Crítica: La suerte de los Logan

¿Recordáis cuando en 2013 Steven Soderbergh dijo que se retiraba de la dirección de largometrajes? Su última película como director antes de hacer el anuncio fue la TV movie de HBO Behind the Candelabra, ganadora de 11 Emmys ese año. Desde entonces, Soderbergh ha dirigido la soberbia e injustamente ignorada The Knick, ha producido otras series, la igualmente sublime The Girlfriend Experience y Red Oaksha hecho la fotografía de Magic Mike XXL bajo un pseudónimo y ha sido productor ejecutivo del documental Citizenfour entre otras cosas. Por tanto, a la hora de hablar del “regreso” de Soderbergh al cine, hay que decirlo con la boca pequeña, ya que aunque técnicamente La suerte de los Logan (Logan Lucky) sea su comeback oficial a la dirección cinematográfica, no se había ido a ninguna parte en este tiempo.

Después de experimentar con la ficción serial, Soderbergh vuelve a la silla del director para encabezar un proyecto que se podría considerar lo opuesto a experimentalLa suerte de los Logan nos devuelve al Soderbergh más comercial con una premisa diseñada para atraer y agradar a un público más amplio que sus proyectos inmediatamente anteriores. La película cuenta la historia de Jimmy (Channing Tatum) y Clyde Logan (Adam Driver), dos hermanos que, para salir de la precaria situación económica en la que se encuentran y romper la maldición familiar que generación tras generación los ha convertido en los gafes del pueblo, llevan a cabo un golpe durante la legendaria carrera Coca-Cola 600 de la NASCAR.

Las comparaciones con Ocean’s Eleven son inevitables. De hecho, el propio director no esconde sus intenciones, pero se apresura a diferenciar ambos films definiendo La suerte de los Logan como “la versión inversa” o “anti-glamour” de su mayor éxito. En un momento muy simpático de la película, uno de los personajes se refiere a la banda de los Logan como “Ocean’s 7-Eleven”, un detalle autoconsciente con el que Soderbergh guiña el ojo a su audiencia. Efectivamente, La suerte de los Logan es Ocean’s Eleven con paletos yanquis. “Nadie viste bien, nadie tiene cosas bonitas. No tienen dinero, ni tecnología”, ha explicado el director, que repite la fórmula de las películas de atracos cambiando los componentes y el escenario de la acción.

Pero como decíamos, el hecho de que La suerte de los Logan sea la anti-Ocean’s Eleven no quiere decir que Soderbergh no apunte alto con ella. Al final, el objetivo es el mismo: entretener y divertir al respetable. Para ello, el director cuenta con un reparto de lo más atractivo, encabezado por el novio de América, Channing Tatum, y uno de los mayores valores en alza de Hollywood, Adam Driver (GirlsStar Wars), y aderezado por la magnética presencia de Daniel Craig en su papel reciente más memorable al margen de Bond, la siempre exquisita Riley Keough, una breve pero hilarante participación de Seth MacFarlane, y las rescatadas del olvido Katie Holmes y Hilary Swank en pequeños papeles secundarios. Todos están estupendos, pero hay que destacar especialmente al robaescenas de Craig, y sobre todo a Tatum, que demuestra que cuando se lo propone es capaz de dar la talla interpretativamente sin explotar su físico, con un protagonista muy cercano y humano que llega incluso a dejar mal parado al siempre eficiente Adam Driver, que aquí forcejea demasiado con su personaje (y su acento redneck), resultando poco natural.

La suerte de los Logan juega a menudo con la suspensión de la incredulidad del espectador. La trama resulta demasiado rocambolesca e inverosímil, sobre todo a medida que avanza el golpe y uno se pregunta cómo y cuándo se ha podido idear un plan tan rebuscado (la gracia es que los Logan no son tan tontos como todos creen, pero también es imposible que sean tan listos). Los giros se suceden hasta desembocar en uno de esos finales en los que la historia ha dado tantas vueltas que uno no sabe quién estaba al tanto de qué y quién está compinchado con quién. Pero no importa, esa confusión, ese rizar el rizo forma parte del juego. Y ante todo, La suerte de los Logan es un juego muy divertido, ingenioso y desenfadado, un producto mainstream con sensibilidad auteur que tiene descaro y encanto para repartir, brillantes golpes de comedia y un repartazo que por sí solo ya hace que la entrada quede amortizada. ¿Lo peor? Una trama romántica algo forzada con Katherine Waterson y un final que deja la puerta abierta para una secuela que seguramente no ocurrirá.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

Magic Mike XXL es mucho mejor de lo que parece (en serio)

Magic Mike XXL Channing Tatum Matt Bomer

En 2012 vi Magic Mike (¡en el cine!), motivado por la curiosidad y sobre todo por la entrepierna. A juzgar por la picante campaña promocional, la película prometía un espectáculo de striptease masculino orientado sobre todo a pandillas de mujeres con ganas de fiesta y cachondeo. Pero su director, Steven Soderbergh, no concibió la película como una despedida de soltera cinematográfica, sino que sus intenciones eran algo más serias. Bajo la apariencia de producto ligero para una noche loca de verano, Magic Mike escondía voluntad de melodrama social de personajes. Y ahí es donde Soderbergh cometió el primer errorUna película de estas características pedía menos drama, menos intensidad, y más diversión, y el inconsistente acabado final lo confirmaba. Afortunadamente, esto sirvió para reajustar el tono de la imprevisible secuela (donde Soderbergh delega la dirección en uno de sus productores y guionistas habituales Gregory Jacobs) y hacer reset con la intención de ofrecer, esta vez sí, lo que la primera película había prometido sin cumplir.

Por eso, Magic Mike XXL constituye una muy grata sorpresa, una película que mejora la fórmula considerablemente, deshaciéndose del desubicado aire de autoimportancia y drama independiente de autor de la primera entrega para convertirse en una simple comedia de colegas con un único objetivo: divertir al respetable. Sin un solo minuto de aburrimiento, Magic Mike XXL se estructura como una road movie a lo Little Miss Sunshine o Priscilla, reina del desierto, en la que Mike (Channing Tatum), retirado desde hace tres años del mundo del baile, reúne a los Reyes de Tampa (su grupo de strippers, o mejor dicho, “male entertainers”, que es el término menos ofensivo) para una última performance en Myrtle Beach. En un principio dispuestos a tirar la toalla, el grupo de amigos (menos Matthew McConaughey, que se desentendió del proyecto, y Alex Pettyfer, que tuvo un encontronazo con Tatum y no repite) acaba subiéndose a bordo de la autocaravana con Mike, para jubilarse con un último espectáculo legendario en la mayor de las convenciones de strippers. En el camino, los chicos de Mike hacen paradas en varios lugares, donde se reencontrarán con viejas amistades, forjarán nuevas relaciones y examinarán sus frustraciones personales y sueños de futuro más allá del mundo del baile erótico.

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Como decía, sin más pretensión que la de hacer reír y propagar buen rollo, Magic Mike XXL es una fiesta continua, una celebración a la que es imposible resistirse. Su aire relajado y desenfadado es contagioso, e invita a emular a sus intérpretes y dejarse llevar. Los actores se lo están pasando bien y se nota, no hay drama en el ambiente y no hay mucho en juego, de ahí que la película acabe resultando tan fresca y natural. Pero es que además, Magic Mike XXL puede presumir de otros aciertos: principalmente el mensaje de positividad del cuerpo que recorre todo el film, de respeto y compañerismo (sin moñadas), una mayor integración y diversidad (más mujeres con un espectro mayor de edades, razas y físicos, una escena en un club gay), y la práctica ausencia de sexismo o mal gusto. Teniendo en cuenta el tipo de película que es, tiene más mérito todavía.

Ni que decir tiene que, a pesar de todas estas virtudes, lo que el público va a ver principalmente en esta película es a los actores meneando trasero y delantera, y contorsionando sus cuerpazos depilados ante los gritos extasiados de hordas de damas desatadas. Y en ese sentido, Magic Mike XXL tampoco decepciona, claro está. Imposible hacerlo cuando vuelve a contar con las mismas “armas” que ya fueron infalibles en la primera parte (con excepción de los dos desertores mencionados, que tampoco se echan de menos). Nos alegra ver nuevas incorporaciones como la de Donald Glover (en su fase de autobúsqueda artística, dando vida a un DJ/cantante/animador/stripper?), nos divierten las escenas en las que aparecen Andy McDowell (hilarante encuentro entre generaciones) y Jada Pinkett Smith (no por ella, que es muy mala actriz, sino porque sus escenas en el club de Rome son de una exuberancia embriagadora), y nos gusta ver a la omnipresente Elizabeth Banks y a la cada vez más destacable Amber Heard, que por suerte sustituye a aquel palo de una sola expresión que era Cody Horn. Pero aquí el centro del escenario lo sigue ocupando muy merecidamente Channing Tatum, que desprende su habitual carisma de andar por casa y sigue moviendo el cuerpo como nadie (lo suyo es hipnótico). Tatum inaugura la película por todo lo alto, protagonizando una cómplice secuencia de baile espontáneo en su taller que destaca por lo exquisitamente ridícula y autoconsciente que es. Al igual que la (larguísima) traca final, un agotador espectáculo camp que de nuevo, hace que nos preguntemos en qué estaban pensando para no estrenar la película en 3D.

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Mención aparte merece el robaescenas oficial del film, Joe Manganiello, cuya imponente presencia da para momentos de impresión con los que se lleva la película de calle, especialmente la descacharrante secuencia que tiene lugar en la gasolinera a ritmo de los Backstreet Boys, sin duda la más divertida y memorable de la película. De hecho, cuando la vi en el cine, esta escena provocó aplausos y risas como nunca había oído en una sala, y lo mismo ocurrió con otros momentos de humor, que fueron celebrados con carcajadas y vítores. Y ojo, creo que no eran solo las hormonas desatadas del público (con el pavo) al ver los cuerpazos en movimiento o el primer plano de Tatum que abre la película (que desató un suspiro colectivo con el que aun me estoy riendo, por cierto), sino también un sentimiento genuino de diversión, generado por un tipo de comedia muy simple pero efectiva, y una acertada camaradería entre personajes que resulta muy orgánica (con la excepción quizá del personaje de Matt Bomer, arruinado al ser convertido en algo completamente irritante y caricaturesco, tanto que no queda más remedio que acabar riéndose).

Magic Mike XXL es un pasatiempo estupendo, hace gracia, rebosa encanto y, lo mejor de todo, tiene corazón. No es tan fácil hacer una comedia para adultos así (mirad si no el 90% de las que se estrenan al año), y es injusto que su impopularidad default o su naturaleza de producto ligero le reste mérito. Os recomiendo liberaros de prejuicios y darle una oportunidad. Da igual si sois hombre o mujer, o cuál es vuestra orientación sexual. El buen rato está garantizado. Y por si acaso quedaba alguna duda: sí, estoy hablando en serio en todo momento.

Valoración: ★★★★

The Knick: Observando las entrañas de la quality television

The Knick

Llevamos muchos años hablando de Edad Dorada de la Televisión, cuando está más que claro que ya no hay necesidad de referirnos a/defender la televisión con esa coletilla. La ficción de calidad es norma, y lleva siéndolo de forma ininterrumpida 15 años. Además, en 2014, la frontera entre cine y televisión está más difusa que nunca. No solo porque ambos medios ya gozan por lo general de similar nombradía, sino porque los formatos se están intercambiando (temporadas breves, binge-watching, remakes, miniseries y sagas de cine en capítulos, con cliffhangers, etc.), dando lugar a una era de total simbiosis entre los dos. En este panorama llega The Knick. Y esta serie de Steven Soderbergh para el semi-desconocido canal de WB/HBO Cinemax no es solo una perfecta representante de estas tendencias, sino también la prueba fehaciente de la enorme sofisticación que ha alcanzado la televisión. Este año nombramos True DetectiveFargo para hablar de nueva quality television, y la estela de Breaking Bad sigue viva, por supuesto, cuando lo cierto es que The Knick es quizá la ficción que más ha hecho avanzar al medio en 2014.

The Knick transcurre en el Nueva York de comienzos del siglo XX y nos abre las puertas del hospital real The Knickerbocker, fundado en 1894, donde el doctor John Thackery -un entregado Clive Owen– lleva a cabo innovaciones científicas en pos del avance de la medicina moderna y la gloria profesional. En “El Knick”, el apelativo cariñoso que recibe el hospital, asistimos como público a operaciones quirúrgicas (carnicerías en muchos casos) que se caracterizan por las condiciones rudimentarias de las instalaciones y el aparataje médico de funcionamiento manual, y que resultan en su mayoría en la muerte del paciente (nada que ver con lo que suele ocurrir en las series de médicos actuales). Sin embargo, los avances de principios de siglo, incluyendo la implantación de la luz eléctrica, alumbran una nueva era para la medicina. En este contexto de cambio y ebullición científica del salto de un siglo a otro se desarrollan también transformaciones sociales relacionadas con el racismo y la segregación, el aborto clandestino, la precariedad y el sistema de clases, o el papel de la mujer en la sociedad, temas que The Knick también aborda con espectacular osadía y precisión.

Owen da vida a un personaje que se acomoda en el arquetipo del antihéroe televisivo en la tradición de Walter White o Don Draper (o Gregory House, con el que guarda más de una similitud), un doctor brillante con complejo de Dios y adicto a la cocaína (empleada legalmente como medicamento en aquella época), cuyo turbio descenso a los infiernos servirá como arco central para la temporada. Sin embargo, Thackery posee pocas cualidades redentoras más allá de su brillantez y el punto de vista desde el que está construido no facilita la admiración del espectador, lo que lo convierte en un personaje desprovisto de heroísmo. Esta cualidad es reservada para otros personajes, como el doctor Algernon Edwards (fantástico André Holland), médico negro del mismo rango profesional que Thackery (y más habilidoso que él), relegado al sótano del hospital, donde atiende a pacientes negros de forma clandestina. La tensión entre el personal médico del Knick y el doctor Holland va in crescendo a lo largo de la temporada, hasta que estalla durante una revuelta racial en la que es una de las horas más apasionantes y enervantes que nos ha dado la televisión este año (“Get the Rope”, 1.07).

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Podemos encontrar lirismo en las imágenes de The Knick, así como en sus diálogos. También hay sórdidos pasajes que reproducen fielmente la sensación real de estar atrapado en una pesadilla. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, la serie transcurre sin florituras excesivas, con personajes que esconden más de lo que muestran y una constante e insoportable tensión contenida, a la que contribuye la magnífica banda sonora anti-nostálgica de Cliff Martinez (Drive), formada por opresores cortes electrónicos que funcionan como pulsaciones cardíacas. El contraste anacrónico de la música de sintetizadores con las imágenes de Soderbergh da resultados excelentes, y atribuye gran empaque e identidad a la serie, pero éste es solo uno más de los elementos de una obra tan sobria como técnicamente imponente: iluminación natural habilidosamente utilizada para representar los claroscuros de la historia, oscilación entre planos detalle (con los que la serie nos muestra las operaciones más realistas de la tele, para desmayo de los aprensivos) y sostenidos planos generales que nos alejan a los personajes y desplazan la atención exclusivamente a los diálogos; y sobre todo unos apabullantes planos secuencia (True Detective se lleva la fama y The Knick carda la lana) en los que la prodigiosa cámara de Soderbergh (su escalpelo particular) se mueve de manera orgánica e inquisitiva, siguiendo la acción e introduciéndonos en el relato como pocas series lo han hecho hasta ahora.

The Knick lleva el término “televisión de autor” hacia otro nivel, ya que los diez episodios que conforman su primera temporada están dirigidos por Soderbergh (siguiendo el ejemplo de True Detective). En otras series, el showrunner orquesta a un equipo que se encarga de mantener la uniformidad de la serie a lo largo de sus capítulos, normalmente sin importar quién esté en la silla del director. En The Knick, Soderbergh rueda los diez episodios como si fueran realmente diez partes de una larga película. De la misma manera, el guión de casi todos los capítulos está escrito por los creadores de la serie, Jack Amiel y Michael Begler (Steven Katz se ocupa de dos mientras que el tándem escribe el resto), lo cual imprime a la obra una cohesión y unidad narrativa que sin duda salta a la vistaThe Knick es una serie austera, cruda, de impecable ambientación en contraste con los minimalismos dramáticos de los personajes, una obra que antepone el realismo a la pompa y la sobre-escritura de algunas series actuales, sin sacrificar por ello el virtuosismo técnico, hallando en su parco y contundente lenguaje la clave para el siguiente capítulo de la ficción televisiva.

Estrenos de cine destacados – Viernes 05/04/13

El estreno de la semana: EVIL DEAD

 

Un amor entre dos mundos (Upside Down, Juan Solanas, 2012)

En esta película todo está, literalmente, del revés, incluyendo la coherencia y la lógica interna. Desde los créditos con la voz en off del protagonista -un Jim Sturgess al que ya se le ha pasado el arroz interpretativo-, ahorrándonos el trabajo de sacar conclusiones sobre la película, hasta un final abrupto que cierra de la manera más torpe y chapucera todos los frentes abiertos, Un amor entre dos mundos hace gala de una ineptitud absoluta a la hora de introducir -y conservar- al espectador en el interesante mundo que plantea.

No hay suspensión de la incredulidad que valga. Estamos ante una película que crea dos mundos enteros desde cero y no es capaz de aportar un sólido decálogo que los sostenga. Solanas sobreexplica lo innecesario, lo más nimio, lo que el espectador ve con sus propios ojos, y se escaquea de dar cualquier tipo de respuesta a las grandes cuestiones de la película. Veremos al protagonista agarrar una caja que le lanza otro personaje al aire y decir dos veces “la he cogido”, pero el avance científico que cambiará para siempre la humanidad se explicará con un “me han dicho que tú lo entenderás” -así que no me molesto en dar detalles. La cantidad de deus ex machina que conforman esta película es incalculable. No hay un solo giro de guion o acontecimiento en la historia que no esté introducido a la fuerza para tapar agujeros y hacerla avanzar en la dirección que Solanas se empeña en tomar, a oídos sordos de lo que su sentido común le dice. Da igual que la historia de amor entre Adam (Sturgess) y Eden (Kirsten Dunst) sea, en teoría, más grande que el universo. Ni siquiera eso es capaz de evitar que este se desmorone por completo.

El director argentino se mete en mil y un berenjenales, del más cósmico al más microscópico, y no es capaz de encontrar maneras naturales y fluidas de salir de ellos. Antepone las buenas ideas visuales a la coherencia narrativa y sacrifica cualquier posibilidad de construir un discurso satisfactorio y un relato que atrape de verdad. “Pero esto no tiene sentido, señor Solanas”, “Da igual, pero, ¿y lo bonito que queda?” Un amor entre dos mundos resulta infantil y amateur. La cantidad de potencial malgastado es desoladora.

Efectos secundarios (Side Effects, Steven Soderbergh, 2013)

Con este thriller farmacológico -como se empeñan en denominarlo en todas partes-, Steven Soderbergh construye una (otra) película sólida y disfrutable que fluye como si hubiera sido realizada sin excesivo esfuerzo, y con mucho oficio. No en vano, es su quinta película como realizador en apenas dos años -sin contar la TV Movie Behind the Candelabra, aun por estrenar. Pero la inquietud e hiperactividad -o prisa, porque el director ha anunciado que se retira indefinidamente de la dirección- no desluce el resultado, ni de este el que quizás sea su último filme -aunque no nos lo creemos demasiado-, ni de los que le han precedido, las nada desdeñables Contagio o Magic Mike.

Efectos secundarios es una interesante y muy hollywoodiense aproximación al mundo de los fármacos contra la depresión. Una aguda reflexión vestida de absorbente cinta de suspense que nos adentra -no sin la pertinente dosis de demagogia y factor espectacular- en una realidad muy afín a la sociedad norteamericana, que desde el otro lado del charco contemplamos con una mezcla de fascinación y horror. Como el doctor Jonathan BanksJude Law en su mejor papel en muchos años- afirma, en Europa, ir al psicólogo es síntoma de problema, en Estados Unidos significa que el problema se está curando.

Un asesinato pone en marcha un relato de engaños, apariencias y conspiraciones que se las arregla para inquietar y despertar la duda razonable del espectador en todo momento, gracias sobre todo al buen hacer del reparto -en especial Rooney Mara y una fantástica Catherine Zeta-Jones. Sin embargo, a Soderbergh, y a Scott Z. Burns -guionista de la película-, se les va la mano a la hora de atar cabos, en un aturullado y confuso desenlace que se empeña en no dejar absolutamente nada a la imaginación del espectador -como Magic Mike, pero de otra manera. Por culpa de la búsqueda hitchcockiana del crimen perfecto, la historia se acaba resintiendo irremediablemente. Eso sí, a Soderbergh hay que reconocerle el mérito: el hombre sabe cómo hacer películas. Si de verdad se retira de la profesión, puede estar tranquilo, lo hace después de firmar una notable trilogía.

Posesión infernal: Evil Dead (Evil Dead, Fede Álvarez, 2013)

-Insertar párrafo sobre remakes, reboots, la falta de originalidad de la industria cinematográfica de Hollywood, la crisis creativa del cine, y todo eso-

Y ahora al grano: Me da exactamente igual si esta nueva Evil Dead era necesaria o no -¿cuándo son los remakes necesarios?-, lo que tengo claro es que esta es una película que yo sí quería ver. Y que después de hacerlo, puedo afirmar con toda convicción que estamos ante uno de los mejores reboots que se han hecho en los últimos años -y el número total es inabarcable. Absolutamente enervante y desquiciante, burra y demencialPosesión Infernal 2013 no se anda con remilgos, y hace un esfuerzo sobrehumano por estremecer completamente al personal a base de imágenes impactantes que harán girar la cabeza -360 grados- a más de uno.

Con el equipo de productores original –Raimi, Tapert y el gran Bruce Campbell– y bajo la mirada de un director novel, la película se mantiene más o menos fiel a su referente, pero se adapta a las sensibilidades de la muy experimentada y suspicaz audiencia. Debemos tener en cuenta un factor muy importante a la hora de adentrarnos en Evil Dead, y sobre todo al imaginarnos el proceso de escritura de la película -desempeñado por Álvarez en colaboración con la mismísima Diablo Cody-, y este no es otro que la existencia de una pequeña película con la que seguro que ya estáis más que familiarizados: The Cabin in the Woods. La cinta de Drew Goddard y Joss Whedon deconstruyó Evil Dead -y todas las sagas slasher que le sucedieron- en un ejercicio metanarrativo que marcaba un antes y un después en el cine de terror moderno. ¿Cómo acometer la empresa de hacer una nueva Evil Dead cuando es, oficialmente, la tercera versión de la historia, y sobre todo, cuando ya se han explicitado y desmitificado todos sus mecanismos narrativos? Muy sencillo: yendo más allá que todas ellas juntas.

Al final no es tan importante y decisivo que se haya intentado dar lógica y trasfondo a la historia -gran trabajo de Álvarez y Cody anticipándose a las repelentes preguntas del espectador más descreído- porque lo más -lo único- importante es remover estómagos y conseguir que el espectador clave las uñas en el muslo de la persona con la que ha ido al cine. No estoy seguro de si Posesión infernal: Evil Dead será para vosotros “la experiencia más aterradora que vais a vivir”, pero desde luego no defraudará a los que vayan buscando emociones fuertes.

Para terminar, tres consejos: que los aprensivos se mantengan alejados de la sala, que los que vayan a verla no vean el tráiler -que incluyo aquí debajo solo para no desequilibrar la entrada-, y que os quedéis a ver los créditos finales.