It – Capítulo 2: Somos nuestros recuerdos

Pennywise volvió a causar estragos en 2017, exactamente 27 años después de que Tim Curry lo inmortalizase en la miniserie original de It. Haciendo honor a la profecía, el terrorífico payaso salido de la mente de Stephen King regresaba a nuestras pesadillas, convirtiendo la nueva adaptación del de Maine en la película de terror más taquillera de la historia. Para nosotros dos años después, para el Club de los Perdedores otros 27, volvemos a Derry para presenciar el enfrentamiento definitivo contra Pennywise en It – Capítulo 2, la secuela y conclusión de la película dirigida por Andy Muschietti.

La pandilla de inadaptados que conquistó el corazón de la audiencia en la primera película ha crecido. Todos menos Mike se marcharon de Derry en un intento de dejar el pasado atrás y superar lo vivido allí. Con el tiempo, el recuerdo de Pennywise y los horrores acontecidos en el pequeño pueblo de Maine se va difuminando, pero cuando el payaso regresa de su letargo para volver a matar, el Club de los Perdedores se ve obligado a cumplir la promesa que se hicieron hace casi tres décadas y reunirse de nuevo para enfrentarse a su doloroso pasado y acabar con su enemigo de una vez por todas. Lo queramos o no, todos somos nuestros recuerdos y en algún momento hay que encararse con ellos.

Uno de los mayores aciertos de It fue su reparto adolescente, diseñado a imagen y semejanza de las películas juveniles de pandillas de los 80 (Los Goonies, Cuenta conmigo), al igual que Stranger Things. La segunda parte se centra en sus versiones adultas, pero a través de flashbacks (y usando la técnica de rejuvenecimiento digital para infantilizar a los que han crecido más rápido), los adolescentes siguen estando muy presentes en la película. Algo que no podía ser de otra manera teniendo en cuenta cómo su tema principal es la memoria y la necesidad de enfrentarse a los traumas del pasado para seguir avanzando.

El reparto adulto de It – Capítulo 2 es una de las mejores labores de casting del Hollywood reciente. James McAvoy (Bill), Jessica Chastain (Beverly), Bill Hader (Richie), Isaiah Mustafa (Mike), Jay Ryan (Ben), James Ransone (Eddie) y Andy Bean (Stanley) se convierten en los personajes de forma convincente, reproduciendo sus rasgos, voces y personalidades impecablemente y haciéndonos creer que son las mismas personas que conocimos hace dos años. Todos ellos realizan un trabajo excelente, tanto por separado como en grupo, mientras que Muschietti les saca partido, dando énfasis una vez más a la mayor baza de estas películas: los personajes tan bien caracterizados y la amistad que existe entre ellos.

Al igual que la primera parte, It – Capítulo 2 se apoya fuertemente en las emociones, rascando en la superficie para hablarnos de cómo el miedo y el trauma nos paraliza y no nos deja vivir, convirtiendo los monstruos interiores en monstruos literales a los que debemos sobrevivir. Evidentemente, no es casual que Pennywise, que simboliza el miedo más arraigado y se alimenta de él, solo elija víctimas débiles, niños, personas dañadas, inadaptados sociales, minorías desamparadas ante el odio… De hecho, la película comienza con un brutal y devastador crimen homófobo que (aviso) puede herir la sensibilidad de más de uno, y que nos recuerda una de las ideas más importantes de la primera película: los peores monstruos a veces son “humanos”.

Tras este contundente arranque, la violencia explícita es una de las constantes que también se repiten en la secuela. Muschietti compone una fantasía ambiciosa y desbordante en la que vuelve a recrearse profusamente en la sangre y el gore, atreviéndose entre otras cosas a mostrar más muertes de niños, algo que las películas de terror comercial (Rated R o PG-13) suelen evitar. Las escenas violentas se multiplican, y los pasajes se llenan además de deformidades macabras y fluidos repugnantes que recuerdan al terror de serie B y la primera etapa de Sam Raimi o Peter Jackson. Pero claro, los valores de producción se alejan mucho de aquel terror barato de los 80, de hecho, una de sus mayores virtudes es también uno de los mayores defectos de la película, su abuso y dependencia del CGI para las escenas de terror.

Por un lado, Muschietti compone set pieces impresionantes e imaginativos, pesadillas excelentemente filmadas y con un acabado muy pulido en todos los aspectos que rivalizan con las secuencias de acción de los mejores blockbusters. Pero por otro, hay un exceso de criaturas digitales que, por muy bien hechas que estén (que lo están), restan impacto y realismo, rompiendo a menudo la atmósfera y haciendo que la película no llegue a ser todo lo terrorífica que podría haber sido. A esto también contribuye la presencia constante del humor y la necesidad de hacer chistes (alguno que otro bastante machista, además) incluso en las escenas más dramáticas, lo que menoscaba constantemente el terror.

Se evidencia también una tendencia a la repetición que las casi tres horas de metraje no hacen sino subrayar, como se puede ver en el abuso del jumpscare, sobresaltos que se repiten con el mismo esquema una y otra vez a lo largo de la película (anticipación y tensión, falsa alarma, calma y susto fácil con golpe estridente de sonido). Llega un momento en el que los sustos son tan seguidos y tan iguales, que es inevitable desensibilizarse.

Pero como decía antes, lo más importante de It – Capítulo 2 siguen siendo sus personajes, y afortunadamente Muschietti sabe hacerles justicia. Con ellos, la película compensa sus carencias (o excesos) y nos recuerda constantemente que en el centro de la historia está su viaje personal. Los lazos que unen al Club de los Perdedores, y la conexión que se establece entre ellos y el espectador, es lo que eleva el film, aunque por momentos el almíbar supere a la sangre y esté a punto de ahogarse en su propia sensiblería (algo que ya estaba presente en el material original, todo hay que decirlo). Al final, más allá del perturbador Pennywise de Bill Skarsgård (que suele quedar en segundo plano mientras sus proyecciones demoníacas actúan), lo que nos quedará de estas dos películas son ellos, los Perdedores, y lo mucho que queremos que triunfen sobre el mal y sus cicatrices emocionales dejen de doler.

It – Capítulo 2 es una película imperfecta. Como experiencia de terror no está a la altura de su ambición creativa y visual, y su estructura episódica (también presente en la primera parte) se hace repetitiva y lastra el ritmo. Pero por otro lado sabe perfectamente cómo jugar su mejor carta más allá de la sangre y la violencia: su magnífico reparto y plantel de personajes. Ellos son los que hacen de It – Capítulo 2 mucho más que una casa del terror de feria, los que la convierten en una película profunda y emotiva sobre el paso del tiempo, el trauma y la amistad, los que consiguen que la historia tenga un cierre trascendental y satisfactorio.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Cementerio de animales: Retorciendo a Stephen King

Stephen King es uno de los autores más leídos y admirados de la literatura contemporánea, y su extensísima obra ha dado lugar a numerosas adaptaciones para el medio audiovisual. Muchas de ellas no han sobrevivido el salto de las páginas a la pantalla, resultando en sonados fracasos artísticos y comerciales que han creado la percepción de que adaptar a King con éxito es mucho más difícil de lo que parece. Sin embargo, últimamente el cine y la televisión parecen haber encontrado la sintonía adecuada para convertir en imágenes las palabras del maestro del suspense. La gran acogida de It marcaba en 2017 un antes y un después, iniciando una nueva etapa de interés renovado en las adaptaciones del célebre escritor de Maine.

Varios fracasos recientes (La niebla, La Torre Oscura) no han impedido que los estudios sigan explotando el inabarcable catálogo de King, que dará lugar a incontables películas y series en los próximos años. Mientras esperamos a reencontrarnos con Pennywise y el Club de los Perdedores en el segundo capítulo de It, llega a los cines la nueva versión de una de sus novelas más populares, Cementerio de animales (Pet Sematary), que ya fue adaptada para la gran pantalla en 1989, con el título en España de Cementerio viviente. Dirigida por el tándem formado por Dennis Widmyer y Kevin Kölsch (Starry Eyes) y escrita por ellos junto a Jeff Buhler (Nightflyers), la nueva adaptación se distancia del material original, efectuando cambios sustanciales a la historia, en especial durante su tramo final.

Para los que no estén familiarizados con ella o no hayan visto la película de los 80, Cementerio de animales narra la historia de Louis Creed (Jason Clarke), un exitoso doctor de Boston que decide alejarse de la estresante vida en la ciudad mudándose junto a su mujer, Rachel (Amy Seimetz), y sus dos hijos pequeños a una casa en lo más profundo de Maine. Al poco de instalarse, la familia descubre gracias a su anciano vecino, Jud Crandall (John Lithgow), que cerca de su nueva residencia se oculta un misterioso cementerio de mascotas con el poder de devolver a vida a los muertos que son enterrados allí. Tras la muerte de Church, el gato de la familia, Louis y Jud traen de vuelta a la vida al felino, que empieza a comportarse de manera extraña y muy agresiva. Pero cuando una tragedia mucho mayor golpea a los Creed, el padre de familia volverá a recurrir al siniestro poder del cementerio, desatando una fuerza maléfica que los sumerge en una horrible pesadilla sin salida.

Cementerio de animales traslada con éxito el espíritu de King a la pantalla, pero como decía antes, le insufla nueva vida (o muerte) al relato a base de cambios y omisiones que, si bien pueden resultar polémicas para los más puristas, contribuyen a justificar el remake y desembocan en un nuevo final que de ningún modo traiciona la visión del autor. Widmyer y Kölsch no destacan por su pericia técnica o su creatividad, lo que da lugar a una película más bien plana en lo estético y visual (que además sale algo perjudicada por unos dudosos efectos especiales), pero lo compensan con un excelente manejo del suspense y una tensión que va en aumento hasta estallar en su escalofriante recta final.

También hay que destacar la imaginería macabra, especialmente perturbadora durante los flashbacks que ahondan en el pasado de Rachel, y la violencia, que no es tan abundante como en It, pero nos depara un par de momentos para taparse los ojos, incluida una traicionera y muy gráfica reproducción del icónico plano del tajo al talón de Jud, una imagen que nos ha perseguido a muchos desde que la vimos de pequeños en los 80.

Por otro lado, Widmyer y Kölsch entienden que la historia de King no es solo un pretexto para asustar al espectador (cosa que el film consigue con creces), sino que el de Maine nos quiso hablar de algo más profundo con ella: nuestra obsesión por saber si hay algo después de la muerte y cómo esto refleja la dificultad para procesar la pérdida, tan intrínseca a la experiencia humana. Con esto en mente, los realizadores llevan a cabo una cinta de miedo tan sencilla como eficaz, que tiene el mérito de hallar el equilibrio entre el terror y el drama familiar, y que consigue que ambos aspectos del film se fortalezcan mutuamente en lugar de anularse.

Con un tratamiento narrativo clásico pero no excesivamente nostálgico, una atmósfera consistentemente inquietante, un sentido del humor perverso (tanto que puede parecer involuntario) y notables interpretaciones por parte de todo el reparto (con mención especial a Jason Clarke y a la niña, Jeté Laurence), Cementerio de animales supera la difícil prueba de adaptar a King. No pasará a la historia del cine, pero es una película de terror sólida y el susto no nos lo quita nadie.

Pedro J. García

Nota: ★★★½

Reseña Blu-ray: La Torre Oscura

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El camino hacia La Torre Oscura ha sido largo y repleto de contratiempos. Los planes para llevar la popular saga épica de Stephen King a la gran pantalla se remontan muchos años atrás, pero por fin cristalizaron en 2016 con el estreno de la primera (y posiblemente única) entrega de una franquicia cinematográfica que está en pleno proceso de reestructuración para dar el salto a la televisión en forma de serie.

La tarea de adaptar la vastísima obra de King, que abarca ocho volúmenes, más varios libros y cómics que amplían su universo, era muy complicada. Por la naturaleza de la propia historia, que presenta una mitología muy compleja y ramificada, y la estructura de la trama, cuyo primer libro (el más breve) podría ser considerado como una mera introducción, se decidió tomar elementos de varias de las novelas y aunarlos en una película que introdujera al espectador en el universo de la Torre Oscura in media res.

La idea era crear algo nuevo a partir de un material muy conocido, respetando la esencia de los libros a la vez que se introducían cambios con los que el director, Nikolaj Arcel (confeso apasionado de la saga de King), le daba un estilo propio en su salto al audiovisual. El resultado es una película también introductoria que sin embargo contiene mucha más información que el primer volumen de la saga, y que reconstruye su universo realizando cambios que facilitan un espectáculo blockbuster para toda la familia.

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Porque ante todo, en su versión cinematográfica La Torre Oscura ha pasado a ser una película de aventuras para todos los públicos, una especie de versión actualizada de La historia interminable para las nuevas generaciones. El material de King se ha simplificado para hacerlo más accesible al espectador casual y de todas las edades, y esto ha contrariado inevitablemente a los fans de los libros, que han visto como la historia que conocen ha sido alterada para acomodarla a los cánones actuales del cine espectáculo.

Si bien puedo entender esta postura protectora por parte del lector (yo he leído los cuatro primeros libros y está claro que se podía haber hecho mucho mejor), creo que haciendo un esfuerzo disociativo, hay mucho que disfrutar en La Torre OscuraEfectivamente, la película nos introduce en el centro de un universo de ficción que puede confundir a quien no esté previamente familiarizado con sus normas (ya los que lo estén también), pero a medida que va tomando forma, encontramos alicientes a los que aferrarnos: un estilo visual bien definido, fantásticas escenas de acción (el enfrentamiento final con el Hombre de Negro es brutal), atractivos misterios, y por encima de todo, Idris Elba.

La elección del actor británico para dar vida al Pistolero no estuvo exenta de polémica, ya que en los libros su personaje está basado en la imagen clásica de cowboy de Clint Eastwood. Con la película se ha modernizado al personaje, convirtiéndolo en un caballero atemporal que, en lugar de espada, lucha con pistolas. Dejando a un lado la raza del personaje o su vestimenta (“Me da igual si es blanco, negro, verde o a lunares, tiene que ser un pistolero rápido”, declara King en los extras del Blu-ray), Elba personifica a la perfección lo que significa el Pistolero, la lucha con el corazón, aportando presencia, energía y emoción a un personaje que se podría haber quedado en la superficie en manos de otro intérprete. Verlo en acción es lo mejor de La Torre Oscura, pero también sus escenas con el joven Tom Taylor (Jake), con el que forma un dúo muy compenetrado que se revela como el centro de la película, haciendo sombra a Matthew McConaughey, que construye a un villano descafeinado.

Sí, La Torre Oscura podría haber sido mucho mejor (y mucho menos polémica) si se hubiera mantenido más fiel al material de referencia, y desde luego podría haber aprovechado mejor el potencial que le brindaba la historia original (con solo 90 minutos de duración se queda corta). Pero que no sea la adaptación que queríamos no quiere decir que no funcione como película de aventuras, y La Torre Oscura se sostiene en pie si conseguimos separarla de las páginas. Sé que es difícil, pero es lo mejor que podemos hacer.

La Torre Oscura ya está a la venta en Blu-ray, 4K Ultra HD, DVD y digital de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. Las ediciones en Blu-ray y 4K incluyen contenidos adicionales que profundizan en el proceso de adaptación del film, con entrevistas a los cineastas y protagonistas, y declaraciones de Stephen King. Los extras, presentados en alta definición, ayudan a profundizar en la psicología de los personajes y entender las controvertidas decisiones creativas que se han llevado a cabo en la adaptación. El Blu-ray y 4K contiene los siguientes extras:

  • Escenas eliminadas.
  • La última vez – Los cineastas y el autor homenajean las novelas.
  • El mundo ha seguido adelante… – Los decorados y las localizaciones.
  • Stephen King: Inspiraciones – Descubre el viaje de los libros a la pantalla.
  • Una mirada a través de la cerradura – Anécdotas de Roland y el Hombre de Negro.
  • Tomas falsas.
  • El Hombre de Negro – Cómo Matthew McConaughey se preparó para interpretar al Hombre de Negro.
  • El Pistolero en acción – Idris Elba y el equipo de dobles crean las batallas del Pistolero

Además, la edición en caja metálica contiene un disco adicional con el documental “Roland de Gilead, el último Pistolero”.

‘Stranger Things 2’ es una obra de arte pop

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[Esta entrada NO contiene spoilers]

No fuimos conscientes de hasta qué punto es verdad aquello de que Netflix está cambiando la manera de hacer y consumir cine y televisión hasta el verano de 2016. Fue entonces cuando se estrenó en la plataforma la primera temporada de Stranger Things, precedida de una campaña de marketing más bien discreta que no hacía prever ni remotamente lo que acabaría pasando. La serie creada por los hermanos Matt y Ross Duffer se convirtió en el mayor éxito del verano, redefiniendo el concepto de “blockbuster estival” para quitarle al cine la exclusividad que tenía sobre él. Es decir, en un verano cinematográfico especialmente escuálido, el mayor “taquillazo” de la temporada fue una serie de televisión.

Y lejos de menguar con el tiempo, la onda expansiva de ese fenómeno siguió creciendo en los meses posteriores a su estreno, gracias al boca-oreja, a la insistencia (o pesadez) de los medios y al factor on demand, que permite empezar y seguir las series al ritmo que cada uno quiere. Con Stranger Things no pasó como con otras series originales de Netflix, que se consumen de una o dos tacadas y se olvidan incluso más rápido. Al contrario que le ha ocurrido a Las 4 estaciones de las Chicas Gilmore The DefendersStranger Things sí se quedó en la conversación online, sí traspasó la línea que separa el entorno seriéfilo del mainstream. La primera temporada se desgranó hasta el último plano, sus actores infantiles se convirtieron en estrellas mediáticas, algunas de sus tramas se viralizaron hasta el absurdo (#JusticeForBarb) y su estilo influyó inmediatamente en productos posteriores (It). En gran medida, todo fue gracias al factor nostálgico, a lo bien que la serie jugaba la carta del homenaje cinéfilo para capitalizar la morriña de tiempos mejores que tiene secuestrada al espectador estos días.

En los 15 meses que han transcurrido entre el estreno de la primera temporada de Stranger Things y la segunda, el revuelo alrededor de la serie no ha hecho más que crecer, y por tanto, la expectación por los nuevos episodios se ha disparado hacia la estratosfera. Ante una situación así, en la que una creación se le va de las manos a su responsable para convertirse en propiedad de los espectadores, parece imposible afrontar una continuación sin que el impacto cultural devore a la serie. Pero los hermanos Duffer lo han conseguido. La segunda temporada de Stranger Things no solo está a la altura y conserva intacto el espíritu de la primera, sino que además va más allá siguiendo las reglas de las secuelas cinematográficas, aumentando y multiplicando todo lo que funcionó la primera vez con resultados más que satisfactorios.

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Stranger Things 2 es más grande, más ruidosa, más épica, más espectacular, tiene más acción, más terror, más personajes, más efectos visuales, y sobre todo, más homenajes cinéfilos. Pero como en la primera entrega, la serie es mucho más que mera nostalgia o pirotecnia. Los hermanos Duffer han sabido dominar el arte del pastiche sin olvidar la importancia de dar al espectador una historia y unos personajes por los que preocuparse, y afortunadamente, la secuela vuelve a encontrar ese equilibrio, en un contexto magnificado por factores externos. Como reza uno de sus eslóganes, Stranger Things es más Stranger que antes, pero en la búsqueda del “más grande todavía”, los Duffer no han descuidado lo que en el fondo ha hecho de esta serie un éxito más allá del truco de la nostalgia: su adictivo misterio, su extraordinario apartado visual y, sobre todo, sus fantásticos personajes, elevados en tiempo récord a la categoría de iconos de la cultura popular.

Sobre el argumento de Stranger Things 2 es mejor no entrar en detalle (por ahora). Baste decir que los nueve episodios que conforman la temporada están repletos de escenas, sorpresas, guiños y diálogos que en los próximos meses serán analizados y convertidos en meme hasta la saciedad. Si la primera temporada bebía de Encuentros en la tercera fase, Alien, E.T., Cuenta conmigo o Los Goonies (en general, de todo lo que fuese Steven Spielberg y Stephen King), la segunda sigue homenajeando a estas películas mientras aumenta su cantera de referentes con alusiones inconfundibles a otros clásicos del cine fantástico y de terror como Jóvenes ocultos, Gremlins, Los Cazafantasmas, El exorcista o incluso Parque Jurásico. Pero como decíamos, la nostalgia no fagocita a la historia porque los Duffer se aseguran de que lo más importante sea siempre el devenir de los personajes, sus relaciones, y el misterio. Un misterio que este año adquiere un cariz más terrorífico y apocalíptico con la amenaza de un monstruo del Upside Down mucho más grande y peligroso que el Demogorgon, una criatura de pesadilla que volverá a hacer sufrir a Will (Noah Schnapp) y a su madre lo que no está dicho.

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Además de seguir conociendo a los personajes del año pasado, contamos con nuevos fichajes, el matón Billy (Dacre Montgomery bordando al personaje televisivo más odioso del año), su hermanastra Max (Sadie Sink), que se unirá a la pandilla de Will, y en un golpe maestro de casting, Sean Astin (Mikey de Los Goonies) interpreta al afable Bob, la nueva pareja de Joyce Byers (Winona Ryder), oportunidad que los Duffer aprovechan para introducir el guiño más meta de la temporada.

Pero no os preocupéis, los nuevos personajes no eclipsan a los antiguos (con excepción de la hermana de Lucas, que se va a convertir con toda seguridad en la sensación de los próximos meses, y si no, acordaos), sino que los recién llegados se suman a la historia de forma orgánica, dejando que los personajes que ya conocemos lleven las riendas de la temporada. David Harbour redondea a su Jim Hopper con una interpretación si cabe más humana y matizada, Joyce empieza la temporada tranquila, pero acaba tan deliciosa y conmovedoramente histérica como la primera vez (aunque Ryder le ha cogido mejor el punto al personaje y está más equilibrada), y Steve Harrington (Joe Keery) continúa su proceso de reinvención para alzarse como héroe y candidato a ser uno de los personajes más queridos de la serie (el Team Steve va a aumentar considerablemente), sin olvidar a Nancy (Natalia Dyer), aun más fuerte y guerrera que el año pasado (Molly Ringwald Redux). Pero son los niños los que vuelven llevarse la serie de calle, especialmente Dustin (Gaten Matarazzo), Will (Schnapp se deja la piel en la recta final) y, por supuesto, Eleven (Millie Bobby Brown), cuyo enigmático pasado forma parte central de una temporada en la que la niña sigue evolucionando y descubriendo el alcance de sus poderes, de camino a convertirse en una auténtica superheroína (o mutante, que quizá sería más adecuado en este caso) y destapando a su vez una trama con mucho potencial para próximas temporadas.

Stranger Things 2 demuestra que a veces más sí es mejor. Aunque por momentos corre el riesgo de perderse en la ambición de hacerlo todo más grande, la serie sale siempre a flote gracias a una historia que extiende su mitología de la forma más adictiva y emocionante, empleando el mismo cóctel de aventuras, acción, ciencia ficción y humor que hizo de la primera un triunfo absoluto. Pero lo mejor es que la nueva temporada no se limita a reproducir el esquema de la primera, sino que se ocupa de avanzar la historia explorando las consecuencias de lo ocurrido mientras sigue desarrollando a sus personajes, en el caso de los más jóvenes orientándolos hacia la adolescencia, a la maduración que suele ocupar el núcleo de las cintas juveniles de los 80 en las que se basa la serie y que aquí nos deja momentos muy divertidos y entrañables.

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Como en la primera temporada, los nuevos capítulos de Stranger Things se pasan en un suspiro (cuando menos te lo esperas, aparecen los créditos finales), indicio de que no se ha desperdiciado ni un solo minuto, y están plagados de imágenes memorables, frases para estampar camisetas y ese cariño que hace que el espectador se involucre a otro nivel. Stranger Things es entretenimiento de altura, un producto masivo digno, de los que cuesta mucho encontrar y no tanto desprestigiar con un “pues no es para tanto”. Está claro que los que han acabado saturados con ella o no se tragaron la píldora nostálgica, no solo no disfrutarán de la segunda, sino que esta le dará mucha más munición para criticarla. Pero si, como yo y tantos otros, os dejasteis conquistar por la propuesta de los Duffer, Stranger Things 2 es otro arcón sin fondo para explorar en el desván, un mapa del tesoro en el que no importa tanto llegar a la X, sino disfrutar de las emociones fuertes que nos depara la búsqueda.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: It

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A pesar de que las novelas de Stephen King siempre han tenido una marcada sensibilidad cinematográfica, su voluminosa obra es una de las que más problemas ha causado a la hora de ser traducida de las páginas a la pantalla. Pocas adaptaciones han dado con la clave, y para muestra, dos de las más recientes: La niebla, serie de Netflix que ha obtenido un recibimiento bastante negativo, y La Torre Oscura, la decepcionante adaptación al cine de la extensísima saga fantástica del mismo nombre que se ha dado un brutal batacazo en taquilla. Afortunadamente, parece que se ha conseguido romper la maldición de las adaptaciones de King con la nueva versión de una de las novelas más populares del de Maine, ItSu primera parte llega a los cines dispuesta tanto a convencer a los nostálgicos que tienen grabado a fuego en la retina a Tim Curry en la miniserie de los 90, como a conquistar a las nuevas generaciones de aficionados al terror.

Dirigida por Andy Muschietti (que debutó en el largo con Mamá), It narra la historia siete jóvenes inadaptados que viven un verano inolvidable en el pequeño pueblo de Derry, Maine a finales de los 80. A los miembros de este “Club de los perdedores”, como ellos se autodenominan, los une ser el blanco de la pandilla de los matones del instituto y haber sido marginados por diversos motivos: problemas familiares, abusos, o en el caso de Bill (Jaeden Lieberher), la pérdida de su hermano. Desde que el pequeño Georgie (Jackson Robert Scott) se desvaneció una tarde lluviosa que salió a perseguir su barco de papel hasta colarse en un desagüe, se han sucedido en Derry numerosas desapariciones de niños en extrañas circunstancias. Todas tienen en común al siniestro payaso Pennywise (Bill Skarsgård), una entidad que emerge desde las alcantarillas cada 27 años para alimentarse de los temores de sus presas. Los Perdedores deberán unir fuerzas para superar sus miedos y poner fin a la pesadilla enfrentándose a “Eso”.

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La historia la conocemos de sobra, tanto si hemos leído la novela como si nos zampábamos las más de tres horas de miniserie cada dos días (no la veáis ahora, es mucho peor de lo que recordáis). Y por eso es todo un alivio y una alegría comprobar que la nueva versión le hace justicia. Con It, Muschietti ha creado una robusta pieza de terror clásico en la que lo más importante y lo mejor no son los monstruos o los sobresaltos, sino los personajes, un excelente grupo de niños cuyo casting está a la altura del de Stranger Things (el film en general, como ya nos adelantaron en su día, está bastante influenciado por el fenómeno de Netflix). Ellos son el alma de una película que, además de ser un eficaz cuento de terror, es una emocionante y emotiva disección de la amistad, los miedos y los traumas de la infancia, así como un relato impregnado de nostalgia sobre los primeros años de la adolescencia y el proceso de madurez con el que se va dejando la niñez atrás.

La sensibilidad de los 80 no solo se ve reflejada en la estética de la película, sino también en su manera de retratar la infancia sin hipervigilancia paternal y la amistad entre los personajes, evocadora de las películas de pandillas de aquella época, y concretamente de otra basada en King, Cuenta conmigoIt saca provecho de su calificación para mayores de 18 años con diálogos cargados de palabras malsonantes y alusiones al sexo (los niños dicen más tacos que en una de Tarantino y es fascinante) que pintan un dibujo de la pubertad más acorde a lo que se hacía (y se vivía) hace 30 años que a lo que se suele ver en el cine protagonizado por preadolescentes hoy en día. Lo mismo ocurre con la violencia, mucho más contundente, más gráfica y sangrienta de lo habitual en el cine mainstream. It contiene imágenes ciertamente impactantes, sobre todo al estar protagonizadas por menores, pero la violencia y la imaginería macabra de la película no se antoja gratuita, sino que es esencial para el desarrollo de los personajes, al servir para manifestar sus miedos, el principal motor de la historia.

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It funciona a todos los niveles, como aventura de terror, como alegoría de crecer, como adaptación, como pieza cinematográfica independiente (la escisión de la novela en dos partes permite dejar bien cerrado este primer capítulo). Es aterradora, divertida, entrañable. Pero esto no quiere decir que sea redonda. Sus virtudes son indudables, pero sus defectos también saltan a la vista. Algunos provienen del material original y otros son exclusivamente achacables a la película. En cuanto a lo primero, aunque no se puede dudar que King creó una gran historia, es difícil pasar por alto su lamentable tratamiento de la única niña del club de los perdedores, Beverly, víctima de abusos, objeto de deseo de sus compañeros y casi siempre asociada al sexo. Muschietti, por su parte, trata de mejorarlo pero no es suficiente, llegando incluso a sexualizarla él también en alguna escena (eso sí, Sophia Lillis está perfecta, que eso quede claro, y Beverly es, a pesar de todo, el personaje más valiente de la película).

El otro problema principal de It es narrativo. Su estructura argumental es más que nada una yuxtaposición de momentos o viñetas, de escenas de suspense que conducen hacia el típico golpe de efecto, y que no forman un todo fluido hasta la parte final, lo que afecta inevitablemente al ritmo. Además, los sustos en los que culminan estas escenas son los de siempre. Sí, cumplen su misión de hacer saltar en la butaca, pero no brillan por su ingenio, abusando de la trampa y las criaturas digitales (excepciones serían la escena de las diapositivas o la visita en grupo a la casa abandonada, geniales). Y en relación a esto, solo queda hablar de Pennywise. Skarsgård cumple. El sueco inquieta e hipnotiza bajo el maquillaje del Payaso Bailarín, pero el efecto no dura demasiado y este acaba pasando a segundo plano, relegado a simple truco y eclipsado por los demás personajes (“Ven por el payaso, y quédate por los niños”). De hecho, el verdadero monstruo de la película no es él, sino los agresores que hacen la vida imposible a los Perdedores, principalmente el líder de los matones, Henry Bowers (Nicholas Hamilton), y el padre de Beverly (Stephen Bogaert), dos odiosos personajes que protagonizan escenas más crueles, enfurecedoras y terroríficas que el payaso.

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A pesar de los problemas citados, It sale a flote en todo momento. Muschietti acierta de pleno creando la atmósfera de Derry, reproduciendo y actualizando los elementos más icónicos de la historia y diseñando con suma atención al detalle imágenes espeluznantes y de gran plasticidad que alimentarán las pesadillas de más de uno (y que crearán una nueva ola de coulrofobia). Además, la película pone muy difícil aburrirse con su acertada combinación de suspense, aventura, drama y comedia. Ya quiera asustarnos, hacernos reír o conmocionarnos, siempre está pasando algo que impide que quitemos ojo de la pantalla.

Pero por encima de todo, It merece los mayores elogios por el magnífico trabajo de su reparto juvenil (todos están fantásticos, pero hay que aplaudir especialmente a Jack Dylan Grazer y Finn Wolfhard, dos robaescenas en toda regla). Al utilizar el terror para hablarnos de los personajes y cómo estos se encaran a sus traumas, It consigue una conexión emocional con ellos que se encuentra en pocas películas de miedo. Nos ponemos en la piel de los Perdedores para ver el mundo a través de sus ojos (los adultos, que son idiotas y en muchos casos los responsables de esos traumas, no ven a Pennywise o las estremecedoras visiones que Eso crea), regresamos a la infancia, revivimos nuestros temores y nos armamos de valor para superarlos con ellos. Ese vínculo, esa celebración de la amistad y el compañerismo ante la adversidad, es lo que hace que la película acabe siendo un triunfo. Y lo que hace que nos preguntemos si el Capítulo Dos será tan bueno como este, sabiendo que ya no estarán los niños.

Pedro J. García

Nota: ★★★★

11.22.63: El tiempo perdido

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11/22/63 es una de las novelas más leídas y veneradas del prolífico Stephen King. Según cuenta el autor, este libro llevaba gestándose desde 1971, justo antes del lanzamiento de su primera novela, Carrie. Por esta razón, se podría decir que 11/22/63 es un proyecto de toda la vida, uno de los más importantes para la carrera del famoso escritor estadounidense. King aparcó la preparación de la novela durante muchos años, porque esta requería un trabajo de documentación exhaustivo que el autor no estaba preparado para llevar a cabo al inicio de su carrera, pero nunca abandonó del todo el proyecto, que, al igual que ocurrió con Under the Dome, retomó más tarde, cuando las circunstancias fueron más propicias.

El libro, que se publicó finalmente en 2011 con gran éxito de ventas (como no podía ser menos) y un recibimiento entusiasta por parte de los lectores, cuenta la historia de un hombre que viaja en el tiempo a través de un portal oculto en un típico diner para prevenir en asesinato de John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. Sin dejar de lado el género fantástico, King se distanciaba del tipo de novelas que le habían otorgado la fama, para adentrarse en el drama histórico. Vestida de historia sobre viajes en el tiempo y relato romántico11/22/63 es en cierto modo la crónica de un periodo de tiempo muy importante en la historia de Estados Unidos, una época de cambio, entre finales de los 50 y mediados de los 60, donde el idealismo de los años felices daba paso a una etapa de tumulto social e incertidumbre. Con más de 900 páginas, 11/22/63 es una lectura absorbente que, como casi todo lo que escribe King, clamaba por una adaptación audiovisual.

La plataforma de vídeo online Hulu es la encargada de trasladar las páginas a la pantalla (a España nos la trae la cadena Fox), con una miniserie de ocho episodios producida por el propio King, en colaboración con el imparable J.J. Abrams11.22.63 (cambiamos las barras por puntos para la versión televisiva y ponemos el día primero para el título oficial en España, 22.11.63), tiene la difícil tarea de adaptar una obra monumental, repleta de información y giros, que transcurre a lo largo de cinco años y se cuece a fuego lento. Durante un tiempo se pensó en convertirla en película, pero esto habría sido una empresa imposible. El formato miniserie era el idóneo para este libro en concreto, y el nivel de la ficción dramática de los canales alternativos auguraba una adaptación a la altura que esquivase la maldición de King, cuya obra pocas veces se ha llevado a la pantalla de manera satisfactoria.

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Bridget Carpenter (Friday Night LightsParenthood) se encarga de desarrollar el proyecto, para lo que, como es lógico, ha tenido que efectuar cuantiosos cambios con respecto a la novela. En esencia, 11.22.63 se mantiene muy fiel al libro, pero la naturaleza del medio televisivo obliga a esquematizar y el formato serial a reordenar los puntos de inflexión del relato. Por eso, la historia comienza en 1960 en lugar de 1958, por eso se reducen los viajes de su protagonista, Jake Epping (James Franco), se cortan muchos pasajes o se cambia el papel de algunos personajes, para ajustarse a la narración episódica televisiva. Lo que viene siendo cualquier adaptación de un libro de esta envergadura. Carpenter da comienzo a la miniserie de forma acertada, estableciendo el tono con certeza, y extrayendo la esencia de la novela para contar lo más importante. Pero a medida que avanza, 11.22.63 va perdiendo fuelle, y no consigue brillar tanto como prometía, yendo de más a menos para convertirse en una decepción. Y no ya solo como adaptación, porque tenemos que ser capaces de separar ambos medios, sino como serie. 11.22.63 no está a la altura, simplemente no logra la trascendencia y el impacto que su historia podía haber propiciado, no está bien planificada desde el punto de vista narrativo, y se queda en el terreno de lo convencional. Podría haber sido extraordinaria, pero se conforma con ser correcta.

Carpenter no dosifica bien la información, no parece saber siempre cuándo pausar o acelerar, provocando que la serie adolezca de un ritmo muy irregular, y la historia pierda interés paulatinamente, cuando debería ser al contrario. Pero el problema principal de 11.22.63 es otro, aunque está derivado de lo mismo: su práctica falta de desarrollo de personajes. A nivel interpretativo, la serie cumple (olvidémonos de la lamentable pero afortunadamente breve participación de T.R. Knight): Sarah Gadon está encantadora, George MacKay es muy buen sidekick (acertadamente, el papel de Bill Turcotte gana peso con respecto al libro), y el protagonista, James Franco, está mejor de lo que se esperaba. Claro que, por desgracia, su personaje apenas muestra síntomas de evolución durante los años que permanece en el pasado (y esto es culpa suya y del guion), lo que hace que sea difícil involucrarse emocionalmente con su historia (simplemente no se nos muestra bien el vínculo que Jake desarrolla con el mundo de los 60, clave para entender su viaje personal). Tampoco ayuda que se pase de puntillas por los temas sociales, aunque entendemos que no hay tiempo para entretenerse con ellos, o que no explore de forma interesante a los personajes de Lee Harvey Oswald (Daniel Webber) y su mujer, Marina Oswald (Lucy Fry). Al final, la serie se queda en la superficie en todos los aspectos, no logra expresar la relevancia de la época que retrata y sus personajes no transmiten demasiado. Por eso, aunque su final (afortunadamente fiel al del libro) sea ciertamente bonito, habría sido más conmovedor si los protagonistas y la historia hubieran tenido más aristas.

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A nivel técnico, 11.22.63 está a la altura de lo que se espera de un drama televisivo actual. La ambientación de los años 60 es fantástica, la factura es notable, y en general es un producto muy cuidado. Sin embargo, desaprovecha una oportunidad de oro al no hallar el núcleo emocional de la historia y no hacer que sus personajes apenas crezcan a lo largo de sus ocho capítulos. Mientras, pierde el tiempo estirando tramas que no aportan demasiado para acabar apresurando los acontecimientos en los dos últimos episodios (que al menos remontan con respecto a los anteriores para dejar con mejor sabor de boca). Si bien ha escapado de la maldición de King, 11.22.63 supone una desilusión, sobre todo por lo bien que arranca. Como le dice Sadie a Jake en una escena clave de la serie: “La película nunca es mejor que el libro”. Es un tópico muy facilón (aunque también un guiño muy simpático teniendo en cuenta el historial audiovisual de King), pero esta miniserie corrobora que es cierto.

Crítica: Carrie (2013)

Chloe Moretz

Los que me han leído más de una vez ya sabrán de qué pie cojeo. Tengo una confesa debilidad por el cine teen norteamericano, y cuando se me presenta una película de este género que está por encima de la media, me deshago el elogios hacia ella. Vaya, que hasta salvo la primera entrega de la Saga Crepúsculo, la más teen por definición (eso sí, lo hago con argumentos, nos vemos un día al salir de clase y os los cuento). Por eso yo no fui uno de los que puso el grito en el cielo cuando Sony Pictures anunció que estaba preparando una nueva Carrie. Es más, estaba ansioso por comprobar qué había hecho Kimberly Peirce (directora de Boys Don’t Cry) con la célebre novela de Stephen King, una valiosa fuente de ideas que, adaptadas a los tiempos que corren, podría hacer de Carrie un interesante producto de nuestros días. Desafortunadamente, Peirce no ha sabido sacar provecho del material con el que contaba, y cree que es suficiente con un par de recursos facilones (smartphones, YouTube y Vampire Weekend) y obvias reflexiones para conectar con la audiencia. Carrie es una película fallida en todos los sentidos, una que bien podría haber sido lanzada directamente a vídeo.

El primer error de Carrie es precisamente haber sido reconfigurada como un producto para adolescentes del siglo XXI. En esencia, la versión de Peirce es prácticamente idéntica a la de Brian De Palma (algunos dicen que es casi un remake plano a plano). Sin embargo, la ambientación, la realización y los valores de producción las distancian considerablemente. La de De Palma poseía un aire turbio y pesadillesco (eran los 70, no podía ser de otra manera) que resaltaba el componente más inquietante de la historia. La de Peirce es un producto de acabado plástico, cosmético, reflejo de la imposibilidad de la directora a la hora de ir más allá de la superficie del relato y sus personajes. Pero la nueva Carrie no sale perdiendo únicamente por el Carrie_-_Cartel_Finalagravio comparativo (de hecho, nunca creí que la de De Palma fuera para tanto), sino que hace aguas sin ayuda de nadie. Carrie 2013 fracasa a la hora de trasladar a la pantalla las potentes (y muy literales) metáforas sobre el despertar sexual y la metamorfosis del adolescente que brinda la novela de King, sirviéndose de ellas únicamente para llevar a cabo una película de “terror” palomitero más. El desmadrado clímax en el baile lo confirma: más que Carrie, esto parece Destino final.

Sin embargo, el acabado semi-camp de la película no desentona con las sobreactuadas Chloë Moretz y Julianne Moore, haciendo que Carrie sea consistente en una cosa al menos. A lo de Moore estamos más que acostumbrados. De vez en cuando nos regala una de esas interpretaciones por las que tenemos que seguir rendiéndole pleitesía (en la reciente Don Jon por ejemplo), pero parece que cada vez le cuesta más contener sus excesos y vicios como actriz. Margaret White, la santísima madre de Carrie, está caracterizada por la psicosis y la desesperación, y Moore la interpreta cuatro notas por encima de lo que debería. Pero ella no es lo peor de la película. Lo peor es la elección de Chloë Moretz como Carrie White. La jovencísima actriz rebosa talento por los cuatro costados (como ha vuelto a demostrar este año en Kick-Ass 2), pero no estaba llamada a ser Carrie.

Moretz carece de esa cualidad demente y fantasmal que poseía Sissy Spacek, y es imposible suspender la incredulidad cuando todos sabemos que es la chica más guapa y con mejor tipo de todo el instituto (en la novela es descrita como una “joven poco agraciada y con sobrepeso”). El problema más grave de Carrie es por tanto uno de raíz. Moretz nos da destellos de la gran actriz que puede ser, pero en general está muy forzada y le cuesta horrores resultar creíble en el papel. Tampoco ayuda que esté rodeada de un grupo de personajes a cada cual más plano, villanos adolescentes unidimensionales que se comportan desafiando toda lógica, contribuyendo a que la recta final esté completamente dominada por el absurdo y el exceso sin fundamento. En este sentido, lo mejor de la película son esos segundos justo antes de que el infierno se desate, ese breve instante en el que Carrie se da cuenta de lo que le ha caído encima, y podemos sentir de verdad el dolor y la desesperación de la víctima de bullying. Desgraciadamente, la impresión que nos deja esta nueva Carrie dura tan poco como ese momento.

Valoración: ★★

Análisis Piloto: Under the Dome

Ya lo vimos en la película de Los Simpson (2007), pero en teoría, a Stephen King se le ocurrió antes. Concretamente en la década de los 70, cuando comenzó a escribir Under the Dome -en España La cúpula-, novela de más de mil páginas que finalizó y publicó por fin en 2009. Una misteriosa cúpula transparente aparece de la nada y cubre todo un pueblo, atrapando a sus habitantes y aislándolos del exterior. Es la premisa que comparten la película y el best-seller de King. La publicación de Under the Dome dio lugar a toda clase de comentarios incriminatorios contra el señor King, por las similitudes tan evidentes con Los Simpson. La presión fue tal, que el celebérrimo autor tuvo que justificarse en su blog personal. Os traduzco a continuación un fragmento de la carta que escribió:

“Varias personas en Internet han generado especulaciones a partir de una similitud que han percibido entre Under the Dome y The Simpsons Movie, en la que, según Wikipedia, el pueblo de Springfield queda aislado del mundo al ser atrapado por una cúpula de cristal gigante (probablemente por culpa de la planta nuclear). No puedo opinar personalmente, porque no he visto la película, y el parecido ha sido toda una sorpresa para mí… pero sí que sé, por experiencia personal, que este parecido acabará convirtiéndose en una simple coincidencia. A menos que exista la copia intencionada (también conocido como ‘plagio’), dos historias no pueden ser idénticas, como ocurre con los copos de nieve. La razón es sencilla: las imaginaciones de dos personas no pueden ser exactamente iguales. Para los que dudan, os dejo un fragmento del libro que demostrará que yo ya estaba jugando con los conceptos de la cúpula y el aislamiento del pueblo mucho antes de que Homer, Marge y su divertida familia aparecieran en el mundo”.

Dejando la polémica a un lado -yo me creo a King, no sé vosotros-, Under the Dome disfrutó de un gran éxito editorial, lo que ha desembocado, como ocurre con casi todo lo que escribe Stephen, en una adaptación audiovisual. Y como casi siempre pasa con las adaptaciones de obras de King, el resultado es peor (artísticamente hablando) de lo que se esperaba. CBS acaba de estrenar la serie homónima basada en la novela, una propuesta de lujo con la que la cadena ha tirado la casa por la ventana. La apuesta de CBS por un súper-estreno en temporada estival (sinónimo de temporada baja para las networks) se ha saldado con cifras espectaculares. El primer episodio de Under the Dome fue visto por más de 13 millones de personas en Estados Unidos, convirtiéndose en el mejor estreno dramático de la televisión yanqui en los últimos 11 años (en periodo estival). La audiencia ha respondido, pero una vez visto el piloto, ¿se quedarán para ver cómo se desenvuelve la historia o desertarán por miedo a otra FlashForward o Revolution?.

Efectivamente, Under the Dome puede adscribirse con facilidad a este género o tendencia catódica que Perdidos implantó en el nuevo siglo y las cadenas siguen empeñándose en copiar, a pesar de los resultados irregulares que ha cosechado hasta ahora. Grandes misterios que afectan a una comunidad, distopías en las que individuos se convierten en marionetas de una fuerza o ente superior sin identificar. Una catástrofe (supuestamente) natural o un fenómeno inexplicable tiene lugar, y este desencadena una serie de complicaciones y revelaciones que afectan directa y personalmente a un grupo de víctimas y héroes en ciernes. Under the Dome reproduce paso por paso este modelo televisivo. En el piloto, una cúpula invisible cae sobre Chester’s Mill, Maine (muy destacables los efectos digitales), obligando a sus habitantes a tomar precauciones, a adoptar papeles en estado de emergencia, y empezar a plantearse respuestas a las enigmáticas cuestiones que articularán la historia.

La carta de presentación de los personajes no es demasiado alentadora. El héroe, Dale Barbara, ‘Barbie‘ para los amigos -¿se va a poder tomar en serio a este señor con ese nombre?- carece del carisma mínimo necesario para llevar el peso de un protagonista en este tipo de relatos. A Rachel Lefevre le ocurre tres cuartos de lo mismo -además, ella siempre será la chica a la que despidieron de Crepúsculo por bocazas. Y el resto de habitantes de Chester’s Mill, interpretados en su mayoría por desconocidos para el gran público (y con razón), van de lo insulso a lo sencillamente irritante. Ya desde el piloto -dirigido por cierto por Niels Arden Oplev, realizador de la Millenium original- se insiste en el formato de historias individuales, microrrelatos o episodios dentro del episodio, en los que vamos conociendo poco a poco a los protagonistas, y cómo el gran acontecimiento afecta a sus vidas. La única trama por ahora destacable es la de Junior y Angie (el Adam Samberg psicópata y la niña que grita), pero por inverosímil e incoherente. El resto, completamente olvidables. De hecho, ni me voy a molestar en seguir haciendo desglose. Solo un apunte a modo de curiosidad: la chica de la radio es Cherita, la compañera de instituto de Donnie Darko que solo decía “chut up!”

Under the Dome aterriza en televisión cuando ya se ha demostrado en demasiadas ocasiones la ineficacia a largo plazo de la fórmula que sigue, así como el poco valor real del sello de calidad Spielberg, que ejerce de productor ejecutivo en el piloto. Quizás la ausencia de competencia durante el verano ayude a que el público la siga respaldando, pero, ¿hasta cuándo? Sin duda estamos ante una de esas series que obviamente no despliega todo su arsenal en su piloto (a pesar de ir bastante al grano), y que exige paciencia y confianza en el potencial de la historia. Después de todo, el principal artífice de la serie, Brian K. Vaughan, ha demostrado su buen hacer como guionista en cómics: Runaways, Buffy o La cosa del pantanoentre muchos otros.  Sin embargo, a pesar de las credenciales de su creador, y de los grandes nombres que le acompañan, yo no tengo ninguna fe en Under the Dome. Me escapo de Chester’s Mill antes de que sea demasiado tarde. Si la experiencia de otras series cortadas por el mismo patrón me ha servido para algo es para saber cuándo debo huir de una serie que tiene todas las papeletas para convertirse en la pérdida de tiempo oficial de la temporada.