Crítica: Misión: Imposible – Fallout

Mucho ha llovido desde que en 1996 se estrenara Misión: Imposible, la exitosa adaptación dirigida por Brian De Palma de la mítica serie de espías de los 60, que se convertía en uno de los mayores hitos del cine de acción. Un Tom Cruise en lo más alto de su popularidad se ponía en la piel del agente Ethan Hunt para enfrentarse a su primera misión en la pantalla grande, iniciando así, a golpe de acrobacias y gadgets imposibles, una longeva y lucrativa saga que llega este año a su sexta entrega con Misión: Imposible – Fallout.

En 22 años ha dado tiempo a que el género atraviese una importante transformación y sofisticación, principalmente gracias a los avances tecnológicos, pero también al cambio de percepción, más positiva, que se ha dado de cara al blockbuster. La saga M:I ha evolucionado al compás del género, dejando atrás la intriga clásica y el suspense para dar más énfasis a la acción pura y, con cada película, elevar el listón en cuanto a la espectacularidad y complejidad de sus escenas de combate, persecuciones y set pieces, que alcanzan la perfección técnica en Fallout. Todo sin perder completamente su espíritu original.

Quien no ha cambiado tanto en estas dos décadas es Tom Cruise, y por extensión, Ethan Hunt. Después de una breve etapa de experimentación a finales de los 90 (Magnolia), la superestrella de Hollywood ha seguido cultivando su reputación como héroe de acción moralmente intachable, ejerciendo tanto control sobre su imagen pública como sobre los proyectos en los que se involucra. A sus 56 años, Cruise sigue empeñado en demostrar que está en plena forma, realizando él mismo las escenas más peligrosas de sus películas, y básicamente arriesgando su vida para hacernos ver que su tiempo en Hollywood no ha caducado. Es una locura, pero una que el actor acomete con éxito.

Christopher McQuarrie, el director de la anterior entrega (y de otra cinta de acción protagonizada por Cruise, Jack Reacher), vuelve a ponerse tras las cámaras para orquestar el regreso de Ethan Hunt. En esta nueva película, el superespía trabaja codo con codo con sus compañeros del IMF (Alec Baldwin, Simon Pegg, Ving Rhames) a la vez que se reencuentra con personas de su pasado (Rebecca Ferguson, Michelle Monaghan) y se ve obligado a unir fuerzas con nuevos aliados (Henry Cavill, Angela Bassett, Vanessa Kirby), para enfrascarse en una carrera contrarreloj para salvar el mundo después de que una misión salga mal y ponga una serie de artefactos que contienen energía nuclear en las manos equivocadas.

Lejos de perder fuerza e interés con el tiempo, la saga Misión: Imposible alcanza con su sexta película una nueva cima. Cruise interpreta a Ethan con la seguridad y el carisma de los héroes del pasado y la destreza sobrehumana de los del presente -aunque lo eclipsan ocasionalmente la robaescenas Rebecca Ferguson (que debería protagonizar su propio spin-off) y un Henry Cavill que vuelve a sacar partido de su físico (esta vez con el bigote más infame y lucido del cine reciente) para tapar sus carencias interpretativas. Por su parte, McQuarrie firma la acción más impresionante que hemos visto últimamente en una pantalla de cine, secuencias perfectamente ejecutadas que disparan la adrenalina y no muestran ni una sola fisura. La película cuenta con una escena de pelea cuerpo a cuerpo en unos baños públicos que merece pasar a la historia del cine (tanto por sus puñetazos como por sus chistes), y algunos de los set pieces más ambiciosos que se han hecho nunca, como una caída libre en paracaídas que quita el aliento y hace que te preguntes dónde está el truco (se necesitaron 106 tomas hasta hacerla perfecta, ahí está el truco), una frenética carrera por los tejados de Londres en la que Cruise se supera a sí mismo o un final de auténtico infarto.

Pero afortunadamente, la acción no es el único aliciente de Fallout. Con McQuarrie también al guion, la saga encuentra el tono perfecto con más (y mejor) humor y la trama se desarrolla sin descanso, manteniendo el ritmo y el interés de principio a fin, y lo más importante, dando mucho peso a los personajes y las emociones. Fallout es quizá la entrega de M:I que mejor trabaja la conexión con el público, tanto con los fans de siempre (a los que se recompensa con guiños y cameos que conectan todas las películas para su deleite), como a los casuales, que no encontrarán difícil seguir la historia e involucrarse con sus héroes. El resultado es un film que resulta familiar, pero también emocionante en todos los aspectos.

Cuando termina Misión: Imposible – Fallout, queda claro que hemos asistido a una de las mejores películas de acción de los últimos años, un trabajo elegante, contundente y eficaz que llega a lo más alto del género. Pero su recta final no solo hace que se dispare el corazón por la tensión, sino también porque cuando llega, ha conseguido que sus personajes nos importen más que nunca, logrando algo que parecía imposibleinsuflar nueva vida a la franquicia y hacer que sigamos queriendo más después de 20 años.

Pedro J. García

Nota: ★★★★½

Crítica: Ready Player One

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Desde su publicación en 2011, Ready Player One se ha convertido en una de las novelas de culto más admiradas de los últimos años. El best-seller escrito por Ernest Cline tiene una legión de fans que han caído rendidos a sus pies gracias a su fusión de aventura, ciencia ficción y nostalgia ochentera. Sus detractores, por otro lado, consideran que el libro es literatura basura, llegando incluso a definirlo como “el Cincuenta sombras de Grey para hombres blancos y frikis”. No importa en la categoría que nos encontremos, lo que no se puede negar es que Ready Player One es un libro que desde la primera página a la última pide a gritos una adaptación cinematográfica.

Cline encontró su “huevo de Pascua dorado” cuando el mismísimo Steven Spielberg aceptó este trabajo. El emblemático director de clásicos como E.T.Indiana JonesTiburón agarró las riendas de uno de sus proyectos recientes más ambiciosos y complicados. Trasladar las páginas de Ready Player One, que construye un universo de ciencia ficción inabarcable y lleno de guiños específicos a miles de productos culturales, era una tarea titánica. Pero ya sabemos que a Spielberg, Titán donde los haya, le van los retos, y suele completarlos como si nada (tardó solo nueve meses en terminar su anterior película, Los archivos del Pentágono).

Zak Penn (Los Vengadores) escribe junto al autor de la novela un guion que debe efectuar numerosos y necesarios cambios por cuestiones de licencias, pero que en esencia y estructura se mantiene muy fiel al libro. Para quienes no estéis familiarizados con su historia, Ready Player One vendría a ser una fusión -o un mashup, que sería más apropiado- de Charlie y la fábrica de chocolateAvatar, o actualizando nuestros referentes, San Junipero.

En el año 2045, la humanidad escapa de su oscura realidad pasando el tiempo en el mundo virtual conocido como OASIS, donde no hay límites a la imaginación y cualquier persona puede ser quien quiera. A su muerte, el creador de OASIS, James Halliday (Mark Rylance), deja su inmensa fortuna y el control de su creación a quien gane un concurso en tres fases, diseñado para encontrar a su mejor heredero posible. Cuando el mundo ha desistido de la aparentemente imposible búsqueda, Wade Watts (Tye Sheridan), un chico obsesionado con OASIS y su creador, encuentra la primera llave, con lo que la búsqueda del tesoro comienza de verdad. Junto a la chica de sus sueños, Art3mis (Olivia Cooke), y sus amigos del OASIS, conocidos como los High Five, Wade explorará todos los recovecos del universo de Halliday para salvarlo de las manos de IOI, la malvada corporación que pretende hacerse con él para controlar a la humanidad.

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Vaya por delante que, si uno ha conectado con el libro, tiene muchas posibilidades de salir muy satisfecho de la película. Lo difícil era convencer a los escépticos. Pues bien, se puede decir que, teniendo en cuenta el material de partida, la película es mejor de lo que cabía esperar. Sí, se podía haber hecho más (la idea tenía muchísimo potencial, y seguro que alguien podía haber desarrollado la historia mejor que Cline) y los defectos de fábrica están ahí: el uso facilón de la nostalgia, la acumulación sin ton ni son de referencias (como en The Big Bang Theory, Cline cree que el solo hecho de mencionarlas ya constituye relato), el paso de puntillas por temas interesantes que se quedan sin explorar, los personajes huecos y la trama desarrollada a trompicones. Pero Spielberg los minimiza con su siempre infalible sentido del espectáculo y la aventura, por lo que es más fácil pasarlos por alto y dejarse llevar. Otra cosa no, pero como experiencia inmersiva, Ready Player One funciona, aunque por momentos pueda llegar a saturar y agotar. Verla es efectivamente como adentrarse en primera persona en OASIS, como sumergirse de lleno en un trepidante y estruendoso videojuego.

A sus 71 años, Spielberg demuestra que su sentido del asombro y capacidad para orquestar grandes secuencias de acción siguen intactos. Ready Player One cuenta con potentísimos set pieces, como la vertiginosa y atronadora carrera del primer acto (lo más parecido a realidad virtual sin visor que se ha hecho en cine recientemente), la visita a cierto clásico del cine de terror (que no desvelaremos para mantener el factor sorpresa), probablemente la escena más placentera de la película, o el eficiente clímax. Los efectos visuales son simplemente brutales, la estética está muy cuidada y aunque los personajes digitales se acerquen al “valle inquietante”, su fluidez de movimientos y expresividad es digna de admiración. Otra cosa no, pero Ready Player One supone un auténtico despliegue de pericia visual y excelencia técnica, lo cual no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, es Spielberg.

Ahora, donde Ready Player One falla es a la hora de convertir la orgía de cultura pop que la caracteriza en algo más que un amontonamiento de referencias para el gozo del espectador más observador, en una historia más trascendental. Dice mucho que su (indudable) valor de revisionado resida en la necesidad de descubrir todos los guiños y cameos que aparecen en sus abarrotados planos, y no en volver a ver a Parzival y Art3mis (el reparto está muy correcto, pero no es lo más destacable en ningún momento). Y es que, a pesar de los intentos de darle profundidad emocional (en especial a través del personaje de Halliday y la afectada interpretación de Rylance), la película y los personajes no pueden evitar quedarse en la superficie, en el truco de la nostalgia, lo cual resulta especialmente decepcionante teniendo en cuenta que detrás de las cámaras se encuentra un maestro de las emociones y uno de los padres de la actual generación de hipernostálgicos.

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Ready Player One es una celebración de la cultura pop y el mundo gamer que se apoya principalmente en su excelencia técnica y el poder de la intertextualidad. Hay que reconocer que ver al Gigante de Hierro de nuevo en acción o a tantos iconos del cine y los videojuegos reunidos en un mismo lugar tiene su indudable atractivo. Pero más allá del placer de identificar los cameos y asistir a locos crossovers que no creíamos posibles, hace falta alma. Y a Ready Player One le cuesta encontrarla entre su aturdidora vorágine de imágenes y guiños pop.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crítica: Star Trek – Más Allá

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En 2009, la longeva saga de ciencia ficción y aventuras Star Trek recibía un lavado de cara con un reboot capitaneado por el solicitado J.J. Abrams. Sin dejar de rendir homenaje y ser fiel a la Star Trek clásica, la nueva película y su muy notable secuela, Star Trek: En la oscuridad, conducían la propiedad creada por Gene Roddenberry hacia el campo de las superproducciones actuales para rejuvenecer la saga e insuflar nueva vida a sus populares personajes. Con la tercera entrega de esta etapa moderna (decimotercera en total), Star Trek: Más Allá (Star Trek Beyond), la franquicia continúa su evolución hacia el puro blockbuster veraniego de acción bajo la batuta de un nuevo director, Justin Lin, conocido sobre todo por la saga Fast & Furious, de la cual ha dirigido cuatro películas.

Como adelantaban los tráilers, el humor y el tono han virado hacia terreno Guardianes de la Galaxia (no es solo una ilusión de la campaña promocional, hasta hay una escena análoga al “dance-off” de Star-Lord, pero más a lo grande y con los Beastie Boys de fondo, una secuencia formidablemente vistosa pero algo fuera de lugar). Y como también era de esperar, Más Allá da más énfasis a la acción desmedida y el despliegue espectacular, lo que en este caso juega en detrimento de la estructura de la película y los personajes, que están puestos al servicio de la acción, y no al contrario, como ocurría en las entregas previas.

En este nuevo capítulo, la tripulación de la USS Enterprise es atacada por una avanzada alienígena en forma de colmena que destruye la nave y deja a los héroes atrapados en un planeta hostil, donde se enfrentan a un nuevo enemigo, Krall (Idris Elba), que amenaza con destruirlos a ellos y a la Federación por razones que solo él conoce (énfasis en esto, porque aunque él tenga muy claro su plan y podamos intuir de qué va la cosa, la mayor parte del tiempo no sabremos qué está haciendo o por qué). La separación de la tripulación al “naufragar” en el planeta facilita la creación de “parejas”, cuyas interacciones son la base de la mitad del metraje. Y si bien las combinaciones Bones-Spock, Kirk-Chekov o Uhura-Sulu nos dejan buenos momentos (la mayoría cómicos), el esquema general de la historia y la evolución de los personajes sufre por un tratamiento más ligero y superficial.

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Es decir, Más Allá antepone la acción y el humor facilón al verdadero desarrollo de sus personajes, con chistes a base de topicazos, frases lapidarias que hemos oído en infinidad de ocasiones (y que aquí suenan más vacías que de costumbre), y diálogos del montón. Así, Uhura (Zoe Saldana) queda relegada a un muy distante segundo plano, y hace (o dice) más bien poco durante la película; las interacciones entre Kirk y Spock (el núcleo emocional de las dos anteriores películas) se mantienen al mínimo, y a cambio Más Allá se convierte por momentos en una buddy film con el vulcano (Zachary Quinto) y McCoy (Karl Urban) como “la extraña pareja” de Star Trek, y el siempre simpático Scotty (Simon Pegg, del que esperaba más al guion) con la flamante nueva incorporación de la saga, Jaylah (Sofia Boutella), sin duda lo mejor de Más Allá. En este sentido, hay momentos divertidos aislados, pero en general falta cohesión, y aunque el reencuentro de los tripulantes y la puesta en marcha del plan contra Krall hace que el ritmo mejore, la visión global falla y huele a refrito, el villano flojea (Elba, como Oscar Isaac en X-Men: Apocalipsis, es otro actor de gran talento desaprovechado y sepultado bajo kilos de látex) y el guion funciona a base de una aturullada acumulación de momentos desconectados, multitud de guiños para los trekkies de siempre y set pieces que cuesta dar forma en la cabeza. El resultado es una película sin duda enérgica, pero visiblemente descentrada.

Ahora bien, si la analizamos como puro espectáculo y pasatiempo escapista, que parece ser la intención, Más Allá puede considerarse un éxito dentro de este género o modalidad del cine comercial. Es vertiginosa, es visualmente apabullante, los efectos digitales están muy por encima de la media (increíble la llegada a la base estelar Yorktown, la destrucción de la Enterprise o las batallas espaciales), y aunque la acción resulta excesivamente mareante, la película contiene imágenes para sacar los ojos de las órbitas y además funciona muy bien en los combates cuerpo a cuerpo, haciendo gala de un gran empaque visual y una contundencia física de la que la mayoría de aventuras hiper-digitales de hoy en día carecen -es decir, aunque lo digital lo domine casi todo, Más Allá no parece un videojuego todo el ratogracias en parte a su lealtad a los efectos de maquillaje y a la importancia del diseño de producción.

Pero claro, el despliegue técnico y visual y la diversión evasiva no lo es todo, como nos demostró Abrams con las dos anteriores películas (o con la nueva Star Wars, o Joss Whedon con Los Vengadores). Hace falta algo más, y Más Allá parece haber perdido lo que le había hecho conectar con los nuevos espectadores, suponiendo un paso atrás con respecto a sus predecesoras, para seguir el camino del blockbuster sin exigencias, del cine que no se molesta en ir “más allá” de su condición de evento. No hay nada de malo en una superproducción como esta, que ofrece aventuras sin pretensiones y sin engaños, y por suerte siempre nos quedará el buen hacer del excelente reparto (aunque aquí esté peor empleado) liderado por un segurísimo Chris Pine interpretando a un no tan seguro Kirk. Pero la decepción es inevitable si se busca ese “algo más”. Algo que sabes que puede darte, porque lo ha hecho anteriormente.

Pedro J. García

Nota: ★★★

Crónica de la Muestra Syfy 2016

Leticia Dolera Syfy

El 13 es un número especial, históricamente asociado a la mala suerte, y con el tiempo justo lo contrario, un símbolo de buena suerte para los que gustan de llevar la contra. Para los fans del cine fantástico, el 13 ha significado algo muy especial este fin de semana: una de las mejores ediciones de la Muestra Syfy. Nuestro mini-festival favorito se ha mudado de residencia, pero sigue viviendo en el mismo barrio. De los Cines Callao al Cine de la Prensa de Gran Vía, sin perder en la mudanza ni un ápice del entusiasmo que lo caracteriza.

Como todos los años, nos damos cita con la Muestra Syfy, organizada por el canal de televisión Syfy España, para ver cine de género (fantástico, ciencia ficción, terror, animación) durante cuatro días (este año del jueves 3 al domingo 6 de marzo). Una veintena de películas que han conformado una programación en la que, como de costumbre, han tenido cabida las ideas más disparatadas y las propuestas más curiosas. Muertos vivientes, fantasmas, zombies, demonios, extraterrestres y caníbales (por partida doble, que este año ha sido el de los antropófagos), todos se han reunido un año más para la gran fiesta del cine fantástico en Madrid.

Y como decía, aunque hayamos cambiado de emplazamiento, el espíritu de la Muestra sigue intacto. Por un lado gracias a la organización, que ha llevado a cabo el cambio de la forma más fluida (esperábamos que al cambiar de una sala grande a tres más pequeñas hubiera un caos mayor, y para nada), por otro a los seguidores (bautizados “mandanguers” -o mandangers- durante la última sesión del domingo), incansables, “motivados” y con ganas de darlo todo en las proyecciones, y por último, pero no por ello menos importante, gracias a la gran Leticia Dolera, que un año más se corona como la reina geek (Mandanga Queen) de nuestro país. Parece mentira, pero Dolera se supera cada año. El nivel de complicidad que ha alcanzado con los asistentes a la Muestra es increíble (para entender los chistes internos o la importancia de las palabras “mandanga” y “Canino” hay que haber estado allí), y se ha notado especialmente en esta edición, en la que, entre otras muchas cosas, ha recordado a sus compañeros de Al salir de clase con velas en la mano (in memoriam?), ha demostrado su amor por Buffy, ha llamado por teléfono a Raúl Arévalo, al que dejamos un mensaje de voz porque no lo cogió (y al que esperamos ver en la próxima edición, no nos falles, Raúl), ha cantado los precios de la cantina, ha reivindicado a Chicho Ibáñez Serrador (Goya honorífico ya), ha criticado (de bromi) a los actores españoles por no vocalizar, y por supuesto, ha repartido Huesitos entre el público. Todo del mejor rollo posible. Gracias, Leticia. Sin ti la Muestra no sería lo que es.

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Dicho esto, pasemos a hablar de las películas que hemos podido ver este año. Muchas de las que, por cierto, tienen distribución en España, así que anotad las recomendaciones. La Muestra dio el pistoletazo de salida el jueves 3 con el preestreno de La invitación, de Karyn Kusama, uno de los grandes éxitos de la pasada edición del Festival de Sitges, donde se alzó con el premio a la mejor película del certamen. Con un reparto de caras conocidas, sobre todo para el seriéfilo (Logan Marshall-Green, Michiel Huisman o John Carroll Lynch), La invitación es una cinta malrollera que recuerda a Coherence en sus ambientes y a La cena de los idiotas por su mala baba. Kusama sabe dosificar la información como si de un menú degustación se tratase y nos embriaga de tal manera que seguimos pidiendo más a pesar de que sintamos ya los ardores de las horas posteriores. Menos mal que tiene el detalle de ofrecernos un chupito digestivo para pasar el (mal) trago.

El viernes 4 nos deparaba más de una sorpresa. El primer día propiamente dicho de la Muestra arrancaba con la noruega Villmark Asylum, secuela de uno de los mayores éxitos cinematográficos del país nórdico que nos proponía de nuevo (“nos” es un decir, porque de los cientos que estábamos en la sala solo cuatro fans aplicados habían visto la primera) una historia de terror ambientada junto a un lago remoto, concretamente en un hospital abandonado donde se trataba a los enfermos de tuberculosis muchos años Imagen 2atrás. Como podéis imaginar por la descripción, Villmark Asylum es la típica película de “manicomio encantado”, y recurre a los tópicos y la imaginería habitual del género (fantasmas de pacientes y enfermeras deambulando entre pasillos, experimentos inmorales), donde por desgracia se queda completamente estancada sin saber qué contar. Un rollazo.

Las dos siguientes películas de la tarde sirvieron para arreglar el mal sabor de boca de Villmark 2 (su título original) y despertarnos de la siesta. En primer lugar, la británica Nina Forever nos planteaba una premisa sencilla a la par que interesante, con una historia romántica sobre un chico que perdió a su novia en un accidente y, cuando intenta iniciar una nueva relación (concretamente cuando practica el sexo con su nueva pareja), la novia se le aparece tal y como quedó tras el accidente para atormentarle a él y a la chica. Una metáfora sobre las relaciones y la pérdida que, a pesar de resultar demasiado evidente, da para muy buenos momentos, aunque al final se pierda por no saber cómo ni cuándo concluir la historia. Nos quedamos con la primera hora de la película, rebosante de sentido del humor, emotividad y erotismo, y con las interpretaciones de su trío protagonista, en especial las femeninas, Fiona O’Shaughnessy y Abigail Hardingham. En segundo lugar, llegó la esperadísima (y apaleadísima) nueva película de Eli Roth, The Green Inferno, y resultó ser uno de los mayores éxitos entre el público de la Muestra. Roth ha orquestado una película repugnante, nauseabunda, con los peores actores del mundo y autoconscientemente mala que se reveló como la oferta perfecta para la Muestra, como demostraron las continuas carcajadas y aplausos de la sala. Una cinta idónea para este tipo de ocasiones, en las que a veces es mejor no pesar demasiado lo que se está viendo y dejarse llevar. Eso sí, vais sobre aviso si decidís verla: al igual que su día Holocausto caníbal (de la que evidentemente bebe, y come, mucho) sus imágenes gore pueden provocar más de un mareo.

Las sesiones nocturnas del viernes nos dejaron otra sorpesa. Desafortunadamente no fue la española Vulcania, que fue recibida con indiferencia y aburrimiento generalizado (quizá si los responsables del film no hubieran estado en la sala presentándolo el público se habría ensañado más). El debut de José Skaf en la dirección de largometrajes es una oportunidad perdida, una película que recuerda demasiado a El bosque (aunque Skaf asegurase que todo parecido es coincidencia) y que, a pesar de su excelente factura y buen reparto, nos deja completamente a medias (aquí podéis leer una crítica completa de la película, que ya está en cines). A continuación , la primera sesión golfa de la Muestra 2016 nos presentaba la primera parte de la japonesa Parasyte, de Takashi Yamazaki, film que fue recibido cálidamente por el público del Cine de la Prensa. Parasyte, Part I  es la hilarante visión japonesa de la Nueva Carne de Cronenberg (se trata de la adaptación live action del manga del mismo nombre), con momentos cómicos muy conseguidos y una épica tan ridícula como convincente. Por una noche, Migi destronó a Huevón como rey de la madrugada Syfy.

BONE TOMAHAWK

El sábado por la mañana tenía lugar la primera sesión Syfy Kids, con la proyección de una de las nominadas al Oscar a Mejor Película de Animación este año, The Boy and the World, distribuida en España por Rita & Luca Films. La tarde comenzaba con la surcoreana The Piper, adaptación libre de El flautista de Hamelín que tiene lugar en una pequeña aldea azotada por una plaga de ratas, donde un hombre y su hijo hacen una parada para ayudar a los habitantes. La película de Kim Kwang-tae comienza como una comedia amable con toques de realismo mágico y en su tramo final se transforma en una historia oscura, trágica y macabra. Una película peculiar de la que se pueden destacar bastantes virtudes, entre las cuales por desgracia no se encuentra la consistencia. A continuación se proyectaba la caboyano-americana Listening, que juega con la idea de la manipulación de la mente y la creación de la telepatía, y que fue con diferencia una de las peores películas de la muestra. Llamarla amateur sería quedarse muy cortos. Una primera parte que copia descaradamente a Primer da lugar a una segunda mitad que adquiere tono épico-conspiranoico y se hunde en el mayor de los ridículos. Y lo peor de todo, el asqueroso machismo que recorre toda la cinta. Lamentable. Pero es que esa misma noche pudimos ver otro desastre de proporciones épicas, Generación Z (título español para The Rezort), una Parque jurásico con zombies en lugar de dinosaurios que, por muy atractiva que suene la idea, no podría haber dado lugar a una película más terrible. Y lo peor no es el planteamiento completamente absurdo (eso no es un problema en la Muestra), sino que ¡se toma en serio! y contiene un mensaje político que no podría estar hilado de forma más patética. Menos mal que justo antes habíamos disfrutado del plato fuerte del día, Bone Tomahawkwestern atípico cargado de humor, violencia extrema (condensada en su magnífica recta final, donde podemos ver una de las muertes más despiadadamente brutales y gráficas de la historia del cine) y grandes interpretaciones, en especial la de Richard Jenkins, que conquistó a la sala al completo. Una gozada.

Foto de Mara

El sábado muchos hicimos un paréntesis para asistir a la proyección del musical de Buffy, cazavampiros, “Once More, With Feeling” (6×07), una ocasión de lujo para poder ver en pantalla de cine uno de los capítulos más emblemáticos de esta serie de culto. El ambiente seriéfilo era inmejorable y nuestra anfitriona, Leticia, nos preparó una presentación genial. En primer lugar nos hizo un recorrido por la serie, resumiendo las temporadas y hablando sobre la experiencia que supone ser espectador de Buffy, en especial si se vio por primera vez durante la adolescencia (o post-adolescencia). A continuación recomendó el libro sobre Joss Whedon De la Estaca al Martillo, que como muchos sabéis, coordiné el año pasado junto a mi colega, amiga y admirada Cazadora Irene Raya. Aunque ya lo hice en persona, desde aquí quiero agradecer de todo corazón una vez más a Leticia por hablar del libro en la proyección (en dos proyecciones distintas, de hecho), fue un detalle precioso que convirtió lo que ya estaba siendo una gran Muestra en mi mejor Muestra. Por último, Dolera orquestó un gran momento fan junto a los fans de Buffy, haciéndonos ensayar un fragmento de la canción “Walk Through the Fire“. ¿El resultado? Juzgad vosotros mismos:

Y llegó el último día. El domingo suele ser una jornada de mayor relax en la Muestra, y este año ha cumplido esa norma. El día arrancaba con la polaca Demon, adaptación moderna de la leyenda del dybbuk judío que transcurre durante una boda tradicional en el campo. Una película divertida, surrealista e inteligente que acercaba el cine de autor europeo a la Muestra, demostrando que cualquier tipo de propuesta fantástica tiene cabida en ella. Demon resultó ser una de las películas más interesantes de este año, un relato impregnado de vodka e historia (la de unas ruinas que no se pueden o no se quieren reconstruir), de un humor absurdo y filosófico exquisito y una memorable interpretación protagonista, la de Itay Tiran. Su director, Marcin Wrona, se suicidó en 2015, dejándonos una excelente obra póstuma. Una pena no saber hasta dónde podía haber llegado su talento.

La tarde del domingo continuó con Jeruzalem, un found footage ambientado en la capital israelí y protagonizado por dos turistas americanas cuyas vacaciones se ven interrumpidas por el día del Juicio Final. The Paz Brothers abordan el hastiado género del metraje encontrado intentando revitalizarlo con un nuevo gadget: las Google Glass. De esta manera salen airosos del engorro que suelen tener todos los directores para justificar el hecho de que sus protagonistas no dejen de grabar. Pero más allá de eso, no hay nada verdaderamente destacable de Jeruzalem, además de su bello y original emplazamiento. Una película que sigue los dictados del género (y demuestra algo más que admiración por [REC], como advirtió después Dolera, o Cloverfield) y al menos entretiene y cumple su función a pesar de caer en el despropósito continuamente. Y después de Jeruzalem, dimos un giro de 180º grados en el tono para disfrutar de la (muy) británica Absolutamente todo, dirigida por Terry Jones (miembro de Monty Python, guionista de Dentro del Laberinto, que también se pudo ver en una sesión especial en homenaje a David Bowie), una comedia directamente salida de los 90 que recuerda demasiado a Como Dios, pero que resultó ser un soplo de aire fresco gracias a sus divertidos diálogos y al buen hacer de su protagonista, un carismático Simon Pegg demostrando que puede ser un gran leading manAbsolutamente todo también destaca por ser la última película de Robin Williams (en ella dobla al perro Dennis y nos deja algunos de los mejores momentos de la cinta) y por contar con las voces de lo Monty Python dando vida a los extraterrestres que otorgan los poderes al personaje de Pegg.

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La Muestra 2016 tocaba a su fin con la esperadísima High-Risepelícula dirigida por Ben Wheatley y escrita por él junto a Amy JumP a partir de la novela de J. G. BallardHigh-Rise venía precedida de mucha expectación, aunque acabó siendo una gran decepción (y no es que no nos lo hubieran advertido desde Sitges y otros festivales). High-Rise es una cinta post-apocalíptica retro-futurista que podría describirse (muy superficialmente) como una fusión de BrazilSnowpiercer. La película tiene un planteamiento muy interesante y suficientes elementos atractivos por separado (la estética, la música, la percha de Tom Hiddleston, el sorprendente talento de Luke Evans), pero en conjunto resulta fallida, sobre todo por un empeño, casi exhibicionista y provocador, en el estilo por encima de la sustancia, y la locura y el absurdo porque sí, lo que juega en detrimento de la historia. High-Rise se pierde en la no-narratividad hacia la mitad de su metraje y no se recupera, rematando su “relato” con una conclusión sobre-explicativa que subraya demasiado el mensaje y parece que ya va con recochineo. Probablemente estemos ante una obra incomprendida que será reivindicada como película de culto. Quizá solo sea una pretenciosa paja mental que acabaremos olvidando. El tiempo lo dirá.

Y hasta aquí otra Muestra Syfy llena de buen rollo, amistad y celebración de la cultura fan y el cine (y la tele) de género. Me despido con una de las frases más bonitas de Leticia Dolera, pronunciada (con toda sinceridad y convencimiento) durante una de sus encantadoras presentaciones:

“Axioma: Te gusta el cine fantástico y de terror, eres buena persona. Te gusta Buffy, eres buena persona”.

¡Hasta el año que viene, Mandangers!

Texto de Pedro J. García y David Lastra

Crítica: Misión Imposible – Nación Secreta

TAURUS

Existe una línea temporal en la que Tom Cruise sigue siendo una estrella revienta-taquillas que cae bien al público. Esa realidad es la extensión de un universo de ficción que cumple ya casi dos décadas, el de la saga cinematográfica Misión: Imposible. Ethan Hunt vuelve en M:I – Nación Secreta (Mission: Impossible – Rogue Nation), quinta entrega de las improbables aventuras del espía de la FMI y su equipo de chiflados especialistas. Tras los acontecimientos de Protocolo fantasma, Hunt es el fugitivo más buscado por la CIA, un agente “rebelde” que opera desde la clandestinidad para erradicar al Sindicato, organización de asesinos sin identidad similar a la FMI que está liderada por el megalómano Solomon Lane (Sean Harris). Nación Secreta nos devuelve todos los ingredientes que convierten esta saga en una de las más icónicas del cine de acción (mensajes que se autodestruyen en 5 segundos, imposibles artilugios y dispositivos informáticos, ¡máscaras!), garantizando dos horas de secuencias trepidantes, brutales combates físicos, persecuciones explosivas y rebuscadas tramas de espionaje que conforman el blockbuster veraniego por excelencia.

En Nación Secreta, Ethan Hunt debe salvar el mundo una vez más, ahora con el objetivo añadido de recuperar la confianza del servicio de inteligencia de su país, lo que altera la dinámica de la saga, aunque no tanto como para cambiar la estructura clásica de estas películas, que se mantiene intacta: sucesión de espectaculares set pieces de un lado al otro del globo y misiones de infiltración/extracción que obligan a aguantar la respiración. Por supuesto, Hunt no lleva a cabo su arriesgado trabajo en solitario, sino que cuenta con la inestimable ayuda de un equipo formado por ex colegas del FMI, ahora recolocados en distintos puestos dentro del sistema, desde los que ayudan al espía a moverse sin ser detectado. Así, Nación Secreta continúa acentuando la dinámica de grupo en oposición a la figura del protagonista único que podría ser Hunt. Cruise se reserva para él solo las escenas de riesgo más impactantes (y además sigue insistiendo en no usar dobles), pero también comparte el escenario con sus compañeros de reparto e incluso se retira cuando lo cree oportuno, lo que contribuye a esa sensación de grupo cohesionado donde la camaradería y la lealtad se anteponen a todo (viene a la mente Fast & Furious, saga con la que M:I empieza a tener mucho en común). Una decisión inteligente que evita que la delicada relación del público con el actor a causa de su dañada imagen pública acabe aguando la fiesta.

MI5Nación Secreta potencia la coralidad del reparto y acierta al dar mayor protagonismo al simpático personaje de Simon Pegg, Benji Dunn, alivio cómico y prolongación del experto informático Marshall Flinkman que J.J. Abrams incorporó cuando se hizo con las riendas de la franquicia para convertirla en Alias 2.0. Jeremy Renner (notable intérprete que se empeña en hacer el mismo personaje una y otra vez) también explota su vis cómica ya como miembro fijo del equipo, en esta ocasión formando dúo con el siempre acartonado Alec Baldwin, que hace de su sombra durante todo el film. Y la llegada de la sueca Rebecca Ferguson (que aunque no lo creáis, no tiene parentesco con Ingrid Bergman) como la agente Ilsa Faust añade el componente femenino (intercambiable entre una película y otra) a una saga eminentemente masculina. Y lo cierto es que, a pesar de un par de planos aislados que la reducen a un trozo de carne, Ferguson construye uno de los personajes más interesantes de una película que no destaca precisamente por la profundidad de sus caracterizaciones. De hecho, uno de los puntos fuertes de Nación Secreta es su relación con Ethan, desconcertante tira y afloja que da lugar a un excitante juego de engaños evocador del Hitchcock de Con la muerte en los talonesEncadenados (sin ir más lejos, Ferguson se inspiró en la interpretación de Bergman en esta última y en Casablanca para dar forma a su personaje).

Desde que Abrams revitalizó la saga (tras aquella infame segunda parte), M:I ha progresado hasta convertirse en un infalible pasatiempo cinematográfico cuyo objetivo principal (casi diría el único) es divertir al respetable, que sabe exactamente lo que le espera nada más escuchar las célebres notas de la sintonía compuesta por Lalo SchifrinMisión Imposible no está especialmente interesada en la evolución de sus personajes, tampoco pretende innovar en ningún sentido, y no hace falta prestar mucha atención para darse cuenta de que detrás de la acción no hay nada. Pero ni esto, ni Tom Cruise, han impedido que la saga se adapte con soltura al paso del tiempo. Es más, si ha sobrevivido hasta ahora (y si aun le queda mecha) es porque ha abrazado su naturaleza de simple espectáculo de fácil digestión y ha decidido reírse de su inverosimilitud. En Nación Secreta Christopher McQuarrie (que nos impresionó recientemente con el guion de ese excelente blockbuster de auteur llamado Al filo del mañana) recoge el testigo de Abrams y Bird para seguir definiendo la etapa moderna de M:I, caracterizada por su sofisticada fusión de comedia, pirotecnia, ciencia ficción e intriga, y por demostrar una vez más que se puede hacer cine de acción que no menosprecie la inteligencia del espectador. No importa lo tonta que la película en cuestión pueda llegar a ser.

Valoración: ★★★½

Crítica: Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End)

Bienvenidos al fin del mundo The World's End

Bienvenidos al fin del mundo (The World’s End) es la última entrega de la Trilogía del Cornetto, de Edgar Wright (Scott Pilgrim contra el mundo) y Simon Pegg (Star Trek). El tándem británico sacudió el cine de terror en 2004 con la decisiva parodia Z Shaun of the Dead (aquí titulada inexplicablemente Zombies Party). La sucedió en 2007 la parodia del género policíaco Arma fatal (Hot Fuzz). Y para coronar esta saga de películas interconectadas única y aparentemente por un sabor de helado de Cornetto, Wright y Pegg realizan una incursión en la ciencia ficción con una historia apocalíptica de invasiones extraterrestres.

Mucho más próxima a la sensibilidad cómica de Douglas Adams (Guía del autoestopista galáctico) que a la reciente (y fallida) Juerga hasta el fin (This Is the End), Bienvenidos al fin del mundo es la historia de Gary King (Pegg), un cuarentón estancado en su adolescencia que reúne a sus amigos de la infancia para vivir una gran noche en el pequeño pueblo donde crecieron. Mientras los demás han pasado página y llevan grises existencias de adulto, King vive condicionado por un gran asunto pendiente: terminar “La milla de oro”, el recorrido por 12 pubs para beber 12 pintas que no consiguieron completar hace más de veinte años, y cuya última parada es la tasca The World’s End 

Bienvenidos al fin del mundoBienvenidos al fin del mundo funciona casi como un videojuego de acción. Gary y sus “cuatro mosqueteros” avanzan niveles de esta odisea alcohólica enfrentándose a enemigos salidos de Stepford, descubriendo secretos, juntando piezas del puzle y ya de paso reflexionando sobre sus vidas. Mientras el apocalipsis se cierne sobre ellos y el nivel de alcohol en sangre se dispara, la pandilla deja al descubierto heridas del pasado, y entre mamporros y carreras a contrarreloj, intenta cerrarlas.

Wright y Pegg reúnen de nuevo al grupo de alelados y carismáticos intérpretes (a destacar la otra mitad de Pegg, Nick Frost, y la adorable Rosamund Pike) con el que han trabajado en las anteriores películas del Cornetto, y los arrojan a su suerte en el Pueblo de los Malditos. El enfoque British de un género tradicionalmente yanqui proporciona buenos momentos, sobre todo por el contraste de elementos de andar por casa y sci-fi clásico (un requisito indispensable en toda película inglesa de género actual que se precie). Las peleas cuerpo a cuerpo son imaginativas y están brillantemente ejecutadas, y la película destaca cuando se adentra en terreno emotivo (Peter se lamenta de que su bully del instituto no le ha reconocido en una de las mejores escenas de la película). Sin embargo, Bienvenidos al fin del mundo está impedida de principio a fin por un humor más desganado y genérico del que esta panda nos tiene acostumbrados. Las posibilidades que brinda una buena historia como esta son desperdiciadas a favor de chistes y diálogos dolorosamente predecibles (no hay una sola vez en la que no podamos adelantarnos a la resolución de los gags), y el desinspirado desenlace confirma que Wright y Pegg no se han esforzado lo suficiente en despedir la trilogía con un ¡bang!

Valoración: ★★½