Crítica: #Chef

CHEF

El género culinario nos ha dado películas exquisitas y deliciosas –Chocolat, Ratatouille, ¿Sweeney Todd?, todas las escenas que involucran comida en las películas de Ghibli-, pero este cine suele tener un inconveniente: despierta el apetito de tal manera que a ratos la experiencia placentera puede tornar en pesadilla. El director Jon Favreau regresa después de su aventura marveliana y el descalabro de Cowboys & Aliens a las películas íntimas, y lo hace con Chef (obviemos la almohadilla que se ha añadido al título en España), una cinta gastronómica que no se recrea demasiado en la comida, sino que la utiliza únicamente como punto de partida para contar la historia.

El error de muchas películas de este género es convertirse en una mera exhibición de talento culinario o un simple ejercicio de estilo, haciendo que los platos acaben desplazando a los personajes. Afortunadamente, Favreau se centra en las tribulaciones alrededor de la comida, concretamente las que provoca en el protagonista, un conocido chef, Carl Casper (Favreau se reserva el papel principal). Este saltó a la fama gastronómica por su cocina innovadora y revolucionaria, pero el dueño del restaurante donde desarrolla su “obra” –Dustin Hoffman– coarta su creatividad y le obliga a hacer noche tras noche el menú que los convirtió en uno de los lugares de moda en Los Ángeles, sin importarle si el crítico más importante de la ciudad -Oliver Platt- está entre los comensales. Tras negarse a claudicar, Casper es despedido, lo que le lleva a recuperar la libertad como chef de food trucks (o sea, cambiando la alta cuisine por el bocadillo grasiento) y ya de paso a recuperar a su familia.

Chef_-_Cartel_FinalChef es el paradigma de la feel-good movie (recomendada la sesión doble con la reciente Begin Again), una película buenrollista y entrañable que por suerte no recurre a sentimentalismos baratos. Y eso que está construida (predeciblemente) a base de lugares comunes semi-melodramáticos, como el favorito del cine americano: el padre ausente cuyo trabajo le ha separado de su hijo. Favreau se apoya principalmente en un reparto de lujo que desprende naturalidad por los cuatro costados. Intérpretes, estrellas y amigos que actúan como si estuvieran en casa, porque lo están. Desde el propio Favreau, entre lo bruto y lo achuchable, hasta una Sofía Vergara entregada sin complejos al encasillamiento, pasando por una Scarlett Johansson cálida y cercana, unos divertidos John Legizamo y Bobby Cannavale, responsables de los momentos más descacharrantes del filme, o Robert Downey Jr., contratado de nuevo para interpretarse a sí mismo. Todos ellos contribuyen a ese irresistible aroma familiar y acogedor que recorre toda la película.

Además de hablarnos de un sueño, y de la importancia de la familia (la biológica y la creada) para conseguirlo, Favreau convierte Chef en una suerte de crónica de nuestros días, mostrándonos muy astutamente cómo las redes sociales han transformado nuestra manera de crear y consumir, también en el terreno gastronómico. Destacan las escenas en las que Casper entra en contacto por primera vez con Twitter (desvergonzado product placement que sin embargo nos da momentos de comedia realmente exquisitos) o el road trip por Estados Unidos, en el que el hijo del protagonista ejerce como community manager del puesto ambulante de bocadillos cubanos, mostrando a su padre cómo funciona un negocio hoy en día. Algo que en cierta manera se contrapone al elogio de lo tradicional (equivalente a “lo latino”) que el director lleva a cabo. Pero además, Chef es una crítica encubierta (o quizás no tanto) a los bloggers y críticos que “destrozan” el trabajo del artista -esta analogía con el oficio de cineasta hace preguntarse si a Favreau no sabrá encajar las malas críticas, y por tanto, si está en el negocio adecuado. Sea como sea, Chef no se recrea en estos sabores agridulces y opta por un tipo de comedia apacible, emotiva, y a ratos muy inteligente y conmovedora. En definitiva, Chef es una de las películas que simplemente se disfrutan, sin darle más vueltas, precisamente como la comida que vemos en pantalla.

Valoración: ★★★½

Crítica: Aprendiz de gigoló

Aprendiz de gigoló

No nos debe extrañar si al ver el cartel español de Aprendiz de gigoló (Fading Gigolo) pensamos: “¿Ya ha pasado un año entero y tenemos película nueva de Woody Allen?” No solo porque este coprotagonice la cinta y aparezca tan destacado en el póster como su verdadero director, John Turturro, sino porque está diseñado precisamente para llamar la atención de los seguidores del prolífico realizador neoyorquino (incluso los nombres del reparto están impresos con la alleniana fuente EF Windsor Elongated). Sin embargo, por primera vez no se trata de una estrategia de márketing engañosa, sino que el propio Turturro da pie a ello al haber realizado muy conscientemente una película de Woody Allen en todos los sentidos.

Para su quinta película como director, Turturro cuenta no solo con la presencia escénica de Allen en un papel escrito para él, sino que este también le ha ayudado a refinar el guión (aunque no aparezca acreditado). Allen interpreta a Murray Schwartz, un librero de Brooklyn que se ve obligado a cerrar su negocio tras caer en quiebra. Cuando su dermatóloga -interpretada por la todavía übersexualizada Sharon Stone-, una mujer casada y hastiada en busca de nuevas experiencias, le cuenta que quiere hacer un ménage à trois con su amiga, Sofía Vergara (conversación que cualquiera podría tener con su dermatólogo, sin duda), Murray sugiere como tercero en discordia a su amigo florista Fioravante (Turturro), paradigma del hombre clásico, del “hombre de verdad”, naturalmente viril y caballeroso. A partir del éxito del primer encuentro (atención a Vergara mostrando una “cara” que no habíamos visto hasta ahora), Murray (ahora Dan Bongo) se convierte en el proxeneta de Fioravante, y ambos expanden su negocio por la ciudad, ofreciendo sus servicios a clientas adineradas.

fading_gigolo_-_posteTurturro explora los mismos temas que consolidaron el cine de Allen, concretamente los entresijos del judaísmo en la ciudad de Nueva York y cómo el hombre puede (o no puede) descifrar el enigma de la mujer. Para ello, Turturro propone un Brooklyn idealizado, un cálido barrio de vecinos del que se respira un inconfundible aroma a nostalgia y amor por la ciudad, aderezado sin embargo por una muy mal empleada banda sonora de jazz -ahí es donde podemos hablar directamente de pobre imitación. La sensibilidad de Fioravante es análoga a la de Turturro como director, inconscientemente tosca pero genuina. Sin embargo, el realizador no tiene nada realmente interesante que contarnos, y su película deambula constantemente en terrenos sentimentales que solo adquieren verdadera relevancia cuando la francesa Vanessa Paradis entra en escena como solitaria viuda hasídica que encuentra en Fioravante la presencia masculina que le ayudará a encontrar el camino tras la pérdida (sí, como leéis).

Aprendiz de gigoló es un fresco multicultural no exento de buenas intenciones en el que Turturro logra orquestar aislados buenos momentos de drama íntimo y comedia semi-paródica, aunque se desvíe rápidamente hacia lo anodino, e incluso lo chabacano -véase la secuencia del juicio de los rabinos ortodoxos a Avigal. La delicada interpretación de Paradis es, sorprendentemente, lo mejor de una película que funciona sobre todo gracias a la química de sus protagonistas -incluido el bruto tierno de Liev Schreiber-, pero que por lo demás no tiene nada que aportar en un universo de sobra explorado por Woody Allen.

Valoración: ★★★

Crítica: Los Pitufos (The Smurfs)

 

The Smurfs (Estados Unidos, 2011)
Director: Raja Gosnell
Intérpretes: Neil Patrick Harris, Hank Azaria, Jayma Mays, Sofía Vergara, Katy Perry (voz)
Guión: J. David Stem, David N. Weiss, Jay Scherick, David Ronn
Música: Heitor Pereira
Montaje: Sabrina Plisco
Fotografía: Phil Meheux
Duración: 103 minutos

 

Algo viejo, algo azul

Lo que tenía todas las papeletas para convertirse en un nuevo insulto a los mitos de toda una generación ha resultado ser un producto enormemente respetuoso con el material de referencia, y lo más importante, una película familiar que no espantará a los adultos que la vean. Para alivio de los muchos nostálgicos -que a pesar de no conformar el grueso de su público objetivo, suponemos un importante porcentaje de la audiencia-, Los Pitufos toma los cómics originales de Peyo y los convierte en la biblia de los guionistas, actualizando la historia convenientemente sin por ello mancillar la creación del artista. No en vano, el propio Pierre Culliford (el nombre real de Peyo) aparece incluido en la trama, como personaje dentro del mito de los pitufos. Esto, junto al hecho de que la hija de Peyo, Verónique Culliford, haya ejercido de asesora para esta película con el fin de mantenerse lo más fiel posible a la visión de su padre, viene a confirmar el sumo respeto con el que se ha tratado la popular creación belga. Aunque parezca mentira.

Al comienzo de Los Pitufos nos adentramos en la aldea pitufa tal y como la concibió su creador, con su constante ajetreo, sus habitantes adictos al trabajo, de tres manzanas de altura y rebosantes de bondad. Hay referencias al origen de Pitufina -que Donnie Darko se encargó de aclarar para muchos-, la Luna Azul tiene una importancia capital en la historia, aparecen las cigüeñas que usan los pitufos para viajar, los pitufos Cocinero y Goloso, que se fusionaron en un solo pitufo para la serie, regresan en la película como entes separados. Por todas estas y otras razones, el temor por la desvirtuación de los “suspiritos azules” se disipa en el prólogo, y a pesar de que la historia abandona rápidamente la aldea para adentrarse en las calles de Nueva York, las características de los personajes y su historia se mantienen casi intactas.

Las escasas modificaciones se reducen a la creación de varios pitufos exclusivos para la película -partiendo de notas del propio Peyo- y a las motivaciones de Gárgamel para atrapar a sus odiados pitufos. La inclusión de Valiente, Narrador, Miedoso y Loco es innecesaria, pero bienvenida; al fin y al cabo, nunca conocimos la identidad de los 100 pitufos existentes y podemos fingir que llevan ahí toda la vida. Sin embargo, los cambios sufridos por Gárgamel se justifican teniendo en cuenta la envergadura del proyecto, y obviamente, aludiendo a “los tiempos que corren”. Gárgamel ya no quiere hacer sopa con los pitufos -como en los tebeos-, ni convertirlos en oro -como en la serie-, sino que los necesita para absorber su energía y convertirse en el mago más poderoso -qué mejor motivación que la pura ambición por el poder.

Reconducida hacia el terreno de la comedia neoyorquina buenrollistaNeil Patrick-Harris encajaba en el proyecto desde antes de que existiera-, Los Pitufos cuenta con personajes humanos insulsos y sus correspondientes conflictos de relleno -en este caso, el miedo a la paternidad. No obstante, el simplismo de la película no constituye insulto, como sí ocurre con otros títulos recientes de similar naturaleza como Garfield o Alvin y las ardillas. Las ya señaladas virtudes de Los Pitufos -seriamente amplificadas por esa sensación de “lo mala que podía haber sido”- amortiguan el aparentemente necesario humor escatológico -quizás lo único que traiciona la esencia de los pitufos- y la liviana y predecible historia. A pesar de descargar el peso cómico en estos momentos de vergüenza ajena -protagonizados esencialmente por un Hank Azaria no obstante más divertido de lo que cabía esperar-, Los Pitufos cuenta con golpes de absoluta lucidez que ni en cien años habríamos visto en la serie o los cómics, como la referencia al Pitufo Pasivo-Agresivo o el gag sobre el origen de los nombres de los pitufos.

Solo dos aspectos son capaces de empañar realmente la experiencia pitufa: la insoportable cantidad de product placements a lo largo del metraje -el “anuncio” de Guitar Hero es una de las escenas más patéticas de la película- y la obvia manufactura del filme para ser exhibido en 3D, que hace que la mitad de las escenas cuenten con un dinamismo mareante y unos planos difícilmente justificables para 2D (el 3D mató al cine). Con todo, el filme dirigido por Raja Gosnell -responsable de obras magnas como Scooby Doo o Un chihuahua en Beverly Hills– puede alardear de ser algo más que una excusa para vender Happy Meals. Para el que esto escribe -un nostálgico coleccionista y obsesionado con estos seres azules- Los Pitufos ha significado la hora y media de felicidad más pitufa que ha vivido en mucho, mucho tiempo.