Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2

“¿Starlord? ¿Quién?” Hasta hace no mucho solo los entendidos en cómic sabían quiénes eran los Guardianes de la Galaxia. Todo cambió en 2014, año en el que esta variopinta banda de forajidos e inadaptados espaciales irrumpió en el Universo Cinemático de Marvel para ponerlo todo patas arriba. Guardianes de la Galaxia fue la apuesta más arriesgada de Marvel Studios hasta ese momento, una aventura coral con personajes totalmente desconocidos por el gran público y sin apenas preparación previa, como sí tuvieron Los Vengadores. La jugada no les pudo salir mejor y el film se convirtió en uno de los más taquilleros del estudio, además de uno de los más queridos por el público. Tres años más tarde regresamos al cosmos marveliano para reencontrarnos con Starlord, Gamora, Drax, Rocket y Groot en Guardianes de la Galaxia Vol. 2, con la que James Gunn continúa por todo lo alto la franquicia con más personalidad de Marvel.

Al ritmo de la flamante Awesome Mix Vol. 2, la segunda parte de Guardianes de la Galaxia es otra epopeya intergaláctica al más puro estilo Marvel, con grandes dosis de acción, comedia, y un claro hilo conductor: la familia. El film nos devuelve a los personajes de los que nos enamoramos en la primera película, ya convertidos en un grupo asentado y leal (aunque disfuncional, por supuesto), explorando sus vínculos y hallando en ellos su razón de ser, mientras salvan la galaxia. Otra vez. La trama principal arranca con la aparición del padre de Starlord (Chris Pratt), el planeta viviente llamado Ego (Kurt Russell), que proporciona al héroe las tan ansiadas respuestas sobre su origen y sus poderes. Pero el motivo familiar se extiende hacia todos los personajes: Gamora (Zoe Saldana) y Nébula (Karen Gillan), hermanas que intentan resolver sus diferencias de manera poco ortodoxa, Rocket (Bradley Cooper) y Yondu (Michael Rooker), dos bandidos muy distintos entre sí pero con mucho más en común de lo que creían, Drax (Dave Bautista), que sigue de luto por la pérdida de su mujer e hija mientras conecta con Mantis (la revelación Pom Klementieff), y Groot (Vin Diesel), convertido en el benjamín del clan, un niño que no hace más que enredar y del que los Guardianes cuidan como si fuera el hijo de todos.

El quinteto original se amplía con antiguos conocidos y la llegada de nuevos personajes, aliados y enemigos. Los mencionados Nébula y Yondu (y su banda, otra familia a su manera) reciben una promoción y adquieren mayor protagonismo, mientras que los nuevos fichajes se incorporan de forma orgánica al universo de los Guardianes. Un carismático Kurt Russell encaja a la perfección como el padre de Peter Quill, entablando una simpática dinámica paternofilial con Chris Pratt (verlos recuperar el tiempo perdido jugando a la “pelota” es descacharrante a la vez que entrañable, puro Guardianes de la Galaxia). Elizabeth Debicki encarna a la distinguida Ayesha, villana que en esta ocasión recibe el tratamiento adecuado para que no ocurra lo de siempre: en esta entrega, la malvada se reserva a una trama secundaria, casi anecdótica (los Guardianes se encuentran huyendo permanentemente de su imperio después de una trastada de Cohete), mientras se le da una vuelta de tuerca al esquema habitual de Marvel para desarrollar su conflicto central. Y por último, pero no por ello menos importante, la aparición de Mantis llena aun más de luz la franquicia, gracias a la deliciosa interpretación de Pom Klementieff, que forma una gran pareja con Drax y construye a un personaje adorable y divertido del que se saca mucho partido.

Con tantos personajes y frentes abiertos, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 corre el riesgo de irse por la borda, pero James Gunn logra no solo que esto no ocurra, sino que todas las tramas y arcos de personajes confluyan de manera natural y que todos los personajes principales tengan el tiempo en pantalla necesario. Nadie queda infrautilizado o explotado por encima de los demás, ni siquiera Baby Groot, indudable reclamo comercial que se maneja con mesura para conquistarnos sin llegar a saturar (no hay palabras suficientes para describir lo maravillosa que es la versión infantil del personaje). Y no solo eso, sino que de alguna manera, no me preguntéis cómo, Gunn se las arregla para ir a lo suyo y además cumplir con las normas del estudio con abundancia de easter eggs y gloriosos cameos (menos el de Nathan Fillion como Wonder Man, que tristemente tuvo que ser eliminado del montaje final).

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Una de las claves del éxito de Guardianes de la Galaxia, y en concreto de este segundo volumen, es el amor del director y guionista hacia sus personajes, que se traduce en una conexión muy evidente de los actores con el material. Gunn trata a los Guardianes y todos a su alrededor con sumo cariño, conociéndolos y ejerciendo un control sobre ellos que no siempre encontramos en el cine de superhéroes. Vol. 2 funciona tan bien porque son los personajes los que conducen la acción en todo momento (sus relaciones, sus deseos, objetivos, miedos y frustraciones bombean la historia), y también porque es mucho más que fórmula. Sí, es un crowdpleaser hecho según la receta infalible de Marvel, ya elevada a la categoría de ciencia, que repite las pulsaciones de la primera parte y nos da justo lo que esperamos. Pero también es una película de James Gunn, un proyecto muy personal y gamberro a pesar de su enorme envergadura. Y esto se nota en la voz y el estilo de la película, marcadamente distinto del resto de sus compañeras de universo, con una clara tendencia a la exageración cartoon en los planos y la acción, y cierto espíritu de serie B cercano al cine de Sam Raimi. Sin olvidar por supuesto que se sigue apoyando claramente en otras space operas como Star WarsStar Trek y la más modesta Farscape (serie que proporciona uno de los mejores cameos de la película, con el que esta se reafirma en sus influencias).

En el apartado técnico y visual, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 no solo supera a su antecesora, sino que además sube considerablemente el listón de los efectos digitales del estudio (Cohete no puede no ser real), siendo junto a Doctor Strange la entrega más visualmente impresionante del Universo Marvel. El film es un continuo orgasmo sensorial. El sentido de la estética de Gunn vuelve a dar como resultado otra obra vibrante de luz y color, esta vez incluso más bella e iconoclasta si cabe, en la que la magnífica labor de maquillaje y las prótesis siguen teniendo una importancia capital. Y por supuesto, hay que destacar las escenas de acción, de los antológicos créditos iniciales al apoteósico clímax, pasando por Gamora disparando una metralleta galáctica gigante (!!!). En cuanto a la banda sonora, uno de los elementos más distintivos de Guardianes, no se puede negar que los nuevos temas clásicos escogidos por Gunn quedan de maravilla con las espectaculares batallas y persecuciones en el espacio (aderezadas muy socarronamente con efectos de sonidos de las maquinitas Arcade), pero puede que haya exceso de momentos musicales, con lo que se peca de repetir demasiado la jugada.

Claro que esto forma parte de la identidad del film, como ya hemos dicho, muy asentada. Ocurre algo parecido con el humor. Como en el Volumen 1, hay demasiados chistes y gags. Muchos son brillantes, otros no tanto. A veces el humor tontorrón da en la diana, a veces en la pared. Es el riesgo de tener tanta libertad para hacer el chorra (se nota que han dejado a Gunn a sus anchas). Eso sí, funcionen o no los chistes, Guardianes nunca pierde su encanto y carisma. Y esto es gracias sobre todo a un guion sólido, en el que la ramificada historia se estructura con eficiencia (insisto, muchos personajes e ideas en un todo uniformado), los diálogos dan en el clavo, los personajes nunca se pierden en favor de la acción y los acontecimientos se suceden de forma fluida y con gran sentido del ritmo, culminando en un tercer acto de órdago (quizá el mejor de Marvel hasta la fecha) y un final precioso. Y de generosa propina, hasta cinco escenas post-créditos (el secreto de Gunn: no tiene miedo a pasarse de la raya) que nos deparan unas cuantas sorpresas e indican por dónde podrían ir los tiros en el Vol. 3

Lejos de mostrar síntomas de agotamiento en el UCM, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 supone un triunfo absoluto en todos los aspectos. Gunn nos regala otra odisea espacial ochentera con personajes inolvidables e imágenes alucinantes, rebosante de diversión (en serio, ¡¡Baby Groot!!), romance (Gamora ♥ Starlord), épica y emoción (como en la primera, su conmovedor clímax provocará más de una lágrima), con cameos para aplaudir (el de cierta estrella de los 80 se lleva la palma), respuestas satisfactorias que expanden su mitología, y por encima de todo, mucho, mucho corazón. En definitiva, otro clásico instantáneo de Marvel.

Pedro J. Gacía

Nota: ★★★★½

Crítica: Creed (La leyenda de Rocky)

Creed Michael B Jordan

Adonis Johnson (Michael B. Jordan) pasa su infancia en un correccional de menores hasta que una mujer le hace una visita para contarle quién es su verdadero padre: Adonis es hijo del legendario boxeador Apollo Creed (Carl Weathers), que falleció antes de que el niño naciera. A pesar de que Adonis simboliza una infidelidad, un bache personal en la carrera de Creed, su mujer lo acoge en su mansión de Los Ángeles y le ofrece una educación y oportunidades de trabajo para llevar a una vida acomodada. Pero la verdadera pasión de Adonis es el boxeo, ya que, sin lugar a dudas, lleva este deporte en la sangre. Por eso, el muchacho deja su trabajo y se dirige a Filadelfia, el lugar en el que se celebró el mítico combate entre Apollo Creed y Rocky Balboa (Sylvester Stallone).

Una vez en Filadelfia, Adonis busca al “Potro italiano” y le pide que sea su entrenador. Rocky, que supuestamente se ha retirado para siempre del mundo del boxeo, ve en Adonis las cualidades que hacían de Apollo un boxeador extraordinario, un gran rival que acabó convirtiéndose en su mejor amigo, y termina cediendo. Con el objetivo de librar su primer gran combate con un rival invicto de fama mundial y hacerse un nombre por sí solo, Adonis se entrena a fondo, ajeno a la propia lucha que Rocky está librando por su cuenta después de descubrir que sufre una enfermedad muy grave. El ex boxeador encuentra en el muchacho un apoyo incondicional y la bonita amistad que se desarrolla entre los dos será la clave para que ambos salgan victoriosos de sus respectivos combates.

Este es el argumento de Creed (La leyenda de Rocky), el spin-off/secuela/reboot/legacyquel de Rocky, en la que el actor en boga Michael B. Jordan recoge el testigo de Sylvester Stallone para revitalizar y rejuvenecer la saga, que ya contaba con seis entregas anteriores (parece mentira, pero la última, Rocky Balboa, tiene ya diez años). El director Ryan Coogler ha elaborado con Creed lo que llaman un “crowdpleaser“, es decir, un film diseñado minuciosamente para agradar al público, ávido de experimentar el placer del regreso a un lugar conocido. Porque Creed es una película hecha para fans de Rocky, y también para incondicionales del género de boxeo. No falta ninguno de los ingredientes básicos de este tipo de cine, y de esta saga en concreto: los leitmotivs de superación personal y familia, la historia de amor (aquí con la prometedora Tessa Thompson interpretando a una estrella de pop en ciernes creada muy evidentemente a imagen y semejanza de FKA Twigs), los montajes de entrenamiento a ritmo de rock clásico (tema central de Rocky incluido), el indispensable componente de melodrama, y el impresionante combate final.

Creed Sylvester Stallone

Creed está repleta de guiños y referencias a la continuidad y la mitología de Rocky, pero su historia es nueva, y consigue no ser fagocitada por la necesidad de conectar todo con el pasado. Es decir, que la película encuentra el equilibro entre el homenaje y la renovación, haciendo que sea fácil de seguir para los que no han visto una Rocken su vida, pero a la vez constituyendo una experiencia nostálgica satisfactoria para los seguidores de la saga. Claro que, si obviamos el factor personal, lo que nos queda es una película de boxeo de manual, una cinta deportiva que sigue los dictados del género al pie de la letra y recurre a todos sus tópicos con la voluntad de llevar a cabo un trabajo clásico, y por tanto, infalible. Efectivamente, Creed no arriesga, y su relato descansa en demasiados lugares comunes, pero esto es una película de boxeo, una película de Rocky, y eso es justo lo que se espera de ella.

Jordan y Stallone son los encargados de que el film no se pierda en estos tópicos. El primero destaca gracias a una entrega absoluta a la historia de Creed y a una presencia física imponente que, sin embargo, no eclipsa su trabajo dramático, y el segundo se siente más cómodo que nunca en su personaje. Stallone está simpático y entrañable (aunque no de Oscar, todo hay que decirlo) y representa el atinado uso de la comedia en la película. Pero si ha nacido una estrella gracias a Creed ese es Ryan Coogler, responsable de que la película desprenda una enorme fuerza y fisicalidad, gracias a su excelente trabajo de dirección en secuencias brutales como el combate final, que por momentos parece estar ocurriendo en tres dimensiones. Su impetuosa e inteligente manera de mover la cámara nos indica que Black Panther de Marvel está en buenas manos.

Valoración: ★★★½

Crítica: Los Mercenarios 3

Stallone Los Mercenarios 3

La saga Los Mercenarios es el gran golpe maestro de Sylvester Stallone, una mina de oro que se sustenta principalmente en la nostalgia y en el simple placer de volver a ver una cara conocida, aunque esta cara esté totalmente cambiada por el cruel paso del tiempo y el todavía más cruel paso por el quirófano. La idea era reunir a lo más granado del cine de acción de los 80 y los 90 y poner a todos estos abueletes musculosos a pegar tiros como si no hubiera mañana. Tenía su gracia, y surtió efecto. Así, el elenco de míticos héroes del cine de acción y artes marciales se fue ampliando. Ninguno se quería perder la fiesta: Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Jean-Claude Van Damme, incluso Chuck Norris. Con la presencia de estos actores en un par de escenas ya estaba todo hecho. Pero las ambiciones del jefe Stallone eran cada vez mayores, lo que le llevará a emular con Los Mercenarios 3 al Universo Cinematográfico de Marvel, y concretamente a Los Vengadores, confesa inspiración del padrino de la saga a la hora de desarrollar esta tercera parte.

Lo que mejor funcionaba de las primeras entregas de Los Merecenarios era su sentido del humor. Este era mucho más desenfadado y alocado en la segunda parte, que aparcaba el tono más serio de la primera para entregarse al chiste continuo, a la caspa sin complejos, y ponía a sus rudos protagonistas a hacer monerías que garantizaban la carcajada (sobre todo la del público objetivo). Los machotes Stallone, Jason Statham (principal representante del cine testosterónico actual), Dolph Lundgren (la desaprovechada gema oculta de la franquicia) o el histriónico Terry Crews se entregaban por completo a la autoparodia, y se reían de sí mismos en un meta-ejercicio de comedia que no era sino un guiño constante al espectador. Sin embargo, parece que la segunda parte agotó el arsenal de chistes (si hasta tenía a Chuck Norris interpretando a un meme de Chuck Norris), y en Los Mercenarios 3 se opta por una mayor sobriedad (tampoco demasiada, que conste), haciendo que las bromas y gags suenen agotados, reciclados, incluso más simples e infantiles que de costumbre.

Otro de los puntos fuertes de Los Mercenarios era la sensación de camaradería y lealtad, derivada de la celebración de la masculinidad militar, que estos actores trasladaban con acierto a la pantalla, algo que acercaba estas películas a los últimos capítulos de Fast & Furious. Esto se conserva en Los Mercenarios 3, donde lo más destacable sigue siendo la amistad que une a los protagonistas (que se quieren, pero no se abrazan, que eso es de maricas), y que además de ser el núcleo de la película, es lo que desencadena la historia de esta tercera parte. En ella, Barney Ross (Stallone) obliga a jubilarse a sus colegas, por miedo a que todos acaben muertos siguiéndolo a ciegas en sus suicidas misiones para salvar el mundo de malhechores, traficantes y megalómanos. Este punto de inflexión perjudica seriamente a la película, que al centrarse en los unidimensionales y aburridos nuevos Mercenarios pierde el ritmo, y sin Statham, Lundgren o Crews se vuelve insoportablemente plomiza y mecánica (sí, más que de costumbre).

Los Mercenarios 3

Además de renovar la franquicia y proyectarla hacia el futuro con la incorporación de jóvenes rostros como Kellan Lutz (no del todo desubicado, como ocurría en la infame Hércules), Glen Powell (que aporta sapiencia informática aumentando jocosamente la brecha entre generaciones) o la única mujer de la película, Ronda Rousey (a la que nunca se le permite hablar si no es para recordarnos que es una mujer), Los Mercenarios 3 sigue recurriendo a viejas glorias del cine, multiplicando el ya de por sí abarrotado reparto. En esta ocasión se apuntan Wesley Snipes (realmente divertido, aunque pase a segundo plano enseguida), Harrison Ford representando a la burocracia (sustituye a Bruce Willis tras un encontronazo con Stallone), un estupendo Mel Gibson como el villano de la función (el único que se toma en serio eso de actuar) y Antonio Banderas prestándose sin rechistar al papel más degradante, ridículo e insultante de la película, un antiguo legionario hiperactivo caracterizado por su incontinencia verbal y su desbordante entusiasmo, que en un momento de la película acaba entonando “El novio de la muerte“, seguramente para regocijo de muchos (a mi padre le va a encantar), y para espanto de tantos otros.

Pero en realidad Los Mercenarios 3 es básicamente la misma película que sus dos predecesoras. Stallone (junto a los guionistas Creighton Rothenberg y Katrin Benedikt) las clona para ofrecer los mismos ingredientes otra vez, solo que en esta ocasión todo se antoja más desganado y descafeinado: la violencia gráfica se rebaja unos cuantos enteros con respecto a la segunda parte (sigue habiendo saña y sadismo, pero hay menos sangre, para ajustarse a la absurda nueva calificación por edades PG-13), y como ya he señalado, el humor va a medio fuelle, con unos actores menos dispuestos a hacer el payaso. Lo que no cambia son los efectos dignos de una TV movie de SyFy (hay que pagar a todas esas estrellas y no queda dinero para la producción). Sin embargo, para los incondicionales del género, lejos de suponer un inconveniente, todo esto será un aliciente, una invitación a sentarse y disfrutar de los explosivos set pieces, de la fraternidad entre Stallone, Statham y compañía (los machos alfa también pueden ser sensibles, a su manera), y sobre todo del aroma añejo de los 90 y ese regreso a lo conocido del que hablaba. Al fin y al cabo, Los Mercenarios realmente funciona como Marvel en el fondo. Stallone sabe el valor que tienen todas estas leyendas del cine para el espectador, y es consciente de que su mera presencia desatará la euforia de otro tipo de fanboy, el padre de familia de 50 para arriba. Por eso, ni hace falta más, ni se molesta en darlo.

Valoración: ★★

Crítica: La gran revancha (Grudge Match)

Grudge Match La gran revancha

“Todo el mundo se ríe de nosotros, pero no estamos muertos” podría ser el slogan de La gran revancha (Grudge Match). La nueva película de Peter Segal, curtido realizador de comedia (Ejecutivo agresivo50 primeras citasSuperagente 86), gira en torno a esa idea y continúa la senda autoparódica que sus dos protagonistas, Sylvester Stallone y Robert De Niro, llevan varios años recorriendo (más De Niro que Stallone, todo hay que decirlo). Los dos veteranos actores llevan a cabo una clara reivindicación con La gran revancha: A través de sus personajes, Henry ‘Razor’ Sharp (Stallone) y Billy ‘The Kid’ McDonnen (De Niro), dos boxeadores retirados que regresan 30 años después de su última pelea para librar un combate de revancha, Stallone y De Niro piden voz para los mayores, no solo en el deporte y en la vida, sino también en el cine.

Es ya tendencia en el cine actual el ejercicio nostálgico y autorreferencial que recupera a míticos intérpretes del cine de acción (algunos ya sexagenarios) para devolverles la dignidad o arrebatársela sin piedad. Jean-Claude Van Damme se entregó al meta en JCVDMickey Rourke resucitó gracias a Darren Aronofsky en la excelente El luchadory más recientemente Bruce Willis encabezó un reparto de héroes geriátricos en las dos divertidísimas entregas de Red. Sin olvidar ese estruendoso mash-up testosterónico que es la saga Los mercenarios, ideada por Stallone como una especie de Liga Extraordinaria de los Actores Culturistas y Leyendas de las Artes Marciales. Y después está Robert De Niro, que al margen de algún papel aclamado (El lado bueno de las cosas), se ha quedado para la autoparodia fácil. Hace poco lo vimos haciendo de mafioso en la fallida Malavita y ahora le baja los pantalones a su Jake La Motta para protagonizar otro festival de topicazos de fácil digestión. Stallone hace lo propio con su Rocky Balboa, pero de alguna manera (y a pesar de su incómoda complexión facial) sale mejor parado que su gruñón contrincante.

La gran revancha cartel españolLa gran revancha es ante todo una comedia, no una de acción, sino una buenrrollista y familiar (una desastrada Kim Basinger y el walking dead John Bernthal completan el clan disfuncional y adúltero de Razor y The Kid). La sal gruesa (no me hagáis hablar del insoportable Kevin Hart), los chistes verdes y el humor predecible son la tónica general de la película, pero entre tanto gag guarrindongo y escatológico (pis de caballo y pedos incluidos) se cuelan unos cuantos diálogos inspirados que redimen a los protagonistas. A pesar de esto, a los guionistas Tim Kelleher y Rodney Rothman lo que les interesa es la cantidad por encima de la calidad, y sobre todo poner a Stallone y De Niro (sobre todo a De Niro) en situaciones ridículas para deleite del personal ávido de ver a sus héroes haciendo el canelo (al fin y al cabo, reírse de uno mismo es un ejercicio muy sano y contagioso).

En eso se basa La gran revancha, en la seguridad de que será suficiente con ver a estos dos actores, otrora púgiles legendarios del cine, intentando “recuperar la hombría” enfundados en un traje-chroma verde lleno de bombillitas, peleándose como dos niños en el recreo, y que por ello no hará falta trabajar el guión. Pero lo peor de La gran revancha no es su humor barato, o los pellejos de Stallone y De Niro en movimiento, sino la pobre factura de la película, con un bochornoso CGI (a juego con el Photoshop del cartel) que recrea las peleas entre Razor y The Kid al comienzo del film. Y también su tediosa recta final, que incluye el combate de boxeo más alargado y aburrido de los últimos años. Al final, el “nunca es tarde” que entona La gran revancha solo cobra sentido cuando nos referimos al personaje de Alan Arkin, nonagenario ex entrenador de Stallone en la ficción, la leyenda viva más interesante y mejor interpretada de La gran revancha.

Valoración: ★★