Twin Peaks: Uuh, tengo tanta curiosidad que me voy a volver loco

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“Hola agente Cooper. Nos vemos en 25 años“. Estas son las escalofriantes palabras mágicas con las que David Lynch dejaba en suspenso la historia del agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan), no sin antes sumirlo en un estado de locura al ser aparentemente poseído por Bob, el espíritu detrás del asesinato de Laura Palmer y otros acontecimientos siniestros. Más de un cuarto de siglo después, Twin Peaks vuelve para contarnos qué pasó después de aquel catártico último encuentro con Laura en la sala de las cortinas rojas. Pero no nos confundamos. Twin Peaks no vuelve porque la nostalgia fácil y los revivals estén de moda y dominen el panorama televisivo, sino que este regreso se lleva gestando desde el final de la serie original en 1991. El retorno de Twin Peaks no es un vuelta al pasado para rememorar tiempos mejores, es el pasado aporreando la puerta porque tenía varios asuntos pendientes con nosotros.

Había mucha incertidumbre en torno al estreno de los nuevos capítulos de Twin Peaks. Y no es para menos. Han pasado 27 años desde que la serie creada por Lynch y Mark Frost se convirtiera en un fenómeno mundial y cambiara la televisión para siempre, y tanto el medio como los espectadores han evolucionado a consecuencia de ello. Hoy en día, la televisión no es ajena a las propuestas extravagantes, a las narrativas exigentes y surrealistas, y la audiencia ya lo ha visto todo. Teniendo esto en cuenta, ¿puede Twin Peaks causar el mismo efecto que hace más de dos décadas? Puede que a nivel social no, pero después de ver los dos primeros capítulos del revival queda claro que Lynch conserva intacta su capacidad para asombrar, perturbar y frustrar, volviendo a hacer básicamente lo que le da la gana, al margen de normas, modas o corrientes de opinión. Es decir, aun estando ya acostumbrados a ver de todo, la nueva Twin Peaks sigue siendo como nada que hay actualmente en televisión. Y en ninguna parte.

Pero hay algo que sí ha cambiado. Y no tiene que ver con la serie en sí o las modas televisivas, sino con el propio Lynch. Esta Twin Peaks es Twin Peaks, pero también es algo distinto, no exactamente lo que esperábamos (si es que esperábamos algo concreto). No solo recupera (poco a poco) la esencia de la serie original, sino que la agita y diluye con el Lynch más tardío, el más resbaladizo y aberrante, el de Inland Empire (su última película como director, allá por 2006), y curiosamente también con el más temprano, el de sus cortometrajes experimentales y su opera prima, Cabeza borradora. Así, Twin Peaks se convierte en una especie de 100% Lynch, puro e inadulterado, un reflejo aglutinador de su evolución como artista y provocador.

Además de encontrarnos de lleno en la era de la nostalgia, desde aproximadamente una década también vivimos en la era de los recaps. Semana a semana, las publicaciones especializadas realizan análisis pormenorizados de los capítulos de las series que forman parte del Zeitgeist (PerdidosMad MenJuego de Tronos), hurgando en los rincones más oscuros, planteando teorías, intentando predecir lo que vendrá a continuación. Ni que decir tiene que Twin Peaks será escrutada incansablemente todas las semanas, hasta que Showtime (Movistar+ en España) haya terminado de emitir los 18 episodios del revival. Pero Lynch no creó esta serie para que lo eruditos de Vulture o The A.V. Club realizasen autoindulgentes tesinas semanales con ella, sino para que el espectador se zambullese en la aturdidora pesadilla que propone y la viviese en primera persona, sin distracciones o explicaciones de más. Por eso es aconsejable completar el ejercicio de regresión dejándose llevar por la locura lynchiana, desentrenando la mirada, sin sobreanalizar demasiado, teniendo claro que estamos ante una serie a la que cuanto más le pidamos que nos aclare las cosas, más se recreará confundiéndonos.

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Porque como decía, Lynch sigue tan terco y único como siempre. Afortunadamente. Las dos primeras horas de la nueva Twin Peaks nos devuelven al maestro de la narración onírica, del surrealismo y la comedia absurda. Pero también al Lynch más extraño y turbador (que ya es decir), y al que más disfruta poniendo a prueba la paciencia del espectador. Vuelven los trances lisérgicos de Cooper en la sala de las cortinas rojas, los mensajes crípticos del revés al derecho, las apariciones fantasmales, los crímenes macabros y los estallidos de griterío estridente (si Twin Peaks fuera un estado de ánimo, y en cierto modo lo es, sería la histeria). Vuelve Laura Palmer (en una escena que pondrá los vellos de punta a todo el mundo), vuelve la Mujer del Leño (en otra escena con la que es difícil contener las lágrimas), vuelve el humor impredecible, las lánguidas actuaciones musicales (Chromatics y Lynch, una colaboración lógica, acompañando un reencuentro precioso), los diálogos secos y dilatados, y los sorprendentes montajes visuales que parecen de broma (ahora más chocantes porque Lynch sigue tan rústico en sus “manualidades” como hace tres décadas).

Pero esto es solo el principio (otra vez), y hay novedades, muchas novedades. Un nuevo misterio que en esta ocasión no se limita a los confines del fantasmagórico pueblo, sino que se extiende a lo largo del país, presentándonos a nuevos personajes (incluida una rama parlante que será sin duda la incorporación más popular a la serie) y nuevas piezas de un puzle con el que Lynch se sumerge, ya de cabeza y sin ambigüedades, en el género fantástico. Y por último, pero no por ello menos importante, en los nuevos capítulos, Twin Peaks es más delirante y terrorífica que nunca. Las deformidades propias de los primeros trabajos cortos de Lynch reaparecen para provocar los escalofríos más intensos en imágenes que difícilmente podrán borrarse de nuestra memoria (sí, estoy hablando de lo que ocurre en la caja de cristal en el primer capítulo), demostrando una vez más que el terror más efectivo y duradero es el que se origina en la parte más oculta del subconsciente. Y estas imágenes (por ahora) no vienen acompañadas del mítico y omnipresente score de Angelo Badalamenti, sino que las melodías de siempre suenan en ocasiones muy contadas y de manera velada, dejando el protagonismo a ese constante zumbido pesadillesco y desasosegante que recorría Mulholland Drive y, sobre todo, Inland Empire.

La opinión más extendida, casi universal debido a lo mucho que se repite, sobre Twin Peaks se puede parafrasear así: “No me he enterado de nada, pero me encanta”. Ese es Lynch, un autor que apela a los instintos más primarios del espectador, que narra desde una lógica interna muy personal y que, aunque es generoso con las pistas para que atemos cabos (o para que perdamos la cabeza), antepone la visceralidad a la transparencia. Ese es el Lynch que nos gusta, el que hace lo que quiere, liberado, sin cortapisas creativas. Y es que no hay otro. Cuando hace unas semanas anunció que probablemente no volvería a dirigir una película nunca más, muchos nos lamentamos por la mala noticia, yo incluido. Pero es absurdo, las fronteras entre cine y televisión nunca han estado más difusas, y precisamente Lynch es uno de los autores que siempre han estado por encima de ellas. Ahora que hemos vuelto a Twin Peaks, solo me queda alegrarme por tener casi 20 horas nuevas de puro Lynch y dar las gracias por haber llegado vivo a verlas.

Penny Dreadful: Poesía de las tinieblas

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Penny Dreadful surgió a rebufo de American Horror Story. La serie de Ryan Murphy se encontraba en su cima de popularidad, y Showtime decidía introducir su propia ficción de terror fantástico en una programación formada principalmente por dramas y comedias adultas. Sin embargo, solo hizo falta ver un episodio para comprobar que la serie, producida entre otros por Sam Mendes, no era una respuesta a AHS, sino un programa con entidad propia que no quería tener nada que ver con ella. Una vez desechadas las comparaciones, nos adentramos en Penny Dreadful para descubrir un rico universo basado en la literatura gótica que hacía de la carga dramática de sus historias y la intensidad de sus interpretaciones su mayor baza y seña de identidad. Con su estupenda segunda temporada, Penny Dreadful se confirma no solo como una de las series fantásticas más destacadas del momento, sino también como uno de los dramas más exquisitos de la televisión.

Para los que no la han visto, Penny Dreadful está ambientada en el Londres de finales del siglo XIX y cuenta los orígenes de algunos de los personajes más célebres de la literatura fantástica y de terror, como el doctor Frankenstein, Dorian Gray, Drácula o Van Helsing. Todos ellos comparten un suntuoso escenario victoriano poblado en las sombras por las criaturas de la noche, vampiros, hombres lobo, espíritus y brujas, y encuentran su nexo de unión en la historia de Vanessa Ives (Eva Green), una joven médium que posee una estrecha conexión con el diablo y las fuerzas del mal. Penny Dreadful (el nombre despectivo que recibían en Inglaterra las historias de terror sensacionalista vendidas por fascículos a un penique) propone una visión clásica de los mitos literarios a la vez que reformula sus normas y particularidades para adaptarlos al entorno ficcional compartido en el que deben convivir. Es decir, la serie se mantiene respetuosa al material de referencia, pero introduce numerosas licencias para reinventar y cruzar las fábulas que adapta, y conservar así el factor imprevisible y sorpresivo que caracteriza a toda serie moderna de calidad.

Penny Dreadful destaca sobre todo por su elegante factura y su refinada estética preciosista (sublimes la fotografía y la banda sonora), pero la serie es mucho más que un regalo a la vista para los aficionados al terror gótico. Estamos ante una de esas ficciones seriales que se cuecen a fuego lento, que dedican episodios enteros a introducirse en la psique de los personajes y relegan la acción a momentos puntuales, para amplificar así los acontecimientos más impactantes y darles mayor significado. Cuando Penny Dreadful lo cree oportuno, eleva las cotas de intensidad para dejarnos imágenes de belleza hipnotizadora, terroríficos trances de pesadilla o sobrecogedoras escenas bañadas en sangre que nunca pierden su valor poético. Hay que dejar que Penny Dreadful se desarrolle a su ritmo, con paciencia y atención, para que la serie nos recompense con estos instantes encarnizados de embrujo y lirismo.

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En este sentido, la segunda temporada ha supuesto una mejora considerable con respecto a la primera, ya destacable, pero ligeramente más deslavazada por su naturaleza de introducción a una historia con diversos orígenes y referentes. En estos recientes diez episodios (o fascículos) se ha desarrollado una trama más centrada y cohesionada gracias a la que hemos podido disfrutar de una dinámica de grupo con más énfasis en las relaciones que mantienen unidos o enfrentados a estos personajes -con especial atención a secundarios al margen como Brona/Lily (Billie Piper), cuya sorprendente evolución ha dejado patente el interés de la serie por acentuar a los personajes femeninos. Además, hemos contado con la distinguida incorporación de otra gran actriz británica de televisión, Helen McCrory, como la villana principal de este año, Madame Kali, poderosa amenaza que ha puesto en jaque a los protagonistas durante toda la temporada, para culminar en un excelente clímax en el espeluznante castillo de las brujas.

Pero la atracción principal de Penny Dreadful sigue siendo Eva Green, ese portento de la actuación que se ha entregado en cuerpo y alma a su personaje. No cabe duda de que Vanessa Ives (por la que Green ha sido injustamente ignorada por los premios Emmy) es el corazón y las entrañas de Penny Dreadful. Durante la segunda temporada, la actriz nos ha vuelto a arrebatar con un impresionante trabajo de interpretación en el que se ha retorcido física y psicológicamente hasta el extremo, abandonándose una vez más a la oscuridad y la demencia que posee al personaje. Y al igual que en la temporada pasada, la serie le ha dedicado un episodio independiente y autoconclusivo para que esta no solo muestre lo que es capaz de hacer con el cuerpo y los ojos, sino también para que destape más capas de la fascinante Señorita Ives. Estoy hablando del magnífico “The Nightcomers” (2×03), más que un episodio una película, en la que además Green cuenta con el contrapunto de una sensacional Patti Lupone. Pero este capítulo es solo un ejemplo del alto nivel de la segunda temporada, en la que Penny Dreadful ha sacado provecho a su potencial, para transcender la etiqueta de “la Liga de los hombres extraordinarios televisiva” y convertirse así en una de las mejores representantes del género fantástico en televisión.

Californication: …Y así, hasta el final

Episode 712

Esta entrada contiene spoilers de la series finale de Californication. No la leáis si no habéis terminado la serie.

Californication, la serie guarrindonga de David Duchovny, ha tocado a su fin después de 7 temporadas en antena, y su último episodio, “Grace” (7.12), ha sido una auténtica basura maloliente. De hecho, la serie lleva ya muchas temporadas apestando a perro muerto, sin lograr justificar el estiramiento y la repetición que la estancó, si me apuráis, ya desde su segunda temporada. Pero que Californication haya acabado siendo un fiasco, o haber sufrido una temporada final insultantemente mala no es culpa de su creador, Tom Kapinos, ni de Duchovny, ni si quiera de Showtime, que nunca ha sabido y nunca sabrá cuándo y cómo terminar sus series. Culpar a toda esa gente sería como culpar a un búho de lo malo que soy haciendo analogías. La culpa es mía, por haber visto lo que había desde el principio, y aún así haberme quedado a soportar la tortura del “otro año, volvemos a empezar”. Lo que yo hago con mi tiempo es mi responsabilidad, y si Californication me ha hecho perderlo, la culpa es solamente mía.

Pero solo porque admita esto, la serie no se va a ir de rositas. Californication ha tenido sus buenos momentos, sus buenos episodios -de hecho, perfeccionó el arte de la diner party dándonos al menos un gran capítulo de este tipo por temporada-, y se puede dar con un canto en los dientes por no aburrir nunca, a pesar de todo. Sin embargo, llega un momento en el que nada de esto es suficiente para explicar que un producto así haya permanecido en televisión la friolera de siete años. Californication fue una de esas series que no va de nada, pero en el mal sentido. Una historia sin rumbo, sin ton ni son, sin razón de ser, que deambulaba y giraba siempre sobre lo mismo, y rellenaba medias horas con montañas de sal gruesa. Llega un momento en el que el sexo explícito, aberrante y esperpéntico que caracteriza a la serie deja de impactar, y de tener gracia. Y cuando lo único que queda de la serie es eso, mal, muy mal. Californication era mejor cuando se centraba en la “gran historia de amor” de Hank y Karen, pero llegó un momento en el que ya no quedaba nada que contar sobre ella. Sin embargo, lo que no se agota son los dildos, las tetas, las putas, la coca, los chistes anales. No me malinterpretéis, de puritano no tengo nada. De hecho lo que quiero decir es que Californication fue tan pesada con este tema, acabó haciéndolo tan rutinario, que podría curar de espanto a una monja.

Episode 712

Californication fue degenerando temporada tras temporada. Cada año nos ofrecía un nuevo escenario laboral en el que Hank Moody pudiera ser Hank Moody, es decir, para que hiciera lo mismo de siempre, pero con un entorno distinto para disimularlo un poco. La universidad, un estudio de cine, o como esta temporada, la sala de guionistas de una serie de televisión. Todos los años es lo mismo, Hank intenta reformarse a través del trabajo para demostrar a Karen que puede ser un hombre nuevo, pero no hay manera. En cierto modo podríamos entender esta repetición y el carácter cíclico de la serie como reflejo de la personalidad del protagonista, propenso a tropezar siempre con la misma piedra, sin remedio ni capacidad de cambiar y evolucionar. Pero esta idea funciona solo en teoría. Un personaje así puede resultar atractivo e interesante (y desde luego si yo aguanté viendo la serie fue por Moody y Duchovny), pero una serie así acaba cansando muy pronto. Por eso cuando llega su última temporada, y comprobamos que no hay voluntad de clausura, y que va a consistir en el mismo relleno de siempre, nos damos cuenta de que Californication nunca nos quiso contar nada, y que al final ha optado por escudarse en el lugar común de las series “la vida continúa, no tiene fin” para excusar un final pobre, vago, inconcluso y anticlimático.

Ya desde el comienzo de la séptima temporada pudimos ver cómo el buque se empezaba a hundir por completo. La marcha de Becca dejaba la serie coja (quién me iba a decir a mí que iba a echar de menos a esa niñata insoportable), y en vez de centrarse en Hank y Karen, que era la única constante que funcionaba de la serie, se optaba por hacer retcon e incorporar a la serie a un hijo perdido de Moody, Levon, y con él a su MILF, Julia, interpretada por una estupenda Heather Graham (de lo poco verdaderamente bueno que ha tenido esta temporada). Vuelta a empezar. Los Simpson se reiría de este recurso y lo identificará como síntoma del declive definitivo. El personaje de Levon aparecía con la intención de seguir explorando la faceta paternal de Hank, pero acabó sirviendo únicamente para rellenar capítulos con más tramas marranas -aunque sorprendentemente él ha sido quien ha tenido el final más satisfactorio. Y no me hagáis hablar de Runkle y Marcy, dos personajes importantes relegados a segundo plano por los fichajes de última hora, y de esa absurda trama a lo Una proposición indecente que nunca debería haber existido, y ha acabado siendo el único arco final para ellos. Un despropósito absoluto, sobre todo porque la idea no se sostiene de ninguna manera: ¿Cómo nos vamos a creer que el hecho de que el ex de Marcy, Stu Beggs, le quiera pagar un millón de dólares por acostarse con ella suponga algún dilema para esta pareja de libertinos übersexuales que hasta hace poco han estado pasándose por la piedra todo lo que se han encontrado? En una pareja “normal” lo entenderíamos, en su caso no tiene sentido. En fin.

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El regreso de Becca en los dos últimos episodios vaticinaba al menos un final que nos diera algún tipo de resolución, uno de esos instantes de introspección, de calma después de la tormenta que hacían que nos reconciliásemos siempre con la serie, aunque fueran siempre iguales. Pero nada más lejos de la realidad. Becca vuelve para anunciar que se casa, y la única escena que comparte con su padre en el final es un sueño. No vemos la boda (que no era imprescindible, pero habría estado bien para dar final al personaje, joder). Claro que lo suyo no es nada al lado de Julia, a la que Hank encasqueta a Rick (Michael Imperioli) en un movimiento de ficha que no se puede explicar dentro de los límites del sentido común, si no es para quitarse de en medio lo más rápido posible al personaje -se suponía que la idea era la clásica disyuntiva entre dos amores, pero ni siquiera esto se ha contado con claridad y coherencia. Una prueba más de que la mala gestión narrativa de la temporada, que se ha dedicado a perder el tiempo hasta que en el último episodio lo ha tenido que calzar todo de manera apresurada -el estúpido desenlace de Marcy y Runkle es más ofensivo que cualquier acto degenerado que los hayamos visto protagonizar a lo largo de estos siete años.

Y como decía antes, ya que en las anteriores seis temporadas nos han contado todo lo que nos tenían que contar sobre Hank y Karen, ya no quedaba nada que decir en este frente. Así que Californication echa mano de uno de los recursos más fáciles de la comedia romántica para terminar la serie (muy final de Friends, por cierto): Un discurso de él hacia ella en el avión a punto de despegar, con el pasaje poniendo cara de “aaaww” (faltó el aplauso). Las palabras de Hank son preciosas, eso está claro, y el gesto de cogerse de la mano es quizás lo mejor que se podía haber hecho llegados a este punto. Pero en general supone un final blandengue donde los haya, y no por su carga dulzona y romántica, que siempre nos ha gustado cuando se trata de estos dos, sino por lo apático y descuidado que resulta todo. Solo los cinco últimos minutos de Californication merecen la pena de este final. Y tiene truco, porque cualquier cosa parece bonita y emocionante con “Rocket Man” de Elton John sonando de fondo. Hank confiesa en su discurso a Karen que le pierden los finales felices. A nosotros también, Hank, pero además nos gusta que sean buenos.

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Shameless: Naturaleza irreverente

SHAMELESS (Season 4)

“When you grow up in this house, you think that nothing can shock you anymore. And then…” -Fiona Gallagher

Estas palabras sirven para describir a la perfección lo que es Shameless, adaptación estadounidense del drama homónimo británico de Channel 4. La casa de los Gallagher, en el barrio más pobre del sur de Chicago, es el mayor campo magnético para el desastre. Un padre alcohólico y vagabundo, una madre bipolar que ha abandonado el nido, y una muchacha de apenas 20 años, Fiona (inconmensurable Emmy Rossum), que tiene que ejercer de mater familias del clan, completado por cuatro hermanos y una hermana, más los constantes agregados, vecinos, novios, novias, y demás “okupas”, que no permiten que el silencio ponga un pie en casa ni un solo minuto. No importa lo disparatado y descabellado que sea, todo puede pasar bajo este techo en el que conviven en caótica armonía los sinvergüenzas más adorables del medio este norteamericano.

Los Gallagher son basura blanca y lo saben. Shameless se recrea en la inmundicia, la disfuncionalidad y la delincuencia que forma parte del día a día de estos personajes, y en la tradición más trash de la cadena en la que se emite, Showtime, no conoce límites ni censuras. Estamos quizás ante una de las series que ha ido más allá en cuanto a lo que se puede o no se puede enseñar en televisión. Shameless es la prueba de que cualquier aberración y anomalía que puedas imaginar es posible -especialmente aquellos tabúes relacionados con los menores, que en esta serie se convierten en el pan de cada día. Sin embargo, la casquería y sal gruesa de esta serie funciona porque su honestidad es conmovedora, y porque bajo toda la mugre, la capa de sudor de estar una semana sin ducharse y el olor a cenicero, late un corazón gigantesco. Shameless no es un drama que afecte emocionalmente, es mucho más, es una serie que golpea, que machaca, que destroza cuando se lo propone. Las tragedias cotidianas de los Gallagher nos calan como el invierno de Chicago en los huesos, pero su perturbado sentido del humor y su enorme poder para emocionar siempre prevalece, convirtiendo la serie en lo más parecido a una “dramedia pura” -no en vano, este año pasa a competir en la categoría de comedia en los Emmy, después de tres años optando a la de drama.

Shameless se caracteriza, y a su vez se diferencia de la mayoría de series actuales, por su capacidad temeraria para avanzar y evolucionar. Es cierto que los reveses que golpean a la familia tienen un evidente carácter cíclico, es decir, siempre se enfrentan a los mismos problemas: encontronazos con la ley, malabarismos para pagar las facturas y poner seis platos de comida en la mesa, constantes amenazas de los servicios sociales, etc. Ni que decir tiene que los Gallagher tienen buen fondo -todos menos Frank, el padre, interpretado a las mil maravillas por William H. Macy-, solo que el karma simplemente no se atreve a poner un pie en su barrio. Por eso, no importa que se porten bien con el mundo, su naturaleza les obliga a comportarse erráticamente de manera compulsiva y el destino simplemente no quiere que haya paz en su casa. La cuarta temporada, que acaba de tocar a su fin en Estados Unidos, ha ido más allá en este sentido. Ha puesto a los personajes al límite y ha trastocado la (des)estructura familiar para demostrarnos que no podemos dar nada por sentado en esta serie.

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Ese miedo a que cualquier cosa puede pasar, a que nadie está a salvo de caer de una manera u otra (como en Juego de Tronos pero sin decapitaciones, aunque tampoco desentonarían) es lo que hace que seguir Shameless suponga una experiencia tan satisfactoriamente tumultuosa y adictiva para el seriéfilo. No nos cuesta involucrarnos, porque queremos a estos personajes, y nos importan de verdad, porque nos preocupa de qué manera esquivarán la mala suerte o se enfrentarán a las consecuencias de sus actos. Y a pesar de que estábamos más que acostumbrados a verlos tropezar semana tras semana, a verlos inmersos en las desventuras más zafias y escandalosas, lo de esta temporada ha llevado las cosas a otro nivel -tanto que por fin parece que la serie comienza a recibir la atención que merece. Shameless ha decidido poner más patas arriba aún a los Gallagher, empezando por los dos miembros mayores de la familia: Frank, que ha estado toda la temporada entre la vida y la muerte, y Fiona, que esta vez no ha sido capaz de evitar la espiral de autodestrucción a la que estaba abocada desde el principio. El resultado ha sido la temporada más oscura de Shameless hasta la fecha.

Que Frank y Fiona hayan tocado fondo (y cuando digo tocar fondo refiriéndome a esta serie estoy hablando de tocar con las narices el fondo de un pozo kilométrico lleno de bichos, heces y demonios) ha afectado a la dinámica del hogar de los Gallagher. El hermano mayor, Lip (Jeremy Allen White, ese irresistible galán barriobajero y Bob Dylan moderno), ha sustituido a Fiona como el sustendador principal de la familia, el pegamento que la ha mantenido unida (a duras penas) durante la ausencia de su hermana. Claro que los Gallagher más pequeños están acostumbrados a valerse por sí solos desde la cuna. Por eso esta temporada también ha servido para que Debbie (Emma Kenney) y Carl (Ethan Cutkosky) pasen a primer término y tengan sus propias tramas de “madurez”, que, cómo no, han tenido que ver con el despertar sexual y los primeros pasos en el campo de batalla que es el amor en tiempos de acné. Estos dos personajes nos han dado quizás los momentos más tiernos de la temporada, aunque como no puede ser de otra manera hayan estado aderezados con el ocasional atraco a mano armada.

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Sin embargo, la oscuridad ha tenido un reverso luminoso para casi todos los personajes. En especial para lan (Cameron Monaghan), el otro miembro de la familia que se ha llevado la peor parte este año, y cuya enfermedad seguramente copará la próxima temporada. Después de cuatro años en los que su relación con Mickey Milkovich (Noel Fisher) no terminaba de despegar (en la historia y a nivel narrativo parecía que no había interés en explorarla de verdad), lo suyo también ha adquirido relevancia en la serie, regalándonos momentos de auténtica emoción a flor de piel, y redimiendo por completo a un personaje como Mickey, que ha pasado de cretino a héroe romántico, de cliché a personaje enteramente desarrollado, en el transcurso de la temporada. Su salida del armario en el Alibi (el bar local), y todo lo que ello desencadena, compone una de las tramas más emocionantes y valiosas de lo que llevamos de serie. Shameless será muy cafre e inmoral, pero también es una de las ficciones que mejor labor desempeña promoviendo la tolerancia y la compasión.

Lo que no cambia, y a estas alturas parece claro que no cambiará nunca, es Frank. Si algo nos indica la última secuencia de esta temporada, brutalmente triste y agria, es que a) él es una cucaracha, y las cucarachas nunca mueren y b) un Gallagher siempre será un Gallagher. Shameless deja la historia en un punto en el que se hace difícil imaginarla yendo a mejor para sus protagonistas, aunque el regreso de Fiona reestablecerá el “orden” en casa -y a pesar de esa secuencia post-créditos, un game-changer en toda regla. Con Frank volviendo a las andadas y Ian sumiéndose en su enfermedad, podemos esperar con toda seguridad mucho más de este dolor de corazón que nos provoca constantemente esta serie. Pero también podemos contar con algo que no cambia nunca: ocurran las desgracias que ocurran, los Gallagher (y familia extendida) siguen siendo la alegría de la tele, y Shameless la mejor serie que no estáis viendo.

Réquiem por Homeland

Homeland Carrie Brody

Esta entrada incluye spoilers del final de la tercera temporada de Homeland.

Aquello de “todo lo que sube rápido, baja rápido” debería estar escrito en letras grandes en la pared de todas las cadenas de televisión. Sabemos que hoy en día es muy importante que una serie sea buena desde el principio, porque la oferta es demasiado extensa y el espectador del siglo XXI ya no tiene tanta paciencia, ni tiempo. Pero también sabemos que cuando una serie juega todas sus cartas en la primera temporada, ganándose los vítores de público y crítica desde el minuto cero, es inevitable que la trayectoria después de esto sea descendiente. Homeland se ha convertido en el caso modelo para ilustrar esta tendencia. Su primera temporada se llevó de calle a todo el mundo. La segunda entrega, aunque empezaba a renquear, se las arregló para mantenerse fresca, para sorprender y seguir enganchando. Sin embargo, la tercera, que acaba de tocar a su fin en Estados Unidos, ha puesto de acuerdo a todo el mundo en una cosa: Homeland debería haber sido una miniserie.

Pero estamos hablando de Showtime, una cadena conocida por exprimir sus éxitos hasta lo indecible. Y si no mirad lo que hizo con Dexter, que duró ocho años en antena. Showtime ha demostrado que le da igual que la reputación de sus series salga perjudicada mientras estas sigan siendo rentables, y que estirar una cuerda que ya no puede tensarse más no es un problema para ellos. La de Homeland se ha roto esta temporada, y aunque quizás no debamos sacar conclusiones precipitadas, da la sensación de que no tiene arreglo. Muchos achacan el bajón de calidad de la serie al fallecimiento de uno de sus capitanes, Henry Bromell. Y aunque la desaparición de uno de sus principales guionistas puede relacionarse directamente con la trágica desorientación que ha experimentado la primera mitad de la nueva temporada, Bromell había dejado escrito andes de marcharse el episodio “Tower of David”, uno de los peores (si no el peor) de lo que llevamos de serie. Vamos, que el destino de Homeland estaba sellado antes de la muerte de Bromell. Y al final se ha revelado que su mayor virtud, ir a por todas, sin miedo, sin mirar atrás, ha sido también su peor enfermedad.

Homeland

Homeland se ha convertido en el cuento de nunca acabar. La muerte de Abu Nazir al final de la segunda temporada otorgaba cierre al arco argumental más importante de la serie. Pero el terrorismo no se acaba, y la bomba de Langley servía como reset de la historia, que a partir de ahora se dirigiría en otra dirección. Todo estaba bien planeado y atado (el vídeo de Brody, el demencial plan de Saul y Carrie para utilizar a Brody) pero la primera mitad de la nueva temporada incurría en todos los errores de una serie a la que se le ha acabado la mecha y debe seguir a la fuerza. Falta de propósito, tramas secundarias descolgadas, personajes desaprovechados, relleno, repetición. Y en consecuencia: hastío y aburrimiento, esa sensación de estar haciendo los deberes que arruina la experiencia de las que un día fueron nuestras series favoritas. Algo que no pensábamos que Homeland nos daría hasta que Dana Brody atropelló a una mujer junto al hijo del vicepresidente en la segunda temporada. En ese momento se encendió el piloto rojo (¡que te veo, tiburón!). Peligro, Homeland empieza a parecer de verdad un drama Showtime. Y de ahí a la autoparodia hay un paso, como hemos comprobado este año.

Porque Carrie Mathison es un gran personaje, y Claire Danes es una gran actriz. Pero la intensidad de su interpretación y las idiosincrasias extremas del personaje, por muy fascinantes que fueran, corrían el riesgo de cansar. Y así ha sido. Las muecas de Danes son un reflejo de la espiral de repetición en la que la serie se ha perdido. Y la frase estrella de Carrie, “He cometido un error. No volverá a ocurrir”, debería ser su nuevo eslogan. Homeland se ha ido transformado poco a poco en una serie formulaica: Carrie tiene una teoría o un presentimiento, Saul (que aunque parezca lo contrario siempre confía en ella) le da órdenes y ella las desobedece. Siempre acierta, pero hay consecuencias. Vuelta a empezar. Lo que mejor funcionaba de las dos primeras temporadas era esa enervante incertidumbre que nos provocaban los personajes, las dudas que despertaban sus acciones, sus alianzas. No fiarse de nadie era divertido. Pero ese juego de despistes y engaños, magistralmente utilizado hasta ahora, ha desaparecido. Hay un límite de veces que se puede recurrir a la doble jugada. Sí, aunque estemos hablando de una serie de espionaje.

Homeland poster

Haber alargado Homeland ha hecho que la serie pierda verosimilitud trágicamente. A pesar de estar profundamente arraigada en nuestra realidad geopolítica, nunca ha dejado de ser una ficción que ha requerido suspender la incredulidad (y nosotros hemos aceptado encantados, porque el material lo merecía). Pero el pacto que existía entre ficción y espectador empezó a resquebrajarse con los nuevos episodios, y cada vez costaba más hacer la vista gorda con determinados giros y acontecimientos (sin ir más lejos, Carrie paseándose por Teherán mientras Brody lleva a cabo la doble jugada definitiva para asesinar a Akbari… en fin). Muchos se han cansado de participar en este juego, a pesar de que se ha tratado de fundamentar trazando una especie de nuevo núcleo temático: el declive de la CIA (“No creo que nada justifique el daño que provocamos” -Quinn). No está mal, pero ya es demasiado tarde.

A pesar de la pérdida de sutilidad e impacto que ha sufrido la serie, la tercera temporada ha sabido retomar el cauce y terminar con buen pie. De hecho, si no fuera porque sabemos que habrá cuarta temporada, “The Star” (3.12) sería una gran series finale -ojalá lo fuera de verdad. Los productores llevaban mucho tiempo planeando sacar a Nicholas Brody del relato, porque como nosotros, ellos también eran conscientes de que su personaje tenía fecha de caducidad. El problema es no haber aceptado que la fecha de caducidad de Brody era la misma que la de Homeland. Su impactante muerte en “The Star” deja la serie sin uno de sus dos protagonistas (sí, Saul ha tenido más protagonismo este año, pero ya me entendéis), y aunque el centro de la historia siempre ha sido Carrie, con Brody se marcha gran parte de la esencia de Homeland. Se lo dice Javadi a Carrie al final: “Siempre ha sido por él. Querías que todos lo vieran a través de sus ojos”. Por todo esto, “The Star” es un final final. Ese precioso plano de Carrie dibujando la estrella de Brody en el homenaje de Langley es un broche de oro y representa brillantemente qué ha sido Homeland, y quién es Carrie Mathison. ¿Pero ahora qué? ¿Nos interesa una nueva Homeland? ¿Nos convence una relación entre Carrie y Quinn? ¿Merece la pena seguir sólo porque Dana ya no está en la serie? ¿Y si Brody no está muerto y no es más que otra doble jugada? Da igual el camino que tome, la Homeland que conocíamos ha muerto. Descanse en paz.

Dexter: De luces y sombras (sobre todo sombras)

Remember the Monsters 2

Se acabó la agonía. Dexter ha tocado a su fin después de ocho largos años en antena. Hay cierta unanimidad en identificar una caída en picado de calidad desde el final de la cuarta temporada. Es decir, Dexter se ha quedado cuatro años de más con nosotros, tiempo en el que la que un día fue buque insignia de Showtime ha ido desvelando su verdadero rostro. Dexter tuvo la suerte de nacer al comienzo de la Tercera Edad de Oro de la TV, y jugó muy bien sus primeras manos. Era algo que no habíamos visto nunca, cambiaba las normas del juego. El héroe era un psicópata. Siguiendo la tendencia al protagonismo de personajes amorales y criminales que comenzó Los Soprano, Dexter Morgan se convirtió en precedente y referente. Pero lo cierto es que echando la vista atrás a estos 8 años, es fácil darnos cuenta de que Dexter en realidad nunca fue para tanto.

Las últimas temporadas de la serie no han hecho más que poner de manifiesto los errores en los que Dexter llevaba incurriendo casi desde su segunda temporada. El problema es que era fácil hacer la vista gorda, porque el personaje era interesante, y la trama enganchaba manejando la tensión como pocas. Lo que hemos presenciado en estos últimos años es una dramática y descorazonadora pérdida de pasión y esfuerzo por parte de todos los responsables de la serie. Desde la infame sexta temporada (uno de los mayores despropósitos de la historia de la televisión), Dexter se ha movido por inercia, manifestando todos los efectos secundarios del tan contraproducente estiramiento y brillando únicamente a la hora de cerrar las temporadas (la serie nos ha proporcionado grandes cliffhangers, eso hay que concedérselo). Al contrario que Breaking Bad (con la que guarda más de una semejanza), Dexter no ha sabido cuándo era el mejor momento para dejar de contar su historia. Y así le ha ido.

Remember the Monsters 1

Otras series longevas que se han despedido en los últimos años, Mujeres desesperadas o The Office, han sido capaces de compensar sus decepcionantes temporadas tardías con últimos episodios que han cerrado sus historias con dignidad. No ha ocurrido lo mismo con Dexter. La octava temporada ha sido todo lo contrario a lo que los fans de la serie esperaban, todo lo contrario a lo que la temporada final de una serie tan larga (y antaño adorada) debería ser. En lugar de centrarse en los protagonistas y completar sus recorridos en la serie, se ha optado por construir una temporada más, con nuevos personajes y el asesino de turno con el que Dexter ha establecido el enésimo vínculo emocional de la serie. Pero en serio, ¿cuántas veces se ha topado Dexter con alguien que lo “entiende de verdad”, “que ve al monstruo y no se asusta”, con quien por fin puede ser quien es en realidad?

Este factor groundhog day es sin duda la prueba de que Dexter (la serie y el personaje) no ha evolucionado nunca y que el discurso detrás del personaje ha sido siempre tremendamente endeble. El reciclaje de diálogos y repetición de esquemas narrativos y situaciones es la mayor constante de la serie. Lo que diferencia a una gran serie de una mediocre es saber evolucionar, no quedarse estancada en los mecanismos y los trucos de siempre. En la televisión es muy difícil cambiar, y casi ninguna serie lo hace realmente (¿no ha sido esa la esencia misma de la tele casi toda la vida?) Las que lo consiguen son las que logran un puesto destacado en la historia de la televisión. Dexter no ha cambiado en ocho años, lo que ha generado agotamiento y ha revelado una verdad que logró mantenerse oculta durante cuatro años: siempre ha sido un procedimental de network con palabras malsonantes y desnudos ocasionales que no ha hecho nada para merecerse ese puesto en la historia de la tele.

Remember the Monsters 4

El episodio final de Dexter, “Remember the Monsters?” no ha hecho más que aumentar la decepción y el hastío de sus seguidores, para los cuales la serie se había convertido en una tarea más que un pasatiempo. Después de ocho años mareándonos con sus clónicos monólogos interiores que revelaban un tumulto interior cada vez más confuso y quebradizo, estábamos a punto de conocer el destino final de Dexter Morgan. Por desgracia, este ha llegado tan tarde que cualquier opción iba a conllevar decepción en mayor o menor medida. Sin embargo, el principal problema del final no ha sido que de todos los posibles desenlaces se escogiera uno en concreto (uno además corbarde), sino la poca pasión y la increíble desgana con la que se ha acometido.

En lugar de corregir los errores del pasado, la octava temporada de Dexter los ha magnificado y se ha recreado en ellos. Esos diálogos sobre-explicativos y artificiosos que evidencian a unos guionistas que nunca fueron prodigios precisamente, pero que en los últimos años estaban además cansadísimos. Esas situaciones inverosímiles que cada vez se esforzaban menos en disimular (siempre nos ha hecho falta un gran ejercicio de suspensión de la incredulidad para ver esta serie, pero los niveles de ridículo de los gazapos e incongruencias de la octava temporada han sido antológicos, y ni el más dispuesto ha conseguido pasarlos por alto). Esos personajes secundarios (los agentes del departamento de policía más incompetente de la historia de la tele) que han sido siempre el mayor lastre de la serie, y que la octava temporada, en lugar de ser involucrados en la trama principal, han seguido a su rollo con sus insulsas subtramas que nunca han aportado nada: el ascenso de Quinn y su relación con la niñera, la hija de Masuka (al que por cierto no vemos en el final, ¿será suyo el spin-off que se prepara? Terror). Por no hablar de lo poco que han aportado los nuevos: Elway (Sean Patrick Flanery), la doctora Vogel (Charlotte Rampling) o Zach Hamilton, personajes que podían haber funcionado pero que han sido manejados con la mayor de las ineptitudes y en última instancia barridos debajo de la alfombra.

Remember the Monsters 3

Ni siquiera la relación entre Dexter y Debra, que ha sido siempre el alma y corazón de la serie, ha sido explotada como un final se merecía. Debra es el único personaje que ha evolucionado, el único que ha ido a más mientras todo lo demás iba a menos, llegando en un momento a ser lo mejor, o lo único bueno de la serie. Sin embargo, la octava temporada la ha convertido en una presencia fantasmal, una sombra del personaje que fue. Su desenlace, por muy coherente que sea con la historia de Dexter (Debra es su última víctima), resulta indignante, y lo peor de todo, carente de emoción. Claro que gran parte de la culpa también la tiene Michael C. Hall, cuya interpretación ha ido empeorando al compás de la serie. Hall ha pasado de revelación a caricatura en el transcurso de la serie. Sobreactuado, ceremonioso y teatral cuando menos tenía que serlo, y al final, una ridícula parodia del personaje que fue.

“Remember the Monsters?” es el final más anticlimático y desapasionado que se podía esperar. En el anterior episodio, Dexter había visto la luz. Después de ocho años de diatribas morales, y tras entrar en contacto con su humanidad en infinidad de ocasiones, había llegado el momento de colgar el cuchillo de carnicero. Porque sí, porque aunque haya tenido motivos de sobra para hacerlo desde hace mucho tiempo (Rita, los hijos de esta, Harrison, Debra), el amor por la aburrida Hannah McKay es su catalizador final. Pero la verdadera razón es que se acaba la serie, y ya no hay necesidad de seguir mareando la perdiz. Así de gandules son los guionistas de esta serie.

Dexter finale

Claro que todos sabíamos que Dexter Morgan no se merecía un final feliz, y de haberlo obtenido, quizás la ira habría sido mayor por nuestra parte. Por eso, después de arrojar a Debra al mar donde están todas sus víctimas (vale, pillamos la metáfora, pero la pobre Debra no merecía descansar para siempre rodeada de los fantasmas de su hermano), Dexter se adentra en el ojo del huracán Laura. La muerte de Dexter, por muchas implicaciones y complicaciones morales que nos suponga, era el final más lógico, e incluso el más aceptable, para el personaje. Pero como sospechábamos, los guionistas de Dexter siempre han creído de verdad en el discurso pro-pena de muerte, y su sentencia final es que Dexter no merece necesariamente morir, porque Dexter mata a gente que merece morir. Por eso, lo que podía haber sido un final mínimamente convincente (dejando a un lado el espantoso croma que ni Sharknado), se va al traste por el epílogo. Dexter está vivo, y aunque le queda muy bien el look leñador, no podemos evitar preguntarnos por qué, y sobre todo por qué llevar a cabo este plan para liberar a todos de sí mismo ahora y no hace cuatro años, o cinco, o seis. Da igual, a estas alturas ya sabemos que la serie merece el mismo grado de reflexión que el nivel de esfuerzo que se ha depositado en este final. Lo único importante es que Dexter se ha acabado, y esta es simplemente la última de infinitas incoherencias que tenemos que tragarnos. Lo mejor será olvidar al monstruo para siempre. Y no será difícil.

The Big C: Cathy Jamison, D.E.P.

Que la premisa de una serie de televisión sea llamativa y contundente es tan importante como que sea maleable y permita extender la historia a lo largo de los años. Si no se cuenta con esto, la serie corre el riesgo de caer en el temido estiramiento y el odiado relleno. Es lo que le ocurrió a The Big C en su segunda temporada, un problema que arrastró durante la siguiente y que solo dejaba una solución posible: concluir la historia. Llegar al final, que era de lo que se trataba desde el principio.

The Big C nos hablaba de Cathy (Laura Linney), una mujer diagnosticada con cáncer terminal cuya muerte inminente cambia por completo su percepción de la vida, así como la de aquellos a su alrededor. La dramedia de Showtime dio buenos momentos en su primera temporada, pero paradójicamente, mostró síntomas de fatiga una vez Cathy empezó a mejorar de salud (para luego recaer, para luego mejorar otra vez). No importa que esto sea posible en la vida real, en una serie de televisión no es más que dar rodeos. Y el espectador televisivo de hoy en día no está para rodeos. Por eso, Showtime decidió otorgar a la serie una última temporada de tan solo 4 episodios, disfrazando The Big C de miniserie -aunque en realidad la duración total es similar a la de la anterior temporada- que subtituló Hereafter. La protagonista entra así en la fase terminal de su enfermedad. Es la hora de la verdad. Que Cathy no sepa cuándo va a recibir la visita de la Señora Muerte pero nosotros sí tengamos una fecha fijada para asistir al encuentro hace sin duda que la serie suba varios enteros de calidad.

The Big C: Hereafter es lo que The Big C siempre debió ser. A lo largo de estos últimos cuatro episodios hemos comprendido la importancia de las historias individuales de los familiares y amigos de Cathy -aunque hayamos tenido que aguantar tanta sandez con sus tramas. El reloj hace tic tac y ella tacha uno a uno, como si fuera “la lista de la compra”, asegurándose de que serán felices después de su marcha. Lo más importante para ella es que cada uno tenga su final feliz, o su oportunidad de alcanzarlo cuando ella ya no esté para dirigir la orquesta. “The Finale” resulta reconfortante porque entona en todo momento el necesario “la vida sigue”. Porque es cierto. Pero la vida también se consume a nuestro alrededor, y debemos vivir con ello. Como dijo la doctora Jennifer Melfi en uno de los primeros episodios de Los Soprano, “Se nos ha otorgado el dudoso don de saber que vamos a morir”. La letra pequeña es que no sabemos exactamente cuándo ocurrirá. Y por eso Cathy nos regala la lección definitiva en este final, la que todos conocemos pero necesitamos que nos recuerden a diario: a vivir que son dos días. De hecho, las series llevan mucho tiempo cumpliendo este cometido en nuestras vidas. Aunque nosotros prefiramos pasar el tiempo viéndolas en vez de haciéndoles caso. Pero eso es otro tema.

Andrea se marcha a Nueva York para perseguir su sueño, Sean dona un riñón a un desconocido, y Adam ha completado todos sus créditos de secundaria para que su madre pueda verlo graduarse -sin duda la mejor escena del episodio. Cathy sabe -o confía en- que todos estarán bien sin ella. Incluso Paul, aunque en “The Finale” no consiga su final feliz como los demás. Cathy puede concentrarse en sí misma, en su marcha, en lo que viene después. Y ahora que ya ha soltado la mano de los que la quieren para seguir el camino ella sola, se encuentra con las dudas, la incertidumbre, el miedo. Después de considerar la eutanasia como opción -está claro que la serie no ha escatimado en lugares comunes-, y en su empeño por entender hacia dónde está a punto de marcharse, Cathy se encomienda a la fe. A las tres religiones más importantes, de hecho. De esta manera, The Big C opta por la conclusión más cómoda y pragmática, por un final edulcorado, emotivo, e incluso pseudo-fantástico, quizás las tres características básicas que han definido la serie hasta ahora. Un ángel toma la mano de Cathy y se la lleva al Cielo. El Cielo es una piscina de agua cristalina en la que se bañan Marlene y su perro. Si Cathy pudiera decirnos algo, sería algo así como “no os preocupéis por lo que viene después, vosotros coged un bañador”. Lucky us.

Californication: Espíritu rock ‘n’ roll

Todo lo que escribo es para ella o sobre ella -Hank Moody

De amor eterno, musas y barritas de Mars en la vagina. Californication da por concluida esta semana su sexta temporada, y lo hace exactamente como siempre, después de 12 episodios que, como la noria de Santa Mónica, han girado y girado y girado, siempre alrededor del mismo eje. Y así llevamos desde que comenzó la serie en Showtime allá por 2007. Seis años dedicados a mostrarnos el desarrollo estancado de Hank Moody (David Duchovny, que parece haber rejuvenecido este año) y el circo de disfuncionalidad freak que lo rodea.

Cuando uno se detiene a buscar las diferencias entre una temporada y otra de Californication, se da cuenta de que absolutamente todas son superficiales y circunstanciales. Si en la anterior se situaba a los personajes en el mundo del cine, en esta última, Moody y su pandilla se suben al escenario de rock que es la vida, y se rodean de estrellas de la música y groupies. Diríamos aquello de “sexo, drogas y rock’n’roll”, pero sería completamente innecesario y redundante, puesto que ese precisamente ha sido siempre el lema y espíritu de la serie. Solo que en su sexta temporada ha decidido manifestarlo de la manera más explícita posible.

Y así hemos conocido a los personajes temporales que se incorporan a la serie para articular la temporada y ejercer de estímulo en la historia de Hank: Atticus Finch (Tim Minchin), una superestrella en horas bajas, y Faith (Maggie Grace), una groupie profesional, o como a ella le gusta denominarse: musa -el personaje de Grace, por cierto, iba a protagonizar un spin-off, pero finalmente no ha salido adelante. Ambos han mostrado dos caras opuestas del rock’n’roll. La demencia y la serenidad, el exceso y el autocontrol. Y su irrupción en la ya de por sí agitada vida de Hank ha traído consigo un torbellino de decadencia y exceso al que, sin embargo, los personajes nunca han sido ajenos. Marcy, Charlie y Stu han caído, como siempre, del lado más esperpéntico y vitriólico, con la ayuda de Ophelia (¿O-phallia?), la loca falofóbica interpretada por Maggie Wheeler -mítica Janice de Friends.

Pero Californication, que ya domina el arte de la dualidad en todos los aspectos -temático, tonal, genérico-, no solo nos ha mostrado las más sorprendentes prácticas sexuales –Marilyn Manson haciendo teabagging, por ejemplo- o los efectos más divertidos del consumo de estupefacientes –“Mad Dogs and Englishmen” es sin duda el mejor episodio de la temporada-, sino que nos ha hablado de temas mucho más profundos: el origen del bloqueo creativo y la inspiración, cómo tratar a los hijos, la maduración de estos, y por supuesto, preguntas más existenciales como “¿Hacia dónde vamos?” Y mucho más importante: “¿Hacia dónde queremos ir?” En el episodio final de la temporada, “I’ll Lay My Monsters Down”, Hank se plantea estas preguntas, y por primera enésima vez, descubre cuál es el camino que desea tomar. El que le lleva, una vez más, a la puerta de su amada Karen (Natasha McElhone).

Ahora que Becca, la hija de ambos, ha decidido dejar el nido en busca de su identidad y la inspiración que necesita para seguir los pasos de su padre y convertirse en escritora, Hank y Karen se preguntan si ha desaparecido el único nexo de unión que les quedaba. “I’ll Lay My Monsters Down” termina con el que es quizás el cliffhanger más perezoso de toda la serie, pero paradójicamente, el que mejor capta su esencia. Como una balada rock, segura, complaciente, pero repetitiva y vetusta, se despide una vez más Californication, celebrando con la multitud, mecheros en alto, la existencia de este amor que vive en todos los planos de la realidad, en sueño y vigilia, ad eternum.

Weeds: Goodbye, MILF

Niños niños, futuro futuro

Es habitual que una serie de televisión nos permita echar un vistazo al futuro en su último episodio. Esto sirve para paliar esa devastadora sensación al darnos cuenta de que no vamos a ver crecer más a nuestros personajes favoritos, de que no los veremos vivir y morir. Six Feet Under tomó esta idea y la llevó a las últimas consecuencias. Weeds no llega tan lejos, pero sigue haciendo lo que se le da tan bien, mover la historia a pasos agigantados, sin miedo a perder, sin miedo a nada. Saltamos 7 años en el futuro de los Botwin, con un Stevie ya adolescente y los demás miembros de la familia alejados de su matriarca. La marihuana se ha legalizado y Nancy es propietaria de 50 tiendas tipo Starbucks que venden productos realizados con la planta. Todo en “It’s Time” se antoja ligeramente pasado de rosca, pero ¿cuándo no ha sido Weeds así? Jenji Kohan escapa de un final convencional y decide sorprender, como siempre, buscando nuevos terrenos para la historia y para sus personajes. El resultado es un episodio enormemente amargo, extraño y poco complaciente (en la línea del arriesgado final de Will & Grace), una hora de brutal realidad disfrazada de fábula futurista, una visita del fantasma de los Bar Mitzvás futuros que, sin embargo, no da en ningún momento la oportunidad de volver atrás y cambiar las cosas.

Lo que empezó siendo la historia de una viuda con dos hijos que se ve obligada a traficar maría ha evolucionado tanto, tantísimo, que ha acabado siendo ‘la historia de una mujer’ a secas. La enigmática e irresistible personalidad de Nancy Botwin ha trascendido sus circunstancias, y el último episodio de Weeds se dedica, entre otras cosas, a intentar responder la pregunta “¿Quién es Nancy?” Para ello se exploran las vidas de sus familiares, se comprueba si las expectativas que teníamos puestas en ellos se cumplen o no, y se busca la relación entre sus destinos y el papel de Nancy en ellos. Todo mientras ella se pasea serena, bella y esquizofrénica a partes iguales, como es habitual, esperando a su Andy. Esperando a que el mayor pilar de su vida vuelva para sostenerla de nuevo, para ayudarle a encontrarse, o cubrir la necesidad de hacerlo. Su cuñado aparece, pero en lugar de servir de consuelo, le da en las narices con la dolorosa verdad. Andy es feliz sin ella. De hecho, para ser feliz, lo único que necesitaba era alejarse de ella. Después de todo, lo que Nancy debe aceptar es que los demás sigan su propio camino, y no el que ella ha marcado todo este tiempo.

– ¿Por qué esa obsesión con los hijos?
– Son tu legado.

Pero entonces aprendemos que cada caso es distinto, y que cada persona es la verdadera y definitiva responsable de su futuro. La prueba son Silas y Shane. Los hijos de Nancy Botwin han vivido la misma infancia, la misma adolescencia, y sin embargo uno es feliz con su trabajo ideal, una mujer que ama y un bebé, y el otro es basura blanca, un policía alcohólico y perturbado. Puede que Kohan nos esté queriendo decir que la genética es en gran medida responsable de nuestros devenires, y por supuesto, que nuestros mentores contribuyen enormemente a moldear nuestras personalidades, pero está claro que lo que da forma definitiva a nuestras vidas son las decisiones que tomamos. Las decisiones de Nancy han sido dudosas a lo largo de todos estos años, y las consecuencias han arrastrado a toda su familia hacia una vorágine de delincuencia, inmoralidad y peligro. Por eso a Stevie se le oculta desde el principio que su padre era un gángster, un asesino. Ahora que es una magnate alejada de toda actividad ilegal, Nancy quiere hacer las cosas bien, y decide despojar a Stevie (por cierto, estupendamente caracterizado en tan solo una hora) de sus raíces, para impedir que este se convierta en Esteban Reyes Jr. Pero como nos demuestran Silas y Shane, los secretos familiares acaban tarde o temprano saliendo a la luz. Al descubrir quién fue realmente su padre, Stevie se replantea su propia identidad, pero nosotros sabemos que, mucho más que hijo de Esteban, él es hijo de Nancy (e hijo de Andy), en definitiva, un Botwin. Nancy también lo sabe, y orgullosa por ello, recibe emocionada el “te quiero” más importante de su vida.

El final de Weeds sirve sobre todo para redimir definitivamente a su protagonista, para que echemos la vista atrás y comprobemos (una vez más) que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido por el bien de sus hijos -nosotros ya lo sabíamos, pero su familia no lo tenía tan claro. Por ello es especialmente conmovedor que Silas libere a su madre del insoportable peso que carga sobre los hombros: “¿Fuiste madre del año? No. ¿Me hiciste daño? Sí. ¿Te guardo rencor y me paso los días pensando en cómo habría sido mi vida si hubiera tenido una infancia normal? No. De verdad que no”. Y aunque sus palabras sean algo ambiguas y nos lleguemos a plantear si quiere consolarla o culparla (“No se trata de ti”), Silas es totalmente sincero. Es inútil remover el pasado si se es plenamente feliz en el presente. Es inútil removerlo y punto. Efectivamente, algo habrá hecho bien Nancy. Y probablemente haya sido querer a sus hijos más que a nadie. Quedémonos entonces con las palabras del hijo de Doug, que, en una de las escenas más hermosas del episodio, le cuenta a Nancy por qué ha salido tan bien a pesar de tener un padre que lo insultó, repudió y abandonó a toda su familia: “Mi padre fue un cabrón, pero mi madre fue maravillosa. Es maravillosa. Siempre luchó por mí”. El enigma  de la relación entre padres e hijos no le ha sido descifrado, pero Nancy sonríe. Porque ella nunca ha dejado de luchar por Silas, Shane y Stevie. Si algo la ha caracterizado es precisamente eso.

Pero entonces queda por responder la pregunta “¿Quién es Nancy Botwin?” Nunca lo hemos sabido muy bien, la verdad. Stevie lo articula con bastante tino: “Tu historia me resulta muy confusa”. Y a nosotros, Stevie. El largo recorrido de Nancy & co. a través de las ocho temporadas de Weeds ha sido algo caótico, a ratos incomprensible, desorientador, inabarcable. Pero en última instancia, apasionante, como la propia Nancy Botwin. ¿Cuál es la constante en la vida de Nancy? La misma que en la de todos nosotros. Su familia. Y como suelen concluir muchas series, la familia son aquellos que nos acompañan en el viaje. Nancy es la gente a la que ha querido, la gente a la que ha hecho daño, la gente a la que quiere. Nancy es las personas que se sientan a fumar junto a ella en el porche de su casa. Esa gente es su historia. Nancy es Silas, Shane, Doug y Andy. Nancy es Stevie, Guillermo, Heylia, Esteban, Conrad y Celia. Nancy es la suma de sus partes, la unión de sus experiencias. Es decir, Nancy Botwin somos todos.

Cathy vs. Jackie

The Big C y Nurse Jackie concluyeron sus más recientes temporadas el pasado domingo. Las series hermanas de Showtime han contado este año con tandas reducidas de episodios: 10 en lugar de los 12 de rigor. Aunque parezca mentira, 12 también puede ser un número elevado de capítulos para una comedia de media hora, y con la tendencia de las cadenas de pago a imitar el modelo británico, las series se compactan cada vez más. El recorte beneficia a la enfermera Jackie, que va directa al grano para compensar la divagación de su olvidable tercera temporada, y prueba una vez más que la serie de Laura Linney lleva mucho tiempo agonizando, y eso que solo cuenta con tres temporadas.

Definitivamente, las series Showtime protagonizadas por mujeres andan de capa caída. La baja de Tara el año pasado, la nula repercusión de Web Therapy (Lisa Kudrow se esfuerza pero a nadie le importa), y los palos de ciego de Laura Linney solo pueden ser compensados por el regreso de Nancy Botwin, la Gran Dama Showtime. La que será la última temporada de Weeds cierra un ciclo para la cadena, y a tenor de los resultados de sus series ‘femeninas’, esperamos que reinventen la fórmula.

 

The Big C: Cathy debe morir

No debería sorprender a nadie -a los que siguen aguantando, por supuesto-, que The Big C continúe a la deriva. Su discurso pro-vida funcionó durante la primera temporada, pero este se diluía a partir de la recuperación de la protagonista. Su salud iba mejorando y la muerte quedaba cada vez más lejos, pero ella continuaba explorando la vida como si solo le quedasen dos días. Mensaje captado, muy bonito, pero es mucho mejor si va seguido de un “The End”. A la vez que aguantábamos las idas de olla de Cathy, los secundarios ganaban peso en la historia y su familia comenzaba a descolgarse de ella, obteniendo tramas secundarias independientes. Durante esta temporada, El Show de Laura Linney ha pasado a ser un programa de sketches en los que hemos asistido a los insípidos devaneos sexuales y románticos del hermano de Cathy -nunca una relación de tres personas fue tan poco interesante-, a la aburrida entrega de Adam a la fe cristiana, y sobre todo, al alienador éxito profesional de Paul.

Gracias al marido de Cathy, The Big C se ha convertido literalmente en algo que debería ser solo implícito: un manual de autoayuda. Mediante el patrocinio de Joy -estrella invitada de lujazo Susan Sarandon-, Paul reorienta su vida y se convierte en gurú. De esta manera, cada episodio se transforma sigilosamente en un discurso motivador que ilustra el recorrido vital de la protagonista, a la vez que distancia al matrimonio, y nos invita a celebrar nuestras existencias al son de cánticos sectarios. Lo dicho, esta serie debería haber acabado en su primera temporada. El último episodio, “Fly Away”, constituye una torpe y facilona alegoría sobre la esperanza y la fe -con experiencias cuasi-místicas y lecciones morales para aburrir-, pero también nos presenta el prospecto de la próxima temporada: los tumores de Cathy están creciendo de nuevo y la muerte acorta distancias. Por lo tanto, volvemos al punto de partida. Una segunda oportunidad para hacerlo bien.

 

Nurse Jackie: What Would Jackie Do?

La enfermera Jackie nunca ha sido ‘santa’ de mi devoción, pero he de reconocer que tanto ella, como su magnífica troupe, se han pasado la cuarta temporada en estado de gracia -la inmensa Gloria Akalitus lleva así desde la primera, todo hay que decirlo. Si Linney está cada vez más histriónica e irritante, Edie Falco ofece una interpretación más rica en matices que nunca, llevando con garbo el peso de una temporada de cambio.

El ingreso de Jackie en rehabilitación inaugura la cuarta temporada. Dura dos días, porque ella es más chula que nadie. Se agradece que a pesar de los cambios, Nurse Jackie no se haya convertido en una serie que no es. Con el All Saints bajo la autoridad de un nuevo director (Bobby Cannavale), Jackie debe marcar mejor su territorio, pero no es fácil cuando su vida personal se desmorona. Con todos sus secretos al descubierto, y un marido que no es que antes tuviera mucha personalidad, pero ahora se ha convertido en un robot villano cuya presencia se intuye pero no se ve, la protagonista está hasta arriba. Tentada a recaer en varias ocasiones y con las hormonas revolucionadas -atención, se echa a llorar porque Coop se ha metido con su pelo-, Jackie lucha contra la burocracia, y cuando no le queda más remedio, contra su marido, con la determinación que siempre la ha caracterizado, es decir, implacable e hija de puta (en el mejor sentido de la expresión). Pero esta vez, su fuerza proviene de un lugar más luminoso y la lleva por otro camino. ¿Quién está al mando? Jackie. Siempre lo ha estado. Y cuidado, porque ahora quiere ser feliz.

Su fiel ejército confirma la posición de poder de Jackie. Bajo el fuero de la enfermera prima el respeto mutuo y el compañerismo -menos cuando hay que delatar a alguien para “hacer lo correcto”. El recelo de Jackie con respecto a su vida da paso a una vulnerabilidad conmovedora -lo vemos por ejemplo cuando pide a Zoey que no se marche de su casa. En tiempos de necesidad, los compañeros se convierten en amigos, las relaciones se estrechan y el grupo se afianza -justo lo contrario a lo que ocurre con la dispersa familia de Cathy Jamison. Estos personajes reafirman sus lazos y empiezan a conocerse de verdad. Su apoyo es clave para la salvación de Jackie, pero en ella se esconde la voluntad última para escapar de su enfermedad y poner su vida en orden. En “Handle Your Scandal”, Jackie, liberada de mentiras asfixiantes, triunfa sobre sí misma. El mundo sigue en su contra, el karma es una putada, pero de momento, ella lo ha conseguido. De aquí a la beatificación.

House of Lies: construyendo el hombre Showtime

Ser asesor en gestión de empresas es el oficio más glamuroso que existe, lo sabíais, ¿verdad? Si queréis estar en la cúspide de la pirámide profesional, tener sexo asegurado -que no seguro- a todas horas, en cualquier sitio, y una vida de rock star en lo más alto de su carrera, ya sabéis a lo que os tenéis que dedicar. House of Lies nos cuenta la historia de Marty Kaan (Don Cheadle), un asesor que trabaja para una de las empresas líderes del sector. Junto a su equipo viaja todas las semanas a un lugar de Estados Unidos para salvar a grandes emporios en apuros, diseñando planes estratégicos y buscando soluciones milagrosas para seguir haciendo sangrar la economía del país mientras todos ellos se hacen más y más ricos. Esa es una de las ideas principales de House of Lies. Lo dice Kaan en el último episodio de la temporada: “Welcome to the new economy, America. Where only the richest, meanest and smartest will remain”. Estos asesores se muestran implacables y desprovistos de toda moralidad. Son conscientes de que son los gages del oficio, y están dispuestos a cualquier cosa para ganarse la nómina, y en última instancia, conservar sus competitivos puestos de trabajo. Así se nos presentan los personajes de House of Lies al comienzo de la temporada. Pero las fisuras en sus personalidades no tardan en aparecer.

El equipo de Kaan está compuesto por Clyde (Ben Schwartz), Doug (Josh Lawson) y Jeannie (Kristen Bell). Los dos primeros permanecen como meros alivios cómicos toda la temporada. No hay ni un solo amago de desarrollo en sus personajes, manteniéndose unidimensionales a lo largo de los doce episodios. Sin embargo, desempeñan sus roles con gran eficacia y una química brutal. De hecho, este es uno de los mayores atractivos de House of Lies. La dinámica entre los cuatro protagonistas es fantástica. Desprenden naturalidad por los cuatro costados y logran que sus diálogos parezcan improvisados. Ya sea por el estatus de estrella de culto de Kristen Bell, o porque no hay interés real en los otros dos miembros del equipo de Kaan, es Jeannie el único personaje que obtiene una evolución similar a la del protagonista. A pesar de que habla el mismo idioma que ellos -es decir, que puede ser “uno de los chicos” sin problemas-, el personaje de Bell mantiene una distancia prudencial con respecto a sus compañeros -“I didn’t know consultants had fans” (1.08)-, construyendo así un enigma en torno a su personalidad. A través del secretismo y la neutralidad, Jeannie adopta un papel de superioridad moral del que Kaan no tarda en sospechar. Tras once episodios en los que Bell perfecciona el arte del primer plano, Jeannie salta a la palestra en la season finale y nos da la escena que confirma una vez más el enorme talento de la actriz.

Marty Kaan -cada vez que pronuncia su nombre, me río- se autodefine como terrorista. Y no anda muy desencaminado. El espectador es testigo y cómplice de su progresivo deterioro personal a lo largo de la temporada. Kaan se presenta al comienzo como una persona extremadamente segura de sí misma, un tiburón empresarial dispuesto a todo, pero con el -forzadísimo- carisma necesario para que no lo consideremos “uno de los malos”. A través de la ruptura de la cuarta pared, Kaan nos facilita un glosario para entender lo que ocurre en la serie, un ‘Asesoría para tontos’ que permite que House of Lies experimente en el terreno visual -el protagonista para el tiempo y se pasea por las escenas congeladas. Poco a poco, esta complicidad con el espectador se va convirtiendo en un grito de ayuda desesperado, y el rancio recurso del que hablamos acaba siendo realmente útil: los episodios de House of Lies concluyen con la mirada a cámara de Kaan. Una mirada en la que, conforme avanza la temporada, podemos distinguir más miedo y confusión. Marty Kaan nos está pidiendo que le salvemos de sí mismo. En este sentido, podemos establecer paralelismos entre él y Hank Moody, protagonista de Californication. En ambos casos, estamos ante dos hombres de atractivo innegable -Kaan se ha hecho a sí mismo, lo de Moody es natural-, triunfadores en el aspecto profesional, humanizados por el entorno familiar, imanes para el sexo opuesto -en ambas series, las mujeres son trozos de carne hipersexualizados que pierden el norte por lo que hay en los pantalones de los protagonistas-, y moralmente descarriados. En definitiva, Kaan y Moody son ‘hombres Showtime’. Lo que los diferencia es que mientras Moody es intrínsecamente bueno y son los demás los que le llevan a errar, Kaan es consciente de que es un sociópata y se sabe responsable de sus actos de maldad.

Con un gran sentido del ritmo y el espectáculo, House of Lies lucha encarnizadamente contra el déficit de atención del espectador seriéfilo, ya sea mediante escenas sonrojantes que impiden apartar la mirada -la marca Showtime-, con divertidos diálogos que nos mantienen ocupados intentando entender todo lo que ocurre, o con momentos de sorprendente introspección que van añadiendo capas a la historia. Así, nuestra percepción inicial de la serie cambia a medida que la temporada se desenvuelve. Poco a poco dejamos atrás los estancados aires de procedimental y la incredulidad que provoca la fantástica visión de la profesión que se plantea, y nos vamos entregando a la historia. A pesar de que el sexo pueda distraer de lo que nos pretende contar la serie -lo perturbador se convierte en la norma-, House of Lies consigue explorar con acierto los claroscuros de la mente de estos asesores que se creen más interesantes de lo que son. Y que, sorprendentemente, acaban siendo más interesantes de lo que nosotros creíamos.

The Big C: mi vida con Cathy

Hace tiempo que los 40 dejaron de ser la etapa crepuscular en la carrera de una actriz de Hollywood, para convertirse en la oportunidad de protagonizar una serie en Showtime. Desde el primer momento en el que nos adentramos en The Big C (en España Con C mayúscula), asumimos que estamos ante El Show de Laura Linney. Nancy Botwin, Jackie Peyton, Tara Gregson y ahora Cathy Jamison son las cuatro mujeres ‘de mediana edad’ que integran esa nueva corriente de comedia en Showtime, centrada principalmente en hablarnos de la familia tradicional desde el prisma ‘deformado’ de la cadena. Al igual que United States of Tara, The Big C nos cuenta la historia de una mujer enferma y de cómo su enfermedad afecta a su entorno y transforma las relaciones con su familia. Cathy Jamison es todo un personaje-en-bandeja para Laura Linney. La actriz hace lo que sabe, y lo hace bien, aunque con un personaje como este, que se ajusta a ella como un guante, es difícil distinguir dónde comienza y acaba el verdadero talento.

Como hiciera A dos metros bajo tierra hace una década, The Big C toma la muerte como pretexto para hablarnos de la vida. La muerte y la enfermedad sirven para construir un relato en su mayor parte luminoso y buenrollista, que dosifica hábilmente los momentos dramáticos. Con todo, la serie no deja de tener ese tufo aire a producción indie cinematográfica que bien podría estar perpetrada por una Rose Troche o un Rodrigo García -recordemos que ambos trabajaron en A dos metros bajo tierra. El sundancismo de finales de los 90 nos condujo hacia el corazón de los barrios residenciales norteamericanos y nos invitó a atravesar las vallas blancas y los céspedes perfectos, para convertir lo disfuncional en el nuevo ‘normal’. The Big C continúa claramente esta tradición, asentada en la ficción televisiva desde principios de los 90, y que Showtime ha convertido en marca de la casa.

A Cathy Jamison le acaban de diagnosticar un cáncer terminal. Mientras que la familia de Tara Gregson lleva toda la vida lidiando con la enfermedad de su mujer -trastorno de múltiple personalidad-, la de Cathy no tiene ni idea de lo que le ocurre. La primera temporada de The Big C recoge la fase inicial en la relación de la protagonista con su enfermedad. Y no es hasta los últimos episodios cuando la serie despega realmente. En concreto, es la pertinente bofetada que Marlene (Phyllis Sommerville) propina a Cathy -“Alguien me la tenía que dar”, dice ella- lo que impulsa el verdadero comienzo de la serie. Hasta ese momento, habíamos sido testigos de la progresiva pérdida de control de una persona que decide vivir al límite tras descubrir que le queda poco tiempo. Cathy explora sus posibilidades, y las lleva a las últimas consecuencias. Se despide así de la meticulosa mujer que ha llegado a resentir, y empieza a conocerse a sí misma. Mientras, el elenco de secundarios no hace más que orbitar a su alrededor sin función ni propósito. En la recta final de la temporada, Cathy deja de vivir por ella, y comienza a hacerlo por su familia. Al asumir que no está preparada para dejarlos aún, los secundarios cobran un nuevo sentido. Es entonces cuando The Big C recompensa al espectador que ha aguantado subtramas completamente olvidables durante un buen puñado de episodios. En el precioso final de temporada los lazos familiares se estrechan, asistimos a las reacciones ante la enfermedad de Cathy y empezamos a conocer de verdad a los personajes. Esto sí es La familia Showtime.

Pero entonces da comienzo la segunda temporada, y ¿qué ocurre? Que todo lo que se ha conseguido con los episodios anteriores se tira a la basura, y se opta por explorar y explotar esas tramas secundarias que no nos han importado en ningún momento y que no hacen más que desviar constantemente el relato hacia lo intrascendental. Da igual que algunas de estas historias se acaben relacionando con la enfermedad de Cathy, o que sirvan para ilustrar esa idea secundaria en la que insiste la serie -“todo el mundo está enfermo, nadie es normal”-, la mayor parte de la temporada puede considerarse el más puro e innecesario relleno.

It’s not the wine, it’s the people that you’re drinking it with (Lee)

Mientras la protagonista recibe tratamiento, el espectador tiene que aguantar el despertar sexual de su hijo -una prostituta dominatrix, ¿en serio?-, las diatribas a lo Andy Botwin de su hermano Sean -un fantasma en el ático, ¿en serio?-, y la insustancial relación de este con la ex mejor amiga de Cathy, Rebecca (Cynthia Nixon). Por si esto fuera poco, los personajes temporales se multiplican -yo creía que Parker Posey jamás haría algo que no me gustase, y me equivocaba-, generando sub-subtramas que desvirtúan enormemente la historia principal. Además de esto, las dosis de sexo como alivio cómico aumentan considerablemente, sumiendo la serie en un espantoso ridículo en varias ocasiones -ladillas en familia, ¡¿en serio?! The Big C se convierte así en Weeds, sin ser consciente de que solo Weeds puede ser Weeds. Al final, de una temporada de 13 episodios, lo realmente salvable puede reducirse a apenas una hora en total.

Y esa hora está formada prácticamente por todas las escenas que Cathy comparte con Lee -magnífico Hugh Dancy-, otro enfermo de cáncer que la acompaña en su viaje hacia el auto conocimiento, cubriendo el nicho que su familia no puede ocupar. Gracias a Lee, Cathy da la mano a la muerte y deja de tenerle miedo. Sin embargo, la ironía insiste en golpear a la protagonista, que tiene que ver cómo todos se marchan antes que ella. Alargar la vida de Cathy, y por tanto, estirar la serie, hace que esta corra peligro de perderse irremediablemente en su discurso. Sí, quizás The Big C habría tenido más sentido como una película de Sundance.

Californication (5ª temporada): los ángeles exterminadores

Hank: Are you gonna miss the shit out of me or what?
Karen: It’s always the same thing, you know, whether you’re coming or going.
My heart skips a beat or two and then I just have to clear up the mess you leave behind.
Hank: Oh, you found a new way of calling me a charming asshole.

En mi anterior entrada hablaba de la gran mentira que mantiene a muchas series de televisión en antena durante muchos años: la ilusión de cambio. Utilizaba House para explicar esta idea, pero bien podría haber recurrido a Californication. La comedia de Showtime protagonizada por David Duchovny daba por concluida anoche su quinta temporada -quizás nadie se enteró con el regreso de series de postín como Game of Thrones o The Killing-, invitándome a seguir reflexionando sobre eso que en gran medida define a la ficción seriada de larga duración: la repetición. No importa cuántos años pasen, Hank Moody siempre vivirá en su pasado, y Californication en su piloto.

La serie lleva cinco temporadas dando vueltas en torno a la misma idea, haciendo uso de los mismos conflictos y giros argumentales para llevarnos en todos los episodios a la misma conclusión: lo mejor en la vida de Hank fue, es y será su ex mujer y su hija. La diferencia es que con Californication nunca se nos ha prometido otra cosa. O quizás lo que ocurre es que nosotros, -como a Karen le pasa con Hank- no esperamos que cambie realmente, y en el fondo la queremos por eso. El protagonista ha atravesado ya unas cuantas etapas en las que su vida parecía tomar un nuevo rumbo, pero ya no tiene sentido seguir engañándose: Hank no va a cambiar nunca. Californication tampoco. Prácticamente todos los episodios de la serie exponen una estructura básica que se repite una y otra vez, con una serie de elementos que nunca faltan: la conversación de Hank con una señorita en algún bar, la excesivamente gráfica subtrama sexual que desafía el aguante del espectador más curtido -siempre protagonizada por Charlie, o los descontrolados Marcy y Stu-  y por último, el epílogo donde el héroe -sin comillas ni cursiva- regresa a su familia y nos demuestra lo perdido que estaría -o está- sin ella.

Tras un conveniente salto en el tiempo, la quinta temporada de Californication nos ha devuelto a los personajes que conocemos, tal y como los dejamos hace un año, tal y como los conocimos hace cinco. Sus circunstancias, sin embargo, han cambiado. Hank regresa temporalmente a Los Ángeles después de haberse establecido en Nueva York; Karen se ha casado con Richard (Jason Beghe); y Becca tiene una relación ‘estable’ con un pequeño cabrón. Tanto la ex mujer como la hija de Hank han llenado el vacío que él ha dejado en sus vidas con dos personas en apariencia cortadas por el mismo patrón que el protagonista -¿quién está más jodida de las dos?. Y sin embargo, a lo largo de estos doce episodios, todos continúan insistiendo en que Hank es una persona egoísta y descontrolada que genera caos allá por donde pasa. A pesar de ello, Moody prolonga constantemente su estancia en LA para acudir al rescate de su familia en varias ocasiones. Eso es, Hank no es un héroe, es un súper héroe. La escena final de “Hell Ain’t a Bad Place to Be” lleva uno de los temas principales de la temporada -intentar salir, pero no poder o no querer- a las últimas consecuencias. Hank quiere dejar de ser el Hank que todos conocen, y justo cuando parece que lo ha conseguido se tuercen las cosas. Como giro argumental, su encontronazo con la ex loca de Nueva York es algo enervante. Como conclusión de la temporada, funciona.

Gracias a la secuencia onírica que abre el último episodio de la temporada, comprobamos que hasta el propio Moody llega a considerarse único responsable de las desgracias de su familia -no nos extraña teniendo en cuenta sus tendencias autodestructivas. Pero si nos paramos a observar nos damos cuenta de que son las personas a su alrededor las que buscan y crean el conflicto. Él trata por todos los medios de hacer el bien, aunque el azar no esté de su parte -se lo dice a su proyecto de yerno, claramente hablando de sí mismo: “You’re just misunderstood”. Él está muy cuerdo; ellos: todos locos. Si los demás culpan a Hank de la mierda que les ocurre es bien porque están cómodos en sus papeles de víctimas y mártires y deciden ignorar al verdadero Hank o porque están realmente ciegos. Quiero pensar que es lo primero, porque estoy seguro de que ellos saben lo que nosotros sabemos: Hank es un buen tipo, honesto y honrado, una persona que quiere lo mejor para su familia, un hombre con una capacidad para el perdón y un aguante más grande que el de todos los demás juntos. Pero por Dios, si Hank es un santo.

Y esa es quizás la clave que explica por qué, a pesar de contarnos siempre lo mismo y de la misma manera, regresamos a Californication –además del hecho importante de que es difícil encontrar un solo episodio de la serie que nos aburra. Resulta que, después de todo, no necesitamos que estos personajes evolucionen hasta convertirse en personas totalmente distintas. Esta no es esa serie. En este caso nos resignamos a la repetición -al menos yo lo hago, quizás sea algo personal-, porque obtenemos solidez y coherencia en un protagonista que aguanta estoicamente el peso de una serie generalmente muy irregular -todos los laureles para Duchovny. Y, sobre todo, porque es en esa conclusión a la que llegamos en cada episodio donde se asienta el discurso de la serie. Puede que el hábito o el cariño tengan mucho que ver, pero si Californication aguanta el tipo, y el estiramiento, es porque hace bien una cosa: hablarnos siempre de un amor que trasciende cualquier tipo de catástrofe.

“Life’s so much interesting when you’re around”

United States of Tara, 3ª temporada

“Life is so fucking fragile”

Puede que United States of Tara no sea la serie de televisión más realista, pero probablemente sí sea la más real de las que hay actualmente en emisión. A pesar del ocasional artificio melodramático y el naturalismo forzado que se desprende de muchos diálogos (sobre todo los más ‘casuales’), la serie de Showtime esconde un corazón que bombea a base de experiencia y observación. Es en ese departamento donde debemos loar la labor de Diablo Cody (la creadora de ese aborto cinematográfico que es Juno), que encuentra en el televisivo el medio idóneo para desarrollar su talento. No podemos negar que Cody lleva tres años desempeñando un trabajo de guión que, obviando las concesiones a su personalidad repelente (deja de venderte como embajadora de lo alternativo y lo moderno, ni lo eres, ni lo sabes hacer), destaca por haber desengranado con tino, elegancia y un exquisito sentido del humor la esencia de una familia (“It’s laugh or cry time. I choose to laugh”). Y lo ha hecho sin necesidad de recurrir a soliloquios en off, rozando en ocasiones el virtuosismo a la hora de articular emociones enormemente abstractas en diálogos de andar por casa.

I wish we were the sort of people who could just get upset about one thing. When something happens, everything else should go away. One terrible, horrible thing a day. […] I always say I’m gonna get out of here tomorrow, and I even get on a plane every day. And I’m still here (Kate Gregson).

United States of Tara dejó hace mucho tiempo de ser ‘la serie sobre una mujer con trastorno de identidad disociativo’ para revelar su verdadera naturaleza como serie sobre una familia, y en última instancia, sobre la familia. De esta manera, la tercera temporada se construye haciendo hincapié en los dos puntos de vista de la historia: el de la enferma y el de la familia que ¿debe? cuidar de ella. Incluso se nos sugiere que “esta no es la historia de una mujer enferma, sino de la persona que está enamorada de de ella”. Esta preciosa idea se viene explorando desde el principio, pero no es del todo cierta. A pesar de que se profundiza en el progresivo deterioro (y paralelamente, la inquebrantable fortaleza) de Max Gregson, así como en el papel de los hijos y la hermana de Tara en la debacle familiar, es la enferma la que sigue copando toda la atención narrativa. Aunque no es ella la que esconde todo el significado de la serie.

En la tercera temporada de la serie, Tara regresa a la universidad. Esto la transforma en un personaje más optimista y enérgico. La arregla temporalmente, a pesar de convertirla en un personaje que roza lo insoportable (la Tara feliz es la que pone en evidencia las carencias interpretativas de la excesiva Toni Collette). La temporada comienza con un pacto entre la protagonista y sus personalidades alternativas, que si bien supone un cambio importante en la mecánica de la serie, se ve empañado por la innecesaria presencia de un personaje-catalizador, el doctor Hattaras. Tara se convierte en investigadora y objeto de estudio a la vez, lo que provoca el surgimiento de un nuevo alter, Bryce Craine, el hermanastro de Tara y Charmaine que violó a la primera cuando era pequeña. El monstruo policéfalo de Tara amenaza con destruir por completo a la familia, esta vez para siempre (“Building barricades. I did not see this one coming”), mientras en su interior Bryce lleva a cabo una matanza de alters. Hattaras se marcha (¡menos mal!) con el rabo entre las piernas después de un ataque del alter homicida y comienza la excelente recta final de una temporada irregular hasta ese momento. Es entonces cuando Cody brilla especialmente, al llevar a cabo un precioso y descorazonador retrato familiar a base de brutal sinceridad.

“I wanna make my own problems, that’s my right as a fucking human being” (Kate Gregson).

No es necesario haber crecido en una familia disfuncional con una figura paterna que padece trastornos psicológicos para sentirse identificado con las palabras de la hija mayor de Tara. Aunque ayuda. Formar parte de una familia es en ocasiones estar atrapado en un bucle espacio-temporal del que es imposible salir (“You can’t keep doing the same thing, hoping for a different result”). El complejo proceso de maduración de los hijos conlleva un no menos difícil esfuerzo por parte de los padres. ¿En qué momento dejan de ser los problemas de los progenitores también responsabilidad de los hijos? La tercera temporada de Tara concluye explorando esta dolorosa idea que al fin y al cabo engloba el significado de la familia, lo que la define, y a la larga, la consolida o la destruye.

La emancipación esconde un acto intrínseco de egoísmo por parte del hijo que se revela necesario en la adolescencia (Marshall decide marcharse), pero que se puede acabar asimilando en la personalidad como una pulsión controlada a medida que se madura (Kate quiere marcharse, pero decide quedarse a cuidar de su familia y el propio Marshall regresa en cuanto estalla otra crisis familiar). No podemos escapar de nuestra familia, no sin hacer pedazos los vínculos que la mantienen viva y ahogarnos en un océano de culpabilidad (ahí está la madre de Max recordándonoslo; eso, y que todos estamos locos o acabaremos estándolo algún día). Sin embargo existe la posibilidad de un trueque que en realidad es un acto de fe: Max y Tara dejan marchar a sus hijos, porque es su responsabilidad como padres (para ello claudican ante el egoísmo que también los caracteriza a ellos), manteniendo sin embargo la esperanza de que regresen por decisión propia. Ojalá todos los días fueran Navidad… Ojalá la Navidad no existiese.

Marshall: Do you think you’ll come home for holidays? I mean, if you marry Evan and all? […]
When you really, really leave, will you ever come home?
Kate: Will you?

En el devastador silencio por parte de los dos hermanos tras esta pregunta se esconde el verdadero sentido de la tercera temporada de la serie. Es cuando uno se da cuenta. United States of Tara duele. Como la vida misma.

Showtime y las mujeres II: United States of Tara

Cuando me enteré de que Diablo Cody preparaba una serie de televisión para Showtime cargué las escopetas al instante. No me equivocaba en mis prejuicios hacia esta señorita después de ver unos cuantos episodios de United States of Tara: artificiosidad, referencias culturales metidas con calzador y un discurso altamente autoindulgente. Me costó poco reconocer a la guionista de Juno en los diálogos de US of Tara, y por tanto, suponer que la serie no tenía mucho que ofrecerme. Pocas veces me he alegrado de estar equivocado. Si bien la primera temporada continuó ofreciendo lo peor de la autocomplaciente Cody, fue fácil obviarlo en favor de una química excelente entre los personajes y una historia cada vez más emotiva y absorbente. La segunda temporada, a pesar de no empezar con buen pie, ha consolidado la serie como una de las mejores comedias de la televisión actual.

El secreto de US of Tara radica en su completo dominio de las emociones y en haber encontrado un equilibrio perfecto entre las situaciones más excéntricas y los momentos de cotidianeidad más mundanos y costumbristas -un punto en común con Nurse Jackie. Eso, y el hecho de que cada episodio garantice alguna que otra carcajada, hacen de US of Tara una comedia exquisita que no solo asegura media hora de ‘sana’ diversión a la semana, sino que además ofrece un precioso discurso sobre la familia y las relaciones. Se trata de la nueva comedia televisiva, que viene gestándose desde hace unos años. La era de las risas enlatadas dio paso a un tipo de comedias que además de ganar en calidad técnica, bebían de los dramas televisivos, hibridando géneros y encontrando la mayor complicidad con el espectador, haciéndonos reír de las desgracias y llorar con momentos en apariencia cómicos. US of Tara podría considerarse epítome de este tipo de dramedia, invitando a la reflexión sobre la naturaleza humana, haciendo que nos riamos de la vida, y de nosotros mismos.

La segunda temporada de US of Tara ha afianzado a los miembros de la familia Gregson como algunos de los mejores personajes de la temporada televisiva. Empezando por Tara, se agradece que en esta temporada sus otras personalidades no hayan tenido tanta presencia escénica -a mí Toni Colette me satura, la verdad. La vida de la familia sigue girando en torno a la enfermedad de Tara, pero es interesante comprobar cómo es posible explorarla sin necesidad de decicar capítulos completos a un alter. Si la primera temporada sirvió para dar a conocer a todos sus estados unidos, esta se ha centrado en explorar en mayor medida la identidad de Tara. Hemos visto aflorar con más fuerza una personalidad que en la temporada pasada quedaba eclipsada e inexplorada por la presencia de los alters. Lo más curioso es que la búsqueda de Tara para encontrar un origen a su problema ha resultado en la aparición de otras dos personalidades -Shoshanna y Chicken-, y aún así, la superpoblación de alters no ha afectado negativamente a la historia. Al contrario.

Al igual que en Nurse Jackie, la importancia de un buen plantel de secundarios en US of Tara es capital. Si en la serie de la enfermera encontramos secundarios antológicos como Zoey, O’Hara o Akalitus, US of Tara no presenta déficit de personajes geniales para acompañar a la protagonista. Destacan Kate y Charmaine. La primera se ha ganado el beneplácito de muchos espectadores que la ignoraron en la anterior temporada. La hija mayor de Tara y Max ha protagonizado este año las tramas más marcianas, pero gracias a ellas, hemos asistido a un -original- proceso de maduración que nos ha hecho reflexionar sobre el importante -y a veces exclusivo- papel de los demás en la formación de nuestra identidad. En una escena del episodio 2.11, Tara aconseja a su hija que no se olvide de ser ella misma, a lo que Kate contesta “ja, ja, y ja”. Es difícil ser uno mismo cuando aún no se es realmente nadie, y cuando la figura de referencia más cercana es una mujer con trastorno de personalidad múltiple. La poderosa unión de esta familia se pone de manifiesto en las relaciones domésticas. US of Tara logra retratar a la perfección esos momentos en los que el amor al prójimo se hace evidente a pesar de no manifestarse explícitamente. Lo hace cada vez que Marshall se sienta en la cama de su hermana, cada vez que Kate llama Moosh Moosh o cualquier otro apodo a su hermano, o con una sonrisa de una madre enferma a sus hijos en la cocina, tras un día sin saber nada de ellos. Y también cada vez que la increíble Charmaine entra en escena -lluvia de premios para Rosemarie DeWitt, por favor. Su descorazonador deseo de normalidad se ve truncado por la gran influencia -y dependencia- de la familia de su hermana en su vida. Charmaine representa sin embargo la absoluta naturalidad y la resignación en una situación tan complicada como la de los Gregson, una familia que no viene sino a representar de manera hiperbólica las disfuncionalidades de todas las familias.

Partiendo de la supuesta recuperación de Tara al principio de la temporada, hemos asistido a una progresiva degeneración, excelentemente expuesta, del personaje. Se ha explorado en mayor medida la figura del marido perfecto, Max, que se ha convertido en algo más que un consorte/enfermero de Tara. Ya comprobamos en la primera temporada cómo la enfermedad de Tara afecta a su marido, pero ha sido en esta cuando hemos asistido verdaderamente a las consecuencias de una vida como la suya. Max ha conocido el límite de su resistencia, ha dudado de la identidad de su mujer -me pareció genial que Max no estuviera seguro de si Tara era Tara o un nuevo alter– y ha cometido un gran error. Después de presenciar y arbitrar los momentos más difíciles de su mujer -recordemos el increíble episodio “Torando”, en el que Tara se convierte en un medley de sus personalidades o la presencia de Chicken en la boda de Charmaine-, Max llega a una conmovedora conclusión:

“I wish it’d been us getting married today. I’d stand up in front of all these people and I’d say “I love this woman!” Then I’d look in your eyes and I’d say, “if you’re Tara, I’ll be Max. But if you’re Gimme, I’ll be gotcha. And if you’re Buck, I’ll be your bike. If you’re Alice, I’ll be your astronaut. And I’d carry Chicken to the car, even though I knew she was pretending to be asleep”

US of Tara nos invita a pasar de la carcajada al puchero, y lo hace como si no le costase nada. Encontrar el equilibrio perfecto entre comedia y drama parece ser algo fácil si tenemos en cuenta la cada vez más habitual tendencia a hibridar ambas en la televisión norteamericana, pero pocas series consiguen una armonía tan perfecta como US of Tara, sin duda, la mejor serie de Showtime hasta la fecha.

Showtime y las mujeres I: Nurse Jackie

Showtime lleva años forjándose una identidad a base de series impactantes, arriesgadas y en las que la diversión y el entretenimiento más puro y desenfadado parece ser la tónica principal. A pesar de contar con algún drama de éxito respetado por la crítica –Dexter-, es curioso comprobar cómo las comedias de la cadena le están otorgando sus mayores éxitos creativos, y han acabado por desarrollar una interesante imagen de marca. Más destacable es aún que la mayoría de estas comedias nos cuenten las historias de mujeres de mediana edad, madres con problemas bigger than life que luchan por proteger a sus familias y que los daños colaterales de sus cruzadas internas sean mínimos. Las señoras mandan en Showtime, y las grandes actrices de Hollywood saben que esta casa se ha convertido en uno de los mejores escaparates para demostrar que el mito de que las actrices de más de cuarenta no tienen papeles en el cine no es extrapolable a la televisión. La enorme MaryLouiseParker sembró el camino con la hilarante Weeds, a la que siguieron dos estrenos la temporada pasada, Nurse Jackie y United States of Tara –convertidos en una acertada sesión doble este año. Tras el fin de temporada de estas dos últimas, Parker tomará el relevo y a ella se le une Laura Linney con The Big C.

Nurse Jackie era para mí la más floja de las comedias femeninas de Showtime -compararla con el desastre que es Californication sería injusto. En esta temporada, la serie de la enfermera drogadicta no solo ha terminado por conquistarme, sino que ha hecho que aumente considerablemente mi respeto por una cadena de televisión que siempre se ganó mis más enfervorecidas críticas. Nurse Jackie nunca ha mostrado interés por el espectáculo sexual y violento de otras series made in Showtime -algo no necesariamente negativo en esencia-, sino que más bien se ha construido en base a la cotidianeidad del hogar y del trabajo, siendo una de esas historias que a ratos parecen no estar contando nada, sino simplemente mostrando un fragmento de las vidas de unos personajes. Esto me sedujo en principio, porque estaba un poco harto de tramas extravagantes y personajes siempre al borde de a caricatura más exagerada. Sin embargo, me costó encontrar lo suficientemente interesante a los personajes de Nurse Jackie. Algunos me resultaban simpáticos, pero la mayoría me dejaban completamente indiferente y hacían que me preguntase si estaba interesado en saber de sus vidas. Por suerte, esta segunda temporada ha hecho que adore a todos los personajes, con dos excepciones -y a la vez, con varios matices.

En primer lugar, Jackie. Y en segundo Eddie, pero no creo que sea necesario explicar por qué odio a este personaje y su repugnante omnipresencia. Mejor hablemos de Jackie. Es una faena cuando el protagonista de una serie te cae mal. Mi problema con Jackie no es su moral, no la odio por engañar a todo el mundo -y en especial a su marido perfecto- es su actitud chulesca y sobrada lo que me irrita. Soy consciente de que es algo personal, pero suelo tener problemas con este tipo de personajes, los House de la vida -sí, la comparación es necesaria, por desgracia- que hacen de la bordería y el sarcasmo un arte. Me cansan, sencillamente, no me hacen ni un poco de gracia. Sin embargo, este es un problema menor que por suerte es sorteable. Una vez acostumbrado a Jackie, una vez aceptada, solo me queda disfrutar de todo lo que hay a su alrededor.

Los secundarios de Nurse Jackie han alcanzado otro nivel durante esta segunda temporada. Zoey es quizás la que ha permanecido más invariable, pero puede que esto se deba a que ella fue genial desde su primera escena. Por el contrario, la Dra. O’Hara se ha convertido en un personaje muy interesante y rico en matices. Su vulnerabilidad ha sido explorada desde varios puntos de vista, -muy brevemente- con su relación con la reportera interpretada por Julia Ormond o a través de su generosidad con Jackie, a la que confiesa que es su razón principal para ir a trabajar -hasta organiza sus turnos para coincidir siempre con su mejor amiga; adorable. No es que O’Hara no fuera de esta manera en la primera temporada. Estas características formaban parte de su personalidad, aunque tardaron en aflorar. Pero en esta temporada, Eve Best ha conseguido construir un personaje mucho más completo, gracias a una descarga del componente paródico en su personaje -en la temporada pasada solo abría la boca para hablar de ropa o recordar a todos lo rica que es. Por otra parte, los lazos entre personajes se han estrechado, y es emocionante comprobarlo, habitualmente a través de escenas donde prima la sutileza, el detallismo y la emotividad de los momentos más cotidianos. Cualquier gesto de cariño entre estos personajes resulta altamente conmovedor.

Y qué decir de la inconmensurable Gloria Akalitus. Demasiado, por lo tanto, dejémoslo en un “Te amo, Gloria”.

Si en Queer as Folk todo el mundo es gay, en The L Word no hay apenas mujeres hetero, y en Dexter todo el mundo está a favor de la pena de muerte, en Nurse Jackie, los enfermeros son siempre mejores y salvan a más pacientes que los propios doctores. Esta concepción convenientemente ficcional de los hospitales presenta a los enfermeros, en especial a la protagonista, como héroes en la sombra, personas cuyo duro trabajo proporciona los laureles a los condescendientes doctores. Los médicos del All Saints brillan por su ausencia. Su trabajo parece consistir únicamente en consultas que han de solventar rápidamente para volver a sus ego-burbujas. Esto no es más que un recurso necesario para dotar a Jackie de una autoridad que será importante para su carácter. En este sentido, habría sido interesante que se explorasen en mayor medida las consecuencias de la superioridad de Jackie en su trabajo. Las quejas de Coop -ese niño estúpido y adorable- sobre Jackie en la primera mitad de la temporada parecían introducir una trama en la que por fin Jackie se iba a llevar algún palo por actuar como la máxima autoridad del hospital, pero quedó en mera anécdota. En el último episodio de la temporada, “Years of Service“, Jackie se encuentra con las consecuencias de sus actos, y en lugar de aceptarlas, las confronta violentamente -bravo Edie Falco por esta escena-, negándose a admitir su problema. Es decir, Jackie actúa más que nunca como una adicta, y no solo una adicta a las drogas, sino a su posición de superioridad y al control. Y esto es un gran acierto, y una buena manera de preparar el terreno para la tercera temporada. Estoy deseando que llegue el próximo verano para seguir conociendo a Jackie un poco mejor que los que la rodean:

Anyone who knows you knows they don’t know you

Queer as Fraud

Supongo que os habrá pasado alguna vez que, después de haber visto una película cientos de veces en vuestra infancia y adolescencia, la revisáis con un criterio más adulto, y os dais de bruces con la realidad: Esa película que tanto amabais es una gran porquería.

Pues bien, algo así me está pasando con Queer as Folk. Y es muy triste, porque no hace tantos años que la serie terminó su andadura en Showtime (estuvo en antena de 2000 a 2005). ¿Tan mal ha envejecido? La respuesta es un sí rotundo. Pero a su favor, he de decir que esa caducidad tan pronta se debe a un hecho incontestable: Queer as Folk rompió moldes y fue pionera en cuanto a representación del sexo en la pequeña pantalla, aportando a Showtime una imagen que ha ido sofisticando con los años. Queer as Folk es la que se atrevió a dar el paso (algún antecedente hay, como Sigue soñando, y por supuesto, Sexo en Nueva York, pero nunca tan explícito, y nunca tan gay), la que hoy en día palidece al lado de las producciones de su cadena, y de HBO, donde solo el sexo ya no es suficiente. Actualmente, en esas cadenas, atreverse a “mostrar” ya no es una declaración de principios o intenciones, es un supuesto del que se parte para contar historias interesantes, es una herramienta más al servicio del discurso, y no un discurso en sí mismo.

Tantos tabúes rotos, tantas metas cruzadas, no son nada si con el tiempo, Queer as Folk se revela como una serie endeble en cuanto a su relato y los personajes que lo habitan. Solo Brian (y un poco Michael) son verdaderamente sólidos. El resto de personajes son una pandilla artificial (y artificiosa), que no hace más que secundar con serias dificultades a la estrella de la serie, que por suerte, es lo suficientemente potente como para que al final el visionado no sea del todo traumático. Brian Kinney permanece como uno de los mejores personajes de la televisión moderna, esto no ha cambiado, y no creo que cambie. Pero a día de hoy, me resulta difícil sentir algo de cariño hacia personajes como Mel y Lindsay (vacías y anquilosadas), la pesada de Debbie o a uno de los personajes más irritantes de la televisión, Emmett Honeycutt, del que siempre espero los momentos de mayor vergüenza ajena del episodio (no sé si es peor el Emmett profundo y condescendiente o el Emmett “cómico”. Creo que los dos me repelen por igual).

Por suerte, la gran baza de la serie permanece sólida desde el principio, y solo falla en los últimos episodios: La relación entre Brian y Justin. Por muy insoportable que sea Justin, su relación con el Dios Kinney (así lo llamamos él y yo desde el primer episodio) es lo mejor de la serie, junto con la amistad entre Brian y Michael (vaya, todo lo que tiene que ver con Brian). Lo demás es completamente prescindible, y muy a menudo, insufrible.

En Queer as Folk, los estereotipos se hacen insoportables. Y no me refiero a los del “mundo gayrepresentados en la serie, sino a los que conforman a los personajes, al margen de su orientación sexual. Los personajes de Queer as Folk muestran pocos rasgos de originalidad o inteligencia, son arquetipos bien formados, pero muy mal desarrollados, personajes envueltos (torpemente) en situaciones propias de sitcoms de producción en cadena de los noventa. Si no fuera por el triángulo de amor y amistad que forman Brian, Michael y Justin, Queer as Folk no tendría apenas valor hoy en día, no superaría el control de calidad del cada vez más exigente público televisivo. Por lo que a mí respecta, cuando acabe este revisionado de la serie (estoy viendo la tercera temporada) que pare el thumpa thumpa.