Las comparaciones son odiosas: Inhumans vs. The Gifted

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En los cómics de superhéroes es muy habitual ver enfrentamientos entre las distintas especies que pueblan sus mundos en grandes eventos crossover que siempre prometen sacudir los cimientos de su universo. Uno de los que ha tenido lugar más recientemente en Marvel Comics opone a los Inhumanos y la Patrulla X, que en años recientes han sido objeto de varias polémicas por el tratamiento que la editorial les ha otorgado a raíz de su complicada situación en el terreno audiovisual. En pantalla, dicho crossover sería sencillamente imposible, ya que aunque en las páginas de los tebeos comparten universo, en cine y televisión, sus derechos pertenecen a estudios distintos. Inhumanos es de Marvel Studios mientras que los X-Men pertenecen a 20th Century Fox. Por eso, ya que un crossover audiovisual queda descartado, solo nos queda trasladar la batalla a la plaza de Internet para determinar cuál de las dos especies sale ganando.

Marvel Studios lleva una década generando éxito tras éxito en la gran pantalla, mientras que 20th Century Fox ha tenido más problemas para sacar el máximo partido a sus propiedades marvelianas, Los 4 Fantásticos, X-Men y sus personajes derivados, aunque recientemente ha encontrado la manera de hacerlo: experimentando con los géneros y arriesgando con las calificaciones por edades. En televisión, la cosa cambia. Marvel no ha conseguido despegar en ABC, con Agents of S.H.I.E.L.D. ahogándose en las audiencias a pesar de haber mejorado con cada temporada, Agent Carter cancelada y las series de Netflix empezando fuerte y perdiendo fuelle hasta llegar al mashup que ha decepcionado a muchos fans, The Defenders. Por otro lado, la rama live-action de Fox no se había aventurado en la ficción televisiva hasta este año, que estrenaba la provocativa y psicodélica Legión, con muy buena recepción por parte de público y crítica.

Para inaugurar el otoño, Marvel y Fox han lanzado sendas series superheroicas y, lógicamente, han despertado inevitables comparaciones. En primer lugar, la Casa de las Ideas ha presentado a la familia real de Attilan con Inhumans, cuyos dos primeros episodios han pasado primero por cines IMAX con resultados muy pobres. Por otro lado, los mutantes se han pasado de FX (donde se emite Legión) a la network en abierto Fox, donde ha dado comienzo otro asunto familiar, The Gifted, drama del universo X-Men esta vez orientado a un público más amplio y, digamos, tradicional que las marcianas aventuras de David Haller. En sus primeras semanas en antena, la audiencia ha proclamado una clara ganadora. Veamos por qué.

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Lo de Inhumans ha sido la lenta y agonizante crónica de una muerte anunciada. En 2014, el mandamás de Marvel Studios Kevin Feige anunciaba su película para la Fase 3 del Universo Cinemático Marvel. Sin embargo, el proyecto sufrió varios contratiempos hasta caerse del calendario y quedar pospuesto de forma indefinida. A finales de 2016 Marvel anunció que Inhumans seguía adelante, pero no como película, sino como serie de ABC. Feige había escurrido el bulto hacia la tele, donde el villano real Ike Perlmutter (CEO de Marvel Entertainment) lleva a cabo sus fechorías al margen de su archienemigo. Los fans pusieron el grito en el cielo. Una propiedad tan exuberante y fantástica como los Inhumanos no encajaba en el estilo más bien low cost de la cadena del alfabeto. Su preestreno en la pasada Comic-Con confirmó los mayores temores de la audiencia. Inhumans era un desastre y la proyección de su piloto había provocado risas entre los asistentes a la convención. Su paso por IMAX sirvió para que los pocos que la vieron se preguntaran cómo era posible que alguien hubiera dado su visto bueno para proyectar en pantalla grande algo tan cutre. Y su estreno a finales de septiembre en televisión, donde ocupaba la franja horaria de la muerte, los viernes, se saldaba con cifras de audiencia muy pobres, como era de esperar.

Pero, ¿de verdad la serie es tan mala como para haberse dado semejante batacazo? Realmente no. Es peor. Después de ver los primeros cuatro episodios solo puedo unirme a la voz colectiva que clama “¡¿Por qué?!” Es sencillamente increíble que Marvel dejase que algo tan extremadamente pobre en todos los aspectos viese la luz del día. No sorprende que detrás del proyecto se encuentre Scott Buck, el responsable del otro gran traspiés de Marvel TV, Iron Fist, quien después de estas dos series tendrá problemas (o eso esperamos) para volver a tomar las riendas de algo creativo en la compañía. Si Inhumans ya estaba condenada al fracaso, es Buck quien ha terminado de estrellarla contra la pared. La serie parece haber sido concebida como una especie de Juego de Tronos del Universo Marvel, pero el resultado, lejos de parecerse al éxito de HBO, más bien se acerca a lo que sería Hawaii 5.0 con (unos pocos) superpoderes.

Todo falla en Inhumans: un triste diseño de producción que hace que Attilan parezca una nave industrial escasamente amueblada por IKEA en lugar de un fastuoso reino situado en la Luna, vestuario que más bien parece cosplay (sin ánimo de ofender a los cosplayers), interpretaciones acartonadas y distantes (Serinda Sawn y Anson Mount no están mal teniendo en cuenta las circunstancias, pero ver a Iwan Rheon intentado luchar contra su acento británico y sufrir mientras trata en vano de resultar amenazante en sus escenas es muy incómodo – este no es nuestro Ramsay), diálogos de una ineptitud mayúscula, personajes planos y secundarios de una insulsez absoluta, creatividad y estilo visual de imaginación nula (parece que se esfuerzan en apagar los colores cuando tendría que ser al contrario), soluciones insultantes para abaratar costes de producción (a Medusa, cuya característica distintiva principal es su poderosa larga melena pelirroja, le rapan la cabeza en el primer capítulo)… Vamos, que Inhumans es una chapuza de la cabeza a los pies, una serie aburrida y falta de inspiración en la que nada funciona. Solo la presencia de Lockjaw, el perro teletransportador gigante, puede ayudar a tragar el engrudo, pero una mascota resultona no levanta una serie.

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En Fox, por el contrario, han empezado la temporada con mejor pie. Creada por Matt Nix (Burn Notice) y con piloto dirigido por el mismísimo Bryan Singer, The Gifted da al espectador desde el principio lo que se espera de una serie de superhéroes: acción, suspense, personajes llamativos, despliegue visual y superpoderes. La serie gira en torno a un matrimonio que acaba de descubrir que sus dos hijos adolescentes son mutantes y se ven forzados a escapar del gobierno y refugiarse junto a una red underground de mutantes, considerados terroristas por las autoridades. El piloto de The Gifted va directo al grano, está bien construido, combina drama y acción de manera acertada y presenta una historia con mucho potencial a explorar, mientras que los siguientes capítulos confirman el buen camino que la serie ha escogido.

Sin ser la panacea de los superhéroes, The Gifted hace bien todo lo que Inhumans hace mal. La puesta en escena y los efectos visuales son notables, las interpretaciones muy sólidas (ahí está nuestra Amy Acker, a la que siempre es un placer volver a ver, y la robaescenas nata Emma Dumont), y la historia engancha, con personajes y relaciones mucho más atractivas y cuidadas que las de los habitantes de Attilan. Otro aspecto en el que The Gifted sale ganando es en su forma de reflejar en su historia nuestro mundo, y en concreto la sociedad norteamericana tras la elección de Trump como presidente. Los cómics del universo mutante siempre han establecido paralelismos con la lucha contra la opresión de las minorías, de la comunidad LGBT+ o todo aquel que sea “diferente” a lo normativo. Y The Gifted saca provecho de esta idea para llevar a cabo una serie comprometida en lo que se refiere a la defensa de los derechos de los marginados por la sociedad y las víctimas del odio, uno de los principales hilos conductores de su argumento. Pero por encima de todo, The Gifted es entretenimiento digno y eficaz, una serie bien hecha con la que Fox sigue llevando a los mutantes por el buen camino, uno más convencional después de varias jugadas arriesgadas que le han salido muy bien.

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Así que el veredicto no puede ser otro: The Gifted gana el primer asalto. Y dudamos que Inhumans vaya a llegar al segundo. ABC no se ha pronunciado con respecto al futuro de la serie de Marvel, pero no pinta demasiado alentador (si no continúa, se ampararán en la excusa de que siempre fue concebida como una miniserie, que puede ser cierto, pero también es un claro plan de fuga). The Gifted, por otro lado, tampoco es que esté machacando los índices de audiencia, pero su acogida ha sido mucho más cálida, a la gente le está gustando y sus números por ahora parecen estabilizarse en la zona segura. En la gran batalla televisiva de 2017 Inhumanos vs. Mutantes ha ganado el rival más fuerte. Lo ideal habría sido que fuéramos los espectadores los que saliéramos ganando con dos buenas nuevas series de supehéroes, pero nos conformaremos con que al menos se salve una.

The Bastard Executioner: La degeneración de las series “para adultos”

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FX quería su propia Juego de Tronos, y ya la tiene. Se llama The Bastard Executioner y viene de la mano de Kurt Sutter, creador de uno de los mayores éxitos de audiencia de la cadena, Sons of Anarchy. Había mucha expectación en torno al estreno de esta serie la semana pasada, pero no se tradujo en cifras espectaculares para la cadena. El piloto, de doble duración (90 minutos), fue la retransmisión original de cable más vista de la noche, pero quedó por debajo de varias reposiciones de The Big Bang Theory Family Guy, con un discreto 0.8 en la demográfica de espectadores entre 18 y 49 años (Sons of Anarchy se solía poner por encima del 2.0 en su última temporada, para que os hagáis una idea). Las reacciones del público ante el estreno no fueron muy positivas, así que se espera que la audiencia siga cayendo en próximas semanas.

Y no será sin razón. The Bastard Executioner es un producto televisivo muy pobre en casi todos los sentidos, una serie que, a juzgar por su piloto (y esto podría cambiar, pero lo dudo), no tiene nada que ofrecer que no podamos encontrar en muchas otras ficciones. TBE es una historia medieval ambientada en la tumultuosa Gran Bretaña de Eduardo I (siglo XIV) protagonizada por un leal caballero del rey, Wilkin Brattle (el australiano Lee Jones), que después de recibir un mensaje divino decide dejar atrás su vida de sangre derramada en la batalla para, azarosos caprichos del destino, acabar convirtiéndose en verdugo en el pueblo del enemigo (oscura e impersonal figura, secundaria en este tipo de historias, que Sutter pretende explorar en la serie). TBE cuenta con un reparto que mezcla actores desconocidos con populares rostros televisivos, como Stephen Moyer (True Blood), Matthew Rhys (The Americans), y por supuesto la musa y esposa en la vida real de Sutter, Katey Sagal, que interpreta a la curandera mística Annora, personaje que debería haber ido a parar a alguien que al menos supiera imitar el acento galés, destreza que Sagal claramente no domina (viva el nepotismo).

The Bastard Executioner no está basada en ninguna novela, pero es exactamente igual que todas las historias medievales pseudo-fantásticas que hemos visto en los últimos años (intrigas políticas, héroes grises, castas, batallas, torturas y “magia”), recordando sobre todo a la mencionada Juego de TronosOutlander (aquí también hay villano degenerado con el que parece vincularse sadismo y prácticas homosexuales), pero mucho más cutre que cualquiera de las dos. Y aunque prometí no abusar del adjetivo “gratuito” en mis críticas (es un concepto delicado que varía según el producto y el consumidor), es imposible no hacerlo al hablar de esta serie, probablemente la más desvergonzadamente gratuita del año (no nos extraña viniendo de quien viene). La historia y los personajes de TBE son mediocres, sus diálogos parecen copiados de un manual anticuado, uno tipo “frases de stock para historias medievales”, y las interpretaciones son planas. Pero lo peor es que la serie es básicamente un continuo de “shock value”, es decir, sexo y sobre todo violencia gráfica cuyo único propósito es impactar.

Katey Sagal Bastard

El piloto de The Bastard Executioner es uno de los más cafres que hemos visto recientemente en una cadena no premium (está a la par con lo más explícito que se puede ver en HBO, Showtime o Starz). La violencia es tan sensacionalista y frecuente que acaba saturando demasiado pronto. Sutter y su director, Paris Barclay (uno de los realizadores televisivos más prolíficos de la era dorada de la TV), no han reparado en gore, y la orgía de sangre, huesos rotos y vísceras de TBE incluye: [spoilers] cuchillos y espadas atravesando cráneos como si fueran mantequilla caliente, un niño degollado on camera, las imprescindibles decapitaciones, un hombre aplastando la cabeza a pisotones a otro (sí, como en IrreversibleEl Laberinto del Fauno), y el plato fuerte, una embarazada destripada con el feto fuera, aun unido por el cordón umbilical, en lo alto de una pila de cadáveres, salvaje asesinato que por supuesto también hemos presenciado antes [fin de spoilers]. Todo un alarde descerebrado de casquería (como Spartacus pero menos digital) que entierra por completo la historia y que además, como explica la historiadora Kathleen E. Kennedy, poco tiene que ver con la realidad de la Edad Media.

Seguramente el piloto de The Bastard Executioner haya potenciado su lado más brutal y depravado para enganchar al espectador ávido de televisión “para adultos” (si lo hacen en GoT, nosotros también), creyendo que ahí reside la clave para hacer una serie moderna y de prestigio. Pero The Bastard Executioner no es adulta, al contrario, es una ficción profundamente inmadura (y encima aburrida) que, si tiene pensado crecer en algún momento, no contará conmigo para presenciar su rito de paso.

True Blood (2008-2014): Descansemos en paz

Sookie y Bill

Sookie: Bill, I’ll never forget you.
Bill: I wish I could say the same,
but I don’t know what happens next.

Al contrario de lo que la mayoría opina, las dos últimas temporadas de True Blood han sido un acierto para mí. La sexta temporada suponía el estreno como showrunner del productor ejecutivo Brian Bruckner, tras la marcha del creador de la serie, Alan Ball. La serie llevaba ya un par de temporadas dando palos de ciego, sin saber qué nos estaba contando (¿lo supo alguna vez?) y rellenando capítulos con las tramas más infames y prescindibles. Así que Bruckner tenía dos opciones: seguir dejando que el caos reinase o intentar que la serie se centrase. Afortunadamente, eligió la segunda opción. Así, la sexta temporada sirvió para hacer reconectar a los personajes y entrelazar sus tramas, hasta ese momento horriblemente desconectadas entre sí, y poner orden al embrollo que Ball había dejado como herencia a Bruckner. La séptima y última temporada ha continuado por este camino, centrándose principalmente en los personajes, dejándolos simplemente hablar, abrirse los unos a los otros (esta vez no necesariamente de piernas), estrechar lazos. Estos últimos diez episodios de True Blood han sido una celebración de Bon Temps, de Sookie Stackhouse y su “familia creada”, y por supuesto, una oda a los que sobreviven.

La temporada final empezó con mal pie, y no fue hasta el cuarto episodio cuando despegó realmente. A partir de ahí, Bruckner se dedicó a dialogar con los personajes, y preguntarles qué esperaban exactamente de la vida, y cuáles eran sus asuntos pendientes y sus sueños. Generalmente, Bruckner los escuchó, y fue dando clausura narrativa a todos los habitantes de Bon Temps a medida que la temporada se acercaba a su fin. Fueron los personajes humanos los que, sorprendentemente o no, nos proporcionaron los finales más emotivos, concretamente Arlene Flower y Andy Bellefleur, secundarios que esta temporada se han revelado como los personajes más consistentes, dos de los pilares más sólidos de True Blood, y que nos han dejado las escenas más hermosas de la serie en mucho tiempo. También Jason Stackhouse, al que le ha tenido que salir una novia casi de la nada para que nos demos cuenta de que en cierto modo ha sido siempre el corazón de la serie. Otros personajes recibieron finales más cómicos, como Ginger -que por fin se sentó en el trono (encima de Eric)-, discretos, como Sam, o más abruptos, como Alcide o Tara -aunque en el caso de la segunda, esta permaneció en la serie como fantasma y antes del último episodio obtuvo su pase hacia el cielo en forma de la reconciliación definitiva con su madre (Adina Porter se merece todos los premios). Por último, la recta final de True Blood recuperó a la mejor pareja de la serie, Jessica y Hoyt, para darles un final feliz -aunque la serie nos tenía reservada una última sorpresa en forma de boda, porque ya sabemos que no hay series finale que valga sin una boda. En todo caso, es evidente que Bruckner ha ido cerrando historias de manera que para el final solo quedaran dos grandes asuntos por resolver: Bill y Sookie y la trama de Sarah Newlin y la New Blood.

Jessica y Hoyt

Y entonces llegamos a “Thank You” (7.10), y comprobamos que esto no era suficiente para construir un final satisfactorio, y que ir despojando poco a poco a la serie de camp para dotarla de mayor dramatismo y, digamos, elegancia, quizás no ha tenido el efecto deseado. Entendemos que para cerrar el ciclo el final se centre en Bill y Sookie, la pareja con la que comenzó todo, pero hace tiempo que a la audiencia dejó de importarle esta pareja, y por tanto hacía falta más. Sobre todo más emoción, más… vida. True Blood fue conocida durante sus siete temporadas por sus altas dosis de sexo y violencia gráfica, y su cualidad de “serie pajillera” por excelencia. “Thank You” (en el que no hay ni una escena de sexo, por cierto) se olvida por completo de esta vertiente de la serie para no distraernos de los personajes; pero es que nunca ha hecho falta desvincularlos de la esencia perturbada y demencial de la serie para hacerlo. El resultado es un episodio final correcto, “humano”, pero terriblemente conservador, insulso y olvidable, algo que una serie como esta no se podía permitir, y en definitiva, lo último que esperábamos de True Blood.

Pero lo más grave de todo no es el hecho de que una serie como True Blood se haya despedido de manera tan sosa y convencional, sino que estos dos últimos años dedicados a recuperar el norte de la historia no han servido para nada, porque al final ha quedado más que evidente que Bruckner en realidad tampoco sabía muy bien hacia dónde se dirigía la historia o qué hacer con sus personajes principales. Para levantar su discurso final en “Thank You”, True Blood insiste en (de manera demasiado evidente) en la idea con la que comenzó la serie: la metáfora entre los vampiros y la otredad oprimida, concretamente los homosexuales (“El estado de Louisiana no reconoce este matrimonio”). Lo utiliza para reforzar la ilusión de ciclo completo, pero en realidad hace mucho tiempo que la serie perdió su sentido del propósito. No hay más que ver el desenlace de Sookie y Bill. Es un detalle bonito y significativo hacer a Sookie la principal representante de esa otredad, incluso por encima de los vampiros, y que acabe aceptando su diferencia, su “monstruosidad”, como parte de sí misma, y no como un inconveniente para llevar a cabo una “vida normal”. Pero las circunstancias y motivaciones para llegar a esta conclusión no podían ser más fortuitas y contradictorias.

Eric y Pam bolsa

Por encima de todas esas incongruencias destaca la absurda petición de Bill, que nos plantea mil y una preguntas y pone en evidencia todos los agujeros de la historia -¿por qué ahora? ¿por qué no se estaca él mismo?, y sobre todo, ¿por qué sus motivos para morir y dejar libre a Sookie no se aplican a Jessica? El “ahora sí, ahora no” antes de que Sookie estaque a Bill en su ataúd solo sirve para retrasar el momento de la verdad y malgastar tiempo que se podía haber empleado en darle aunque fuera una maldita escena a Lafayette, personaje fijo desde el principio, que no tiene diálogos en el episodio y solo aparece en el plano grupal durante la comilona de la escena final. Es indignante e inexplicable que después de todo este tiempo, el personaje no reciba el cierre que merece.

Lo mismo, aunque de manera menos lacerante, ocurre con Eric y Pam, sin duda los personajes favoritos de la audiencia, cuya historia termina completamente descolgada de la del resto. De acuerdo, siempre fueron a su bola. Claro que no nos los imaginamos a la mesa junto a los habitantes de Bon Temps, y nos alegra saber que seguirán siendo socios (y algo más) durante el resto de su eternidad (“Oh, I am so fucking with you”), pero qué menos que una última escena entre Eric y Sookie (¿quizás una visita final de la Stackhouse a Fangtasia? Seguro que habría tenido más emoción que la última secuencia con Bill). Ya no es que nos hiciera ilusión ver a Sookie y Eric juntos una última vez, es que era necesario. Agentes externos y una mala gestión narrativa han dado como resultado un desenlace enormemente desestructurado e inconcluso, un episodio que dedica demasiado tiempo a algunas escenas que podían y debían haber durado menos (la despedida de Bill y Sookie, la boda de Jessica y Hoyt, Sarah Newlin en el sótano), en detrimento de otros personajes, impidiendo así la sensación general de final de serie.

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Sorprende que una serie que se ha caracterizado por su gran compromiso con el fan service (nos ha dado todo lo que queríamos y más, sobre todo en cuanto a escenas cochinas) no sea capaz de superar los problemas de incompatibilidad de agendas (al parecer, Skarsgard y Bauer no estaban disponibles para grabar escenas a la vez que el resto de actores) y no sepa exactamente qué hacía falta para dar un final satisfactorio a sus fieles seguidores, a los truebies que han permanecido “true to the end“. No me malinterpretéis, no hay nada que me guste menos que un final que atiende mucho más a las necesidades del espectador que a las de la propia historia y los personajes. El problema es que el de “Thank You” no es ninguno de los dos casos. Es un final en teoría adecuado, un final feliz, pero no un final estimulante, es el final de otra serie, no el de True Blood. Y si por algo se ha caracterizado esta serie, además de por ser una de las más inconsistentes de la televisión, es por saber estimularnos, de todas las maneras. “Thank You” es un trabajo desganado, desapasionado, agridulce (en el mal sentido), una chapuza que ha dejado a muchos completamente indiferentes (solo el plano que cierra esta entrada logró provocar reacciones) y a otros enfurecidos tras siete años defendiendo lo que para muchos era indefendible. En fin, como suele ocurrir en estos casos, quedémonos con lo bueno que nos ha dado True Blood, es decir, las horas incontables de despelote, gore y exceso que han amenizado nuestros veranos. Por lo demás, echemos tierra por encima de este final y descansemos en paz.

True Blood (2008-2014) RIP

True Blood: El último verano (7.01 “Jesus Gonna Be Here”)

True Blood Jesus Gonna Be Here

Tranquilos, a pesar del título de la entrada, este año no os voy a decir aquello de que True Blood es sinónimo de verano, o a soltar el típico rollo para explicar por qué la serie vampírica de Alan Ball es uno de nuestros guilty pleasures favoritos o a enumerar las maravillas de la anatomía de Joe Manganiello (bueno, quizás eso sí lo haga después). Este año voy a empezar la temporada estival de reviews yendo directamente al grano: El regreso de True Blood ha sido decepcionante, aburrido y demasiado disperso hasta para ser True Blood, que es probablemente la serie más descentrada y caótica de la historia. Es preocupante, teniendo en cuenta que es la última temporada, pero no demasiado si pensamos que los comienzos de temporada de muchas series son simplemente un ejercicio de reajuste, o si lo comparamos con las muchas horas de coñazo absoluto que nos hemos llegado a tragar felizmente con esta serie.

Porque True Blood puede divagar, ramificarse innecesariamente y dar continuos palos de ciego, pero siempre nos acaba devolviendo a lo mismo: la chulería de Pam, el paletismo de Sookie, el palotismo de Jason, el sudor, la sangre, el sueño húmedo de una noche de verano. Sin embargo, todos esos elementos que hacen de True Blood una gozada casi pornográfica están desinflados en este “Jesus Gonna Be Here“, como si para volver se hubieran puesto las pilas medio cargadas, como si estuvieran encerrados todos (literalmente) en el mismo sótano de siempre, y tuvieran ya ganas de escapar de una vez. La sexta temporada terminó con un salto hacia el futuro que nos brindaba la trama central para la recta final de la serie: La sangre sintética se ha acabado, una cepa de hepatitis V afecta a la mitad de la población vampírica, convertida en zombies de The Walking Dead, y en Bon Temps, uno de los muchos pueblos pequeños de la América profunda olvidados por el gobierno, Sam Merlotte, ahora alcalde, promueve el emparejamiento de humanos y vampiros para recibir protección a cambio de comida. De momento, los enfrentamientos político-bélicos de Sam, Andy y Bill con la resistencia de vigilantes de Bon Temps no podrían ser más soporíferos (esperemos que Vince, el señor que perdió las elecciones contra Merlotte no sea un villano oficial esta temporada). Pero al menos nos alegramos al comprobar que la serie regresa a Bon Temps, y centra la mayor parte de su acción en el pueblo (¡Jane Bodehouse!), como en un intento de regreso a los orígenes para cerrar ciclo.

Jessica Adilyn

El mayor problema de esta season premiere es quizás el hecho de que el humor brilla por su ausencia. A excepción de un par de momentos contados, “Jesus Gonna Be Here” es un capítulo decididamente serio, y la seriedad no sienta del todo bien a True Bloodque suele brillar más cuanto más alocada y rocambolesca es. La irregular carga dramática del episodio es eso, una carga, un lastre que hace que los más de 50 minutos que duran los capítulos acaben pasando factura, y que tengamos la sensación de que ni los actores ni el equipo están al 100% en lo que hay que estar. Mirad por ejemplo a Anna Paquin (a la que siempre defenderé de los haters), que nos dejó un panegírico precioso en el 6×09, y que cierra este 7×01 con otro discurso a los habitantes de Bon Temps. Pero esta vez no nos lo creemos, Paquin no está ahí, y sus palabras, por muy importantes que sean, suenan desganadas e impuestas. Como las de Pam, que siempre clava sus one-liners, y en este capítulo suenan forzados, como demasiado Pam hasta para ser Pam (“I’ll be in hell having a threeway with the devil”). O como Jessica y Adilyn Bellefleur. Deborah Ann Wol está mejor que la Paquin en este capítulo, pero esa escena de conexión adolescente entre Jessica y su protegida -mientras la zorra de su novio liga con Lafayette-, por muy bonita que fuera en teoría (visualmente lo mejor del capítulo), resulta artificiosa en la práctica. True Blood no es conocida precisamente por su sutilidad, pero en “Jesus Gonna Be Here” llevan la obviedad a otro nivel.

Y para obvio, el hecho de que Tara NO está muerta, a pesar de que en la increíblemente mal ejecutada secuencia inicial de la temporada (dirige Stephen Moyer, ejem) se nos quiere convencer muy torpemente de que sí -mirándolo por el lado bueno, si para algo nos sirve esta infame escena es para disfrutar de otra gran interpretación de Adina Porter como Lettie Mae Thornton. Tara es un personaje protagonista que lleva en la serie desde el primer capítulo, la única excusa para matar a un protagonista en off es para engañarnos. Si no la hemos visto morir, no está muerta. Además, si Tara hubiera caído de verdad, Pam lo habría sentido (su sire amenazó con dejarla libre, pero sigue inevitablemente conectada a ella). Se mire como se mire, no es más que otra muestra de lo tosco y desganado que ha sido todo en este arranque de temporada (nos gusta que True Blood sea cutre, pero no tanto). O han despedido a un personaje importante de la manera más anticlimática posible (improbable), o nos tienen preparada la sorpresa menos sorprendente de la serie. Y es una pena, porque si algo sabe hacer True Blood, a parte de humedecernos y lubricarnos, es sorprendernos.

True Blood Lettie Mae Tara

Que “Jesus Gonna Be Here” ha tenido su dosis mínima de despelote, pero como las cosas están tan serias y hay una revolución gestándose, no hay tanto tiempo para retozar -aunque ya sabemos que en Bon Temps no importa que el armaggedon se acerque, hay que follar. Así, tenemos una escena de cama de Sookie y Alcide, la pareja más aburrida de la tele. Y esta vez ella enseña más que él, algo raro teniendo en cuenta que la carnaza masculina es lo que vende en esta serie. No nos quejaremos. Ya que la Paquin está desganada interpretativamente hablando, por lo menos enseña las tetas. Y por otro lado tenemos a Jason Stackhouse, que eleva de nivel el episodio enseñando su trasero fibrado y bubbilicious, lo único interesante de su también aburridísima y repetitiva trama con la pesada de la vampira dominatrix (el emparejamiento de Jason y Jessica funcionaba muy bien, este no). Por lo demás, no hay mucho más que destacar de “Jesus Gonna Be Here”, un capítulo (esperamos) de transición hacia (ojalá) tramas más divertidas y emocionantes. Coño, ¡que es el final! Esperemos que las historias presentadas en este episodio se transformen y den lugar a otras más atractivas, porque lo que hemos visto por ahora ha sido bastante poco alentador. Y por supuesto, confiemos en que Pam encuentre pronto a Eric Northman y este haga acto de presencia para animar el cotarro, que su ausencia nos ha confirmado hasta qué punto él se ha convertido en el protagonista de la serie.

True Blood 6.09 “Life Matters”

El noveno episodio de la sexta temporada de True Blood nos ha dado todo lo que nos hizo enamorarnos de la serie hace ya unos cuantos años. Y mucho más. De acuerdo, quizás lo único que faltó fue algo de desnudez (no cuentan miembros viriles no pegados al cuerpo), pero en los demás aspectos “Life Matters” nos devolvió por completo la ilusión por una serie cuyas anteriores temporadas nos habían desencantado. La sexta temporada se confirma así como un nuevo comienzo para la serie de Alan Ball, haciendo que nos preguntemos si quizás habría sido mejor que se hubiese marchado mucho antes.

Como seguidores de True Blood, estamos más que acostumbrados a recibir una de cal y otra de arena. Finales impactantes para rematar episodios soporíferos, el mayor número de personajes de relleno que hemos visto en una serie contra fan favourites que por sí solos merecen la pena cualquier suplicio. Pocas series adolecen tanto de un desequilibrio e inestabilidad tan evidente. Pero pocas tienen la capacidad de hacer saltar los ojos de las órbitas como True Blood. Con “Life Matters” se nos demostró que aun hay mucha vida en la serie, que todavía podemos ilusionarnos con ella, emocionarnos, gritar, reír y torcer el morro ante las escenas más bizarras y excesivas que se pueden ver en televisión. En definitiva, “Life Matters” nos recordó por qué True Blood Matters.

Y si True Blood ha arreglado con maña el entuerto que dejó la(s) anterior(es) temporada(s) -fantasma humeante de la guerra, no te olvidamos, aunque queramos- es gracias a que por fin se está haciendo caso al fan que lleva años quejándose de lo que no funciona en la serie. Lo dicho, a ver si va a resultar después de todo este tiempo, que lo mejor que le podía ocurrir a True Blood es que su creador delegase sus responsabilidades como showrunner en otro. Brian Bruckner, que lleva desde la primera temporada como productor y guionista, estaba esperando su turno para poner orden en la serie.

Así, para esta temporada, Bruckner se ha deshecho de algunos de los eslabones más débiles de la serie. Ha reducido la presencia por capítulo de los lobos y los cambiaformas (aunque sigue siendo demasiada, todo hay que decirlo), y ha realizado una interesante purga de personajes. Todo para cumplir con los planes en su agenda: “Corregir la desproporción entre humanos y seres sobrenaturales, y situar a todos estos personajes que viven en el mismo lugar bajo una sola trama y una sola amenaza”. A la irritante Nora, hermana de Eric, se le ha unido recientemente en el Más Allá Terry Bellefleur. “Life Matters” es a la vez panegírico para despedirse de uno de los pocos personajes humanos de la serie, a la vez clímax desquiciado en el que se descarga toda la artillería pesada, como si de un capítulo 9 de Juego de Tronos se tratase. Al fin y al cabo, esta temporada de True Blood cuenta con tan solo 10 episodios, como el otro exitazo de HBO, y visto lo visto, este recorte se revela como otra gran decisión.

En “Life Matters” no hay un solo minuto de descanso. Ni siquiera los numerosos flashbacks recordando a Terry interrumpen la fluidez del relato, como sí suelen hacerlo las escenas descolgadas de humanos y otras especies no vampíricas. Las secuencias son más cortas, están mejor intercaladas, interrelacionadas, y por fin obtenemos la tan preciada y necesitada sensación de unión y cohesión. Nada de veinte tramas sin conexión y personajes desperdigados. Todos convergen por fin en dos frentes. Por un lado los habitantes de Bon Temps reunidos para el funeral de Terry. ¡Qué alegría volver a ver a Lettie Mae Thornton, a Jane Bodehouse y a la señora Fortenberry, y además tener noticias de Hoyt! Y por otro todos los vampiros de la serie apelotonados en el Vamp Camp, liberados al fin por un Eric que es una versión viciosa y sanguinaria de la Dark Willow de Buffy. Pam, Tara, Jessica & co. danzan arrebatadas por el éxtasis de Santa Billith, como salidas de una escena de The Wicker Man o una película de Rob Zombie, después del mayor Vísceras-Fest de la historia de la serie. Una gozada. Resulta algo extraño entrelazar lacrimógenos discursos funerarios con desmembramientos varios, pero sorprendentemente funciona.

Bravo, bravo, bravo. Por dejar a la demencia y la libertad apoderarse del relato como no ocurría desde los tiempos de las orgías de Maryann. Por devolvernos el verdadero espíritu de Bon Temps y conseguir que entendamos -aunque sea por un momento- la importancia de los personajes humanos en la serie. Por la inconmensurable Sarah Newlin, el personaje revelación de la temporada, y su emocionante confrontación ¿final? con Jason. Pura catarsis. Por Tara disparando una metralleta. Por Anna Paquin volviendo a merecerse el Emmy. Por el gore más brutal (ese pene estirpado, ¿lo enseñarán? ¿no lo enseñarán? ¡TOMA PENE!). Por cumplir la promesa de devolver la serie a sus raíces. Y finalmente, por un humor en absoluto estado de gracia. No recuerdo haberme reído tanto con un episodio de True Blood en años. Resumiendo: “¡¡¡Te quiero… Jason Stackhouse!!!” ¡¡Te amo… True Blood!! Y sobre todo: AaaaaaaaAAAAAAAHHHHHHHH!