Crítica: Isla de perros, la nueva obra de arte stop-motion de Wes Anderson

isla-de-perros-1

GUAU, hacen los perros… y GUAU, hacen los espectadores al terminar Isla de perros (Isle of Dogs), la última película de Wes Anderson (El Gran Hotel Budapest). Esa onomatopeya es la única manera posible de expresarse tras el cúmulo de emociones atropelladas que se sienten ante las aventuras y desventuras de la patrulla canina más cool de la historia.

Una epidemia de gripe canina asola la ciudad de Nagasaki. Moquillo, mal genio, ladridos a todas horas y algún que otro mordisco donde no se debía. Los perros están desbocados. Ante tamaña crisis animal, y con cierto miedo a que la enfermedad se transmita al ser humano, el alcalde de la urbe dictamina la prohibición y el consiguiente exilio de todos y cada uno de los perros. Tanto mascotas como callejeros, todos los cánidos pasarán sus últimos días aislados en una isla colindante que hasta el momento había hecho las veces de basurero municipal. ¡Fuera pulgosos de nuestras vidas! ¡Larga vida al mundo gatuno! Pero como es normal ante este tipo de soluciones drásticas, las voces rebeldes no tardan mucho en aparecer y sus protestas, aunque no multitudinarias, se suceden. Por otro lado tenemos a Atari, un pobre chaval que lo único que quiere es recuperar a su perro desaparecido sea como sea.

Después de maravillar al gran público con El Gran Hotel Budapest y de llevarse unos cuántos premios de la Academia por el camino, Wes Anderson opta por una opción bastante arriesgada: volver al stop-motion. Aunque la decisión más fácil hubiese sido completar la trilogía aventurera formada por Moonrise Kingdom y El Gran Hotel Budapest, Anderson vuelve al terreno donde nos había entregado su mejor y más completa obra fílmica: Fantástico Sr. Fox.  Ni el despiporre de Los Tenenbaums: Una familia de genios, ni mucho menos la sobrevalorada Moonrise Kingdom. Hasta la fecha, esa bonita traslación del relato de Roald Dahl era la joya de su filmografía. Es necesario recalcar ese hasta la fecha, porque hoy es el día en que todo cambia. Ese altísimo nivel ha sido superado con Isla de perros. En esta epopeya canina, Anderson alcanza unas cotas de belleza absoluta que nos sume en un síndrome de Stendhal inaudito. La preciosidad del film es inigualable, desde los increíbles diseños de personajes y sus graciosas animaciones, hasta un cuidadísimo guión, repleto de buenos sentimientos y mil y una referencias cinematográficas de altura.

Sin huir de su característico mundo de fantasía, Anderson adopta una postura combativa a la que no nos tenía acostumbrados. Isla de perros es una poderosa metáfora de la situación actual que se vive en el Primer Mundo ante la realidad de la inmigración. No es difícil encontrar similitudes entre la manipulación informativa y gubernamental con la que se trata la epidemia perruna en la película con las conservadoras propuestas del régimen de Donald Trump ante los no caucásicos o el propio caso del Brexit. Aunque lejos de ahondar en la epidemia alt-right como sí está haciendo otro tipo de productos audiovisuales (Homeland, The Good Fight), Anderson decide no complicarse demasiado y opta por la colocación de un villano más o menos tradicional.

isla-de-perros-2

Al igual que en sus películas con seres humanos de carne y pelo, el director ha sabido rodearse de un sinfín de caras (o voces) conocidas para dar vida a los perretes. Estrellas como Bryan Cranston (Breaking Bad), Liev Schreiber (Spotlight), Jeff Goldblum (Parque Jurásico) y, cómo no, dos rostros habituales de su cine: Edward Norton (Birdman) y Bill Murray (Lost In Translation) interpretan a unos perros con más carisma que Rin Tin Tin. Pero si alguien se lleva el gato al agua (¿alguien ha dicho gato?) esa es Scarlett Johansson (Under the Skin). Su interpretación vocal de Nutmeg, la perra modelo multidisciplinar, transmite a la perfección la esencia del cine de Anderson. Esa mezcla entre cool y resabidillo, de estar de vuelta y seguir siendo extremadamente gracioso. Todo con un deje y una cadencia sensual perfecta, marca Johansson. La Academia debería enmendar el error (o el vacío legal) de Her y nominarla este año. Igualmente geniales y tremendamente graciosas son las participaciones más anecdóticas, pero completamente robaescenas, de F. Murray Abraham (Amadeus) y Tilda Swinton (Solo los amantes sobreviven), otra musa andersoniana.

Isla de perros es un hito cinematográfico de esos que no ocurren todos los años. Una de esas cintas con las que la palabra delicia no hace méritos. Una verdadera obra de arte.

David Lastra

Nota: ★★★★★

Crítica: La vida de Calabacín

El cine de animación proporciona a sus creadores un lienzo en blanco en el que todo es posible, donde cualquier cosa imaginable se puede hacer realidad. Muchos utilizan la animación para dar vida a mundos increíbles y criaturas fantásticas, para contar cuentos maravillosos o asombrar a los niños de todas las edades con visiones espectaculares. Otros optan por reflejar la realidad mundana e ir más allá del mero entretenimiento. El cine de animación es tradicionalmente asociado al público infantil, pero siempre ha habido cineastas que han utilizado esta forma de expresión para contar historias más adultas, dramas humanos como La tumba de las luciérnadasCuando el viento sopla Animalisa, por nombrar unas pocas. Aunque su propuesta no llega a los confines del melodrama o la tragedia de los títulos citados, La vida de Calabacín (Ma vie de Courgette) viene a sumarse a esta lista, con una obra de rebosante emoción e inteligencia que los adultos apreciarán de forma especial y que ha sido reconocida por sus numerosos galardones y una merecida nominación al Oscar a mejor película de animación.

Dirigida por Claude Barras a partir de la novela de Gilles Paris Autobiographie d’une courgette, La vida de Calabacín está realizada mediante la técnica del stop-motion (la misma de Kubo y las dos cuerdas mágicas, con la que comparte categoría en los Oscar), utilizando simples escenarios y “marionetas” de plastilina para crear el mundo de su protagonista, un dulce niño de 9 años apodado Courgette (Calabacín) con una tumultuosa vida interior. Tras la repentina muerte de su madre, una mujer abandonada a la televisión y el tabaco que no prestaba atención a su hijo, Courgette va a parar a la comisaría, donde se hace amigo de Raymond, un amable policía que lo acompaña a su nuevo hogar de acogida, en el que conocerá a otros huérfanos de su edad. La vida de Calabacín nos narra el proceso de adaptación del niño a su nuevo entorno y a la ausencia de su madre, encontrándose inicialmente con un ambiente hostil y teniendo que lidiar con una nueva familia a la que cuesta abrir su corazón. Pero con la ayuda de Raymond y los adultos que trabajan en el centro, Courgette aprenderá a confiar en ella, por muy rota que esté y extraña que sea, y así vivir su nueva realidad.

A pesar de su estética preescolar, La vida de Calabacín no es una película infantil. Aunque sí es una película sobre la infancia con inclinación pedagógica que los niños pueden ver (bajo supervisión de un adulto, ya que contiene temas e imágenes que pueden ser consideradas demasiado oscuras para determinadas edades). En ella, Barras lleva a cabo un retrato de la niñez muy honesto, cargado de emotividad e inocencia pero sin sentimentalismos o remilgos, abordando temas que podrían resultar escabrosos con absoluta naturalidad, poniéndose a la altura del niño para ver el mundo desde sus ojos y, por tanto, tratando a la audiencia más joven con el respeto que merece. La vida de Calabacín está llena de vida, y esta se refleja en los ojos de Courgette y los maravillosos niños del orfanato, cuyas miradas de plástico dicen mucho más que todas las palabras (ver el plano debajo de este párrafo, el que resume mejor la elocuente sencillez y profundidad psicológica de la película). Utilizando sabiamente las traumáticas experiencias de cada uno de ellos para formar sus caracteres y forjar sus relaciones, el film dibuja personajes impresionantemente reales, lo cual resulta especialmente llamativo teniendo en cuenta de que se trata de caricaturescos muñecos de plastilina.

Junto a Courgette y sus nuevos amigos nos adentramos en un entrañable universo de descubrimiento, no exento de dolor y crueldad, pero optimista y profundamente conmovedor (la punzada en el corazón cada vez que Béatrice sale gritando “Mamá” cuando oye un coche acercarse al orfanato es real), donde observamos a los pequeños enfrentándose a la soledad, la amistad, el amor, el miedo y la sexualidad en experiencias que definirán su personalidad y los ayudarán a ver posible un futuro feliz. La vida de Courgette es una rareza dentro del cine de animación, un drama íntimo y agridulce que esconde una melancolía arrebatadora bajo su sencillez de colores pastel y nos habla con gran sutileza y delicioso sentido del humor sobre la infancia (su vulnerabilidad, su fortaleza y capacidad de adaptación) y la familia. En definitiva, una pequeña gran joya del cine reciente.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: El Principito

el-principito-3

“Crecer no es el problema, el problema es olvidar”

Hay obras universales que, además de sagradas, son complicadísimas de adaptar. Por eso, a la hora de hacer una película de El Principito no solo hay que ser valiente, sino también tener una buena idea y ejecutarla correctamente para hacer justicia al material. Mark Osborne, director de Kung Fu PandaBob Esponja, se atrevió a llevar al cine de animación el cuento eterno de Antoine de Saint-Exupéry, con una idea que resolvía bien la papeleta de traducir al lenguaje cinematográfico las palabras del autor francés: la película cuenta la historia de una niña que se muda con su madre a un nuevo barrio, y descubre que su vecino es el mismísimo Saint-Exupéry, con el que entablará una bonita amistad que la llevará a descubrir el maravilloso mundo del Principito y el Aviador. Es decir, la película no es una adaptación directa del libro, sino una nueva historia sobre el poder que ejerce el libro en las personas.

Para llevar a cabo este planteamiento, el film fusiona animación digital en 3D y stop-motion. La primera para dar forma al gris y cuadriculado mundo de la protagonista, una niña con desbordante imaginación (o sea, una niña normal) enjaulada por las normas y los planes de futuro de una estricta madre que le obliga a crecer demasiado rápido; y la segunda para dar vida a las páginas del libro y salpicar la película de fragmentos del mismo, transformados en coloridas y preciosas imágenes de papel cargadas de lirismo. En sus escenas digitales, la animación de la película no tiene la sofisticación visual de Pixar o Dreamworks, y sus diseños resultan demasiado convencionales, pero a medida que la historia avanza y el mundo de la niña y el Principito se van fundiendo en uno, la película se vuelve cada vez más hermosa y visualmente sorprendente. Hasta culminar en un conmovedor clímax de belleza arrebatadora en el que el CGI se pone a la altura del stop-motion.

el-principito-2

Osborne trata el libro de Saint-Exupéry con respeto y reverencia, manteniéndose fiel a su espíritu mientras lo traslada a la sensibilidad del cine de animación actualEl Principito es por tanto a la vez un homenaje y una relectura modernizada que, sorprendente y afortunadamente, funciona en ambos aspectos (gracias a su ingenioso guion, muy por encima de la media, y a su riqueza temática). A través de la historia de la niña, el film enhebra un mensaje muy potente sobre el poder de la imaginación y la importancia de recordar que todos fuimos niños, un consistente alegato peterpanesco que capta la esencia del libro y tiene la capacidad de atrapar tanto a niños como a adultos, que la disfrutarán a niveles distintos. Al fin y al cabo, al igual que el País de Nunca Jamás o el País de las Maravillas, el asteroide B-612 es uno de esos lugares imaginarios que todos anhelamos visitar, que nos recuerdan, especialmente a los adultos y sobre todo en esta época de desilusión y conformismo, el deseo de regresar a la infancia. Esto convierte a El Principito en una película idónea para ver en compañía de los más pequeños de la casa, para ponerla a los hijos, sobrinos, alumnos (la cinta esconde un mensaje especial para padres y docentes que hoy en día exigen demasiado a los niños), y compartir con ellos este sentimiento universal.

Quizá El Principito eche para atrás a los más puristas del clásico de 1943, ya que lo adapta de forma muy libre, omitiendo pasajes importantes e inventando alguno que otro nuevo. Sin embargo, Osborne compensa este “sacrilegio” llevando a cabo un homenaje que hasta los más cínicos reconocerán que conserva el espíritu de Saint-Exupéry, una película con corazón que capta y despierta el asombro y el entusiasmo infantil característico de esta obra y otros clásicos de la literatura para niños -que en realidad no son tan para niños. Las imágenes que hay en El Principito tienen el poder de maravillar y, acompañadas del precioso score de Hans Zimmer y las dulces canciones de Camille (que recuerdan a la banda sonora de Los mundos de Coraline), facilitarán las exuberantes emociones que transmite la película (incluida la tristeza), sobre todo durante su arriesgado acto final. Un pasaje que se sumerge de lleno en la ciencia ficción y bebe de BrazilDark City (sí, habéis leído bien) para llevar su mensaje hasta las últimas consecuencias, y si se ha conectado con ella, hacernos llorar como bebés.

el-principito-1

El Principito habla el mismo idioma tanto para los adultos que quedaron cautivados por el libro de pequeños como para las nuevas generaciones. En ambos casos, hoy en día es especialmente difícil ver que “lo esencial es invisible a los ojos”, y la película consigue que despertemos a las maravillas que no sabemos que tenemos delante.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Kubo y las dos cuerdas mágicas

A pesar del monopolio de la animación realizada íntegramente por ordenador, todavía hay quien se empeña en mantener vivo el arte de la animación tradicional, y concretamente del stop-motion, técnica enraizada en los orígenes del cine que vivió una época de esplendor en los 90 gracias a Pesadilla antes de NavidadDesde 2005, el estudio LAIKA se ha dedicado a realizar largometrajes en stop-motion siguiendo el patrón de la película de Henry Selick y se ha ganado la devoción de miles de fans de la animación con su magia artesanal. Su última película, Kubo y las dos cuerdas mágicas, es sin duda el proyecto más ambicioso del estudio hasta la fecha, una obra monumental que no solo es una de las mejores cintas de animación del año, sino también una de las mejores películas de 2016.

Los anteriores trabajos de LAIKA se pueden considerar triunfos cinematográficos en diferentes grados. Coraline y ParaNorman sorprendieron sobre todo por sus singulares propuestas (películas de “terror infantil” con elementos transgresores que se alejaban de la norma), mientras que Los Boxtrolls supuso un pequeño paso atrás al presentar una historia algo más convencional (aunque igualmente brillante en el apartado visual, como todas). Con Kubo y las dos cuerdas, LAIKA remonta el vuelo para alcanzar una mayor sofisticación, tanto visual como narrativa, y dejarnos su obra más redonda, un auténtico regalo para los sentidos que no solo asombra por lo fastuoso y hermoso de sus imágenes, sino también por llegar a un nuevo nivel de épica y emoción para el estudio.

Kubo supone el debut en la dirección de Travis Knight, animador jefe y presidente de LAIKA, y nos traslada a un mágico Japón feudal, donde acompañamos a Kubo en una extraordinaria odisea de fantasía y peligros. Kubo (doblado en inglés por Art Parkinson) es un niño inteligente y bondadoso que vive con su madre enferma en lo alto de una formación rocosa junto al mar y se gana la vida contando historias fantásticas a los habitantes del pueblo de al lado, a los que maravilla con los poderes mágicos de su shamisen, un instrumento que controla el papel y forma figuras de origami con vida propia con las que el niño ilustra sus relatos. La tranquila (aunque atribulada) existencia de Kubo se ve interrumpida cuando las malvadas hermanas de su madre regresan para llevar a cabo una venganza milenaria. El pequeño no tiene más remedio que huir y emprender un viaje junto a dos aliados improbables, Mona (Charlize Theron) y Escarabajo (Matthew McConaughey), con los que se enfrentará a dioses y monstruos y tratará de descifrar el misterio de su familia para desempeñar su destino heroico.

Knight amasa en la película una gran cantidad de referentes del cine asiático, desde las historias de fantasmas como Kwaidan (1964) hasta el J-Terror, pasando por las películas de samuráis y el imaginario de Hayao Miyazaki. El resultado de esta combinación de influencias es una obra impregnada de folclore y tradición desbordantemente imaginativa e impresionante a nivel técnico (qué escenarios, qué fluidez de movimientos), un hito con el que LAIKA casi alcanza la perfección formal. Pero es que más allá de suponer un espectáculo precioso (visual y sonoro, no nos olvidemos de la maravillosa música de Dario Marianelli), Kubo es una película de una sensibilidad enorme, cargada de magia y emoción (y melancolía, como los mejores cuentos infantiles), con la que Knight nos habla de la familia, el legado, la tradición, los recuerdos, y especialmente de las historias. Porque Kubo es, por encima de todo, una historia de historias, un relato sobre el poder de la narración, sobre el proceso de creación y cómo los cuentos y las leyendas sirven para preservar la memoria y guiarnos en el mundo.

Además de ser una cinta aventuras impecable, un film familiar entrañable y con sentido del humor, y de contener algunas de las mejores escenas de acción que se han visto en el cine de animación recienteKubo establece (a través de las cuerdas del shamisen) una importante conexión emocional con el espectador que resulta en una mayor implicación que las anteriores películas del estudio, y culmina en un poderoso clímax que completa el viaje de su bondadoso héroe y legitima sus mensajes y valores. No es una película perfecta, pero sí una obra de arte digna de ser revivida y recordada, que es mucho mejor; un trabajo hecho con corazón (LAIKA lo tiene en las manos), en el que la técnica está al servicio de lo más esencial, lo que da forma a la realidad: la narración.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Crítica: Anomalisa

ANOMALISA

Que una película como Anomalisa exista es un milagro. Y también un síntoma de nuestros tiempos. Sus directores, Charlie Kaufman (la mente prodigiosa detrás de los guiones de Cómo ser John MalkovichAdaptation. Eternal Sunshine of the Spotless Mind) y el animador Duke Johnson, recurrieron a la plataforma Kickstarter para semi-financiar el proyecto. El mecenazgo de los fans hizo posible que Anomalisa saliera adelante, y que las distribuidoras se fijasen en ella. La jugada les salió bien teniendo en cuenta la gran acogida de la película en festivales, las excelentes críticas que ha cosechado, y su presencia en los Oscar 2016 como una de las candidatas a Mejor Película de Animación. El crowdfunding suele resultar en decepción en muchas ocasiones (sobre todo en el ámbito audiovisual), pero esta vez ha facilitado la materialización de un proyecto sobresaliente que de otra manera quizá no habríamos podido ver.

Anomalisa es un film improbable, un drama cómico (o una comedia dramática, al caso es lo mismo) para adultos realizado en animación stop-motion. Basada en una obra de teatro escrita por Kaufman y el compositor Carter Burwell (que por supuesto también firma la hermosa partitura del largo), la película nos deja hurgar en la vida y la mente de Michael Stone, exitoso autor de libros sobre atención al cliente que viaja a Cincinnati para dar una conferencia. Encerrado en su habitación de hotel, Stone atraviesa una crisis existencial (o depresión de mediana edad), atormentado por los errores del pasado, una familia que no le llena lo suficiente y una rutina laboral que lo aplasta. A esto se suma su incapacidad para conectar con los demás, lo que le lleva a ver a todo el mundo con la misma cara y escuchar a todas las personas con la misma voz (trastorno similar a un desorden neuropsiquiátrico real que lleva por nombre Síndrome de Frégoli, que es también como se llama el hotel donde se hospeda). Todo empieza a cambiar con la imprevista irrupción en su vida de Lisa, una “anomalía” que hace creer a Michael que es posible salir de su estancamiento.

nullAl principio, Anomalisa es una película desconcertante, una propuesta bizarra a la que puede costar un poco pillar el punto. Las “marionetas”, fabricadas usando la tecnología de impresión en 3D, tienen un aspecto muy realista que puede resultar algo desorientador (incluso por momentos perturbador), y aunque la idea de que un solo actor (estupendo Tom Noonan) doble a todos los personajes que no son Michael (David Thewlis) o Lisa (Jennifer Jason Leigh) es brillante, y por supuesto esencial para desarrollar la premisa, no deja de descolocar. Pero todo esto forma parte de la experiencia de Kaufman y Johnson proponen, un sueño extraño y surrealista en el que todo acaba teniendo su razón de ser. Poco a poco, Anomalisa se va descubriendo como una historia romántica extraordinaria en su costumbrismo intimista, un retrato profundamente triste y precioso que, al igual que her hace un par de años, se adentra en el enigma de las relaciones, las interacciones sociales y lo que nos hace humanos, para presentárnoslo de la forma más reveladora.

La elección del stop-motion es de todo menos casual, claro. Kaufman utiliza los muñecos para desmontar, literalmente, a su protagonista, y mostrarnos así el engranaje de su mente. Si la película se hubiera hecho con actores de carne y hueso no habría surtido el mismo efecto, no habría resultado tan conmovedora. Hay algo en el hecho de observar a estas marionetas existir, interactuar o hacer el amor en un supuesto tan mundano (y tan automatizado) que hace más fácil, y más gratificante, mirar directamente en su interior en busca de la esencia que los (nos) hace humanos. Y por supuesto, no podemos obviar el increíble trabajo de David Thewlis y Jennifer Jason Leigh dando vida con sus voces a Michael y Lisa, convirtiéndolos en dos personajes tan reales, tan plenos y excepcionales, y haciendo que su historia de amor sea tan inolvidable y en última instancia devastadora.

El único problema de Anomalisa es que su metraje acaba resultando demasiado escaso, lo que hace que el desenlace se produzca de manera precipitada (puede tener que ver el hecho de que fuera concebida inicialmente como un mediometraje de 40 minutos y extendida debido al éxito de la campaña de Kickstarter). Dejando esto a un lado, Anomalisa es algo único, una anomalía del cine reciente (la especialidad del esquivo Kaufman) cuya particular voz resalta entre todas las demás, una historia que afecta, hace pensar, y se queda con nosotros más allá de los créditos finales.

Valoración: ★★★★

Crítica: Pos eso

fotograma 04 Damian

Pos eso supone el debut en la dirección de largos del cortometrajista conocido como Sam (Encarna, El ataque de los Kriters asesinosVicenta), un ambicioso proyecto animado cuyo desarrollo ha llevado cinco años de duro trabajo y multitud de obstáculos, todos superados con la ilusión y el esfuerzo que se puede respirar en el acabado final.

La técnica escogida para esta historia de tintes demoníacos es el stop-motion, más concretamente la modalidad de claymation, moldeado y animación realizada con muñecos de plastilina. Este proceso lleva tanto tiempo que en el transcurso de la producción nos han dejado dos de las voces de su estelar reparto, Mariví Bilbao y Álex Angulo (recordemos que en animación se suelen grabar antes los diálogos). Completan el elenco Anabel Alonso, Santiago Segura, Carlos Areces, José María Íñigo, Esperanza Elipa y Concha Goyanes.

Orientada al público adulto aficionado a los géneros fantásticos, Pos eso nos cuenta la historia de La Trini, una famosa bailaora que se baja de los tablaos después de que su marido, el célebre matador de toros Gregorio, fallezca en un desafortunado accidente doméstico. Sumida en una depresión, la folclórica se dedica a cuidar a su hijo de 8 años, Damián, que de un tiempo a esta parte comienza a mostrar síntomas de rebeldía demasiado macabros para ser una simple cuestión de pubertad. Esto lleva a La Trini a contactar con el Padre Lenin, cura vasco en plena crisis de fe que acude a la familia para practicar un exorcismo al pequeño.

Pos eso es una comedia de terror repleta de gore, acción y tetas de plastilina, un trabajo caracterizado por el cachondeo y espíritu gamberro. Sam compone un pastiche de los títulos de terror más icónicos del cine, plagando su película de evidentes guiños a La profecíaEl exorcista. Tanto es así, que su argumento no es más que un corta/pega de los films mencionados, un relato muy mecánico y predecible, hecho a base de retales de otras cintas de miedo que recorre todos los lugares comunes del género de las posesiones demoníacas. Solo que con una diferencia: Pos eso es 100% cañí, una españolada orgullosa de serlo. En definitiva, una aventura loca, bizarra y deliberadamente casposa que solo podría hacerse en nuestro país.

fotograma 02 contra los tentaculos

Sam nos invita a un festival de referencias al cine -no solo el terror americano, sino también al destape y los clásicos populares españoles de los 60 y 70, con homenajes a Gracita Morales o la Tonta del Bote, y la presencia vintage de José María Íñigo. Pero también hay abundancia de guiños a la cultura popular -llegamos a ver en una escena a Apu de los Simpson-, y sobre todo a la telebasura patria y los frikis catódicosPos eso es en el fondo una sátira a base de sal gruesa de la cultura del amarillismo en nuestro país, una crítica salvaje a los programas del corazón que ofrece al espectador la morbosa satisfacción de ver a Mariñas, Karmele o Belén Esteban como víctimas de una masacre en directo.

Pero sobre todo, la ópera prima de Sam es un film divertido, libre de pretensiones, y aún así realizado con gran atención al detalle -la animación es muy fluida y tanto las miniaturas como el diseño de producción son excelentes (solo chirría la integración de las criaturas digitales, que resulta pobre y resta empaque al acabado visual). Pos eso es la película que sueñan con hacer tus compañeros de Comunicación Audiovisual que leen El Jueves, son fans de Álex de la Iglesia, y solo tocan teta si la hacen de plastilina. Su humor es infantil y vulgar, pero ahí está la gracia. Sam nos propone un rato desenfadado y distraído, y lo hace con pasión por los géneros que homenajea, dejando patente en todo momento el empeño y la dedicación que hay detrás del proyecto.

Valoración: ★★★

Crítica: La oveja Shaun – La película

Shaun movie

El stop-motion se resiste a morir en la era de las películas de dibujos realizados íntegramente por ordenador. Los amantes de las técnicas tradicionales de animación tenemos la suerte de que estudios como Laika (Coraline, Los Boxtrolls) y Aardman sigan produciendo películas y series para todos los públicos utilizando este laborioso método. Aardman en concreto es la responsable de films universalmente aclamados como Chicken RunWallace & Gromit: La maldición de las verduras, además de la reciente ¡Piratas! El estudio con base en Bristol también ha realizado estimables incursiones en la animación CGI (Ratónpolis, Arthur Christmas), siempre conservando su identidad visual, pero sigue siendo conocido sobre todo gracias a sus trabajos de Claymation (animación con plastilina), donde se adscribe su largometraje más reciente, La oveja Shaun – La película, adaptación cinematográfica de la popular serie para niños.

Dirigida por el recién llegado Richard Starzak junto al veterano Mark Burton (guionista entre otras de Chicken Run, Wallace & Gromit Madagascar), la película de la oveja Shaun se mantiene fiel al espíritu de la serie, y transcurre por tanto sin una sola palabra de diálogo. A lo largo del metraje (que asciende apenas a 85 minutos) solo escuchamos voces humanas articular palabras en las canciones (extradiegéticas) que ocasionalmente aderezan la película para describir algunos puntos de inflexión o explicar estados emocionales de los personajes. Pero en realidad tampoco nos hacen demasiada falta. La oveja Shaun: La película se basta y se sobra para transmitir emoción y diversión echando mano (nunca mejor dicho) únicamente del prodigioso lenguaje físico de sus figuras de plastilina y el excelente humor slapstick que protagonizan. A la espera de la película de Los Minions, La oveja Shaun demuestra que el cine mudo no solo funciona en casos excepcionales para adultos como The Artist o nuestra Blancanieves, sino que es posible hacer un largo sin diálogos capaz de divertir a niños de todas las edades.

La oveja Shaun posterPara los que no hayan visto la serie (imprescindible para los amantes de la animación y la comedia con corazón), La oveja Shaun es la historia de un rebaño de ovejas que vive en granja de Mossy Bottom, un lugar aparentemente apacible supervisado por un granjero desastrado y su bienintencionado pero torpe perro pastor, Blitzer. De entre todas las ovejas destaca Shaun, propensa a meterse en líos y poner en aprietos a sus compañeras de rebaño por culpa de su empeño en sacar a la granja de la rutina diaria. Como una película de 90 minutos no funcionaría siguiendo el esquema de la serie, se hace necesario introducir una variante que saque a los personajes de la (divertida) monotonía de sus vidas en el campo, por lo que Starzak y Burton mandan a Shaun y sus amigos a la gran ciudad, donde les espera su gran némesis, el oficial de control de animales, y un adorable chucho callejero, aliado de valor incalculable. El “choque cultural” que supone sacar a las ovejas de un escenario familiar para abandonarlas a su suerte en las imprevisibles calles de la ciudad proporciona una fuente inagotable de comedia y chistes visuales (de los cuales, el mejor está en los créditos finales).

Pero además de hacer reír de forma consistente durante toda la película (que por su naturaleza tiene que atravesar un par de impasses casi obligatoriamente, nada grave), La oveja Shaun es una nueva muestra del prodigio artesanal del que suele hacer gala Aardman. La animación de los personajes, más fluida que nunca, conserva ese encanto de las cosas hechas a mano (en todos los trabajos de Aardman podemos deleitarnos con las huellas dactilares de los artistas apareciendo y desapareciendo en los cuerpos de los personajes), y el diseño de producción es sencillamente extraordinario. El detallismo que se ha puesto en esta película y el puntilloso trabajo que hay detrás de cada esquina y callejón de la ciudad es espectacular (atención a los guiños a Breaking Bad). Pero lo más importante es que Aardman ha vuelto a equiparar su pericia técnica con su maestría para contar historias simpáticas, inteligentes y emotivas, lo que hacen de La oveja Shaun un nuevo triunfo para el estudio.

Valoración: ★★★★

Crítica: Los Boxtrolls

Boxtrolls

Texto escrito por Daniel Andréu

Hemos llegado a un punto en el cine de animación en el que las películas realizadas por ordenador y en 3D cada vez consiguen parecer más reales, dando a veces la sensación de que se está viendo una película en la que los personajes están ahí de verdad y podemos tocarlos. Por eso cuando llega una realizada mediante la técnica tradicional del stop-motion, en la que los personajes realmente están ahí, uno espera encontrarse con algo totalmente distinto también desde el punto de vista narrativo, cuando no suele ser así. Es el caso de lo nuevo del Estudio Laika, Los Boxtrolls (Graham Annable y Anthony Stacchi), que cuenta la historia de un bebé adoptado y criado por unos adorables monstruitos que viven metidos en cajas en su mundo bajo el subsuelo. La película no esconde ningún secreto ni se complica más allá de esta premisa de cuento infantil, sin embargo, con ella los responsables de Coraline y ParaNorman logran un nuevo prodigio técnico en el arte de esta técnica de animación.

Como decía, y no es por restarle mérito al loable trabajo artesano del estudio, Los Boxtrolls no ofrece nada que no nos hayan dado ya el resto de películas stop-motion recientes, es decir, un apartado artístico inmejorable: La ciudad levantada para ambientar este cuento consigue tener entidad propia, contribuyendo a la sensación de locura y desorden que reina en el largometraje. El diseño, tanto de esa ciudad como de los personajes, es correcto y coherente, realizado con una mezcla de feísmo grotesco, estilo victoriano y con bastantes dosis de steampunk

Los que deberían ser los absolutos protagonistas de la película, los boxtrolls (esa especie de Raving Rabbids de época), dan muchísimo juego, pero están algo desaprovechados a favor de lo que es el principal lastre de la película, el arco narrativo central. La historia del “Mowgli” que vuelve al mundo “real” se ha contado demasiadas veces y en este caso se le da un peso excesivo, llegando el filme tener un tramo central en el que casi no hay rastro de las adorables criaturas. Por suerte hay también otros Boxtrolls cartelpersonajes que merecen la pena, como el rastrero villano deseoso de poder, o Lord Portley-Rind obsesionado con el queso hasta la alienación, y sobre todo los esbirros de ese villano, que hacen unas reflexiones sorprendentemente interesantes sobre la dualidad del bien y del mal. A estos personajes les debemos además una de las mejores escenas post-créditos que he visto nunca, tan sencilla como genial, y de la que no desvelaré nada porque merece la pena descubrirla. Otro aspecto interesante que introduce el lord de una forma intrigante en la película es la homosexualidad (algo que no pillará de nuevas a los que vieron ParaNorman), aspecto del personaje que, lejos de quedar en mera anécdota, entronca directamente con una de las moralejas de la película: “hay que salir de la caja y ser uno mismo”.

Los Boxtrolls deja entrever unos cuantos referentes perfectamente integrados en el conjunto, de manera que no resultan toscos y evidentes, como suele ocurrir en el cine infantil reciente. Además de la citada influencia steampunk, o de las reminiscencias a los Rabbids, comparte algunos aspectos estéticos con otra serie de videojuegos, la saga del Profesor Layton. No podemos pasar por alto tampoco la canción de los boxtrolls, escrita por el Monty Python Eric Idle, ese “¡EXTERMINAR!” tan dalekiano, el arma definitiva del malo de la película que es como un hijo del Castillo Ambulante de Miyazaki, o ese momento en el que el inventor aparece montado en un vehículo y parece literalmente una versión en 3D del Profesor Locovich de los Autos Locos.

Por último, el buen trabajo de un doblaje profesional en la versión española, sin invitados famosetes, consigue que duela menos no disfrutar en el cine de la versión inglesa, que cuenta con nombres como Ben Kingsley, Richard Ayoade o Elle Fanning entre muchos otros.

Los Boxtrolls merece la pena aunque sea solo por su presentación y desenlace. Si bien cuenta con una parte central irregular, el tramo final consigue remontar el vuelo a lo grande, transformando la película en una locura frenética y extremadamente divertida, a lo que contribuye la conclusión que se le da al personaje malvado, que no puede ser más épica, incluso grotesca y violenta. A pesar de no suponer ninguna revolución, Los Boxtrolls es una auténtica delicia de visionado obligatorio para niños y aficionados al género, cuyo espíritu confiamos en que permanezca vivo en la industria del cine gracias a futuros proyectos de Laika.

Valoración: ★★★★