Crítica: Millennium – Lo que no te mata te hace más fuerte

El fenómeno literario Millennium ha creado un icono de la ficción y un personaje de culto en Lisbeth Salander. La hacker justiciera sueca regresa a las pantallas en una nueva entrega cinematográfica, que llega siete años después de su primera adaptación norteamericana, dirigida por David Fincher. En Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte (The Girl in the Spider’s Web), Fede Álvarez (No respires) sustituye como director a Fincher (que permanece como productor en la franquicia) y Lisbeth cambia de rostro. Después de haber tenido las facciones de Noomi Rapace y Rooney Mara, el personaje pasa a manos de la mismísima reina Isabel II, Claire Foy.

Sin embargo, todos estos cambios no conllevan un remake o reboot absoluto de la saga, sino más bien una continuación con relevo “generacional”, algo parecido a lo que ocurre con las películas de James Bond. En este caso, estamos ante la primera adaptación directa del best-seller The Girl in the Spider’s Web, cuarto libro de la saga creada por Stieg Larsson que escribió David Lagercrantz tras la muerte del autor en 2004. Es decir, en lugar de presentarnos una historia de orígenes, la película parte de la ventaja de que Lisbeth Salander ya se encuentra instalada en el imaginario colectivo para contarnos un nuevo capítulo de su vida.

Y este capítulo viene fuertemente marcado por el pasado, ya que el nuevo caso de Lisbeth le llevará a revisitar su oscura infancia, empañada por su tumultuosa relación con un padre abusivo y una hermana a la que dejó con él. Salander vive en la clandestinidad absoluta hasta que se ve forzada a salir de su escondite para evitar que un programa informático con el que se pueden controlar todas las armas nucleares del globo caiga en manos equivocadas. A esta misión se suma el regreso de los fantasmas del pasado en forma de su hermana melliza, Camilla (Sylvia Hoeks), de la que Lisbeth no volvió a saber nada desde que escapó de casa cuando aun eran niñas.

Lo que no te mata te hace más fuerte convierte a Lisbeth Salander en una suerte de antiheroína moderna inmersa en una misión a la que perfectamente se podría haber enfrentado el agente 007. De esta manera, la saga va separando sus raíces del thriller nórdico, amplificando la acción y la naturaleza heroica de la protagonista, una justiciera defensora de mujeres y castigadora de hombres maltratadores, como si hubiera sido diseñada para la era #MeToo. La recalibración tiene sentido, tanto desde el punto de vista sociocultural como comercial, pero un guion poco trabajado (basado en un material considerado menor por los fans de la saga) dificulta los esfuerzos por relanzar Millennium de forma interesante.

Álvarez realiza un trabajo notable tras las cámaras, sacando provecho de lo que es evidentemente un presupuesto más ajustado que el que tuvo Fincher a su disposición en 2010. El director se vuelve a mostrar muy solvente filmando potentes secuencias de acción que se benefician de su eficiencia técnica y construyendo planos que evidencian su buen gusto para lo visual. Sin embargo, bajo este cuidado y elegante envoltorio no hay demasiada profundidad, sino más bien una trama medio cruda y genérica que apenas desarrolla psicológicamente a sus personajes y cuyos agujeros y descuidos hacen que sea más difícil entrar en la historia.

La película sale a flote gracias a la labor de Álvarez, pero sobre todo al trabajo interpretativo de Claire Foy, que levanta un material más bien limitado hasta estar a la altura del reto. No se puede decir lo mismo de Sverrir Gudnason, el nuevo Mikael Blomkvist después de Mikael Nyqvist y Daniel Craig. El actor sueco compone una versión del personaje completamente plana y falta de carisma, que además no pinta nada en la película (Lisbeth no lo necesita, y nosotros tampoco). Mucho más interesante es la incorporación de Sylvia Hoeks (la revelación de Blade Runner 2049) como Camilla Salander, aunque tampoco dé tiempo a profundizar demasiado en el personaje (el metraje de Blomkvist debería haber sido para ella).

Lo que no te mata te hace más fuerte habla de cómo el pasado nos define y nos estanca, de cómo moldea nuestras relaciones y nos convierte en quiénes somos, así como de la necesidad de romper con él para seguir avanzando. Con ella conocemos a una nueva Lisbeth Salander con mucho potencial de futuro, interpretada por una actriz comprometida y camaleónica que desprende talento por los cuatro costados. La película no está a su altura, pero ella hace que merezca la pena.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Blade Runner 2049

El futuro ya está aquí, y se parece mucho al que Ridley Scott imaginó en 1982, solo que nos lo encontramos incluso más desolado y oscuro. El proceso de gestación de la secuela de Blade Runner ha sido largo y complicado, pero por fin, la continuación del influyente clásico de la ciencia ficción llega a nuestras pantallas, 35 años después de su estrenoBlade Runner 2049 era un proyecto arriesgado y ambicioso en el que todo podía haber salido mal, y sin embargo, ha llegado a muy buen puerto, en una jugada similar a la que Mad Max: Furia en la carretera efectuó hace un par de años.

El de Blade Runner es un caso muy especial. Se trata de una película irrepetible, difícil de clonar, que se resiste a la industrialización, a pesar de que su impronta se pueda detectar en multitud de títulos sci-fi posteriores. Por eso, el reto de llevar a cabo una secuela, y además con tres décadas de diferencia con respecto a la original, era casi imposible. Afortunadamente, Scott aprendió que había más oportunidades de éxito si cedía las riendas de su creación a otro cineasta. El chiflado que asumió el desafío no es otro que Denis Villeneuve, que tras ganarse la confianza del espectador y la industria con Prisioneros Sicario, se consolidó con La llegada como uno de los cineastas más estimulantes (y solicitados) del momento. Y el canadiense, en busca del milagro, no solo ha salido airoso de tamaña empresa, sino que le ha dado la vuelta para realizar una de las mejores películas del año.

Villeneuve trabaja a partir de un guion escrito por Hampton Fancher (responsable de la original) y Michael Green (Logan) para reconstruir y expandir las fronteras del universo de Blade Runner, al que regresamos treinta años después de los acontecimientos de la primera película para conocer al oficial K (Ryan Gosling), un nuevo blade runner (recordemos, agentes de policía encargados de eliminar a los androides conocidos como replicantes) que, tras descubrir un secreto oculto durante muchos años que podría cambiar el curso de la sociedad, inicia una búsqueda para dar con Rick Deckard (Harrison Ford), desaparecido desde hace tres décadas. Y es mejor no conocer más detalles sobre la historia de antemano, ya que gran parte del encanto de Blade Runner 2049 es no saber exactamente hacia dónde nos va a llevar, sobre todo cuando creemos saberlo.

Villeneuve tenía dos opciones principales a la hora de acometer este dificultoso reboot: seguir el ejemplo de J.J. Abrams en Star Wars: El despertar de la fuerza y repetir la jugada o hacer como David Lynch en el regreso de Twin Peaks y crear algo completamente nuevo e inesperado a partir de algo conocido y venerado. Lo que ha hecho Villeneuve es una astuta combinación de ambas aproximaciones, una película que reproduce sin caer en el facsímil, que homenajea con devoción a la vez que emprende su propio camino, que maneja la nostalgia con inteligencia para que esta no la acabe fagocitando. Es decir, Blade Runner 2049 es una continuación con razón de ser, que ahonda en las cuestiones filosóficas de la película original (más profundamente, de hecho) a través de un nuevo personaje, planteando una interesante reflexión, debidamente actualizada, sobre lo que nos hace humanos, tema central de los mejores relatos de ciencia ficción. En definitiva, una secuela a la altura del clásico, que no se conforma con replicarlo.

Ni que decir tiene que Blade Runner 2049 también es un suntuoso e impresionante espectáculo cinematográfico, uno que se debe ver en las mejores condiciones técnicas posibles para apreciarse en todo su esplendor. A través de su magistral composición de planos, la increíble fotografía de Roger Deakins (que si hay justicia, esta vez se llevará el Oscar después de perderlo en 13 ocasiones), la estruendosa banda sonora de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch y el envolvente diseño de sonido, Villeneuve ha creado una experiencia inmersiva como pocas. Es cierto que para entrar, uno tiene que poner de su parte, ya que la película puede pecar de fría y distante (como hacía la primera), dificultando el proceso de conexión emocional. Pero si la propuesta de Villeneuve nos atrapa, es difícil que nos suelte en las casi tres horas que dura la película, de las que no se desaprovecha ni un solo minuto.

Además de ser una exhibición visual y sonora de una perfección y elegancia apabullantesBlade Runner 2049 es una fascinante historia en la tradición de la ciencia ficción más sugerente y cerebral, un relato sobre el alma, sobre la percepción y la necesidad de aferrarse a la realidad en un mundo que ha difuminado sus fronteras y nos ha deshumanizado (“Todos estamos buscando algo real”), ya sea a través del amor, el sexo o los recuerdos. Así podríamos definir el conflicto de K, un personaje complejo que Gosling saca adelante sin salirse de su zona de confort, poniendo su hermético estilo interpretativo al servicio de un guion imbuido de dolor contenido y romanticismo trágico. Lo hace, por supuesto, con ayuda de un reparto de excepción que da vida a un nuevo plantel de personajes (a los que se añade algún que otro cameo que es mejor no desvelar): Ana de Armas, Robin Wright, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Jared Leto, Sylvia Hoeks (la gran revelación de la película) y por último, un Harrison Ford en plena forma. El carismático actor no solo lo da todo en las viscerales escenas de acción, sino que además lleva a cabo una de sus interpretaciones más conmovedoras de los últimos años, una que trasciende el carácter de “encargo” que suelen tener últimamente todos sus trabajos.

Villeneuve no deja nada al azar y Blade Runner 2049 es el ejemplo definitivo. Todo en ella está cuidado hasta el último detalle, haciendo que cada plano, cada línea de diálogo, cada sonoro puñetazo tenga un significado en el gran esquema de la película, un puzle narrativo en el que todas las piezas encajan cuidadosamente. Tras La llegada, el director sigue explorando los confines del mal llamado cine comercial, elevando de categoría el concepto de blockbuster. Blade Runner 2049 es una obra de belleza sobrecogedora y virtuosismo técnico, pero más allá de sus desbordantes imágenes, sus brutales secuencias de acción y su atmósfera embriagadora, también es un trabajo exigente que se niega a complacer por la vía fácil, gracias sobre todo a un brillante guion que subvierte las expectativas de la manera más audaz y que será diseccionado hasta la última coma en los próximos años.

Quizá la película no ofrezca las respuestas que muchos andan buscando, pero sí plantea nuevas preguntas, nuevos enigmas que renuevan nuestra pasión por el universo concebido por Ridley Scott. Sumergirse en Blade Runner 2049 es volver a comprobar de primera mano el poder transportador y transformador del cine. Definitivamente, la espera ha merecido la pena.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½