Crítica: Un largo viaje (The Railway Man)

RUSH

Un largo viaje, genérico título español para The Railway Man de Jonathan Teplitzky (Burning ManMejor que el sexo), es la historia real de Eric Lomax, un soldado británico de la Segunda Guerra Mundial que, junto a su pelotón, fue apresado, esclavizado y torturado por el enemigo durante un largo cautiverio en un campo de trabajo japonés. Muchos años después, Lomax, interpretado por Colin Firth, descubre que su verdugo sigue con vida y no solo no se ha movido del lugar de sus crímenes, sino que ejerce como guía turístico de la zona. Aún en contacto con uno de los compañeros con los que vivió los horrores de la guerra (Stellan Skarsgård) y tras conocer a la mujer de su vida, Patti (Nicole Kidman), Lomax se propone enfrentarse al hombre que condicionó el resto de su vida.

Un largo viaje es una historia de supervivencia y perdón basada en el best-seller autobiográfico (publicado en 1995) de Lomax, y nos habla del largo y tormentoso recorrido personal de un hombre horriblemente dañado por su pasado, y cuyas heridas siguen muy abiertas. Colin Firth da vida con suma delicadeza y sin miedo alguno a ser turbio y despiadado, a este ex soldado aficionado a los trenes cuyo aspecto erudito y apacible oculta el hecho de que fue uno de los soldados más valientes de la guerra. Su obsesión por el mundo del tren (que se extiende hasta conocer perfectamente todos los itinerarios posibles del territorio británico) no es sino una manifestación del lacerante trauma que lo mantiene conectado, a través de los miles de kilómetros de líneas ferroviarias, con la pesadilla que solo él conoce. Y Firth transmite brillantemente -como de costumbre- el insoportable dolor que esto significa.

The-Railway-Man-PosterLa historia de Lomax nos obliga a saltar en el tiempo, primero desde un evocador prólogo de hermoso romanticismo en el que se nos muestra, con muy buen pulso, el enamoramiento de Eric y Patti -Kidman tan convincente y vulnerable como siempre. Y después entre el presente -la dificultosa vida en pareja del matrimonio, una vez atravesada la etapa de recién casados- y el pasado en Japón, donde conocemos al joven Lomax, interpretado por Jeremy Irvine (War Horse). Él es quien se merece en este caso todos los laureles por dar vida a la versión joven de Colin Firth, y no solo por su excelente trabajo de contención dramática y complejidad emocional, sino también por hacernos creer en todo momento que estamos viendo realmente a la encarnación pasada del actor británico. Irvine sobresale de un elenco en el que también despunta el joven actor que da vida al verdugo de Lomax, Tanroh Ishida. Ambos aguantan estoicamente la mayor carga dramática de la película y allanan el camino para que sus dos versiones adultas -también estupendo Hiroyuki Sanada– concluyan el film con un satisfactorio cara a cara.

Sin embargo, Un largo viaje es también una película de desequilibrios. Teplitzky no logra aguantar el ritmo mientras trata de hilvanar pasado y presente, y se le va la historia de las manos con secuencias excesivamente largas, o excesivamente cortas, y no del todo bien conectadas. Además, aunque la película nos ofrezca interpretaciones reseñables, no hay nada verdaderamente destacable, técnica, estética o narrativamente, que las encuadre y las haga memorables. Es decir, Un largo viaje es una película demasiado correcta, austera y convencional (incluso anticuada), un film que trata con mucho respeto, y quizás con demasiado tiento, el síndrome post-traumático de la guerra, resultando en un trabajo carente del impacto y la emoción que suelen conllevar estos relatos bélicos tan profundamente humanos por definición. Si Un largo viaje  nos conmueve no es por cómo está hecha, sino porque la historia de Lomax es por sí sola lo suficientemente poderosa como para afectarnos, sobre todo con su tremenda conclusión: “En algún momento hay que dejar de odiar“.

Valoración: ★★★

Crítica: Nymphomaniac. Volumen 1

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Texto: David Lastra

Desde tiempos inmemorables, la labor del tonto del pueblo siempre ha sido la de divertir con sus torpezas y sandeces al resto de sus conciudadanos. Gracias a ese humor malsano y, en cierto modo, autoconsciente, el tonto del pueblo ha logrado medrar en el escalafón hasta ser un pilar necesario de la sociedad. Ese otrora marginado, se convierte en la voz de la libertad, ya que de su boca solo saldrán esputos de realidad, que no deberán ser confundidas con verdades, ya que esa propiedad se atribuye históricamente a los borrachos y los niños.

Tras su polémica autodenominación como nazi en la rueda de prensa de Melancolía en el Festival de Cannes, Lars Von Trier decidió mostrar todas sus cartas y proclamar a los cuatro vientos algo que sus espectadores más ávidos ya sabíamos hace tiempo: Mi función es la del tonto del pueblo. Reivindico la existencia de personas que digan las cosas tan torpes como las que dije yo. Es bueno para la salud política que se digan cosas así. Los tabúes son malos para la salud política. Es mejor que exista la posibilidad de decir cosas que son basura que pronunciar solo lo que se considere correcto (Público, 01/11/2011). Esa es la libertad del tonto del pueblo, esa es la base del cine de Lars Von Trier y, por extensión, la de la película que hoy nos ocupa: Nymphomaniac.

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En la citada presentación de Melancolía, Von Trier anunció un proyecto pornográfico (no olvidemos que su productora Zentropa ya tuteló los largometrajes porno Hot Men Cool Boyz, Pink Prison, Constance y All About Anna), demandado según el propio director por la actriz Kirsten Dunst, porque así son las mujeres: hardcore. Lo que muchos entendieron como una tomadura de pelo, cristalizó en un proyecto mastodóntico de cinco horas que prometía un festival de penes, chochetes y demás pelambreras en acción, con una buena dosis de penetraciones y felaciones reales (al final nos tendremos que contentar con dobles de cuerpo, pero siempre nos quedará la esperanza de un comunicado de Von Trier dentro de veinte años diciendo que todo fue una gran farsa y no había especialistas). Un cast de ensueño capitaneado por Charlotte Gainsbourg, musa de su Trilogía de la depresión, y un gran plantel de actores hollywoodienses descastados (Christian Slater y Uma Thurman), parte de la realeza europea (Stellan Skarsgard y Connie Nielsen) y un chico blockbuster Shia LaBeouf dispuesto a todo.

Como si de una broma por parte de los Weinstein se tratase, Nymphomaniac se nos presenta en dos volúmenes. Estrenándose el primero de ellos en las pantallas españolas el mismísimo día de Navidad (y un mesecito después, el 24 de enero la segunda). Conocemos por primera vez a Joe, nuestra protagonista, tendida en el suelo de un callejón tras haber recibido lo que no sabemos si ha sido una paliza o un polvazo. Es en ese preciso instante, entre las gotas de agua y el trallazo de Rammstein, cuando Seligman salva de la calle al ángel caído. Una taza de té después descubrirá que más que un ángel, lo que ha llevado a su casa es nada más y nada menos que un ángel-puta de la estirpe de Laura Palmer. Desde el no-lugar que es la habitación de Seligman, Joe comenzará a relatar su caótico cuento moral a modo de capítulos eyaculados directamente por el coño de Joe. Porque no estamos ante una película narrativa al uso. Aquí no hay voces, hay flujo vaginal para dar y tomar.

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Durante dos horas conoceremos la odisea sexual de una mujer autodiagnosticada ninfómana, desde las nada inocentes ranitas hasta un acto sexual con “ingrediente secreto”, pasando por la pérdida de la virginidad y el trenecito chuchú. La despreciable Joe (denominación también autoimpuesta) comete el crimen de ser consciente del poder de la mujer: su coño. Dadme un coño y moveré el mundo. Who run the World? Cunts. La vulva de Joe es el centro de la historia y a través de ella irán entrando todos y cada uno de los personajes masculinos de la historia (el lesbianismo nos espera a la vuelta de la esquina). A través de ese orificio sagrado, Joe desarrolla la maldad del par 23 para con el macho. Crímenes que van desde el pecado capital del orgasmo fingido, la adulación y consiguiente violación, llegando incluso a atacar a una semejante robándole la pareja. Pero no caigamos en la estupidez de tacharle de misógino como gran parte de sus detractores, Von Trier habla de la mujer porque conoce sus rasgos a la perfección. El danés es un especialista en la psique femenina. Si acaso no de la mujer como ser humano, sí de su naturaleza como hembra. La llamada Naturaleza que tan bien lleva explorando desde sus comienzos y que llegó a su culmen en Anticristo.

Si el caos reinaba en las aventuras campestres de Gainsbourg y Willem Dafoe (que se reencontrará con su amada en el segundo volumen) y la desesperación en Melancolía, el humor hace lo propio en Nymphomaniac. El gracejo del danés siempre está presente, ya sea a través del sadismo (especialmente en la trilogía del corazón dorado) o por la vía de lo burdo (El jefe de todo esto o Los idiotas). En esta ocasión decide decantarse por lo segundo, lo primero estará presente de manera contundente de la mano (puño) de Jamie Bell en la siguiente entrega. Von Trier construye situaciones desbocadas, fuera de todos los límites, y es ese exceso el que provoca la consiguiente carcajada. No una sonrisa cómplice o una risilla nerviosa ante la imagen de un pito bamboleante, sino una gran y sonora carcajada. Una reacción completamente buscada, no solo en la caza (perdón, pesca) en los vagones para conseguir la bolsita de chocolates o en la excesiva escena con Mr. y Mrs. S, sino con cada metáfora de Seligman. Durante la narración alterada de Joe, Seligman se empeña en no juzgar a su huésped a través de paralelismos entre el comportamiento de la mujer con la pesca (aplaudamos al señor Von Trier por el anzuelo clitoriano) o la inmensa polifonía de la Choralvorspiel de Bach. El ver a Fibonacci ante un claro caso de 3+5 (por el culo te la hinco) es descacharrante y un guiño a la cantidad de papanatas que comulgan con el tratamiento psicológico de la depresión. No obstante, su nombre es un guiño para nada trivial a Martin Seligman, psicólogo positivista y padre de los estudios de la indefensión aprendida relacionada con la depresión. No me extrañaría que el danés termine moviendo los hilos para que Seligman caiga en las garras de Joe, ya que su pasividad, sus tés y sus cruces de piernas no pueden esconder otra cosa que una notoria erección.

Nymphomaniac

Señores con pene y señoras con vagina (y viceversa), no olvidemos que estamos ante un genio y un bufón y esta Nymphomaniac no debe ser tomada como una obra cinematográfica al uso. Sus lecturas no son tan complicadas como busca el crítico de marras, realmente puede que se acerquen más a la liviana e infravalorada visión del pajillero o pajillera de turno. El arte nunca es objetivo, es real y Von Trier como buen tonto del pueblo que es nos lanza un lefazo de realidad sin ningún tipo de miramiento. Todo en esta película es real. Es una chorrada pararse a hablar de artificialidad o inverosimilitud. ¿Acaso ganas algo yendo en contra de la realidad de Von Trier? Si has entrado en su juego, pantalones abajo marinero.

Valoración: ★★★★★