El hijo (Brightburn): La maldición de Superman

El mito de Superman está profundamente arraigado en la cultura, trascendiendo desde su creación en los años 30 el ámbito de los cómics para instalarse en la sociedad y el imaginario colectivo. Aunque no practiquemos la fe cristiana, todos conocemos la historia de Jesucristo, de la misma manera que, seamos o no aficionados a los tebeos, todos estamos perfectamente familiarizados con la (análoga) leyenda del héroe de Krypton.

Actualmente, los superhéroes dominan la cultura mainstream y las películas basadas en los cómics de Marvel y DC arrasan en taquilla (con pocas excepciones). Su éxito continuado ha provocado una homogeneización del blockbuster que ha llevado a algunos creadores a buscar nuevas perspectivas desde las que presentar a los superhéroes, y a su vez, a un sector del público a buscar relecturas que aporten variedad y frescura al género.

Esta es exactamente la motivación detrás de El hijo (Brightburn), película de David Yarovesky (The Hive) que plantea qué pasaría si, en lugar de aprovechar sus poderes para hacer el bien y proteger a la humanidad, el visitante de Krypton se convirtiera en un supervillano sanguinario y despiadado. Brian Gunn y Mark Gunn, hermanos de James Gunn, son los encargados de reescribir la historia de Clark Kent, mientras que el director de Guardianes de la Galaxia los respalda desde la producción ejecutiva.

El hijo nos lleva de nuevo a Kansas, donde conocemos a Tori (Elizabeth Banks) y Kyle (David Denman), un joven matrimonio que ve cumplido su deseo de ser padres con la misteriosa llegada a su granja de un bebé de otro planeta. La pareja decide ocultar su origen extraterrestre y criarlo como su fuera suyo. Bautizado como Brandon, el niño crece mostrando indicios de gran inteligencia e inquietud por el mundo, pero al llegar a la pubertad, la oscuridad en su interior se adueña de él. Es entonces cuando Brandon empezará a descubrir el verdadero alcance sus extraordinarios poderes y los utilizará para hacer realidad sus impulsos y deseos más retorcidos, poniendo en peligro de muerte a todo aquel que se interponga en su camino, incluidos sus padres.

Yarovesky y los hermanos Gunn no ocultan en ningún momento sus intenciones satíricas (el protagonista se llama Brandon, posible ¿homenaje? al Superman cinematográfico menos popular, Brandon Routh), pero en lugar de reinventar al icónico personaje desde la comedia, lo hacen desde el terror puro y el drama familiarEl hijo sería algo así como un cruce entre una historia de orígenes superheroica y La maldición de Damian, con un desarrollo repleto de suspense y sobresaltos que va entregándose poco a poco al slasher. En este sentido, la película no escatima en violencia explícita y gore, sorprendiendo con muertes impactantemente macabras, lo cual resulta especialmente atrevido teniendo en cuenta que el psicópata que las perpetra es un niño.

El hijo es más oscura y perturbadora de lo que cabe esperar de una película de estudio, y aun así, da la sensación de que le falta mala leche, de que no va a por todas y no llega a ser todo lo radical y subversiva que se propone. Aunque entretiene y sabe mantener la tensión hasta el final, el guion apenas rasca la superficie y saca provecho a la jugosa premisa de la que parte, quedándose la mayor parte del tiempo en lo convencional. La escena post-créditos (evidentemente añadida a posteriori para facilitar una secuela) muestra un sentido del humor (muy marca Gunn, con cameo galáctico incluido) y una perversidad que le habría venido genial al resto de la película -y que seguramente será el camino a seguir en una hipotética segunda parte-, pero para cuando llega, ya es tarde.

La elección del joven Jackson A. Dunn (Scott Lang de pequeño en Vengadores: Endgame) como Brandon es uno de los mayores aciertos de la cinta. Su inquietante presencia capta perfectamente el espíritu de las películas sobre niños problemáticos/homicidas (la mencionada La profecíaEl buen hijo), y mantiene el interés por saber con qué sádica ocurrencia nos va a salir. Sin embargo, no es suficiente. El hijo es un thriller simple y efectivo que funciona bien como descanso del cine de superhéroes masivo, pero podría haber sido mucho más. Y eso es lo que al final lastra la película, que se conforma con cumplir en lugar de lanzarse al vacío de cabeza. Un consejo para la próxima: que James Gunn también escriba el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

[Crítica] Liga de la Justicia: Make DC Great Again

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Que DC se ha encontrado con todos los problemas habidos y por haber para hacer despegar su universo cinematográfico es algo sabido por todos. El caos detrás de las cámaras ha servido como combustible inagotable para titulares alarmistas y sensacionalistas (la mayoría por desgracia ciertos, como hemos ido comprobando), pero no se ha quedado ahí, sino que también, y esto es lo peor, se ha visto reflejado en las películas, pruebas fehacientes de todo lo que ha ido mal durante la producción.

El tibio recibimiento a El hombre de acero la acabó convirtiendo en un falso comienzo. Batman v Superman fue aniquilada por la crítica y dividió a la audiencia, exactamente igual que Escuadrón Suicida, que fue montada y remontada según Warner oía llover. El rayo de esperanza que DC necesitaba llegó con Wonder Woman, la primera película de la etapa moderna del estudio que recibía aplausos casi unánimes. La princesa amazona marcaba el ejemplo a seguir para las siguientes entregas del DCEU: más luz, más humor, y más corazón. Y así llegamos a Liga de la Justicia (Justice League), la esperadísima primera reunión en el cine de acción real de los icónicos héroes de DC, un sueño para tantos fans de los cómics y una película que, aun con sus muchas trabas, sitúa a la saga en el camino correcto.

El problema de DC siempre fue querer empezar la casa por el tejado. Eso, sumado a una falta de visión a largo plazo, actores que no se comprometen del todo con sus personajes, su apuesta por la perspectiva de autor para luego anularla según vire el mercado o la opinión en Internet, y un caprichoso calendario de proyectos que no hace más que cambiar, ha provocado que Liga de la Justicia nazca en las peores condiciones posibles. Por no hablar del ajetreo en la silla del director. Debido a una tragedia personal, Zack Snyder tuvo que abandonar el proyecto hacia el final, siendo sustituido por Joss Whedon, que acudía a DC después de su periplo en Marvel para terminar el trabajo de Snyder y añadir nuevas escenas (a la vez que desechaba muchas otras) con el objetivo de reestructurar la película y modificar el tono. Por todo esto, vaticinábamos un desastre de proporciones mayúsculas, pero lo cierto es que podría haber sido mucho, pero que mucho peor.

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De hecho, Liga de la Justicia es todo lo que cabe esperar de una película de superhéroes clásica, ni más ni menos: épica, ensordecedora, repleta de acción, y sobre todo, muy divertida. Pero lo más sorprendente es que además es narrativamente coherente, un auténtico logro teniendo en cuenta las circunstancias. Unir los dispares universos de Superman, Batman y Wonder Woman a la vez que se introducen (ahora sí de verdad) a los miembros restantes de la Liga, Flash, Aquaman y Cyborg (los tres todavía sin su propia película en solitario) era una tarea complicada, y Snyder, con la ayuda de Whedon, ha salido airoso en la medida de lo posible.

Para hacer converger todos los frentes de la historia se recurre al villano Steppenwolf, del que ya tuvimos un adelanto en Batman v Superman, otra criatura digital sin personalidad que no es más que un catalizador para desarrollar la acción (busca reunir las Cajas Madre para hacerse con su poder infinito) y una excusa para juntar a nuestros héroes. El esquema es muy similar al de Los Vengadores, con Bruce Wayne (Ben Affleck) haciendo las veces de Nick Fury al reclutar uno a uno, con la ayuda de Diana Prince (Gal Gadot), a los componentes de este variopinto equipo de metahumanos.

El primer acto intercala las distintas historias individuales esforzándose al máximo por no atropellarse en exceso con tanta trama, y aunque le cuesta, lo consigue, manteniéndose centrada la mayor parte del tiempo en el objetivo de unir a la Liga para impedir que una nueva invasión extraterrestre acabe con el planeta. Un planeta, por cierto, sumido en la desesperanza, la discriminación y el odio que necesita urgentemente nuevos héroes tras la muerte de Superman (un evidente símil con la Norteamérica de Trump que, tristemente, se queda en nada). En el segundo acto, que arranca con un impresionante primer enfrentamiento con el villano, el supergrupo empieza a tomar forma mientras sus miembros se van conociendo, con el obligatorio choque de egos, pero también mucho sentido del humor y chascarrillos para aligerar de peso la película. Finalmente, el clímax, más precipitado, nos depara otra ruidosa y aturdidora vorágine de destrucción digital como en las anteriores entregas de DC. No obstante, en esta ocasión (sorpresa) no se alarga hasta la desesperación y no desvirtúa lo que se ha visto hasta ese momento.

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Ante todo, lo mejor de Liga de la Justicia son sus héroes, como debe ser, encarnaciones esta vez más atinadas de los populares personajes del cómic. El reparto funciona a las mil maravillas, en especial gracias a las incorporaciones del imponente Jason Momoa y ese nervio puro que es Ezra Miller, dos de los mayores aciertos de DC hasta la fecha. Ellos proporcionan algunos de los momentos más simpáticos del filme (sobre todo Barry Allen, que tiene las mejores frases, aunque también los momentos más vergonzosos, todo hay que decirlo), pero quien funciona como ancla del grupo es Gadot, robando escenas y aportando a la película y al grupo todo lo que hizo de Wonder Woman un triunfo (emoción, motivación, baliza moral), hasta el punto de hacer despertar a Affleck, que no solo ofrece una interpretación sólida, sino que además por momentos hasta parece estar pasándoselo bien. El Batman de Liga de la Justicia supone una mejora enorme con respecto al de Batman v Superman, es más humano, un personaje más definido y congruente, por lo que sería una pena que ahora que se está haciendo con él, Affleck abandonase su compromiso con el Hombre Murciélago. Por último, Cyborg es quizá el eslabón más débil del equipo, pero no por el guion o por la interpretación de Ray Fisher (más que correcta), sino porque es el menos conocido, y por ahora el menos interesante.

Mención aparte merece Superman. Lo de El Hombre Acero podríamos llamarlo “el secreto peor guardado de DC” si en algún momento hubiéramos creído que el estudio deseaba mantenerlo oculto. Clark Kent regresa de entre los muertos cuando más se le necesita. Y no podría ser de otra manera. Superman tenía que formar parte de la primera gran aventura de La Liga de la Justicia como fuera. No desvelaré nada sobre su regreso, porque al menos eso sí se lo han guardado, solo diré que, aunque Henry Cavill siga siendo un Superman ideal y esta vez se haya captado mucho mejor la esencia del personaje, el bigotegate está a punto de estropearlo todo. Como sabéis, el actor británico estaba en pleno rodaje de Misión imposible 6 cuando Warner lo llamó para grabar escenas adicionales de Liga de la Justicia bajo la batuta de Whedon. Este acudió al rescate, pero Paramount (el estudio detrás de MI:6) le prohibió por contrato afeitarse el mostacho que lucía para su película. ¿Cuál fue la solución? Borrarlo digitalmente en las nuevas secuencias de Liga de la Justicia. ¿Y el resultado? Una auténtica debacle. El efecto para eliminar el vello facial es tan chapucero, llama tanto la atención, queda tan mal que no solo sirve para identificar las escenas rodadas a posteriori, rompiendo bastante el fluir de la película, sino que distrae sobremanera de la historia. Para reír por no llorar.

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Además de los seis héroes principales, la película cuenta con secundarios de cada una de sus franquicias individuales (Amy Adams, Jeremy Irons, Connie Nielsen y un largo etcétera), más nuevas incorporaciones, como Amber Heard en el papel de Mera o J.K. Simmons como el comisario Gordon, buenos aperitivos de las próximas entregas en solitario de la franquicia. El reparto es tan numeroso que es inevitable que muchos personajes se queden como “meras” anotaciones a pie de página, pero no importa demasiado, ya que el guion establece claramente desde el principio quiénes son los protagonistas, y Snyder (y Whedon) se encarga de darles a cada uno muchos momentos individuales y en grupo para brillar. Así, Liga de la Justicia logra un equilibrio que parecía imposible, y que, aunque corre el riesgo de romperse en cualquier momento, se mantiene hasta el final.

Pero por supuesto, la cinta también tiene sus problemas, como hemos adelantado. Y no son precisamente insignificantes. Ya hemos mencionado a Steppenwolf (que a pesar de no llegar al nivel de despropósito de los malos de Escuadrón SuicidaWonder Woman, no está a la altura de la ocasión), y al verdadero villano de la película, el no-bigote de Henry Cavill. Pero también hay que criticar la objetificación sexual a la que se somete a Wonder Woman de nuevo bajo la mirada masculina (los planos recreándose en sus nalgas y escote son frecuentes), especialmente indignante después de lo que Patty Jenkins hizo con el personaje -aunque no lo suficientemente grave como para estropear todo lo que la convierte en uno de los puntos más fuertes de la película. Y por encima de todo, está la inconsistencia formal que tanto ha mermado las anteriores producciones de DC, y que aquí se ve magnificada por la presencia de dos directores cuyo trabajo no se ha podido unir sin costuras. La paleta cromática, el CGI, el aspecto de los actores y la iluminación difieren tanto entre escenas que hacen que el acabado visual sea mucho menos atractivo de lo deseable.

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Aun con todo, Liga de la Justicia es mucho mejor de lo que debería. El reparto está fantástico y la química salta a la vista, la acción es brutal (agotadora, sí, pero mucho menos embarullada y confusa que de costumbre), no se cae en el exceso de solemnidad ni se abusa demasiado de la cámara lenta (es decir, el snyderismo se ha rebajado, afortunadamente), los diálogos son acertados tanto a nivel cómico como dramático la mayor parte del tiempo, y con dos horas justas de duración, el metraje no se alarga innecesariamente, dejando poco espacio para el aburrimiento.

El éxito de Wonder Woman ha ayudado a establecer un tono más equilibrado, más ligero, lo que debería animar a ser menos exigente con ella, y los aportes de Whedon (si los hemos identificado bien) ayudan a humanizar a los personajes y estrechar sus vínculos cuando más hace falta, redibujando el itinerario de la franquicia hacia un futuro más optimista. Liga de la Justicia es un espectáculo muy imperfecto, pero también tremendamente divertido y explosivo, puro cine de superhéroes y puro cómic. No es la película de DC definitiva, pero sí una señal de que quizá no todo esté perdido y algún día podamos tenerla.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Batman v Superman – El amanecer de la justicia

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Hace tres años, Warner Bros. lanzaba oficialmente su nuevo Universo Cinematográfico DC con el estreno de El hombre de acero (Man of Steel). Sin embargo, la película de Zack Snyder no recibió el beneplácito unánime de la audiencia (ni de la crítica, aunque eso sobre decirlo), por lo que quedó más bien como un prólogo a la macro-historia que iba a empezar a contar, ahora de verdad, con Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Batman v Superman: Dawn of Justice). Con excepción de la trilogía del Caballero Oscuro dirigida por Christopher Nolan -que no pertenece a esta nueva etapa de DC pero ha marcado su personalidad- Warner no ha sido capaz de afianzarse en su estilo, como sí ha hecho la competencia, Marvel StudiosEl hombre de acero ponía de manifiesto los problemas de su aproximación (la de Snyder y David S. Goyer) al cine de superhéroes, y hacía necesario que estos fueran erradicados de cara a la inminente expansión de su universo de ficción. Por eso, Batman v Superman es un amanecer en más de un sentido. Es un nuevo comienzo, una oportunidad para enmendar errores y situarse en el camino correcto. ¿Ha aprendido Snyder de la experiencia? ¿Arregla Batman v Superman lo que supuestamente rompió o no supo construir El hombre de acero? Sí… Pero no.

Más allá de la polémica por la caracterización de Kal-El, para muchos una traición al personaje de los cómics, dos de las quejas principales con respecto a la primera película sobre el hombre de Krypton (y a la ouvre comiquera de Snyder en general) se referían a su tono excesivamente serio y grandilocuente (oscuridad no equivale a profundidad), y a su tendencia a la acción desmedida, lo que jugaba en detrimento de la historia. Afortunadamente, Snyder ha escuchado las quejas y ha intentado ponerles remedio. O al menos eso parece. En primer lugar, Batman v Superman sigue siendo muy solemne (al fin y al cabo, es DC), pero se permite bastantes momentos de humor que hacen que la historia respire y el espectador obtenga el alivio cómico tan necesario en este tipo de películas (se rumoreaba que el estudio iba a prohibir los chistes en sus producciones, y nos alegramos de que sea incierto o haya cambiado de parecer). Y en segundo lugar, la película sirve al principio para compensar los fallos del apoteósico clímax de El hombre de acero, hasta el punto de redimirla e invitar a los que se sintieron contrariados por ella a mirarla con otros ojos.

En gran medida, Batman v Superman lidia con las consecuencias de lo ocurrido en la anterior película, para la que funciona como secuela directa, especialmente durante la primera hora y media. Después de un prólogo en el que volvemos a ver morir a los padres de Bruce Wayne (sí, otra vez, aunque afortunadamente se quite esto de en medio enseguida), el film entronca con el clímax de El hombre de acero, mostrándonoslo desde la perspectiva del Hombre Murciélago. A partir de ahí, Snyder nos ofrece reflexiones sobre la responsabilidad del héroe que sirven para completar de forma retroactiva lo visto en El hombre de acero y dan forma a uno de los temas principales de Batman v Superman, que también es uno de los lugares comunes más socorridos del género y en especial de la creación de Jerry SiegelJoe Shuster: la idea del superhéroe como amenaza para la humanidad. Un “falso Dios” que debe aprender a usar su poder en un mundo que por un lado lo venera ciegamente mientras que por otro aquellos en el poder pretenden politizarlo.

Henry Cavill Batman v Superman

Batman v Superman es uno de los blockbusters más ambiciosos jamás realizados, y no solo en lo que se refiere al factor espectacular, sino también en lo que respecta al discurso filosófico/teológico/existencial que ofrece y a su potente propuesta cosmética (en el caso de Snyder ambas cosas fuertemente ligadas). No obstante, la película peca de querer abarcar demasiados temas y Snyder, como de costumbre, acaba tratándolos de forma simplista y aturullada, anteponiendo la metáfora, la iconografía y la solemnidad lapidaria al desarrollo de personajes, a los que no se molesta en dar motivaciones claras. Claro que esto no impide que BvS esté repleta de escenas y diálogos que pondrán los vellos de punta a los fans de los personajes del cómic, a los que se recompensa (o engatusa) con multitud de easter eggs y guiños, como viene siendo ya obligado en este tipo de cine expansivo y transmedia. Y es que lo que más salta a la vista viendo Batman v Superman es cómo está hecha para servir al futuro (ya presente) Universo DC, cómo está constantemente dando “forma” al universo compartido que inaugura, haciendo referencia a lo que veremos en próximas películas, especialmente al crossover en el que todo convergerá siguiendo el patrón de Los Vengadores (y antes que ella, de todos los cómics de superhéroes), La Liga de la Juticia. Así, Batman v Superman introduce, a menudo con calzador y una acuciante falta de ideas (mejor no hablar de esos sueños…), la información y los cameos necesarios para poner los cimientos de las próximas películas, para seguir las líneas del plan maestro y asegurarse la fidelización del público que ya no consume (consumimos) superproducciones, sino superseries cinematográficas.

Pero todo esto debería estar ya asumido. Es la nueva forma de hacer cine comercial, y si funciona, será por algo. Y en este sentido, Batman v Superman funciona, es el espectáculo formulaico que cabía esperar, una superproducción épica, explosiva, y por lo general, satisfactoria (incluso a ratos emocionante) a pesar de su falta de estructura y dirección. Al menos hasta que llega su tercer acto (o cuarto, en realidad es fácil perder la cuenta con dos horas y media de metraje). Hasta entonces, la película ha logrado que el exceso de frentes abiertos y la necesidad de presentar a tantos personajes de peso no juegue demasiado en su contra (aunque haya tramos descentrados y aburridos por esta razón), y se preocupa por mantener una coherencia dentro del disparate intrínseco al género. Sin embargo, después del primer clímax, la impresionante (y breve) batalla de Batman contra Superman en Gotham (una secuencia de gran intensidad y contundencia que podría, y quizá debería haber sido el desenlace), Snyder nos tiene preparado un alargadísimo tramo final que echará tierra sobre todo lo que ha levantado hasta ese momento, y en cierto modo revocará la redención conseguida con respecto a El hombre de acero. Estos cuarenta últimos minutos caen otra vez en el error de la destrucción excesiva (aunque esta vez eviten las bajas civiles) y los deus ex machina, con lo que la película se vuelve repetitiva, confusa y agotadoraBatman v Superman también acaba insensibilizando con su descerebrada violencia cartoon (sin sangre) y sus caóticas imágenes digitales (qué feo el acabado del CGI) en las que es muy difícil, a veces casi imposible, distinguir lo que está pasando. Para cuando la destrucción ha terminado, la exaltación ha dado paso al entumecimiento, y Snyder aprovecha para colar una serie de falsos finales muy torpemente hilados en los que vuelca toda la información necesaria (la que no ha habido manera de encajar antes) para adelantar los siguientes capítulos de la historia. Así, Batman v Superman va de más a menos, trabajando correctamente los elementos individuales para luego no otorgar unidad al conjunto y ahogarse en las incongruencias, prometiendo una cosa para darnos otra vez lo mismo. Va a ser que Snyder no ha aprendido tanto como creíamos.

Lex Luthor

La inconsistencia de la película también se ve reflejada en el reparto. Dice mucho que el intérprete más destacado de Batman v Superman sea Henry Cavill (que no es mal actor, pero tampoco suele destacar por su enorme talento interpretativo), de nuevo perfecto como Clark Kent/Superman. En cuanto a las nuevas incorporaciones, Ben Affleck da el perfil para el Batman de Frank Miller (los fans de su iteración del Hombre Murciélago babearán con su caracterización) y propone una versión madura del personaje que aporta novedad a su hiper-familiar mito, pero la inexpresividad absoluta del actor hace que el personaje (que ya sabemos que no es la alegría de la huerta) roce el tedio (atención a la nula química que tiene con Diana Prince). A Gal Gadot es muy pronto para juzgarla como Wonder Woman, ya que su participación es más bien un aperitivo de lo que podremos ver en su película en solitario, pero de momento da buenas vibraciones. Pero sobre Jesse Eisenberg como el megalómano Lex Luthor sí podemos pronunciar ya un veredicto: fallido. Su personaje sufre por la tendencia del actor a la caricatura y el abuso de los tics, en una interpretación desmesurada y sobreactuada que roza el ridículo en varias escenas. Por otro lado, Jeremy Irons no es un mal Alfred Pennyworth, ejerciendo (junto a otro secundario, Laurence Fishburne) como responsable de la mayor parte de chistes de la película, pero no está a la altura de Michael Caine (que disimulaba mucho mejor lo poco que le importaba estar ahí). Y por último, hay que destacar a una muy digna Diane Lane, y a Holly Hunter en un papel breve pero muy contundente, que nos deja una de las secuencias más impactantes y memorables de la película, la que transcurre en el Capitolio de Washington.

Aun con todo, la película contiene suficientes aciertos como para no tirar la toalla con el Universo DC (yo destaco además de los ya mencionados la banda sonora de Hans ZimmerJunkie XL). La mayor parte del tiempo, Snyder controla sus pulsiones extremistas y machistas (aunque algo se le escapa), y en momentos de lucidez pone su fuerte sentido de la estética al servicio de la historia (algo que no suele ocurrir). Como resultado, tanto los acontecimientos y sorpresas de su copioso argumento, como el jugoso simbolismo de la historia darán a los espectadores bastantes momentos para disfrutar y debatir durante mucho tiempo (aunque las conclusiones que ofrece Snyder no estén a la altura). Batman v Superman responde a su naturaleza de cine evento y sin duda satisfará (incluso enloquecerá) a muchos fans del cómic y el cine de superhéroes, aunque a la vez dará más argumentos para que sus detractores o escépticos sigan hablando de ‘superhero fatigue‘ (aunque no esté tan claro que exista tal cosa) y menospreciando el género. Si algo nos enseña esta película es que, al igual que le ocurre a Superman, no se puede contentar a todo el mundo.

Valoración: ★★★

Supergirl: ¡Pelea como una chica!

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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es un hombre? ¡No! Ninguna de las tres cosas. Es una mujer, o mejor dicho, una chica. Es Kara Zor-El, alias Kara Danvers (casi Carol Danvers), más conocida en el universo de los cómics DC como Supergirl, la prima del Hombre de Acero. Kara es la protagonista de uno de los estrenos televisivos más esperados de este otoño, una serie que viene a llenar un importante vacío en el panorama superheroico actual. La primera serie en 40 años protagonizada por una superheroína. Que se dice pronto.

Desde los 90, no es raro ver a una mujer o a una adolescente como protagonista de su propia serie, especialmente dentro del tradicionalmente masculino género fantástico. Xena, Buffy, Sydney Bristow o Veronica Mars allanaron el camino para que otras heroínas poblaran la televisión. A día de hoy, una mujer puede protagonizar una serie sin que su posible fracaso sea achacado o relacionado a su género. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo en el cine. Estamos en 2015 y los grandes estudios todavía no se “arriesgan” a colocar a una mujer en el centro de sus superproducciones. Warner Bros. aseguró hace unos años que no iba a hacer más películas protagonizadas por mujeres (qué vergüenza), la muy feminista Mad Max: Furia en la carretera tuvo que venderse como una película de hombres, cuando es casi al 100% de y sobre mujeres, y el éxito de Lucy se ve como un caso aislado. Cómo no, los fracasos pesan más. Al filo del mañana lo tenía todo para triunfar, pero no cumplió las expectativas, y por supuesto, nadie olvida los batacazos de ElektraCatwoman. Pero, ¿cuántas superproducciones protagonizadas por hombres fracasan al año sin que nadie se plantee dejar de hacerlas?

Y esto nos lleva al género de superhéroes, que este año se está tomando una suerte de descanso en el cine (no lo parece, ¿verdad?) para estallar en 2016 con un bombardeo de estrenos sin precedentes. Curiosamente, el cine va varios pasos por detrás de la tele en cuanto a representación de género, orientación sexual y raza. De ahí que aun no hayamos tenido una película de superhéroes protagonizada por una mujer dentro de la nueva era del cinecómic (Wonder Woman y Capitana Marvel llegarán en 2017 y 2019 respectivamente para ver si es posible cambiar el panorama). Pero es que en lo que respecta a este género, no hay tanta diferencia entre ambos medios.

Marvel Television se ha puesto antes las pilas. Tenemos a la estupenda Peggy Carter protagonizando su propia serie, Agent Carter, un perfecto alegato feminista que por desgracia no tiene mucha audiencia, a los Agentes de S.H.I.E.L.D., con gran representación femenina dentro de sus filas (Daisy es casi la protagonista de la serie, y May, Simmons y Morse son personajes bien desarrollados y de gran presencia) y muy pronto a Jessica Jones protagonizando su propia serie en Netflix. En la facción televisiva de DC la cosa va un poco peor en este sentido: Arrow, The Flash, Gotham y próximamente Legends of Tomorrow son series protagonizadas por héroes masculinos. En definitiva, las superheroínas televisivas actuales tienen que conformarse con secundar al héroe titular o formar parte de un elenco coral. Al menos hasta la llegada de Kara Danvers.

Supergirl

Supergirl es una serie feminista, y así es como se presenta al público en su piloto, una origin story en toda regla en la que las mujeres ocupan un lugar muy destacado (aquí, ellos son los que desempeñan el rol de “chico de” o “amigo de”). En la serie convergen cuatro líneas principales, y en las cuatro nos encontramos a una mujer: Kara, su hermana Alex Danvers (Chyler Leigh), Cat Grant (Calista Flockhart), fundadora del conglomerado multimedia CatCo, y la sorprendente (o no) villana de la función, que redactamos para no hacer spoilers. Supergirl es muy consciente de su papel y su responsabilidad en la sociedad, y así lo deja caer en su piloto: Con Kara, las niñas ya tienen una superheroína a quien admirar, un modelo a seguir. La serie no esconde su naturaleza femenina para no espantar al público alérgico a la acción protagonizada por mujeres (ese público que rechaza la nueva Cazafantasmas por sistema o comparaba despectivamente el trailer de Supergirl con el falso trailer de la comedia romántica de la Viuda Negra). Supergirl está orgullosa de ser una serie superheroica protagonizada por una chica. Y esa chica aprende en el piloto que no hay nada malo en ser eso, una chica. Una lección que se apoya indirectamente en aquella magnífica campaña publicitaria de Always, #LikeAGirl y que viene a decirnos a todos que para ocupar el lugar de un hombre, una mujer no tiene por qué actuar como él (gracias por todo, Joan Holloway).

“El mundo te necesita, Kara”.

Ese es el mayor acierto de Supergirl, haberse mantenido fiel a la naturaleza del personaje y no haberlo transformado en lo que no es. Kara Danvers es una chica joven buscando su lugar en el mundo, tiene intereses románticos, es coqueta, femenina, y ha optado por conservar la falda (y también la capa, por cuestiones “aerodinámicas”) en su uniforme de superheroína. No es un personaje sexualizado para satisfacer al público masculino, pero tampoco asexual. Kara es lo que es, la representación paradigmática de un tipo concreto de chica (una que lucha por hacerse hueco entre rudos y carismáticos héroes musculosos sin sacrificar su identidad), una “super chica”. Y en este sentido, Melissa Benoist encaja como anillo al dedo en el personaje. Enérgica, awkward, un poco atolondrada (como la Buffy de las primeras temporadas, Kara habla como si le faltara un hervor), y con un punto de adorabilidad que hará temblar a Zooey Deschanel. Benoist no es muy buena actriz (todavía), pero sí es una Kara Danvers perfecta.

Y a pesar de todo lo expuesto anteriormente, el piloto de Supergirl no llega a ser gran cosa en ningún momento, quedándose en simple prima de Smallville. Se agradece lo que esta serie supone para el género, pero se echa de menos un resultado a la altura de la ocasión. Al final, Supergirl es lo mismo de siempre, una historia de orígenes altamente formulaica y más bien sosa en la que todo ocurre tal y como se espera, en la que los giros se ven venir a la legua, los diálogos están calcados del resto de series y películas de superhéroes y los temas resultan demasiado rutinarios (la identidad secreta, la responsabilidad superheroica, la manipulación de los medios para que la “justiciera” parezca una amenaza…). Y es que la historia de Kara Danvers por ahora es prácticamente igual que la de su primo.

La factura de la serie está por encima de la media (la secuencia del avión es de lo más espectacular que hemos visto nunca en una ficción televisiva), como adaptación engloba el espíritu y los ideales de Superman mucho mejor que El hombre de acero (Kara sí hace honor al emblema de su familia), y sus intenciones son más que loables, como ya hemos visto. Pero lo que hay en juego requiere un poco más de esfuerzo y creatividad por parte de las personas detrás del proyecto, y no otra producción de Greg Berlanti que encajaría mejor en la parrilla de la CW (alerta peligro “serie de planchar”). Puede que esperase demasiado de ella, y demasiado pronto, pero sigo pensando que Supergirl podría volar muy alto si se lo propusiera. Necesitábamos esta serie, ahora necesitamos que sea buena.

Crítica: La LEGO® película

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En 2009 Phil Lord y Christopher Miller sorprendieron a muchos con Lluvia de albóndigas (Cloudy with a Chance of Meatballs), original cinta de animación cuyo espíritu alocado y ritmo sobrecafeinado volvemos a encontrar en La Lego película (The Lego Movie), el nuevo proyecto de este interesante tándem creativo. La primera incursión cinematográfica (después de muchos y muy buenos videojuegos) de estos populares juguetes de construcción es todo un alarde de energía, creatividad e imaginación, un homenaje a aquellos que se atreven a salirse de la norma y tirar las instrucciones a la basura para crear y construir sus propios mundos de plástico. Este es sin duda el espíritu que promueve la compañía de juguetes, que con el tiempo ha sido redefinida por su estrecha relación con la cultura popular y el entusiasmo de los fans adultos, a los que va especialmente dirigida la película.

Con La Lego película, Lord y Miller proponen un ejercicio altamente paródico, incluso de deconstrucción (nunca mejor dicho) del blockbuster veraniego. Se lo pasan en grande riéndose de los tópicos más habituales del cine de acción y aventuras, y concretamente del de súper héroes, haciendo alusión constante y jocosa a motivos narrativos ineludibles como son los de “el elegido” y “la profecía“. Al igual que James Bobin hizo con el Walter de Los Muppets en 2011 (un teleñeco normal y corriente sin características distintivas ni talento especial), Lord y Miller colocan en el centro del relato a una figura básica de Lego. El optimista Emmet Brickowoski (voz original de Chris Pratt) es una abeja obrera dentro de un mundo cuadriculado de normas, un don nadie que por azar se convierte en héroe y se embarca en una aventura para salvar el Universo Lego y demostrarnos que cualquiera puede ser especial si cree que puede serlo -“Sé que eso parece sacado de un póster de gatos, pero es cierto”, dice elocuentemente Vitruvio, interpretado por Morgan Freeman en la versión original.

La Lego Película Póster EspañolEs verdad que, a pesar de los constantes guiños al adulto y la autoconsciencia que se respira de principio a fin (léase: la genial cita del párrafo anterior), el desarrollo de La Lego película es al fin y al cabo tan convencional y previsible como el de cualquiera de las películas que homenajea, y como el del 99% del cine de animación comercial que se hace hoy en día. Claro que esto no llega a ser un problema muy grave, puesto que el bombardeo constante de chistes (brillantemente absurdos, inteligentemente bobalicones) y el desenfreno de la aventura no nos da un solo segundo de tregua. Además de ser una desternillante comedia de acción, La Lego película supone una experiencia visual anfetamínica para pequeños y mayores. Es imposible apartar la mirada, y es poco recomendable parpadear demasiado, puesto que se perdería de vista la increíble labor de detallismo que convierte cada fotograma en una verdadera obra de ingeniería. La animación por ordenador, que parece imitar la técnica stop-motion, reproduce con tal nivel de perfección la textura y las leyes físicas de las piezas de Lego que nos vemos obligados a creer que este universo existe, y que estos juguetes cobran vida cuando no se les mira, al más puro estilo Toy Story.

La Lego película es solo una “pequeña” muestra de las infinitas posibilidades que brinda el crisol de referentes pop del Universo Lego (esperad muchas secuelas). Esta demencial aventura incorpora iconos de varias franquicias, que se unen al grupo de personajes creados específicamente para la película. Así, entre otros cameos que no desvelaré para preservar el factor sorpresa (aviso: no esperéis nada de Marvel, obviamente), destaca la importante presencia del mismísimo caballero oscuro. Este Batman de Lego, una visión descacharrante e irreverente del solemnísimo héroe de DC, es uno de los mayores aciertos de la película, y el indicio más claro de que estamos ante una sátira muy bien diseñada (El hombre de acero no se queda lejos tampoco). En lugar de verse limitados por la restricción en el movimiento y el carácter prediseñado de los juguetes Lego, Lord y Miller aprovechan al máximo las posibilidades cómicas que estos ofrecen. Y siguiendo su propio consejo, descartan las instrucciones y levantan un espectacular mundo de fantasía a base de ingenio desbocado y pasión, tal y como lo haría un niño.

Valoración: ★★★★

Crítica: El hombre de acero (Man of Steel)

Las calzonas rojas llevan tiempo siendo el mayor sambenito del superhéroe por antonomasia. Superman es quizás el mito más importante de la historia de los tebeos y la cultura popular. Sin embargo, su imagen fuera de los cómics ha estado subyugada por el peso de lo camp. La película que Richard Donner realizó a finales de los 70 es sin lugar a dudas un clásico del cine de aventuras, pero el tiempo no perdona, y todo ha quedado terriblemente desfasado, siendo únicamente salvable por la todopoderosa nostalgia de la generación que controla la cultura en estos momentos. La revisión llevada a cabo por Bryan Singer hace apenas 7 años no contribuyó precisamente a que Superman alcanzase el estatus del que sí ha gozado en el universo gráfico. Es por ello que se hacía necesario borrar cuanto antes el recuerdo de aquel filme con un reboot más acorde con el siglo XXI. En El hombre de acero (Man of Steel), la nueva aproximación al mito de DC, las calzonas rojas por encima de las mallas azules han desaparecido. Una arriesgada, criticada, pero sobre todo necesaria y acertada decisión que es a su vez toda una declaración de intenciones.

El Superman de Zack Snyder es una puesta a punto según los cánones del cine de acción actual. El responsable de otras adaptaciones comiqueras como 300 y Watchmen era a priori una elección lógica para ponerse al timón de un proyecto de esta envergadura. El mito debía ser reconfigurado por alguien que no lo entendiese únicamente como “el tebeo que leía con una linterna debajo de la sábana cuando era pequeño” -la nostalgia es tan reconfortante como peligrosa. El punto de vista de Snyder, y el guionista David S. Goyer (Blade), es inequívocamente adulto, pero solo en apariencia. No nos engañemos, el cine de Snyder no destaca precisamente por ser un prodigio de la narración. Lo suyo es más bien pornografía digital y sobre-estilización de la violencia. Poco más. Esto lo sabían los de Warner Bros., claro está, y por eso se aseguraron de que Christopher Nolan, que ha contribuido enormemente a dignificar el cine de superhéroes con su trilogía El caballero oscuro, supervisase al loco de Snyder. El resultado es una cinta que fluctúa entre la seriedad -o total ausencia de sentido del humor, según se mire- de Nolan y el espectáculo vigoréxico propio de Snyder.

El hombre de acero hace hincapié en el carácter mesiánico del mito, y por lo tanto se construye como una historia de génesis en la línea de Batman Begins pero sin el exceso de autoimportancia de aquella. En esta película, Kal-El tiene 33 años, y llegó del cielo con la misión de llevar la paz y el entendimiento al mundo, aunque esto suponga su sacrificio. Y Henry Cavill, británico que resulta totalmente creíble diciendo “soy de Kansas, no puede haber nada más americano”, siempre ha llevado en la piel el símbolo kryptoniano de la esperanzaSu mentón, sus profundos y amables ojos azules, sus exuberantes pectorales y esos hombros capaces de aguantar el peso de este y otros mundos, nacieron para interpretar a este personajeClark Kent es un granjero cachas y peludo de gran corazón, es casi una ilustración de Tom of Finland, y sobre todo un héroe mucho antes de enfundarse el traje y la capa. Superman -o más bien Kal-El- es una extensión de este hombre, no tanto un alter ego. Kent se afeita (¿cómo si no vamos a ver el característico hoyuelo de Superman?) se repeina (no hay caracol, por suerte) y se convierte en el héroe que todos conocemos, o en una versión algo más digna de él. Kal-El cumple el sueño de su padre biológico, Jor-El (Russell Crowe), convertirse en “lo mejor de ambos mundos” (como Hannah Montana), y el de su padre adoptivo (Kevin Costner), ser libre de elegir su destino. Es el superhombre paradigma de lo supermoral. Sin embargo, Snyder es incapaz de extrapolar el carácter humano del personaje a su película, y la desmesurada acción acaba sepultando cualquier atisbo de reflexión o introspección.

El hombre de acero es el impresionante, épico y ensordecedor espectáculo que todos esperábamos, para contar una vez más la historia que todos conocemos -reordenada sensatamente para resultar más verosímil, aunque duela a los más puristas. A pesar de la gran labor de casting, las correctas caracterizaciones, y la gran presencia de Russell Crowe y Michael Shannon, las relaciones y conflictos entre personajes se quedan en la superficie, y el talento de estos actores no se aprovecha como debería -esperemos que para la secuela Amy Adams se despierte. Llega un momento de El hombre de acero en el que los personajes se diluyen por completo en una montaña rusa de acción mareante, efectos digitales (a la altura de la gran ocasión), violencia extrema sin apenas una gota de sangre derramada, y sobredosis de explosiones y destrucción masiva. El prolongadísimo y frenético tramo final genera hasta tres clímax diferenciados tan espectacularmente ejecutados como agotadores, y para entonces ya nos hemos olvidado de lo que Snyder y Goyer nos quieren contar, si es que de verdad nos quieren contar algo. El hombre de acero no es ni de lejos fallida, solo excesiva y descontrolada. Un sci-fi grandioso y titánico. Pero sobre todo un blockbuster de acero que logra exactamente lo que pretendía: convertir a Superman en un héroe de nuestro tiempo.