The Society: Jugar a ser adulto

Mientras cada nuevo intento de saga young adult se la pega en los cines, el drama adolescente es uno de los géneros más fértiles de la televisión. Y esto es algo que Netflix sabe perfectamente. El formato serial se ajusta fácilmente a este tipo de historias y sirve para enganchar y fidelizar al público más joven. La plataforma de streaming se ha especializado en series adolescentes con enfoque adulto y atrevido. Por trece razones, Las escalofriantes aventuras de Sabrina, Sex Education o Élite se encuentran entre sus programas más populares y más comentados en Internet. Por eso, The Society era una apuesta segura.

Creada por Christopher Keyser (Cinco en familia, Tyrant), The Society sigue los compases del thriller teen post-apocalíptico, pero (sorprendentemente) no está basada en ninguna serie de novelas. Al menos no abiertamente. La serie, cuya primera temporada consta de 10 episodios de una hora de duración, recuerda a muchas cosas que ya hemos visto. Quizá demasiadas. Tiene algo de Under the Dome, de Perdidos (y todas las series que trataron de imitarla en los años siguientes a su estreno), del cómic The WoodsThe 100Wayward Pines, distopías Y.A. como El corredor del laberinto, y por supuesto, El señor de las moscas.

Con estos referentes, no es difícil hacerse una idea de lo que uno se va a encontrar en The Society. La serie gira en torno a los adolescentes de un pequeño pueblo que, tras un corto viaje en autobús, regresan a casa para comprobar que todos los adultos han desaparecido y no hay manera de salir de allí. La confusión da paso a la euforia y el desenfreno por la ausencia de figuras autoritarias. Pero pronto se dan cuenta de que su situación podría ser permanente, por lo que deben organizarse para crear normas de convivencia, soluciones para lidiar con la escasez de recursos y un sistema para resolver los problemas que puedan surgir, incluido el crimen. Es decir, levantar una sociedad desde cero, en una situación extrema y sin la ayuda de sus mayores.

La premisa es sin duda atrayente, sobre todo para el público más joven y los aficionados a la distopía adolescente. Sin embargo, The Society no da tanta importancia al misterio central como cabría esperar, sino que lo usa como pretexto para construir una fábula sociopolítica protagonizada por adolescentes que se ven forzados a ser adultos. Esa es la base de un género que se dedica a reflejar la sociedad desde los ojos de los más jóvenes, y que en este caso abarca más terreno que otros títulos similares, mostrándonos a través de las vivencias de sus protagonistas cómo se crean y funcionan las instituciones, la estructura laboral, cómo operan (y se corrompen) las fuerzas de la ley, las contradicciones e injusticias que se generan, los movimientos políticos y la disidencia, el papel de la religión, la democracia, la jerarquía y la función de los líderes… En este caso una líder autoimpuesta, Allie (Kahtryn Newton), que sigue el patrón Daenerys Targaryen o Laura Roslin, oscilando entre salvadora y tirana a lo largo de la temporada.

The Society aborda todos estos asuntos a partir de las tumultuosas relaciones amistosas, románticas y sexuales entre sus protagonistas, por lo que el factor drama adolescente está constantemente presente para los que lo busquen. Sin embargo, esto hace que el elemento de misterio quede sepultado prácticamente toda la temporada en favor de la creación de una sociedad en la que, durante mucho tiempo casi nadie se pregunta cómo han llegado allí y cómo pueden volver a casa, si es que pueden.

Después de plantear en el primer capítulo la necesidad de averiguar qué ha pasado, no es hasta el séptimo cuando se menciona un comité de investigación que ha estado estudiando la situación (nosotros no lo hemos visto) para ofrecer posibles hipótesis a lo que está ocurriendo. Y hasta el noveno, cuando ya han pasado más de seis meses, no se les ocurre hacer una expedición por el bosque que rodea el pueblo para intentar encontrar una salida, y no se les pasa por la cabeza investigar al conductor del autobús que los dejó allí. Y ese es uno de los principales problemas de The Society, que en su empeño en mostrarnos los engranajes de la sociedad y centrarse en sus personajes (algo que normalmente agradecemos de las series), se olvida de desarrollar el otro elemento clave de la historia.

Es un problema de planificación narrativa. La serie tiene demasiada prisa por mostrarnos a los adolescentes formando esa sociedad para a continuación ponerla en duda, por lo que acaba forzándolo hasta la artificialidad. No tardan en crear un sistema legal, celebrar un juicio (como los de la tele) o convocar elecciones generales. Hay asesinatos, un psicópata literal, una víctima de violencia doméstica que intenta envenenar a su pareja y un golpe contra el “estado policial” de Allie. Es demasiado. Todo en la primera temporada, y todo sin hacer apenas alusión a lo que los ha llevado a esa situación, obligando continuamente al espectador a cuestionar la lógica del relato (una cosa es que lo más importante no sea el misterio, sino los personajes, y otra que el misterio exista solo cuando se le antoja a los guionistas). A esto se añade que del numeroso reparto, hay muy pocos personajes con los que podamos sentir empatía. Eso si conseguimos distinguir los unos de los otros. Se comportan de manera exagerada (de nuevo para ajustarse a la voluntad de metáfora social de la serie) e irritante más allá del tópico del adolescente televisivo, protagonizan conversaciones en las que se nota demasiado al adulto que escribe/habla por ellos, y las relaciones son muy confusas y mal desarrolladas.

A pesar de todo esto, The Society es intermitentemente interesante. De hecho, tiene capítulos verdaderamente potentes y puede resultar provocadora y dar que pensar a su audiencia. Pero necesita centrarse. Tiene buenos actores, ahora debe dibujar mejor a sus personajes y dejarlos ser adolescentes, hacerlos más humanos y menos arquetípicos, estructurar mejor la historia, hacerla más creíble y encontrar un mayor equilibrio entre el drama, la reflexión y el misterio. A pesar de no poseer ni un ápice de originalidad, The Society tiene ingredientes de sobra para crear algo con impacto. La pregunta es, ¿tendrá el público paciencia con estos personajes o los abandonará a su suerte como ha hecho con tantas otras series parecidas?

La importancia de Kate Messner y por qué nunca es tarde para descubrir ‘Todo es una mierda’

A principios de 2018, Netflix empezó a promocionar muy tímidamente su nueva serie original ambientada en los 90, Todo es una mierda (Everything Sucks!). Esta llegaba a rebufo del fenómeno Stranger Thingsy lo que muchos pensamos inmediatamente fue “Netflix ya tiene su serie de los 80, ahora quiere hacer lo mismo con los 90”. Pero Todo es una mierda no llegó ni a rozar el nivel de repercusión de Stranger Things. De hecho, Todo es una mierda fue cancelada tras una sola temporada.

Esta comedia generacional creada por Ben York Jones y Michael Mohan también juega la carta de la nostalgia. Utiliza muchos referentes pop de la época, hace avanzar su trama en lugares tan 90s como un concierto de Tori Amos o un videoclub Blockbuster, y las cintas VHS forman una parte importante de la historia. Pero estos elementos son algo más que un gancho. Jones y Mohan los diluyen astutamente en la experiencia más intrínsecamente nostálgica, y a menudo traumática, para todos: la adolescencia. Todo es una mierda transcurre en un instituto de la localidad de Boring, Oregon (que, aunque parezca mentira, es un lugar real) en 1996 (como My Mad Fat Diary) y narra la rivalidad entre los miembros del club de audiovisuales y los del club de teatro. Los primeros, por supuesto son los geeks, mientras que los segundos serían los freaks y, sorprendentemente, también los matones del instituto.

El primer capítulo de Todo es una mierda no es la mejor muestra de lo que más tarde va a ser la serie, a la que parece costarle un poco decidirse por qué tipo de historia quiere contar. Interpretada por actores desconocidos y filmada con estilo naturalista, casi amateur, que contrasta con el uso de numerosos clichés del género y personajes caricaturescos, la serie nos introduce en el universo de los novatos Luke (Jahi Di’Allo Winston), McQuaid (Rio Mangini) y Tyler (Quinn Liebling), tres parias sociales que se sobreviven al instituto en el club de audiovisuales, donde el primero se enamora de la hija del director, Kate, personaje que pronto se convertirá en el punto de vista principal de la serie.

Cuando los geeks destruyen por accidente los decorados de la obra del instituto causando su cancelación, el acoso por parte del club de teatro se vuelve insostenible, hasta que Luke propone una solución: unir los talentos de ambos grupos para realizar una película de ciencia ficción juntos. Esta colaboración desata nuevas tensiones, pero también sirve para que ambos grupos se conozcan mejor y desarrollen lo más parecido posible a una amistad, y también para que todos ellos se replanteen sus identidades y exploren quiénes quieren ser en realidad, en la más pura tradición de El club de los cinco.

Pero Todo es una mierda no es solo la crónica del choque de dos clases sociales durante la difícil etapa de la secundaria, sino también, y sobre todo, la historia de una adolescente descubriéndose a sí misma y su sexualidad en una década en la que Internet aun no estaba consolidado como fuente principal de información y comunicación. A lo largo de sus 10 episodios, la serie nos muestra cómo Kate (Peyton Kennedy evocando a una joven Jodie Foster y a su protegida Kristen Stewart) empieza a cuestionarse su identidad sexual, mientras desarrolla un cuelgue por la reina del drama club y su bully, Emaline (Sydney Sweeney), y a la vez empieza a salir con Mike para cubrir su secreto. Y esto es justamente lo que la distancia de la mayoría de historias de instituto a pesar de adherirse tanto a sus tópicos.

Incluso ahora, que tenemos personajes LGBTQ en casi todas las series teen y que acabamos de asistir a al hito cinematográfico de Con amor, Simon, la primera película adolescente mainstream con protagonista gay, es raro encontrarse una historia coming-of-age coming-out que se centre en una chica lesbiana. Por eso Todo es una mierda y la representación que ofrece era, y es, tan necesaria, porque aunque tengamos motivos para celebrar los pequeños (grandes) avances que estamos dando en este ámbito, las historias que gozan de más repercusión casi siempre están protagonizadas por varones gays.

La importancia de un personaje como Kate Messner no se puede pasar por alto, a pesar de que no se haya terminado de contar su historia. Si Todo es una mierda hubiera tenido mayor calado y hubiera durado lo suficiente como para ver a la protagonista compartir su verdad con el mundo, ahora mismo estaríamos hablando de todas las chicas jóvenes que han aceptado su sexualidad gracias a ella, de la misma manera que Simon Spier ha inspirado a muchos jóvenes a salir del armario. Por eso es especialmente doloroso que Netflix cancelara la serie, porque privó a todas esas chicas de ver evolucionar a Kate y, con su crecimiento, del imprescindible mensaje de aceptación que seguramente nos tenía preparado.

Eso sí, dejando a un lado lo que pudo haber sido y centrándonos en lo que ha podido ser, Todo es una mierda forma un relato lo suficientemente íntegro y cerrado como para que merezca la pena adentrarse en él, aunque sepamos que va a durar poco. Solo un par de cliffhangers rompen la ilusión de haber asistido a una historia completa. Por lo demás, su primera y única temporada se sostiene bien por sí sola y acaba siendo preciosa, sumándose a las grandes series teen de una sola temporada Freaks and Geeks (de la que es heredera directa) y My So-Called Life, tan efímeras e inolvidables como la propia adolescencia.

Pese a no tener el arranque más alentador, Todo es una mierda no tarda en dar razones para cogerle cariño. Es una serie profundamente entrañable, tierna y divertida, con personajes memorables, buenas interpretaciones (en especial las de Kennedy y Winston, ambos excelentes) y un punto melancólico muy acertado a la hora de retratar la adolescencia. Habla con tacto de la amistad, la familia y el aprendizaje, con todo el dolor, la decepción, los pequeños actos de rebeldía y también la ilusión que conlleva el proceso. Por eso recomiendo darle una oportunidad a pesar de la cancelación, en especial a aquellos (y sobre todo aquellas) que vivieron su adolescencia y, por tanto su despertar sexual, en los 90, ya que se sentirán especialmente identificados con ella. Quizá así, con el tiempo acabe ocupando el lugar que merece en el panteón de las series de culto.

Faking It: La revolución sexual

Faking It beso

Solemos quejarnos de la ola de puritanismo, hipervigilancia y corrección política extrema que desde hace años influye en los productos audiovisuales dirigidos a los más jóvenes (y no tan jóvenes). Cuando echamos la vista atrás a nuestra infancia, nos sorprende descubrir que lo que veíamos entonces era mucho más oscuro y tenía muchas más capas de lo que recordábamos, y es cuando pensamos: “Qué tiempos aquellos, cuando no se nos sobreprotegía tanto. Nosotros veíamos de todo y mirad qué bien hemos salido”. Pero los tiempos han cambiado, y las generaciones han ido creciendo cada vez a un ritmo más acelerado. Por eso, mientras las series para niños son ahora (por lo general) más blancas e inofensivas, las que están protagonizadas por y orientadas a los adolescentes son más atrevidas y revolucionarias que nunca. Ser un adolescente hoy en día no es lo mismo que antes, y la ficción televisiva debe reflejar esa nueva realidad.

Actualmente, son dos las principales cadenas de televisión en Estados Unidos cuyo público objetivo es el adolescente, la CW y la MTV. La primera prefiere centrarse en el drama y la fantasía, mientras que la segunda lleva desde los 90 desarrollando un catálogo de comedias teen muy interesante, con el que han ido plasmando con mayor o menor acierto las tendencias de cada época. De los irreverentes retratos de la generación del grunge y el videoclip, Daria Beavis & Butthead saltamos a la etapa actual de la cadena, inmersa en la realidad de las redes sociales, el narcisismo y la libertad sexualAwkward. inauguraba un nuevo capítulo para MTV, con una propuesta que abordaba temas como el bullying, el sexo, el suicidio adolescente y la presión social de los institutos desde un punto de vista ácido y descarado. Pero el carácter incisivo de la serie se desvaneció pronto para dar paso a un culebrón interminable que perdía de vista su interesante premisa. Es entonces cuando llegaba a la cadena la serie que nos ocupa hoy, Faking It, hermana menor de Awkward. que no tardó en hacerle sombra.

Faking It puede parecer lo mismo que Awkward. en muchos aspectos. Tono, factura, temática, todo recuerda a la serie de la insoportable Ashley Rickards, pero (por ahora) supone un paso adelante con respecto a ella. Para empezar, el nivel interpretativo, sin ser para tirar cohetes, está mucho más alto, sobre todo en las escenas dramáticas. Pero es que además, Faking It lleva mucho más allá la idea del instituto como campo de batalla (con sus estratos sociales y luchas por el poder y la supervivencia), presentando una realidad en la que las fronteras sexuales se difuminan para darnos a conocer todo un abanico de posibilidades y orientaciones. Sin esto, estaríamos ante una serie resultona sin más, pero Faking It sabe jugar muy bien esa carta, partiendo de una premisa clásica de comedia de enredos que adapta con gracia al siglo XXI: Dos mejores amigas, Karma (Katie Stevens) y Amy (Rita Volk), están hartas de ser las parias del instituto e intentan por todos los medios convertirse en populares. Todos sus intentos fracasan, hasta que un compañero, Josh (Michael J. Willett), que cree que son pareja, las saca del armario públicamente. Así, Karma y Amy se convierten en las estudiantes más famosas de Hester High, por lo que deciden seguir fingiendo que son novias para conservar su repentino estrellato. Lo malo es que, mientras Karma es heterosexual, Amy se está cuestionando su sexualidad, y cree sentir algo por su mejor amiga.

Hester High

Esto es solo el principio, claro. La trama se ramifica y se enreda una y otra vez a lo largo de las dos temporadas que de momento lleva la serie. La primera, de tan solo 8 episodios, se centra sobre todo en la bonita y complicada amistad entre las dos protagonistas y el recorrido que ambas emprenden para descubrirse a sí mismas. Simpática pero mordaz, con una importante carga reivindicativa y efectivos momentos de ternura, Faking It no tarda en demostrar que posee la frescura que Awkward. perdió hace tiempo. Sin embargo, la duración extendida de su segunda temporada (20 episodios en total) empieza a pasarle factura. Faking It comienza a abusar del recurso del triángulo amoroso, se vuelve repetitiva en su empeño de ser fiel a su título (aunque las protagonistas dejen de “fingir” que son novias, se fuerza en todos los capítulos una trama en la que alguien miente, oculta o saca del armario a otro, o se hace pasar por alguien o algo) y acaba pecando de estiramiento y relleno. Por suerte, la segunda tanda de capítulos de la temporada que acaba de tocar a su fin (del 2×11 al 2×20) remonta el vuelo considerablemente. Y lo hace optando por una mayor coralidad y dando protagonismo al propio instituto y lo que este representa.

Siguiendo los pasos de Glee, Hester High se acaba convirtiendo en un símbolo de la liberación sexual y personal, un lugar en el que “todos te aceptan por como eres”, donde, tras mucho luchar, se rechaza la opresión de las etiquetas y se permite que cada uno busque la identidad propia a su ritmo (no tenerlo claro es normal, la serie retrata precisamente ese periodo de confusión). Faking It es una utopía en la que los adolescentes deben creer, un futuro muy posible que ya estamos construyendo, y que la ficción nos adelanta para ayudarnos a hacerlo. Sin dejar en ningún momento de ser una comedia ligera, a menudo cheesy, y con una importante carga erótica, sobre líos amorosos en secundaria, Faking It se desmarca de las demás series gracias a un variopinto plantel de personajes que contribuyen a normalizar la diferencia en el entorno adolescente (ser diferente es el nuevo negro), luchando contra la homofobia, la bifobia (ya era hora) y todo tipo de prejuicios relacionados con la comunidad LGBT+.

En Hester High y alrededores hay gays y heteros -y estos pueden ser mejores amigos, como es el caso del jock Liam Booker (Gregg Sulkin) y Josh-, lesbianas, bisexuales, bicuriosos, una chica intersexual (también se pasó Laverne Cox por un capítulo). Pero no solo eso, la serie incorpora una estudiante musulmana que viste hijab (la editora del tabloide del instituto), una chica en silla de ruedas y una enana, que, aunque sean personajes muy secundarios y nos recuerden que hace falta algo más de diversidad física y racial, contribuyen a la representación y visibilidad de sus colectivos, y no son definidas por esas características, lo cual es muy importante. Dejando a un lado sus fallos y tópicos (es una serie de MTV, tiene muchos), nos quedamos con esto: Faking It promueve la tolerancia y la aceptación de esta nueva realidad en la que el género binario se ha quedado obsoleto para describir nuestra sociedad, ofreciendo un paraíso queer en el que todo el mundo es bienvenido (sí, ¡los heteros también!) y nadie tiene por qué esconderse en el armario.

My Mad Fat Diary: Gracias, Rae Earl

Rae Earl

Antes de animarme a ver la primera temporada de My Mad Fat Diary, tenía una idea preconcebida de la serie que no coincidía con la realidad, basada en lo que había visto descontextualizado en Internet, concretamente en forma de gif en Tumblr (que es otra forma, ya asentada, de experimentar el cine y la televisión). En mi cabeza, My Mad Fat Diary era una comedia gamberra y corrosiva que parodiaba el mundo de los adolescentes y sus neuras. Qué sorpresa me llevé al ver los primeros episodios (allá por el lejano 2013) y comprobar que estaba muy equivocado. My Mad Fat Diary era un drama como la copa de un pino (con grandes dosis de comedia, eso sí). Pero no solo eso, sino una obra de ficción admirable que desempeñaba una labor social muy valiosa, una serie que, lejos de reírse del adolescente, se tomaba en serio sus problemas y le extendía una mano. Como he dicho muchas veces a lo largo de su andadura televisiva, la historia de Rachel Earl debería enseñarse en las escuelas, para que todos aquellos adolescentes que se encuentren en situaciones parecidas sepan que no están solos.

My Mad Fat Diary ha durado tan solo tres temporadas, y la última ha contado únicamente con tres episodios (frente a los seis y siete que tuvieron respectivamente las dos primeras). Es tremendamente fácil, es más, es completamente inevitable encariñarse con Rae y toda su pandilla (“the gang”, como dice ella siempre llena de orgullo y felicidad), Chloe, Archie, Chop, Izzy, Finn, y Danny. En tres cortos años, estos personajes han pasado de ser simples compañeros (a los que al principio mirábamos con recelo sobreprotegiendo a la protagonista) a pilares indispensables en su vida, verdaderos amigos incondicionales, y en definitiva, la (utópica) pandilla con la que todos soñábamos a su edad. Por eso cuesta decir adiós y aceptar que todo se acabe tan pronto. Pero es que precisamente de eso se trata, se supone que dejar algo así atrás tiene que ser difícil, tiene que doler, y posponerlo sería contranatura. My Mad Fat Diary es una serie sobre la adolescencia, y por tanto debe tocar a su fin cuando sus personajes dejan el instituto, es decir, debe ser tan efímera como el mismo periodo vital que retrata.

La última temporada de My Mad Fat Diary ha tenido esa idea como leitmotiv, aceptar que se acaba una etapa importante y pensar en lo que nos depara el futuro a partir de ahí. Asumir que a esa edad todo el mundo termina marchándose -si todo sale bien, tú el primero- y que en muchos casos, esto es necesario para seguir creciendo. En los últimos capítulos de la serie, Rae descubre que su enfermedad y los problemas que esta acarrean han sido una carga enorme para sus amigos y familiares, y que ella es la única que puede liberarlos de tamaña responsabilidad. En “Voodoo” (3×03), la protagonista aprende varias lecciones de golpe y por fin obtiene la sabiduría necesaria de sus experiencias para cerrar este capítulo de su diario y empezar uno nuevo. Pero para ello, primero debe decir adiós a las personas más importantes de su vida, las que se han repartido su dolor: Kester, Chloe, Finn y su madre. Al dejarlos marchar, Rae también obtiene esa libertad, esa independencia que necesita para seguir avanzando.

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La incertidumbre por lo que viene después de los exámenes de acceso a la universidad, el miedo a marcharse a otra ciudad, la insoportable idea de perder el contacto con tus amigos del instituto, quizá para siempre. Todo eso forma parte de la experiencia del adolescente, del rito de paso hacia la adultez que tan fielmente ha plasmado My Mad Fat Diary. Como Claire Fisher en Six Feet Under, Rae descubre que para continuar viviendo a veces hay que marcharse. Pero esto no quiere decir necesariamente dejarlo todo atrás. Rae no solo se enfrenta a sus propios demonios, sino que se los lleva consigo. Se sube al tren y se lleva todos sus errores en la mochila, todo el dolor que ha sufrido, que ha infligido en los demás. Se lleva su enfermedad, y se lleva a todas las personas que la han acompañado y la han ayudado a superarla.

Esta última temporada de My Mad Fat Diary me ha hecho cambiar de opinión sobre aquello de mostrar la serie en los institutos. Estos últimos capítulos han sido para nosotros, para los que ya hemos pasado todo aquello y aun estamos intentando entenderlo (al fin y al cabo, esa incertidumbre que sentíamos a los 18 no se va nunca, solo tiene que compartir espacio con miles de miedos e inseguridades más). Lo ideal es que cada adolescente llegue a las mismas conclusiones que Rae Earl por su cuenta, que nadie le spoilee el final de la adolescencia, porque de una manera u otra lo acabarán descubriendo ellos solos. La historia de Rae Earl ha sido emocionante, divertida, dolorosa, frustrante, esperanzadora. La hemos querido arropar, proteger, a veces darle una bofetada bien fuerte. La hemos acompañado en su sufrimiento y hemos aprendido (o recordado) que la angustia y la enfermedad de un adolescente (o de ser adolescente) no es algo que se deba tomar a la ligera. Rae nos ha recordado lo importante que es seguir caminando, pase lo que pase. Que el bagaje puede pesarte y hacer que vayas más lento o te canses, pero es tuyo, solo tuyo, hay que echárselo al hombro, o a los dos, como prefieras llevar la mochila del instituto, y no pararse nunca.

 Gracias, Rae Earl, y buen viaje.

Crítica: It Follows

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Innovar en el cine de terror es tan complicado como necesario si se quiere que una película sea algo más que un pasatiempo de multicine o una experiencia cinematográfica de usar y tirar. Esta es la tónica habitual en el género, todos los meses se estrenan cintas de miedo clónicas, diseñadas para la taquilla y sin verdadero afán creativo o conocimiento del terror. Afortunadamente, cada cierto tiempo nos llega una película dispuesta a sacudir las convenciones del género y desmarcarse con una propuesta diferente.

El año pasado este papel correspondió a la australiana Babadook, y 2015 es el año de It Follows, una de esas películas que se ganan por méritos propios su título prematuro de obra de culto. El film dirigido por David Robert Mitchell es una experiencia que se saborea mejor cuanto menos se sabe de ella. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido es un ingrediente esencial de su historia, y no conocer su argumento contribuirá a que la vivamos tal y como la ocasión merece, vírgenes e inocentes, como si fuéramos espectadores en una sala de cine de 1978 viendo La noche de Halloween por primera vez.

It Follows sugiere un experimento inmersivo, para lo que se recomienda su visionado en una sala de cine a ser posible. Abstraerse por completo del mundo exterior no solo es necesario para ver esta película, sino también inevitable. Desde su epatante secuencia de apertura con una chica huyendo en taconazos de alguien o algo a quien no vemos, hasta su clímax, It Follows te atrapa y no te suelta. Parte del mérito lo tiene un sólido guion con abundantes niveles de significado que maneja con maestría el suspense y dosifica la información dando al espectador la oportunidad de descubrir por sí mismo lo que está ocurriendo. Pero sin duda es su increíble atmósfera y su impecable realización lo que termina por tragarnos junto a Jay (Maika Monroe) en esta espeluznante pesadilla.

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Mitchell toma los elementos y códigos narrativos de las películas de terror de los 70 y 80 y los reconfigura con destreza para acomodarlos en un universo completamente moderno (aunque no marca el film cronológicamente en un año concreto, lo que le da una cualidad intemporal), y para más inri lo ambienta en la decadente escena de Detroit (donde transcurre otra reciente fábula adolescente, Lost River). Se pueden oír en It Follows ecos inconfundibles de Pesadilla en Elm Street (la escena de la protagonista en clase ignorando la lección o la secuencia en la que el “monstruo” va en busca de su vecino están sacadas directamente de la película de Wes Craven) y por supuesto de la mencionada Halloween, cuyo director, John Carpenter, es el referente más obvio de Mitchell. Pero su idea no parece ser la de realizar un simple homenaje o pastiche nostálgico, sino ofrecer una relectura del slasher, del terror y el fantástico ochentero, dándole vigencia en el siglo XXI desde un punto de vista muy personal.

Como Carpenter, Mitchell no busca el susto fácil, sino que prefiere generar una sensación de desasosiego continuo. Para esto, el director encuadra con absoluto virtuosismo, buscando el terror de los planos generales y fijos, obligando al espectador a no perder detalle de la pantalla, a buscar al fondo del cuadro aquello que más teme, y por tanto, a involucrarse en la historia a un nivel más profundo de lo habitual, como si estuviera encerrado en un sueño. Es un miedo basado en lo que no se ve, lo que podría aparecer por cualquier parte y en cualquier forma, lo que está ahí todo el tiempo y no nos hemos dado cuenta de que nos está mirando en silencio (otro elemento indispensable de la ambientación). Un terror que funciona tanto en la oscuridad de la noche en un edificio abandonado como en un pasillo en penumbra de casa, de cuyas sombras puede aparecer en cualquier momento aquello de lo que huimos, incluso en un escenario sobre-iluminado o en un espacio abierto a plena luz del día. Y también como Carpenter o Craven, para acompañar estas enervantes imágenes, Mitchell utiliza una explosiva banda sonora a base de sintetizadores, sublime score electrónico ideado por Disasterpeace y empleado con sabiduría para completar la auténtica gozada visual y sonora que es esta película.

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Pero además de una soberbia película de terror, It Follows es una (evidente) metáfora del paso a la adultez, un relato impregnado de angustia (y afectación) adolescente sobre lo que supone dejar atrás la inocencia, que a ratos evoca los contemplativos universos suburbanos de Spike Jonze o Sofia Coppola (la idea de poner a una chica de gafas enormes a leer El idiota de Dostoyevski en un eBook con forma de almeja para concretar el subtexto de la película bien podría haber sido perpetrada por cualquier de los dos). Con sus personajes cercados en el asfixiante microuniverso del típico barrio residencial norteamericano y constantemente acechados por el futuro, Mitchell nos habla del terror que conlleva hacerse adulto, de la incertidumbre y el vacío que depara a todo el mundo al encontrarse a las puertas de la vida real, obligados a dejar atrás la (supuestamente) despreocupada existencia adolescente. Y para transmitir estas ideas, It Follows recurre al sexo como rito de paso, como símbolo de la responsabilidad adulta y la inevitabilidad de enfrentarnos a las consecuencias de nuestras decisiones una vez hemos dejado atrás la niñez definitivamente. En este sentido, It Follows también puede leerse como una metáfora de las enfermedades de transmisión sexual, lo que tendría perfecta correlación con el discurso de la responsabilidad, aunque esto sería simplificarla demasiado.

En definitiva, It Follows no es una película de terror al uso. Su originalidad reside precisamente en haber reordenado unos componentes de sobra conocidos por el espectador para hacer algo diferente, algo tan esencialmente clásico como moderno; un trabajo que evidencia a un cineasta que entiende y admira los géneros que está abordando, y que además posee una visión muy particular sobre sus personajes adolescentes, actualizada a la par que universal y con inclinación a lo literario, lo que no hace sino enriquecer el texto. It Follows es cine en estado puro, pero también es un retrato generacional imprescindible.

Valoración: ★★★★

Crítica: El club de los incomprendidos

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No te fíes nunca de una película que empieza con una voz en off diciendo “La adolescencia es…” Lo más seguro es que nadie de esa película sepa realmente lo que es la adolescencia, ni sus personajes, ni mucho menos sus guionistas. Y ese es exactamente el caso de El club de los incomprendidos, terrible adaptación cinematográfica de la saga literaria teen escrita por el español Blue Jeans (pseudónimo de Francisco de Paula Fernández González) que sigue las andanzas de seis chavales supuestamente marginados que forman una pandilla para vivir a su aire sin importar lo que el resto del mundo piense de ellos.

Basada en el primer libro, “Buenos días, princesa” (guiño a La vida es bella, por si no estaba claro), El club de los incomprendidos insiste en hablarnos de la etapa más efímera en la vida de una persona sin tener ni idea de qué va exactamente, y lo que es peor, universalizando americanizando los conflictos de los personajes, de manera que lo que vemos en pantalla no es más que un batiburrillo de ideas y lugares comunes extraídos del audiovisual yanqui, que ni tiene sentido, ni coherencia interna, ni mucho menos verdadera correlación con la realidad que vivimos. El club de los incomprendidos es como Al salir de clase pero con las tramas de Salvados por la campana Gossip Girl. Porque claro, todos hemos escondido una tarjeta de San Valentín en la taquilla de la persona que nos gusta o hemos adquirido un DNI falso para entrar en una fiesta.

La cantidad de tópicos USA que se corta/pegan es inaudita y en consecuencia, el instituto que vemos en la película conforma un universo tan inverosímil que hace que Monster High parezca realismo social. Pero lo más grave es la flagrante apropiación de ideas ajenas, sobre todo del imaginario cinematográfico del inadaptado. En El club de los incomprendidos hay (demasiados) elementos de El club de los cincoel clásico teen que más copian. Veamos, seis chicos problemáticos que arrastran traumas psicológicos y llevan las etiquetas que el resto de estudiantes les ha otorgado (el chulo, la friki, la puta, el pringao…) se reúnen “castigados” en la biblioteca después de clase, donde además de tener tiempo para hacer los deberes y congeniar mazo entre ellos, reciben apoyo por parte del psicólogo de la escuela (pobre Raúl Arévalo metido en esto). ¡¿Hola?! Por si eso no fuera suficiente, tenemos montaje musical con nuestro Club de los seis bailando subidos al mobiliario de la biblioteca, y un discurso final en el que todos se reafirman en sus identidades arquetipadas, como hacía el Breakfast Club en la carta al señor Vernon al final de la mítica película de los 80.

Club de los incomprendidos pósterPero el film también bebe mucho del reciente éxito de culto Las ventajas de ser un marginado, de la que se atreve a calcar su escena más icónica (la del túnel) esperando que no se note demasiado y esforzándose mucho para no soltar un “somos infinitos”, aunque se queden con todas las ganas del mundo. Ellos dirán que se trata de homenajes, pero saben tan poco de lo que es un homenaje como de la adolescencia misma. Esto lo que es es un pastiche, y además uno mal pegado, con Imedio goteando en todas las esquinas. Un bocadillo de chóped vendido como una hamburguesa del Tommy Mel’s.

La amistad entre estos seis chicos está basada en la ilusión de que son diferentes al resto, cuando en realidad son una pandilla artificial de jóvenes de revista de tendencias convertidos en parias porque es lo que ahora mismo mola. Nerds de pega que se quejan constantemente de problemas confeccionados a la ligera, formulados sin pensar demasiado en la plausibilidad que requieren o en la responsabilidad que conlleva un producto de estas características (fenómeno editorial con potencia de convertirse en fenómeno cinematográfico para quinceañeros). En la batidora de El club de los incomprendidos caben conflictos propios de la adolescencia como el bullying, la presión de los padres, la identidad sexual, el Asperger’s, las primeras experiencias sexuales o el suicidio, y se mezclan a toda potencia, de manera temeraria. A pesar del falso halo de dramatismo que nos viene a decir que se toma estos temas en serio, El club de los incomprendidos los utiliza en realidad como accesorio de moda de sus personajes, frivolizando peligrosamente, y lanzando a lo loco (aunque sea de manera involuntaria, porque más luces no tiene) el mensaje de que para vivir la adolescencia a tope hay que estar en contacto con estas experiencias. La insultante caracterización (por llamarlo de alguna manera) de estos seis chicos, tan guapos e ideales que es imposible que nos creamos sus problemas (total, el guión tampoco se molesta en que lo hagamos), no es más que un disfraz, una pobre estrategia comercial que tiene como propósito disimular la verdadera cara de la película, que no es más que otra Tres metros sobre el cielo, pero incluso peor. No hay duda, si John Hughes levantara la cabeza, la usaría para dar un cabezazo a los responsables de este abominable despropósito.

Valoración: 0

Crítica: Cazadores de sombras – Ciudad de hueso

Lily Collins;Jamie Campbell Bower

La obsesión de Hollywood con las adaptaciones de sagas literarias adolescentes empieza a rozar lo enfermizo. En constante búsqueda de la próxima franquicia multimillonaria, los grandes estudios convierten en película todo aquello que se ajuste al modelo Crepúsculo, con la esperanza de que las hormonas en ebullición de los chavales (y sobre todo de las chavalas) hagan el trabajo por ellos. Pero algo está ocurriendo. ¿Está el público objetivo de estas películas viéndoles el plumero?

Uno detrás de otro, los nuevos intentos de lanzamiento de fenómeno teen no han sido más que veneno para la taquilla. Es como si el público oliese la desesperación de los estudios. Los adolescentes crecen en un abrir y cerrar de ojos, y pasan página en lo que respecta a modas aun más rápido. Ellos saben que pueden elevar el listón de sus expectativas y exigencias, y hoy por hoy, solo Los juego del hambre es capaz de estar a la altura. En un panorama desolador para el género, provocado por el estrepitoso fracaso de The Host: La húesped y Hermosas criaturas, llega Cazadores de sombras: Ciudad de hueso, la primera (y probablemente última) película basada en las novelas de Cassandra Clare, The Mortal Instruments. El público ha hablado. Y las cifras también: Es hora de dejar de forzar la máquina.

Cazadores de sombras Ciudad de Hueso 2

Pero, ¿es tan mala Cazadores de sombras? Bueno, no lo vamos a negar, la película de Harald Zwart (Superagente Cody Banks, La pantera rosa 2) es un caos desastroso la mayor parte del tiempo, pero podría haber sido mucho, mucho peor. Podría haber sido tan desesperadamente anodina y aburrida como The Host. Pero resulta que Ciudad de hueso divierte, sobre todo porque está obsesionada con no perder el tiempo. La acción despega en los primeros cinco minutos (en los que sentimos además la reconfortante sensación de ver a Lena Heady haciendo su papel de siempre), y las cartas se ponen rápidamente sobre la mesa. Estamos ante una historia clásica (y clónica) de adolescente Elegida para luchar contra las fuerzas del mal (Buffy Summers, te estoy mirando a ti). Nos lo repiten una y otra vez desde el comienzo: “Todos los cuentos que nos contaban de pequeños son reales“. A partir de ahí, las posibilidades son infinitas (demasiado). Y todo ocurre según los dictados del género.

Ciudad de hueso se divide claramente en dos actos. El primero se encarga de disponer la abarrotada y confusa mitología de la saga. Cazadores, hombres lobo, magos, vampiros, y los humanos, que en este caso se denominan mundanos. De todo menos zombis, porque sería estúpido pensar que los zombis existen. Además de artilugios mágicos que nunca tenemos demasiado claro qué función desempeñan. La película se empeña tanto en explicar los entresijos de este mundo goth y sobrenatural escondido a plena vista en las calles de Nueva York (¿Fábulas?) que se olvida de contar una historia. La pirotecnia y el ilusionismo sustituyen a la caracterización de personajes y la lógica interna. Por esta razón, el segundo acto de la película resulta tan difícil de digerir. El conflicto amoroso surge prácticamente de la nada, y del irracional comportamiento de Clary  (una muy sensual Lilly Collins) y Jace (Jamie Campbell-Bower) nos queda clara una cosa: para los responsables de esta historia, los adolescentes son seres rematadamente infantiles y estúpidos. Y así es como se les (nos) trata la mayor parte del tiempo.

Lily Collins;Jamie Campbell Bower;Kevin Zegers

Sin embargo, el embrollo no tiene solo que ver con los desdibujados y ausentes personajes, sino que la película tampoco se decide en ningún momento por el tono que quiere adoptar. La acción y el terror proporcionan los mejores resultados, pero cuando Ciudad de hueso se adentra en terreno cómico, e incluso autorreflexivo, zozobra. A ratos, la película manifiesta tendencias a la autoparodia -“¿Esta es la parte en la que te quitas la camiseta para cubrir mi herida?”- que resultan especialmente desatinadas teniendo en cuenta que los niveles de cursilería en el romance entre Clary y Jace no andan muy lejos de los de Edward y Bella. En otras ocasiones, Ciudad de hueso flirtea con el absurdo más autoconscienteBach, el caza demonios, señoras y señores-, pero ni todo el meta del mundo la salva de caer en el camp más accidental.

Ya que Cazadores de sombras – Ciudad de hueso no tiene muy claro qué clase de película quiere ser, lo mejor es tomársela con la menor gravedad posible, y hacer de ella lo que nosotros queramos. Es el mayor favor que le podemos hacer a una cinta que proporciona ratos de auténtica diversión desenfadada y humor involuntario. Además, una cosa que Ciudad de hueso hace muy bien, aunque sea de soslayo, es reflejar el interés de las nuevas espectadoras adolescentes por el romance homosexual en sus sagas literarias de cabecera. Que uno de los triángulos amorosos de esta película sea entre un galán afeminado (Jace), su mejor amigo enamorado platónicamente de él (Alec) y una joven para la que el factor gay no es ni remotamente el problema (Clary), convierte Cazadores de sombras en un buen ejemplo de la evolución a la que el género debería aspirar.

Por qué The O.C. fue tan importante (y efímera)

Marissa: Who are you?
Ryan: Whoever you want me to be.
– The O.C., Piloto 

Fijaos en cómo todos los días nos encontramos en Facebook, Twitter o páginas de información la típica publicación conmemorando el estreno de una película mítica, la muerte de un actor, o el aniversario del primer episodio de una serie. El ser humano siempre ha estado obsesionado con el paso del tiempo. Es nuestro sino, vivir la vida pensando en que se nos está acabando. Pero parece que ahora más que nunca sentimos la necesidad de recordarnos lo fugaz que es todo. Quizás sea porque de repente nos hemos dado cuenta de que hace ya dos décadas de los 90. Y por lo tanto, la generación de la nostalgia está histérica. The End Is Not Near… It’s Here.

Esta semana se ha cumplido el décimo aniversario del estreno de The O.C., gran éxito de Fox a comienzos de siglo que viene a ilustrar mejor que nada y que nadie la naturaleza efímera de las cosas, y sobre todo de aquellas que tienen que ver con la adolescencia (porque eso es lo que la define, ¿no?). La serie de Josh Schwartz (Chuck, Gossip Girl, The Carrie Diaries) se convirtió en un enorme fenómeno social el mismo día que se emitió su piloto, el 5 de agosto de 2003. A día de hoy, muchos recuerdan la serie, pero esta no permanece en el imaginario colectivo o en la cultura pop con la fuerza de otras. ¿Por qué fue tan importante The O.C.? ¿Por qué su repercusión duró tan poco?

EL ASCENSO

The Life of the Rich and Famous: La tele de la primera década del siglo XXI estaba totalmente obsesionada con el estilo de vida de las clases altas. Las series se llenaban de gente pudiente, socialites e hijos de magnates, y el espectador quedaba atrapado por el lujo y la decadencia de sus emocionantes vidas. The O.C. establecía un puente entre estos miembros intocables de grandes dinastías y la clase media. Las familias que protagonizaban la serie tenían mucho dinero, y se notaba, pero sus vidas eran percibidas como sueños alcanzables. Chalets-mansión con casa de la piscina, porches interminables y enormes salones para celebrar fiestas de más de 100 invitados. ¿Quién decía que algún día no podríamos tener todo eso?

Adultescentes: En The O.C., los cuatro protagonistas adolescentes se comportaban como chavales de 16 años la mayor parte del tiempo, pero también presentaban síntomas de adultitis que los convertían en clásicos ejemplos de personajes teen con problemas poco acordes a su edad (muchas veces derivados del punto anterior). La serie obtuvo muchas quejas de organizaciones conservadoras por el consumo de alcohol, tabaco y drogas que tenía lugar habitualmente en la serie. The O.C. fue una de las primeras series en normalizar (e incluso glamourizar) estas prácticas tradicionalmente condenadas en la televisión norteamericana, aunque al final siempre optaba por mostrar el reverso oscuro de la fiesta etílica. La polémica estaba servida, pero si lo pensamos bien, The O.C. se atrevió a mostrar a los adolescentes haciendo las cosas que los adolescentes suelen hacer. Sin remilgos.

La gala de la semana: The O.C. puso de moda algo que más adelante perfeccionaría (y agotaría) otra serie de Josh Schwartz, Gossip Girl -y que han seguido cultivando series recientes como Revenge: la típica gala, evento social, celebración o acto público que ejercía de hilo conductor de muchos episodios, y escenario del clímax donde Ryan (Benjamin McKenzie) propinaba sus inolvidables puñetazos.

Orange County: El Condado de la Naranja, en California, se convertía rápidamente en el lugar de moda gracias a la gran campaña turística que la serie le hacía. Tanto fue así que la obsesión por esta zona de la costa oeste norteamericana (que ya gozó de una época de esplendor a mediados de los 90) generó varios reality shows sobre la vida en el lugar. The Real Orange County o The Real Housewives of Orange County se convertían en éxitos aun más efímeros que The O.C. (en su país, claro está). Asimismo, la serie era la más fiel representante del “estilo californiano” en televisión, algo que se reflejaba en la moda, los estilismos, el ocio, la “dieta” que consumían sus protagonistas o la arquitectura que se podía ver en la ficción.

La era 2.0.: Aunque para la eclosión de Facebook aun quedaban unos años, cuando The O.C. irrumpió en la escena catódica, Internet experimentaba un auge imparable como herramienta social. Semana tras semana, especialmente durante su primera temporada, los fans de The O.C. se reunían en foros, páginas y chats para expresar su tremenda adicción a la serie. Todo lo que ocurría en las vidas de Ryan, Seth, Marissa y Summer se vivía como auténticos acontecimientos históricos. A esto contribuía que la serie comenzase a emitirse en verano, como reemplazo de mid-season. No había nada mejor que hacer.

El triunfo del geek moderno: Lo mejor de The O.C. se puede resumir en dos palabras: SETH COHEN. Sin duda el personaje más popular y querido de la serie, Seth era todos nosotros, y todos éramos Seth. A pesar de que Ryan era el pobre, el “normal”, el personaje con el que el espectador medio podía identificarse al adentrarse en las vidas de los Cooper, los Cohen y los Roberts, fue Seth Cohen el que se convirtió en la voz del fan de la serie. Además de hacer que ser judío fuera cool, Cohen logró fusionar con éxito dos de las tendencias más importantes del siglo: el indie y lo friki. Fan a muerte de Death Cab for Cutie y devorador de cómics (no nos extraña que poco después, uno de los guionistas principales de la serie, Allan Heinberg, probase suerte como guionista en Marvel y DC), Seth fue sin duda el prototipo del hipster actual, modificando (y modernizando) las características fundacionales del arquetipo geek. Os lo explico mejor en este fragmento sobre el personaje perteneciente a mi artículo de investigación “Lo geek vende“:

El geek de The O.C., Seth Cohen, es un híbrido social que pone de manifiesto las nuevas tendencias hacia las que se dirigía la cultura popular a principio de siglo. Seth Cohen es un geek porque es víctima de bullying, es incapaz de entablar relaciones sociales sin ponerse en evidencia y es ante todo un fan. Al clásico gusto del geek por los cómics y el cine de género, se añade una pasión por el cine asiático –en concreto el japonés- y la música indie. Estos dos objetos culturales contribuyen a configurar un nuevo modelo de geek, más adherido a la norma social y al devenir de la cultura popular más efímera. Como los adolescentes de la WB, Seth Cohen no presenta estigmas físicos, y su vestimenta es un fiel reflejo del estilo del adolescente acomodado pero culturalmente ‘independiente’ que va a resultar en un nuevo modelo de geek que marcará tendencia. En The O.C., los constantes juegos metatextuales y la elevada auto consciencia del discurso catalogan a Seth Cohen como representante de la cultura popular del momento, convirtiendo al geek en una suerte de ‘héroe social’ posmoderno, y llegando a convertirse en un súper héroe de cómic en la segunda temporada de la serie –lo que nos remite a la idea del geek como principal abastecedor de productos en la cultura popular. 

Autorreflexión e iconicidad: Como adelanto en el anterior párrafo rescatado, The O.C. pasó a ser muy rápidamente una serie altamente consciente de sí misma, sacando el mayor provecho de esto a lo largo de las cuatro temporadas que permaneció en antena. Me atrevería a decir que en esta serie se origina la ya canonizada tendencia a lo meta en series cuyo público objetivo no es el geek. Seth era sin duda el personaje que más reflexionaba sobre la naturaleza de la historia que él y sus amigos protagonizaban. Pero no era el único, Summer (Rachel Bilson) también se encargaba de elevar los niveles meta gracias a su obsesión por la serie The Valley. A través de los visionados, sola o junto a Seth, se nos hablaba constantemente de todo lo que resonaba en la comunidad fan, y de aquello que trascendía a los medios. A menudo, The Valley servía para que Schwartz contestase indirectamente a las críticas, pero sobre todo era un modo de expresar la enorme cualidad icónica de la serie, y la repercusión que esta llegó a tener en la sociedad. A los personajes no se les escapaba el gran poder que ejercían las camisetas de tirantes de Ryan, o sus puñetazos, o la Naviduca, como tampoco tenían problema en convertirse ellos mismos en foreros que diseccionaban sus propias vidas como si de un debate nacional se tratase.

La importancia de la música: Dawson crece ya puso de manifiesto lo esencial de una buena selección de temas pop para acompañar las aventuras y desventuras de un grupo de adolescentes televisivos. La banda sonora de The O.C. era tan popular como la serie en sí, llegando a editar varios CD recopilatorios de bastante éxito, y vinculando la serie con artistas indies de prestigio (Sufjan Stevens, DCFC, Coconut Records). Además, The O.C. fue plataforma para muchos grupos desconocidos (que han permanecido así, todo hay que decirlo), dando a conocer al mundo el sonido californiano del momento. Pero sin duda, el momento musical más importante de toda la serie ocurría al final de la segunda temporada, con una de las escenas más recordadas (y parodiadas) de la historia de la televisión, un disparo a cámara lenta al ritmo de “Hide & Seek” de Imogen HeapMmmwachusay…

LA CAÍDA

Temporadas excesivamente largas: Aquí es donde The O.C. clava el primer clavo en su ataúd. Y lo hace bien pronto. Como hemos dicho, la primera temporada dio comienzo en verano. Fue tal el éxito, que Fox se negó a esperar para continuarla, así que decidió otorgarle una temporada completa que se extendiese durante el resto del año, ascendiendo el número total de episodios a 27. Para cuando la segunda temporada daba comienzo, los espectadores ya mostraban síntomas de agotamiento y desinterés. Se había exprimido tanto la historia, habían pasado tantas cosas, que ya no sabían qué más se podía contar. Las temporadas 2 y 3 transcurrieron a la sombra de la primera, y la serie fue perdiendo espectadores dramáticamente.

Todo lo que sube rápido, baja rápido: Las dos primeras temporadas de The O.C. se convirtieron en el testimonio de un cambio de generación (¡llegan los millennials!), del nacimiento de un nuevo tipo de adolescente (más precoz, narcisista, psicológicamente complejo y propenso a la inestabilidad), con la mártir Marissa Cooper (Mischa Barton) como dudoso pero fascinante modelo de comportamiento. Pero la serie se desarrolló tan rápidamente como sus espectadores. La muerte de uno de los cuatro protagonistas en el último episodio de la tercera temporada marcaba el final de una etapa para muchos. La audiencia desertó en masa, y pocos fueron testigos de la lúcida madurez de The O.C. Su cuarta temporada, y sobre todo su desenlace, cerraba con la mayor dignidad posible un producto demonizado desde hacía ya casi tres años. Sin dejar de lado la autorreflexividad, y todo lo que hacía que la serie fuera única en ese momento de la historia de la televisión, esta pasó a ser otro tipo de drama. Como ocurre a menudo con los mejores amigos, The O.C. y sus fans se iban cada uno por su camino, para dar lugar a lo inevitable: convertirse en adultos y pasar página.