El hijo (Brightburn): La maldición de Superman

El mito de Superman está profundamente arraigado en la cultura, trascendiendo desde su creación en los años 30 el ámbito de los cómics para instalarse en la sociedad y el imaginario colectivo. Aunque no practiquemos la fe cristiana, todos conocemos la historia de Jesucristo, de la misma manera que, seamos o no aficionados a los tebeos, todos estamos perfectamente familiarizados con la (análoga) leyenda del héroe de Krypton.

Actualmente, los superhéroes dominan la cultura mainstream y las películas basadas en los cómics de Marvel y DC arrasan en taquilla (con pocas excepciones). Su éxito continuado ha provocado una homogeneización del blockbuster que ha llevado a algunos creadores a buscar nuevas perspectivas desde las que presentar a los superhéroes, y a su vez, a un sector del público a buscar relecturas que aporten variedad y frescura al género.

Esta es exactamente la motivación detrás de El hijo (Brightburn), película de David Yarovesky (The Hive) que plantea qué pasaría si, en lugar de aprovechar sus poderes para hacer el bien y proteger a la humanidad, el visitante de Krypton se convirtiera en un supervillano sanguinario y despiadado. Brian Gunn y Mark Gunn, hermanos de James Gunn, son los encargados de reescribir la historia de Clark Kent, mientras que el director de Guardianes de la Galaxia los respalda desde la producción ejecutiva.

El hijo nos lleva de nuevo a Kansas, donde conocemos a Tori (Elizabeth Banks) y Kyle (David Denman), un joven matrimonio que ve cumplido su deseo de ser padres con la misteriosa llegada a su granja de un bebé de otro planeta. La pareja decide ocultar su origen extraterrestre y criarlo como su fuera suyo. Bautizado como Brandon, el niño crece mostrando indicios de gran inteligencia e inquietud por el mundo, pero al llegar a la pubertad, la oscuridad en su interior se adueña de él. Es entonces cuando Brandon empezará a descubrir el verdadero alcance sus extraordinarios poderes y los utilizará para hacer realidad sus impulsos y deseos más retorcidos, poniendo en peligro de muerte a todo aquel que se interponga en su camino, incluidos sus padres.

Yarovesky y los hermanos Gunn no ocultan en ningún momento sus intenciones satíricas (el protagonista se llama Brandon, posible ¿homenaje? al Superman cinematográfico menos popular, Brandon Routh), pero en lugar de reinventar al icónico personaje desde la comedia, lo hacen desde el terror puro y el drama familiarEl hijo sería algo así como un cruce entre una historia de orígenes superheroica y La maldición de Damian, con un desarrollo repleto de suspense y sobresaltos que va entregándose poco a poco al slasher. En este sentido, la película no escatima en violencia explícita y gore, sorprendiendo con muertes impactantemente macabras, lo cual resulta especialmente atrevido teniendo en cuenta que el psicópata que las perpetra es un niño.

El hijo es más oscura y perturbadora de lo que cabe esperar de una película de estudio, y aun así, da la sensación de que le falta mala leche, de que no va a por todas y no llega a ser todo lo radical y subversiva que se propone. Aunque entretiene y sabe mantener la tensión hasta el final, el guion apenas rasca la superficie y saca provecho a la jugosa premisa de la que parte, quedándose la mayor parte del tiempo en lo convencional. La escena post-créditos (evidentemente añadida a posteriori para facilitar una secuela) muestra un sentido del humor (muy marca Gunn, con cameo galáctico incluido) y una perversidad que le habría venido genial al resto de la película -y que seguramente será el camino a seguir en una hipotética segunda parte-, pero para cuando llega, ya es tarde.

La elección del joven Jackson A. Dunn (Scott Lang de pequeño en Vengadores: Endgame) como Brandon es uno de los mayores aciertos de la cinta. Su inquietante presencia capta perfectamente el espíritu de las películas sobre niños problemáticos/homicidas (la mencionada La profecíaEl buen hijo), y mantiene el interés por saber con qué sádica ocurrencia nos va a salir. Sin embargo, no es suficiente. El hijo es un thriller simple y efectivo que funciona bien como descanso del cine de superhéroes masivo, pero podría haber sido mucho más. Y eso es lo que al final lastra la película, que se conforma con cumplir en lugar de lanzarse al vacío de cabeza. Un consejo para la próxima: que James Gunn también escriba el guion.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Glass (Cristal): La película perfecta para la era de los superhéroes

La trayectoria de M. Night Shyamalan es como una historia llena de altibajos y plot twists. Tras varios éxitos, el aclamado director de El sexto sentido (1999) fue perdiendo el favor del público y la crítica hasta tocar fondo con su vapuleada adaptación de Airbender (2010) y la que es con diferencia la peor película de su filmografía hasta la fecha, After Earth (2013). Aparentemente condenado al ostracismo tras una serie de fracasos comerciales, Shyamalan resurgió cual Ave Fénix con la ayuda de Jason Blum, que produjo su nuevo film, La visita (2015), por cuatro duros (como todas las películas de Blumhouse), revitalizándolo creativamente y catapultándolo de nuevo a lo más alto.

Conocido popularmente por los giros sorpresa al final de sus películas, Shyamalan nos dio el más impactante con su siguiente trabajo, estrenado solo un año después, Múltiple (2016). En un alarde de fan-service que no era sino la materialización de sus propios planes y deseos, Shyamalan incluyó a Bruce Willis en una escena post-créditos, uniendo así su nueva película y El protegido (2000) bajo el mismo universo de ficción. Sin ser conscientes de ello, estábamos viendo una secuela spin-off de El protegido, y esto no podía significar sino la existencia de una tercera parte, un crossover 18 años en desarrollo que llega a nuestras pantallas en 2019.

Glass (Cristal) es el acontecimiento que los fans de Shyamalan llevaban esperando con ansias desde que se descubrió el pastel. O incluso antes. La película en la que convergen las historias de David Dunn, Elijah Price y Kevin Wendell Crumb, un trío de personas con habilidades sobrehumanas que se unen para hacernos reflexionar sobre la naturaleza de los superhéroes y su impacto en la sociedad. Además de Willis, Samuel L. Jackson retoma su papel de El protegido y James McAvoy vuelve a ponerse en la piel del asesino en serie con personalidad múltiple, uniendo así las narrativas de estos tres extraordinarios y peligrosos seres, y aquellas personas que orbitan a su alrededor: el hijo de David, Joseph (Spencer Treat Clark), la madre de Price (Charlayne Woodard) y una de las víctimas de Kevin que sobrevivió a su cautiverio, Casey (Anya Taylor-Joy).

Sus caminos se cruzan gracias a la intervención de la Dra. Ellie Staple (Sarah Paulson), una psicóloga especializada en personas que creen ser superhéroes, y que logra atrapar a los tres y reunirlos bajo el mismo techo de una institución psiquiátrica; una decisión que, obviamente, desembocará en desastre. El trío maravillas posee fuerzas e intenciones muy distintas que chocan entre sí: Dunn es el justiciero moral que utiliza sus poderes para hacer el bien y castigar a los malhechores, David es el monstruo incapaz de controlar sus habilidades, y Price, también conocido como Mr. Glass, es la mente maestra que maneja los hilos. Juntos conforman el triángulo básico de todo cómic de superhéroes.

Porque tal y como esperábamos, Glass nos da al Shyamalan más meta de su carrera. El director realiza un homenaje-decontrucción al medio gráfico y el género de los superhéroes en una época en la que estos vuelven a ocupar el Olimpo de la cultura popular gracias al cine y la televisión. Con varias referencias a Marvel y DCGlass se presenta orgullosa como un decálogo de los superhéroes que trata de explicar por qué tienen tanto éxito y cómo reflejan nuestra realidad. Y lo hace con buenas dosis de suspense, acción y espectáculo, pero también con mucho humor autorreflexivo y referencial, con guiños y bromas que aluden a los cómics y a la propia carrera de Shyamalan (que en esta ocasión protagoniza el que quizá es su cameo más simpático y autoconsciente). Porque es fácil tomarse la película en serio y abrazar su lado más dramático, pero en el fondo Shyamalan se lo está pasando en grande dejándonos easter eggs y haciendo comentarios jocosos sobre los tebeos y su propia creación. Y se nota.

El gran problema al que se enfrenta Glass es el desmedido hype con el que nos adentramos en ella los fans de su director, y de las anteriores entregas. La decepción va a ser inevitable para muchos, pero una vez ajustadas las expectativas, es posible (y recomendable) apreciar lo que Shyamalan ha querido hacer con la película. Glass es una más que acertada culminación a la trilogía que nos cuenta todo lo que necesitábamos saber de sus tres protagonistas, uniendo las piezas de su puzle de manera impresionante (utiliza metraje de El protegido con suma inteligencia y habilidad) a la vez que cierra su relato. Pero también abre la puerta a la posibilidad de una continuación o la creación de un universo cinematográfico, lo cual, vayan adelante con ello o no, forma parte del ADN de los cómics que analiza la película.

Glass está repleta de momentos emocionantes y escenas impactantes, de giros narrativos que cuestionan constantemente las reglas del género y sacan a relucir el tejido meta de la película. Aunque sobre decirlo, la película es técnica y visualmente impecable. Las secuencias de acción están perfectamente ejecutadas, el uso de los colores es una pasada, los efectos digitales están muy bien empleados y la cámara de Shyamalan es, como siempre, intuitiva y nos cuenta mucho más de lo que parece a simple vista.

Pero por supuesto, el alma de la película son sus personajes, en especial David y sus personalidades múltiples. Un Willis desganado y con menos presencia de lo que esperábamos queda eclipsado por la perversamente divertida interpretación de Jackson y, sobre todo, el tour de force de McAvoy, que vuelve a darlo todo. Y más. El intérprete escocés hace reír, impone con su presencia y conmueve con su historia personal y su turbia relación con el personaje de Taylor-Joy. Una de las quejas más extendidas sobre Múltiple fue que nos mostraba muy poco de los 23 alter egos que viven en la cabeza de Kevin. En este caso (los he contado) desata hasta 20 personalidades a lo largo de la película. Y es increíble, un espectáculo en sí mismo. El trabajo interpretativo de McAvoy es tan rico, tan brutal, tan matizado y descarnado, y su transformación (transformaciones) física tan asombrosa, que a él también deberían llamarlo La Bestia.

Aunque peque de obvia y sobreexplicativa en sus conclusiones sobre los cómics y la creación de héroes y villanosGlass tiene muy claro lo que nos quiere contar, y esta claridad en su propósito hace que Shyamalan triunfe redondeando la historia. Una que comenzó hace casi dos décadas, y cuya conclusión llega en el momento exacto. A través de sorpresas, giros, secretos y conexiones personales, la película conecta y da sentido a su universo con astucia, equilibrado el humor, el drama y el terror psicológico mientras aumenta la acción. Su propuesta, y en concreto su desenlace, dividirá a la audiencia. Pero ¿no es eso lo que llevamos tiempo pidiendo? Queríamos una película de superhéroes que arriesgase, y eso es exactamente lo que nos da Glass. Etcétera.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Escuadrón Suicida

Escuadron Suicida 1

Cuando con tus héroes no consigues conectar del todo con la audiencia, pide ayuda a tus villanos. Sobre el papel, Escuadrón Suicida (Suicide Squad) tenía todo lo necesario para ser la gran película de “superhéroes” que situaría a DC en el buen camino. Un cóctel explosivo de acción y humor gamberro con un buen cast y lo más granado de su villanía reunido para repartir mamporros a ritmo de rock’n’roll y hip hop. ¿Qué podía salir mal? Pues todo. O casi todo. Bajo la batuta de David Ayer (guionista de A todo gas y director de Fury), Warner/DC trata de corregir el curso de su Universo Extendido, pero cae en todos los errores posibles (y unos cuantos extra) haciendo que nos preguntemos varias cosas: ¿Cómo es posible estropear un material tan jugoso? ¿Qué es exactamente lo que pretende el estudio? Y, ¿cuándo se van a dar cuenta de que necesitan un cambio urgente de equipo creativo?

Escuadrón Suicida se postulaba como una alternativa corrosiva e irreverente a los superhéroes de DC ya presentados en cine, pero ni es tan graciosa como parecía (“publicidad engañosa” se queda corto), ni tan loca como se empeña en hacerte verni todo lo cafre que debería. Y es que es muy difícil dar rienda suelta a la locura y el sadismo de estos psicópatas cuando la película está restringida por una calificación por edades errónea (es bastante violenta, pero se nota que no todo lo que quería, y si hubiera obtenido la R, como Deadpool, habría sacado mucho más partido de su material). Pero este es solo uno de sus problemas, y ni siquiera es el más importante. Lo que hace que Escuadrón Suicida se desmorone completamente es su total y absoluta falta de coherencia, sentido y estructura. Simplemente no hay historia, solo un caos narrativo en el que se acumulan momentos, escenas, clichés y viñetas sin ton ni son, algo que pone de manifiesto sus fallos de base: esa dependencia de la iconoclastia vacía como herramienta para (no)narrar y una evidente carencia de visión general.

Escuadrón Suicida 2

Ayer, que además de dirigir escribe el “guion” (énfasis en las comillas), forcejea para dar forma a la película, algo que el montaje -y el obvio remontaje urgente– potencia incluso más: salta a la vista la desconexión entre cineasta y estudio, la mano negra de Warner, los retoques de última hora, y todo lo que hace que la película esté tan fragmentada y parezca un producto inacabado. Pero empecemos por el principio, que es justamente algo que la película no hace. Sin ningún tipo de contextualización o preámbulo, la agente del Servicio de Inteligencia Amanda Wallis (Viola Davis) presenta su plan para reunir al Task Force X, formado por los psicópatas, monstruos y asesinos más peligrosos del mundo, para… para nada en concreto, solo porque sí. ¿En qué consiste el plan exactamente? ¿Cuál es la razón para ponerlo en marcha? ¿Contra qué deben luchar? No lo sabemos. No se nos cuenta. Como mucho se justifica con un “por si acaso”. No existe una amenaza como tal, sino que se va creando sobre la marcha, de hecho, se inventa a mitad de la película. Es como una paradoja temporal. Primero se crea la solución a un problema inexistente (aun a sabiendas de que la cura puede ser peor que la enfermedad) y a partir de esa solución nace el problema. Solo que no parece que esté pensado así, sino que más bien da la sensación de ser el resultado de una planificación narrativa desastrosa.

Con el plan de Amanda llegan las presentaciones. Rótulos cuquis en la pantalla, y énfasis en varios personajes por encima de los demás, lo que desde el principio aporta un gran desequilibrio, que será la tónica del resto del film. Deadshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie) y El Joker (Jared Leto) son los que más interesan (por el star-power de sus actores o por lo icónico de sus personajes), y a ellos sobre todo se dedican los primeros 20 minutos de caótica y repetitiva sobre-exposición. Si hay que presentar a Harley Quinn dos veces, o tres, se hace, aunque eso suponga que el resto de personajes tengan que ser introducidos con calzador en los lugares menos indicados y nunca lleguen a tener entidad: “Por cierto, esta es Katana, tiene una katana. Ah, y casi se me olvidaba, este es… (esperad que googlee, porque no me acuerdo de su nombre)… Slipknot. No os hace falta saber demasiado sobre él, es un mero recurso narrativo”. Así es el tratamiento de los personajes en Escuadrón Suicida. Unos aparecen y desaparecen aleatoriamente (Joker), otros son el colmo de lo unidimensional (Capitán Boomerang, Killer Croc, reducidos a un par de chistes), algunos se quedan a medias (la propia Amanda, verdadera villana del film, cuya personalidad queda sin explorar como se merecía) y la mitad son relleno. Una cosa es que sea difícil manejar un reparto numeroso (uno de los mayores obstáculos del cine de superhéroes) y que esto juegue en detrimento de la película, otra muy distinta este despropósito. Y entonces empieza la acción de verdad, pero no sabemos cómo, por qué, o hacia dónde exactamente se dirige la trama y sus personajes.

Escuadrón Suicida 3

Esto es lo que pasa cuando quieres empezar a construir la casa por el tejadoEscuadrón Suicida es una película que debería existir sobre un universo de ficción mucho más asentado y definido. Y a esto me refería con lo de “falta de visión general”. DC quiere construir un completo universo expandido en dos días, y para ello está forzando las conexiones entre entregas. Lo vimos en Batman v Superman, y lo volvemos a ver en Escuadrón Suicida, donde los cameos son incluso más gratuitos y peor encajados. Al final, más que una película, parece que estamos viendo un checklist de ingredientes imprescindibles del cine de superhéroes que hay que ir tachando. Una lista que empieza a tomar más items prestados de Marvel. Seguramente no andaríamos desencaminados si pensásemos que DC creía tener entre manos su propia Guardianes de la Galaxia. El planteamiento (“los peores héroes de la historia” forman equipo), el humor más desenfadado o el clímax forzadamente emotivo (en el que tenemos que creernos que los malotes tienen corazón y son una familia a su manera) así parecen indicarlo, pero en lugar de beneficiar a la película, lo que hace este extraño “tuning” es dejar constancia de su desdoble de personalidad y esquizofrenia tonal. De nuevo, esto podría haber sido intencionado, incluso conveniente (¡la película está protagonizada por un puñado de locos!), pero no es más que otro reflejo de la confusión que impera en DC.

Y ahora, detengámonos en uno de los aspectos más lamentables de la película, la guinda sobre el pastel: su flagrante machismo. Acepto sin problemas que la imagen explosiva e hipersexualizada de Harley Quinn sea inherente al personaje, pero eso no justifica el tratamiento tan denigrante y pueril que recibe, con el único objetivo de abastecer de material masturbatorio a los fanboys. Pero no es solo Harley Quinn y sus shorts metidos hasta el útero, o los doscientos planos de su culo. La película en general parece hecha por unos “machotes” que son incapaces de ver a la mujer como algo más que “esa cosa diferente a nosotros” que está ahí para ponernos cachondos o poseer (a menos que sea nuestra madre). Y esto salta a la vista por muchas cosas, que van de lo indignante a lo directamente repugnante: los continuos comentarios babosos a cualquier mujer que aparezca en pantalla (sea un personaje importante o una guarda de seguridad sin diálogo) sin que estas respondan; los incontables apelativos “cariñosos” con los que los personajes masculinos recuerdan constantemente a las mujeres que son solo eso, mujeres, mientras ellos pueden ser todo lo que les plazca, que para eso son los machos alfa; el hecho de que las tres “meta-humanas” de la película hayan de tener a la fuerza tramas románticas y sean definidas en gran medida por esto; o los vergonzosos diálogos tipo “No creas que no te pegaré porque seas mujer” o “¡Es tu mujer, ve a darle un palo en el culo y arregla esto!” (Deadshot animando a Flag a que dome a su hembra, que está a punto de acabar con el mundo), que van más allá de la caracterización disfuncional de los anti-héroes y son una base importante del humor de la cinta. Sencillamente inaceptable.

Escuadrón Suicida 4

Sin embargo, el reparto de Escuadrón Suicida está a punto de salvar la función. Entre todo lo malo, los actores son de lo poco que funciona, pero aun así tampoco cumplen las expectativas y no pueden compensar el hecho de que la mayoría de personajes, incluso los más carismáticos, sean tan planos. Contra todo pronóstico, Will Smith es quien hace mejor trabajo de todo el cast, mientras Jay Hernandez (Diablo) se podría catalogar como la sorpresa del grupo y Margot Robbie y Jared Leto no están a la altura del hype. Ella tiene momentos muy resultones (la mayoría ya se habían visto en la promoción), pero la forma en la que está planteado su personaje (ver párrafo anterior) no le deja apenas trascender la caricatura, y él también construye al Joker de forma muy superficial (quizá en parte por el poco tiempo en pantalla que tiene y lo mal usado que está), quedándose muy lejos de lo que vaticinaba tanta interpretación del método y demás sandeces que el actor hizo durante el rodaje para meterse en el personaje. O sea, mucho lirili, poco lerele, como la película en general. De los demás, cabe mencionar a la inexpresiva Cara Delevingne, que estropea un personaje potencialmente muy interesante, Encantadora, con una interpretación demasiado pobre, y Jai Courtney, que a pesar de su ubicuidad vuelve a demostrar que es un actor perfectamente intercambiable. El resto, bueno, no dan para comentar mucho más.

Afortunadamente, en el apartado visual Escuadrón Suicida cumple (en esto no nos engañan los tráilers). Aunque una vez más no se tenga claro que el cómic y el cine son medios distintos (qué bonitos son algunos planos-viñeta, pero qué poco aportan), la película tiene una estética muy atractiva, un sonido potente (obviemos lo irritante que puede ser la banda sonora), y está repleta de imágenes jugosas, estallidos de acción fardona y espectacular en un envoltorio que fusiona mugre y psicodelia, oscuridad y color, de forma acertada, con lo que al menos aporta dinamismo y evita el aburrimiento. Claro que de nada sirve tener componentes individuales de primera y ocasionales buenos momentos si van a formar parte de algo tan inconsistente, desordenado, arrítmico, confuso… y además tan poco original. Porque ese es uno de sus mayores delitos, actuar como si fuera distinta para acabar haciendo exactamente lo mismo que el resto de películas de superhéroes (con diálogos plantilla y el enésimo Apocalipsis y agujero gigante sobre una gran metrópolis, aunque parezca mentira), pero peor. Después de todo, sus promesas quedan en agua de borrajas y Escuadrón Suicida no es la película que esperábamos, sino la que temíamos. Es una pena que DC haya desaprovechado así esta oportunidad de oro. ¿Cuántas más le vamos a dar?

Pedro J. García

Nota: ★★

Crítica: X-Men – Apocalipsis

X Men Apocalipsis 1

Bienvenidos de nuevo al Instituto Xavier para Jóvenes Talentos. Recorred sus pasillos y estancias para comprobar que está más vivo y abarrotado que nunca. La juventud se puede oler en el ambiente (seguro que sabéis exactamente cómo huele la adolescencia), hay más luz, más color, más energía y ganas de juerga. Y es que la Mansión-X no solo está atestada de mutantes adolescentes, es que además estos mutantes son adolescentes de los 80. Después de llevarnos a los 70 (y luego hacernos saltar por el tiempo) en X-Men: Días del futuro pasado, la saga mutante avanza hacia la feliz década del “Take on Me”, el “Girl Just Wanna Have Fun” y las chapas en las solapas vaqueras, donde transcurre la acción de X-Men: Apocalipsis (X-Men: Apocalypse), la nueva entrega de la Patrulla-X dirigida por Bryan Singer.

Y se nota, vaya si se nota. X-Men: Apocalipsis es una aventura espléndidamente ochentera (o noventera, que al caso es prácticamente lo mismo) y decididamente nostálgica. Si bien Singer podía haber arriesgado aun más en su puesta en escena y hacerla incluso más fiel a la época, la película rebosa espíritu 80s por los cuatro costados, y no solo en lo que respecta a la estética hortera y sin complejos (los cardados, la cresta de Tormenta, el estilo jock de Cíclope, ¡las hombreras de Jean Grey! Todo aderezado por una lluvia de cassettes, juegos Arcade y cuero, cortesía de Quicksilver), sino también a la historia, más simple y desenfadada, prácticamente ajena a la evolución que el género de superhéroes está experimentando en los últimos años.

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Lejos de innovar, el argumento de X-Men: Apocalipsis presenta la clásica trama con villano megalómano que amenaza con destruir el mundo, una que pasa por todos los clichés narrativos del género como si no se hubiera hecho tantas veces últimamente, y vuelve a caer en el error de la destrucción masiva sin miramientos ni consecuencias (imperdonable a estas alturas). Si se hubiera estrenado unos años antes, quizá su falta de originalidad o novedad no habría llamado tanto la atención, pero la proximidad con Capitán América: Civil War, el listón cada vez más alto y la amenaza de la “superhero fatigue” juegan en detrimento del film. Claro que lo que propone Singer es precisamente un acto de fe, un regreso a la sencillez del género, a las páginas del cómic, que entendamos que lo que Apocalipsis pretende es recuperar esa candidez narrativa de los 80 y los 90, y no le importa nada que su película tenga tantos tópicos, mecanismos narrativos anticuados o elementos camp. Porque esa es la intención, realizar una cinta de mutantes nostálgica de una época dorada del tebeo, una fantasía épica construida casi al margen del Zeitgeist superheroico, es más, con un punto de ironía. Es decir, Apocalipsis no viene a cambiar el género, pero sí ofrece lo que se espera (o al menos todo lo que yo quiero) de una película de la Patrulla-X: espectacular despliegue de acción y superpoderes, personajes imposiblemente molones y lo más importante, diversión.

Y sin embargo, la saga mutante tiene algo que no tienen las películas de Marvel Studios, y que compensa su falta de originalidad: una mayor osadía. Mientras que la calificación PG-13 sirve para coartar a otros blockbustersX-Men: Apocalipsis la aprovecha para desmarcarse del UCM con sorprendentes dosis de violencia gráfica (incluso gore) y lenguaje malsonante. Puede parecer una tontería, pero esto aporta frescura a un género demasiado puritano que promete cambiar después del éxito de Deadpool. Esta actitud más punk no resulta en una película necesariamente más adulta, por supuesto, pero sí menos preocupada por escandalizar o salirse de los parámetros establecidos. El resultado es un híbrido extraño y curioso, una película en cierto modo más infantil que se preocupa menos por los niños pequeños y busca satisfacer más a los niños grandes.

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En cuanto a la historia, no hace falta complicarse demasiado para explicarla, ya que lo que tenemos aquí es cinecómic clásico. El eslabón más débil de Apocalipsis es su villano titular, interpretado por Oscar Isaac. El talentoso actor hace lo que puede para sacar adelante a un personaje más bien plano y desdibujado, intentando transmitir con la mirada y la boca, pero su interpretación queda sepultada por los kilos de maquillaje y látex de una caracterización demasiado cutre incluso si tenemos en cuenta el factor camp del que hablaba antes. Afortunadamente, Apocalipsis no tiene tanto En Sabah Nur como cabía esperar. Su amenaza está presente durante toda la película, pero esta se centra más en Magneto, Xavier y los mutantes ‘modernos’, por un lado con la formación de los Jinetes del Apocalipsis (con el villano manejando los hilos desde la sombra) y por otro con los jóvenes mutantes en la Mansión X, estudiantes aprendiendo a controlar sus superpoderes. En este sentido, Singer vuelve a acometer una empresa imposible (y ya normativa en el género): barajar multitud de tramas y personajes que, por muy bien que se haga, acabarán resultando en saturación. Sin embargo, X-Men: Apocalipsis está contada de manera más fluida y consistente de lo que cabía esperar, reduciendo la fragmentación con transiciones coherentes que aportan mayor unidad narrativa y muy buen ritmo. Por el lado malo, el exceso de frentes abiertos obliga de nuevo a que algunos personajes queden relegados a un segundo o tercer plano (Júbilo no es más que una extra), a que otros estén infra-caracterizados (la Mariposa Mental de Olivia Munn es muy contundente, pero también muy plana) o a eliminar escenas que habrían ayudado a que la historia se airease y conociéramos mejor a los novatos, como la del centro comercial, de la que incluso habíamos visto alguna foto oficial, y cuya ausencia del montaje final nos priva de más momentos de descanso y el más-o-menos-cameo de Dazzler. Muy mal, Fox.

Dejando a un lado estos problemas, X-Men: Apocalipsis sigue en la línea de las dos anteriores entregas del reboot mutante. El humor continúa siendo muy importante y no se considera un signo de debilidad, y la película vuelve a tener una gran carga emocional, de la que se saca el mayor partido gracias a su magnífico reparto de talentos interpretativos, que como ya dijimos con respecto a DoFP, no se ‘relajan’ porque sea una de superhéroes. Michael Fassbender, James McAvoy y Jennifer Lawrence vuelven a conseguir que lo exagerado y rocambolesco de la historia funcione, levantando escenas que en manos de otros habrían caído en el ridículo. El Quicksilver de Evan Peters tiene otra secuencia épica (quizá demasiado parecida a la de DoFP pero igualmente impresionante) y además esta vez está más implicado en el argumento, protagonizando algunos de los mejores momentos cómicos de la película. Moira, interpretada por la fantástica Rose Byrne, tiene mucho peso en la historia y lo mejor es que, a pesar de no ser mutante, no sobra nada de ella. Y por último, las nuevas incorporaciones de Apocalipsis no podrían ser más acertadas: Alexandra Shipp destaca especialmente como Tormenta (el Jinete más definido como personaje), Tye Sheridan clava al Cíclope versión teenage angst, Kodi Smit-McPhee es toda una revelación presentándonos contra todo pronóstico a un entrañable y gracioso Rondador Nocturno y Sophie Turner (y sus hombreras) encandila como Jean Grey, dejándonos uno de los momentos sin duda más satisfactorios y catárticos para los fans, que augura un futuro muy interesante para la saga. Todos ellos se reúnen y prosperan como grupo bajo el amparo de Charles Xavier, cuyo sueño para ese futuro (una Mansión-X en la que convivan mutantes y humanos) recupera un tema en el que, tristemente, en esta ocasión no se profundiza demasiado.

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X-Men: Apocalipsis no es la película de superhéroes perfecta, pero sí es una entrega de X-Men muy sólida, cargada de grandes emociones, imágenes diseñadas para humedecer al geek (¡culpable!), regalos al espectador en forma de cameos (el de Lobezno es breve pero brutal, y sirve para abrir boca de cara a su tercera película, Rated-R) o guiños meta (afortunadamente nada excesivo o fuera de lugar) que harán las delicias de los fans (atención al ataque a X-Men: La decisión final) e interacciones entre personajes que demuestran que, a pesar de todo, Singer sabe que lo más importante es no descuidar sus relaciones y motivaciones (ojalá pudiera decirse lo mismo del villano). Quiero creer que Apocalipsis habría gustado más en general si no hubiera llegado tan cerca de Civil War y Batman v Superman, y si no estuviéramos tan preocupados comparando y tratando de encontrar la fórmula perfecta del cine de superhéroes, en lugar de dejarnos llevar por lo que esta película en concreto propone: diversión exagerada, comiquera e iconoclasta. La siguiente película de la Patrulla-X transcurrirá en los 90. Espero que para entonces, Singer vuelva a darle más importancia a los temas centrales de las anteriores entregas de la saga (identificación mutantes-personas LGTB/minorías y los problemas de identidad de los héroes) para seguir avanzando el discurso, hacer evolucionar la franquicia y darnos una X-Men que no solo sea un gran estallido pop como esta, sino también una cinta de superhéroes más trascendental.

Nota: ★★★★

Supergirl: ¡Pelea como una chica!

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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es un hombre? ¡No! Ninguna de las tres cosas. Es una mujer, o mejor dicho, una chica. Es Kara Zor-El, alias Kara Danvers (casi Carol Danvers), más conocida en el universo de los cómics DC como Supergirl, la prima del Hombre de Acero. Kara es la protagonista de uno de los estrenos televisivos más esperados de este otoño, una serie que viene a llenar un importante vacío en el panorama superheroico actual. La primera serie en 40 años protagonizada por una superheroína. Que se dice pronto.

Desde los 90, no es raro ver a una mujer o a una adolescente como protagonista de su propia serie, especialmente dentro del tradicionalmente masculino género fantástico. Xena, Buffy, Sydney Bristow o Veronica Mars allanaron el camino para que otras heroínas poblaran la televisión. A día de hoy, una mujer puede protagonizar una serie sin que su posible fracaso sea achacado o relacionado a su género. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo en el cine. Estamos en 2015 y los grandes estudios todavía no se “arriesgan” a colocar a una mujer en el centro de sus superproducciones. Warner Bros. aseguró hace unos años que no iba a hacer más películas protagonizadas por mujeres (qué vergüenza), la muy feminista Mad Max: Furia en la carretera tuvo que venderse como una película de hombres, cuando es casi al 100% de y sobre mujeres, y el éxito de Lucy se ve como un caso aislado. Cómo no, los fracasos pesan más. Al filo del mañana lo tenía todo para triunfar, pero no cumplió las expectativas, y por supuesto, nadie olvida los batacazos de ElektraCatwoman. Pero, ¿cuántas superproducciones protagonizadas por hombres fracasan al año sin que nadie se plantee dejar de hacerlas?

Y esto nos lleva al género de superhéroes, que este año se está tomando una suerte de descanso en el cine (no lo parece, ¿verdad?) para estallar en 2016 con un bombardeo de estrenos sin precedentes. Curiosamente, el cine va varios pasos por detrás de la tele en cuanto a representación de género, orientación sexual y raza. De ahí que aun no hayamos tenido una película de superhéroes protagonizada por una mujer dentro de la nueva era del cinecómic (Wonder Woman y Capitana Marvel llegarán en 2017 y 2019 respectivamente para ver si es posible cambiar el panorama). Pero es que en lo que respecta a este género, no hay tanta diferencia entre ambos medios.

Marvel Television se ha puesto antes las pilas. Tenemos a la estupenda Peggy Carter protagonizando su propia serie, Agent Carter, un perfecto alegato feminista que por desgracia no tiene mucha audiencia, a los Agentes de S.H.I.E.L.D., con gran representación femenina dentro de sus filas (Daisy es casi la protagonista de la serie, y May, Simmons y Morse son personajes bien desarrollados y de gran presencia) y muy pronto a Jessica Jones protagonizando su propia serie en Netflix. En la facción televisiva de DC la cosa va un poco peor en este sentido: Arrow, The Flash, Gotham y próximamente Legends of Tomorrow son series protagonizadas por héroes masculinos. En definitiva, las superheroínas televisivas actuales tienen que conformarse con secundar al héroe titular o formar parte de un elenco coral. Al menos hasta la llegada de Kara Danvers.

Supergirl

Supergirl es una serie feminista, y así es como se presenta al público en su piloto, una origin story en toda regla en la que las mujeres ocupan un lugar muy destacado (aquí, ellos son los que desempeñan el rol de “chico de” o “amigo de”). En la serie convergen cuatro líneas principales, y en las cuatro nos encontramos a una mujer: Kara, su hermana Alex Danvers (Chyler Leigh), Cat Grant (Calista Flockhart), fundadora del conglomerado multimedia CatCo, y la sorprendente (o no) villana de la función, que redactamos para no hacer spoilers. Supergirl es muy consciente de su papel y su responsabilidad en la sociedad, y así lo deja caer en su piloto: Con Kara, las niñas ya tienen una superheroína a quien admirar, un modelo a seguir. La serie no esconde su naturaleza femenina para no espantar al público alérgico a la acción protagonizada por mujeres (ese público que rechaza la nueva Cazafantasmas por sistema o comparaba despectivamente el trailer de Supergirl con el falso trailer de la comedia romántica de la Viuda Negra). Supergirl está orgullosa de ser una serie superheroica protagonizada por una chica. Y esa chica aprende en el piloto que no hay nada malo en ser eso, una chica. Una lección que se apoya indirectamente en aquella magnífica campaña publicitaria de Always, #LikeAGirl y que viene a decirnos a todos que para ocupar el lugar de un hombre, una mujer no tiene por qué actuar como él (gracias por todo, Joan Holloway).

“El mundo te necesita, Kara”.

Ese es el mayor acierto de Supergirl, haberse mantenido fiel a la naturaleza del personaje y no haberlo transformado en lo que no es. Kara Danvers es una chica joven buscando su lugar en el mundo, tiene intereses románticos, es coqueta, femenina, y ha optado por conservar la falda (y también la capa, por cuestiones “aerodinámicas”) en su uniforme de superheroína. No es un personaje sexualizado para satisfacer al público masculino, pero tampoco asexual. Kara es lo que es, la representación paradigmática de un tipo concreto de chica (una que lucha por hacerse hueco entre rudos y carismáticos héroes musculosos sin sacrificar su identidad), una “super chica”. Y en este sentido, Melissa Benoist encaja como anillo al dedo en el personaje. Enérgica, awkward, un poco atolondrada (como la Buffy de las primeras temporadas, Kara habla como si le faltara un hervor), y con un punto de adorabilidad que hará temblar a Zooey Deschanel. Benoist no es muy buena actriz (todavía), pero sí es una Kara Danvers perfecta.

Y a pesar de todo lo expuesto anteriormente, el piloto de Supergirl no llega a ser gran cosa en ningún momento, quedándose en simple prima de Smallville. Se agradece lo que esta serie supone para el género, pero se echa de menos un resultado a la altura de la ocasión. Al final, Supergirl es lo mismo de siempre, una historia de orígenes altamente formulaica y más bien sosa en la que todo ocurre tal y como se espera, en la que los giros se ven venir a la legua, los diálogos están calcados del resto de series y películas de superhéroes y los temas resultan demasiado rutinarios (la identidad secreta, la responsabilidad superheroica, la manipulación de los medios para que la “justiciera” parezca una amenaza…). Y es que la historia de Kara Danvers por ahora es prácticamente igual que la de su primo.

La factura de la serie está por encima de la media (la secuencia del avión es de lo más espectacular que hemos visto nunca en una ficción televisiva), como adaptación engloba el espíritu y los ideales de Superman mucho mejor que El hombre de acero (Kara sí hace honor al emblema de su familia), y sus intenciones son más que loables, como ya hemos visto. Pero lo que hay en juego requiere un poco más de esfuerzo y creatividad por parte de las personas detrás del proyecto, y no otra producción de Greg Berlanti que encajaría mejor en la parrilla de la CW (alerta peligro “serie de planchar”). Puede que esperase demasiado de ella, y demasiado pronto, pero sigo pensando que Supergirl podría volar muy alto si se lo propusiera. Necesitábamos esta serie, ahora necesitamos que sea buena.

Daredevil: En los callejones oscuros de Marvel

Daredevil Matt Karen

A estas alturas, pocos quedaréis por ver la primera serie de Marvel Studios para NetflixDaredevil. Su primera temporada se estrenó íntegra el pasado 2 de abril, 13 episodios que muchos devoraron ese mismo fin de semana y otros hemos dosificado a nuestro antojo (o según nos permitían nuestros horarios). Lo mejor de todo es que Daredevil es una serie idónea para ambas cosas. Se presta al binge-watching con una trama única y arcos de personajes para toda la temporada, pero también es una ficción pausada, un relato que se cuece a fuego lento e invita a ser saboreado con sus tiempos de reposo entre episodios. Lo que está claro es que, no importa cómo la hayamos visto, la impresión generalizada es positiva y el clamor popular dice que ya era hora de que tuviéramos una serie de superhéroes para adultos.

Porque Daredevil llega al panorama televisivo con la intención de desmarcarse de sus compañeras y rivales catódicas de Marvel y DC, para acercarse más a la ficción televisiva de calidad y sin censura (ojo, no son sinónimos) que podemos encontrar en las cadenas de pago. Prácticamente todas las series basadas en cómics actualmente en antena poseen un aire juvenil, y se encuentran en canales cuya programación está encorsetada dentro de unas normas inquebrantables, o bien orientada al público adolescente, como es el caso de CW. Agents of S.H.I.E.L.D., Arrow o The Flash funcionan bien, pero no dejan de ser pasatiempos ligeros (nada de malo en ello, que conste). Incluso Gotham, que en teoría es la más oscura de todas, es también con diferencia la más infantil.

Daredevil se adentra en las sombras del Universo Cinemático de Marvel para explorar, pero de verdad, los grises morales de sus personajes y el entorno en el que se desenvuelven, sin miedo a encontrarse con el mismísimo rostro del diablo en los callejones de Hell’s Kitchen, y aunque tiene bastante humor, es la seriecómic más nolanizada del momento (al fin y al cabo Daredevil es el Batman de Marvel). El MCU se caracteriza por ser luminoso y colorista, y también por no empujar sus historias hasta las últimas consecuencias. Las muertes no son definitivas, la violencia está muy estilizada y digitalizada, y los villanos suelen ser más operísticos que reales. Esto no ocurre en Daredevil, principalmente porque cuenta con 13 horas para edificar una parcela de ficción con muchos menos elementos que conjugar y construir unos personajes más complejos (hasta tiene tiempo para desarrollar toda una mitología alrededor del traje, cosa que en el cine suele quedar obligatoriamente como algo más anecdótico). Y también porque transcurre muy al margen de la continuidad del UCM, a pesar de que la Batalla de Nueva York es utilizada para explicar la decadencia del micro-universo de Hell’s Kitchen.

Wilson Fisk

Los 13 episodios que conforman la primera temporada de Daredevil están organizados como un primer capítulo dentro de la trayectoria del héroe enmascarado -y con el transcurso del relato, también de su archienemigo. Es decir, estamos ante una origin story, un Año Cero del superhéroe de Marvel, su nacimiento. Hasta el último capítulo de la temporada no lo vemos enfundado en su traje, como tampoco oímos su alias superheroico definitivo. Daredevil es la historia de Matt Murdock (Charlie Cox), de cómo un abogado ciego con infancia traumática (los flashbacks están muy bien dosificados) y una relación complicada con la fe se convirtió en el Hombre de Negro (temerario ninja en spandex) o el Demonio de Hell’s Kitchen, azote enmascarado de la mafia (qué mal parados salen los rusos y los chinos). Paralelamente, la serie va otorgando cada vez más protagonismo a Wilson Fisk (Vincent D’Onofrio), hasta llegar a un punto en el que Daredevil es la serie de Murdock y Fisk, la historia de cómo dos hombres atrapados por su pasado escogen caminos opuestos. Claro que lo más interesante de Daredevil es que, aunque Murdock esté configurado como el héroe y Wilson como el villano, la senda del bien y del mal se cruza continuamente en la serie, haciéndonos ver a estos personajes como seres humanos reales, decididamente ambivalentes, en la tradición de la quality television.

Daredevil es una serie de hombres (que no “para hombres”). Aunque hay personajes femeninos importantes y mujeres fuertes (Madame Gao, Vanessa), estas se mantienen más bien en segundo plano, mientras Matt Murdock y Wilson Fisk comparten el centro del escenario. Las dos mujeres de Matt son pilares esenciales de su vida, pero su peso narrativo es mucho menor del que me hubiera gustado: Karen Page (fantástica Deborah Ann Woll) protagoniza un arco secundario importante para la trama pero algo descolgado de la serie y Claire Temple está bastante desaprovechada. Claro que todo apunta a que Karen estará más involucrada en el mundo de Daredevil en la próxima temporada, y esperamos ver más a Rosario Dawson, porque si bien la historia va encaminada al emparejamiento de Matt y Karen, es con Claire con quien el protagonista tiene esa química animal que nos gusta ver en pantalla.

Daredevil Matt Claire

Como hemos dicho, el humor también forma parte de Daredevil. El alivio cómico oficial de la serie es Foggy Nelson (Elden Henson), el compañero de Matt en la universidad con el que funda el bufete de abogados Nelson & Murdock (“Avocados at Law”), punto de partida de la historia. Foggy y Karen llevan el peso del bufete, y por tanto de la trama secundaria que sustenta Daredevil, mientras Murdock está fuera defendiendo la ciudad de malhechores y montándoselo con la enfermera (la serie explora con acierto la vertiente donjuanesca de Murdock, así como también potencia el escultural físico de Cox, en la tradición objetivadora masculina más reciente de Marvel). La amistad entre el nerd y la chica de sus sueños aporta la luz a un relato eminentemente sombrío, contribuyendo a evitar que la serie caiga en las redes de la autoindulgencia y la pomposidad afectada de otros productos similares.

A pesar de suponer una desviación dentro del UCM y de las series de superhéroes en general, Daredevil recorre todos los lugares comunes del género y visita los temas clásicos del mito del “vigilante nocturno”, incluyendo la chica que se enamora del héroe sin saber que trabaja con él o el punto de inflexión en el que los medios reconfiguran al justiciero como el enemigo, como una amenaza para la ciudad. Pero afortunadamente, la serie sabe manejar estos elementos desde una perspectiva más madura. Por ejemplo, su uso de los medios de comunicación se acerca más al entramado que podemos ver en House of Cards que a la caricatura de Spider-Man. Como decíamos antes, en Daredevil se siente más el peligro, y esto ocurre, entre otras razones, porque no evita mostrar las verdaderas consecuencias del “juego” de poder que tiene lugar en la ciudad.

Y es que si por algo llama la atención sobre todo Daredevil es por su representación de la violencia, sin duda la más gráfica y explícita que hemos visto en un producto audiovisual de Marvel. La influencia de los cómics de Frank Miller se hace palpable en todo momento. Daredevil no tiene problemas en mostrar desmembramientos y decapitaciones, o sangre brotando a borbotones. Hay dos escenas en concreto que han pasado a la posteridad catódica por su brutalidad. En primer lugar el salvaje asesinato de uno de los matones rusos (Anatoly) a manos de su jefe, Wilson Fisk, que golpea repetidamente su cabeza con la puerta del coche hasta aplastarla y separarla de su cuerpo, como arrebatado por un terrorífico trance psicótico; sin duda la escena con la que el espectador conoce hasta dónde está dispuesto a llegar el villano, y también la serie. Y en segundo lugar, el icónico combate en el pasillo del segundo episodio, un impresionante plano secuencia prolongado que ha despertado lógicas comparaciones con Oldboy The Raid. No cabe duda de que Daredevil está fuertemente influenciada por el cine oriental, desde la figura del sensei (también ciego) y el entrenamiento de corte espiritual al que se somete el héroe, a las vertiginosas coreografías con grandes dosis de artes marciales. Sin duda, la sofisticación de la violencia y el virtuosismo con el que se llevan a cabo los combates cuerpo a cuerpo en esta serie hacen que la ficción televisiva alcance un nuevo nivel en cuanto a las escenas de acción.

Daredevil traje

Detrás de Daredevil nos encontramos un nombre conocido, Drew Goddard, segundo de abordo de Joss Whedon (que ha enchufado a todos sus amigos y familiares en Marvel) y director de La cabaña en el bosque. Goddard fue uno de los guionistas de Angel, el spin-off de Buffy, cazavampiros, y no es de extrañar que en Daredevil nos encontremos con motivos parecidos, coincidencias argumentales entre ambas series y sobre todo formas similares de plasmarlo en pantalla. Por ejemplo, el equipo formado por Matt, Foggy y Karen y su dinámica interna nos recuerda a la formación original del Angel Investigations, y los dilemas existenciales de Murdock son análogos a los de Angel: la delgada línea entre el bien y el mal que define su “trabajo”, la necesidad de mantenerse alejado de una tentación para no volverse malo (Murdock evita matar para no caer definitivamente al lado oscuro). Los fans de la serie de Joss Whedon encontrarán un aliciente extra en Daredevil, aunque no será porque haga falta.

Daredevil es un producto televisivo muy cuidado en todos los aspectos, una serie clásica en sus planteamientos, pero muy novedosa y excitante en el contexto actual de Marvel. Un noir bien hecho, con un protagonista muy convincente (Charlie Cox es el Matt Murdock perfecto) y un antagonista que ha supuesto una auténtica revelación (he de confesar que Fisk me aburría soberanamente al principio y no soportaba sus escenas y diálogos a “cámara lenta”, pero me fue agarrando con el tiempo). Conforme la serie avanza, y sobre todo durante su emocionante recta final, nos atrapa en el centro de una fascinante batalla de poder que apenas acaba de empezar, y nos invita a perdernos en los vericuetos más oscuros y escabrosos del Universo Marvel, algo que en estos momentos solo podía ocurrir en televisión.

Crítica: El hombre de acero (Man of Steel)

Las calzonas rojas llevan tiempo siendo el mayor sambenito del superhéroe por antonomasia. Superman es quizás el mito más importante de la historia de los tebeos y la cultura popular. Sin embargo, su imagen fuera de los cómics ha estado subyugada por el peso de lo camp. La película que Richard Donner realizó a finales de los 70 es sin lugar a dudas un clásico del cine de aventuras, pero el tiempo no perdona, y todo ha quedado terriblemente desfasado, siendo únicamente salvable por la todopoderosa nostalgia de la generación que controla la cultura en estos momentos. La revisión llevada a cabo por Bryan Singer hace apenas 7 años no contribuyó precisamente a que Superman alcanzase el estatus del que sí ha gozado en el universo gráfico. Es por ello que se hacía necesario borrar cuanto antes el recuerdo de aquel filme con un reboot más acorde con el siglo XXI. En El hombre de acero (Man of Steel), la nueva aproximación al mito de DC, las calzonas rojas por encima de las mallas azules han desaparecido. Una arriesgada, criticada, pero sobre todo necesaria y acertada decisión que es a su vez toda una declaración de intenciones.

El Superman de Zack Snyder es una puesta a punto según los cánones del cine de acción actual. El responsable de otras adaptaciones comiqueras como 300 y Watchmen era a priori una elección lógica para ponerse al timón de un proyecto de esta envergadura. El mito debía ser reconfigurado por alguien que no lo entendiese únicamente como “el tebeo que leía con una linterna debajo de la sábana cuando era pequeño” -la nostalgia es tan reconfortante como peligrosa. El punto de vista de Snyder, y el guionista David S. Goyer (Blade), es inequívocamente adulto, pero solo en apariencia. No nos engañemos, el cine de Snyder no destaca precisamente por ser un prodigio de la narración. Lo suyo es más bien pornografía digital y sobre-estilización de la violencia. Poco más. Esto lo sabían los de Warner Bros., claro está, y por eso se aseguraron de que Christopher Nolan, que ha contribuido enormemente a dignificar el cine de superhéroes con su trilogía El caballero oscuro, supervisase al loco de Snyder. El resultado es una cinta que fluctúa entre la seriedad -o total ausencia de sentido del humor, según se mire- de Nolan y el espectáculo vigoréxico propio de Snyder.

El hombre de acero hace hincapié en el carácter mesiánico del mito, y por lo tanto se construye como una historia de génesis en la línea de Batman Begins pero sin el exceso de autoimportancia de aquella. En esta película, Kal-El tiene 33 años, y llegó del cielo con la misión de llevar la paz y el entendimiento al mundo, aunque esto suponga su sacrificio. Y Henry Cavill, británico que resulta totalmente creíble diciendo “soy de Kansas, no puede haber nada más americano”, siempre ha llevado en la piel el símbolo kryptoniano de la esperanzaSu mentón, sus profundos y amables ojos azules, sus exuberantes pectorales y esos hombros capaces de aguantar el peso de este y otros mundos, nacieron para interpretar a este personajeClark Kent es un granjero cachas y peludo de gran corazón, es casi una ilustración de Tom of Finland, y sobre todo un héroe mucho antes de enfundarse el traje y la capa. Superman -o más bien Kal-El- es una extensión de este hombre, no tanto un alter ego. Kent se afeita (¿cómo si no vamos a ver el característico hoyuelo de Superman?) se repeina (no hay caracol, por suerte) y se convierte en el héroe que todos conocemos, o en una versión algo más digna de él. Kal-El cumple el sueño de su padre biológico, Jor-El (Russell Crowe), convertirse en “lo mejor de ambos mundos” (como Hannah Montana), y el de su padre adoptivo (Kevin Costner), ser libre de elegir su destino. Es el superhombre paradigma de lo supermoral. Sin embargo, Snyder es incapaz de extrapolar el carácter humano del personaje a su película, y la desmesurada acción acaba sepultando cualquier atisbo de reflexión o introspección.

El hombre de acero es el impresionante, épico y ensordecedor espectáculo que todos esperábamos, para contar una vez más la historia que todos conocemos -reordenada sensatamente para resultar más verosímil, aunque duela a los más puristas. A pesar de la gran labor de casting, las correctas caracterizaciones, y la gran presencia de Russell Crowe y Michael Shannon, las relaciones y conflictos entre personajes se quedan en la superficie, y el talento de estos actores no se aprovecha como debería -esperemos que para la secuela Amy Adams se despierte. Llega un momento de El hombre de acero en el que los personajes se diluyen por completo en una montaña rusa de acción mareante, efectos digitales (a la altura de la gran ocasión), violencia extrema sin apenas una gota de sangre derramada, y sobredosis de explosiones y destrucción masiva. El prolongadísimo y frenético tramo final genera hasta tres clímax diferenciados tan espectacularmente ejecutados como agotadores, y para entonces ya nos hemos olvidado de lo que Snyder y Goyer nos quieren contar, si es que de verdad nos quieren contar algo. El hombre de acero no es ni de lejos fallida, solo excesiva y descontrolada. Un sci-fi grandioso y titánico. Pero sobre todo un blockbuster de acero que logra exactamente lo que pretendía: convertir a Superman en un héroe de nuestro tiempo.