Crítica: Mal genio (Le redoutable)

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Etnólogo, crítico de cine, albañil, cabeza visible de la Nouvelle vague, rebelde pasional (aunque no quiera admitirlo), maoísta confeso, vanguardista experimental, asesino de su propia obra, cineasta digital, aprendiz de 3D…hoy en día la figura de Jean-Luc Godard sigue siendo tan relevante, necesaria  y radical como el primer día. El oscarizado realizador Michel Hazanavicius (The Artist) se acerca a la figura de Godard a través de la mirada de la recientemente fallecida Anne Wiazemsky. Actriz de culto, escritora, nieta de Mauriac, chica Pasolini, amiga de los burros, chinoise vocacional y segunda mujer de Godard. Mal genio (Le redoutable) retrata la relación amorosa entre ambos, centrándose especialmente en los primeros años: el turbulento final de la década de los sesenta. Unos meses de amor y lucha revolucionaria en París.

Lejos de enaltecer la figura del realizador de Al final de la escapada (perdón, JLG), Hazanavicius prefiere mostrarnos al Jean-Luc cotidiano. Al genio frustrado, el que persigue la creación de un arte vivo, el abucheado por sus compañeros de revolución, el que es capaz de enamorar (y caer rendido ante) una jovencísima actriz que protagoniza su marcianada maoísta: La chinoise. Mal genio nos muestra la mala leche del genio: el malestar que le provoca ser rechazado por sus camaradas, el que siente por su naturaleza burguesa, condición intrínseca de todo cineasta (el cine, en sentido generalista, siempre será un arte burgués) y en, menor medida, su incapacidad para mantener una relación. Ese mal genio resiente la inocencia y empeño de Wiazemsky (y la del espectador) al ver que el Godard genial no esconde sino un Jean-Luc lleno de inseguridades y facturas de la óptica. Realmente resulta casi liberador ver que Godard no es un ente perfecto, sino un ser humano bastante torpe, física y emocionalmente.

Pero Mal genio no es un biopic al uso, Hazanavicius no cae en lugares comunes o en el temido olor alcanfor que suele acompañar este tipo de películas, sino que logra una obra tan extremadamente cuidada y vívida que parece metraje encontrado. Este éxito se debe en parte a la increíble paleta de poster_malgeniocolores de Guillaume Schiffman, que parece recién sacada de las películas de Godard de la época, y a la interpretación de la pareja protagonista. Louis Garrel (Soñadores) y Stacy Martin (Nymphomaniac). La transformación de ambos en  Jean-Luc y Anne es espectacular, y no solo gracias a una más que acertada caracterización. Es bonito comprobar una vez más que Louis Garrel no es solo una nariz pegada a un apellido, sino el presente (y el futuro) del cine francés.

El actor de Los amantes habituales compone a un Godard tan frágil como insoportable, rozando el histrionismo, pero quedándose en el arriesgado terreno del hombre blanco frustrado. Stacy Martin vuelve a demostrar lo bien que se le dan los roles difíciles. Su retrato de Wiazemsky está perfectamente medido, captando a la perfección la evolución de su mirada enamorada y el crecimiento de la Anne independiente ante la confrontación que vive entre los distintos egos del Godard artista y el Jean-Luc activista. Martin es capaz de robar todos y cada uno de los planos en los que aparece, creciéndose especialmente en los pequeños detalles, como en su increíble mutis durante el viaje en coche de Cannes a París.

Mal genio es una perita en dulce para todo amante del cine de Godard, de los meses en que París era una fiesta y una revolución y la enésima muestra de que de las relaciones tóxicas solo tienen un final posible.

David Lastra

Nota: ★★★★

Crítica: Nymphomaniac. Volumen 1

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Texto: David Lastra

Desde tiempos inmemorables, la labor del tonto del pueblo siempre ha sido la de divertir con sus torpezas y sandeces al resto de sus conciudadanos. Gracias a ese humor malsano y, en cierto modo, autoconsciente, el tonto del pueblo ha logrado medrar en el escalafón hasta ser un pilar necesario de la sociedad. Ese otrora marginado, se convierte en la voz de la libertad, ya que de su boca solo saldrán esputos de realidad, que no deberán ser confundidas con verdades, ya que esa propiedad se atribuye históricamente a los borrachos y los niños.

Tras su polémica autodenominación como nazi en la rueda de prensa de Melancolía en el Festival de Cannes, Lars Von Trier decidió mostrar todas sus cartas y proclamar a los cuatro vientos algo que sus espectadores más ávidos ya sabíamos hace tiempo: Mi función es la del tonto del pueblo. Reivindico la existencia de personas que digan las cosas tan torpes como las que dije yo. Es bueno para la salud política que se digan cosas así. Los tabúes son malos para la salud política. Es mejor que exista la posibilidad de decir cosas que son basura que pronunciar solo lo que se considere correcto (Público, 01/11/2011). Esa es la libertad del tonto del pueblo, esa es la base del cine de Lars Von Trier y, por extensión, la de la película que hoy nos ocupa: Nymphomaniac.

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En la citada presentación de Melancolía, Von Trier anunció un proyecto pornográfico (no olvidemos que su productora Zentropa ya tuteló los largometrajes porno Hot Men Cool Boyz, Pink Prison, Constance y All About Anna), demandado según el propio director por la actriz Kirsten Dunst, porque así son las mujeres: hardcore. Lo que muchos entendieron como una tomadura de pelo, cristalizó en un proyecto mastodóntico de cinco horas que prometía un festival de penes, chochetes y demás pelambreras en acción, con una buena dosis de penetraciones y felaciones reales (al final nos tendremos que contentar con dobles de cuerpo, pero siempre nos quedará la esperanza de un comunicado de Von Trier dentro de veinte años diciendo que todo fue una gran farsa y no había especialistas). Un cast de ensueño capitaneado por Charlotte Gainsbourg, musa de su Trilogía de la depresión, y un gran plantel de actores hollywoodienses descastados (Christian Slater y Uma Thurman), parte de la realeza europea (Stellan Skarsgard y Connie Nielsen) y un chico blockbuster Shia LaBeouf dispuesto a todo.

Como si de una broma por parte de los Weinstein se tratase, Nymphomaniac se nos presenta en dos volúmenes. Estrenándose el primero de ellos en las pantallas españolas el mismísimo día de Navidad (y un mesecito después, el 24 de enero la segunda). Conocemos por primera vez a Joe, nuestra protagonista, tendida en el suelo de un callejón tras haber recibido lo que no sabemos si ha sido una paliza o un polvazo. Es en ese preciso instante, entre las gotas de agua y el trallazo de Rammstein, cuando Seligman salva de la calle al ángel caído. Una taza de té después descubrirá que más que un ángel, lo que ha llevado a su casa es nada más y nada menos que un ángel-puta de la estirpe de Laura Palmer. Desde el no-lugar que es la habitación de Seligman, Joe comenzará a relatar su caótico cuento moral a modo de capítulos eyaculados directamente por el coño de Joe. Porque no estamos ante una película narrativa al uso. Aquí no hay voces, hay flujo vaginal para dar y tomar.

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Durante dos horas conoceremos la odisea sexual de una mujer autodiagnosticada ninfómana, desde las nada inocentes ranitas hasta un acto sexual con “ingrediente secreto”, pasando por la pérdida de la virginidad y el trenecito chuchú. La despreciable Joe (denominación también autoimpuesta) comete el crimen de ser consciente del poder de la mujer: su coño. Dadme un coño y moveré el mundo. Who run the World? Cunts. La vulva de Joe es el centro de la historia y a través de ella irán entrando todos y cada uno de los personajes masculinos de la historia (el lesbianismo nos espera a la vuelta de la esquina). A través de ese orificio sagrado, Joe desarrolla la maldad del par 23 para con el macho. Crímenes que van desde el pecado capital del orgasmo fingido, la adulación y consiguiente violación, llegando incluso a atacar a una semejante robándole la pareja. Pero no caigamos en la estupidez de tacharle de misógino como gran parte de sus detractores, Von Trier habla de la mujer porque conoce sus rasgos a la perfección. El danés es un especialista en la psique femenina. Si acaso no de la mujer como ser humano, sí de su naturaleza como hembra. La llamada Naturaleza que tan bien lleva explorando desde sus comienzos y que llegó a su culmen en Anticristo.

Si el caos reinaba en las aventuras campestres de Gainsbourg y Willem Dafoe (que se reencontrará con su amada en el segundo volumen) y la desesperación en Melancolía, el humor hace lo propio en Nymphomaniac. El gracejo del danés siempre está presente, ya sea a través del sadismo (especialmente en la trilogía del corazón dorado) o por la vía de lo burdo (El jefe de todo esto o Los idiotas). En esta ocasión decide decantarse por lo segundo, lo primero estará presente de manera contundente de la mano (puño) de Jamie Bell en la siguiente entrega. Von Trier construye situaciones desbocadas, fuera de todos los límites, y es ese exceso el que provoca la consiguiente carcajada. No una sonrisa cómplice o una risilla nerviosa ante la imagen de un pito bamboleante, sino una gran y sonora carcajada. Una reacción completamente buscada, no solo en la caza (perdón, pesca) en los vagones para conseguir la bolsita de chocolates o en la excesiva escena con Mr. y Mrs. S, sino con cada metáfora de Seligman. Durante la narración alterada de Joe, Seligman se empeña en no juzgar a su huésped a través de paralelismos entre el comportamiento de la mujer con la pesca (aplaudamos al señor Von Trier por el anzuelo clitoriano) o la inmensa polifonía de la Choralvorspiel de Bach. El ver a Fibonacci ante un claro caso de 3+5 (por el culo te la hinco) es descacharrante y un guiño a la cantidad de papanatas que comulgan con el tratamiento psicológico de la depresión. No obstante, su nombre es un guiño para nada trivial a Martin Seligman, psicólogo positivista y padre de los estudios de la indefensión aprendida relacionada con la depresión. No me extrañaría que el danés termine moviendo los hilos para que Seligman caiga en las garras de Joe, ya que su pasividad, sus tés y sus cruces de piernas no pueden esconder otra cosa que una notoria erección.

Nymphomaniac

Señores con pene y señoras con vagina (y viceversa), no olvidemos que estamos ante un genio y un bufón y esta Nymphomaniac no debe ser tomada como una obra cinematográfica al uso. Sus lecturas no son tan complicadas como busca el crítico de marras, realmente puede que se acerquen más a la liviana e infravalorada visión del pajillero o pajillera de turno. El arte nunca es objetivo, es real y Von Trier como buen tonto del pueblo que es nos lanza un lefazo de realidad sin ningún tipo de miramiento. Todo en esta película es real. Es una chorrada pararse a hablar de artificialidad o inverosimilitud. ¿Acaso ganas algo yendo en contra de la realidad de Von Trier? Si has entrado en su juego, pantalones abajo marinero.

Valoración: ★★★★★