Crítica: Deadpool 2

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La primera aventura de Deadpool en el cine supuso un bienvenido revulsivo que aportó un enfoque diferente al que Marvel Studios ya había implantado como institucional en el género de superhéroes. El antihéroe de Marvel debutaba en solitario en el Universo X-Men de Fox con una propuesta violenta, irreverente y pasada de rosca que conquistaba a la audiencia y demostraba que era posible orientar este tipo de cine a un público exclusivamente adulto y aun así replicar su éxito masivo. Dos años más tarde llega la secuela, y lo hace en el momento perfecto, ni un mes después del estreno de la colosal Vengadores: Infinity War. La ligereza y el descaro de Deadpool 2 nos vienen de perlas para relajarnos un poco después del intenso acontecimiento dirigido por los hermanos Russo. Preparen sus chimichangas y disfruten del espectáculo.

David Leitch (John Wick, Atómica) sustituye a Tim Miller en la dirección, pero el cambio de realizador no resulta en ningún cambio evidente en la pantalla. Al contrario, Deadpool 2 es muy similar, por no decir idéntica, a la primera entrega tanto en estilo como en ritmo y tono… Esto se debe quizá a que, antes que nadie, la franquicia pertenece a una persona: Ryan Reynolds, el actor que encontró en el personaje del Mercenario Bocazas la mejor oportunidad para darle un vuelco a su accidentada carrera comercial y salir resucitado y victorioso como uno de los actores más carismáticos del cine de superhéroes actual. Reynolds es el rey de Deadpool, y en su secuela vuelve a probar que lleva el personaje como si fuera una segunda piel.

Aquí es donde habría que decir que Deadpool 2 sigue las normas de las secuelas multiplicándolo todo por dos. Y por muy cliché que sea, sería totalmente cierto. La película toma todo lo que funcionaba de la primera parte y lo duplica, o incluso triplica: el humor meta, el lenguaje sucio, la metralleta de referencias pop, el gore y la ultraviolencia estilizada, las trepidantes y excelentemente ejecutadas escenas de acción, la cámara lenta, la jocosa banda sonora (el tema de Céline Dion sobre los créditos iniciales es pura magia), las rupturas de la cuarta pared; todo vuelve, en mayor cantidad, y, afortunadamente, con la misma gracia y eficiencia. Y aun así, el guion (coescrito por Reynolds) se las arregla para ser impredecible y retorcer algunas de las convenciones de las segundas partes, al más puro estilo Deadpool. Por ejemplo, en lo que se refiere al nuevo grupo de mutantes, Fuerza-X, que quizá no sea lo que el espectador espera, y sobre todo en la escala de la película, que se mantiene al nivel de la primera, esquivando el agotador y enésimo fin del mundo en su tercer acto, lo cual siempre se agradece.

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Además del debut de Fuerza-X, Deadpool 2 introduce otros nuevos personajes. Del eXtraño nuevo supergrupo, quien adquiere mayor protagonismo en la historia es Domino, interpretada por Zazie Beetz (Atlanta), que aporta frescura y carisma con un personaje lleno de posibilidades. Otro fichaje de la secuela es Julian Dennison (la revelación de Hunt for the Wilderpeople), que da vida a Russell, un niño mutante con el poder del fuego cuya historia enlaza con el tema que vertebra la película: la familia. Cuando el protagonista dice que Deadpool 2 es una película familiar, no miente, y es que la secuela lleva a cabo una más que acertada (aunque convencional) reflexión sobre la sensación de pertenencia y la familia creada. Y por último, pero no por ello menos importante, Josh Brolin encarna al villano Cable, un mutante que viene del futuro con la misión de acabar con la vida de Russell y cambiar así el destino de su familia. Brolin se confirma como un acierto de casting mayúsculo (no literalmente, como le recuerda Deadpool), aunque quizá sea conveniente no esperar demasiado del personaje.

Por lo demás, Deadpool 2 recupera a los personajes de la primera parte. Vuelven Vanessa (Morena Baccarin), Comadreja (T.J. Miller), Ciega Al (Leslie Uggams), y el que es probablemente el mejor secundario de la franquicia, el humano Dopinder (Karan Soni). Mención aparte merecen Coloso (Stefan Kapicic) y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand). El primero por ser un recurso cómico excelente y la segunda por contribuir a romper barreras en el cine de superhéroes. En la secuela, la mutante adolescente tiene novia (una de verdad, no uno de esos “momentos exclusivamente gays” que si parpadeas te los pierdes y no sirven para nada), Yukio (Shioli Kutsuna), lo que, además de proporcionar uno de los running gags más simpáticos de la película, aporta visibilidad a la comunidad LGBT, un paso muy fácil de dar con el que, sin embargo, otros estudios no se atreven. A falta de ver un novio o rollete para Wade Wilson (que sigue manifestando su pansexualidad solo a través de chistes), gracias a NTW y la fluidez sexual que recorre los diálogosDeadpool 2 se convierte en una de las películas de superhéroes más tolerantes y normalizadoras hasta la fecha.

Pero que la palabra “tolerancia” no os dé la impresión equivocada. Deadpool sigue siendo tan cafre y tan bestia como hace dos años. De hecho, más. La secuela vuelve a testear los límites de la calificación Rated-R para ofrecernos una orgía de sangre, desmembramientos y bromas sexuales no apta para mojigatos. ¿Que el humor es en el fondo infantil y no supone innovación alguna con respecto a la anterior? Por supuesto. ¿Que sigue siendo tan eficaz como la primera vez? Sí rotundo. En Deadpool 2 la novedad ha desaparecido, pero la película sabe exactamente cómo compensarlo: yendo a por todas. No todos los chistes funcionan (es lo que pasa cuando bombardeas con cinco seguidos cada dos segundos), pero los que lo hacen, lo hacen a lo grande. La película está llena de geniales golpes de humor y gags memorables que vuelven a elevar lo que es un argumento más bien escueto.

Deadpool 2 hará las delicias de los que disfrutaron de la primera entrega. Reynolds vuelve a realizar una interpretación cómica brillante (da igual con quién comparta escena, la química es palpable y las chispas saltan), el guion no deja títere con cabeza gracias a los salvajes y gratuitos ataques al cine de superhéroes (Reynolds se ensaña consigo mismo y los suyos casi tanto o más que con la competencia), los fans de X-Men se van a llevar sorpresas muy divertidas en forma de guiños y cameos, y puede que las escenas post-créditos sean las mejores que hemos visto hasta la fecha. Es más, es posible que sean lo mejor de toda la película. Simplemente enormes. Con todo esto, además de una considerable dosis de romance y emoción, Deadpool 2 evita la mala suerte de segundas partes como las de las afines Kick-AssKingsman para dejarnos una hilarante secuela a la altura de la original. Si no mejor.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Fiesta de empresa

La Navidad es época de costumbres y tradiciones. El alumbrado callejero, el árbol y los regalos, las cenas familiares, las compras de última hora, el inevitable desprecio a la especie humana que se deriva del punto anterior… Y una más para los que tienen la fortuna de no estar en el paro y han de enfrentarse todos los años por estas fechas a una cita ineludible: la cena de empresa. Esa velada en la que en ocasiones (las que no resultan ser un muermo total) los corsés se sueltan, los secretos más oscuros salen a la luz, las alianzas y enemistades se intensifican, la libido se dispara por las nubes y la profusión de alcohol nubla el juicio y hace que más de uno se suelte la melena. Claro que, lo que pasa en la cena de empresa se queda en la cena de empresa, y a la vuelta de vacaciones se recomienda hacer como si no hubiéramos visto a nuestros jefes y compañeros desfasar como si no hubiera mañana.

Ese es el espíritu que pretenden captar Josh Gordon y Will Speck con Fiesta de empresa (Office Christmas Party), comedia coral en la que un grupo de ejecutivos organizan una fiesta épica para conseguir un gran cliente y salvar su compañía, y ven cómo la celebración se les va de las manos y acaba convirtiéndose en un desmadre absoluto. Siguiendo la estela de éxitos como Resacón en Las VegasCómo acabar con tu jefe, Somos los Miller o Malas madresFiesta de empresa recoge de nuevo todos los ingredientes de la comedia gamberra actual, con una historia pasada de rosca en la que se suceden los gags alocados y las situaciones más embarazosas y políticamente incorrectas.

El reparto está encabezado por el impertérrito Jason Bateman (Arrested DevelopmentUn pequeño cambio), Olivia Munn (X-Men: ApocalipsisThe Newsroom) y T.J. Miller (Silicon Valley, Deadpool), a los que acompaña en calidad de estrella invitada una Jennifer Aniston muy acomodada en la comedia Rated R, con un papel que recordará a más de uno a su participación en Cómo acabar con tu jefe y su secuela, una jefaza pétrea e implacable que en este caso, en lugar de acosar sexualmente a sus empleados, ejerce como la villana que amenaza con cerrar la rama de la empresa familiar que dirige su hermano pequeño (Miller). Es decir, toda una señora Scrooge. El elenco se completa con lo más granado de la escena cómica televisiva actual, Rob Cordry (Childrens Hospital), Jillian Bell (Infiltrados en clase, Idiotsitter), Vanessa Bayer (Saturday Night Live), Randall Park (Fresh Off the Boat, The Interview) y la divertidísima y siempre marciana Kate McKinnon, que aquí interpreta a la jefa de recursos humanos, una mujer anticuada y estricta que esconde un lado salvaje. Sin olvidar a Courtney B. Vance, que aporta mucha clase en un papel que demuestra lo bien que se le da la comedia el mismo año que ha ganado el Emmy por un drama (American Crime Story).

Solo por ver a este grupo de cómicos en acción, Fiesta de empresa merece la pena. Por encima de los repetitivos Bateman y Aniston (juntos por quinta vez en el cine) hay que destacar en especial a Miller, que se está consagrando como un secundario hilarante de excepción, y a Munn, que sorprende con una vis cómica muy desarrollada y muchas ganas de desatarse y pasarlo en grande. Es cierto que la película está plagada de clichés y transcurre tal y como uno espera que lo haga, pero eso no impide que funcione como un divertido y desenfadado pasatiempo ligero. Por muy excesivos que sean, los chistes y gags de Fiesta de empresa están derivados de situaciones con las que todos pueden sentirse identificados, magnificadas por la lente de aumento surrealista de la comedia gamberra, con bien de alcohol, drogas, acción y violencia “de andar por casa”, despelotes y situaciones sexuales que harán reír (o sonrojarse) a más de uno.

Claro que, como mandan los cánones del género, debajo de de la música atronadora, las tormentas de coca y el caos extático y destructivo de la fiesta late un pequeño corazón. A pesar de las burradas que nos enseña por el camino, Fiesta de empresa es en el fondo una historia de amor y una celebración optimista del compañerismo y la familia que continúa la tradición de las películas navideñas, dándoles un giro disparatado e irreverente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Deadpool

Deadpool

Vino, la lió, venció. Deadpool ha arrasado en taquilla, pulverizando récords en Estados Unidos a pesar de ser una película Rated-R (es decir, para mayores de 18 años). Esto quiere decir dos cosas: que una calificación PG-13 no es garantía de éxito o el Rated-R de fracaso en este tipo de cine (hola, Cuatro Fantásticos) y que eso de la “superhero fatigue” de momento es más una cosa de la que hablan (hablamos) los medios especializados que una realidad. El riesgo recompensa, y Deadpool ha ido a por todas, negándose a suavizar y homogeneizar su material de referencia, es más, haciéndolo incluso más salvaje de lo que es en las páginas del cómic. Basándose en uno de los personajes más irreverentes de Marvel Comics, la película, que se enmarca dentro del Universo X-Men de 20th Century Fox, proporciona a la vez una bofetada y (paradójicamente) una reverencia al cine de superhéroesDeadpool no es perfecta ni mucho menos, pero es la única adaptación posible de Masacre, la película de superhéroes que queríamos, y la que el género necesitaba ahora mismo.

Pero no nos engañemos. Deadpool no ha inventado nada. Marvel Studios ya había dado el primer paso en lo que se refiere a autoparodiarse y no tomarse tan en serio a sí mismos. Guardianes de la Galaxia y sobre todo Ant-Man allanaron el camino para que Deadpool fuera posible, y para que este fuera el momento idóneo para estrenarla. Lo que han hecho en Fox es seguir ese camino dando un paso (o dos, o tres) más allá. Deadpool es original y refrescante por lo que supone dentro del género en estos momentos (porque películas de superhéroes Rated-R ha habido varias –Blade, Watchmen, Kick-Ass-, solo que ya no parecían tener cabida en el panorama actual), pero en el fondo no es más que otra (más bien simple) historia de orígenes que sigue el manual sin saltarse ni un solo paso (adquisición de poderes, traje, sidekick, historia de amor, villano subdesarrollado…). Es más, se podría incluso decir que en algunos aspectos (principalmente narrativos) es una de las más tradicionales, incluso conservadoras, de los últimos años (al fin y al cabo, lo que tenemos es a otro ¿héroe? salvando a su damisela en peligro de las garras de un monstruo). La diferencia es que aquí, la historia de siempre viene aderezada con bien de sal y especias. Y sangre e hiper-violencia. Y un taco por cada tres palabras. Y desnudos (frontales masculinos y femeninos). Y una obsesión muy grande con los testículos. Y sexo como nunca antes lo habíamos visto en el género. Y bueno, autoconsciencia, guasa y desvergüenza para parar a Thanos. Pero sobre todo, lo más importante es que llega en el momento en el que se hacía urgente una película que sacara al cine de superhéroes de la rutina en la que se estaba acomodando.

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Deadpool es un triunfo gracias sobre todo a la complicidad tan grande que encuentra con la audiencia. Mediante la continua ruptura de la cuarta pared a lo Ferris Bueller (que por supuesto tiene su homenaje directo), el protagonista arroja al espectador una cantidad ingente de chistes, juegos de palabras, name-dropping, guiños autorreflexivos y referencias tanto a la cultura popular como a la industria de Hollywood. La verborrea ametralladora del personaje puede llegar a saturar por momentos (de la misma manera que la incesante violencia puede llegar a insensibilizar), pero sorprendentemente, Ryan Reynolds hace que el tono desquiciado y excesivo funcione en todo momento. Después de encadenar varios fracasos (el más sonado de ellos Green Lantern, que evidentemente aquí es objeto de mofa) y ganarse la fama de “actor maldito”, el canadiense ha dado por fin con el vehículo idóneo para ganarse el beneplácito de la audiencia y dar el salto a la A-List de Hollywood. Y es que Reynolds es un Wade W. Wilson perfecto, así de claro. Un protagonista rebosante de carisma (quién lo iba a decir) que domina la comedia igual de bien que la acción física, y se ha metido en la piel del personaje hasta el punto de convertirse en él (ya veremos si, como Robert Downey Jr., Reynolds se queda instalado definitivamente en su personalidad marveliana). Con él, el Mercenario Bocazas y su particular micro-universo satírico cobran vida de la manera más fiel posible, y es exactamente como imaginábamos que sería.

El ritmo acelerado, casi esquizofrénico, de Deadpool no da tregua al espectador, al que más le vale no pestañear o distraerse ni un segundo si no se quiere perder los chistes (muchos de ellos incomprensibles para el público que no esté familiarizado con el cómic y el cine de superhéroes). Esto hace que la película no aburra en ningún momento, desde los jocosos títulos de crédito hasta la genial escena post-créditos finales, pero también convierte su guion en un “todo vale” en el que es muy fácil colar situaciones cuestionables incluso si se abraza su naturaleza zafia y políticamente incorrecta (que es mi caso). Por ejemplo, el hecho de que Wade Wilson sea (supuestamente) pansexual, pero su orientación quede enmudecida en la película al reducirse a chistes verdes que podría hacer cualquier personaje hetero bromista (que un superhéroe gaste bromas sobre su sexualidad ya es algo, pero no hay huevos a llevar más allá eso también, a menos que sea durante la campaña promocional, claro); o que haya agudas pullas a la hipervigilancia que vivimos (Deadpool se pregunta si es más machista pegar a una mujer en una pelea o no hacerlo) y momentos de empoderamiento femenino que quedan invalidados por chistes rancios sobre estereotipos de género (la tontería de “engañar” a la novia para que vea una de superhéroes diciéndole que es una romántica ya no procede en 2016. ¿Cómo hay que decir que a las chicas también les gusta este tipo de cine? ¿Es que vamos a dejar que el humor tipo Jorge Cremades nos invada a estas alturas?). Pero bueno, esto es solo un pequeño reproche a una película que por lo general da en la diana, y que habría sido aun mejor si hubiera aprovechado esos momentos para cambiar las reglas del juego y ser verdaderamente revolucionaria en todo.

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Aunque técnicamente forme parte del universo mutante de Marvel, al que hace referencia constantemente (para dinamitarlo), Deadpool crea su propia parcela de ficción muy alejada del tono de las películas de X-Men, una realidad alternativa inmersa de lleno en la parodia y el disparate, y poblada por personajes que, tal y como están escritos, solo tendrían cabida aquí (Vanessa, Comadreja y Al son secundarios fantásticos con los que Wade funciona a las mil maravillas). Para mantener esa conexión con la Patrulla-X, la película se trae a Coloso (redibujado con mucha gracia como un gigante bonachón y caballeroso que, por cierto, hace que el gag de “language!” de Steve Rogers funcione mucho mejor con él) e introduce a la adolescente “con la edad del pavo” Negasonic Teenage Warhead, dos mutantes con los que Wilson tiene una química excelente y que además le permiten dar rienda suelta al afán meta de la película, no dejando títere con cabeza (da igual que sea de la familia): “¿Por qué parece que sois los dos únicos mutantes que hay en la Escuela? Es como si no hubiera presupuesto para otros X-Men”, o este genialísimo diálogo: Coloso: “Te llevaré a ver al Profesor Xavier” Deadpool: “¿McAvoy o Stewart? Es que las líneas temporales son confusas”. Son solo dos ejemplos de la insolencia con la que la película se ríe de todo, haciendo cómplice al espectador de la broma.

Deadpool no se ha encontrado con apenas restricciones de ningún tipo, y esta libertad creativa ha dado como resultado una película que se zambulle felizmente en el exceso (mira que puede llegar a ser bestia y cerda, para nuestro deleite) poniendo Marvel patas arriba. Desde sus espectacularmente sangrientas secuencias y coreografías de acción, a sus escenas más picantes (inolvidable el recorrido sexual por las fiestas más señaladas del año), pasando por su romanticismo corrosivo (que gran elección de casting Morena Baccarin) y su juego de saltos temporales, la película (se) divierte enormemente desmontando las normas del cine de superhéroes con toneladas de actitud, desparpajo y provocación. Pero a la hora de la verdad, Deadpool es como su protagonista. Si bien Wade Wilson no se considera como uno de sus contemporáneos enmascarados, son “cuatro o cinco momentos” decisivos los que lo convierten en un héroe (aunque él se empeñe en refutar esa teoría). De la misma manera, aunque Deadpool no parezca la típica cinta de superhéroes (su rostro también está desfigurado y su brújula moral averiada), son cuatro o cinco aspectos los que desvelan su verdadera naturaleza como tal. Lo que la diferencia de las demás películas de Marvel es una pequeña R mayúscula, que ha llevado su espíritu gamberro hasta las últimas consecuencias, ayudándole a inaugurar el 2016 comiquero por todo lo alto y de paso marcar un punto de inflexión en el cine de superhéroes actual.

Valoración: ★★★★

Silicon Valley: Bienvenidos al planeta de los nerds

Silicon Valley reparto

Lo hemos dicho muchas veces. A HBO le cuesta mucho más dar con el clavo en lo que se refiere a comedia. La cadena ha generado varios éxitos recientes, como Girls o Veep, pero la supervivencia de estas series se debe más a su repercusión mediática y al prestigio que otorgan que a sus índices de audiencia, muy lejos de los números que amasan dramas como Juego de Tronos, True BloodThe Leftovers. Aunque se ha especializado en la comedia de auteur (ahí está Curb Your Enthusiasm), la Home Box Office no es ajena a la creación de sitcoms para “la masa”, con éxitos como Sexo en Nueva York y (a menor escala) Entourage en su haber. Cubriendo el (desgraciadamente menor) nicho de audiencia femenina y homosexual (respectivamente, o no) con la serie de Lena Dunham y ahora con Looking, HBO necesitaba una comedia más “masculina”. Y Silicon Valley, una serie moderna, y sin embargo arraigada en la sitcom tradicional, viene a llenar ese hueco (sin ir más lejos, parecía que la Academia estaba esperándola para sustituir Girls por ella en sus nominadas a Mejor Comedia). Con ella, la prestigiosa cadena ha dado con su propia The Big Bang Theory. Salvando las distancias, claro está.

Silicon Valley es la historia clásica del underdog americano, el héroe cotidiano, antítesis del triunfador y conquistador, que halla el camino hacia el éxito (y hacia la chica) a través de su intelecto. Vaya, una historia sobre nerds para todos los públicos. La serie está creada por Mike Jugde, responsable de Beavis y Butt-Head y director de la película de culto Office Space, y como aquellas dos obras clave, busca la complicidad con el público a través de la identificación con el veinte-treintañero a la deriva (o sea, todos). Por eso Silicon Valley está protagonizada por un tipo muy concreto de nerd, el informático. Richard es un extraño e introvertido experto en ordenadores que ha creado una app que podría revolucionar el mercado. Para convetirla en un éxito y levantar su propia empresa en la Meca de la industria informática, rechaza una oferta de venta millonaria y se asocia con la empresa de un loco (y divertidísimo) visionario, Peter Gregory, que le propone colaborar en beneficio mutuo. Desafortunadamente, el actor que daba vida a Gregory, Christopher Evan Welch, falleció a mitad del rodaje de la temporada, perdiendo así la serie una de sus mayores bazas. Aunque los guionistas idearon pronto una manera de mantener vivo al personaje, con un chiste recurrente en boca de su asistente (Amanda Crew) según el cual Gregory siempre está fuera, ocupado en algún asunto a cada cual más extravagante. Esperamos que el gag se mantenga en próximas temporadas.

silicon valley póster HBOLa primera temporada de Silicon Valley lidia con las tribulaciones de Richard tras haber tomado la decisión ¿equivocada? y nos cuenta los primeros pasos de su aventura empresarial Pied Piper (hay un episodio dedicado al registro del nombre, otro a la creación del logo…), junto a su equipo de geeks y despojos humanos, ratas que no lo siguen como al flautista de Hamelín precisamente: el endiosado Erlich (T.J. Miller, entre el esperpento divertido y lo simplemente insoportable), el adorador de Satán Gilfoyle (Martin Starr en su salsa), el indio Dinesh (Kumail Nanjiani)- porque todo grupo de informáticos emprendedores debe tener un indio-, y Jared (Zach Woods, reproduciendo tal cual su personaje de The Office). Todos ellos representan los distintos estereotipos que han caracterizado al nerd informático (o al nerd en general) en la ficción reciente (The IT Crowd, TBBT): la percepción distorsionada del mundo, la ineptitud social, el carácter sedentario, la libido por las nubes, los fetichismos y parafilias tecnosexuales, y la dificultad para comunicarse, especialmente con las mujeres. Richard personifica con gran maestría a este tipo de personaje, gracias a la interpretación compasiva, adorable y llena de matices de Thomas Middleditch, el mayor acierto de casting de la serie, y el corazón de la misma.

A lo largo de los ocho episodios que componen la primera temporada, Silicon Valley presenta tramas generalmente convencionales, vistas en otras sitcoms, conflictos clásicos aplicados al relativamente reciente universo de la innovación tecnológica (para conocer sus orígenes, aconsejable Halt and Catch Fire). Hemos visto algo parecido hace poco en la película Los becarios (The Internship), que al igual que Silicon Valley, nos habla de cómo funcionan los grandes imperios tecnológicos. Solo que el filme de Owen Wilson y Vince Vaughn no era más que un publirreportaje de Google, mientras que Silicon Valley es una sátira muy afinada del gigante del Valle del Silicio, parodiado en la serie a través del paraíso laboral de Hooli. A pesar de hacer gala de una incorrección política muy blanca, Judge da en el clavo a la hora de trasladar a la pantalla el particular y en ocasiones excéntrico mundo de los (casi siempre patéticos) aspirantes al próximo Steve Jobs -es clave la escena en la que un puñado de grupos creativos venden sus proyectos con presentaciones clónicas, emulando las palabras de la Deidad Jobs (que por cierto, es mencionado una o más veces en todos los episodios, claro).

Pero Judge no solo nos habla/se burla del negocio informático, donde la lógica matemática choca con la inmadurez del “genio”, sino que se permite introducir, al más puro estilo La red social (pero con humor y casi sin que nos demos cuenta), reflexiones muy valiosas sobre la nueva sociedad de la comunicación y nuestra relación con la tecnología. Una escena que engloba perfectamente estas ideas tiene lugar en el penúltimo episodio de la temporada, el “Dickjerk Algortithm” (literalmente, el Algoritmo de la Paja), simplemente el momento de comedia más sublime que nos ha dado este año la televisión. Esta escena, además de incorporarse por méritos propios en los anales de la tele por su absurda brillantez, da paso al desenlace de la temporada, que plantea una visión de futuro muy clara para Silicon Valley, y si la audiencia aguanta tan bien como hasta ahora, una andadura potencialmente longeva para alegría de HBO.