Crítica: La Bella y la Bestia

La Bella y la Bestia es uno de los clásicos animados más venerados de Walt Disney. Su estreno en 1991 supuso un enorme éxito de público y crítica para la Casa de Mickey, que disfrutaba de una nueva edad dorada tras el éxito de La Sirenita, convirtiéndose en la primera cinta de animación nominada al Oscar a mejor película (una hazaña que tiene más mérito teniendo en cuenta que por aquel entonces solo había cinco candidatas). Su historia imperecedera, una animación (por aquel entonces) puntera y las magníficas canciones de Alan Menken y Howard Ashman hacían de ella una experiencia inolvidable que marcó a toda una generación de niños, y también a sus padres, una de esas películas que vimos una y otra vez hasta aprendernos de memoria cada diálogo y cada letra.

El tiempo no ha hecho más que consolidar La Bella y la Bestia como una de las mejores películas de Disney, por lo que era de cajón que el estudio no tardaría mucho en llevar a cabo su remake en acción real. Al éxito sin parangón de sus películas animadas y las de las marcas que conviven bajo su techo (Marvel, Star Wars, Pixar) se suman las recientes relecturas en carne y hueso que han convertido el propio catálogo de Disney en una mina de oro sin fondo. Después de que los primeros remakes (Alicia en el País de las MaravillasMaléfica) fueran más bien reinvenciones libres de sus respectivos clásicos animados, Disney ha seguido el camino de la adaptación más fiel con sus siguientes éxitos live-actionCenicienta El Libro de la Selva, a los que se suma ahora La Bella y la Bestia, con el que es su remake más parecido al original hasta la fecha.

Bill Condon (DreamgirlsLa Saga Crepúsculo: Amanecer) es el maestro de ceremonias de esta lujosa adaptación que, gracias a la cartera y la varita digital de Disney, cobra vida en un fastuoso espectáculo musical diseñado para hacer las delicias de los fans del clásico animado y lanzar un encantamiento a las nuevas generaciones. Como adelantaba, la nueva versión de La Bella y la Bestia no se distancia mucho de la película de 1991, es más, se trata de una reproducción enormemente precisa, con excepción de pequeños cambios y unos 20 minutos de metraje adicional compuesto por cuatro nuevas canciones y varias escenas que nos cuentan más sobre el pasado de los dos protagonistas. Es decir, una suerte de edición remasterizada y extendida de la misma película de siempre. Esto por supuesto plantea las siguientes cuestiones: ¿Cuál es su razón de ser más allá de la comercial? ¿Aporta algo nuevo esta iteración del cuento que nos han contado tantas veces? La respuesta corta es no. Pero hay muchos matices. Así que vayamos por partes.

La historia

Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado) y Evan Spiliotopoulos (Las Crónicas de Blancanieves: El cazador y la reina de hielo) se ocupan de adaptar el libreto original, respetando la estructura argumental y dejando muchos de sus diálogos intactos, pero también incorporando variaciones y nuevo material. Está claro que la animación y la acción real son dos medios cinematográficos distintos con sus propias normas. Lo que en el clásico original no hacía falta explicar, en la película de carne y hueso tiene que seguir una lógica interna más sólida. En este sentido, los guionistas realizan un buen trabajo justificando los acontecimientos y las decisiones de los personajes, tapando los agujeros y en definitiva trasladando la historia al mundo “real” de forma satisfactoria. Aunque en el proceso se dejen mucho de lo que hacía más interesante y oscura a la versión animada.

La primera diferencia destacable es un prólogo que nos deja ver desde el principio la vida en el castillo del Príncipe y nos presenta a su corte antes de que la anciana les lance el encantamiento que los convertirá en objetos. Lo que en el clásico era una secuencia estática de dibujos que reproducían una vidriera se convierte en el primer gran número a lo Broadway de la película, sumergiéndonos de lleno en la ostentosidad barroca que caracterizará todo el metraje, mostrándonos un aumento del número de personajes de color y presagiando un papel más activo para la hechicera. A partir de ahí, todo transcurre más o menos como siempre. Solo que esta vez hay más humor, tanto físico como en los diálogos (maravilloso chiste zoofílico influido) y nuevas escenas que, aunque estén concebidas para completar huecos, lo que en realidad hacen es interrumpir la acción y provocar que la historia se vaya por la tangente. Aunque a priori pueda resultar atractivo saber más sobre las respectivas familias de Bella y Bestia, en realidad los flashbacks no aportan nada al conflicto central o a la relación de los protagonistas, lo que perjudica al ritmo, resta cohesión a la película y alarga innecesariamente su duración.

Los personajes

Lo que era progresista en 1991 ya no lo es tanto en 2017. Por eso hacía falta modificar al personaje de Bella (que ya de por sí era bastante menos pasiva que muchas de sus predecesoras) para adaptarlo a los tiempos que corren, y sumarse así a la corriente de nuevas princesas Disney, más independientes y resolutas, todo un reto teniendo en cuenta la problemática naturaleza romántica del cuento (ya sabéis, Síndrome de Estocolmo: la película). Esta es una de las razones por las que la Bella de Emma Watson es una decepción. Sí, esta Bella parece más autosuficiente y propensa a entrar en acción, y además comparte el ingenio para los inventos de su padre, pero a la larga, es el mismo personaje de hace 26 años (si acaso más insulso) y no la reinvención feminista que nos habían prometido, lo que supone una oportunidad desaprovechada para hacer algo interesante con ella -idea que se puede extrapolar a la película en general.

El resto de personajes tampoco presentan cambios muy significativos. Los objetos, lógicamente de diseño más realista, desempeñan la misma función que en el clásico (sirven como alivio cómico y recordatorio del encantamiento, mientras hacen de celestinos de los protagonistas) y Maurice vuelve a ser el catalizador de la acción y poco más (aunque Kevin Kline esté estupendo). Cabe destacar un mayor peso en la historia de Gastón (Luke Evans) y LeFou (Josh Gad), y el tan comentado “momento exclusivamente gay” del segundo. Aunque más bien deberíamos decir “momentos”, ya que el arco completo de LeFou tiene que ver con su amor no correspondido por el narcisista galán, al igual que en la original, pero de manera más abierta y sin dar lugar a la ambigüedad. Es decir, LeFou es gay, no hay debate al respecto, y esto, por sí solo, ya es un gran paso adelante. Es más, la película es entera e inequívocamente gay, con no solo un personaje LGBT, sino tres (mínimo), todo un regalo para los niños gays que crecieron con el clásico. Sin embargo, el tratamiento de LeFou y su condición sexual deja mucho que desear la mayor parte del tiempo, debido a la interpretación caricaturescamente afeminada de Gad y al hecho de que sea el objeto del chiste de mariquitas de siempre (completando así el regreso a los 90). Afortunadamente, todo esto se arregla durante el desenlace, ofreciendo merecida compensación al personaje (y al espectador) con un sorprendente final feliz que esperamos sea el principio de algo más grande y revolucionario en Disney, y no solo una nota gay a pie de página.

El reparto

Si La Bella y la Bestia es una película inconsistente e irregular es en gran medida porque su elenco se puede definir de la misma manera. Por un lado, el reparto de secundarios es de excepción, sobre todo los que dan vida a los objetos del castillo: La operística Audra McDonald como el Ropero, una desmedida Emma Thompson como la Sra. Potts (ella es genial, pero palidece comparada con Angela Lansbury), un nuevo personaje, el Maestro Cadenza, piano con la voz de Stanley Tucci, y sobre todo Ian McKellen y Ewan McGregor como Din Don y Lumière, dúo responsable de algunas de las escenas más simpáticas y entrañables del film. Todos parecen disfrutar “sobre el escenario”, aunque sus talentos quedan inevitablemente desperdiciados por las necesidades de la historia.

Por otro lado, ya hemos señalado la labor de Josh Gad, bastante irritante como LeFou (aunque tenga sus puntuales buenos golpes de humor), y el varonil Luke Evans, uno de los mayores aciertos de casting del proyecto. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de Emma Watson. Y he aquí uno de los mayores problemas del remake. La actriz nunca ha destacado por sus aptitudes interpretativas y carece de la presencia y la fuerza escénica que hace falta para protagonizar una superproducción de este calibre. A pesar de que conforme avanza el metraje se va haciendo con el personaje y acaba destacando en los pasajes más dramáticos, a Watson le viene todo muy grande, y verla desenvolverse en escena, especialmente durante los números musicales, puede ser una experiencia muy incómoda. Por suerte, su partenaire, Dan Stevens, ejerce el contrapunto perfecto para equilibrar la balanza y evitar que todo se vaya al traste. El actor británico es quizá el intérprete más sobresaliente de la película, y eso que se esconde tras una criatura digital no tan lograda como los animales de El Libro de la Selva (el realismo de su rostro es impresionante, pero se mueve de forma artificial y le falta gravedad). La gran expresividad de Stevens asoma bajo las capas de CGI de la Bestia, construyendo así al personaje más matizado de la película y aportando más humanidad que los actores de cuerpo presente.

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Los números musicales

Para alegría de los fans más puristas de La Bella y la Bestia, el remake respeta las canciones originales. Las melodías están prácticamente intactas, a excepción de un par de variaciones, como la que tiene lugar al final de “Gastón”, añadidos que en ningún momento desvirtúan las composiciones de 1991. En lugar de intentar mejorar lo inmejorable, Menken incluye cuatro nuevos temas, escritos junto a Tim Rice (AladdinEl rey león), la ya mencionada obertura, una nana, el nuevo tema central “How Does a Moment Last Forever”, con reprise interpretado por Watson y versión íntegra de Céline Dion para los créditos finales, y una balada solo para Stevens, “Evermore”. Canciones indudablemente bonitas (bien de autotune mediante para Watson y Stevens) que, no obstante, parecen descolgadas de la acción principal y no encajan del todo con el repertorio de siempre.

En cuanto a la puesta en escena, la película va de menos a más. La cosa no empieza muy alentadora con “Bella”, la secuencia de presentación de la protagonista y su pueblo al son de “Bonjour”. Con solo un par de planos, salta la vista que Watson no está a la altura. La actriz se mueve tímida e inexpresiva, como con miedo a romper algo, mientras a su alrededor los extras hacen lo posible por mantener el show a flote. Pero la culpa no es solo suya, Condon tampoco pone toda la carne en el asador, efectuando una copia descafeinada que carece del brío del número animado. Menos mal que ambos entran en calor, y los siguientes números hacen que la película despegue, sobre todo gracias a un reparto curtido en musicales: La de “Gastón” es una secuencia muy divertida (aunque nos priven del plano pecho-lobo), “Qué festín” es el showstopper que conocemos, con un barniz digital bastante hortera, y en la preciosa “Algo nuevo” es donde la película coge impulso y arranca de verdad, mientras que “Asalto al castillo” aporta la intensidad necesaria para dar lugar al clímax, terminando así con buena letra. Solo “Bella y Bestia”, la icónica escena del baile en el salón del castillo, supone una pequeña desilusión al no cumplir las expectativas (es imposible recrear la sensación al verla por primera vez).

Como suele ocurrir, pero en este caso más acentuadamente, conectar con La Bella y la Bestia depende de la predisposición de cada uno. Que sea un calco del clásico animado puede despertar el arrebato nostálgico necesario para disfrutar con el mero hecho de ver una de tus películas favoritas convertidas en algo tan majestuoso, o puede jugar en nuestra contra, precisamente por la misma razón: no hay nada como el original, por muy buena que sea la imitación. Lo que está claro es que tiene su encanto y lo que funcionaba en la animada funciona en el remake, básicamente porque se mantiene intacto. Sin embargo, trasladándola al universo real/digital se pierde mucho de lo que la hacía tan especial, a lo que no ayudan los problemas citados anteriormente: fallos de casting, falta de cohesión, cadencia atropellada, personajes con menos personalidad que sus análogos animados, inconsistencia entre números, alteraciones insustanciales…

La recreación es digna de asombro la mayor parte del tiempo (dirección artística, vestuario, peluquería, todo es excelente) y es evidente que Disney no ha escatimado en recursos, resultando en un espectáculo suntuoso y efervescente, astutamente confeccionado para reventar la taquilla, pero a la vez vacuo y superficial. Por mucho brillo y despliegue del que haga gala, esta versión está más apagada y falta de inspiración. Es decir, es básicamente la misma película, el mismo “cuento tan viejo como el tiempo”, solo que con menos vida, menos fuerza y menos magia.

Pedro J. García

Nota: ★★★

BoJack Horseman: Caballo a meta

BoJack Horseman

“Life is a series of closing doors, isn’t it?”

A Netflix la conocemos básicamente por cambiar por completo el panorama televisivo norteamericano, por ser la cadena plataforma de VOD que nos ha devuelto a la familia Bluth y por generar éxitos de producción propia como Orange Is the New BlackHouse of Cards. Pero en su breve trayectoria como competidora de las ficciones de cable ya ha tenido tiempo de incluir en su catálogo alguna joya oculta que pide a gritos ser descubierta y reivindicada. Es el caso de BoJack Horseman, comedia de animación creada por el prácticamente desconocido Raphael Bob-Waksbergt y protagonizada por un elenco de voces de primera, en su mayoría habituales de la comedia televisiva de culto, como Will Arnett, Alison BrieAmy Sedaris, o el culo inquieto Aaron Paul, que en su búsqueda de nuevos retos artísticos tras Breaking Bad participa también en la producción ejecutiva junto a Arnett.

A primera vista, BoJack Horseman es fácilmente catalogable como una más de esas series animadas feístas para adultos sin nada verdaderamente nuevo que ofrecer. Y si nos detuviéramos tras ver sólo el primer episodio, esa aseveración sería más que justa y merecida. Dejadme que lo diga sin rodeos (pero sin ordinarieces): el piloto de BoJack Horseman es puro desecho fecal de caballo. Es como Padre de familia en horas bajas, que ya es decir. Media hora de chistes descartados de Seth MacFarlane y un nefasto sentido del ritmo de la comedia. Claro que estamos hablando de Netflix, la cadena que estrena las temporadas de sus series íntegras, así que tenemos la garantía de que alguien hará maratón, se la fundirá en un fin de semana, y nos dirá: no tiréis la toalla, después del primer episodio mejora, y mucho. Yo mismo puedo atestiguarlo después de mi finde de binge-watchingBoJack Horseman empieza mal, pero mejora con cada capítulo, y aunque todavía le queda mucho por pulir, definitivamente merece la pena darle una oportunidad.

“Family is a sinkhole, you were right to get out when you had the chance”

Ambientada en una realidad en la que conviven en armonía humanos y animales antropomorfos, “dibujada” al estilo descuidado de los cuentos para niños y con animación de “recortes de papel” (la estética corre a cargo de Lisa Hanawalt), BoJack Horseman cuenta la historia de un actor de televisión que vive de las rentas, un caballo famoso que protagonizó una sitcom familiar de éxito en los 90, Horsin’ Around, y se propone escribir una autobiografía para salir del hoyo de ociosidad y vacío existencial en el que se encuentra. Para redactar las memorias, Horseman (Arnett) contrata, asesorado por su agente y ex amante, la gata Princess Carolyn (Sedaris), a una escritora fantasma, Diane (Brie). Los doce episodios que componen la primera temporada son un recorrido por la vida de BoJack, en el que sus miserias y trapos sucios son aireados a la vez que afloran los traumas de una infancia desdichada, lo que contribuye a estrechar la relación entre el caballo y su ghost writer. BoJack Horseman es sobre todo una sátira psicotrópica de Hollywood, la celebrity culture (parodia de Lindsay Lohan incluida) y la industria televisiva en Estados Unidos, una serie que sigue la tradición de la comedia animada posmoderna y se entrega por completo a lo meta. Sin embargo, bajo su fachada de cínico humor autorreflexivo, suspicaz comentario social (“Si repites algo muchas veces acaban interiorizándolo, el sistema funciona”) y su aire hipster (no hay más que ver la psicodélica cabecera de The Black Keys o la canción final de Grouplove) encontramos un profundo relato sobre la depresión, la crisis de madurez y el vacío de la vida moderna.

Bojack Diane

El mayor hallazgo de BoJack Horseman es haber conservado las particularidades del comportamiento de los animales, que en contraste con las idiosincrasias del ser humano provocan auténticos momentos de humor inteligente y absurdo a partes iguales, así como gags visuales de primera: Princess Carolyn se desplaza a saltos, se bufa y cae siempre sobre las cuatro patas, hay una rana ayudante de producción a la que se queda todo pegado en las manos, una señora armadillo que se hace bola a punto de ser atropellada, o el divertido secundario, Mr. Peanutbutter, un perrito faldero enemistado con su cartero, como es natural. Por otro lado, en este contraste también reside el aspecto más provocativo y transgresor de la serie, lo que la acerca más a South Park: la zoofilia representada como acto natural según las normas de su universo, y que nos permite ver a una chica humana en la cama con un caballo.

Pero lo que hace que BoJack Horseman se distinga realmente de sus referentes y contemporáneas es la acusada serialidad con la que se desarrolla la primera temporada. En este sentido, se aproxima más a lo que están haciendo series como Hora de aventurasRick and MortyBoJack Horseman presenta arcos de temporada aglutinantes, los acontecimientos de un episodio afectan directamente al siguiente, personajes secundarios reaparecen para continuar tramas que parecían episódicas (Margo Martindale, el proyecto de Eva Braun con Cate Blanchett), las flamantes voces invitadas repiten a lo largo de la temporada (Stanley Tucci, Kristin Chenoweth, Olivia Wilde, Yvette Nicole Brown, Naomi Watts); en ocasiones, los capítulos retoman la acción justo donde la dejó el final del anterior, y la evolución de los personajes es constante -destaca Todd (Paul), que apenas tiene peso en los episodios, pero su personaje se desarrolla muy hábilmente al fondo, desvelando sus talentos, miedos y preocupaciones a medida que avanza la temporada. Y por supuesto, no faltan los abundantes running gags (Secretariat). Todo ello compone un relato televisivo muy edificante, una serie que va añadiendo capas, perfeccionando su humor sobre la marcha, y recompensando capítulo tras capítulo, mientras la tristeza se apodera del espectador casi sin que éste se dé cuenta.

Crítica: Percy Jackson y el Mar de los Monstruos

Logan Lerman Percy Jackson

Percy Jackson y la Secuela Improbable habría sido un título más correcto para la segunda entrega de la saga basada en los libros de Rick Riordan. En 2010 se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo, el primer capítulo en una franquicia mitológica confeccionada para cubrir el inmenso vacío que estaba a punto de dejar Harry Potter. Es más, esta fue dirigida por Chris Columbus, que se encargó de las dos primeras HP (declaración de intenciones de lo más transparente). La recepción de Percy Jackson fue muy fría y la escasa recaudación en taquilla así lo reflejó. Después de un par de años de incertidumbre, El Mar de los Monstruos salió adelante con un nuevo capitán (Thor Freudenthal) para sorpresa de todos (los primeros los actores, como así han expresado en todas las entrevistas). Un milagro para los fans de la saga, y una segunda oportunidad para hacer las cosas mejor.

Después de ver Percy Jackson y el Mar de los Monstruos la conclusión es la siguiente: oportunidad perdida. Puede que en esta entrega haya más énfasis en la acción, y menos pasajes muertos, pero estos cambios son en realidad insustanciales, porque a grandes rasgos, El Mar de los Monstruos es demasiado parecida a la primera película. Y esto es lo que precisamente debía evitarse. El principal problema de la saga es tonal. Su público objetivo es el infantil y juvenil, pero Percy Jackson parece dirigirse en todo momento a los más pequeños, exclusivamente. Los personajes han crecido, pero al contrario de lo que ocurría en Harry Potter, la saga no ha sabido crecer con ellos.

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Tenemos en El Mar de los Monstruos a unos héroes adolescentes, en plena transformación física hacia la adultez, que ofrecen mil y una posibilidades para construir relaciones mínimamente interesantes, para ir incorporando subtexto, tumulto interior, oscuridad. En resumen, todos los ingredientes necesarios para que una comunidad fan se encargue de convertir un producto como este en un fenómeno. Pero Percy Jackson sigue siendo tan blanca, tan inocente e inadulterada, tan sosa, que no tiene lo que hay que tener para levantar pasiones. No es más que una inofensiva y apocada película de animación para niños – Hércules de Disney, otra clase de mitología griega según la libertad de cátedra, tenía infinitamente más picardía.

En El Mar de los Monstruos se insiste en el mismo tipo de humor bobo y prudente, como si hubiera un miedo terrible a salirse de tono. Esta cobardía se refleja también en la progresión del argumento, en los supuestos giros y sorpresas, en el tratamiento de la muerte -concepto que se maneja constantemente sin llegar a explorar nunca su verdadero alcance-, en los diálogos desganados y los conflictos intrascendentes, y en la violencia física tremendamente cartoonesca, es decir, sin sangre, sin verdaderas repercusiones. Ojo, no estamos pidiendo una película de Tarantino para niños, pero sí que haya un poco más de chispa, algo de riesgo y pasión que despierte a todo el mundo de la siesta (Cuarón estaba ocupado, ¿no?). No parecía tan difícil.

Percy Jackson y el Mar de los Monstruos intenta funcionar como reseteo de la saga. Incluso ofrece una suerte de “previously on” al comienzo para que no sea necesario ver la primera (y eso que os ahorráis). Sin embargo, vuelve a desaprovechar trágicamente el jugoso material que ofrece la mitología griega y muestra poco interés en los conflictos que derivan de la situación familiar de los protagonistas, semidioses separados de sus padres que habitan en el Olimpo. A Freudenthal lo contrataron para que insuflara nueva vida a la saga, para que aportara la diversión que Columbus no fue capaz de encontrar, pero lo que ha conseguido es hacerla aun más plana.

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El Mar de los Monstruos (por cierto, otro título más adecuado y lógico habría sido Percy Jackson y el Vellocino de Oro, o ya que estamos con el juego, Titanes y iPods 2) no es el reboot que debería haber sido, pero al menos hace un par de cosas bien. Y no estoy hablando de la presencia de Anthony Stewart Head (haciendo de Rupert Giles) y Nathan Fillion, con referencia jocosa a Firefly incluida (que también). Estoy hablando de su apartado visual, que la convierte de nuevo en un goloso festival digital de color lleno de hermosas criaturas CGI (aunque la integración con la acción real sea más bien mediocre, por no usar otro término más ofensivo). Y sobre todo de su protagonista, un semidiós repentinamente experto en parkour, que no es sino un humano imperfecto e inseguro que cree que la primera vez que salvó al mundo fue cosa del azar. Logan Lerman aporta la vulnerabilidad necesaria para hacer de Percy Jackson un personaje cercano con el que identificarse, en la tradición de Peter Parker. Es una pena que nada de esto sea suficiente para que tengamos ganas de ver más películas de esta saga.

Crítica: Capitán América – El primer vengador

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Captain America: The First Avenger (Estados Unidos, 2011)
Director: Joe Johnston
Intérpretes: Chris Evans, Hayley Atwell, Sebastian Stan, Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Dominic Cooper, Stanley Tucci
Guión: Christopher Marcus, Stephen McFeely
Música: Alan Menken, Alan Silvestri
Montaje: Robert Dalva, Jeffrey Ford
Fotografía: Shelly Johnson
Duración: 124 minutos

 

Súper nostalgia

El gigante marveliano se vuelve más audaz con los años. Muy atrás quedan ya las peripecias camp del Spider-man de Raimi o el tono afectado del Hulk de Ang Lee. Afianzada como valor seguro para las taquillas a nivel global, la casa de Stan Lee apuesta con su más reciente superproducción por la sencillez argumental, el culto al arquetipo y la recuperación de la esencia pulp de muchos de sus títulos en papel. El apabullante éxito del relanzamiento de la franquicia de Batman, lejos de achantar a Marvel o empujarle a asimilar el estilo más serio de la competencia, ha reforzado su identidad. En la Casa de las Ideas saben bien lo que les funciona, y saben cómo explotarlo en su ambicioso proyecto de Universo Cinematográfico. El gusto por los súper héroes aspiracionales (ellos en el fondo son como nosotros), la acción más rimbombante y el humor amable definen la línea de acción de la casa, que no oculta su agenda más inmediata: The Avengers, uno de los eventos cinematográficos más esperados del próximo año.

Capitán América es en esencia un tratado de nostalgia cuya mayor virtud reside en la consciencia –y el aprovechamiento- de su naturaleza infantil. Una de las grandes bazas del estudio reside en la intemporalidad de sus nuevas propuestas, que bien podrían haber sido estrenadas hace diez o veinte años. En este sentido, Joe Johnston se revela como el realizador idóneo para una cinta de estas características. Con títulos como Rocketeer o Jumanji en su currículum, Johnston aporta su amplia experiencia en el cine familiar y de aventuras –recordemos también que fue director de arte de Indiana Jones en busca del arca perdida. Sin miedo a caer en el ridículo –y sin remordimientos después de hacerlo- el director nos ofrece una historia cuya premisa puede resultar incómoda a ojos no-yanquis, y que sin embargo es accesible gracias sobre todo a un tratamiento descargado de conciencia política y centrado en la aventura. Digamos que Capitán América: El primer vengador reproduce mejor el espíritu y el tono de Indiana Jones que la reciente El reino de la calavera de cristal.

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El mayor alarde de patriotismo de la película reside en la personalidad de Steve Rogers, cuya identidad, valerosa e inquebrantable, construye la metáfora de la nación amenazada por un enemigo exógeno. La pompa y la grandilocuencia se reservan para las escenas de acción –no muy bien ejecutadas, pero de encantador aire cartoon-, mientras que el discurso imperialista se simplifica bloqueando así cualquier tipo de acusación por adoctrinamiento. Los malos son malos porque sí, y los buenos son así intrínsecamente. Incluso la construcción de Rogers como icono nacionalista se lleva a cabo desde la jocosidad y la auto parodia, usando al Capitán, disfrazado con un atuendo ridículo, como reclamo para vender bonos. Más que un relato sobre la guerra y la propaganda  -para lo que fue creado el héroe a principios de los 40-, nos encontramos ante la historia de un individuo, un cuasi-disminuido físico y social, que acaba convirtiéndose en el símbolo de una sociedad que lo necesita tanto como él a ella.

La fábrica de testosterona andante Chris Evans repite como héroe marveliano después de dar vida a la Antorcha Humana en Los 4 fantásticos -decisión cuanto menos cuestionable, pero asumida, como el hecho de que Bruce Banner vaya por su tercera encarnación. Le acompañan un plantel de secundarios de los que destacan la eficaz Hayley Atwell, un divertido Tommy Lee Jones y Stanley Tucci repitiendo el mismo papel que lleva interpretando desde hace años. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, la carga interpretativa del filme es lo de menos. A Evans no se le exige mucho más allá de su impresionante exhibición muscular, y el resto de actores están al servicio de una historia que, sobre todo en su primera parte, depende de unos efectos digitales que no dan la talla –el Rogers ‘monigote’, lejos de suponer un avance en este campo, pone en evidencia sus carencias.

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Como cualquier historia iniciática de súper héroes, Capitán América narra el origen del mito, recurriendo a todos los lugares comunes imprescindibles en el género –el nacimiento paralelo de su némesis, la perezosa justificación científico-mística, la primera relación amorosa, el origen del traje. Se humaniza de esta manera al héroe durante la primera mitad del metraje para dar paso en la segunda a la consolidación del mito a través de la acción más pura. Cimentada en los grandes clásicos de aventuras, Capitán América nos brinda un destello de aquella diversión inadulterada que nos hacía ver una película una y otra vez cuando éramos niños, y que acaba provocando nuestros ataques nostálgicos ya de adultos.

Si bien Capitán América puede ser considerada una pieza -la última- del enorme engranaje de Los Vengadores, y por tanto un episodio más dentro de una macro-historia, esta posee la autonomía narrativa necesaria para que el entramado serial del que forma parte no se vuelva en su contra. A pesar de su clasicismo formal, Capitán América se erige como representante de las nuevas formas de consumir cine y de las estrategias para venderlo, basadas en la serialidad y la transmedialidad que la televisión ha contagiado a la industria. La nueva de Marvel no es solo un digno homenaje al cine de aventuras clásico y una firme réplica a los blockbusters “de autor”, es además baliza del cine de nuestros días, en el que las secuelas, precuelas, spin-offsremakes y reboots deben dejar de considerarse síntomas de agotamiento y comenzar a entenderse como señales de nuestro tiempo.

Pedro J. García