Crítica: Pacto de silencio

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Robert Redford suena fuerte para llevarse el Oscar el año que viene por su Náufrago particular, Cuando todo está perdido (All Is Lost). Pero antes de ofrecer la que (supuestamente) es una de las mejores interpretaciones de su dilatada carrera, tenía que quitarse de en medio una de las peores. En su nuevo film como director, Pacto de silencio (The Company You Keep, 2012), sobre un ex miembro del grupo radical The Weather Underground cuya identidad secreta es descubierta y comienza una fuga por el país, Redford trata por todos los medios de demostrar que sigue en forma, física y profesionalmente, pero fracasa estrepitosamente.

Como realizador, Redford demuestra temple y oficio, pero su experiencia no es suficiente para sacar adelante una historia tan mustia y genérica como la que cuenta Pacto de silencio, basada en una novela de Neil Gordon. Como actor (también es el protagonista de la cinta), se muestra inexpresivo, limitado en gran medida por la cirugía plástica. Y no ayuda precisamente que se haya exigido a sí mismo un esfuerzo físico muy superior a sus posibilidades. Redford parece utilizar la película como un recordatorio a la industria y al público: “Eh, que puedo seguir haciendo estas cosas, mira cómo salto, mira cómo corro”. Pero desafortunadamente no puede.

Podemos obviar el hecho de que intente pasar por padre de una (insoportable) niña de 10 años -y eso que mantiene con ella una química desastrosa-, pero resulta especialmente triste verlo saltar verjas, escapar corriendo de la policía (con el uniforme de fugitivo oficial: gafas de sol y gorra en interiores) o incluso haciendo jogging. Redford se empeña en que está para esos trotes, y por muy de acuerdo que estemos con eso de que “la edad se lleva en el alma”, también hay que saber aceptar que el tiempo no pasa en balde. Está claro que Redford debería haberse limitado a sus labores tras la cámara.

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En teoría, Pacto de silencio es un thriller político, pero en la práctica, tiene de político lo que una clase de Ciencias Sociales en el instituto o un post de denuncia en Facebook, y de thriller lo que una tarde (calzados) en el parque. Redford reúne un ecléctico y multigeneracional elenco de talentos interpretativos para infrautilizarlo antológicamente. Convierte a Shia LaBeouf (el típico periodista “que busca la verdad” y nos enseña el lado oscuro de la ética periodística), Julie Christie o Susan Sarandon (hippies que dicen que no son hippies) en meros recipientes de las ideas políticas más simplistas y demagogas, expresadas en diálogos sobre-explicativos que no dejan que el espectador saque sus propias conclusiones.

Este tipo de películas funcionan cuando hay algo de riesgo. Bien manejada, la ambigüedad política y moral de un relato de estas características puede estimular, incitarnos a pensar, a preguntarnos qué nos quieren vender, qué clase de agenda política puede existir detrás de la película, de qué lado estamos, y en última instancia, a descubrir cuál es realmente nuestra postura en el asunto. Si nos dicen qué pensar, si nos explican las metáforas y nos llevan de la mano a través de la película, perdemos el interés y nos aburrimos. Y eso es justo lo que ocurre en Pacto de silencio. Nos aburrimos soberanamente, porque se nos ahoga con clichés y obvias sentencias categóricas que supuestamente desvelan lo podrido que está el sistema, porque nos manipula pero lo hace con las estrategias más evidentes. Y también porque la película no es más que una sucesión de encuentros con personajes que dejan caer torpemente la información necesaria para que la trama “avance”, una eterna y exasperante introducción/contextualización que incorpora personajes nuevos casi hasta el final y no parece arrancar nunca.

Quizás porque estaba ocupado entrenando, o porque realmente no estaba interesado en profundizar, Redford se queda en la superficie de la historia de los Weathermen, utilizándola únicamente para abrirnos los ojos con lecciones de baratillo (“Los políticos y grandes empresarios cometen delitos y están en la calle, y vender marihuana es ilegal”, dice el personaje de Julie Christie) y para señalarnos con el dedo quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Como si no lo supiéramos.

Valoración: ★★

Crítica: Un amigo para Frank

Un amigo para Frank (Robot & Frank, Jake Schreier, 2012)

El abrazo cinematográfico más bonito de este año ocurre entre un anciano y un robot, y lo vais a ver en Un amigo para Frank, fantástico debut en el largometraje de Jake Schreier.

Un amigo para Frank es la historia de un ex-ladrón de guante blanco en la etapa crepuscular de su vida. Frank, interpretado por un espléndido Frank Langella, vive solo, y sus hijos Hunter y Madison (James Marsden y Liv Tyler) están preocupados por su bienestar. Para velar por su salud y seguridad mientras él no puede supervisarlo, Hunter le regala un robot de última generación que hará las veces de mayordomo, enfermero, y en última instancia, mejor amigo. Aunque reacio al principio, Frank acabará encontrando en el robot su mejor aliado, y su compañero de fechorías. Ambos trabajarán juntos para que Frank lleve a cabo su último gran golpe y conquiste a la mujer de sus sueños, una bibliotecaria interpretada por Susan Sarandon.

Esta pequeña gran película encuentra el equilibrio perfecto entre la tristeza propia de los relatos sobre Alzheimer y el sentido del humor de las historias de amistades insólitas. Un amigo para Frank es un cuento futurista muy personal (con un inequívoco halo a Sundance) que sabe cuándo hacer reír, cuándo hacer pensar, y cómo conmover, sin recurrir a sentimentalismos facilones. Una cinta de ciencia-ficción de andar por casa que es a la vez dramedia familiar y feel-good-movie. Un amigo para Frank sorprende tanto por su hábil manejo de algo tan difícil de manipular como la melancolía como por su cualidad para calar hondo con una historia sencilla y amable. En definitiva, un verdadero soplo de aire fresco.

Como nota curiosa, cuando salí de ver Un amigo para Frank, sentí la imperiosa necesidad de revisar clásicos ochenteros como Cocoon (1985), y sobre todo Nuestros maravillosos aliados (*batteries not included, 1987).

Puente de comedia: La gran boda, Dos más dos, Scary Movie 5

Inauguramos un mayo de cine con una selección de estrenos de comedia para el puente (miércoles 01/05/13).

La gran boda (The Big Wedding, Justin Zackham, 2013)

En esta comedia de enredo somos invitados de excepción a la boda de Alejandro (Ben Barnes) y Missy (Amanda Seyfried). Don (Robert de Niro) y Ellie (Diane Keaton) son los padres adoptivos del novio, y llevan muchos años divorciados. La madre biológica de Alejandro, una mujer profundamente católica, viaja desde Colombia para asistir a la boda. Alejandro pide a sus padres que finjan estar casados para no escandalizar y decepcionar a su madre. Esta es la tontorrona premisa -que parece sacada de una sitcom de los 90– de La gran boda, pero como podéis imaginar, no es más que el desencadenante. Los hermanos del novio, los padres de la novia, la novia del padre… todos entrarán en juego para que la boda de Alejandro y Missy sea, por supuesto, un día inolvidable.

Es tan solo la segunda película de Justin Zackham, pero sorprende lo bien que le tiene cogido el pulso a la comedia. En La gran boda tiene que hacer malabares con un enorme reparto coral y por consiguiente, un elevado número de subtramas, y lo cierto es que no le sale nada mal la jugada.

No es ningún secreto que fnvlt bebe los vientos por Judd Apatow (lo menciono siempre que tengo la ocasión, porque se ha ganado a pulso que lo haga). Sin embargo, he de reconocer que después de ver La gran boda no he podido reprimir este pensamiento: “Atiende, Judd, es posible hacer una comedia de 90 minutos con ochocientos personajes, ¿por qué las tuyas con dos o tres se te suben a los 130?” Que sirva este pequeño toque de atención a Apatow no para menospreciar su obra (La gran boda está a años luz de sus trabajos y son casi incomparables) basándome en un elemento que no suele suponerme inconveniente (que cada uno cuente su historia en el tiempo que necesite), sino para elogiar al inexperto e impersonal, y aun así muy eficaz Zackhman. Es cierto que en La gran boda hay muchos personajes-bulto (por ejemplo Seyfried, que interpreta exactamente el mismo papel y cumple la misma función que en Mamma Mia), pero prácticamente todos tienen su momento estelar, haciendo que esos 90 minutos estén aprovechados al máximo.

Lo mejor de La gran boda es su apabullante sencillez, desenfado y honestidad. A pesar de que no es especialmente ingeniosa, lo vais a pasar bien con ella, queráis o no. Divertida, picantona (ya sabéis, sobre todo para la tercera edad), y también emotiva, abarca tantas generaciones en su estelar elenco que no le cuesta hallar su target en todo tipo de público. En definitiva, un producto decididamente comercial para consumir, disfrutar, comentarla cenando y pasar a lo siguiente. Destacan De Niro y Sarandon, espléndidos.

Dos más dos (Diego Kaplan, 2012)

Diego (Adrián Suar) y Emilia (Julieta Díaz) llevan diez años casados, tienen un hijo en la pubertad y están dedicados en cuerpo y alma a su trabajo, sobre todo él, un reputado cardiólogo (literalmente imposible elegir una profesión más obvia y cliché). Como diría Shonda Rhimes, Diego es un experto tratando el corazón de los demás, pero ha descuidado el suyo. Aunque más que su corazón, Diego y su esposa tienen abandonados otros órganos. Después de tantos años, el matrimonio atraviesa una crisis: la del sexo solo los sábados y como si fuera una tarea. Pero entonces los mejores amigos de la pareja, Richard (Juan Minujín) y Betina (Carla) les confiesan que llevan varios años siendo swingers, es decir, haciendo intercambio de parejas. A Emilia le pica la curiosidad (y otra cosa) y aunque Richad se muestra reacio en todo momento, acaban adentrándose en el mundo del “swingerismo“.

Dos más dos nos llega a España cuando la exitosa ola de comedias de enredo argentinas ya se ha desvanecido. Lo que encontramos en ella es lo mismo de siempre, el protagonista masculino bobo y elegantemente descuidado (Ricardo Darín y su legión de sucedáneos), la mujer supersexualizada, los malentendidos y los chistes dedicados explícitamente a la pareja (porque ir a ver una de estas películas solo sería tan bochornoso). Aun con todo, Dos más dos resulta tremendamente simpática y efectiva, y contiene un buen número de gags memorables. Y también es muy sexy, por qué no decirlo. Aunque la autocensura coarte el humor picante (sábanas, manos y demás elementos para tapar estratégicamente los cuerpos y evitar el desnudo integral), la película de Kaplan flirtea con el erotismo en varias escenas, y este está ejecutado con muy buen gusto. Las hilarantes interpretaciones del cuarteto protagonista enzarzados en diálogos que desprenden gracia natural es lo que en última instancia eleva de categoría la propuesta. Una pena que el tramo final sucumba al ¿inevitable? dramón para desenlazar el enredo y acabe destapando la mediocridad a la que siempre estuvo destinada.

Scary Movie 5 (Malcolm D. Lee, 2013)

Texto de David Lastra

Estúpida, muy estúpida, como tiene que ser una buena spoof movie. Scary MoVie no revitaliza la saga, ya que esta serie de películas nunca ha estado muerta. ¿Alguien se atreve a decir que la fórmula está agotada? Por las carcajadas que se oían (y que solté) durante la proyección se puede asegurar que para nada. En esta ocasión, se renuevan las caras del reparto y el mecanismo no se resiente para nada; gracias en parte a una histriónica Ashley Tisdale que no desmerece para nada a la Anna Faris de anteriores entregas.

La ex-High School Musical hace las veces de madre coraje que tiene que luchar contra un espíritu maligno para salvar a sus hijastras. ¿Os suena? Claro, es la premisa de Mamá. Para intentar confirmar el asedio del fantasma, coloca cámaras de seguridad en toda su casa. Sí, es Paranormal Activity. Pero también hay ballet y planos de gente de espaldas andando (Cisne negro), veladas bondage con el señor Grey (el protagonista del libro “50 sombras de Grey“) cabañas en el bosque (The Cabin in the Woods), libros malditos (Posesión infernal) y hasta un mono inteligente, El origen del planeta de los simios. ¿Que no has visto ninguna de esas películas (ni quieres admitir que has leído el bestseller erótico)? Pues da lo mismo, porque los gags son tan absurdos que tienen gracia por sí solos.

Como nota anecdótica los mil y un cameos, entre los que destaca la genial Molly Shannon como vieja gloria del ballet (la Wino de Cisne negro), los televisivos Tyler Posey y Sarah Hyland haciendo un pequeño guiño a los Ash y Cheryl de Posesión infernal… y la mismísima Lindsay Lohan haciendo de ella misma en el prólogo (con escena de cama con Charlie Sheen al más puro estilo Benny Hill incluída).