American Gods – Primera Temporada [Reseña y sorteo]

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Cuando Starz, la cadena de OutlanderAsh vs. Evil Dead entre otras, anunció que estaba preparando una adaptación del best-seller internacional American Gods con Bryan Fuller (Hannibal) al frente del proyecto, el júbilo se apoderó de los fans de Neil Gaiman y los aficionados al género fantástico en general, que está atravesando un momento muy fértil. La idea de una serie basada en una de las novelas más celebradas del popular autor británico, producida por uno de los productores televisivos más creativos y visualmente estimulantes del momento, era demasiado atractiva como para no dejarse invadir por el entusiasmo.

El pasado mes de abril, Starz estrenó American Gods (en España la ofrece en exclusiva Amazon Prime Video), rodeada de una gran expectación y precedida de varias promos que vaticinaban una de las series más sorprendentes e impactantes de los últimos años. Y lo cierto es que, a pesar de un comienzo algo confuso y titubeante (lógico por otra parte teniendo en cuenta el material en el que se basa y el estilo de su autor), no decepcionó, confirmándose a lo largo de 8 episodios como una ficción osada y completamente diferente a cualquier otra cosa que hay ahora mismo en televisión.

American Gods relata la lucha encarnizada entre los dioses antiguos y los nuevos, una contienda que tiene lugar en varios frentes y viene a reflejar la dualidad de la sociedad norteamericana, así como la dicotomía entre tradición y tecnología, la realidad física y la virtual, en un mundo en el que las fronteras entre el bien y el mal están más difusas que nunca.

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La historia sigue los pasos de Shadow Moon (Ricky Whittle), quien tras cumplir tres años de condena por robar un casino, es puesto en libertad el día que recibe la noticia de que su esposa, Laura (Emily Browning), ha muerto en un accidente de coche en pleno acto sexual con otro hombre. De camino al funeral, Shadow se encuentra con el misterioso Mr. Wednesday (Ian McShane), un peculiar y enigmático individuo que lo sabe todo sobre su vida. Shadow acepta el puesto de “guardaespaldas” de Mr. Wednesday, embarcándose así con él en un impredecible viaje a través de Norteamérica en el que descubrirá un mundo oculto donde la magia es real, una realidad adyacente a la de los mortales donde se está fraguando un conflicto fatal entre dioses, en el que Shadow tendrá un papel más importante del que cree.

Bryan Fuller es uno de los productores más personales e imaginativos que hay actualmente en televisión. Su ojo prodigioso para la estética, su preciosismo macabro y el respeto que siente por el género fantástico lo convertían en el candidato idóneo para acometer este loco proyecto. Claro que, por otro lado, Fuller se suele mover peligrosamente en la línea que separa lo sublime de lo pretencioso, cayendo a veces en el error del estilo sobre la sustancia. Afortunadamente, en American Gods esto no pasa, a pesar de que en ocasiones lo parezca. Lo mejor de la serie es que, además de sacar los ojos de las órbitas con sus imágenes, de una plasticidad y una belleza inigualables, cuenta una historia fascinante con unos personajes que enamoran.

De todos ellos es precisamente el protagonista, Shadow, el menos interesante, quizá porque la interpretación de Whittle carece de los matices y el carisma que requiere el personaje (aunque tiempo al tiempo, que el viaje personal de Shadow acaba de empezar y él sigue tan confundido como nosotros). Le hacen sombra (pun intended) Ian McShane, que brilla con una interpretación deliciosamente excéntrica, y la infravalorada Emily Browning, cuyo personaje conocemos en profundidad en el que es el mejor episodio de la temporada, “Git Gone”, un standalone hermoso y melancólico que compone una de las horas más redondas que se han visto en televisión este año.

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Y por supuesto, mención aparte merecen los demás dioses y criaturas fantásticas, en especial un desatado Pablo Schreiber como el divertido leprechaun Mad Sweeney, la siempre genial Kristin Chenoweth como la diosa de la Pascua y por encima de todos, ahí arriba, en lo más alto del Olimpo de American Gods, Gillian Anderson como Media, la diosa de la comunicación, un personaje que permite a la venerada actriz de Expediente X demostrar su versatilidad al convertirse en diferentes iconos de la cultura popular, como David Bowie, Marilyn Monroe o Lucille Ball, y que se revela como un golpe maestro de casting (una diosa real de la cultura pop encarnando a la diosa de los mass media en la ficción, más perfecto imposible). Solo por sus breves pero cegadoras apariciones, la serie merece la pena.

American Gods es una serie insólita, asombrosa, extraña, y sobre todo muy atrevida. Que forme parte de Starz, la única cadena que hace sombra de verdad a HBO en cuanto a violencia gráfica y contenido sexual, permite a Fuller dar rienda suelta a sus pulsiones más oscuras y sensuales, con escenas que se quedan para siempre en la retina, como la presentación de Bilquis (Yetide Badaki), que se traga al hombre con la vagina después del coito, o el encuentro sexual entre Salim (Omid Abtahi) y el Genio (Mousa Kraish), una secuencia de sexo gay de lo más explícito que se ha visto jamás en televisión.

Con su brutal apartado visual, sus seductores personajes y su compromiso con el delirio, American Gods es todo un regalo para los sentidos, una serie apasionante que no ha hecho más que empezar. No me quiero ni imaginar cuando llegue la verdadera guerra entre dioses.

american-gods-blu-rayLa primera temporada de American Gods ya está a la venta en España de la mano de Sony Pictures Home Entertainment. La serie se ha puesto a la venta en Blu-ray y DVD.

Ambas ediciones cuentan con contenidos adicionales perfectos para hacer más llevadera la espera de la segunda temporada:

• Entrevistas del reparto con Ian McShane, Ricky Whittle, Emily Browning y Bruce Langley

• Corto: “Antiguos dioses, Dioses modernos, Libro vd Show, Qué es American Gods”

• El origen de American Gods con Neil Gaiman

• Entrevistas en la Comic-Con de San Diego

¡CONCURSO! Si queréis ganar una copia en Blu-ray de la primera temporada de American Gods cortesía de Sony Pictures Home Entertainment, solo tenéis que dejar un comentario en esta entrada. Entre todos los que escribáis sortearemos el pack al azar, y el ganador o ganadora la recibirá en su casa gratis. Concurso solo válido para España. Finaliza el miércoles 6 de diciembre de 2017 a las 23:59h. ¡Suerte! [Este sorteo ha finalizado. Estad atentos a la página de Facebook de FNVLT para más concursos]

Mi verano de serie (Segunda parte)

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Aquí estoy de nuevo, listo para seguir hablando de mi verano seriéfilo, que ha dado tanto de sí que tuve que dividir este artículo en dos partes para que no se me fuera de las manos. La primera mitad de mis aventuras estivales tumbado en el sofá la podéis leer aquí. ¿La habéis leído ya? Bien, a continuación tenéis la esperada secuela.

Empiezo con una historia de la que ya he hablado en profundidad en el blog, y que he recomendado por activa y por pasiva en mis redes sociales, Man in an Orange Shirt. Se trata de una miniserie de BBC escrita por Patrick Gale, sobre el apasionado romance furtivo entre dos soldados británicos de la Segunda Guerra Mundial (Oliver Jackson-Cohen y James McArdle), y el efecto que causa su relación en la mujer del primero (Vanessa Redgrave). Man in an Orange Shirt está dividida en dos partes, la primera ambientada en el pasado, y la segunda en el Londres actual, donde conocemos al nieto de uno de los soldados (Julian Morris), un joven gay incapaz de abrir su corazón a los demás, que se refugia en el sexo con desconocidos. Como ya me he deshecho en elogios hacia la miniserie, no me quiero repetir, así que os remito a la crítica que escribí recientemente. Solo una cosa: si tenéis la oportunidad de verla, aprovechadla. Tengo la teoría de que cuanta más gente la vea, mejor será el mundo.

Hablando de miniseries de temática LGBTQ que son de interés universal (como debería ser siempre), también he visto When We Rise, ambiciosa ficción de ABC en ocho partes que sigue la estela de American Crime llevando a la cadena del alfabeto por el camino del drama de prestigioWhen We Rise tiene detrás un par de nombres de pedigrí. La serie está producida por los responsables de Mi nombre es Harvey MilkDustin Lance Black y Gus Van Sant (El indomable Will Hunting, Elephant), que además también dirige el primer episodio. When We Rise es una apasionada crónica sobre la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ que abarca más de cuatro décadas. Ahora bien, aunque su temática sea importante y su valor indudable, la serie peca de fría, reconstruyendo notablemente los acontecimientos pero fallando a la hora de conectar emocionalmente, quizá por culpa de un reparto que no parece del todo ubicado (sobre todo Guy Pearce, pero en general todos los actores más conocidos, poco creíbles como las versiones adultas del mucho más eficaz reparto joven). Recomendable para informarse sobre las injusticias vividas y los logros conseguidos por la comunidad, pero poco destacable como pieza dramática.

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La que sí he vivido a todos los niveles es Rectify, una de las mejores series de los últimos años que casi nadie ha visto, y que apenas ha formado parte de la conversación seriéfila, muy injustamente. Este drama de la cadena Sundance nos cuenta la historia de un hombre erróneamente acusado de violar y asesinar a una joven, que tras 17 años encarcelado, regresa a su pueblo, donde ya no se le mira con los mismos ojos. La serie es un soberbio estudio sobre el espíritu humano y la vida en una pequeña comunidad que nos habla de la culpa, el perdón y la búsqueda de la felicidad, y que está a la altura de los mejores dramas televisivos de la historia. Una serie que me arrebató por completo, tanto por sus portentosas interpretaciones (iba a empezar a nombrar a los actores, pero es que todos están increíbles) como por la delicadeza con la que cuenta la historia. Conmovedora, demoledora, tan triste como luminosa, y sobre todo, altamente recomendable.

También he aprovechado este verano para continuar series que empecé no hace mucho, pero dejé aparcadas por falta de tiempo, o porque otros estrenos acapararon mi atención y acabaron desplazándolas. Estoy hablando por ejemplo de American Gods, la adaptación de la novela de Neil Gaiman por parte de Bryan Fuller (Pushing DaisiesHannibal) que emite Starz (en España la tiene Amazon Prime). Terminé hace poco la primera temporada, y aunque cuando la empecé me temí lo peor (Fuller es un gran esteta, pero a veces me parece excesivamente pedante y superficial), me acabó conquistando por completo. Sobre todo a raíz del episodio 4, “Git Gone” (el que cuenta la historia de Laura –Emily Browning), una de las horas más preciosas que he visto este año en televisión. Ese capítulo en concreto es una maravilla, pero el resto de la serie no desmerece. Ambiciosa, provocadora, sensual, loquísima, de imaginación desbordante, de factura impresionante, con Gillian Anderson haciendo de Marilyn, Bowie o Lucille Ball, y sin olvidar a Ian McShane, que está enorme. No se puede pedir más. Ardo en deseos de ver la segunda temporada.

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Otras dos series que empecé cuando se estrenaron, pero dejé en la recámara hasta no hace mucho son The Exorcist TabooSobre la primera ya hablé en su día, después de ver su piloto. No esperaba que un reboot televisivo de una película tan irrepetible (y que tanta huella dejó en mi vida) como El exorcista fuera a satisfacerme tanto. Elegante, bien contada, bien interpretada (Alfonso Herrera es mejor actor de lo que se lo reconocemos, y esta serie es la prueba), y más terrorífica que la mayoría de series (supuestamente) de miedo (la soporífera Outcast, de temática similar, palidece en comparación). Y lo mejor, hacia la mitad de la temporada hay un brillante giro sorpresa en la historia que le da la vuelta a la serie y la convierte en algo distinto a lo que creíamos.

Sobre Taboo, el carísimo drama místico de Tom Hardy, que supuso pérdidas económicas para el actor, solo puedo decir que entra muy bien por los ojos, que está muy bien hecha, pero que, habiendo terminado la primera temporada, no sabría muy bien decir de qué va. Y apuesto lo que sea a que los responsables de la serie tampoco lo tenían muy claro. Confusa, embarullada, poco accesible, pero lo suficientemente hipnótica y atractiva como para haberme quedado hasta el final. Ya veremos si me apunto también a la segunda temporada. Aunque claro, Hardy es mucho Hardy, y va a ser difícil resistirse a sus estúpidamente sensuales gruñidos primitivos.

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Cambiamos de tercio para hablar de tres comedias. Las tres de Netflix. Imagino que os pasará lo mismo, la plataforma ha cogido tal ritmo con los estrenos de sus series originales que es imposible estar al día. “Pero no hay por qué verlas todas”, me diréis algunos. Ya lo sé, creedme que lo sé. Pero eso decídselo a mi yo completista, o a mi yo sin filtro, que por una cosa u otra, casi todas las series de Netflix me atraen (menos Narcos, hasta ahí no llego). A lo que iba. Este verano he seguido con una de mis comedias recientes favoritas, Love, y la segunda temporada me ha parecido incluso mejor que la primera, tan agridulce como la anterior, pero más centrada, más inspirada. He vivido la relación de Gus y Mickey al máximo, casi en primera persona, los buenos momentos (y hay muchos, porque cuando Judd Apatow se pone tierno, optimista y romántico, no hay quien le gane), los malos (Apatow tampoco tiene rival boicoteando la felicidad de sus personajes) y los insoportablemente frustrantes (para los que echamos de menos Girls, esto es droga de la buena). Love merece más reconocimiento del que tiene, y Gillian Jacobs y Paul Rust deberían estar entre los nominados al Emmy este año. Ah, y Bertie es un tesoro, quiero demasiado a Bertie.

Para que no me pase como con Love (y Master of None, cuya segunda temporada aun tengo en la recámara), decidí ver Descolocados (Disjointed) y Atípico (Atypical) nada más estrenarse. La primera tenía un claro (y único) reclamo para mí: Kathy Bates. Pero ni siquiera ella es capaz de hacer que merezca la pena invertir mi (no tan preciado) tiempo en la serie. Descolocados no es más que otra sitcom de la factoría Chuck Lorre, una comedia de risas enlatadas propia de CBS, casposa y sin gracia, que, al estar en Netflix, puede desmarcarse diciendo tacos y salirse con la suya haciendo que toda su historia gire alrededor de la marihuana. Además, tiene la particularidad de que incluye secuencias animadas e interludios en forma de vídeos de YouTube o anuncios televisivos (el product placement es nivel desayunos de Médico de familia) para rellenar su increíble vacío de ideas. Por su (ínfima) calidad, Descolocados es comparable a la lamentable The Ranch, con la diferencia de que en esta se está malgastando trágicamente el talento de Bates. Cada vez tengo más claro que lo de Mom es la excepción que confirma la regla.

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En cuanto a Atípico, voy a pecar de poco original y decir que es bastante… típica. Esta dramedia familiar que bien podría haberse emitido hace 8 años en Showtime o actualmente en ABC (con censura) es la película indie de Sundance que hemos visto en incontables ocasiones. Pero aun así, es difícil no sucumbir a sus muchos encantos. Empezando por su protagonista, Sam (magnífico Keir Gilchrist), un adolescente autista en busca del amor con el que se visibiliza este colectivo de personas poco representadas en televisión, siguiendo por su sentido del humor, entrañable pero nunca demasiado ñoño, y terminando por Jennifer Jason Leigh, que como productora de la serie, se reserva bastante protagonismo, y brilla con otro de sus papelones, una madre sobreprotectora en plena crisis de mediana edad (estará entre las nominadas al Emmy el año que viene con toda seguridad, y será bien merecido). Sin olvidar a los secundarios, un simpático plantel de personajes que complementan perfectamente al protagonista (Brigette Lundy-Paine, la hermana de Sam, es toda una revelación, y el personaje más interesante de la serie). Atípico no inventa nada, es la clásica historia coming-of-age que tanto le gusta contar a los norteamericanos, pero es tan cálida, tan bonita, tan divertida, que le perdono sus defectos (y tiene unos cuantos). Recomendable para los fans de aquella joya injustamente ignorada que fue United States of Tara o películas teen como Las ventajas de ser un marginado.

Sigo en Netflix, pero cambio de tercio para hablaros de una de mis mayores sorpresas del veranoAnne with an E (o simplemente Ana), la nueva adaptación de Ana de las Tejas Verdes, el clásico de Lucy Maud Montgomery. Os cuento, tenía curiosidad, pero tampoco me moría por verla. En mi semana de vacaciones a finales de julio me la puse para desayunar. Y pasó lo que tenía que pasar. De esto que te pones algo pensando que va a ser una serie de planchar (o de tener al fondo mientras comes), y acabas completamente metido, deseando que llegue el desayuno del día siguiente para ver el siguiente capítulo. Me zampé Anne with an E con café, zumo y galletas, y ya la asociaré para siempre a mis desayunos vacacionales. Qué serie más bonita, qué maravilla de casting, qué protagonista más perfecta (Amybeth McNulty es un portento, personifica a la perfección el melodramatismo exagerado, la energía y la ilusión del personaje), qué fresca, qué divertida, qué emotiva, qué bien retrata el paso de la infancia a la adultez… He leído muchas quejas sobre las licencias que se ha tomado con respecto a los libros, pero esto a mí me importa más bien poco. Sin compararla con el original o las versiones anteriores, Anne with an E aguanta muy bien el tipo como serie, y quiero más.

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Más cosas. Ha vuelto Halt and Catch Fire, y al igual que Rectify, se trata de una de las mejores series que no estás viendo. Claro que nunca es tarde si la serie es buena. Si no la veis, dadle una oportunidad. Al principio puede parecer otra copia de Mad Men, pero con el tiempo va afianzándose en su propia identidad para convertirse en uno de los dramas televisivos más satisfactorios del momento. Su cuarta temporada ha empezado subiendo mucho el listón, con los personajes más asentados que nunca, los actores más cómodos y la historia cogiendo un rumbo muy interesante. Otra nueva serie de época que acabo de empezar, esta de estreno más reciente, es The Last Tycoon, drama de Amazon protagonizado por Matt Bomer, Kelsey Grammer, Lily Collins y Rosemarie DeWitt que también se puede describir como otra Mad Men wannabe. Ambientada en el Hollywood de los años 30, The Last Tycoon nos muestra los entresijos de las majors de cine a través de la figura de un productor atribulado, que se queda a años luz de Don Draper, aunque Bomer lo haga realmente bien. Es una serie correcta, con estupendo diseño de producción y vestuario y buenas interpretaciones, pero no destaca especialmente entre tanta oferta de calidad.

Aguantad, que ya queda poco. No hace mucho retomé otra serie que empecé hace eones y dejé parada, pendiente de seguir cuando llegase el momento adecuado. Y ese momento llegó en una noche tonta y sofocante de agosto, cuando decidí que lo que pegaba era ver Spartacus. Concretamente Gods of the Arena, la miniserie precuela que sucedió a la primera temporada. Hacía mucho tiempo que no veía la serie, por eso me sorprendió darme cuenta de lo terrible que es. Un péplum que es pura pornografía, burda, gratuita, casposa, y lo peor, con ínfulas de drama de calidad. ¿La voy a seguir viendo? Claro, a todos nos gusta un poco de porno de vez en cuando.

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Termino con dos asuntos pendientes a los que por fin he hecho frente. A principios de verano empecé a ver RuPaul’s Drag Race, el popular talent show de drag queens que ocupa el 80% de mi timeline de Twitter y Tumblr. Me sentía completamente desplazado sin ver este programa, así que ya era hora de hacer algo al respecto. He visto las dos primeras temporadas, y aunque me queda mucho para estar al nivel de fanatismo de mis contactos (observé desde fuera la locura del Werq the World el otro día), ya siento que pertenezco un poquito más a mi comunidad (la de seriéfilos, la LGBTQ y la del Twitterverse). Y por si os interesa mi opinión: Bebe Sahara Benet me pareció una justa ganadora (aunque también me habría quedado satisfecho si hubiera ganado Nina Flowers) y no tengo favoritas de la segunda edición (no, no soy fan de Raven, lo siento, y Jujubee era la que mejor me caía, pero como drag no me decía nada). Todas unas bichas, como Taylor Swift.

Y me he dejado para el final el mayor asunto pendiente seriéfilo de mi vida: Dawson crece. La serie de Kevin Williamson marcó mi adolescencia, como la de tantos otros, pero dejé de verla en la quinta temporada, y desde entonces (hace 15 años, que se dice pronto) no me había atrevido a ver el final y cerrar ese ciclo de mi vida. Pues bien, la pasada primavera llegó el momento de encararme al pasado para mirar definitivamente al futuro. En lugar de ponerme directamente la sexta, decidí ver la serie entera desde el principio. Qué nostalgia más grande con las dos primeras temporadas (la primera sigue siendo un clásico adolescente con todas las de la ley), cuantísimo me influyó (yo era Dawson, y durante el revisionado me di cuenta de que también era insoportable, como Dawson). La tercera me pareció mucho mejor de lo que recordaba (Dawson descolgando sus pósters de Spielberg me parece uno de los momentos más dramáticos y uno de los puntos de inflexión en un personaje mejor escritos de la historia de la tele). En la cuarta, la serie empezó a decaer si remedio, y las dos últimas temporadas están universalmente consideradas como las peores de la serie.

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Dawson crece es el ejemplo paradigmático de por qué una serie de adolescentes no debería continuar en la universidad. Las temporadas 5 y 6 (en las que la serie debería haberse rebautizado Joey’s Creek) son desesperantes, aburridas, absurdas hasta el paroxismo (Pacey broker de bolsa, con eso lo digo todo), con tramas sin sentido, relaciones insípidas y nuevos personajes que no aportan absolutamente nada. La ausencia de Williamson se nota trágicamente, y por eso se agradece que se ocupe del final, dos capítulos que arreglan en la medida de lo posible el estropicio previo y despiden la serie con una nota muy emotiva, dando más protagonismo al mejor (y más maltratado) personaje de la serie, Jen. He de confesar que no lloré viendo el final (supongo que tragarme la serie en maratón me dejó insensibilizado), pero aun así me pareció un buen desenlace, coherente, lleno de amor hacia sus personajes, y deferencia a la audiencia que tanto tuvo que aguantar. Dawson crece termina como tenía que terminar (y Joey termina con quien tenía que terminar), así que al menos, aunque fuera durante 80 minutos, sentí que no había perdido del todo el tiempo. Lo dicho, ya no tengo asuntos pendientes, ya puedo morir tranquilo.

Y ya puedo dar la bienvenida oficial al otoño. Hasta aquí el repaso a mi verano de series. Como en la primera parte, os animo a que me contéis qué habéis visto vosotros estos últimos meses. Espero que esta vez me hagáis más caso.

“Soy lo que soy gracias a vosotros”: Un análisis de ‘The Girlfriend Experience’

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The Girlfriend Experience es desde luego toda una experiencia televisiva. Pero cuidado, no es una experiencia para todo el mundo. La serie, que se emite semanalmente en Starz (la atrevida cadena de OutlanderSpartacus) y se ha ofrecido completa en su servicio de VOD, nos sumerge en el mundo de las escorts de lujo, pero no esperéis un producto similar a Secret Diary of a Call GirlTGE es una serie difícil, poco amable, y no porque sea dura desde el punto de vista dramático, sino por su carácter frío y analítico, por su forma absolutamente libre de artificios y prejuicios de aproximarse al tema y a la protagonista. A priori, esto puede sonar atractivo (y lo es), pero obliga a que nos adentremos en la historia dispuestos a dejar a un lado nuestras preconcepciones sobre el (desconocido y difícil de documentar) mundo que retrata, y también sobre cómo deben o no deben ser los personajes televisivos, concretamente los femeninos. Algo que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

Creada por la actriz y cortometrajista Amy Seimetz (esta es su primera serie como showrunner) y el director Lodge Kerrigan (responsable de la muy interesante Keane y realizador de Homeland, The Killing The Americans), The Girlfriend Experience está inspirada en la película del mismo título de Steven Soderbergh. El estilo del director de Contagio está presente en la serie, cuya estética, ritmo y atmósfera tensa e inquietante sin duda atraparán a los que disfrutan de un producto como The Knick (también de Soderbergh), drama aséptico, sin apenas concesiones o rastros de humor, que cala casi sin que uno se dé cuenta de cómo lo está haciendo. La primera temporada de TGE nos cuenta a través de 13 episodios la historia de Christine Reade (Riley Keough), una ambiciosa estudiante de derecho que descubre a través de una amiga el negocio de las escorts de lujo y decide formar parte de él, compaginándolo con sus prácticas en un importante bufete de Nueva York. A medida que se va a adentrando más y más en la prostitución, las barreras que levanta para mantener separadas sus dos facetas profesionales y su vida personal van derrumbándose.

The Girlfriend Experience está desprovista de excesos o afectación dramática, como reflejo de la protagonista, una mujer asocial, fría y decidida que puede ser percibida por los demás, tanto dentro como fuera del relato, como una persona egoísta y calculadora (seguramente porque lo es). Este es el mayor atractivo de la serie, el excelente estudio de personajes que realiza con Christine, una chica que, como la Hannah de GIRLS o la Selina Meyer de VEEP, se aleja del prototipo de protagonista femenina de series, y con la que se continúa llevando la televisión hacia un nuevo terreno en el que las mujeres de la ficción no están ahí para agradar a la audiencia, para convertirse obligatoriamente en modelos aspiracionales o servir un ideal. Como decía, Christine no es juzgada por la cámara, por la narración, deja que el espectador saque sus conclusiones, pero no da pie a que la sentenciemos, sino más bien a que la conozcamos y aceptemos, a ella y sus decisiones, porque son suyas y de nadie más. En el magnífico episodio “Home” (1×12), su hermana le pregunta “¿Cómo eres capaz de hacer algo tan estúpido?”, a lo que Christine responde en un poco frecuente y revelador estallido de ira: “¡Porque me gusta!”

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Eso es lo que hace The Girlfriend Experience, desmitificar el mundo de la prostitución de lujo tal y como nos lo lleva presentando años el cine y la televisión, negándose a presentarlo como algo potencialmente romántico (la puta que se enamora y deja su trabajo por él), un cuento moral trágico (aunque puede ser pronto para sacar conclusiones de este tipo, claro) o un complemento a la historia de un hombre poderoso. Para dibujar esta visión, TGE hace gala de una dirección muy inteligente y un excelente uso de la cámara. El encuadre y la puesta en escena sirven en todo momento para reflejar el estado de ánimo de los personajes, para desvelar la naturaleza temática de las escenas y explicar el tipo de relación que tienen los personajes que nos muestra. Llaman la atención los numerosos planos generales en interiores, que a menudo no nos dejan ver los rostros de los personajes mientras dialogan: hoteles, restaurantes, el bufete donde Christine trabaja, espacios enormes y diáfanos pero curiosamente sombríos, que transmiten sensación de frialdad en un mundo impersonal y distancia emocional. Asimismo, las (abundantes) escenas de sexo están grabadas de manera muy significativa, recurriendo a los mecanismos del cine erótico, pero empleándolos para mostrarnos una realidad semi-construida (esa “girlfriend experience” que no solo viven los clientes, sino ella también). En estas secuencias, Christine forma parte de un juego de ficción, por eso están rodadas de forma que la mayor parte del tiempo veamos que está actuando (en muchos momentos disfrutando de ese papel, en otros, como en el extraño y brillante final de temporada, no tanto, pero siempre haciendo ‘role play’, con el control de la situación). Todo esto hace del The Girlfriend Experience uno de los trabajos de dirección más estimulantes y refinados que hay actualmente en televisión.

“¿Nunca has tenido novio?”
“No. Supongo que no tengo las mismas reacciones a las cosas o sentimientos sobre cómo las cosas deberían ser”.

Un párrafo aparte merece la soberbia interpretación de Riley Keough. Lo suyo es un trabajo de una afinación absoluta. Desapasionada, distante, fascinante, y profundamente elegante y sensual. Keough compone a un personaje muy complejo, y lo hace con una contención magistral, haciendo de la mirada su mayor aliada. El contraste entre Christine y Chelsea (su nombre de escort) nos deja ver los dos rostros del personaje, uno directo e impermeable (“Supongo que simplemente no disfruto pasando tiempo con gente, lo encuentro una pérdida de tiempo y me hace sentir ansiedad”), y otro seductor y narcisista, ambos esenciales al personaje y constituyentes de su personalidad. Pero que tenga el control emocional sobre su doble vida (no tanto sobre las consecuencias que de ella se desprenden) no quiere decir que Christine sea un robot. A lo largo de la temporada se nos muestra al personaje dudando de sí misma (“¿Soy una sociópata?”) y en situaciones vulnerables, como la escena en la que, tras un encuentro con la mujer de uno de sus clientes, se lleva una copa a la boca y su mano temblorosa está a punto de derramarla, o el impresionante ataque de ansiedad (¿completamente? fingido) con el que corona el mejor episodio de la temporada, “Blindsided” (1×09). Son detalles perfectamente dosificados a lo largo de los capítulos para hacer de Christine un personaje más humano, con más capas, y Keough los interpreta de forma impecable.

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The Girlfriend Experience es una serie interesante entre otras cosas por cómo retrata el sexo (y las políticas sexuales en la privacidad y en el entorno laboral), en una era de la televisión en la que las cadenas de cable tienen libertad para mostrar cualquier cosa. Keough se desnuda en todos los capítulos, y esto es imprescindible para construir al personaje. TGE nos presenta a una mujer joven que goza y domina su sexualidad, que desea vivirla al máximo sin que esto se interponga en las demás facetas de su vida o afecte a la manera en la que la ven los demás (“Es imposible que una mujer sea percibida como un ser sexual y tenga éxito profesional”, se queja). Las escenas de sexo de TGE invitan al voyeurismo (la propia Christine participa de él junto a nosotros y se masturba observándose a sí misma en una grabación) y son excitantes, pero no buscan exclusivamente la mirada masculina, nunca son gratuitas o un recurso barato, sino que forman parte esencial del relato. Un relato oscuro que, de forma desafiante, provocadora, y extremadamente inteligente, se propone romper moldes y dinamitar las expectativas sobre lo que una mujer debe o no debe ser en la ficción.

Ash vs Evil Dead: Homenaje infernal

Ash vs Evil Dead Bruce Campbell

Sam Raimi es uno de los directores más personales y reconocibles del cine y la televisión. Aun cuando se atreve con un proyecto de la envergadura de Spider-Man no puede esconder del todo su raimismo (de Oz ya nos hemos olvidado, menos mal). Sin embargo, el anuncio de la serie de Posesión infernal nos hizo disparar las alarmas a pesar del entusiasmo. Ya sabemos lo que pasa con la mayoría de reboots y remakes televisivos actuales. Pocos conservan lo que hacía especial a la película o serie original, la mayoría pasan por un proceso de homogenización que hace que al final acaben pareciéndose a las mismas series de siempre (lo que le ha pasado a Minority Report o 12 monos). Afortunadamente, los trailers de Ahs vs Evil Dead nos tranquilizaban. Parecía que el espíritu de Evil Dead estaba ahí y no se había cometido ningún sacrilegio (como convertirla en AHS por ejemplo). Después de ver el piloto podemos confirmarlo: Sam Raimi, familia y amigos (Rob Tapert, Ivan Raimi…) han realizado una secuela directa de Posesión infernal, y lo han hecho respetando el tono y el estilo de la trilogía cinematográfica. Un auténtico regalo para sus fieles.

Porque dejémoslo claro desde el principio, Ash vs. Evil Dead no es para todo el mundo. No se trata de una serie obligada para el seriéfilo completista, sino que está hecha pensando en los fans de Ash y el universo creado por Raimi. Por eso quizá han decidido no hacer referencia (de momento) al brutal remake de Fede Alvarez (¿recordáis que había planes de secuela y crossover en cine? Os podéis ir olvidando), que tenía un tono mucho más serio y macabro que las anteriores entregas de la saga y no contentó demasiado a los puristas (yo me excluyo, porque me encantó). De hecho, la serie comienza evitando embrollos en la continuidad, con un simple “recap” narrado por Ash (clips sobreimpresionados incluidos) que ignora por completo los asombrosos acontecimientos de El ejército de las tinieblas (1992). Por ahora, Ash vs. Evil Dead es una continuación directa de Terroríficamente muertos (Evil Dead II, 1987), un “30 años después” que nos devuelve al emblemático personaje de Bruce Campbell estancado en el pasado a la vez que intenta evitarlo. Ya veremos cómo se va ampliando la historia (tenemos 2ª temporada confirmada), y si en algún momento acabará incorporando el resto del canon, pero para empezar, todo correcto.

Como decía, Ash vs Evil Dead es un festival de homenajes y guiños a las películas originales, así como una (otra) celebración del icono de culto en el que se ha convertido Bruce Campbell. Por momentos, el piloto toma prestadas algunas ideas de aquella fallida meta-comedia que fue My Name Is Bruce (2007), retomando la premisa de un Ash/Bruce retirado de su vida como exterminador de las fuerzas del mal y enfrentándose a los achaques de la edad que se ve obligado a volver a enfundarse la motosierra para salvar el mundo. Y bueno, el desencadenante que Raimi ha pensado para despertar a las tinieblas es todo lo estúpido que cabía esperar: Un Ash fumadísimo le enseña el Necronomicón a la chica que se ha llevado a su trailer y ambos acaban leyendo un pasaje que desata de nuevo el terror. ¿Para qué complicarlo más? A partir de ahí, Ash vs Evil Dead no pierde el tiempo y nos ofrece justo lo que pedíamos: humor insolente (y algo zafio), mucho camp, los demonios con máscara de látex de siempre, gore por todos los lados (demasiado digital en algunas escenas, con resultado más bien pobre), sobresaltos a la vieja usanza (en esta serie sí hay sustos de verdad, del tipo casa del terror), espíritu hard rock y autoconsciencia para parar un tren.

Ash vs Evil Dead posterEl piloto de AvsED (dirigido por Raimi) abre varias tramas para la temporada y presenta personajes secundarios para que Campbell no cargue con todo el peso de la serie (se agradece, porque mucho Campbell puede ser demasiado). Hay trama policial (pereza), pero la investigación en el primer capítulo no tarda en ser interrumpida (menos mal) por el violento ataque de varios deadites, secuencia en la que la serie ya despliega todo su arsenal hemoglobínico, con una atmósfera inigualable y sustos de muerte. Luego están los jóvenes compañeros de trabajo de Ash, Pablo (Ray Santiago) y Kelly (Dana DeLorenzo), con los que Campbell tiene buena química -rollo mentor de pacotilla y viejo verde- aprovechando bien el salto generacional que da la franquicia. Y, aunque solo aparezca unos segundos, nos emocionamos al ver a nuestra adorada Lucy Lawless, guapísima de blanco nuclear, que nos deja con la miel en los labios para los próximos episodios. Estamos deseando presenciar el reencuentro entre Xena y Atolycus.

Pero lo más destacable del piloto no son sus nuevos personajes o su arco central, sino las escenas en las que la serie se vuelve más loca, violenta y deliciosamente absurda. Por destacar dos (además de la mencionada lucha “polis vs. evil dead”), el grandioso ataque de la muñeca diabólica (secuencia cartoon pasada de rosca 100% Raimi en la que un objeto inanimado cobra vida) y su enfrentamiento final con la entrañable vecina del trailer park, Mrs. Johnson, perfecto broche de oro a esta divertidísima carta de presentación. En un glorioso plano a cámara lenta, Ash “vuela” para fundirse con su motosierra y aceptar su identidad. Él es Ash Williams, “El Jefe“, el gran héroe de Evil Dead, la estrella de la función. Llevábamos tiempo esperando su regreso. Y, aunque reticente al principio, este acaba asumiendo su destino, ya con esa característica camisa azul (como Superman, lleva siempre el uniforme bajo la ropa) y pronunciando la palabra más esperada del capítulo: “Groovy!”

Ash vs Evil Dead es un proyecto de amor, a la saga, a Campbell y a los fans. Raimi no se ha roto demasiado la cabeza, porque no hacía falta. Se ha mantenido fiel al material original y nos ha dado lo que queríamos, algo clásico e icónico, la Evil Dead que conocemos y adoramos (qué alegría reencontrarse con esa cámara reptante y la música de Joseph LoDuca), tan disparatada como siempre y con ese aroma a serie B guasona que nos encanta. Una secuela en toda regla que, casualmente, nos ha llegado en formato serial, pero que sabe a sesión golfa o noche de maratón de cine de terror en VHS.

Outlander y la esclavitud emocional del espectador

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Starz es una cadena de televisión en permanente búsqueda de su identidad propia para competir con otros canales premium, como la todopoderosa HBO o Showtime. Spartacus puso a Starz en el mapa e inició una tendencia hacia la ficción histórica en su programación que le ha ayudado a crear una imagen de marca. Sin embargo, sus productos siguen sin trascender de verdad en la comunidad seriéfila mayoritaria y la crítica, quizá porque aun dependen demasiado del reclamo del sexo y la violencia “fácil” para llamar la atención de la audiencia, como hacía Showtime con sus series de producción propia hace una década (o todavía, según se mire). Outlander es una de las ficciones más recientes de Starz, y puede que esta sea la apuesta que marque un antes y un después en la cadena, que prepara una interesante nueva etapa más arraigada en la fantasía con las esperadas American GodsAsh vs the Evil Dead.

Basada en la saga literaria Forastera de Diana GabaldonOutlander es un drama histórico con base de ciencia ficción que nos cuenta la historia de Claire Randall (Caitriona Balfe), enfermera de guerra británica en 1945 que es transportada atrás en el tiempo hacia 1743 durante su luna de miel en Inverness, capital de la región escocesa de las Highlands. Claire se ve sumida de repente en un mundo desconocido y hostil donde su vida corre peligro. Sin embargo, su carácter resoluto, sus destrezas “modernas” y su instinto de supervivencia la ayudan a adaptarse a la situación y a ganarse la confianza de los habitantes de Inverness, que temen que esta “Sassenach” sea una espía de los británicos o una bruja (por los “poderes” curativos que pone en práctica). Claire vive en cautiverio, vigilada por el jefe del clan Dougal McKenzie (Graham McTavish), lo que le obliga a aprender a convivir con los escoceses mientras intenta escapar al lugar de donde provino para intentar cruzar el “portal” de vuelta a su tiempo. Sin embargo, cuando conoce a Jamie (Sam Heughan), apolíneo y galante guerrero escocés con el que debe casarse para protegerse de los británicos, su corazón se ve dividido entre dos hombres y dos épocas.

Outlander maneja con mucha soltura y elegancia varios géneros. La serie, creada por Ronald D. Moore (responsable de la Battlestar Galactica moderna), dosifica con cuentagotas los elementos fantásticos (como en las primeras temporadas de Juego de Tronos), dando más énfasis a la aventura histórica, el drama de época y sobre todo el romance. La fuerza de Claire y su determinación por volver a casa, clásico lugar común de la aventura y los viajes en el tiempo, es lo que pone en marcha la historia, pero es su apasionada historia de amor con Jamie lo que le da cuerda durante los 16 episodios que conforman la primera temporada. Claro que no sería justo reducir la serie solo a eso. Resulta especialmente interesante ver cómo Claire se adapta a una sociedad muy distinta de la suya, arcaica y puramente patriarcal, en la que las mujeres son posesiones del hombre y no tienen derechos, uno de los temas centrales de la serie. En lugar de adaptarse aceptando la sumisión, Claire conserva su independencia en la medida de lo posible y se impone a la autoridad masculina del lugar dejando claro que es una mujer adelantada a su tiempo y alzándose así como una de las heroínas televisivas más destacadas del momento.

Claire Jamie

Ajustarse a su nueva realidad no será una tarea fácil, ni siquiera con su nuevo esposo, (inocentemente) educado en la convicción de que una mujer debe obedecer en todo a su marido y jamás deberá cuestionar su autoridad. La diferencia entre Jamie y la mayoría de los hombres de Outlander es que este tiene buen corazón, y posee la capacidad necesaria para salirse de los esquemas sexistas de la época y aprender con Claire a escuchar y comportarse caballerosamente sin menospreciar a la mujer. Esto conlleva primero un juego de poder que se traslada a la alcoba y se convierte en la fantasía erótica femenina heterosexual por excelencia (la serie se adentra en los terrenos de la novela rosa muy a menudo, y no lo digo como crítica, sino como advertencia para quienes tengan alergia al género). Hacia la mitad de la temporada, Outlander se ganó su fama de serie muy caliente, provocando sudores y sofocos a pesar de ambientarse en un lugar frío como las Tierras Altas de Escocia. Claire y Jamie hacen honor a eso de la “Fase Luna de Miel” y nos regalan desnudos por doquier y secuencias de sexo con el poder de ruborizar y por supuesto excitar a la audiencia (se puede ver el fuego entre ellos). Vamos, que es recomendable (incluso inevitable) ver Outlander tocándose. Al menos hasta que da comienzo su recta final.

Porque a pesar de que las cosas nunca son fáciles para Claire, no es hasta los últimos tres episodios cuando su aventura se vuelve realmente horrible. Moore nos prepara un clímax prolongado que no, no es el tipo de “clímax” que estáis pensando. Después de ser salvada en el último segundo en varias ocasiones (una herramienta narrativa de la que Outlander abusa demasiado), es nuestra protagonista la que debe salvar a su amado de las garras del villano de la función, el temible Jonathan ‘Black Jack’ Randall (antepasado del marido de Claire en el Siglo XX que comparte su apariencia con él y es interpretado magníficamente por el mismo actor, Tobias Menzies). Randall deja a cualquier malvado televisivo actual a la altura del betún, lo suyo es sadismo puro, peversidad y depravación, desviaciones que provienen de un deseo y un anhelo carnal pero, al contrario que en muchas otras ficciones modernas, no lo humanizan. Randall es un monstruo sin cualidades redentoras que interrumpe el idilio de Claire y Jamie para torturarlos sin piedad y sumirlos en una pesadilla de la que ya no será tan fácil escapar.

Jonathan Randall

Outlander demuestra desde el comienzo que no es una serie que vaya a andarse con remilgos (ya hemos mencionado los desnudos, con plano detalle de genitales incluido), pero en más de una ocasión está a punto de sobrepasar el límite (según la sensibilidad de cada uno, probablemente lo hará muchas veces, probablemente ninguna). Si entramos en la historia que nos está contando Moore y conectamos con sus personajes, lo más posible es que acabemos convirtiéndonos en sus rehenes, en esclavos emocionales de la serie. Hallamos placer masoquista en el sufrimiento que vivimos con estos personajes, pero quizá Outlander se recrea mucho (¿demasiado?) en la violencia sexual (y en la no sexual); en este aspecto, la serie es muy explícita, brutal, y todo lo gráfica que puede ser (muchos no soportarán la visión de la carne desprendiéndose de la espalda de Jamie al ser víctima de los 100 latigazos de Randall). Sin embargo, Ronald D. Moore no se ha llevado los palos que ha sufrido George R.R. Martin por Juego de Tronos esta temporada (de hecho, muchos llaman a Outlander la “anti-Game of Thrones”). En parte porque no goza de la repercusión del éxito de HBO, pero también porque, en teoría, Outlander trata el tema con más tacto, sin usarlo como un mero recurso para impactar (algo cuanto menos cuestionable teniendo en cuenta la mencionada tortura final), y porque explora de verdad las consecuencias de la violación (esto es más cierto, aunque habrá que ver cómo se desarrolla la segunda temporada para sacar conclusiones definitivas). Polémicas aparte, lo que está claro es que Outlander forma parte de la tradición clásica de la novela fantástica ambientada en un mundo medieval o preindustrial, donde las damiselas en peligro, los rescates caballerescos y los finales felices son bienvenidos, pero no reduce a sus personajes a esto ni se deja llevar demasiado por los acomodaticios clichés del género. Por el contrario, conduce el relato más allá, transgrediendo cuando tiene que hacerlo (o cuando quiere, que es igual de importante), e invirtiendo los roles y las expectativas en varios momentos clave.

Outlander ha conseguido cerrar una primera temporada sobresaliente y preparar el terreno para una segunda muy prometedora. Puede que estemos ante una de esas series que no son tan, tan maravillosas como su enfervorizado fandom se empeña en decir (en Internet se magnifica todo), pero definitivamente merece la pena dejarse llevar por su magnetismo. Los actores, especialmente la pareja protagonista, Caitriona Balfe y Sam Heughan, están impresionantes (y no hablo solo sus físicos, que también), la música es una gozada (del opening, imposible de sacar de la cabeza, al score del siempre entregadísimo Bear McCreary), disfrute sin duda comparable al de escuchar los acentos de los personajes (sobe todo si se es filólogo o britófilo), y por supuesto sobra decir lo agradable que es a la vista (de nuevo, no hablo de los cuerpos, que también), gracias a esos paisajes escoceses de arrebatadora belleza. Pero sobre todo, Outlander atrapa con una historia llena de giros que satisface tanto en su forma más episódica (por ejemplo, el mejor capítulo de la temporada con diferencia, “The Devil’s Mark”) como en su arco general (muy bien narrado y distribuido a lo largo de los 16 episodios), y crea adeptos (y fetichistas de las faldas escocesas) abordando todos los aspectos de la serie con una pasión que traspasa la pantalla.

Spartacus: Blood and Sand

Xena: Tetas y culos

Lucy Lawless, diva mayor de la ciencia ficción tras protagonizar Xena, la princesa guerrera y participar en Battlestar Galactica con un personaje recurrente, declaró antes del estreno de Spartacus: Blood and Sand que todos los miembros del equipo se tomaron muy en serio el contenido sexual de la serie: “No queremos que en la serie haya una sola cosa que sea gratuita. No es algo que nos interese. Aunque haya sexo en una escena, siempre se está llevando a cabo alguna transacción de negocios. La escena no gira en torno al sexo, si no, estaría en el canal Playboy. Esto no es porno blando”.

Pues bien, con todo el dolor de mi alma, tengo que dedicarle un gran “VENGA YA” a mi Xena querida. La preocupación sobre la gratuidad de la serie gira en torno al sexo gráfico, como no podía ser de otra manera, cuando la violencia explícita es un exponente tanto o más significativo. Spartacus: Blood and Sand es pura pornografía estética y narrativa, una serie donde las “creativas” transiciones entre escenas equivalen a planos detalle de una penetración y las texturas digitales no son más que una continua eyaculación sanguinolenta. No hay más. Por mucho que Lawless se empeñe en hacernos ver que nos están contando una historia, lo que están haciendo es producir material onanístico en masa.

Lo único que hay en Spartacus: Blood and Sand es violencia y sexo en sus formas más depuradas y embellecidas. La suciedad es bella porque la fotografía digital envuelve la atmósfera y la transforma en un espacio impoluto, inodoro, un gran videojuego (pero no uno de aventuras, sino uno de lucha, de los de un contrincante frente al otro), que además bebe de las páginas del cómic (de Frank Miller, por supuesto). Spartacus: Blood and Sand es puro kitsch en el sentido más primitivo de la expresión, puesto que responde a la (supuesta) necesidad de nuevos productos de consumo que no son más que sucedáneos, subproductos culturales. El auge imparable de las series de los canales de pago multiplica la demanda, y por consiguiente, la calidad disminuye ¿Es Starz la nueva Showtime ahora que la cadena de pago está consiguiendo aumentar la calidad de su ficción? Desde luego, por su publicidad, parece que sí (“Spartacus: Blood and Sand. A BOLD new Starz original series”, más claro, agua).

Para generar estos subproductos, no hay vía más fácil que el pastiche. Los referentes de Spartacus: Blood and Sand ahogan por completo la posibilidad de una identidad más allá de ellos. Tanto en forma (obviamente 300, de Zack Snyder, casi un subproducto en sí misma, o Gladiator de Ridley Scott) como en fondo (Roma de HBO y en general todas las series de pago), Spartacus: Blood and Sand no ofrece nada reseñable a partir de los textos en los que se inspira. Nada. Es una copia sin complejos ni reparos. Si al menos el pastiche fuera un vehículo hacia la parodia, la serie podría optar a un ápice de dignidad. Pero ni por esas.

Algunas de las mentes que trabajaron para series de culto como Xena, Buffy o Angel reducen su potencial a un gran encefalograma plano creativo, y se convierten en programadores de videojuegos de lucha (con mi respeto a los mismos, pero esto es televisión) y directores de porno de gran presupuesto. Es una pena, porque el prospecto de la serie cuando empezó a publicitarse hace unos meses era más que atractivo. Como Antonio de la Mano escribió en su crítica sobre el piloto, solo hay un motivo para seguir viendo la serie, y este no es más que uno “instrumental”, para el cual podemos intercambiarla por un videojuego o una película porno (duro, ya que nos ponemos). Yo añado una variable decisiva: el “factor Lawless” (intercambiable por el de “fan fatal”). Mientras Xena esté en la serie, yo seguiré viéndola, por mucho que suponga una tortura china.