Crítica: La casa del reloj en la pared

Eli Roth es conocido por dirigir películas como Cabin Fever, Hostel 1 y 2 o El infierno verde, así como por sus apariciones como actor en Death Proof y Malditos bastardos, de Quentin Tarantino. ¿Qué tienen en común estas películas? Que todas son para mayores de 18 años y están repletas de violencia explícita y gore. Por eso resulta chocante que su nuevo trabajo como realizador sea algo como La casa del reloj en la pared (The House with a Clock in Its Walls), una película fantástica para toda la familia.

O quizá no debería sorprendernos tanto. Robert Rodríguez ya realizó un salto parecido hace unos años con la saga infantil Spy Kids, donde aparcaba la vertiente ultraviolenta de Abierto hasta el amanecer, Sin City o Planet Terror para desarrollar una franquicia de aventuras para los más pequeños. Con La casa del reloj en la pared, Roth también encuentra la manera de poner su conocimiento y gusto por el cine de género y la serie B al servicio de un producto orientado al público pre-adolescente que se salda con muy buenos resultados.

Basada en el libro homónimo de John Bellairs, La casa del reloj en la pared cuenta la historia de Lewis (Owen Vaccaro), un inteligente y peculiar niño de 10 años que, tras quedar huérfano, se muda con su tío (Jack Black) a una enorme mansión llena de secretos asombrosos y rincones ocultos caracterizada por un tic tac que se esconde tras las paredes. Tratando de adaptarse a su nueva vida, Lewis descubre el mundo de la magia y, con la ayuda de su tío y su vecina (Cate Blanchett), decide estudiar para ser mago. Esto le llevará a descubrir un gran poder en su interior, pero también a tomar el camino prohibido de la magia: despertar a los muertos y reavivar la llama de una antigua y espeluznante rivalidad.

Hacer una película de terror para niños no es una tarea fácil. Tiene que resultar lo suficientemente terrorífica y amenazante como para no aburrir a los mayores, pero también saber dónde está el límite para no crear traumas de por vida. Roth logra hallar este equilibrio, y lo hace gracias al guion de Eric Kripke (Sobrenatural) y la ayuda de Steven Spielberg, cuya productora Amblin Entertainment se encuentra detrás del proyecto. La casa del reloj en la pared reproduce con tino el espíritu del cine fantástico de los 80, cuando las películas para todos los públicos se atrevían a ser oscuras y asustar de verdad a los niños y, así, creaban experiencias memorables que alimentan la nostalgia que hoy en día tanto vende.

La casa del reloj en la pared recuerda asimismo a otras sagas (posteriores) con origen literario como Harry Potter (hasta tiene a su propio Voldemort en un estupendo Kyle MacLachlan) o Una serie de catastróficas desdichas, así como a la muy ochentera cinta de animación Monster House (donde, como aquí, la casa también era un personaje) y el reciente reboot cinematográfico de Pesadillas de R.L. Stine, también protagonizado por Jack Black. Con este cóctel de referentes (algunos de ellos presentes en el film en forma de guiño), es fácil imaginarse qué nos depara tras las puertas de la mansión de Jonathan Barnavelt, que cobra vida a través de un fastuoso diseño de producción y un evidente amor por el género.

Aunque tarda en encontrar su tono y a la acción le cuesta arrancar, cuando lo hace, La casa del reloj en la pared no cesa en su extravagante despliegue de magia, acción, suspense y humor con un toque retorcido (Jack Black de bebé os perseguirá en vuestras peores pesadillas). Su mayor punto débil es quizá un protagonista infantil poco carismático, pero lo compensa con creces el divertido dúo formado por Black y una maravillosa Cate Blanchett (y su no menos fabuloso vestuario), que por otro lado sabe a poco (las pullas que se lanzan son lo mejor de la película). La historia de Lewis Barnavelt presenta mimbres para convertirse en una de las sagas favoritas del público infantil y su buena recaudación en la taquilla estadounidense garantiza una continuación. Solo pedimos una cosa: que Blanchett repita.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Jurassic World – El reino caído

Jurassic World llegó en 2015 para revitalizar la saga creada por Steven Spielberg y sorprendió a todo el mundo convirtiéndose en una de las películas más taquilleras de la historia. El reboot dirigido por Colin Trevorrow y protagonizado por Bryce Dallas Howard y el omnipresente Chris Pratt dio comienzo a una nueva trilogía cuya segunda entrega llega este año a los cines. El español J.A. Bayona (El orfanato, Lo imposible, Un monstruo viene a verme) recoge el testigo de Trevorrow (que permanece en la franquicia como guionista y productor) para dirigir Jurassic World: El reino caídouna aventura jurásica más oscura que se mantiene fiel a la saga, pero a la vez la mueve hacia nuevos lugares.

Han pasado tres años desde los terribles acontecimientos que llevaron a la destrucción del nuevo parque temático y complejo turístico de Jurassic World. Isla Nublar ha sido abandonada por el hombre, y los dinosaurios sobreviven como pueden, mientras un volcán que se creía inactivo entra en erupción, amenazando con acabar con toda la vida en la isla. Ante una posible nueva extinción de los dinosaurios, las autoridades deciden no actuar y dejar que la naturaleza siga su curso.

Claire Dearing (Howard), ahora líder de un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales, se embarca en un viaje de regreso a Isla Nublar junto a una doctora (Daniella Pineda) y un técnico informático (Justice Smith) para salvar a los dinosaurios. Para llevar a cabo su plan, tendrá que contar de nuevo con la ayuda de Owen Grady (Pratt), que sigue manteniendo un vínculo especial con Blue, el inteligente raptor al que crió en el parque, y que está desaparecido en la jungla. Cuando llegan a la isla, la expedición descubre una conspiración que podría poner en peligro el planeta entero.

La primera mitad de Jurassic World: El reino caído transcurre en Isla Nublar y nos conduce por itinerarios muy conocidos de la saga. Volvemos a la zona cero para encontrarnos las ruinas de Jurassic World amontonándose sobre los vestigios que quedan del antiguo Parque Jurásico. Es por tanto un doble ejercicio de regresión el que realiza Bayona, continuando la nueva historia que se presentó en 2015 a la vez que mantiene el espíritu del clásico original de Spielberg. Al igual que Tevorrow, Bayona deja patente su amor por la saga en cada plano, ya sea con las mil y una referencias al pasado, como mediante el tratamiento de la historia, en el que se nota mucho la mano orientadora de Spielberg.

La sensación de déjà vu es muy fuerte a lo largo de todo el metraje, con planos, situaciones y giros argumentales que nos remiten directamente a las dos primeras entregas de la saga (las que dirigió Spielberg). Aunque el guion se esfuerza en justificar el regreso a Isla Nublar, la película no puede evitar caer en múltiples agujeros narrativos y, sobre todo, en la repetición, ya que las posibilidades después de cuatro películas empiezan a ser muy limitadas. Por eso, la segunda mitad sirve para romper el molde. En una trama similar a la de El mundo perdido (con la que establece muchos paralelismos), la acción se traslada a Estados Unidos, concretamente a la enorme mansión de Benjamin Lockwood (James Cromwell), la persona que ideó Parque Jurásico junto a John Hammond. Allí, Jurassic World empieza a dejar atrás el pasado para mirar al futuro.

Lo que hay hasta llegar a ese intenso clímax es un trepidante y estruendoso espectáculo de acción a la altura de lo que se espera de ella. Bayona pone su pericia técnica y su excelente gusto para lo visual al servicio de una película llena de secuencias impresionantes y planos construidos con mucha atención al detalle (su manejo del espacio y la oscuridad para crear tensión es brillante). El reino caído incluye algunos de los set pieces de acción más ambiciosos de toda la saga (la huída de Isla Nublar deja clavado en la butaca) e imágenes para el recuerdo (el último plano en Isla Nublar es precioso y devastador), los efectos digitales han mejorado con respecto a la anterior -las criaturas son más realistas y esta vez se han usado más animatronics, lo cual se agradece-, y los dinosaurios dan más miedo que nunca (aunque se pasen buena parte del metraje sedados y en jaulas). De hecho, El reino caído es la entrega con más terror de la saga Jurassic.

Sin embargo, el espectáculo se ve ocasionalmente lastrado por un guion inconsistente y lleno de tópicos, villanos peores incluso que el de Jurassic World y un componente de thriller de conspiración con el que la película quizá se toma demasiado en serio a sí misma. En El reino caído no falta la diversión propia del cine de monstruos y catástrofes, pero el film aspira a ser algo más, y no siempre lo consigue. Se nota que Bayona está tras las cámaras, no solo por la mansión llena de secretos y la presencia de Geraldine Chaplin, sino también por cómo intenta insuflar emoción al terror y la fantasía. Lo hace recuperando los dilemas morales planteados por Ian Malcolm (Jeff Goldblum en un pequeño cameo), convirtiendo a los dinosaurios en personajes, explorando la conexión entre Owen y Blue o con el nuevo personaje infantil (Isabella Sermon). El problema es que las emociones no siempre resultan genuinas (quizá por su empeño en subrayarlas siempre tanto), como tampoco suficientes para cubrir las carencias del guion, a pesar de que el reparto hace un buen trabajo dotando de alma humana a una historia un tanto mecánica y falta de lógica. Especialmente Pratt, esta vez con el factor canalla rebajado, y Howard, heroína con agallas y corazón (y calzado más cómodo).

Aun con sus fallos, la película cumple de sobra su papel como entretenimiento escapista y blockbuster estival, y satisfará a los fans de Parque Jurásico, a los que recompensa con numerosos guiños cómplices. Al igual que con Jurassic World, es recomendable no buscarle los tres pies al Rex y dejarse llevar. El reino caído se disfruta más cuanto menos se piensa y más se siente. Si uno entra, el buen rato está garantizado.

Después de cuatro películas, el asombro que Spielberg creó con la primera Parque Jurásico ya es imposible de reproducir, por eso es un acierto que hayan buscado la manera de insuflar nueva vida a la franquicia, aunque antes de introducir el verdadero cambio hayan repetido el mismo esquema otra vez. El final de El reino caído abre todo un mundo de opciones, dejando entrever un futuro con implicaciones escalofriantes y muchas posibilidades para la saga, y sobre todo, abriendo la puerta para que esta sea libre y, por fin, evolucione.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Crítica: Ready Player One

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Desde su publicación en 2011, Ready Player One se ha convertido en una de las novelas de culto más admiradas de los últimos años. El best-seller escrito por Ernest Cline tiene una legión de fans que han caído rendidos a sus pies gracias a su fusión de aventura, ciencia ficción y nostalgia ochentera. Sus detractores, por otro lado, consideran que el libro es literatura basura, llegando incluso a definirlo como “el Cincuenta sombras de Grey para hombres blancos y frikis”. No importa en la categoría que nos encontremos, lo que no se puede negar es que Ready Player One es un libro que desde la primera página a la última pide a gritos una adaptación cinematográfica.

Cline encontró su “huevo de Pascua dorado” cuando el mismísimo Steven Spielberg aceptó este trabajo. El emblemático director de clásicos como E.T.Indiana JonesTiburón agarró las riendas de uno de sus proyectos recientes más ambiciosos y complicados. Trasladar las páginas de Ready Player One, que construye un universo de ciencia ficción inabarcable y lleno de guiños específicos a miles de productos culturales, era una tarea titánica. Pero ya sabemos que a Spielberg, Titán donde los haya, le van los retos, y suele completarlos como si nada (tardó solo nueve meses en terminar su anterior película, Los archivos del Pentágono).

Zak Penn (Los Vengadores) escribe junto al autor de la novela un guion que debe efectuar numerosos y necesarios cambios por cuestiones de licencias, pero que en esencia y estructura se mantiene muy fiel al libro. Para quienes no estéis familiarizados con su historia, Ready Player One vendría a ser una fusión -o un mashup, que sería más apropiado- de Charlie y la fábrica de chocolateAvatar, o actualizando nuestros referentes, San Junipero.

En el año 2045, la humanidad escapa de su oscura realidad pasando el tiempo en el mundo virtual conocido como OASIS, donde no hay límites a la imaginación y cualquier persona puede ser quien quiera. A su muerte, el creador de OASIS, James Halliday (Mark Rylance), deja su inmensa fortuna y el control de su creación a quien gane un concurso en tres fases, diseñado para encontrar a su mejor heredero posible. Cuando el mundo ha desistido de la aparentemente imposible búsqueda, Wade Watts (Tye Sheridan), un chico obsesionado con OASIS y su creador, encuentra la primera llave, con lo que la búsqueda del tesoro comienza de verdad. Junto a la chica de sus sueños, Art3mis (Olivia Cooke), y sus amigos del OASIS, conocidos como los High Five, Wade explorará todos los recovecos del universo de Halliday para salvarlo de las manos de IOI, la malvada corporación que pretende hacerse con él para controlar a la humanidad.

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Vaya por delante que, si uno ha conectado con el libro, tiene muchas posibilidades de salir muy satisfecho de la película. Lo difícil era convencer a los escépticos. Pues bien, se puede decir que, teniendo en cuenta el material de partida, la película es mejor de lo que cabía esperar. Sí, se podía haber hecho más (la idea tenía muchísimo potencial, y seguro que alguien podía haber desarrollado la historia mejor que Cline) y los defectos de fábrica están ahí: el uso facilón de la nostalgia, la acumulación sin ton ni son de referencias (como en The Big Bang Theory, Cline cree que el solo hecho de mencionarlas ya constituye relato), el paso de puntillas por temas interesantes que se quedan sin explorar, los personajes huecos y la trama desarrollada a trompicones. Pero Spielberg los minimiza con su siempre infalible sentido del espectáculo y la aventura, por lo que es más fácil pasarlos por alto y dejarse llevar. Otra cosa no, pero como experiencia inmersiva, Ready Player One funciona, aunque por momentos pueda llegar a saturar y agotar. Verla es efectivamente como adentrarse en primera persona en OASIS, como sumergirse de lleno en un trepidante y estruendoso videojuego.

A sus 71 años, Spielberg demuestra que su sentido del asombro y capacidad para orquestar grandes secuencias de acción siguen intactos. Ready Player One cuenta con potentísimos set pieces, como la vertiginosa y atronadora carrera del primer acto (lo más parecido a realidad virtual sin visor que se ha hecho en cine recientemente), la visita a cierto clásico del cine de terror (que no desvelaremos para mantener el factor sorpresa), probablemente la escena más placentera de la película, o el eficiente clímax. Los efectos visuales son simplemente brutales, la estética está muy cuidada y aunque los personajes digitales se acerquen al “valle inquietante”, su fluidez de movimientos y expresividad es digna de admiración. Otra cosa no, pero Ready Player One supone un auténtico despliegue de pericia visual y excelencia técnica, lo cual no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, es Spielberg.

Ahora, donde Ready Player One falla es a la hora de convertir la orgía de cultura pop que la caracteriza en algo más que un amontonamiento de referencias para el gozo del espectador más observador, en una historia más trascendental. Dice mucho que su (indudable) valor de revisionado resida en la necesidad de descubrir todos los guiños y cameos que aparecen en sus abarrotados planos, y no en volver a ver a Parzival y Art3mis (el reparto está muy correcto, pero no es lo más destacable en ningún momento). Y es que, a pesar de los intentos de darle profundidad emocional (en especial a través del personaje de Halliday y la afectada interpretación de Rylance), la película y los personajes no pueden evitar quedarse en la superficie, en el truco de la nostalgia, lo cual resulta especialmente decepcionante teniendo en cuenta que detrás de las cámaras se encuentra un maestro de las emociones y uno de los padres de la actual generación de hipernostálgicos.

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Ready Player One es una celebración de la cultura pop y el mundo gamer que se apoya principalmente en su excelencia técnica y el poder de la intertextualidad. Hay que reconocer que ver al Gigante de Hierro de nuevo en acción o a tantos iconos del cine y los videojuegos reunidos en un mismo lugar tiene su indudable atractivo. Pero más allá del placer de identificar los cameos y asistir a locos crossovers que no creíamos posibles, hace falta alma. Y a Ready Player One le cuesta encontrarla entre su aturdidora vorágine de imágenes y guiños pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★

‘Stranger Things 2’ es una obra de arte pop

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[Esta entrada NO contiene spoilers]

No fuimos conscientes de hasta qué punto es verdad aquello de que Netflix está cambiando la manera de hacer y consumir cine y televisión hasta el verano de 2016. Fue entonces cuando se estrenó en la plataforma la primera temporada de Stranger Things, precedida de una campaña de marketing más bien discreta que no hacía prever ni remotamente lo que acabaría pasando. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se convirtió en el mayor éxito del verano, redefiniendo el concepto de “blockbuster estival” para quitarle al cine la exclusividad que tenía sobre él. Es decir, en un verano cinematográfico especialmente escuálido, el mayor “taquillazo” de la temporada fue una serie de televisión.

Y lejos de menguar con el tiempo, la onda expansiva de ese fenómeno siguió creciendo en los meses posteriores a su estreno, gracias al boca-oreja, a la insistencia (o pesadez) de los medios y al factor on demand, que permite empezar y seguir las series al ritmo que cada uno quiere. Con Stranger Things no pasó como con otras series originales de Netflix, que se consumen de una o dos tacadas y se olvidan incluso más rápido. Al contrario que le ha ocurrido a Las 4 estaciones de las Chicas Gilmore The DefendersStranger Things sí se quedó en la conversación online, sí traspasó la línea que separa el entorno seriéfilo del mainstream. La primera temporada se desgranó hasta el último plano, sus actores infantiles se convirtieron en estrellas mediáticas, algunas de sus tramas se viralizaron hasta el absurdo (#JusticeForBarb) y su estilo influyó inmediatamente en productos posteriores (It). En gran medida, todo fue gracias al factor nostálgico, a lo bien que la serie jugaba la carta del homenaje cinéfilo para capitalizar la morriña de tiempos mejores que tiene secuestrada al espectador estos días.

En los 15 meses que han transcurrido entre el estreno de la primera temporada de Stranger Things y la segunda, el revuelo alrededor de la serie no ha hecho más que crecer, y por tanto, la expectación por los nuevos episodios se ha disparado hacia la estratosfera. Ante una situación así, en la que una creación se le va de las manos a su responsable para convertirse en propiedad de los espectadores, parece imposible afrontar una continuación sin que el impacto cultural devore a la serie. Pero los hermanos Duffer lo han conseguido. La segunda temporada de Stranger Things no solo está a la altura y conserva intacto el espíritu de la primera, sino que además va más allá siguiendo las reglas de las secuelas cinematográficas, aumentando y multiplicando todo lo que funcionó la primera vez con resultados más que satisfactorios.

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Stranger Things 2 es más grande, más ruidosa, más épica, más espectacular, tiene más acción, más terror, más personajes, más efectos visuales, y sobre todo, más homenajes cinéfilos. Pero como en la primera entrega, la serie es mucho más que mera nostalgia o pirotecnia. Los hermanos Duffer han sabido dominar el arte del pastiche sin olvidar la importancia de dar al espectador una historia y unos personajes por los que preocuparse, y afortunadamente, la secuela vuelve a encontrar ese equilibrio, en un contexto magnificado por factores externos. Como reza uno de sus eslóganes, Stranger Things es más Stranger que antes, pero en la búsqueda del “más grande todavía”, los Duffer no han descuidado lo que en el fondo ha hecho de esta serie un éxito más allá del truco de la nostalgia: su adictivo misterio, su extraordinario apartado visual y, sobre todo, sus fantásticos personajes, elevados en tiempo récord a la categoría de iconos de la cultura popular.

Sobre el argumento de Stranger Things 2 es mejor no entrar en detalle (por ahora). Baste decir que los nueve episodios que conforman la temporada están repletos de escenas, sorpresas, guiños y diálogos que en los próximos meses serán analizados y convertidos en meme hasta la saciedad. Si la primera temporada bebía de Encuentros en la tercera fase, Alien, E.T., Cuenta conmigo o Los Goonies (en general, de todo lo que fuese Steven Spielberg y Stephen King), la segunda sigue homenajeando a estas películas mientras aumenta su cantera de referentes con alusiones inconfundibles a otros clásicos del cine fantástico y de terror como Jóvenes ocultos, Gremlins, Los Cazafantasmas, El exorcista o incluso Parque Jurásico. Pero como decíamos, la nostalgia no fagocita a la historia porque los Duffer se aseguran de que lo más importante sea siempre el devenir de los personajes, sus relaciones, y el misterio. Un misterio que este año adquiere un cariz más terrorífico y apocalíptico con la amenaza de un monstruo del Upside Down mucho más grande y peligroso que el Demogorgon, una criatura de pesadilla que volverá a hacer sufrir a Will (Noah Schnapp) y a su madre lo que no está dicho.

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Además de seguir conociendo a los personajes del año pasado, contamos con nuevos fichajes, el matón Billy (Dacre Montgomery bordando al personaje televisivo más odioso del año), su hermanastra Max (Sadie Sink), que se unirá a la pandilla de Will, y en un golpe maestro de casting, Sean Astin (Mikey de Los Goonies) interpreta al afable Bob, la nueva pareja de Joyce Byers (Winona Ryder), oportunidad que los Duffer aprovechan para introducir el guiño más meta de la temporada.

Pero no os preocupéis, los nuevos personajes no eclipsan a los antiguos (con excepción de la hermana de Lucas, que se va a convertir con toda seguridad en la sensación de los próximos meses, y si no, acordaos), sino que los recién llegados se suman a la historia de forma orgánica, dejando que los personajes que ya conocemos lleven las riendas de la temporada. David Harbour redondea a su Jim Hopper con una interpretación si cabe más humana y matizada, Joyce empieza la temporada tranquila, pero acaba tan deliciosa y conmovedoramente histérica como la primera vez (aunque Ryder le ha cogido mejor el punto al personaje y está más equilibrada), y Steve Harrington (Joe Keery) continúa su proceso de reinvención para alzarse como héroe y candidato a ser uno de los personajes más queridos de la serie (el Team Steve va a aumentar considerablemente), sin olvidar a Nancy (Natalia Dyer), aun más fuerte y guerrera que el año pasado (Molly Ringwald Redux). Pero son los niños los que vuelven llevarse la serie de calle, especialmente Dustin (Gaten Matarazzo), Will (Schnapp se deja la piel en la recta final) y, por supuesto, Eleven (Millie Bobby Brown), cuyo enigmático pasado forma parte central de una temporada en la que la niña sigue evolucionando y descubriendo el alcance de sus poderes, de camino a convertirse en una auténtica superheroína (o mutante, que quizá sería más adecuado en este caso) y destapando a su vez una trama con mucho potencial para próximas temporadas.

Stranger Things 2 demuestra que a veces más sí es mejor. Aunque por momentos corre el riesgo de perderse en la ambición de hacerlo todo más grande, la serie sale siempre a flote gracias a una historia que extiende su mitología de la forma más adictiva y emocionante, empleando el mismo cóctel de aventuras, acción, ciencia ficción y humor que hizo de la primera un triunfo absoluto. Pero lo mejor es que la nueva temporada no se limita a reproducir el esquema de la primera, sino que se ocupa de avanzar la historia explorando las consecuencias de lo ocurrido mientras sigue desarrollando a sus personajes, en el caso de los más jóvenes orientándolos hacia la adolescencia, a la maduración que suele ocupar el núcleo de las cintas juveniles de los 80 en las que se basa la serie y que aquí nos deja momentos muy divertidos y entrañables.

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Como en la primera temporada, los nuevos capítulos de Stranger Things se pasan en un suspiro (cuando menos te lo esperas, aparecen los créditos finales), indicio de que no se ha desperdiciado ni un solo minuto, y están plagados de imágenes memorables, frases para estampar camisetas y ese cariño que hace que el espectador se involucre a otro nivel. Stranger Things es entretenimiento de altura, un producto masivo digno, de los que cuesta mucho encontrar y no tanto desprestigiar con un “pues no es para tanto”. Está claro que los que han acabado saturados con ella o no se tragaron la píldora nostálgica, no solo no disfrutarán de la segunda, sino que esta le dará mucha más munición para criticarla. Pero si, como yo y tantos otros, os dejasteis conquistar por la propuesta de los Duffer, Stranger Things 2 es otro arcón sin fondo para explorar en el desván, un mapa del tesoro en el que no importa tanto llegar a la X, sino disfrutar de las emociones fuertes que nos depara la búsqueda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Mi amigo el gigante (The BFG)

THE BFG

Mi amigo el gigante (The BFG) supone el regreso de Steven Spielberg al cine familiar después de varios dramas históricos seguidos. Basada en el popular libro infantil escrito por Roald Dahl, la película trata de recuperar el espíritu clásico de Amblin, la mítica productora de Spielberg. De hecho, Mi amigo el gigante ha sido comparada en más de una ocasión con E.T. El extraterrestre, ya que cuenta la historia de una amistad imposible, en este caso entre una niña y un anciano de más de 15 metros de altura. El director de Parque Jurásico se ha mantenido fiel al libro de Dahl, a la vez que ha tratado de llevar la sensibilidad del autor británico a su terreno personal y al del cuento de hadas Disney. El resultado de esta simbiosis, sin embargo, no es tan perfecto como cabía esperar, sino que más bien pone de manifiesto a un Spielberg a medio fuelle que no es capaz de reproducir la magia nostálgica de Amblin. No es que Mi amigo el gigante sea una mala película, nada más lejos de la realidad. Es lo suficientemente bonita y entrañable como para salvarse, pero no es un trabajo a la altura del “Spielberg para toda la familia” que más nos gusta.

Mi amigo el gigante nos cuenta la historia de una pequeña huérfana londinense, Sofía (Ruby Barnhill), niña revoltosa y con insomnio que todas las noches se queda despierta en el orfanato leyendo hasta las 3 de la mañana, es decir, la que para ella es la Hora de las Brujas (contrario a la creencia popular de que es a medianoche). En una de esas noche en vilo, Sofía ve por su ventana a un gigante deslizándose de incógnito por las calles de Londres. El gigante la rapta y se la lleva a su país para evitar que la niña desvele al resto del mundo su existencia. Enfrentada a la idea de pasar el resto de sus días junto a él en el País de los Gigantes, Sofía entabla una bonita amistad con el BFG (siglas de “Big Friendly Giant”), que resulta ser un hombre bonachón y apacible cuyo cometido en la vida (desde que la Tierra es Tierra) es enviar sueños a la gente del mundo. Sofía llegará para ocupar un vacío muy grande en el corazón del BFG, al que ayudará a librarse de sus propios bullies, un grupo de gigantes (mucho más grandes que él) que le hacen la vida imposible. Para ello, la niña tratará de convencer a la Reina de Inglaterra (divertidísima Penelope Wilton) para que le preste su ejército con la idea de derrocar a los gigantes abusones.

A la película no le sobran momentos entrañables, sobre todo gracias al gigante interpretado mediante la captura de movimiento por un fantástico Mark Rylance (El puente de los espías), que personifica a la perfección lo que hace al BFG tan peculiar y simpático: su carácter inicialmente retraído y refunfuñón, y su forma tan singular de comunicarse, nullinventándose palabras y retorciendo el lenguaje hasta crear el suyo propio. Como decía, la interpretación de Rylance (muy visible bajo las mil capas de CGI del personaje, íntegra e impecablemente realizado por ordenador) es lo que bombea la película, pero no es suficiente. Falta algo. Quizá sea que el exceso de efectos digitales o lo irregulares que son (la textura y expresividad del BFG es maravillosa, pero la integración de la niña en el entorno digital es inaceptablemente tosca) truncan el asombro que las imágenes deberían proporcionarnos, o quizá sea que el cuento de Dahl no es lo suficientemente robusto como para llenar una película de casi dos horas (metraje innecesariamente extenso). En su empeño por permanecer fiel a la esencia de Dahl, Spielberg y su guionista Melissa Mathison se olvidan de algo importante: darle ritmo y estructura cinematográfica a la película. Esto provoca que Mi amigo el gigante caiga en lo que menos debería permitirse Spielberg con un film de estas características: el aburrimiento.

Mi amigo el gigante no está desprovista de escenas divertidas (las primeras interacciones entre Sofía y el gigante en casa de este último, los tronchantes encuentros con la Reina, los pasajes flatulentos), emotivas (Sofía descubriendo el triste secreto del gigante, la despedida), 100% Spielberg (Sofía leyendo bajo la manta con una linterna, símbolo cinematográfico por excelencia de la infancia en su/el cine), o simplemente hermosas (cuando el BFG enseña a Sofía su trabajo repartiendo sueños). Además, como adaptación dahliana se podría considerar precisa y adecuada (lo que no se puede negar es que las historias de Dahl son especiales y Spielberg captura sus idiosincrasias sin problemas). Sin embargo, al producto final le falta fuerza, resulta soso. Spielberg echa mano de todo lo que lo convirtió en un mago del cine familiar (incluidos el imprescindible score de John Williams, evocador de E.T. y otras aventuras del Rey Midas de Hollywood, y la etérea fotografía de Janusz Kaminski, que le otorga ese aspecto onírico tan característico). Pero detrás de la vorágine digital y la tramoya del asombro no encontramos ese corazón spielbergiano que nos arropaba cuando éramos pequeños, sino a un director trabajando por inercia para sacar a la superficie una magia que no está ahí.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: El puente de los espías

BRIDGE OF SPIES

Tres años después de su anterior película, Lincoln, Steven Spielberg regresa a la silla del director para hacer lo que mejor se le da (con permiso de la aventura y la ciencia ficción), un nuevo drama histórico basado en hechos realesEl puente de los espías (Bridge of Spies) narra la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un abogado de Brooklyn especializado en la reclamación de seguros que se vio inmerso en la Guerra Fría cuando la CIA le encargó la misión de negociar con la Unión Soviética la liberación de Francis Gary Powers (Austin Stowell), piloto estadounidense cuyo U-2 fue derribado en territorio enemigo. Después de ganarse la antipatía del público americano al defender a un espía ruso amparándose en el ideal americano de que incluso los enemigos de la nación deben ser tratados con igualdad y justicia, Donovan accede a actuar como intermediario privado en la negociación, una peligrosa operación en Berlín que los gobiernos implicados no pueden llevar a cabo abiertamente.

El puente de los espías no solo nos devuelve al Spielberg más clásico, sino que también es cine clásico en estado puro. Poseído por el espíritu de Frank Capra, el director echa la vista atrás hacia el Hollywood dorado para confeccionar una obra del pasado. No en vano, en una escena de la película podemos ver la marquesina de un cine berlinés que está proyectando la comedia de Billy Wilder Uno, dos, tres (1961), en la que James Cagney interpreta a un ejecutivo norteamericano, que, al igual que Donovan, debe cruzar al Berlín del Este para negociar con oficiales soviéticos la liberación de un preso político. Un guiño con el que Spielberg confirma su intenciones y hace una reverencia a los grandes cineastas que han influido en su carrera.

El puente de los espíasLo cierto es que este es el terreno en el que Spielberg se muestra más cómodo. Como cada vez que retrata una etapa histórica importante, el director opta por hacerlo desde un punto de vista optimista, idealista, incluso inocente. Spielberg sigue evitando todo atisbo de cinismo y crueldad en su cine, incluso cuando los hechos que narra son atroces por naturaleza. En El puente de los espías se reitera en su convicción de que el ser humano es capaz de hacer el bien por encima del mal y reivindica la solidaridad y la igualdad de oportunidades con una serie de mensajes que resuenan con especial fuerza en nuestros días: Debemos tratar a los que pisan nuestro suelo de la misma forma que esperamos que los demás traten a los nuestros en suelo ajeno y, por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En este sentido, Donovan ejerce como embajador de los derechos civiles y defensor de los ideales humanos, alzándose como el héroe spielbergiano por excelencia, un hombre de férreas convicciones morales, profundamente honrado, íntegro y bienhechor, que evoca al Atticus Finch de Matar a un ruiseñor y en el que Spielberg condensa esa esperanza que aun no ha perdido. Es un sentimiento que puede resultar excesivamente naíf a nuestros ojos adulterados, pero que no viene nada mal promulgar, especialmente en estos momentos.

Sin embargo, para hacer llegar este mensaje de justicia y equidad, a Spielberg se le acaba yendo la mano con el etnocentrismo. El puente de los espías promueve los principios adecuados, pero lo hace desde la superioridad moral estadounidense: “Demostrémosles cómo somos”. ¿Y cómo son los americanos? Según Spielberg, simplemente mejores. Esto frena en cierto modo la fuerza del mensaje apaciguador y franternal que envuelve la película, y ahoga el discurso con patriotismo y almíbar, especialmente durante el desenlace, en el que Spielberg encadena varios falsos finales, a cada cual más cursi. Si somos capaces de obviar estas irregularidades (al fin y al cabo, a Spielberg lo conocemos de sobra), El puente de los espías es un thriller de espionaje ejemplar, una película inteligente y academicista con grandes actuaciones (Hanks está sublime tanto en las escenas dramáticas como haciendo comedia, y Mark Rylance ofrece una de las interpretaciones contenidas del año), una fotografía preciosa y un montaje espectacular (Spielberg sigue siendo el amo de las transiciones). Lo que se espera del Rey Midas, ni más ni menos. Quedémonos con esto, y abracémonos al mensaje que subyace bajo las capas de edulcorante. Merece la pena.

Valoración: ★★★½

Crítica: Jurassic World

Jurassic World 1

Todo el mundo recuerda perfectamente lo que sintió la primera vez que vio Parque Jurásico. Asombro, fascinación, miedo, euforia. Son emociones muy concretas a las que la generación de treinta y cuarentañeros se aferra con fuerza hoy en día, algo que la industria del cine sabe. El negocio de la nostalgia está en auge, y Hollywood no hace más que rendir pleitesía a esta generación (la que, en teoría, se gasta el dinero intentando no perder para siempre esa niñez que tanto valora). De ahí que este sea el momento idóneo para abrir de nuevo las puertas del parque. Jurassic World supone el regreso a la Isla Nublar después de 22 años, y las cosas han cambiado mucho por allí desde entonces.

El espectador ya lo ha visto todo y sorprenderlo es más difícil que nunca. Colin Trevorrow, director de la muy estimable Seguridad no garantizada y adolescente de 17 años cuando se estrenó Parque Jurásico, parte con esta desventaja a la hora de ponerse al frente del reboot jurásico. Trevorrow sabe que es completamente imposible repetir lo que supuso el clásico de 1993 para toda una generación (es decir, lo que supuso para él), así que se centra sobre todo en realizar un blockbuster veraniego con el principal objetivo de hacer pasar un buen rato en el cine. Y lo cierto es que, a pesar de pequeños fallos en el sistema, la operación ha sido todo un éxito. Por eso, después de pensarlo bien, he decidido avalar el parque.

Jurassic World 3

Jurassic World es un continuo homenaje a Parque Jurásico, pero juega muy bien la carta de la nostalgia, evitando en todo momento ser fagocitada por ella. Los guiños a la película original son muy abundantes. No solo nos encontramos innumerables referencias visuales (reliquias del primer parque, una estampida de gallimimus, el célebre plano del espejo retrovisor o la bengala por solo nombrar unas pocas) o diálogos réplica (el obligado “No hemos reparado en gastos” o el icónico “¡Corre!” de Laura Dern), sino que Jurassic World repite tal cual el esquema narrativo de la primera, calca algunas de sus secuencias más célebres (el ataque del Rex a los niños en el coche, el clímax en el Centro de Visitantes) e incide en los mismos temas sin apenas variación: el hombre jugando a ser Dios, el instinto de protección maternal (paternal en PJ), la evolución de las especies, la imposibilidad de controlar la naturaleza… Ya sabéis, “la vida se abre camino“. Pero aun con su constante reiteración, Trevorrow logra que la película se mantenga fresca y sea algo más que un remedo de la original, rejuveneciendo por completo la franquicia. Y lo hace dotándola de grandes dosis de autoconsciencia. Que para eso es 2015.

La premisa de Jurassic World es sencilla: la visión de John Hammond (que también tiene su homenaje) ha sobrevivido a pesar de las tragedias acontecidas en Las Cinco Muertes (el archipiélago donde se desarrolla la saga), y el parque ha conseguido abrir sus puertas al público. Jurassic World funciona bien durante diez años, pero las visitas empiezan a caer en picado. “Los dinosaurios ya no sorprenden a nadie“, así que los científicos del parque se ven obligados a crear una nueva atracción para volver a captar la atención del público: un terrorífico dinosaurio híbrido, el Indominus Rex. Sin embargo, el plan no sale según lo esperado y evidentemente desemboca en desastre. No hace falta prestar mucha atención para pillar la idea. Jurassic World se apunta a la tendencia meta del cine actual, equiparando la experiencia de los visitantes al parque con la de los espectadores de la película, dirigiéndose a ellos para comentarles lo que está haciendo: “Sabemos que estáis de vueltas de todo y los dinosaurios ya no son guays, pero vamos a encontrar la manera de que os lo paséis genial igualmente”. No es como ver Parque Jurásico por primera vez, pero su espíritu y sentido de la maravilla están ahí, y podemos notarlo.

Jurassic World 4

Jurassic World es un blockbuster del siglo XXI, y así es como hay que verlo, evaluando el tipo y grado de diversión que proporciona, más que su originalidad o trascendencia, algo que desde un principio se asegura en advertirnos que no es su propósito. Exceptuando algún diálogo aburrido (aunque suponemos necesario) sobre los inversores del parque o la trama de InGen, la película mantiene un ritmo trepidante hasta el final y consigue que no queramos quitar ojo de la pantalla en ningún momento (solo el muy agresivo product placement está a punto de estropearlo todo). A pesar de su escasa experiencia, Trevorrow es un director ágil, y maneja muy bien la tensión, enlazando además fantásticas escenas de acción con los dinosaurios en las que, oh milagro, distinguimos lo que está ocurriendo (apoteósico el último ataque del Indominus). Pero además, hace un uso excelente del humor, sin rastro de cinismo y con geniales pinceladas de comedia en los sitios adecuados, logrando con todo ello que la película esté viva y en constante movimiento.

Aunque los actores de carne y hueso son lo menos importante de Jurassic World y los personajes son más bien arquetipos andantes, el reparto cumple de sobra. La protagonista y reina de la película es sin duda Bryce Dallas Howard (aka Not Jessica Chastain), que da vida a Claire, gélida y estricta jefa de operaciones del parque que hará frente a la dino-crisis entrando en acción y sin quitarse los tacones en ningún momento (brava). Luego está el omnipresente Chris Pratt, que afortunadamente no hace por tercera vez consecutiva de Andy Dwyer/Peter Quill/Chris Pratt, sino que interpreta (con bastante gracia también) al “macho alfa” de Jurassic World, “domador” de velociraptors y de mujeres (no miento). Los niños de la película, Ty Simpkins y Nick Robinson son otro acierto de casting, en especial el pequeño, reencarnación (muchísimo menos repipi) de Tim ‘He vomitado’ Murphy. Del irrelevante plantel de personajes secundarios destacan Jake Johnson (meta-voz de la película y estupendo alivio cómico) y Lauren Lapkus, dúo que protagoniza una de las escenas más hilarantes del film. Por último, Vincent D’Onofrio encarna al villano de la película, el aspecto más descuidado del guion, un personaje desdibujado cuyo plan malvado y motivaciones resultan confusos, además de poco o nada interesantes.

Jurassic World 2

Siguiendo con el tema de los personajes, después de ver Jurassic World hay que reconocer que Joss Whedon no iba desencaminado en su crítica al sexismo en la película (aunque él valorara una sola escena y luego su Viuda Negra lo dejara en evidencia). La cinta de Trevorrow tiene cierto aire conservador y recurre a unos cuantos estereotipos rancios que empañan ligeramente el resultado, sobre todo en lo que respecta a Claire, personaje configurado a base de tópicos atribuidos tradicionalmente a la mujer en el cine (la maternidad como vía para alcanzar la plenitud personal o la importancia del romance) y a cómo está dibujada su relación con Owen (Pratt), fundamentada en la dependencia y la subordinación. No obstante, este problema no llega a estropear la diversión (a menos que seas Alison Bechdel), gracias a que Howard y Pratt abordan sus personajes despertando simpatía en todo momento.

Dejando esa cuestión a un lado, Jurassic World es todo un triunfo del cine palomitero, la experiencia “parque temático” completa (para esta tampoco han reparado en gastos y se nota). No es una película excesivamente profunda en ningún sentido (ni pretende serlo), pero sí es inteligente cuando tiene que demostrarlo, y también ridícula cuando tiene que serlo (la trama de los velociraptors adiestrados es tan rocambolesca como esperábamos). Trevorrow ha orquestado un espectáculo de primera calidad que admira y respeta la visión original de Spielberg y a la vez la renueva, hablando el idioma de las superproducciones actuales. Jurassic World es la mejor entrega de la saga desde Parque Jurásico (no era difícil), un producto que se dirige con claridad a varias generaciones usando una sola voz, y que, ya que no puede reproducir lo que supuso la película original, se asegura al menos de que todos lo pasemos como niños viéndola. Solo le falta que los dinosaurios parezcan estar ahí de verdad, como el T-Rex de 1993. Pero supongo que eso ya era pedir demasiado.

Valoración: ★★★★

Crítica: Un viaje de diez metros

THE HUNDRED-FOOT JOURNEY

Basada en la exitosa novela de Richard C. MoraisUn viaje de diez metros (The Hundred-Foot Journey) es la nueva película del prolífico Lasse Hallström. Aunque el director sueco recuperó algo de lustre hace un par de años con La pesca del salmón en Yemen, lo cierto es que desde finales del siglo pasado no ha conseguido firmar un trabajo memorable que le ayude a mantener su estatus tras sus films más celebrados, Las normas de la casa de la sidra Chocolat. Con la “¡emocionante, inspiradora, conmovedora!” historia de un aspirante a chef indio en un pueblecito de Francia, Hallström recupera al menos la forma, y realiza un trabajo de enorme precisión emocional, científicamente diseñado para cubrir todos los lugares comunes del cine aspiracional, y para tocar los botones adecuados del espectador. Y lo cierto es que funciona. No es difícil aparcar el cinismo y dejarse manipular felizmente por este almibarado y hollywoodiense cuento de sueños cumplidos.

No en vano, Un viaje de diez metros viene avalada por la producción de dos monstruos del cine de buenos sentimientos, Steven Spielberg y Oprah Winfrey, que sin duda aportan la calidez y el aroma a clásico que faltaba en los últimos trabajos de Hallström (mirad si no el cartel, que evoca claramente a Criadas y señoras). Por otro lado, el guión viene firmado por el interesante Steven Knight (Promesas del Este, Locke, Peaky Blinders), que demuestra con esta película su versatilidad como escritor, y su talento como narrador.

Cartel Un viaje de diez metrosUn viaje de diez metros cuenta la historia de Hassan Kadam (Manish Dayal), joven cocinero que ha aprendido sus destrezas culinarias a través de su difunta madre, y en los puestos callejeros de su India natal, aunque posee un talento innato y un espíritu visionario que le augura un futuro como chef estrella. La familia de Hassan, liderada por el sabio y descacharrante Papa (Om Puri), se instala en un bucólico pueblo del sur de Francia, Saint-Antonin-Noble-Val, donde abren un restaurante de comida india que choca con las costumbres y la cocina del lugar, y que saca de sus casillas a la propietaria del exquisito restaurante Le Saul Pleureur, la gélida Madame Mallory (Helen Mirren). Los diez metros a los que se refiere el título son los que hay entre ambos restaurantes, una distancia relativa que se irá estrechando a medida que avanza el relato, y que llevará a Hassan a interesarse por la haute cuisine de Madame Mallory, mientras esta aprende a mirar al “enemigo” con otros ojos.

De esta manera, Hallström nos habla de la aceptación y el entendimiento mediante suculentos platos que representan el maridaje de culturas que se celebra en la película. A partir del leitmotivLa comida son recuerdos“, dibuja una historia de paisajismo emocional (y literal) y arte culinario, tan convencional como exquisita, que apela en todo momento a los sentimientos del espectador y está más interesada en satisfacer todos los paladares que en impresionar (de ahí que la cocina tradicional triunfe por encima de la alta cuisine). Y aunque Un viaje de diez metros se antoje calculada y tópica de principio a fin, consigue ablandarnos gracias a un sentido del humor muy inspirado (Papa es la mayor baza cómica, sin duda, y las interacciones Puri-Mirren lo mejor de la película), dosis de romance que no empalagan, y el eterno y siempre infalible conflicto protagonizado por tercas pero buenas personas que dejan atrás sus diferencias y se convierten en una familia. Si me permitís la metáfora fácil (la que el film pone en bandeja), Un viaje de diez metros es exactamente como una comida hecha por mamá. La has probado muchas veces, pero no te importa, porque sabe muy bien, porque está hecha con cariño, a tu medida, con la experiencia que otorga haberla hecho tantas veces para ti. Y porque sabe inconfundiblemente a recuerdos, y te devuelve al hogar.

Valoración: ★★★½

Especial Pilotos 2013-14 – Parte IV

Lucky 7

Lucky 7

Emisión: Los martes en ABC

Opinión sobre el piloto: ¿Una serie sobre gente pobre en ABC? Parece mentira, ¿verdad? Y lo es a medias, porque los protagonistas de Lucky 7 dejan de ser pobres hacia la mitad de su piloto, cuando resultan ganadores de la lotería y se convierten en millonarios de la noche a la mañana. Lucky 7 está producida por Steven Spielberg, aunque ya sabemos que esto quiere decir más bien poco. Si acaso nos regocijamos en el hecho de que la serie transcurra en la localidad neoyorquina de Astoria y esté protagonizada por un grupo de personas que buscan desesperadamente una solución para salir de sus precarias vidas. ¿Os recuerda a algo? Efectivamente, Los Goonies. Claro que las comparaciones son más bien accidentales y se detienen ahí. No busquéis nada más de la película de Richard Donner o incluso del sello Spielberg.

Lucky 7 está basada en una serie de BBC titulada The Syndicate y es un drama con desubicadas dosis de humor y reflexión sobre la naturaleza humana en tiempos de crisis al que parece costarle mucho encontrar el tono adecuado. Ya sabemos que muchas series comienzan de esta manera, y la historia presenta potencial (aunque seguimos con el mismo problema de siempre, lo hace solo a corto plazo). Sin embargo, en Lucky 7 se respira cierto aire de desgana que no invita a engancharnos. No es que sea mala, es que es insulsa. O quizás estemos tan acostumbrados a pilotos que tiran la casa por la ventana en intentos desesperados de atrapar a la audiencia que cuando nos llega un drama humano sencillo y cercano nos resulta poca cosa. A lo mejor dándole una oportunidad Lucky 7 nos sorprende.

Puntuación: 5,5/10

Razones para quedarse: Que es un drama bastante único entre tantas series de acción, procedimentales, policíacos y culebrones. Tiene su mérito teniendo en cuenta la paupérrima oferta de nuevas series por ahora. Ah, y el adorable Matt Long (Private Practice, Mad Men).

Razones para abandonar: Que va a ser difícil descubrir si su potencial acaba realizándose, porque la audiencia del piloto fue más bien catastrófica. Y aunque se salvase de la cancelación, ¿hasta cuánto puede dar de sí una historia como esta?

 

Back in the Game

Back in the Game

Emisión: Los miércoles en ABC

Opinión sobre el piloto: Por si no tuviéramos ya suficientes comedias sobre familias alternativas, modernas y/o disfuncionales en ABC, la cadena suma una más a su oferta. Back in the Game no es solo una propuesta trágicamente falta de originalidad, sino que está hecha con la entrega y pasión con la que uno se ata los cordones de los zapatos. Son tan solo 20 minutos por episodio, pero el piloto es tan aburrido que parece que estamos viendo una serie de 40. Back in the Game es la historia de Terry, una madre soltera (Maggie Lawson) que vive con su hijo y su padre (James Caan), al que guarda rencor por la infancia que le hizo pasar (como ella, tuvo que criar a su hija él solo). En el piloto Terry se convierte en entrenadora del equipo de béisbol de su hijo, formado por un puñado de misfits y pringados que intentará domar con la ayuda de su padre.

Es increíble que año tras año este tipo de series se hagan hueco en la parrilla otoñal. No hay nada remotamente interesante en esta serie. Si acaso los niños del equipo de béisbol podrían dar juego, pero nada más. A Lawson le falta carisma para protagonizar una serie (Malin Akerman le hace un home run desde Trophy Wife) y James Caan está en el proyecto para cobrar. Y se nota. Lo que esperamos de Back in the Game es lo mismo que ya hemos visto en el resto de comedias de ABC: una familia superando conflictos que olvidarán de una semana para otra y estrechando lazos a pesar de las adversidades. Una serie con ese entrañable y familiar aroma a campo de béisbol lleno de padres realizándose a través de sus hijos, e hijos aprendiendo a distanciarse de sus padres. Todo muy americano. Qué pereza.

Puntuación: 4/10

Razones para quedarse: Que después de todo la serie resulte ser moderna de verdad. No se puede negar que el piloto de Back in the Game plantea una pequeña gran revolución al introducir un niño gay y un beso entre otros dos niños en su piloto.

Razones para abandonar: Todo lo demás.

Parque Jurásico: La vida se abre camino

Parque Jurásico 3D 1

Todo empezó como un circo de pulgas hace exactamente dos décadas. Una gran ilusión que se convirtió en un gran sueño que aun perdura. Con Parque Jurásico (1993), Steven Spielberg logró repetir, e incluso superar, la influencia que una década antes había ejercido con Indiana Jones en busca del arca perdida (1981). Si Indy convirtió la arqueología en la carrera predilecta para toda una generación de niños y niñas, los dinosaurios de Parque Jurásico hicieron lo propio con la paleontología. Da igual que años después nos diéramos cuenta de que la arqueología no garantizaba el uso del látigo y de que ser paleontólogo consistía básicamente en estudiar biología y con suerte desenterrar huesos -como bien nos advertían Alan Grant y Ellie Sattler-, la labor de romantización que ejerció Spielberg con ambas profesiones nos cambió a todos los esquemas (aun estamos esperando una película suya que revitalice las lenguas muertas, para que podamos usar el latín y el griego para algo más que para tener buena gramática). A partir de la novela de Michael CrichtonSpielberg nos convenció de que lo imposible era posible, de que lo de los dinosaurios podía pasar de verdad. Y había que estar preparado.

Pero los dinosaurios de Spielberg despertaron pulsiones mucho más irrefrenables entre nosotros, las creativas, las artísticas. Toda generación tiene una película que le hizo pensar “me quiero dedicar al cine”. Y esta es la nuestra. Aunque la profesión de cineasta es aun más idílica e infructuosa que la de arqueólogo o paleontólogo, y solo un 1% acabara intentándolo de verdad, Parque Jurásico al menos nos enseñó desde pequeños qué es eso de amar el cine. Porque, ante todo, la película es una oda al cine de aventuras de primera mitad del siglo XX, un evidente homenaje a los monstruos de Ray Harryhausen. Solo hay que revisitar el King Kong de 1936 protagonizado por Fay Wray para darnos cuenta de hasta qué punto Parque Jurásico bebe de ella. Con la película de Spielberg conocimos las verdaderas posibilidades del cine -espectáculo. Desde el mismo instante en el que se abren las grandes puertas del parque y John Hammond nos dice aquello de “Bienvenidos a Jurassic Park“, nuestra realidad queda alterada para siempre.

Parque Jurásico 3D 2

Y luego está la dinomanía. La obsesión por estos animales prehistóricos nos convirtió en auténticos expertos en la materia. Pensándolo bien, ¿para qué íbamos a estudiar paleontología si teníamos los álbumes de cromos de Bollycao? Los dinosaurios fueron las verdaderas estrellas de los 90, las que estaban en todas las fiambreras (y eso que nosotros no éramos tan de lunch-boxes como los americanos), en todas las colecciones kioskeras de la vuelta al cole (¿quién no tuvo la espina dorsal y las costillas de madera del tiranosaurio rex?). Lo dinosaurios despertaban de su letargo de 65 millones de años para conquistar el mundo, aunque como todas las modas, no tardaran en desvanecerse y convertirse en pasto de los nostálgicos. Después llegaron los Pokémon, que si me lo permitís, basaban gran parte de su éxito en la misma inquietud coleccionista que nos empujaba a conocer y catalogar a todas las especies de dinosaurio. Pero eso es otra historia.

Con motivo del vigésimo aniversario del estreno de Parque Jurásico (adelante, entonad el “¡qué viejos somos!”) Universal Pictures nos permite regresar a la Isla Nublar para revivir las aventuras en el parque temático donde si las atracciones fallan, te comen. El reestreno de la película de Spielberg supone una oportunidad de oro de la que salen ganando todos (incluido el titán del cine, que este año ha superado récords de recaudación con sus estrenos): los que la vimos en el cine y hemos repetido en casa en incontables ocasiones, los que se la perdieron en salas pero igualmente se obsesionaron con ella en VHS, y las nuevas generaciones que no la hayan visto aun (aunque me niego a creer en esa especie). Además, Universal no ha reparado en gastos a la hora de enlucir una de las joyas de su corona, y ha llevado a cabo una restauración brutal (con una resolución en 4K) y una conversión a 3D que reconciliará a más de uno con esta tecnología, aunque sea durante dos horas.

Parque Jurásico 3D 3

Es la primera vez que yo veo una película en 3D en la que la tecnología está al servicio del cine y no al contrario. Con Parque Jurásico 3D nos adentramos en la Isla Nublar y sentimos sus peligros más cerca que nunca, haciendo que el ejercicio de regresión a la infancia al que nos sometemos sea aun más poderoso, incluso catártico. La fascinación que siempre hemos sentido por las impactantes y perdurables imágenes de esta película se ve reforzada por las tres dimensiones, que resultan especialmente efectivas en secuencias como la del ataque del Tiranosaurio Rex o la que es una de las mejores escenas de suspense de la historia del cine: Tim y Lex escondiéndose de los velocirraptores en la cocina.

En definitiva, tenemos la oportunidad de revivir una película que nos conocemos de cabo a rabo, de descubrir que el tiempo no ha pasado por ella y explorarla con nuevos ojos. Los mismos que la vieron por primera vez hace 20 años, los del niño que no puede, ni quiere, parpadear durante todo el metraje. Y la volvemos a disfrutar y adorar con los mismos agujeros de guion (¿es Jurassic Park la película más imperfectamente perfecta de la historia?), con las mismas escenas icónicas que alteraron nuestra percepción del día a día para siempre (yo nunca veo ondas en el agua sin gritar, aunque sea en la cabeza, ¡T-Rex!, como nunca me como una gelatina sin antes imitar a Lex viendo al velocirraptor en el Centro de Visitantes), con la magnánima banda sonora de John Williams, y con la entrañable sobreactuación de Laura Dern (¡¡Cooorree, cooorre!!”). Además, la película se reestrena en España conservando el doblaje original, así que el recuerdo se mantiene inalterado. A pesar de ser detractor a muerte del doblaje, yo necesito ver esta película en castellano 9 de cada 10 veces, y repetir con los personajes todas esas frases que nos sabemos de memoria: “¡Señor Arnold!?” “Galli– galli– ¡gallimimus!”, “He vomitado”, “Lo ha logrado, ese hijo de puta lo ha logrado” o “¡Ah, ah, ah! ¡No has dicho la palabra mágica!” por nombrar solo unas pocas.

Parque Jurásico 3D 4

Parque Jurásico es un hito en la historia del cine por muchos motivos. Habiendo expuesto casi todos ya, solo resta elogiar la labor de Stan Winston e Industrial Light & Magic, responsables de crear la que a día de hoy sigue siendo la criatura generada por ordenador más real(ista) y mejor integrada de la historia del cine, el Tiranosaurio Rex -que como todos los dinosaurios de la película, tiene sus dobles animatrónicos, igualmente geniales, aunque salte demasiado a la vista cuándo es uno y cuándo otro. En Parque Jurásico 3D sentimos más cerca que nunca las fauces de este gran monstruo, notamos su respiración en nuestro rostro, y completamente inmóviles (ya sabéis, se guían por el movimiento) en la oscuridad de una sala de cine volvemos a creer en una película capaz de cambiar vidas, de abrirnos camino y permitirnos soñar con nuestro propio circo de pulgas.

Parque Jurásico 3D 5

Análisis Piloto: Under the Dome

Ya lo vimos en la película de Los Simpson (2007), pero en teoría, a Stephen King se le ocurrió antes. Concretamente en la década de los 70, cuando comenzó a escribir Under the Dome -en España La cúpula-, novela de más de mil páginas que finalizó y publicó por fin en 2009. Una misteriosa cúpula transparente aparece de la nada y cubre todo un pueblo, atrapando a sus habitantes y aislándolos del exterior. Es la premisa que comparten la película y el best-seller de King. La publicación de Under the Dome dio lugar a toda clase de comentarios incriminatorios contra el señor King, por las similitudes tan evidentes con Los Simpson. La presión fue tal, que el celebérrimo autor tuvo que justificarse en su blog personal. Os traduzco a continuación un fragmento de la carta que escribió:

“Varias personas en Internet han generado especulaciones a partir de una similitud que han percibido entre Under the Dome y The Simpsons Movie, en la que, según Wikipedia, el pueblo de Springfield queda aislado del mundo al ser atrapado por una cúpula de cristal gigante (probablemente por culpa de la planta nuclear). No puedo opinar personalmente, porque no he visto la película, y el parecido ha sido toda una sorpresa para mí… pero sí que sé, por experiencia personal, que este parecido acabará convirtiéndose en una simple coincidencia. A menos que exista la copia intencionada (también conocido como ‘plagio’), dos historias no pueden ser idénticas, como ocurre con los copos de nieve. La razón es sencilla: las imaginaciones de dos personas no pueden ser exactamente iguales. Para los que dudan, os dejo un fragmento del libro que demostrará que yo ya estaba jugando con los conceptos de la cúpula y el aislamiento del pueblo mucho antes de que Homer, Marge y su divertida familia aparecieran en el mundo”.

Dejando la polémica a un lado -yo me creo a King, no sé vosotros-, Under the Dome disfrutó de un gran éxito editorial, lo que ha desembocado, como ocurre con casi todo lo que escribe Stephen, en una adaptación audiovisual. Y como casi siempre pasa con las adaptaciones de obras de King, el resultado es peor (artísticamente hablando) de lo que se esperaba. CBS acaba de estrenar la serie homónima basada en la novela, una propuesta de lujo con la que la cadena ha tirado la casa por la ventana. La apuesta de CBS por un súper-estreno en temporada estival (sinónimo de temporada baja para las networks) se ha saldado con cifras espectaculares. El primer episodio de Under the Dome fue visto por más de 13 millones de personas en Estados Unidos, convirtiéndose en el mejor estreno dramático de la televisión yanqui en los últimos 11 años (en periodo estival). La audiencia ha respondido, pero una vez visto el piloto, ¿se quedarán para ver cómo se desenvuelve la historia o desertarán por miedo a otra FlashForward o Revolution?.

Efectivamente, Under the Dome puede adscribirse con facilidad a este género o tendencia catódica que Perdidos implantó en el nuevo siglo y las cadenas siguen empeñándose en copiar, a pesar de los resultados irregulares que ha cosechado hasta ahora. Grandes misterios que afectan a una comunidad, distopías en las que individuos se convierten en marionetas de una fuerza o ente superior sin identificar. Una catástrofe (supuestamente) natural o un fenómeno inexplicable tiene lugar, y este desencadena una serie de complicaciones y revelaciones que afectan directa y personalmente a un grupo de víctimas y héroes en ciernes. Under the Dome reproduce paso por paso este modelo televisivo. En el piloto, una cúpula invisible cae sobre Chester’s Mill, Maine (muy destacables los efectos digitales), obligando a sus habitantes a tomar precauciones, a adoptar papeles en estado de emergencia, y empezar a plantearse respuestas a las enigmáticas cuestiones que articularán la historia.

La carta de presentación de los personajes no es demasiado alentadora. El héroe, Dale Barbara, ‘Barbie‘ para los amigos -¿se va a poder tomar en serio a este señor con ese nombre?- carece del carisma mínimo necesario para llevar el peso de un protagonista en este tipo de relatos. A Rachel Lefevre le ocurre tres cuartos de lo mismo -además, ella siempre será la chica a la que despidieron de Crepúsculo por bocazas. Y el resto de habitantes de Chester’s Mill, interpretados en su mayoría por desconocidos para el gran público (y con razón), van de lo insulso a lo sencillamente irritante. Ya desde el piloto -dirigido por cierto por Niels Arden Oplev, realizador de la Millenium original- se insiste en el formato de historias individuales, microrrelatos o episodios dentro del episodio, en los que vamos conociendo poco a poco a los protagonistas, y cómo el gran acontecimiento afecta a sus vidas. La única trama por ahora destacable es la de Junior y Angie (el Adam Samberg psicópata y la niña que grita), pero por inverosímil e incoherente. El resto, completamente olvidables. De hecho, ni me voy a molestar en seguir haciendo desglose. Solo un apunte a modo de curiosidad: la chica de la radio es Cherita, la compañera de instituto de Donnie Darko que solo decía “chut up!”

Under the Dome aterriza en televisión cuando ya se ha demostrado en demasiadas ocasiones la ineficacia a largo plazo de la fórmula que sigue, así como el poco valor real del sello de calidad Spielberg, que ejerce de productor ejecutivo en el piloto. Quizás la ausencia de competencia durante el verano ayude a que el público la siga respaldando, pero, ¿hasta cuándo? Sin duda estamos ante una de esas series que obviamente no despliega todo su arsenal en su piloto (a pesar de ir bastante al grano), y que exige paciencia y confianza en el potencial de la historia. Después de todo, el principal artífice de la serie, Brian K. Vaughan, ha demostrado su buen hacer como guionista en cómics: Runaways, Buffy o La cosa del pantanoentre muchos otros.  Sin embargo, a pesar de las credenciales de su creador, y de los grandes nombres que le acompañan, yo no tengo ninguna fe en Under the Dome. Me escapo de Chester’s Mill antes de que sea demasiado tarde. Si la experiencia de otras series cortadas por el mismo patrón me ha servido para algo es para saber cuándo debo huir de una serie que tiene todas las papeletas para convertirse en la pérdida de tiempo oficial de la temporada.