magda va descubriendo poco a poco que sus hermanastros no han superado ni su pérdida ni los traumas de la infancia. Con un tono que camina continuamente entre lo dramático y lo cómico, esta ¿Qué fue de Baby Jane? a tres bandas consigue que una premisa muy simple y en principio poco interesante vaya escalando en intensidad hasta convertirse en un peculiar y muy retorcido thriller. Los estupendos tres únicos actores (se basa en la obra de teatro de una de las co-guionistas) se bastan para que les conozcamos a no solo a ellos sino también a ese padre desaparecido cuya presencia todavía tiene mucho peso sobre sus hijos. Gracias a eso y a una buena dirección, esta película consigue esa atmósfera enfermiza que tan bien le viene a este tipo de películas.

Daniel Andréu

El cerro de los dioses (Daniel M. Caneiro, 2019 – España) DARK VISIONS

¿Y cómo hubiese sido Midsommar si hubiese estado ambientada en La Mancha? Daniel M. Caneiro nos da su cachonda visión con El cerro de los dioses, un meta mockumentary sobre los estragos de la fama y cómo somos capaces de todo con tal de conseguirla. Paula Muñoz (El club de los incomprendidos) e Itziar Castro (Pieles) con su reality (que alguien compre ‘Itziar Forever!’, por favor) destacan entre un multitudinario reparto repleto de cameos tan disparatados como Raúl Arévalo e Isabel Coixet. 

David Lastra

1BR (David Marmor, 2019 – EE.UU.) OFICIAL FANTÁSTICO

Todo empieza muy normal para la joven protagonista de 1BR (y para los espectadores). Sarah se muda a Los Ángeles para empezar una nueva vida alejada de la mala relación que tiene con su padre y su actual pareja. Encuentra el apartamento perfecto y la comunidad perfecta, pero estamos en el festival que estamos y pronto nos damos cuenta de que esa perfección esconde muchos secretos y esa comunidad está extrañamente unida. Como si  se tratase de una versión sin humor negro de La comunidad, Sarah sufre los horrores de pertenecer a la vecindad, y nosotros asistimos al proceso mediante el cual su vida se va arruinando cada vez más en un thriller que siempre entretiene pero que no llega a arrancar del todo porque se toma demasiado en serio. Es solo en el tramo final cuando se vuelve un poco loca y hace ver que viene lo bueno… pero entonces se acaba y deja con ganas de más. Aunque la película no termine de encontrar su personalidad, hay que destacar el increíble trabajo de Nycole Brydon Bloom como Sarah, ya que consigue con naturalidad todos los registros de su papel y es de esas personas a las que “da gusto” ver sufrir. Firme candidata al premio a mejor actriz del festival.

Daniel Andréu

Urubú (Alejandro Ibáñez Nauta, 2019 – España) GALA DE INAUGURACIÓN

Este año no podía ser de otra forma, el festival está dedicado al recientemente fallecido Chicho Ibáñez Serrador, el maestro que tanto placer nos dio haciéndonoslo pasar mal. Los que lo vivimos nunca nos cansaremos de repetir lo especial que fue su contribución hace dos años cuando hizo el enorme esfuerzo de recoger en persona su premio Maestro del Fantástico. Los que más recibimos fuimos los que estábamos en la sala durante el tributo, porque la clase magistral de dos minutos que nos dio fue pura magia para amantes del cine.

Una bonita forma de rendirle homenaje fue que la película de inauguración fuera el primer largometraje de su hijo, Alejandro Ibáñez. Tras unas sentidas palabras por parte de Sergio Molina (director del festival), Ibáñez y el resto del equipo de la película, se proyectó un simpático vídeo homenaje en el que la voz de Chicho tiene una conversación con su hijo desde allá donde esté. El cortometraje en este caso fue un vídeo realizado también por Alejandro para la ONG Save the Children en el que se lanza un mensaje sobre la necesidad de prestar atención a los niños que más sufren. Lydia Bosch conduce bien su personaje pero la elección de Dani Rovira como su pareja no es de lo más acertada, ya que el curioso toque de terror del cortometraje se pierde un poco por su culpa. Pero con un mensaje así, este tipo de cosas son lo de menos.

Finalmente llegó el gran estreno con Urubú. En ella, Tomás viaja a la selva amazónica con su familia persiguiendo fotografiar al urubú albino, una rareza de ave que podría relanzar su carrera. Esta obsesión le hace no darse cuenta de que todo apunta a que se está metiendo en la boca del lobo en una zona llena de peligros y misterios, hasta que su hija desaparece y ya no hay vuelta atrás. El regusto de cine de los 70 está muy bien conseguido, con su atmósfera, su estructura, su música… Pero algo falla. Empezando por que los actores no resultan del todo creíbles hasta que la historia no ha avanzado lo suficiente, y terminando por el hecho de que el homenaje se come a la película.

Lo que empieza siendo algo bonito (la niña enciende la tele y están dando ¿Quién puede matar a un niño?) acaba siendo demasiado obvio. Las ganas de Alejandro Ibáñez, el talento y la encomiable labor por mantener vivo el cine de género en España, quedan empañados por un empeño muy constante y nada bien llevado por homenajear el cine de su padre, tanto que al final más que un homenaje parece una copia. La idea de un universo expandido de la obra maestra de Chicho no puede ser más interesante, pero si uno no se separa un poco del homenaje al final no funciona. Podría haber sido un survival en la selva brasileña sorprendente, pero se queda en nada entre obviedades (el puro del personaje que interpreta Alejandro, los planos reproducidos de la película original, el argumento…) o cosas directamente sin sentido (¿cómo puede la película de referencia formar parte de la ficción y de la realidad al mismo tiempo?). Una pena, pero aun así creo que con el tiempo, el heredero podrá demostrar que puede mantener vivo el legado de su padre sin dejar de lado su propia personalidad y talento.

Daniel Andréu

Echoes of Fear (Brian Avenet-Bradley y Laurence Avenet-Bradley, 2019 – Estados Unidos) DARK VISIONS 

Aunque tarde bastante en arrancar, Echoes of Fear va a por todas. El matrimonio Avenet-Bradley nos trae una historia de fantasmas bastante sencilla a primera vista, pero que cuanto más loca y enrevesada se vuelve, menos pierde sus papeles. Esta consecuencia a la hora de relatar los acontecimientos e ir introduciendo los giros, hacen de Echoes of Fear una película ejemplar de cómo hacer las cosas dentro del terror independiente (el de verdad, el low cost). Además, nos presentan a Alisa (notable Trista Robinson), la final girl más inteligente y capaz de los últimos tiempos.

David Lastra

DÍA 2

Luz (Juan Diego Escobar Alzate, 2019 – Colombia) OFICIAL FANTÁSTICO

Tiene que ser casualidad ya que ambas películas se rodaron más o menos a la vez, pero esta Luz tiene más de un paralelismo con Midsommar. Un grupo de personas vive en una montaña colombiana aislada del mundo, con El Señor como líder de unos Ángeles que están bajo sus órdenes. La muerte de su esposa le lleva a sumirse en un pozo de fanatismo religioso que poco a poco va arrastrando a las pocas personas que le rodean hasta acabar con su cordura. Este ambiente de secta con rígidas normas sobre creencias y tradiciones en un entorno natural ya recuerda a la película de Ari Aster, pero lo más curioso son esos planos exteriores de los prados con unos contrastes de colores pasteles que parecen sacados directamente de Midsommar. El apartado técnico es correcto, pero no es suficiente para levantar una película demasiado irregular que solo tiene puntuales destellos de brillantez esparcidos a lo largo de un metraje excesivo y en ocasiones pesado. Merece la pena por la curiosidad y porque realmente tiene algunas escenas muy potentes, pero se queda a medio camino de alcanzar sus pretensiones.

Daniel Andréu

Il Signor Diavolo (Pupi Avati, 2019 – Italia) OFICIAL FANTÁSTICO

Para alguien que no había visto ninguna película del mítico Pupi Avati, estrenarse así no ha estado nada mal. Como si de una película italiana de los 50 se tratase (pero sin el grano de la imagen y con buen audio), Il Signor Diavolo nos cuenta la investigación de una enrevesado caso de asesinatos y personas deformes con la iglesia de por medio. La recreación de ese tipo de cine está muy conseguida, pero añadiendo toques aun más turbios que los fans del género agradecemos. Es raro, pero a la vez que resulta muy entretenida, uno tiene la sensación de que la película ha durado como mínimo dos horas… pero sale de la sala y solo han pasado 86 minutos.

Daniel Andréu

Z (Brandon Christensen, 2019 – Canadá) OFICIAL FANTÁSTICO

Joshua y sus padres, Beth y Kevin, viven cómodamente sus vidas hasta que el hijo y su amigo imaginario Z empiezan a dar muchos problemas. Esa es la premisa de una película que se presenta como una vuelta de tuerca a las historias de “niño con amigo imaginario”. No es exactamente así, ya que tira continuamente de tópicos, pero lo que la hace destacar por encima de la media es el buen hacer a la hora de mantener el misterio y la tensión durante todo el metraje. Tras uno de esos falsos finales que hacen peligrar el ritmo de la película, llega una parte que estoy seguro de que nadie se esperaba en una producción así, ya que la actriz protagonista se queda sola y ofrece las escenas más bizarras de la película. Y menos mal que lo hace, porque Keegan Connor demuestra que es capaz de llevar encima ese peso y mucho más.

Daniel Andréu

Reborn (Julian Richards, 2018 – Estados Unidos) DARK VISIONS

Autoproclamada como “la Carrie de la generación Z”, la adolescente de Reborn no pasaría ni por prima segunda lejana de la diosa encarnada por Sissy Spacek. Construida bajo los peligrosos cimientos de la nostalgia, Reborn se derrumba estrepitosamente al no aportar nada nuevo, ni mucho menos emocionante a nuestras vidas. Lo único reseñable, la presencia de Barbara Crampton (Re-Animator) y Michael Paré (Calles de fuego) como protagonistas y unos créditos iniciales que prometían bastante.

David Lastra

Noche de bodas: La comedia negra de la temporada

Casarse conlleva un ritual de preparativos, tradiciones y compromisos familiares que pueden acabar con los novios. En el caso de Grace (Samara Weaving), literalmente. Su boda con Alex (Mark O’Brien) la llevará a incorporarse de forma oficial a la familia Le Domas, un acomodado clan que ha amasado una enorme fortuna gracias a su longevo negocio de juegos de mesa. Después de la ceremonia y cumpliendo una vieja tradición, Grace debe someterse a un ritual de iniciación por parte de la excéntrica familia, convirtiéndose en la presa de un juego letal.

Esta es la llamativa premisa de Noche de bodas (Ready or Not), comedia negra dirigida por el tándem Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin (V/H/SEl heredero del diablo), que se aproximan al clásico juego del gato y el ratón con mucho sentido del humor y grandes dosis de acción sangrienta. Noche de bodas se desarrolla como un slasher o una cinta de invasión doméstica ambientada en una mansión llena de rincones y pasadizos secretos, en la que el malo no es un asesino carnicero, sino una familia que haría cualquier cosa por conservar su privilegio. Tanto en su argumento como en su tono se pueden encontrar similitudes con películas como Tú eres el siguienteLa purgaLa cabaña en el bosque, además de claros ecos al cine de Sam Raimi.

Gillett y Bettinelli-Olpin tardan un poco en mostrar sus cartas. La película parte de una idea curiosa pero inevitablemente familiar, y avanza in crescendo, empezando como un cinta de terror y suspense al uso (escasa de sustos, eso sí) para ir entregándose progresivamente a la locura y la violencia. Esta evolución coincide con el desarrollo de su protagonista, una excelente Samara Weaving que se hace con las riendas del film desde el principio y no las suelta. Vestida de novia y ajena a lo que se le viene encima, su Grace es el punto de entrada para el espectador, es quien nos lleva de la mano, primero escéptica y desorientada, y a continuación escopeta en mano, salvaje y de vueltas de todo (a lo Leticia Dolera en [REC]3 ). El contraste entre su imagen con su pulcro vestido blanco al principio y teñido de rojo al final sería el meme perfecto para representarnos: “Al principio del año / Al final del año”.

La rodean (y persiguen) un grupo de personajes que parecen versiones retorcidas de los sospechosos del CluedoLa herencia de la tía Agata. Excepto el novio y su hermano (Adam Brody), que representan el bando cuerdo de la familia, el resto de miembros del clan Le Domas están locos de atar y conforman un plantel de personajes extremos y caricaturescos. Esto nos deja momentos muy divertidos y estallidos de humor absurdo y exagerado, pero también nos muestra que los directores no están demasiado interesados en ir más allá de la superficie -lo cual no tiene por qué ser un problema si aceptamos sus intenciones.

Como crítica al clasismo y el privilegio blanco y adinerado, Noche de bodas no va muy lejos, pero como pasatiempo cumple de sobra y como alegoría de lo difícil que puede ser tratar con la familia política da en la diana. El humor con el que aborda la violencia y las escenas más macabras, junto a su tono autoconsciente y deliciosamente perverso (que culmina en un final explosivo), nos invitan a relajarnos y disfrutar del juego. Noche de bodas tiene personalidad y demuestra lo bien que le puede sentar la comedia al terror, pero si algún día acaba alcanzando el status de película de culto (que es para lo que parece estar concebida), será sobre todo por Samara Weaving, que después de The Babysitter, Mayhem y esta se corona como nuestra nueva scream/action queen favorita.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

It – Capítulo 2: Somos nuestros recuerdos

Pennywise volvió a causar estragos en 2017, exactamente 27 años después de que Tim Curry lo inmortalizase en la miniserie original de It. Haciendo honor a la profecía, el terrorífico payaso salido de la mente de Stephen King regresaba a nuestras pesadillas, convirtiendo la nueva adaptación del de Maine en la película de terror más taquillera de la historia. Para nosotros dos años después, para el Club de los Perdedores otros 27, volvemos a Derry para presenciar el enfrentamiento definitivo contra Pennywise en It – Capítulo 2, la secuela y conclusión de la película dirigida por Andy Muschietti.

La pandilla de inadaptados que conquistó el corazón de la audiencia en la primera película ha crecido. Todos menos Mike se marcharon de Derry en un intento de dejar el pasado atrás y superar lo vivido allí. Con el tiempo, el recuerdo de Pennywise y los horrores acontecidos en el pequeño pueblo de Maine se va difuminando, pero cuando el payaso regresa de su letargo para volver a matar, el Club de los Perdedores se ve obligado a cumplir la promesa que se hicieron hace casi tres décadas y reunirse de nuevo para enfrentarse a su doloroso pasado y acabar con su enemigo de una vez por todas. Lo queramos o no, todos somos nuestros recuerdos y en algún momento hay que encararse con ellos.

Uno de los mayores aciertos de It fue su reparto adolescente, diseñado a imagen y semejanza de las películas juveniles de pandillas de los 80 (Los Goonies, Cuenta conmigo), al igual que Stranger Things. La segunda parte se centra en sus versiones adultas, pero a través de flashbacks (y usando la técnica de rejuvenecimiento digital para infantilizar a los que han crecido más rápido), los adolescentes siguen estando muy presentes en la película. Algo que no podía ser de otra manera teniendo en cuenta cómo su tema principal es la memoria y la necesidad de enfrentarse a los traumas del pasado para seguir avanzando.

El reparto adulto de It – Capítulo 2 es una de las mejores labores de casting del Hollywood reciente. James McAvoy (Bill), Jessica Chastain (Beverly), Bill Hader (Richie), Isaiah Mustafa (Mike), Jay Ryan (Ben), James Ransone (Eddie) y Andy Bean (Stanley) se convierten en los personajes de forma convincente, reproduciendo sus rasgos, voces y personalidades impecablemente y haciéndonos creer que son las mismas personas que conocimos hace dos años. Todos ellos realizan un trabajo excelente, tanto por separado como en grupo, mientras que Muschietti les saca partido, dando énfasis una vez más a la mayor baza de estas películas: los personajes tan bien caracterizados y la amistad que existe entre ellos.

Al igual que la primera parte, It – Capítulo 2 se apoya fuertemente en las emociones, rascando en la superficie para hablarnos de cómo el miedo y el trauma nos paraliza y no nos deja vivir, convirtiendo los monstruos interiores en monstruos literales a los que debemos sobrevivir. Evidentemente, no es casual que Pennywise, que simboliza el miedo más arraigado y se alimenta de él, solo elija víctimas débiles, niños, personas dañadas, inadaptados sociales, minorías desamparadas ante el odio… De hecho, la película comienza con un brutal y devastador crimen homófobo que (aviso) puede herir la sensibilidad de más de uno, y que nos recuerda una de las ideas más importantes de la primera película: los peores monstruos a veces son “humanos”.

Tras este contundente arranque, la violencia explícita es una de las constantes que también se repiten en la secuela. Muschietti compone una fantasía ambiciosa y desbordante en la que vuelve a recrearse profusamente en la sangre y el gore, atreviéndose entre otras cosas a mostrar más muertes de niños, algo que las películas de terror comercial (Rated R o PG-13) suelen evitar. Las escenas violentas se multiplican, y los pasajes se llenan además de deformidades macabras y fluidos repugnantes que recuerdan al terror de serie B y la primera etapa de Sam Raimi o Peter Jackson. Pero claro, los valores de producción se alejan mucho de aquel terror barato de los 80, de hecho, una de sus mayores virtudes es también uno de los mayores defectos de la película, su abuso y dependencia del CGI para las escenas de terror.

Por un lado, Muschietti compone set pieces impresionantes e imaginativos, pesadillas excelentemente filmadas y con un acabado muy pulido en todos los aspectos que rivalizan con las secuencias de acción de los mejores blockbusters. Pero por otro, hay un exceso de criaturas digitales que, por muy bien hechas que estén (que lo están), restan impacto y realismo, rompiendo a menudo la atmósfera y haciendo que la película no llegue a ser todo lo terrorífica que podría haber sido. A esto también contribuye la presencia constante del humor y la necesidad de hacer chistes (alguno que otro bastante machista, además) incluso en las escenas más dramáticas, lo que menoscaba constantemente el terror.

Se evidencia también una tendencia a la repetición que las casi tres horas de metraje no hacen sino subrayar, como se puede ver en el abuso del jumpscare, sobresaltos que se repiten con el mismo esquema una y otra vez a lo largo de la película (anticipación y tensión, falsa alarma, calma y susto fácil con golpe estridente de sonido). Llega un momento en el que los sustos son tan seguidos y tan iguales, que es inevitable desensibilizarse.

Pero como decía antes, lo más importante de It – Capítulo 2 siguen siendo sus personajes, y afortunadamente Muschietti sabe hacerles justicia. Con ellos, la película compensa sus carencias (o excesos) y nos recuerda constantemente que en el centro de la historia está su viaje personal. Los lazos que unen al Club de los Perdedores, y la conexión que se establece entre ellos y el espectador, es lo que eleva el film, aunque por momentos el almíbar supere a la sangre y esté a punto de ahogarse en su propia sensiblería (algo que ya estaba presente en el material original, todo hay que decirlo). Al final, más allá del perturbador Pennywise de Bill Skarsgård (que suele quedar en segundo plano mientras sus proyecciones demoníacas actúan), lo que nos quedará de estas dos películas son ellos, los Perdedores, y lo mucho que queremos que triunfen sobre el mal y sus cicatrices emocionales dejen de doler.

It – Capítulo 2 es una película imperfecta. Como experiencia de terror no está a la altura de su ambición creativa y visual, y su estructura episódica (también presente en la primera parte) se hace repetitiva y lastra el ritmo. Pero por otro lado sabe perfectamente cómo jugar su mejor carta más allá de la sangre y la violencia: su magnífico reparto y plantel de personajes. Ellos son los que hacen de It – Capítulo 2 mucho más que una casa del terror de feria, los que la convierten en una película profunda y emotiva sobre el paso del tiempo, el trauma y la amistad, los que consiguen que la historia tenga un cierre trascendental y satisfactorio.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Midsommar: La belleza del horror

Ari Aster irrumpió a lo grande en el panorama cinematográfico causando sensación en el Festival de Sundance con su opera prima, Hereditary, una de las películas de terror más aclamadas (y divisivas) de los últimos años. La cinta protagonizada por Toni Collette y Alex Wolff se convirtió en uno de los éxitos sorpresa del año, siendo aplaudida por la crítica especializada y comentada hasta la saciedad en los círculos cinéfilos. Tan solo un año después, Aster regresa con su segundo largometraje, Midsommar, dispuesto a demostrar que lo de Hereditary no fue suerte del principiante.

Tras sumirnos en la oscuridad en su primera película, Aster escoge el camino opuesto en Midsommar, cuento de terror que transcurre a plena luz del día. La historia sigue a una pareja estadounidense en crisis (Florence Pugh y Jack Reynor) que viaja junto a sus amigos a una pequeña comuna en un idílico y remoto rincón de Suecia para asistir a sus peculiares celebraciones del solsticio de verano. Una vez allí, los turistas se ven envueltos en la belleza natural del lugar, que solo ve dos horas de oscuridad al día, y el carácter acogedor de sus habitantes. Sin embargo, a medida que avanza su estancia, la alegría de la celebración no tardará en dar paso a un ambiente siniestro en el que las ceremonias paganas del Midsommar se vuelven cada vez más perturbadoras y violentas.

La influencia en Midsommar de El hombre de mimbre (The Wicker Man) es más que evidente. Aster lleva a cabo un claro homenaje a la película de culto de los 70, recogiendo además inspiración de cintas como El bosqueLa matanza de Texas. De hecho, más allá de su ambición discursiva y formal y su carácter experimental, Midsommar es en el fondo un slasher de campamento, la típica película de terror sobre un grupo de jóvenes que se van de vacaciones y acaban adentrándose en una pesadilla de la que será difícil salir con vida y en la que tomarán una decisión estúpida detrás de otra. Todo envuelto en una escalofriante reflexión sobre la religión, la tradición, el folclore y el ser humano en el espíritu amargo de Ingmar Bergman. Una mezcla cuanto menos chocante que, sin embargo, funciona a la perfección.

Entrar en Midsommar ignorando lo que nos espera, al igual que sus propios protagonistas, es esencial para vivirla al máximo. Uno no sabe qué se va a encontrar en la película, pero desde el primer minuto puede sentir que va a ser algo difícil de digerir. Ese miedo a lo que pueda venir es lo que hace que la experiencia sea tan intensa e inquietante, más que el terror tradicional, que no abunda en el metraje. Aster realiza un magistral trabajo creando la tensión y manteniéndola durante las más de dos horas que dura el film, solo cediendo el control en un tercer acto que se alarga excesivamente y se pierde por momentos en su mitología. El desasosiego es la tónica general de una película que va aumentando los nervios estallando en arrebatos lisérgicos y culminando exabruptos de violencia gráfica y gore que dejan en shock. Las escenas más explícitas, si bien no son muy abundantes, ponen a prueba los límites del espectador con truculentas imágenes que desafían a mantener la mirada en la pantalla.

En cuanto al reparto, unos excelentes Florence Pugh (Lady Macbeth) y Jack Reynor (Sing Street) encabezan un grupo de jóvenes talentos (Will Poulter, William Jackson Harper, Vilhelm Blomgren) que se entregan al cien por cien a la locura de la historia. Pugh nos regala una de las interpretaciones más fascinantes de la temporada y Reynor una de las más osadas. Mientras, Aster realiza un trabajo notable caracterizando a los personajes y desplegando sus conflictos de manera que la tensión que ya existe entre ellos sirve para magnificar el suspense que recorre todo el film. Midsommar ha sido nombrada por muchos “la mejor película de ruptura de la historia”, a lo que se podría añadir “la mejor película sobre hacer una tesis de la historia”. Ambos títulos llevan algo de guasa (no en vano, la película tiene abundantes toques de humor absurdo), pero también sirven para dar fe de las múltiples capas que componen una obra que es mucho más de lo que aparenta.

Midsommar es la constatación de que Aster no es flor de un día (nunca mejor dicho). Su dominio y seguridad siendo esta su segunda película es asombroso, y su talento para la atmósfera y la composición, unido a la impecable fotografía de Pawel Pogorzelski y la magnífica banda sonora de The Haxan Cloak, da lugar a una experiencia envolvente y visualmente exquisita. La película está repleta de planos para enmarcar, encuadres creativos e inteligentes, y una belleza que no hace sino acentuar la desazón y el delirio en el que nos acaba sumiendo. Extraña, macabra, visceral, traumática, está claro que Midsommar no es una película para todos los públicos, sino que está en su naturaleza dividir. Sus escenas pueden estomagar, su duración puede pasar factura y el excentricismo perverso de Aster puede atragantarse. Pero si uno entra en su cegadora y alucinógena propuesta, obtendrá en recompensa un viaje cinematográfico imposible de olvidar.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crónica: 16ª Muestra SYFY de cine fantástico (2019)

Dieciséis años, y contando. La Muestra SYFY de cine fantástico de Madrid ha celebrado este año su “sweet sixteen”, y lo ha hecho por todo lo alto, con una de sus mejores programaciones hasta la fecha. Del 7 al 11 de marzo, los asistentes a la Muestra hemos podido disfrutar de una cuidada selección de cine fantástico y de ciencia ficción organizada por la cadena SYFY España, que como suele ser habitual, ha compilado una selección de títulos de lo más variopinto y extravagante.

La Muestra 2019 marcaba también la reaparición de Leticia Dolera como anfitriona, después de la polémica de su serie para Movistar+. La actriz, escritora y directora aprovechó la ocasión para volver a la normalidad, y a las redes sociales, después de tres meses de ausencia (casi) total. Su trabajo fue el de siempre, presentaciones divertidas, espontáneas y sí, feministas. Coincidiendo la Muestra con el Día de la Mujer, no podía ser de otra manera.

Controversias aparte, centrémonos en lo que nos importa de la Muestra. El cine, y la experiencia de verlo acompañado de aficionados al género fantástico. El público de la Muestra es de los más entusiastas que se conocen. Es por ello que se ha convertido en tradición desde hace años comentar las películas y hacer chistes en voz alta durante las proyecciones. Esto forma parte de la experiencia, pero afortunadamente, desde hace poco, la organización ha duplicado (o triplicado) las sesiones para diferenciar entre “Sala Mandanga” y “Sala del Silencio”. En la primera, el público es libre de armar todo el jaleo que quiera, en la otra se va a ver las películas en silencio.

Y sin más dilación, paso a comentaros las películas que he visto este año en la Muestra SYFY. Desafortunadamente no me ha sido posible verlas todas como otros años, pero de lo que he visto, me llevo un par de peliculones para la posteridad. Y alguno de ellos se estrena en salas comerciales pronto, así que tomad nota.

Capitana Marvel (Anna Boden, Ryan Fleck, 2019) – Inauguración

La Muestra SYFY comenzó el jueves con la premiere de Capitana Marvel en Madrid, película de apertura con la que empezamos esta edición “más alto, más lejos, más rápido”. La primera entrega de Marvel protagonizada enteramente por una mujer llegaba ensombrecida por una campaña de odio en Internet y un boicot por parte de los trolls que no les salió como esperaban: 455 millones de dólares recaudados en su primer fin de semana, convirtiéndola en el estreno mundial más taquillero protagonizado por una mujer y el segundo de superhéroes detrás de Vengadores: Infinity War. El público de la Muestra se entregó por completo a la historia de origen de Carol Danvers (estupenda Brie Larson), una película con todas las señas de identidad de Marvel y muchas conexiones con el resto de su Universo, concretamente con Vengadores: Endgame. La película se ha confirmado como un nuevo triunfo para el estudio, y así se sintió en la premiere. Risas, emoción con el cameo de Stan Lee, aplausos al final y un gran revuelo generalizado con las escenas post-créditos. Ah, y como era de esperar, la gata Goose conquistó a todo el mundo. Chupaos esa, troll. Si queréis saber más, os cuento mis impresiones sobre la película (que disfruté mucho más la segunda vez, conociendo de antemano los giros del argumento) aquí.

Elizabeth Harvest (Sebastián Gutiérrez, 2018)

La primera jornada propiamente dicha arrancaba para mí con Elizabeth Harvest, fábula de ciencia ficción dirigida por el venezolano Sebastián Gutiérrez. A medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y un capítulo de La dimensión desconocidaElizabeth Harvest se desarrolla como una historia de clones con (sospechosos) ecos a Ex Machina (tienen muchos elementos en común y el final es calcado) y mucha comedia involuntaria. Protagonizan Abbey Lee (Mad Max: Furia en la carretera), Ciarán Hinds (que no sabemos cómo ha ido a parar ahí) y Carla Gugino, que le hace un favor al director (su marido) agraciando la película con su presencia. Pero ninguno de ellos (ni Dylan Baker, que también se pasa por ahí) es capaz de salvar la película. Su historia promete, pero una trama enrevesada y llena de pseudociencia acaba haciéndola cada vez más tediosa, confusa y absurda. Cuesta mucho tomársela en serio, pero claro, para eso estamos en la Muestra, cuyo público se encarga de que ninguna película aburra.

Upgrade (Leigh Whannell, 2018)

Primera gran sorpresa de la Muestra. Incomprensiblemente, esta curiosa cinta de ciencia ficción de la factoría Blumhouse no ha llegado a estrenarse en cines españoles, por lo que agradecemos a SYFY que la haya recuperado para el disfrute de su público objetivo. Leigh Whannell (guionista de Saw Insidious, y director de Insidious 3) se pasa al sci-fi con un oscuro thriller futurista a medio camino entre el policíaco, el noir y la acción pura que tiene mimbres de película de culto. En ella, un hombre tetrapléjico vuelve a andar gracias a la implantación de un chip llamado Stem, que toma el mando de sus funciones motoras y lo lleva al límite de sus capacidades, tras lo cual irá en busca de los hombres que mataron a su mujer, aprovechando sus nuevas habilidades. Logan Marshall-Green (el Tom Hardy de Hacendado) realiza una fantástica interpretación física en una película que casualmente también va de un hombre que habla con una voz en su cabeza que controla su cuerpo. Aunque recuerda a muchas películas anteriores (Minority ReportHerCrank, Lucy, Venom), Upgrade logra ser original. Engancha, tiene escenas de acción brutales y madera para saga. Muy disfrutable.

Gintama (Yûichi Fukuda, 2017)

Incorporación de última hora, Gintama se proyectaba en la Muestra a la vez que El año de la plaga, para gozo de fans del anime y el cine fantástico japonés. Se trata del largometraje en acción real del popular manga de Hideaki Sorachi, que ya ha tenido múltiples adaptaciones en diferentes formatos, incluida una longeva serie de animación. La película opta por la adaptación literal, conservando el estilo anime con un aspecto visual colorista, ritmo frenético, un “argumento” en el que todo vale e hilarantes efectos digitales de tercera. Lo mejor de la película son los chistes meta y las referencias a otros títulos de la cultura pop japonesa (el cameo de Nausicaä es genial), pero más allá de eso, cualquiera que no esté acostumbrado a este tipo de productos, puede salir completamente espantado por su estridencia y su absurdo sin fin. Sin ir más lejos, a mí me dejó el cerebro frito y mató las pocas neuronas que me quedaban. No apta para todos los públicos.

Prospect (Christopher Caldwell, Zeek Earl, 2018)

Christopher Caldwell y Zeek Earl dirigen esta personal propuesta de ciencia ficción que comienza como un drama paternofilial ambientado en el espacio (con el referente indie Jay Duplass) y acaba convirtiéndose en un competente thriller de supervivencia que se vuelve más y más extraño e intenso conforme avanza. Con un simple escenario principal (un bosque) y mediante diálogos que dan mucha información sin sobreexplicar demasiado, la película da forma a un detallado universo ficticio, demostrando que no hace falta un gran despliegue de efectos para crear mundos fantásticos creíbles en el cine. En el centro de la historia, una relación muy interesante y muy bien interpretada por la prometedora Sophie Thatcher y un genial Pedro Pascal. Una de las sorpresas más gratas de este año.

Dragged Across Concrete (S. Craig Zahler, 2018)

El sábado nos encontrábamos con un viejo conocido, S. Craig Zahler. Sus dos películas anteriores, Bone TomahawkBrawl in Cell Block 99 se habían proyectado en la Muestra con gran éxito de público, por lo que su tercer largo como director no podía faltar en la programación de este año. Para su nuevo trabajo ha vuelto a contar con Vince Vaughn, que esta vez está acompañado nada más y nada menos que de Mel Gibson, con el que lidera un gran reparto. Dragged Across Concrete (qué gran título) es un thriller policíaco sórdido y ultraviolento en la tradición de Zahler, que sigue insistiendo en hacer un tipo de cine que recuerda inevitablemente al de Tarantino. Con leves pero constantes pinceladas de humor y dos horas y media de duración, el director casa el exceso de sus imágenes con una narración y una realización muy calculadas que, afortunadamente, no aburre a pesar de su metraje gracias a su buen pulso. Lo malo es que en su tercera película ya se le empiezan a ver las costuras. Zahler peca de pretencioso, repite esquemas y su discurso atufa a rancio, con personajes femeninos que son el paradigma del sexismo en el cine y Gibson interpretando a un personaje a su medida: un poli corrupto anticuado, racista, machista y homófobo. Dragged Across Concrete es de esas películas que te hace simpatizar tanto con ese tipo de personajes que te acabas preguntando si es solo el personaje o la película también defiende esas ideas tan primitivas.

Nación Salvaje (Sam Levinson, 2018)

Y tras la saturación machirula de Dragged Across Concrete llegaba un film diametralmente opuesto, Assassination Nation, incendiaria sátira feminista sobre cuatro chicas adolescentes que se convierten en el blanco de la ira de su instituto y una pequeña comunidad idílicamente suburbana que ha sido víctima de un escandaloso hackeo masivo. Una reflexión hiperbólica pero afiladísima sobre el papel de Internet en nuestras vidas, el linchamiento social, la hipocresía y la doble moral, y el juicio de una comunidad conservadora ante la liberación de la mujer y la expresión de su sexualidad (es de todo menos casual que transcurra en Salem). Es decir, una historia completamente actual y oportuna que se propone provocar y lo consigue. Es como si Sofia Coppola, David Robert Mitchell y Harmony Korine se hubieran unido para hacer una película. Moderna, pop, autoconsciente, violenta, visual y estéticamente gloriosa, y con una recta final demencial, Assassination Nation es una de esas propuestas radicales que dividen fuertemente a la audiencia. Los varios egos masculinos que salieron heridos de la proyección demostraron que la película logra su propósito de remover conciencias e incomodar a aquellos que se sienten amenazados por el feminismo y el poder de la mujer.

Escape Room (Adam Robitel, 2019) – Clausura

La Muestra SYFY concluía el domingo con Escape Room, película de clausura que esta semana llega a las salas comerciales de toda España. Adam Robitel (The Taking of Deborah LoganInsidious. La última llave) dirige la nueva vuelta de tuerca de las sagas de terror juvenil que ya se ha convertido en todo un éxito en Estados Unidos. Escape Room es como una fusión entre Cube, Saw La cabaña en el bosque, un juego retorcido en el que seis desconocidos se enfrentan a una escape room de la que deberán salir con vida usando su ingenio. Aunque no es original y requiere suspender la incredulidad considerablemente, es una película muy efectiva en lo que se propone, además de tremendamente entretenida. Destaca por su creatividad a la hora de diseñar los puzles y por lo bien que maneja la tensión. Una nota positiva para terminar la Muestra y dejarnos con ganas de más el año que viene.

Cadáver: Escalofriante noche en la morgue

El cine de posesiones y exorcismos ha dado mucho de sí en los últimos quince años. Cuando una de esas dos palabras forma parte del título de una película de terror, sabemos instantáneamente lo que nos vamos a encontrar en ella. Por eso llama la atención que The Possession of Hannah Grace haya conservado su título original para su estreno en España, Cadáver. Una decisión que, por otro lado, tiene sentido y sirve para diferenciar la película de tantas otras propuestas similares.

Al igual que ocurría en el thriller sobrenatural La autopsia de Jane Doe, la acción de Cadáver transcurre en una morgue. El neerlandés Diederik Van Rooijen dirige otra vuelta de tuerca al subgénero de las posesiones preguntándose qué pasa después de que un exorcismo haya acabado en la muerte de la víctima poseída. Tras un prólogo en el que asistimos al escalofriante ritual que resulta en el fallecimiento de una joven, la historia se centra en lo que ocurre con su cuerpo a partir de su entrada en el depósito de cadáveres, cuando evidentemente el mal todavía no lo ha abandonado.

La heroína de Cadáver es Megan (Shay Mitchell, conocida por Pretty Little Liars), una exagente de policía con pasado laboral traumático y problemas de adicción, que acepta un trabajo en horario nocturno en el hospital para evitar tentaciones y mantener su sobriedad. Sola en su nuevo puesto en el silencioso e inquietante sótano del centro, Megan recibe un cadáver horriblemente desfigurado y cubierto de heridas que pertenece a una chica llamada Hannah Grace, a partir de lo cual comenzará a experimentar sucesos extraños y violentos. A medida que la noche avanza, Megan comprobará que el cuerpo está poseído por una entidad demoníaca y decidirá arriesgar su vida enfrentándose a ella.

Con apenas 85 minutos de metrajeCadáver logra mantener la tensión de principio a fin, con un buen manejo del suspense y un guion que, sin ser nada del otro mundo, sabe acaparar la atención. En este tiempo, la película se toma en serio sin caer en el ridículo, y sobre todo, justificando las acciones de su protagonista con una historia personal que, si bien no es especialmente profunda u original, enlaza temáticamente con los eventos sobrenaturales que transpiran en la película. Es decir, aunque en el fondo no sea más que una simple película de terror para pasar el rato, al menos se han molestado en darle lógica a la historia, algo que no siempre ocurre.

Claro que al final, lo más importante de Cadáver no es el viaje personal de Megan para superar sus miedos y corregir sus errores del pasado, sino el suspense y los sobresaltos que hacen de la película un pasatiempo terrorífico eficaz, que es para lo que fue creada. Afortunadamente, la calificación por edades cambia el habitual PG-13 (siempre preferible por los grandes estudios aunque sea en detrimento del terror) por el Rated-R, lo que permite a Van Rooijen ir un paso más allá a la hora de mostrar imágenes violentas. En este sentido, los primeros planos de los cadáveres resultan especialmente truculentos debido al realismo del maquillaje con el que se crean las heridas, lo que añade un factor creepy bastante conseguido y en ocasiones no apto para estómagos débiles.

Por lo demás y sin ser nada del otro mundo (tampoco se lo pedimos), Cadáver cumple con lo que se propone, y lo hace sin dejar con la sensación de haber timado al espectador, que ya es más de lo que se puede decir de muchas otras cintas de terror de multisala. Con una atmósfera agobiante, tensión constante e imágenes de lo más macabro, muchos se llevarán las manos a los ojos viéndola, tanto por el miedo a lo que puede aparecer en cualquier momento como por lo que decide mostrar.

Pedro J. García

Nota: ★★★

La monja: ¿Qué es lo opuesto a un milagro?

Tiembla Universo Cinematográfico Marvel, no eres la única saga de películas interconectadas de éxito masivo entre el público. El terror, y concretamente las películas sobre asesinos en serie sobrenaturales, siempre se ha caracterizado por generar secuelas hasta el paroxismo, pero lo que está haciendo Warner Bros. con sus películas de miedo es una hazaña que parecía estar únicamente reservada para el cine de superhéroes. El Universo The Conjuring, que dio comienzo en 2013 con la muy estimable Expediente Warren ya suma cinco entregas y tiene otras tantas en la recámara.

Lejos de desvanecerse como un fantasma al amanecer, la popularidad de esta saga creada por James Wan va en aumento, y teniendo en cuenta que una cinta de estas características cuesta sensiblemente menos que una de superhéroes, no es de extrañar que Warner esté sacándole todo el provecho. La última en llegar a los cines es La monja (The Nun), dirigida por Corin Hardy (The Hallow) un spin-off centrado en uno de los demonios presentados en Expediente Warren: El caso Enfield.

La monja es una precuela que nos narra el origen del temible personaje en los años 50. La película da comienzo con una escalofriante secuencia que nos muestra el suicidio de una joven monja de clausura en una abadía de Rumanía. El Vaticano envía a un sacerdote, el padre Burke (Demian Bichir) y una novicia a punto de tomar sus votos, la hermana Irene (Taissa Farmiga, hermana de Vera Farmiga, protagonista de las películas principales) para que investiguen lo sucedido. Una vez allí, y con la ayuda de un joven campesino de la zona, Frenchie (Jonas Bloquet), se adentran en la abadía, donde arriesgan sus vidas enfrentándose a una fuerza maligna conocida como Valak, que se manifiesta de muchas formas, entre ellas en la monja endemoniada que conocimos en El caso Enfield.

La monja es muy inferior a las dos entregas de Expediente Warren, y más similar en calidad a los spin-offs centrados en la muñeca poseída Annabelle (que no es decir mucho). Como película deja bastante que desear, con un ritmo desacompasado (aburre por momentos) y una historia muy poco trabajada que se adentra en lo puramente fantástico con torpeza. Los diálogos también chirrían, en especial porque hay un intento de insuflar humor a los personajes que no termina de funcionar. El flirteo entre el campesino y la novicia interpretada por Farmiga roza lo embarazoso, y el personaje de Bichir está tan mal escrito como interpretado (él es quien nos regala las frases más ridículas/memorables: “Hay un momento para rezar y uno para la acción, y este es un momento para la acción”; “Holy shit!”, “The holiest”).

Claro que, en un producto como este, todo eso acaba siendo lo de menos. Lo importante es que, a pesar de su ineptitud a la hora de contar la historia, La monja da lo que promete y funciona perfectamente como pasatiempo de casa del terror, que es lo que busca el público en estas películas. El film tiene unas cuantas secuencias verdaderamente espeluznantes (el ataúd, la bodega, el clímax en la iglesia), juega bien con los espacios, la oscuridad y la música ominosa para aumentar el nerviosismo, la presencia de la monja (Bonnie Aarons) es inquietante (siempre que no veamos su rostro de cerca, retocado digitalmente, lo que resta impacto) y los sustos traicioneros abundan. En este sentido, solo pierde fuelle cuando, como suele ocurrir, acaba mostrando más de la cuenta y el suspense desaparece.

La monja es la muestra de que Warner ha encontrado su propia fórmula del éxito franquiciado (habrá segunda parte seguro, y la película deja la puerta abierta para ello). No es un trabajo especialmente inspirado, pero este Halloween va a haber monjas demoníacas por todas partes. Y ese era el objetivo, así que otro tanto para el estudio.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Hereditary

Tengo la sonrisa de mi madre. Sus hoyuelos también. El mentón y el porte de mi padre. La cabezonería de ambos y cierto sentido del humor que les saca de quicio a los dos por igual. Eso y mil traumas y bondades más es lo que he heredado de mis progenitores. Como si de una enfermedad se tratase (en algunos casos realmente lo es), nuestra existencia y apariencia viene debida a la herencia genética de nuestras madres y padres biológicos. Tarea nuestra (y de la sociedad que nos rodea) será el convertirnos en la continuación o digresión de ellos… aunque esa herencia nunca dejará de atormentarnos (o de premiarnos, que no todo es malo). Esa es la base sobre la que se sustenta Hereditary, la terrorífica sensación de la temporada.

El debut en largo de Ari Aster nos presenta a la familia Graham, devastada tras el fallecimiento de la abuelita Ellen. Realmente, la palabra exacta no sería devastada, ni siquiera afligida. La palabra que mejor define la actitud de su hija Annie (Toni Colette, El sexto sentido) es liberada. De las trazas de su madre poco sabemos, pero todo apunta a un comportamiento que seguramente rozó el abuso de la hija. Por si fuera poco, la matriarca falleció completamente senil, algo que atormenta completamente a Annie. Un drama que ha tenido que sufrir con su progenitora y que teme vaya a hacer sufrir ella a sus dos hijos.

Peter (Alex Wolff, Jumanji: Bienvenidos a la jungla)  y Charlie (Milly Shapiro, la Matilda de Broadway), son sus dos zagales. Peter está en el instituto y las hormonas comienzan a cegarle; y Charlie no es una de las chicas más populares del lugar pero eso no es ningún problema para terminar siendo la reina de todo el cotarro. P y C se quieren de la peculiar forma en que se quieren los hermanos que no tienen nada en común: se aguantan. Para Annie es de vital importancia que ambos estén cuanto más unidos mejor, especialmente con el futuro que les espera cuidándola a ella… Un drama futuro que solo ve ella, ya que todavía no ha tenido ningún episodio psicótico… o puede que sí.

Hereditary es una comedura de cabeza por el devenir del futuro y la putrefacción de la herencia genética. Annie se ahoga a sí misma y a los suyos con su miedo al futuro. Un temor que salpica y destroza su presente. Un horror que se perfecciona gracias a la mano dadivosa del destino y su gracejo habitual por hundir a los que más hundidos se encuentran.

Con ritmo pausado (en demasía, se podría decir), Hereditary compone una interesante maqueta sobre las miserias humanas. Aster sabe construir una agobiante atmósfera y una mitología bastante certera al servicio de la historia, pero cae en un error de principiante: obviar el menos es más. El cineasta opta por complicar una historia que hubiese funcionado mejor sin tanta solemnidad y, especialmente, con menos giros (no tan) sorprendentes. Tanta histeria y locura sin control (en el mal sentido de la expresión), termina por remitirnos a las primeros excesos de Jaume Balagueró y Paco Plaza para Filmax hace casi veinte años más que a los referentes directos a los que homenajea (copia) la película. Como aquellos títulos catalanes, la cinta de Aster es altamente disfrutable, pero no la enviada de los dioses (del averno) que nos han querido vender desde el otro lado del océano.

Como es habitual, Toni Colette borda el papel histriónico e histérico de la madre. Más cercano a (alguna de) su(s) Tara(s) de United States of Tara que a sus otras madres en El sexto sentido o Pequeña Miss Sunshine. Después de ver esta película, volvemos a no saber la puñetera razón por la que Colette no consigue más buenos papeles y encabeza repartos como se merece. Gabriel Byrne (Muerte entre las flores) hace las veces de marido Annie, el personaje más plano e insustancial del film. Se agradece que en esta ocasión sea el cónyuge masculino y no el femenino. La maligna Ann Dowd vuelve a hacer de las suyas en un pequeño papel. Muchas películas junto a Anne Hathaway tendrá que hacer en el futuro para compensar lo mucho que nos está puteando esta década. Más que solvente Alex Wolff apropiándose de alguna de las escenas más malrolleras del film y aplausos para la robaescenas mayor de la película: Milly Shapiro. Su Charlie podría tener un grupo de WhatsApp con la mismísima Regan MacNeil y con el bebé de Rosemary. Oscura y retorcida, o simplemente retraída… y retorcida. Shapiro está llamada a ser uno de los iconos del cine de género de los últimos años. Aunque solo sea por su perfecta evocación a Alyssa Edwards de RuPaul’s Drag Race.

Hereditary representa a uno de nuestros inner saboteurs más temidos: el miedo al futuro. Lo bueno es que en esta ocasión no es más listo que nosotros.

David Lastra

Nota: ★★★

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2017: Parte 3 y palmarés

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Por Daniel Andréu

La jornada del jueves la inauguraron Caye Casas y Albert Pintó haciendo doblete. Presentaron el cortometraje RIP y el largo Matar a Dios, ambos con un estilo muy marcado y similar de comedia negra con toques fantásticos. El primero muestra a una viuda más preocupada en que el funeral de su marido sea un gran acontecimiento que en recuperarle. En el segundo, cuatro personas que pasan una noche en una casa rural familiar, reciben la visita del mismísimo Dios y el peso de decidir qué dos únicas personas quedarán vivas en el planeta tras la aniquilación de la raza humana al amanecer. Los dos títulos exhiben un buen hacer tanto en el apartado técnico como en las interpretaciones, además de un guion con unos diálogos muy ágiles que podrían ser perfectamente obras teatrales. Historias así son las que haría Alex de la Iglesia hoy día si estuviera en un momento más inspirado.

Otra laguna cubierta en mi historial cinéfilo gracias a este festival fue Phantasm (Don Coscarelli, 1979), en la que unos hermanos se ven amenazados por unos extraños seres enanos y un misterioso hombre alto en las inmediaciones de un cementerio. Tuvimos la suerte de disfrutar de la presentación del propio director y de una copia recién restaurada. No hay duda de por qué se ha convertido en una cinta de culto con los años, pero su irregularidad hace pensar que podía haber sido aun mejor, ya que no se aprovecha al máximo el increíble potencial visual e imaginativo que demuestra en las secuencias más fantásticas.

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Tras la gala de clausura, en la que además de entregarse los premios se rindió homenaje a la adorable Caroline Munro y al mítico Jack Taylor (ambos derrochando encanto y ofreciendo momentos preciosos), se proyectó Mom and Dad (Brian Taylor, 2017). Curioso que se programara justo un día antes de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976), ya que funciona como su reverso moderno e histérico. Si en el clásico de Chicho los niños mataban a los mayores, en este nuevo trabajo de uno de los directores de Crank (Mark Neveldine y Brian Taylor, 2006) una extraña ola de violencia provoca que todos los padres quieran asesinar a sus propios hijos. Con el mismo estilo directo, nervioso, violento y muy físico en la dirección, se construye una película frenética que no se para ni un momento en innecesarias explicaciones y que ofrece mucho humor y momentos absurdos tremendamente divertidos. Hay que aplaudir que Nicolas Cage con esta película haya abrazado totalmente el icono pop en el que se ha convertido y no pare de reírse de sí mismo, dando lugar a los momentos más hilarantes de la película.

La segunda y última sesión golfa de este Nocturna 2017 vino de la mano de Another WolfCop (Lowell Dean, 2017), segunda parte de una saga que promete alargarse mientras pueda y que cuenta las “aventuras” de un policía hombre lobo, alcohólico y mujeriego. Perfecta para estas horas y este festival, nos ofrece mucho humor, mucho absurdo, mucha violencia y muchos efectos especiales caseros, pero ojalá fuera tan divertida como pretende.

El último día del festival dio comienzo con la premiere europea de Pilgrimage (Brendan Muldowney, 2016), cinta que se desarrolla en la Irlanda de 1209 y cuenta las aventuras de un grupo de monjes que custodian una valiosa y sagrada reliquia en su camino hacia Roma. Lo más interesante de esta película es asistir a los dilemas y las violentas situaciones provocadas por la fe y la iglesia, porque ni siquiera la presencia de dos estrellas internacionales como Jon Bernthal y Tom Holland consigue elevarla por encima de la media.

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Con ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) llegó el gran momento que muchísimos estábamos esperando, ver la obra maestra del terror patrio en pantalla grande. Esta historia de dos turistas que se van a una isla española para huir del ruido de las fiestas veraniegas y se encuentran con que misteriosamente no hay ni rastro de personas adultas, no solo no ha perdido con los años, sino que cada vez es mejor. Chicho pasó en el cine del terror oscuro y en espacios cerrados de La residencia (1969) a todo lo contrario, una isla pequeña pero totalmente al aire y a pleno sol. Solo él podía conseguir que un escenario así multiplicara la opresión y a tensión hasta el infinito, ya que maneja magistralmente el ritmo y el goteo de información, ahorrándose cualquier explicación sobre lo que está pasando para elevar el misterio. Vuelve a demostrar que su intención es tratar con el mayor de los cariños al género y que lo que pretende es hacer arte, ya que las imágenes que crea y la forma de mover la cámara son únicas. Por supuesto el conjunto no sería tan poderoso sin el increíble papel de todos y cada uno de los niños, tanto por separado como cuando van en grupo. Puede parecer fácil o simple, pero la intensidad de sus interpretaciones es inaudita.

Para cerrar la edición de este año se volvió a proyectar Dhogs (Andrés Goteira, 2017), la gran triunfadora con el premio a mejor dirección y a mejor interpretación masculina. Como las buenas obras, mejora con cada visionado, y es muy recomendable volver a visitarla para sacar nuevos matices. Los buenos momentos no se han limitado a Dhogs y a los clásicos que eran un valor seguro, el nivel de esta edición ha sido muy alto y ha tenido una selección de títulos variada y arriesgada, fruto de un excelente trabajo, así que esto no hace más que desear que pase rápido el tiempo para que llegue la edición de 2018. Os dejo con el palmarés completo:

– Premio Nocturna Madrid “Paul Naschy” a la mejor película de la Sección Oficial Fantástico: Dhogs, de Andrés Goteira.

– Premio Nocturna Madrid a la mejor dirección: Coralie Fargeat, por Revenge.

– Premio Nocturna Madrid “Vincent Price” a la mejor interpretación masculina: Carlos Blanco, por Dhogs.

– Premio Nocturna Madrid a la mejor interpretación femenina: Matilda Lutz, Por Revenge.

– Premio Nocturna Madrid al mejor guión: Chris Lee y Hill Tyler Macintyre, por Tragedy Girls.

– Premio Nocturna Madrid a los mejores efectos especiales: Les affamés.

– Premio Nocturna Madrid del público a la mejor película: Bajo la rosa, de Josué Ramos.

– Premio Nocturna Madrid al mejor corto nacional: Marta no viene a cenar, de Macarena Astorga.

– Premio Nocturna Madrid al mejor corto internacional: Keep Out of Children’s Reach, de Gustavo Sánchez.

– Premio Canal Dark a la mejor película de la sección Dark Visions: The Night Watchmen, de Mitchell Altieri.

– Premio Blogos de Oro: Revenge, de Coralie Fargeat.

Crónica del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2017: Parte 1

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Por Daniel Andréu

Un año más acudimos a la imprescindible cita con el cine de género en la 5ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico Nocturna 2017, que este año llega con energías renovadas, nueva dirección nueva sede en los Cines Proyecciones tras el cierre de los queridos Palafox.

Esta edición tuvo como primera proyección el cortometraje Bye Bye Baby, dirigido por Pablo S. Pastor. El propio director hizo una breve introducción en la que, entre otras cosas, dijo que su película favorita es Scream (Wes Craven, 1996). No tenía que jurarlo, pues la conversación con la que empieza el corto, en esa cocina, en esa casa, y con ese corte de pelo que lleva la protagonista, no podía tener otra inspiración. Referentes aparte, el corto se sostiene por sí mismo con una sencilla historia de misterio sobre una joven que empieza a notar sucesos extraños en su casa y… bueno, es mejor que el resto lo descubráis vosotros mismos. Lo más destacable es el apartado técnico, dejando claro que el dinero conseguido en el crowdfunding con el que se financió el proyecto tuvo el mejor uso posible, tratando con detalle y cariño la producción. En el tiempo que dura no tiene oportunidad ni de destacar especialmente ni de fracasar, pero hay mucho potencial, y esperamos que la versión en largometraje, que ya se está preparando, sea su confirmación.

La sección oficial de este año quedó inaugurada con The Heretics (Chad Archibald, 2017), cinta de terror sobre una joven que en el pasado fue secuestrada por una secta satánica para ser víctima de un ritual, y de nuevo vuelve a vivir esta pesadilla. En principio esta premisa no indicaba nada bueno ni nada malo, pero por desgracia el avance de la película se inclinó más hacia lo segundo. Se trata de un largometraje que, ante la falta de buenas ideas, obliga al espectador a hacer un esfuerzo por encontrar detalles que merezcan la pena. Lo que parecía que iba a ser algo entretenido lleno de algunos giros y sorpresas interesantes no tarda en degenerar y aburrir. Se agradece el juego al despiste sobre quién es realmente el villano, o qué personajes tienen un sorprendente pasado en común, pero cuando el guion decide olvidarse por completo de atar cabos o hacer que las situaciones sean verosímiles, cuesta ser benevolente con lo que se está viendo. Otra ilusión efímera fue el maquillaje, con unos efectos bastante conseguidos… siempre que la cámara no estuviera cerca ni hubiera mucha luz. En cuanto los planos se cierran, se ven las costuras de un trabajo pobre. El último detalle relativamente llamativo es ver la transformación final de la víctima, pero entonces es cuando el director se saca de la manga un absurdo epílogo y demuestra que esa transformación no era para nada interesante.

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Como prólogo al homenaje que Nocturna rinde este año a Narciso Ibáñez Serrador, se proyectó dentro de la sección Classics la película de 1969 La residencia. Esta película ambientada en un estricto internado para jóvenes problemáticas en el que se suceden varias muertes y donde nada es lo que parece fue presentada de una forma muy particular. Aunque hubiera extraños cambios en la calidad de imagen y frases sin doblaje, hay que agradecer al festival y a la distribuidora el esfuerzo por traer una copia sin censura y lo más cercana posible a la visión original del director. El tiempo pasa para todos, pero al contrario de lo que puedan pensar algunos contados espectadores que se reían en los momentos más dramáticos, esta película no ha hecho más que mejorar en los casi cincuenta años desde que se estrenó. Lilli Palmer en su papel de regenta del internado consigue ser uno de los pilares sobre los que se sostiene esa atmósfera tan opresora que es el mayor fuerte del film. Nadie se salva en esta cinta de terror con toques de giallo, todos los personajes esconden secretos y sacan lo peor de sí mismos. Chicho Ibáñez Serrador no se limitó a crear una historia entretenida, porque lo que él quiso fue hacer arte con el género. Las escenas de asesinatos son de una belleza que a día de hoy no han sido superadas, la secuencia en la que todas las chicas están cosiendo mientras una de las compañeras va a tener un encuentro secreto con un hombre es de una intensidad insoportable, y la historia de Lilli Palmer con su hijo es muy atrevida y turbia. Chicho mueve su cámara como el maestro que es y se ayuda de un diseño de producción exquisito, y es por todo eso que en 2017 La residencia es capaz de provocar tantos escalofríos como en 1969.

Para la gala de inauguración del festival hubo invitados de excepción como Caroline Munro o Jack Taylor, pero ellos van a tener su momento otro día. El viernes todos estábamos por el genio Chicho Ibáñez Serrador que iba a recibir el Premio Maestro del Fantástico por toda su trayectoria en el cine y la televisión. El delicado estado físico del director no le impidió hacer un enorme esfuerzo por venir a recibir su merecidísimo homenaje, y tras un momento en el que parecía que no iba a poder hablar, agarró el micrófono y convirtió la noche en pura magia y emoción. Tras el visionado de un bonito vídeo recorriendo su obra, hizo una interesante reflexión sobre la importancia del silencio en el cine de terror. Sus sabias palabras no estuvieron faltas de humor, consiguiendo que ese valioso silencio se rompiera por nuestras carcajadas. Lo que iba a ser un detalle del Nocturna y del público hacia Chicho, se convirtió en un honor de él hacia nosotros, porque recibir tanta sabiduría y cariño por su parte es algo que no tiene precio. Fue imposible no sobrecogerse con los aplausos y gritos llenos de amor y admiración que llenaron la sala.

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Después del que sin duda quedará como uno de los momentos más bonitos de todo el festival, llegó la hora de inaugurarlo oficialmente con Feliz día de tu muerte (Happy Death Day, Christopher Landon, 2017), el nuevo éxito de la factoría Blumhouse, que será uno de los estrenos importantes de estas navidades en España. Su argumento es tan sencillo como hacer un cruce de Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993) con cualquiera de los muchos slashers ambientados en universidades y hermandades que hay. La estudiante Tree empieza a revivir una y otra vez el mismo día, que no solo es el de su cumpleaños sino también el de su muerte a manos de un misterioso asesino. Precisamente en esa sencillez radica el éxito de la cinta. Cuando lleva cinco minutos ya sabemos todo lo que va a pasar, cómo se va a usar cada elemento de los que se repite cada vez que la protagonista muere, y cómo va a ir evolucionando la trama. Pero el director y el guionista son totalmente conscientes y se aprovechan de ello gracias a un ritmo que no decae en ningún momento y a un guion con mucho humor que nunca cae en la saturación, y además se guarda algunos momentos realmente sorprendentes. Por si fuera poco, de un plumazo y de la manera más simple y efectiva posible, se quita de encima con mucha gracia el peligro de ser criticada por tener un argumento demasiado similar al del clásico film de Harold Ramis (pero eso, mejor descubridlo vosotros mismos). Mención aparte merece la actriz Jessica Rothe, que con toda la facilidad del mundo lleva sobre sus hombros el peso de la película, haciendo gala de un lado cómico que, si el mundo es justo, dará mucho que hablar.

Llega de noche: El miedo y el otro

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Son buenos tiempos para el terror. El género sigue demostrando ser uno de los más rentables en taquilla, títulos como Expediente Warren han elevado el listón creativo de las películas de miedo, y paralelamente, todos los años surge alguna cinta que, al alejarse de la norma o salirse de la corriente principal (o simplemente por ser mucho mejor que la media), parece contribuir a reformular el género. Títulos como La bruja, No respiresDéjame salir han demostrado que otro cine de miedo es posible, uno que se apoya menos en trucos baratos para asustar y encuentra el verdadero terror en la incertidumbre y la sugestión. Sería también el caso de Llega de noche (It Comes At Night), escrita y dirigida por Trey Edward Shults (Krisha), thriller psicológico que pone el énfasis en los personajes, en sus dilemas morales y sus emociones, y en el que no hay monstruos deformes o espíritus vengativos, solo el miedo ante lo que no se ve, ante lo que puede arrebatárnoslo todo.

Llega de noche se desarrolla en un escenario post-apocalíptico resultado de un virus mortal que ha acabado con casi toda la humanidad y amenaza a los pocos que sobreviven. Paul (Joel Edgerton) y Sarah (Carmen Ejogo) viven con su hijo adolescente, Travis (Kelvin Harrison Jr.), en una remota granja en medio del bosque. Siempre armados y alerta, la familia trata de aislarse del virus mientras protege los pocos recursos que tiene de posibles asaltantes. Una noche, un intruso (Christopher Abbott) se cuela en su casa buscando ayuda para él, su mujer (Riley Keough) y su hijo pequeño. Tras mucha deliberación, Paul y Sarah deciden acoger a la familia. Aunque los visitantes parecen tener buenas intenciones, pronto la desconfianza y la paranoia se apodera de ambas familias, haciendo que el horror que hay en el exterior empiece a hacer estragos también en el interior.

Aunque Llega de noche pueda catalogarse como cine de terror, es en realidad un relato de misterio, un juego de suspense en el que la violencia proviene de lo más profundo del ser humano y el miedo se manifiesta físicamente a través del lenguaje y la imaginería onírica (a un lado y otro de la puerta roja). Shults lleva a cabo un soberbio ejercicio de tensión y atmósfera con el que da forma a una escalofriante historia sobre lo que somos capaces de hacer para proteger a nuestra familia, y la complementa con imágenes perturbadoras procedentes del subconsciente de Travis (excelente trabajo de Harrison Jr. transmitiendo la curiosidad y la incertidumbre del adolescente), dando como resultado una inquietante pesadilla de la que cuesta despertar, al menos hasta que su desgarrador clímax nos obliga a hacerlo.

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Con un guion sencillo pero rico en matices y profundidad psicológica, y unas interpretaciones sobresalientes por parte de todo el reparto, Llega de noche demuestra que no hacen falta muchos elementos para contar una buena historia de miedo. De hecho, Shults apenas da información sobre lo que está sucediendo en el mundo y evita explicar cómo se propagó el virus, centrándose exclusivamente en sus efectos, explorándolos en el microcosmos creado por ambas familias. La tensión y la desconfianza que reina entre ellas es lo que acaba desatando al monstruo de la película, el terror de la familia, el miedo al otro, provocado por la idea de perder lo nuestro. Y es esa la fuente en la que el director indaga para enervar y comprometer a la audiencia, apelando a nuestros temores más profundos para ponernos en el lugar de los protagonistas y hacer que nos preguntemos cómo actuaríamos en su lugar.

Con Llega de noche, Shults ofrece una lección de terror minimalista, tensión y ambientación, para hablarnos de la pérdida de la humanidad en un contexto de desesperación por preservarla. En la película no se concreta qué es exactamente lo que llega de noche, pero intuimos que es la temible criatura que despierta en el interior del ser humano en los momentos en los que este se encuentra más amenazado e indefenso.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

American Horror Story Roanoke: Una nueva pesadilla

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Este año pocos artículos tipo “Todo lo que sabemos de…” os habréis encontrado con respecto a la sexta temporada de American Horror Story. Y si habéis visto alguno, poco o nada os habrá desvelado de la nueva iteración de la exitosa serie de FX, porque toda información sobre su historia, reparto, personajes, subtítulo y tema central se ha mantenido bajo estricto secreto hasta la mismísima noche del estreno en Estados Unidos. Esa ha sido la ingeniosa base de la campaña promocional del regreso de AHS, hecha este año más que nunca para confundir y despistar. Hasta 36 teasers con un centenar de referencias a películas de terror que han hecho que Internet se estruje la sesera para adivinar de qué iba este año la serie. Un esfuerzo en vano, porque como decía, todo ha sido un señuelo, un juego para aumentar la expectación y obligar al espectador a acudir a la inauguración para ser testigo de la retirada del velo.

La sexta temporada de American Horror Story se estrenó el pasado 14 de septiembre, y para sorpresa de todos los que esperábamos una nueva locura desfasada al estilo de las anteriores, la serie de Ryan Murphy y Brad Falchuk regresaba con un formato novedoso, muchos cambios, y un título… que no nos quedaba claro de buenas a primeras: American Horror Story: My Roanoke NightmareMy Roanoke Nightmare: An American Horror Story, o como la conoceremos oficialmente American Horror Story: Roanoke. La confusión reinaba durante la season premiere, porque nos encontrábamos con algo radicalmente distinto a lo que habíamos visto en las decepcionantes Freak ShowHotel. Además del cambio de estilo, esta temporada tendrá menos episodios, diez en concreto, haciendo que la historia se cierre antes de Acción de Gracias y evitando así el parón de Navidad. Por otro lado, los episodios se titulan simplemente “Chapter 1”, “Chapter2″… y no hay títulos de crédito propiamente dichos. Está claro que después del exceso de las anteriores temporadas, Murphy y Falchuk han optado por simplificar, por el “menos es más” (les habrá costado la vida), y el resultado, aunque desorientador, es muy refrescante dentro del universo AHS.

Al menos esto es lo que ocurre en el primer episodio de la temporada, que viene con un formato interesante. Roanoke está rodada al estilo del falso documental, en la tradición de los seriales de crímenes reales. En ella, los protagonistas “reales” de la historia narran su terrorífica experiencia en la colonia de Roanoke, con testimonios mirando a cámara, mientras que por otro lado vemos una reconstrucción ficticia de los hechos con actores. Los primeros están interpretados por Lily Rabe, André Holland y Adina Porter, mientras que sus alter egos ficticios están encarnados respectivamente por Sarah Paulson, Cuba Gooding Jr. y Angela Bassett, que protagonizan la recreación de los eventos para el documental My Roanoke Nightmare. Al principio puede resultar bastante desconcertante ver a estas parejas de actores interpretando al mismo personaje, pero eh, aunque venga con un envoltorio distinto, esto es American Horror Story, y no sería la misma serie sin su buena dosis de meta.

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Roanoke es en realidad un sencillo regreso a los orígenes de AHS que nos recuerda a la primera temporada de la serie, Murder House, la que (nunca mejor dicho) puso los cimientos de este universo en constante expansión y cada vez más conectado. La historia de Roanoke también parte de una mudanza, la de un matrimonio que se va a vivir a Carolina del Norte, concretamente a un viejo caserón situado en medio de un tenebroso bosque y cuyos vecinos más cercanos son una familia de rednecks que no les dan la bienvenida más cálida precisamente. Es decir, el destino ideal para empezar una nueva vida. Allí, Shelby Miller (Paulson), prototípica blanca privilegiada yogamaníaca, empieza a experimentar acontecimientos extraños en ausencia de su marido, amenazas terroríficas y presencias fantasmales fuertemente ligadas a la tormentosa historia del lugar. Comienza el clásico dilema: huir de allí o reclamar el lugar como “nuestra casa” y no dejarse intimidar (para que la serie continúe). Se han gastado todos sus ahorros en ella, así que la decisión se toma sola. Está claro: nos quedamos.

Así comienza Roanoke, una temporada que, a priori, parece haberse acordado de que también puede dar miedo y recurrir al terror tradicional, un elemento que en los tres años anteriores ha brillado por su ausencia en la serie la mayor parte del tiempo. En “Chapter 1” hay claros (por no decir atronadores) ecos de El proyecto de la bruja de BlairLa matanza de Texas, películas que, como Roanoke, hunden sus raíces en la América más profunda, la del folklore colonial y los paletos de dentaduras carniceras rodeados de moscas, y en las que la serie se inspira para definir su imaginería decididamente macabra (el hombre con cabeza de cerdo, cadáveres de animales, la lluvia de dientes). Es decir, aunque sea muy pronto para sacar conclusiones, Roanoke es por ahora la temporada de AHS más “American” y más “Horror”. Pero es que se podría decir que es incluso la más “Story” en mucho tiempo. Ya sabemos que las series de Murphy suelen divagar my pronto y, con alguna excepción, acaban perdiendo el norte. Pero Roanoke parece más interesada en narrar la historia de forma más tradicional, ciñéndose únicamente a lo necesario. El buen resultado de American Crime Story y la decepción del público ante las anteriores temporadas de AHS parece haber empujado a Murphy a reformular su serie antológica de forma inteligente y oportuna. Quizá por eso la carta de presentación de Roanoke es tan austera y la temporada comienza con solo tres personajes principales (con breve y contundente primera toma de contacto con los de Kathy Bates y Denis O’Hare, que prometen), sin violentos saltos temporales o geográficos, sin número musical (todavía). Lineal, sobria, contenida.

Aunque la confusión aun nos dure y no debamos comernos de vista a la serie con un solo capítulo, el primer episodio de Roanoke ha hecho algo de manera formidable: presentar una historia atractiva sin gastar demasiados cartuchos, recordarnos que se puede pasar miedo viendo una serie y dejarnos con ganas de saber qué pasa después. Un arranque sólido e intrigante para una serie que necesitaba urgentemente un cambio de dirección.

Crítica: No respires


Fede Álvarez entró por la puerta grande del terror bautizado por Sam Raimi en 2013. Su remake de Posesión infernal resultó ser una de las películas más brutales y enervantes de los últimos años, lo que hacía que muchos siguiéramos de cerca los pasos del director uruguayo. Tres años después, Álvarez regresa, pero se queda en el mismo género con el que se dio a conocer (y con el mismo productor, Raimi). Sin embargo, para su segundo largometraje, No respires (Don’t Breathe), ni rehace ni se basa en nada, sino que presenta una idea original (aunque familiar), con guion escrito por él mismo junto a Rodo Sayagues (co-guionista de Evil Dead). No respires destaca en un mar de propuestas clónicas y cintas de terror en cadena con una premisa que no recurre a lo sobrenatural para asustar, sino que da lugar a un tenso thriller de emociones fuertes capaz de provocar más angustia y mejores sobresaltos que la mayoría de historias de fantasmas que nos llegan frecuentemente a la cartelera.

Aunque me repita, cabe destacar que estamos ante una de esas películas de las que es mejor no saber nada de antemano. Una cita ineludible para los fans del terror de las que nos llegan de vez en cuando, y que debemos hacer lo posible por que sea una cita a ciegas (en este caso nunca mejor dicho). Para no estropear demasiado la experiencia que supone No respires, me limitaré a reproducir la breve sinopsis oficial ofrecida por Sony Pictures (que claramente tampoco quiere spoilearos más de la cuenta): “Un grupo de amigos asaltan la casa de un hombre rico, y ciego, pensando que lograrán el robo perfecto. Están equivocados”. Ahí está. No necesitáis saber más. Haced como el trío de incautos formado por Rocky (Jane Levy, que repite con Álvarez después del calvario que vivió en Evil Dead), Alex (Dylan Minnette) y Money (Daniel Zovatto), y entrad en la casa sin saber qué os vais a encontrar entre sus pasillos.

No respires se ha convertido en la gran sorpresa de la temporada, y ha encumbrado a su director en la lista de promesas de Hollywood (pronto le lloverán las propuestas para dirigir blockbusters). Y no es para menos. Lo más destacable de la película es sin duda su trabajo tras las cámaras. La labor de Álvarez es tan sobresaliente que consigue distraer de la verdad que oculta la película: su guion no es nada del otro mundo. Es más, está lleno de agujeros y tiene tramos que exigen un considerable acto de fe por parte del espectador. Por un lado, No respires se esfuerza en anclar su historia en la realidad (no en vano se ambienta en la decadente Detroit y funciona como comentario de la actual situación económica), cuidando detalles que otras películas obvian y haciendo que su premisa resulte coherente y factible, lo cual se agradece mucho. Pero por otro, se acaba sacrificando esa verosimilitud para provocar golpes de efecto y empujar la historia hacia donde Álvarez y Sayagues quieren. Concretamente hacia un tercer acto que desafía constantemente la suspensión de la incredulidad y culmina en un clímax sobre-explicativo y excesivamente sensacionalista con el que se diluye el impacto que el film ha provocado en sus dos primeros tercios, llegando a rozar el ridículo por momentos. Haciendo alusión a la teoría de la caja de J.J. AbramsNo respires es mejor cuando no sabemos exactamente qué hay dentro de ella.

Claro que, a pesar de todo, hay que elogiar la forma en la que el misterio está llevado antes de llegar a ese problemático final. Desde que los protagonistas entran en la casa y Álvarez nos regala un soberbio plano secuencia para ponernos en situación, la película hace que uno se agarre de la butaca y no la suelte en ningún momentoNo respires es un excelente ejercicio de tensión, estilo y pulso narrativo que mantiene el interés a base de constantes giros, magníficos planos, y contundentes golpes de violencia, y que saca gran provecho del limitado espacio donde se desarrolla la acción. La cámara de Álvarez se mueve y encuadra con inteligencia para jugar con la oscuridad, aprovechar las esquinas, los rincones y los “pasadizos secretos” de la casa, construyendo así un inmersivo y claustrofóbico juego del gato y el ratón que tiene el control absoluto sobre nuestros nervios.

No respires le da la vuelta al home invasion (cine de allanamientos) y lo convierte en un survival crudo y sádico, un thriller de factura impecable que se apoya indudablemente en Hitchcock para construir el suspense y manipular al espectador. Como hemos dicho, su guion es muy inconsistente, sus diálogos tienden al cliché, y sus personajes son más finos que el papel de seda, pero la mano firme y la elegante dirección de Álvarez, que pone énfasis en la narración visual, compensa estas carencias y antepone con éxito la experiencia visceral a la intelectual. Cuando uno ve la película se da cuenta de lo bueno que es su título: los protagonistas no dicen “no respires” ni una vez, pero tú lo estás pensando en todo momento. Y cuando lo haces, te estás dirigiendo a ellos, pero también a ti mismo.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Nunca apagues la luz

Con las sagas Saw, InsidiousExpediente Warren, James Wan ha dado forma al terror comercial de hoy en día, y mientras él concentra sus esfuerzos actuales en el cine de acción (dirigió Fast & Furious 7 y está a cargo de Aquaman), deja que sus acólitos continúen su labor terrorífica. Lo comprobamos en Nunca apagues la luz (Lights Out), producida por el solicitado director australiano. Se trata del primer largometraje de David F. Sandberg, en el que el director (cuyo siguiente proyecto es Annabelle 2) convierte su propio corto viral de 2013 en una nueva cinta de terror estilizado con mimbres para saga. Es decir, Nunca apagues la luz lleva el sello Wan, que en este caso es lo mismo que decir que lleva el sello de cualquier cinta de miedo diseñada para multisalas.

Estamos ante otra historia de fantasmas con asuntos pendientes que atormentan a una familia y aterrorizan al respetable con mil y un sobresaltos atronadores. En este caso, la familia es el paradigma de lo disfuncional, lo que da pábulo al componente melodramático que últimamente tampoco puede faltar en el terror mainstream. Rebecca (Teresa Palmer) se fue de su casa hace años, huyendo de sus miedos de la niñez y de los problemas con su madre (Maria Bello), que sufre trastornos mentales desde muy joven. Cuando su hermano pequeño, Martin (Gabriel Bateman), experimenta los mismos sucesos inexplicables que ella cuando era pequeña, Rebecca revive su terrorífico pasado y decide proteger a su hermano de un ente aterrador que tiene una conexión muy estrecha con su madre.

Lo que hace que Nunca apagues la luz se desmarque del resto de títulos similares es lo que los angloparlantes llaman su “gimmick“, es decir, una particularidad o un truco que la define y (en un principio) la distingue de entre un mar de clones. En este caso, la gracia de la película es que su monstruo o fantasma solo puede verse y materializarse para atacar a sus víctimas en la oscuridad. Es decir, Diana, que es como se llama la dulce criatura, queda impedida por la luz, principal arma que los protagonistas usarán para defenderse de ella. Esto proporciona a Sandberg un campo de juego muy interesante, que desafortunadamente no aprovecha del todo. Sobre todo al principio, el truco de apagar y encender las luces una y otra vez hasta dar el susto de muerte resulta efectivo y deja un par de imágenes espeluznantes y momentos ingeniosos, pero a la larga no es suficiente para sostener una película que de base no tiene mucho más que ofrecer.

Donde Nunca apagues la luz sale más airosa es en la construcción de personajes y la labor interpretativa de su reparto (Palmer y Bello están estupendas). Aunque Rebecca y su familia no dejan de ser clichés a la altura del mismo misterio de siempre, al menos Sandberg se esfuerza por trabajar a sus protagonistas, algo en lo que la mayoría de películas de miedo actuales no destacan (y una de las características que ha hecho que Expediente Warren sea un éxito de público y crítica). Al hacer énfasis en la vulnerabilidad de una familia desintegrada y no caer en el esquema del slasher (donde las víctimas intercambiables van cayendo una a una), Nunca apagues la luz busca una conexión con el espectador que consigue por momentos (a pesar de ese niño insoportable, sobreactuado y empalagoso que demuestra la importancia de elegir bien a los actores infantiles). Sin embargo, aun con sus loables esfuerzos, Sandberg no puede evitar que su atractiva premisa se convierta en el enésimo cuento de miedo cortado exactamente por el mismo patrón de casi todas sus coetáneas, un déjà vu fílmico que bebe del J-Horror para construir otra película-casa del terror o mejor dicho, el equivalente cinematográfico a uno de esos vídeos con susto que se solían mandar por Whatsapp.

Nunca apagues la luz va por buen camino al concretar los demonios personales de la familia protagonista (como Babadook, pero más de diseño), mientras apela al miedo irracional a la oscuridad, a esa silueta que nos asusta y desaparece cuando encendemos la luz y, como Freddy Kruger, nos mantiene desvelados toda la noche. Sin embargo, en lugar de emplear estos interesantes elementos para crear un producto que de verdad se nos meta en la piel, cae en el convencionalismo del terror en cadena (que da mini-infartos, pero no miedo) y nos deja un film a medio cocer que sí, puede servir para pasar un rato, pero se olvida nada más terminar. Algo ha fallado cuando, la noche después de ver la película, uno no necesita encender la luz para dormir.

Pedro J. García

Nota: ★★½

Crítica: Expediente Warren – El caso Enfield

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¿Recordáis el dicho “segundas partes nunca fueron buenas“? ¿A que ya no lo oís tanto? Puede que hace años esa fuera una regla de oro del cine con unas cuantas honrosas excepciones, pero las cosas han cambiado en la última década y Hollywood, que está volcado de lleno en las franquicias y los universos cinematográficos, se está empleando para derribar esa idea. Esto no quiere decir que todas las secuelas sean buenas, pero por lo general están mucho más cuidadas que antes y en muchos casos llegan a mejorar a las películas originales. Además, el público se muestra mucho más receptivo a ellas. Sin embargo, hay un género que escapa a esta tendencia al alza, el terror. Es difícil encontrar secuelas de un éxito de terror que igualen o mejoren a su predecesora. Esto cambia con Expediente Warren: El caso Enfield (The Conjuring 2), la segunda parte de la muy estimable Expediente Warren: The Conjuring, una película que, si no es mejor que la primera, al menos es igual de buena.

James Wan se ha convertido en uno de los directores más solicitados y mejor valorados del cine comercial actual, llegando a ser considerado por muchos como “el rey del terror mainstream“. Su estilo sofisticado y eficiente le ha hecho ganarse una muy buena reputación y, antes de centrar todos sus esfuerzos en el cine de acción con Aquaman (ya dirigió uno de los mayores éxitos de este género, Fast & Furious 7), ha decidido seguir poniendo su granito de arena a eso que él mismo llama “la dignificación del cine de terror“. Con la primera The Conjuring, un ejercicio de terror a la vieja usanza, sólido y muy elegante, Wan ya dejó claras sus intenciones. Con su secuela, el director se ha propuesto “volver a hacer que el terror sea personal” y para ello, ha hecho algo más que repetir el festival de sustos y momentos escalofriantes de la anterior: ha potenciado aun más a los personajes y ha promovido una fuerte conexión emocional y psicológica entre ellos, el terror que los amenaza y el espectador.

Estableciendo una especie de juego meta (inspirado en Adaptation. de Charlie Kaufman, según ha confesado el propio director) en el que Wan introduce en la narración el dilema de qué es real y qué un montajeEl caso Enfield nos traslada hasta Inglaterra, donde tuvo lugar uno de los fenómenos paranormales más famosos de los 70. El poltergeist de Einfeld lleva al matrimonio Ed y Lorraine Warren a cruzar el océano después de visitar otro célebre lugar embrujado, Amytiville, para investigar el caso de una familia pobre que está experimentando extraños sucesos en una casa que se cae a pedazos. Aunque los espectadores somos testigos (y víctimas) de los sucesos paranormales que atormentan especialmente a la hija menor de la familia (espléndida Madison Wolfe), los Warren tienen dificultades para detectar la presencia hostil y por tanto demostrar a la Iglesia lo que está ocurriendo en Enfield. Y ahí está el reto y la novedad a la que se enfrenta el matrimonio esta vez, un demonio más ingenioso y con más recursos de lo habitual.

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Con El caso Enfield, Wan vuelve a realizar una película de terror sorprendentemente cuidada en todos los aspectos, un producto muy refinado, estilizado y con un regusto vintage que, afortunadamente, no se queda en mero ejercicio de estilo. La película sobresale por su envolvente atmósfera, su creativa puesta en escena y su gran empaque visual. Pero como adelantaba, al final lo que más diferencia Expediente Warren del resto de cintas de miedo de centro comercial es que en estas películas hay personajes de verdad, y que, en relación a esto, las interpretaciones están muy por encima de lo que cabe esperar del género -sin la fuerza expresiva de Vera Farmiga y la presencia gallarda de Patrick Wilson Expediente Warren no sería lo que es. El caso Enfield no innova demasiado (a pesar de introducir variaciones con respecto al primer caso, si hemos visto la anterior, así como la saga Insidious, sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar en ella). Pero tampoco le hace falta, porque Wan tiene completamente dominada la fórmula y sabe exactamente cómo asustar sin dejar de involucrar al espectador en la historia y los personajes, concretamente el matrimonio Warren, el núcleo emocional de estas películas, con los que el espectador no puede sino empatizar.

El caso paranormal es lo que nos mete en la película, pero los Warren y la familia Hodgson (hay que destacar también a una estupenda Frances O’Connor como la sufrida madre de los pequeños) son los que hacen que nos quedemos enganchados en su historia hasta el final y nos sometamos encantados a los mil y un sustos que Wan nos tiene preparados. Y he ahí otra de las diferencias entre Expediente Warren y las demás propuestas terroríficas actuales, que los sobresaltos, por muy traicioneros que sean, llevan detrás un trabajo de planificación sobresaliente. Wan ya ha demostrado con creces que es todo un artesano del terror. Para asustarnos, el director hace gala de un pulso excelente y mueve la cámara con inventiva y virtuosismo, retorciéndose por el escenario, jugando inteligentemente con el espacio y sus recovecos más oscuros, y deteniéndose en planos enervantes que aumentan la tensión y hacen que los sustos casi siempre funcionen como catarsis. Y no solo eso, sino que, cuando el terror toma forma concreta, Wan reduce la decepción que suele causar el paso de lo sugerido a lo desvelado, con tres criaturas demoníacas que resultan convincentes a diferentes niveles: un monstruo de cuento de hadas (reminiscente del Babadook) que no asusta demasiado por culpa de su naturaleza enteramente digital, un anciano que se encarga de ponernos de los nervios con algunas de las mejores secuencias de la película, y la maldita monja, que acechará a los espectadores en sus pesadillas durante mucho tiempo (o quizá hasta que su spin-off le quite la gracia).

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Con El caso Enfield, Wan consigue lo que se proponía, realizar una secuela más que digna que enriquece considerablemente el panorama del terror comercial. La segunda aventura de los Warren en el cine supone una experiencia casi inmersiva, una historia bien contada, con personajes definidos y oportunos toques de humor, que nos mantiene interesados hasta su emocionante clímaxhace que nos lo pasemos en grande pasando miedo.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Summer Camp

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El slasher es un subgénero del cine de terror con unos parámetros muy concretos y una reglas narrativas muy férreas. Tanto es así que en los últimos años la moda ha sido desmontarlo haciéndole meta-homenajes en clave de comedia (como La cabaña en el bosqueThe Final Girls). En cierto modo, la gracia de este tipo de películas de asesinos dando caza a un grupo de atractivos y despistados adolescentes es precisamente que nos da justo lo que queremos de ella. Pero aun teniendo esto en cuenta, es de agradecer cuando una de estas películas ofrece algo distinto. Se ha rizado tanto el rizo que cada vez es más importante innovar, y a Jaume Balagueró y Alberto Marini (productores de la saga [REC]) se les ocurrió una vuelta de tuerca muy interesante: ¿Y si en lugar de un asesino acechando a los jóvenes, fueran los jóvenes los que adoptasen el papel de asesino por turnos? Esa es la base sobre la que sustenta la ópera prima de Marini, Summer Camp, co-producción hispano-estadounidense diseñada por y para fans del género.

En la película acompañamos a cuatro jóvenes (Diego Boneta, Jocelin Donahue, Maiara Walsh y Andrés Velencoso formando un reparto acertado) a su llegada a un campamento de verano en España, al que se han apuntado en busca de diversión y nuevas experiencias. La noche anterior a la llegada de los niños, los cuatro empiezan a atacarse violentamente después de ser contagiados por un virus de origen desconocido. Los efectos duran poco, lo que hace que no todos estén infectados a la vez. De esta manera, tan pronto son depredadores como se intercambian los roles para ser la presa, con lo que se inicia un juego del gato y el ratón en el que los protagonistas deben sobrevivir a sí mismos para encontrar el origen de la infección. Este es el argumento de Summer Camp, que como podéis comprobar, parte del slasher ochentero para a continuación hibridarse con el cine de infectados o zombies y llevar a cabo una cuanto menos curiosa fusión de ambos géneros.

Pero claro, una cosa es tener una buena idea, y otra muy distinta es ejecutarla de manera satisfactoria. Y ahí es donde falla Summer Camp. La originalidad de su planteamiento se ve completamente anulada por un guion mecánico, repetitivo y sin pies ni cabeza. La idea pedía más mala leche, más autoconsciencia y sobre todo, más ingenio, algo que escasea tanto en los diálogos como en la acción, con escenas mal conectadas que se suceden una detrás de otra de manera torpona, sin ritmo ni chispa, desaprovechando completamente la premisa para acabar haciendo algo excesivamente monótono y convencional (no puedo evitar pensar que esta película habría funcionado mucho mejor en manos de los productores de Tú eres el siguiente por ejemplo). La película invitaba a jugar con los tópicos, pero se conforma con reproducirlos de la forma más básica, contrariando las intenciones innovadoras (y la experiencia en el género) de sus responsables.

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Summer Camp propone una variación llamativa del slasher, pero se pierde completamente en la ineptitud narrativa y de la puesta en escena (suspense cero), por no hablar de que su conflicto principal no podría ser más predecible: de las posibles respuestas al misterio se elige la más obvia, después de poner las pistas tan a la vista que uno no puede evitar pensar si le están tomando por tonto. Es cierto que esta es una cinta que aspira principalmente a divertir y no debe verse con demasiadas exigencias (aunque lo parezca por este texto, os prometo que fui sin expectativas concretas y con ganas de pasármelo bien), pero aun teniendo esto asumido, se queda demasiado escasa hasta para lo que cabe esperar de su género. A menos, claro, que se vea en el ambiente propicio. Summer Camp está hecha para ver en grupo, y funciona como la típica película comodín de festival de cine fantástico. Puede resultar efectiva en ese entorno jaleador y cachondo, donde los espectadores nos lo pasamos pipa vitoreando a los protagonistas por sus continuas decisiones estúpidas, o por las chapuceras escenas de acción y los giros sin sentido (y mira que esta película tiene de todo eso para hartar), pero si se saca de su ‘hábitat natural’ (y lo ideal sería que una película no exigiera que su visionado tuviera lugar en determinadas circunstancias para ser disfrutada), lo que queda ya no es una estupidez divertida sino una película frustrantemente estúpida. No hay más.

Nota: ★½

Crítica: La bruja

La bruja

La bruja (The VVitch) no es una película de terror al uso. Y por “al uso” entendamos lo que uno se puede encontrar hoy en día en la cartelera de cualquier cine de centro comercial (una acepción reductiva, pero necesaria para entender qué ha pasado con esta película). ¿El problema? Que quizá se ha percibido -porque se ha vendido- como eso mismo. Una cinta de miedo orientada comercialmente a pandillas de adolescentes y espectadores con ganas de sobresaltos. Nada malo en buscar esto, pero La bruja no ofrece este tipo de experiencia terrorífica, sino otra completamente opuesta, la de la atmósfera, la incertidumbre y lo desconocido por encima del susto o la acción, la de lo sugerente, lo extraño, incluso lo libidinoso… Terror, sí, aunque muchos lo nieguen (erróneamente), pero no del que los estudios han convertido en normativo. De ahí la confusión e indignación por parte de un sector del público ante una película que no es lo que creía.

Habiendo dejado claro lo que no es La bruja, centrémonos en lo que es. El primer largometraje de Robert Eggers supone un excelente ejercicio de estilo y ambientación, pero no nos lo comamos de vista. Además de recrear con enorme detallismo la Nueva Inglaterra del siglo XVII, esta es una historia rebosante de significado y contada con suma inteligencia, un relato que planta constantemente la duda en el espectador, jugando con lo que puede ser real y lo que puede ser fantasía, dosificando la información de manera que no haya conclusiones precipitadas y la historia tome vida propia en la mente de cada uno. Si se entra en la propuesta de Eggers, La bruja tiene el potencial de convertirse en una de las experiencias cinematográficas más inmersivas y envolventes de los últimos años, una de la que cuesta tiempo salir después de su final.

La bruja cartelCon ciertas reminiscencias a El bosque de M. Night Shyamalan, La bruja nos cuenta la fascinante historia de una familia que subsiste a duras penas en una granja junto al aterrador bosque que hay a las afueras del pueblo, del que han sido exiliados por una misteriosa razón (una que, precisamente por no conocerla, influye en cómo percibimos la historia y tratamos de sacar conclusiones). El film nos lleva a la época previa de los juicios de las brujas de Salem en 1692, y nos presenta su folclore de forma realista, con un naturalismo que hace que lo que vemos (o intuimos) sea aun más sobrecogedor. Alrededor de los conceptos de la magia negra y la posesiónLa bruja traza un absorbente relato sobre el miedo y la ignorancia, un retrato que pretende ser fidedigno (no en vano se usaron transcripciones reales de la época para escribir los diálogos) de la histeria de la época y el fanatismo religioso que conducía hacia la violencia y el horror. Todo visto a través de los ojos de una adolescente, Thomasin (fantástica Anya Taylor-Joy), junto a la que vivimos la progresiva destrucción de su familia en una serie de acontecimientos que exploran la naturaleza del mal en relación al paso de la adolescencia a la vida adulta de una mujer.

Todos los elementos que conforman La bruja están meticulosamente construidos para dar como resultado una opera prima de gran pulsión cinematográfica: las impactantes y perturbadoras imágenes que recorren todo el film (bellamente fotografiado por Jarin Blaschke), la increíble banda sonora de Mark Korven, las interpretaciones (de adultos y niños, inolvidable la escena de posesión del pequeño Harvey Scrimshaw), los diálogos, cadencias y acentos, la imponente voz de Ralph Ineson, ese poderosísimo clímax que redefine la historia y obliga a revisitar todo lo acontecido para saber qué nos ha estado contando en realidad, sin olvidar la inquietante (omni)presencia de la cabra Black Phillip, animal en el que confluyen todos los miedos y angustias que sostienen el film. Todo esto hace que La bruja presente una visión escalofriante y hermosa de un terror que pocas veces se nos manifiesta de forma tan lúcida y sugestiva, y se postule seriamente como un clásico moderno del género.

Nota: ★★★★★

Crítica: Eliminado

Eliminado

Fresno, California. Abril de 2014. Ha pasado exactamente un año desde que Laura Barns se suicidó delante de sus compañeros (y sus móviles) tras sufrir el ciber-acoso provocado por un vídeo de YouTube que mostraba a la adolescente en una situación terriblemente embarazosa. Su mejor amiga de la infancia, Blaire Lily (Shelley Hennig), se prepara para una sesión de Skype con su novio, a la que pronto se unen otros tres amigos. Los cinco detectan la presencia inesperada de una cuenta con el nombre de billie227 que asegura ser Laura. A pesar de los intentos de la pandilla por expulsar al usuario desconocido, billie227 permanece en sus ordenadores sin que ellos puedan hacer nada al respecto. La frustración y el miedo aumentan cuando la supuesta Laura les propone un juego con terribles consecuencias para los perdedores. Convertidos en presas de un asesino sin rostro que amenaza con matarlos si se desconectan, uno a uno caerán víctimas de los juegos de Laura, diseñados como venganza para destapar las horribles verdades que los amigos se ocultan.

El argumento de Eliminado (Unfriended) suena a slasher juvenil de toda la vida. Y eso es exactamente lo que es. Con la principal diferencia de que la historia transcurre íntegramente dentro de una pantalla de ordenador, donde Blaire (nuestro punto de vista) maneja las distintas ventanas que nos mostrarán los acontecimientos. Eliminado traslada las reglas del slasher al contexto actualizado de la sociedad hiperconectada, y propone una película de suspense (más que de terror) ambientada en el abstracto entorno del ciberespacio, donde se refleja (y magnifica) el día a día vivido a través de las pantallas de nuestros ordenadores y dispositivos móviles -algo parecido a lo que hizo Nacho Vigalondo con Open Windows, pero menos arraigado en la fantasía. Eliminado recoge la realidad del adolescente actual y la convierte en un cuento de miedo con moraleja que trata temas como el acoso, la presión social, la importancia de la imagen proyectada en las redes y en general, la dependencia de Internet en las vidas de los estudiantes.

Claro que la principal intención de Leo Gabriadze (Problemas con suerte) no es elaborar una crítica o tratado social (aunque se asegura de que su mensaje anti-acoso llegue sin interferencias), sino construir un simple thriller de acoso, un film esencialmente convencional que se distancia de la norma por su arriesgado formato. Y ahí es donde la película acierta y fracasa a la vez. Eliminado hace gala de Imprimiruna increíble atención al detalle. Gabriadze traslada a la pantalla la lógica interna del internauta con suma coherencia para evitar la frustración del espectador, plasmando con puntería los tiempos de espera, pasos en falso, atajos o glitches, convenciéndonos así de que hay alguien real manipulando el ratón. En esa credibilidad reside la clave para que el suspense de la película surta efecto. Eliminado logra transmitir tensión y angustia porque recurre a una amenaza invisible (como hacía recientemente It Follows) y porque el entorno en el que transcurre es verosímil y se reconstruye sin apenas falseamiento en el espacio que más familiar nos resulta ahora mismo, donde actualmente vivimos gran parte de nuestras vidas.

El trabajo de planificación y desarrollo gráfico que hay detrás de esta película no debería tomarse a la ligera. Eliminado aprovecha todas las posibilidades fílmicas (por naturaleza muy restringidas) de la pantalla del ordenador para narrar la historia de la forma más natural posible, y el resultado en este sentido no es nada desdeñable. Visualmente, Eliminado es imaginativa y eficaz, lo que facilita la enervante experiencia inmersiva que propone. Pero el realismo no se ciñe al aspecto técnico, sino que, a diferencia de la gran mayoría de slashers juveniles, los personajes de Eliminado hablan y se comportan como adolescentes reales. Por supuesto, el grupo de víctimas está formado por los arquetipos habituales del género (la virgen o final girl, el fumado, el jock, la puta) pero van más allá, se expresan y relacionan como lo haría un grupo de amigos de 18 años en la vida real. En este sentido, la calificación Rated-R permite mostrarnos la cara del adolescente que sabemos que existe pero se nos suele ocultar en el terror teen, y los actores, que están por encima de la media en estas producciones, hacen el resto del trabajo.

Y con todo, Eliminado no deja de ser una oportunidad perdida. El detallismo casi enfermizo del film, pensado para garantizar la experiencia lo más cercana posible a la realidad, hace que se descuide lo más importante, la historia. Aunque no se le da mal maniobrar todos los trucos del terror sin caer en los típicos sinsentidos (aquí está todo más atado de lo que cabía esperar), el guion es demasiado genérico y por tanto predecible. Eliminado no es una mala película, pero podría haber aportado algo nuevo al género y al final se queda en lo mismo de siempre.

Valoración: ★★★

Crítica: Poltergeist

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Dejémoslo claro desde el principio, un remake de Poltergeist, el clásico de terror para toda la familia estrenado en 1982, era innecesario. Tanto como casi la totalidad de los remakes, reboots y retodo que está produciendo Hollywood últimamente. Es obvio que la Meca del Cine está falta de ideas, pero por lo general, el público responde de forma positiva ante estos relanzamientos de franquicias y demás estrategias nostálgicas ideadas para evitar que la taquilla se hunda. Así que mientras esperamos (seguramente en vano) una nueva época dorada en la que las ideas originales marquen el pulso del cine (un nuevo 1999-2001 por ejemplo), concretamente el de terror, esto es lo que hay.

Quizá porque lo he asumido, porque me he resignado a que este es el estado actual del género (demos las gracias por las excepciones que nos ayudan a sobrellevarlo, como BabadookIt Follows) o porque prefiero no menospreciar lo que el público demanda, he visto la nueva Poltergeist con ojos más indulgentes. O quizá sea mucho más sencillo que eso y después de todo la película de Gil Kenan sea en realidad mucho mejor de lo que parece, y de lo que esperábamos. Estamos ante un remake bien hecho, muy fiel al original pero con los pertinentes cambios para actualizarla (aquí la tele es de plasma, los móviles y iPads juegan un papel importante, y tenemos un dron que retransmite imágenes desde otra dimensión, ahí es nada). La sensación de estar viendo la misma historia otra vez es inevitable, los momentos clave y las escenas más icónicas del clásico de Tobe Hooper están ahí, pero no estamos ante una reconstrucción plano a plano (no hagáis caso de los exagerados que digan que sí). En su lugar, Kenan toma la historia y le imprime su propio ritmo, haciendo que la trama fluya orgánicamente, como si se hubiera pensado en el siglo XXI.

Esto conlleva una pega, que al final, la sensación de déjà vu no proviene tanto de nuestra experiencia con la película original (programada hasta la saciedad en las tardes de TVE cuando éramos unos críos), sino más bien del hecho de que han convertido Poltergeist en otra Insidious (de hecho, aquí se nos deja seguir la cuerda dentro del armario y ver qué hay en “el otro lado”). A pesar de partir de un material previo que sin duda sirvió de inspiración, este remake es la respuesta de Fox a las películas de James Wan. Terror estilizado, aséptico, juvenil, es decir, PG-13 (calificación por edades que habría recibido la original si no fuera porque Spielberg no la inventó hasta un par de años después). Poltergeist es por tanto un film de terror para todos los públicos, uno no exento de sus dosis de perversidad, pero en general inofensivo. Es decir, válido tanto para una sesión de madrugada como para un domingo por la tarde, justo como la original. No nos extraña por tanto que Fox confiara la película a Kenan, que se dio a conocer con aquella nostálgica aventura de terror para niños que fue Monster House.

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Otro nombre detrás del proyecto que llama la atención es el de Sam Raimi, que participa en Poltergeist en calidad de productor ejecutivo. Y creedme cuando os digo que, a pesar de la ausencia de gore, se nota su mano en la película. Poltergeist no es una comedia de terror como Arrástrame al infierno o (en menor medida) Posesión infernal, pero hace gala de un humor comedido y algo bobo, pero también muy efectivo, que nos recuerda un poco al director de Spider-Man. Entre susto y susto se cuelan diálogos divertidos y momentos muy inspirados de comedia ligera (muchos de ellos provienen del equipo de investigadores paranormales). Esto funciona sobre todo gracias al reparto. Y es que otro de los aciertos de Poltergeist es su casting, aspecto que se suele descuidar en este tipo de películas.

La familia protagonista está encabezada por dos talentazos infravalorados e infrautilizados, Sam Rockwell y Rosemary DeWitt. Ambos resultan creíbles y naturales en todo momento, tanto para hacer chistes como para los pasajes más dramáticos. Rockwell brilla especialmente como papá bromista, pero también sorprende con una excelente escena dramática en la que se entrega por completo. También destaca Jared Harris, sustituto oficial de Zelda Rubinstein como guía de Carol-Ann, aquí rebautizada Maddie (Kennedi Clements), en su camino hacia la luz. Harris es el personaje más caricaturesco, es la Lin Shaye de esta película, y está tan divertido como Rockwell, sin llegar a pasarse de gracioso y ahogar el aspecto terrorífico de la película. Por último, los tres niños están sencillamente perfectos, sobre todo la pequeña Maddie, que nos recuerda mucho a Heather O’Rourke, entre adorable y escalofriante, y con unos enormes e inquietantes ojos que hipnotizan. Sin desmerecer a Saxon Sharbino, típica adolescente moderna con una dimensión más humana y simpática de lo normal, y especialmente a Kyle Catlett, fantástico como el enclenque hermano mediano, en cierto modo nuestro punto de vista en la historia.

Poltergeist no es nada nuevo, en ningún sentido. Pero es una película muy decente, un recorrido clásico por el género de las casas encantadas, con bien de sustos (mucho más creativos y menos tramposos de lo habitual hoy en día), un equilibrio bien medido de suspense, miedo y humor, y sin demasiadas complicaciones. Con apenas 90 minutos de metraje (y un final muy abrupto que hace que se echen de menos 10 más, eso sí), Poltergeist se salva con dignidad de la quema de los remakes que nadie pidió (que nosotros sepamos).

Valoración: ★★★½

Crítica: La mujer de negro – El ángel de la muerte

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La mujer de negro (The Woman in Black) fue uno de los éxitos sorpresa de 2012, una discreta cinta de terror clásico basada en la novela de Susan Hill y protagonizada por Daniel Radcliffe, recién salido de la saga Harry Potter. La película llegó a ser número 1 en la taquilla norteamericana, y aunque se desinfló rápido (quizás porque los adolescentes devora-terror-PG-13 esperaban algo más “moderno”), recaudó lo suficiente a nivel global para garantizar una secuela. Y es que poco hace falta hoy en día para que una de terror, por escasa repercusión que disfrute, tenga continuación e incluso se convierta en una saga. La mujer de negroEl ángel de la muerte retoma la espeluznante historia de Alice Drablow años después de los acontecimientos de la primera entrega, y nos invita a regresar a la mansión del pantano, esta vez acompañados de una caterva de niños de la guerra, una enamoradiza profesora y la siempre fantástica Helen McCrory.

La gran baza de la primera Mujer de negro era su excelente ambientación: esos imponentes parajes neblinosos y ese pantano que, además de proporcionar un recurso narrativo muy valioso y bien aprovechado (la subida de la marea al caer la noche hace desaparecer la calzada que une la mansión con la aldea adyacente, Crythin Gifford), generaba imágenes de absoluta belleza gótica. Afortunadamente, esto no ha cambiado en El ángel de la muerte, a pesar del cambio de realizador y director de fotografía. Tom Harper y George Steel toman el relevo de James Watkins y Tim-Maurice Jones y llevan a cabo un buen trabajo de estilo que, si bien no termina de alcanzar el nivel de la primera parte (se nota que hay menos presupuesto), nos vuelve a dejar imágenes de sensibilidad onírica dignas de los mejores cuentos de fantasmas victorianos.

La mujer de negro El Ángel de la muertePero es que además de su destacable factura técnica (aspecto que se suele descuidar en este tipo de subproductos), El ángel de la muerte también suple un defecto de la primera parte, su práctica ausencia de argumento. La mujer de negro era básicamente una sucesión de secuencias en las que Daniel Radcliffe deambula con cara de desasosiego (o más bien de palo) por la mansión Eel Marsh mientras se preparaban los diversos sustos para el espectador. No había mucho más. El ángel de la muerte sigue siendo una suerte de casa del terror cinematográfica, una lujosa atracción de feria con un sobresalto a cada vuelta de la esquina, pero hay mayor interés en contar una historia. La de Eve Parkins (Phoebe Fox), institutriz a cargo de ocho niños evacuados de Londres durante la Segunda Guerra Mundial y trasladados a Crythin Gifford, donde encuentran refugio en Eel Marsh; la de Harry Burnstow (Jeremy Irvine), un piloto de la RAF con un tormentoso secreto; y por supuesto, la de Alice Drablow, la temible mujer de negro, cuya leyenda, digna del más prototípico J-horror, es desarrollada en mayor detalle en esta secuela.

Al igual que la primera película, El ángel de la muerte opta por el suspense en lugar de recurrir a la violencia y la sangre, para elaborar un cuento de miedo que visita todos los lugares comunes del género de mansiones encantadas y recupera de nuevo el espíritu de la Hammer, productora de la franquicia. La mujer de negro nos propone por tanto otro regreso al terror de los 60, con ecos (y escalofriantes susurros) a clásicos como The Haunting The Innocents, una vuelta a un tipo de cine más inocente, deudor de los relatos góticos en la línea de Edgar Allan Poe u Otra vuelta de tuerca de Henry James. Sin embargo, como adelantábamos antes, la película pierde gran parte de su encanto por culpa de su atosigante insistencia en sobresaltar al personal cada dos por tres, con una agotadora sesión de sustos que acaba sacándonos del trance que provocan sus imágenes.

Valoración: ★★★