Ralph Rompe Internet: Actualización realizada con éxito

En 2012, Disney ofreció algo distinto a lo que nos tenía acostumbrados con sus largometrajes animados, una película esencialmente moderna, cuya historia se vinculaba a la tecnología y los videojuegos. Con Rompe Ralph, el estudio se distanciaba de los cuentos de hadas para narrar la historia de una amistad improbable, ambientada en el mundo interior de las máquinas de un salón recreativo. Seis años después, regresamos a este universo de píxeles y bits para reencontrarnos con Ralph y Vanellope en una nueva aventura que se atreve a adentrarse en terreno inexplorado: Internet.

En Ralph Rompe Internet, Vanellope (Sarah Silverman) está cansada de su rutina diaria en Sugar Rush, por lo que Ralph (John C. Reilly) decide crear para ella un nuevo circuito en el videojuego. Los loables intentos de Ralph por animar a su amiga acaban en desastre cuando el volante del juego se rompe y la máquina tiene que ser desenchufada. Sin hogar propio, Vanellope se introducen con Ralph en el inexplorado y expansivo mundo de Internet a través de un router wi-fi para encontrar un repuesto del volante, misión que será mucho más complicada de lo que esperaban. Dentro de la red de redes se toparán con personajes de lo más pintoresco que les echarán una mano, entre ellos una temeraria piloto de carreras callejeras llamada Shank (Gal Gadot) y la empresaria Yesss (Taraji P. Henson), algoritmo de la web donde están todos los vídeos y memes de moda, BuzzTube.

Ralph Rompe Internet recoge todas las tendencias, hábitos y programas esenciales de Internet en un universo casi imposible de abarcar en su totalidad, en el que haría falta pausar cada frame para ver bien todos los guiños, cameos y marcas que rodean a los protagonistas. El constante bombardeo de imágenes marca el ritmo acelerado de una película muy dinámica, llena de acción y con una trama que no para (solo da un bajón en el pre-clímax). Se pueden detectar en ella trazas de Ready Player One y, por supuesto, Emoji: la película, con la que tiene mucho en común a pesar de pertenecer a ligas radicalmente distintas, pero Ralph Rompe Internet se eleva fácilmente por encima de ambas.

Además de una aventura de acción con énfasis en las carrerasRalph Rompe Internet se construye como un comentario sobre la manera en la que usamos Internet a diario para llevar a cabo todas nuestras actividades en la vida real. Afortunadamente, no hay exceso de moralina ni crítica a la hiperconectividad en ella (los avatares de los humanos conectados tienen la cabeza cuadrada, pero esto no es necesariamente un juicio contra ellos/nosotros), sino un retrato de Internet en su mayor parte positivo, aunque no oculte del todo su lado oscuro (los insoportables pop-ups, el spam, la negatividad de los comentarios en redes sociales, la dark web…). Lo peor de este viaje de Disney a las entrañas de Internet es la abundancia de product placement y autopromoción (inevitable, por otro lado), que por momentos convierte la película en una sucesión de microanuncios sobre las maravillas de diferentes webs y aplicaciones y del Disneyverso (reflejado en la visita de Vanellope a Oh My Disney).

Lo bueno es que, más allá de los guiños a las modas, juegos, celebridades cibernéticas o el funcionamiento de Internet en general (plasmado de forma muy ocurrente y eficaz), Ralph Rompe Internet se sustenta sobre la emoción y la conexión humana. En el centro de la historia se encuentra la relación de Ralph y Vanellope, que evoluciona para ofrecernos un mensaje precioso y sorprendentemente maduro sobre la amistad. Ralph es un hombre adulto feliz en la comodidad de su día a día, mientras que Vanellope necesita nuevas (y fuertes) emociones, concretamente las que le aportan el peligroso videojuego Slaughter Race. El descontento de Vanellope y la reticencia de Ralph dan lugar a una recta final en la que la película nos habla de cómo a veces tenemos que dejar marchar a un amigo para conservar la amistad a largo plazo, y cómo podemos convertirnos en auténticos monstruos con tal de no perder lo que tenemos. Es un mensaje adulto, emocionalmente complejo y no exento de tristeza que aporta el corazón en una película donde el sobreestímulo visual amenaza con dejarlo en segundo plano.

Tampoco podemos obviar la pieza estrella de la película, la reunión de las princesas Disney. Esta escena ha sido la más destacada durante la promoción, y no es para menos. El encuentro de Vanellope con las princesas es épico. La secuencia funciona a todos los niveles, avanza la trama, es divertida, profundamente meta y refleja la tendencia actual de Disney a la autocrítica, aludiendo con mucho sentido del humor a los tópicos de las princesas, sus marcadas personalidades y las críticas a las que siempre se ha tenido que enfrentar el estudio. Aunque narrativamente sea solo una parada más en la misión de los protagonistas, la aparición de las princesas eleva la película, dejando con ganas de verlas interactuar más.

A pesar de ser una buena secuela, Ralph Rompe Internet carece de la cualidad atemporal de otras películas Disney. Es inmediata, actual y captura bien el momento que vivimos, pero su efecto probablemente no será tan duradero como el de otras. Lo que sí se queda grabado es la lección que ofrece tanto a niños como adultos. Aunque puede resultar excesivamente machacona en su metáfora de la búsqueda constante y su mensaje sobre no quedarse estancado, Ralph Rompe Internet acierta de lleno con sus conclusiones: que tengamos intereses distintos no tiene por qué separarnos para siempre, y que algunos se conformen con la rutina y otros necesiten algo más no es necesariamente un impedimento para seguir siendo amigos. Precisamente Internet brinda la solución a esta dificultad que la vida nos pone para mantener algunas amistades, el lugar donde estar en contacto y no perder lo que tenemos.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Figuras ocultas

Hidden Figures Day 25

Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres no vende”. También Hollywood: “El cine protagonizado por mujeres negras no le interesa a nadie”. Los medios: Figuras ocultas, película protagonizada por tres actrices afroamericanas, es un éxito con más de 20 millones de recaudación en su primer fin de semana en Estados Unidos. Hollywood: Esto…

Después del #OscarsSoWhite del año pasado, Hollywood se está poniendo las pilas para tratar de arreglar el problema de representación racial que hay en la industria del cine. En este panorama de cambio (intensificado en respuesta al temible cambio que a su vez está ocurriendo en el poder), llega oportunamente Figuras ocultas (Hidden Figures), drama dirigido por Theodore Melfi (St. Vincent) que nos narra un importante capítulo en la lucha por los derechos civiles de las mujeres y la población afroamericana en Estados Unidos, donde la segregación racial todavía era una realidad amparada por la ley.

Figuras ocultas cuenta la historia de un equipo de élite de mujeres negras que trabajaron en la década de los 60 como matemáticas en la NASA, las brillantes mentes en la sombra que ayudaron a Norteamérica a ganar la carrera espacial contra su mayor rival, la Unión Soviética, propulsando así un importante movimiento de igualdad de derechos. La película, basada en el libro de Margot Lee Shetterly, se centra en tres de estas mujeres en concreto, Kaherine G. Johnson (Taraji P. Henson), Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) y Mary Jackson (Janelle Monáe), “figuras ocultas” de la NASA, tan importantes como los astronautas que recibieron la gloria, pero que no se enseñan en las clases de historia, a pesar de ejercer como los “ordenadores humanos” que hicieron posibles los viajes espaciales en el umbral de la nueva era informática.

A través de estos inspiradores personajes presenciamos el viaje a las estrellas de un grupo de mujeres pioneras en el contexto de una nación deseosa de superarse a sí misma y rebasar a las demás potencias. La lucha por los derechos civiles, la Guerra Fría y el avance tecnológico funciona como telón de fondo de un relato muy humano, lleno de emoción y humor, y confeccionado a medida según los parámetros del cine biográfico. Efectivamente, Figuras ocultas es todo lo que cabe esperar de un biopic histórico, tanto es así que es posible recitar los diálogos antes de que estos tengan lugar. Y ese es su mayor defecto, que se ajuste de manera tan convencional a las reglas del género, reproduciendo las mismas charlas motivadoras de siempre, los mismos clichés de superación y las mismas situaciones lacrimógenas que hemos visto en tantos otros films parecidos, y que la acercan peligrosamente a territorio telefilm.

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Sin embargo, esto no puede (o no debe) distraernos del gran valor de una película como esta, de su necesidad, por desgracia tan vigente. Aunque Figuras ocultas se las arregle en un par de ocasiones de convertir al hombre blanco en el héroe de esta historia (que el director y guionista sean blancos quizá tenga que ver, quizá no), son Dorothy, Mary y sobre todo Katherine, las que nos conmueven, cuyos triunfos celebramos con más entusiasmo. Es cierto que la emoción está tan matemáticamente calculada que se pueden ver los hilos desde lejos, pero es fácil dejarse llevar por la naturaleza de crowdpleaser de la película, por sus buenas intenciones y el clasicismo con el que está realizada (que a muchos recordará a Criadas y señoras, aunque no le llegue a la suela de los zapatos a aquella).

Secundadas por un reparto de lujo que incluye a Kevin Costner, Kirsten Dunst, Glen Powell, Jim Parsons y Mahersala Ali, las protagonistas elevan la película de categoría con loables interpretaciones, en especial Henson, que está sencillamente espectacular, desprendiendo ternura, espíritu luchador y fuerza por los cuatro costados. Tres mujeres negras, tres grandes talentos, tres estrellas que simbolizan una lucha del pasado que puede extrapolarse a nuestro resquebrajado presente, que nos dejan una historia que se tenía que contar precisamente en estos momentos, y que su protagonista real, la verdadera Katherine Johnson, ha vivido para verla en el cine a los 98 años. No importa que sepamos que nos están tocando las teclas más fáciles, es imposible no emocionarse.

Pedro J. García

Nota: ★★★

El poder de Empire

Empire-Fox

La primera vez que leí sobre un nuevo drama familiar de Fox titulado Empire, pensé que la alicaída cadena de Rupert Murdoch estaba buscando su nueva serie de calidad para competir con la avanzadilla de la ficción de cable. Con los primeros previews, me reafirmé en esta teoría. La serie parecía tener una factura impecable, más propia de HBO que de una generalista, y se presentaba como el proyecto televisivo de un cineasta semi-consagrado, como tantas otras ficciones de pago (ya quedan pocos directores de cine que se hayan apuntado a hacer su propia serie). Empire está creada por Lee Daniels, en tándem junto a Danny Strong, nuestro Jonathan de Buffy (habitual colaborador de Daniels, y ganador de dos Emmys por la TV movie Game Change). Por tanto, cuando la serie se estrenó hace apenas dos meses en Estados Unidos, esperaba un drama serio de cocción a fuego lento, como es tendencia en la quality television desde hace lustros. Qué sorpresa la mía al encontrarme algo totalmente opuesto: un culebrón dinástico musical de ritmo vertiginoso, divertidísimo y pasado de rosca que ha resultado ser un auténtico huracán en los índices de audiencia.

En retrospectiva, creo que tenía que habérmelo olido al menos un poco. Aunque vaya disfrazado de cine serio, la obra de Daniels, de Precious: Based on the Novel ‘Push’ by Sapphire (hay que decir el título entero siempre) hasta El mayordomo, pasando por la fallida pero hipnótica The Paperboy, muestra un claro gusto por el melodrama telenovelesco, la mal llamada “baja cultura” y el kitsch. Y Empire es justo eso, la recuperación de la gran telenovela americana en prime time (Dallas, DynastyFalcon Crest), la sofisticación del entretenimiento para las masas (una ciencia mucho más complicada e impredecible que la del cine y la tele de autor), y la celebración de la filosofía y la estética hip hop, con sus cordones de oro de 7 kg, sus estilismos imposibles (estampados animales, vestidos fundidos con la piel para resaltar el atributo estrella del siglo XXI: el culo, cuanto más gordo mejor), su machismo intrínseco y su música estancada en los 90. Las canciones de Empire (la mayoría mediocres, pero endiabladamente pegadizas, con algún temazo suelto, como “You’re So Beautiful“) llevan el inconfundible sello Timbaland, el productor responsable del sonido de moda de mediados de la década pasada, y encajan a la perfección en el estilo retro de la serie (su próximo objetivo: que vuelva el gospel). El despliegue semanal es impresionante, las estrellas y leyendas de la música negra ya se pelean por salir en ella (Jennifer Hudson, Rita Ora, Patti LaBelle), y gracias a esto, el hip hop vuelve a ser de todos, como hace 20 años, y lo hace además sonando exactamente como hace 20 años. Tiene su mérito.

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Pero Empire hace mucho más que convertir un estilo de vida en serie, y es mucho más que el éxito más reciente de la nueva ola de series musicales. Daniels y Strong aprovechan los tópicos del hip hop y la comunidad negra para transgredir y romper esquemas, para continuar la tendencia de la televisión actual hacia el progreso y la ruptura de los valores tradicionales más anticuados. Por eso, aunque no suponga gran revuelo ya ver personajes LGBT normalizados en otras series, es importante que haya uno en Empire, y que además sea uno de los protagonistas más centrales y más populares de la serie: Jamal (el Frank Ocean de Empire Records). Es cierto que el tema de la orientación sexual de Mal también se ha tratado con sensibilidad noventera, tirando de tópicos que chirrían bastante hoy en día y que pueden resultar obsoletos y dolorosamente obvios (como todas las letras de las canciones que interpreta), pero es que el tema de la homosexualidad en la comunidad negra, y sobre todo en el mundo del hip hop, está muy lejos de ser normalizado, así que hay que empezar por algún lado, y Empire sabe exactamente por dónde hacerlo, explotando el talento de Jussie Smollett para que todos vean que con quién se va a la cama es lo de menos (“I’m gaaaay, so whaaaat?”, canta Jamal en una batalla de freestyle).

Y luego está Cookie Lyon. No hay palabras suficientes para describir al Torbellino Cookie, la nueva e indiscutible Reina del Prime Time. El personaje, interpretado por una inconmensurable Taraji P. Henson, se convirtió desde su primerísima aparición en el piloto de la serie en uno de los mayores reclamos de Empire. Madre coraje, productora musical con toque mágico, diva incontestable y spirit animal (énfasis en lo de “animal”), Cookie representa la lucha contra el patriarcado en el mundo del hip hop. Mientras la empresa de su ex marido, el Diablo personificado, Lucious Lyon (Terrence Howard, haciendo un arte de la mala interpretación), se prepara para hacerse pública y entrar en la Bolsa, y sus tres hijos varones (los cachorros de león Jamal, Hakeem y Andre) se disputan el cetro del “Imperio” (muy a grandes rasgos, la premisa de la serie), la fiera Cookie demuestra que, a pesar de ser un caos incontrolable y meter la pata a menudo, es quien lleva los pantalones -figuradamente, porque lo suyo son los vestidos ceñidos de animal print, como no podía ser de otra manera, las pieles y las uñas que ríete tú de los cuchillos Ginsu. Cookie es Empire, Empire es Cookie. Pero también es mucho más. De hecho es tantas cosas que no tienen cabida en una simple entrada de blog.

Cookie Lyon

Empire es exceso, es ridículo, es opulencia, es un no parar. Y todo en tan solo 12 episodios, que conforman la primera temporada que acaba de tocar a su fin en EE.UU., pulverizando récords de audiencia y convirtiéndose en el programa de entretenimiento más visto de la temporada 2014-15. Todo es tan rocambolesco y barroco en esta serie que no da lugar a la crítica. Es cierto que algunos medios norteamericanos hablan de “guetificación” (qué palabra más fea), entre otras cosas porque en la serie hay pocos blancos, y estos desempeñan papeles de villanos (Judd Nelson), ejecutivos silenciados, zorras calculadoras o estrellas de rock drogadictas (necesitamos más Courtney Love). Pero es que en Empire nadie es precisamente un ejemplo moral intachable (solo Jamal). Otros (la mayoría) ven un ejercicio loable de representación que ya era hora de que tuviera lugar en televisión (donde desde los 90 apenas veíamos series con elencos negros), y que va a resultar en un boom de “series negras” la próxima temporada. Pero a lo que iba, debates ideológicos aparte, como producto de entretenimiento Empire es absolutamente irreprochable.

Lo que Empire cuenta en un episodio sirve para rellenar dos temporadas de cualquier otra serie de network. Las tramas avanzan a la velocidad de la luz, a veces tanto que se olvidan de muchas de ellas, pero no nos da tiempo a darnos cuenta y sinceramente, no nos importa demasiado. Los personajes son redondos (porque son arquetipos hiper-simples perfectamente caracterizados), hay giros y sorpresas a cada paso de la enrevesada historia de los Lyon, y no hay un solo minuto de la serie en el que no pase nada. Empire es un culebrón desmesurado, a menudo burdo y chanchullero, pero lo sabe y resulta que eso es exactamente lo que quiere ser. Solemos menospreciar este tipo de productos masivos, favoreciendo los dramas “serios”, y no nos damos cuenta de lo difícil que es hacer una serie como esta. Empire es un fenómeno televisivo y discográfico que ya está haciendo mella en la cultura popular. No sabemos cuánto durará el efecto, pero todos somos susceptibles de caer bajo el influjo de su poder. Una recomendación: no opongáis resistencia.