Review Express (Semana 22-28/09/14) – Premiere Week!

Poneos cómodos en el agujero del sofá con la forma de vuestro culo. Ya ha llegado ese momento del año otra vez. El verano se acaba, los días se hacen más cortos y las series más largas. El panorama estival televisivo, otrora desolador y hoy en día algo más interesante, da paso al estreno de un centenar de series nuevas y al regreso de aquellas que sobrevivieron a la temporada anterior. La Premiere Week finaliza hoy (aunque quedan muchas series por empezar/volver), y ha sido intensa, como siempre. Sin embargo, este año he decidido no hacer especial de pilotos. En primer lugar, porque me consume muchísimo tiempo que prefiero dedicar a otras series y películas, y en segundo lugar, porque este año he adoptado otra filosofía: no ver (y por tanto no hablar de) todas las series cuyo destino está en la cuerda floja, y podrían durar 3 semanas. Creo que lo mejor es dar un poco de tiempo a la temporada para que la parrilla vaya tomando forma y sepamos cuáles son las series en las que merecerá la pena invertir nuestro tiempo. Claro que me he atrevido ya con unas cuantas (Gotham, Red Band Society, The Mysteries of Laura…), pero no les dedicaré entradas hasta que lleven al menos cuatro capítulos (al menos a Gotham, porque Red Band Society probablemente caiga antes y esa tortura que es The Mysteries of Laura la va a aguantar su madre, y Daniel Écija).

Lo que sí he hecho esta semana es disfrutar del regreso de todas las series de otoño que sigo, y de esas he venido a hablar hoy aquí. Aunque me consta que existen bestias seriéfilas que lo ven todo, todo y todo, yo no sigo todas las series de network, así que lo que os dejo a continuación es una tanda de mini-reviews de “mis” series. Por eso, os animo a que vosotros completéis este primer “Review Express” de la temporada 2014-2015 con vuestras propias mini-reseñas sobre las series que yo no cubra. Sin más dilación, os dejo con mi opinión sobre los regresos de mis series de otoño (cuidado, spoilers):

 

Marvel’s Agents of S.H.I.E.L.D. (2×01)

SHIELD Shadows

Está claro que con “Shadows”, Agents of S.H.I.E.L.D. parece estar (in)augurando una temporada más oscura y compleja. Lo dice Coulson explícitamente durante el episodio: “go dark” (declaración de intenciones donde las haya). A pesar de que la serie vuelve a incurrir en los errores de siempre y sigue sin cuidar esos agujeros de guión que le restan consistencia (la facilidad con la que tropecientos agentes se infiltran en una base de operaciones que oculta artefactos secretos muy peligrosos; el hecho de que el Hombre Absorbente sea encerrado en una jaula de cristal y nadie pensase en que se haría transparente para escapar), Agents of S.H.I.E.L.D. vuelve más segura de sí misma, más dispuesta a arriesgar y, con suerte, a convertirse en adulta sin renunciar a ese aire “infantil” de comic book clásico. Que no hacía falta cargarse a Lucy Lawless tan pronto (¡han matado a Xena! ¡hijos de p—!), vale, pero al menos sabemos que se han dado cuenta de que no hay tiempo que perder. [Esto es un fragmento de la review completa del 2×01 de S.H.I.E.L.D., que podéis leer aquí].

 

Awkward. (4×12)

La comedia teen de MTV dejó su cuarta temporada a medias para descansar este verano, y regresa (supuestamente) con las pilas cargadas, y (aparentemente) buscando una nueva dirección para este Senior Year que se inaugura. El primer episodio de la temporada, “Finals” retoma las cosas donde las dejó aquel ajetreado viaje escolar a la nieve de “Snow Job” (el único realmente bueno de la 4A), es decir, con Eva embarazada y Matty en las fauces de su mantis religiosa. Hasta el final del episodio, las cosas no han cambiado demasiado en Awkward.: los (cada vez más insoportables) monólogos de Jenna y su vaivén entre un rompecorazones y otro, las (cada vez más irritantes) intervenciones de Tamara (lo siento, te has pasado de moda), la (siempre infalible) mala hostia de Sadie, el patetismo de Jake… Por suerte, lo que sí cambia al final de “Finals” es la (simplemente implausible) ceguera de Matty con respecto a Eva. Al fin el jock adorable, que estaba perdiendo todo su encanto y convirtiéndose en un capullo redomado, se da cuenta de que está durmiendo con el enemigo, y echa a la psicópata rubia de su lado (“You’re a fucking horrible person, Amber” *aplausos*), y (que sea cierto, por favor) de la serie. Es todo muy precipitado y no entendemos por qué no ha pasado antes (supongo que porque algún cliffhanger había que poner), pero es lo que le hacía falta a la serie. Con Eva fuera de la ecuación, espero que este último año en el instituto de Awkward. se centre en lo que importa (el futuro de los personajes), y se deje de tramas de telenovela venezolana. Desafortunadamente, Ming sigue desaparecida en combate.

 

The Good Wife (6×01)

The Good Wife The Line

Ya sabéis que me he pasado todo el verano viendo The Good Wife, poniéndome al día para seguir la sexta temporada con vosotros. ¡Lo conseguí! La quinta fue tan intensa, cambiaron tantas cosas, y arriesgaron tanto, que uno se preguntaba cómo empezaría esta nueva temporada para seguir subiendo el ya de por sí altísimo listón. Pues lejos de optar por la calma tras la tempestad, “The Line” inaugura temporada con un gran Bang!: Cary arrestado enfrentándose a una posible condena de 12 años en prisión por tráfico de drogas. La temporada ha arrancado de forma inmejorable, todas las tramas siguen desarrollándose y entrelazándose sin síntomas de agotamiento. Es más, todo lo contrario. Diane incorporándose a Florrick/Agos, la (todavía lejana) posibilidad de que Alicia se presente a Fiscal General del Estado, los demonios David Lee y Louis Canning en pie de guerra. Todas estas tramas parecen augurar una primera recta de temporada cargadita de acontecimientos, como siempre. Me alegra comprobar que, tras cinco temporadas, The Good Wife sigue con su trayectoria ascendente y tiene cuerda de sobra para otro excelente año, pero lo que más me ha gustado de este “The Line” son dos cosas en concreto: primero, que Cary esté por una vez en el ojo del huracán -siempre me ha parecido el personaje más desdibujado y desaprovechado, y ha sido una muy buena idea centrar el episodio en él; y segundo, por fin los negocios de Bishop traen consecuencias para los abogados -hay pocos personajes secundarios de esta serie que me aburran, y Bishop es uno de ellos. Llevamos cinco temporadas viendo cómo Lockhart/Gardner arriesga representando al mayor capo de la droga de Chicago, y ya era hora de que (recordando el mejor capítulo de la serie hasta ahora) la mierda golpease el ventilador. Ya estáis acostumbrados de sobra, pero agarraos, que vienen curvas.

Una última cosa: ¿Cómo lleváis vosotros la era post-Will? Finn Polmar is no Will, pero es un buen personaje, y The Good Wife tiene armas de sobra para superar la pérdida, pero el vacío sigue siendo brutal.

 

Grey’s Anatomy (11×01)

Grey's 11x01

Once años no es nada. Urgencias tuvo 15. El primer gran éxito de Shonda RhimesGrey’s Anatomy, vuelve con su ¡¡undécima temporada!!, y lo hace con un reto bastante complicado: sobrevivir a la marcha de su mejor personaje, Cristina Yang. Y mal vamos cuando el espectador tiene la sensación de que le están intentando meter a la fuerza por la garganta una sustituta. La Dra. Pierce no es Cristina Yang, y sobra, directamente sobra. Y no solo porque haga que el vacío que deja Yang sea más grande, sino porque además supone la repetición del conflicto “Meredith de repente tiene una hermana de la que no sabía nada” que ya vivimos con Lexie. Hablar de síntomas de agotamiento a estas alturas de la serie es innecesario (¿recordáis cuando Grey’s era un fenómeno cultural?), pero Pierce es el indicio definitivo de que Grey’s debe morir. Ahora sí. No piensa así Rhimes, claro, sobre todo después de arrasar en los índices de audiencia este jueves con las tres series de su productora Shondaland. Ella siempre ha creído que Grey’s tiene cuerda para muchos años más, pero sus exhaustos personajes no nos dicen lo mismo. Es cierto que sigue habiendo muchos, que se las arreglan para que la relación MerDer (con la que empezó la serie) siga dando juego, y que Alex también es la “persona” de Meredith (como nos recuerdan en el capítulo “the only ones left”), pero casi todos estamos en esto por inercia, por terquedad, por acabar lo que hemos empezado. Y deberíamos hacer un pacto, Shonda, sus actores y su audiencia, para decidir que se ha acabado. “I Must Have Lost It in the Wind” no es un mal inicio de temporada, es más, es un episodio bastante sólido (menos esos vergonzosos cromas a lo OUAT en el helipuerto del Grey/Sloan), pero pensar en que nos esperan como mínimo 21 episodios más… Bueno, mejor no pensarlo y confiar en que Shonda tenga, como siempre, unos cuantos ases en la manga.

 

The Mindy Project (3×01-02)

The Mindy Project 3x01

La comedia de Mindy Kaling se adelantó una semana a sus competidoras, y por tanto este martes hemos visto el segundo capítulo de la temporada. Y lo hemos visto yo, un amigo, Mindy, y quizás su madre. Porque todo apunta a que este año se le va a acabar el chollo a la actriz, ya que Fox no levanta cabeza, y tanto esta como New Girl se han hundido en las audiencias, incluso más que el año pasado (que ya estaban rondando el “bajo 1.0”). En fin, disfrutemos de The Mindy Project mientras dure. De momento, la tercera temporada ha arrancado con dos buenos episodios. Como ya vimos el año pasado, Kaling por fin le cogió el tranquillo al tono de la serie y su personaje, haciendo que Mindy Lahiri fuera más likeable y apoyándose más en el componente romántico (os lo conté en este artículo, “Cuando Mindy encontró a Danny“). Así, los dos primeros episodios de la temporada se centran en su relación con Danny. Felizmente monógamos, Mindy y Danny ya han atravesado la primera etapa del emparejamiento, la del “ahora sí, ahora no”, y son definitivamente un item. Así que ahora toca la fase de conocerse a fondo en el entorno doméstico, de lidiar con sus respectivas familias, y descubrir los secretos más oscuros de cada uno. Y eso es justamente lo que vemos en “We’re a Couple Now, Haters” y “Annette Castellano Is My Nemesis“. Los dos episodios han estado repletos de buenos momentos, pero si algo nos han demostrado es que Danny Castellano es probablemente uno de los mejores personajes de la televisión actual, y probablemente el paradigma del hombre perfecto. Él es la verdadera estrella de The Mindy Projecty Chris Messina merece todo el reconocimiento del mundo por interpretar con tanta humanidad y cariño a este hombre tan imperfectamente perfecto. Y bueno, para terminar, dos palabras: Diamond Dan.

 

Modern Family (6×01)

Modern Family The Long Honeymoon

Después de llevarse por quinta vez el Emmy a Mejor Comedia, Modern Family vuelve con un reto (que yo le pongo): demostrar, aunque sea de forma retroactiva, que merece el desproporcionado reconocimiento de la Academia. Por eso, esta sexta temporada se tiene que poner las pilas, porque la anterior fue bastante irregular, y mostró muchos síntomas de agotamiento (todos sabemos que la quinta temporada es cuando una serie formulaica como esta empieza a cansar de verdad). Bueno, con “The Long Honeymoon” empezamos bastante bien, la verdad. El nivel de los gags es notable (todo lo que tiene que ver con la extraña e incómoda trama de los Happy Dunphys), el humor físico genial (el recortable de Cam y Mitch, las imágenes de la webcam de Haley), el ritmo impecable, la puesta en escena y “coreografía” brillante, y los personajes conservan su chispa intacta (cada día más enamorado de Sarah Hyland). Y además, Modern Family regresa con un sutil pero importante cambio: ¡la cámara casi no se mueve! Quizás solo sea cosa del estreno, pero parece que han abandonado ligeramente el formato mockumentary (tampoco hay apenas zooms, y los que hay son muy leves). No me preguntéis por qué, pero es algo que siempre he visto innecesario. Una fachada de modernez para lo que todos sabemos que es una sitcom clásica y tradicional. Así que por mí que siga así toda la temporada. Por último, y en relación a lo que acabo de decir, hay una trama en “The Long Honeymoon” que huele, como de costumbre, a ultra-conservadurismo: Gloria reconociendo que se viste explosiva para Jay, y dando a entender que esto es poco más que un “deber”, y Jay recriminándole que en realidad lo hace para ella. Es cierto que Gloria le pide lo mismo a Jay, que se vista elegante para satisfacerla, lo cual imprime una (cuestionable) sensación de igualdad. Pero al final, no es más que una manera de defender la idea de que una mujer como Gloria debe vestir así para su marido, no para ella, y desde luego no para otras personas. No sé cómo lo veréis vosotros, pero a mí estas cosas siempre me hacen que vea Modern Family con otros ojos, aunque sea momentáneamente.

También han vuelto Scandal, New Girl, Nashville, Revenge, The Big Bang Theory, Sleepy Hollow… Contadnos qué os han parecido los inicios de temporada de vuestras series.

Un último baile por las Twisted Sisters

Meredith Cristina

Son mucho más que mejores amigas. Son mucho más que hermanas. Y no las llaméis BFF que probablemente te morderán (o te mirarán como en la foto de arriba). Meredith Grey y Cristina Yang son sus personas. O sea, Mer es la persona de Cristina, y Cristina es la persona de Mer. Desde el primer “You’re My Person” de Anatomía de Grey, estos dos personajes se han afianzado como el principal pilar de la serie de Shonda Rhimes, y su fascinante amistad una de las constantes que la han sostenido todos estos años. Este concepto del “my person” se empezó a utilizar para definir una amistad que trascendía los límites de la normalidad, una relación de dependencia absoluta que sin embargo se basaba en el respeto mutuo del espacio personal y los particulares caracteres de cada una. Meredith y Cristina se convirtieron en las Twisted Sisters porque no eran las mejores amigas al uso. Podían ser bullies cuando se lo proponían, eran conscientes en todo momento de cuándo se estaban engañando para ayudarse, pero lo hacían porque formaba parte de su contrato. Se mantenían los pies en la tierra la una a la otra, y ofrecían apoyo incondicional, sin ningún tipo de juicio. No importaba lo equivocado de una decisión o el error cometido, Meredith y Cristina se apoyaban la una en la otra, y el mundo tenía más sentido.

Anatomía de Grey se convirtió en un fenómeno de masas en sus primeras temporadas gracias a su excitante combinación de drama médico, comedia de amigos y romance. Durante sus primeros años en antena, la serie era famosa por los líos amorosos de sus protagonistas, que en apenas tres temporadas ya habían agotado todas las posibilidades de emparejamiento. Mucho ha cambiado desde entonces. A día de hoy, Grey’s sigue apoyándose fuertemente en la “anatomía” de sus personajes, corazón y entrepierna a partes iguales. Pero después de una década en televisión, la serie de Shonda Rhimes ha sabido dejar atrás su hormonada adolescencia para centrarse en otras diatribas mucho más adultas: el matrimonio, la paternidad, el futuro, las encrucijadas profesionales, y la supervivencia del amor a mil y una catástrofes (literales en el caso de esta serie). Y la clave de la Anatomía de Grey madura está justo ahí, en la supervivencia. La de las parejas que siguen luchando por mantenerse a flote a pesar de los reveses del destino (Arizona y Callie), la del matrimonio más estable y compenetrado de la televisión (Meredith y Derek), la de los novatos que compiten encarnizadamente para permanecer en el hospital y salvaguardar su futuro profesional. Y la de la inquebrantable amistad entre dos mujeres que comenzaron el camino hombro a hombro y han seguido, inevitablemente, itinerarios distintos.

Mer Cris

Después de nueve temporadas de estabilidad (no exenta de baches, pero ninguno lo suficientemente alto), las Twisted Sisters han encontrado la horma de su zapato en esta décima temporada de la serie que acaba de tocar a su fin. Aunque sabían que era algo que tenía que ocurrir tarde o temprano. En realidad, su distanciamiento, por muy feos momentos que nos haya dejado este año, ha sido como el de dos amigas (o amigos) adolescentes que llevan toda la vida entonando el “siempre estaremos juntos”, y cuando termina el instituto se dan de bruces con la realidad: No podemos estar siempre juntos. Nuestros intereses, nuestras relaciones, nuestros sueños nos acaban separando y bifurcando nuestras trayectorias. En “Fear (of the Unknown)” (10×24) Meredith y Cristina se separan como las amigas que se marchan a universidades en costas opuestas, aceptando que tan importante como la supervivencia es el sacrificio. Queremos pensar que su dependencia mutua y la preciosa promesa “You’ll always be my person” servirán para que, una en Seattle y otra en Suiza, sigan siendo las Twisted Sisters, para siempre. Pero por experiencia propia sabemos que esta idea es sostenible solo durante un tiempo.

Dejando esta pesimista idea a un lado, “Fear (of the Unknown)” fue un sentido homenaje al que ha sido sin duda el personaje más consistente y laureado de Anatomía de Grey, y a la mejor actriz de la serie, Sandra Oh. A Meredith, protagonista odiada durante sus primeras temporadas, el público ha aprendido a entenderla, a quererla, y se ha convertido con el tiempo en una heroína alternativa (“dark & twisty”). Y por la misma razón que Meredith se ganó el rechazo de los espectadores, porque a nadie le gusta un personaje débil e indeciso, Cristina Yang ha sido, desde el principio de la serie en 2005, el personaje más admirado de Anatomía de Grey. Por su fortaleza, sus férreas convicciones, su condición de “tiburón” -no había nada como ver a la competitiva de Yang dando caña-, y también porque era la que aportaba las notas de humor más geniales. A Cristina la hemos entendido siempre, y por eso la hemos respetado, y hemos apoyado sus decisiones (aunque hayan conllevado renunciar a un amor genuino que en el fondo queríamos para ella).

Y por eso duele tanto decirle adiós, y nos afecta tanto ver a las dos amigas despedirse con lágrimas en los ojos. No solo porque con su marcha ya solo nos quedan dos miembros del m.a.g.i.c. (el grupo original de interns), sino porque ella era, junto a Meredith, lo que hacía que Anatomía de Grey siguiera funcionando después de tanto tiempo. En “Fear (of the Unknown)” obtenemos la clausura más perfecta para el personaje (se marcha a dirigir su propio hospital en Europa), en una trama que no obstante debería haber formado parte del final de la serie. Meredith se nos queda huérfana, y aunque Alex sigue ahí (y con él mantiene una amistad muy parecida a la que tiene con Cristina), ya no es lo mismo. Anatomía de Grey tendrá undécima temporada, y el reparto ha firmado para una posible duodécima entrega, pero la Era Grey-Yang ha llegado a su fin, y con ello, de alguna manera -y a pesar de que todavía somos muchos los valientes que seguimos adelante-, es como si terminara la serie. Así que aguantad el llanto y coged del brazo a vuestra persona. Bailemos por última vez con Meredith y Cristina y celebremos una de las amistades más ‘retorcidamente’ sólidas que nos ha dejado la televisión.

#FarewellCristina

Anatomía de Grey – “Puttin’ on the Ritz” (Episodio 200)

Puttin on the Ritz

“It’s time to put on makeup, it’s time to dress up right, it’s time to get things started on the Muppet Show to— crap!”

Incluso si le preguntamos al fan más acérrimo de Anatomía de Grey si cree que la serie debería acabar ya, probablemente responderá que sí. El drama médico de Shonda Rhimes alcanzó el jueves pasado uno de los hitos más imposibles de la televisión en prime-time: el episodio número 200. “Puttin’ on the Ritz” (10.04) fue una celebración (literalmente) de los nueve años en antena de una de las series clave del nacimiento de la nueva época de esplendor en la televisión norteamericana. Después de tantos episodios, con mil y una muertes y más catástrofes y calamidades de las que el espectador puede procesar, Anatomía de Grey sigue disfrutando de excelentes índices de audiencia (sobre todo teniendo en cuenta lo mal que andan últimamente para todas las cadenas) y el favor de uno de los públicos más fieles. Sin embargo, el éxito prolongado de la serie no es suficiente para acallar al sentido común. Y este nos dice que Anatomía de Grey debería concluir pronto.

“Puttin’ on the Ritz” no es el gran episodio que debería haber sido, pero sí representa a las mil maravillas lo que es, y sobre todo lo que fue, Anatomía de Grey. Los doctores del Seattle Grace, ahora Grey Sloan Memorial, visten sus mejores galas para asistir a una gala benéfica a favor de la reconstrucción del hospital después del enésimo Apocalipsis que tuvo lugar al final de la novena temporada. Giles dijo que había una Boca del Infierno en Cleveland, y a Shonda Rhimes se le ocurrió que Seattle no iba a ser menos. El episodio 200 es así un regreso a los orígenes, el recordatorio de lo que hace tiempo fue una serie que comenzaba con esta cabecera. Batas azules, vestidos y tacones altos. Bisturíes y copas de champán. Camillas para pacientes y para doctores cachondos. McDreamy de esmoquin. Una gran fiesta como las de antaño (concretamente como la prom de “Losing My Religion”, episodio mítico de la segunda temporada), en la que todo puede ocurrir. La diferencia es que, aunque Anatomía de Grey sigue apoyándose principalmente en las relaciones amorosas de sus protagonistas, hay otras fuerzas mayores en juego, y la sensación ya no es la misma, para bien o para mal.

A pesar de seguir recurriendo a un repertorio fijo de tramas y reciclajes varios, Anatomía de Grey ha sabido evolucionar y mantenerse a flote, y “Puttin’ on the Ritz” sirve para demostrarlo. Ya no es lo mismo, pero lo que es ahora no está mal tampoco. El episodio 200 es una bola de cristal en la que una aparición de Izzie o George no habría estado fuera de lugar (al margen de que una sea gilipollas y el otro esté muerto), y con la que parecen decirnos “mira cómo éramos, cuánto hemos cambiado”. Las referencias a las icónicas primeras temporadas se suceden una detrás de otra a lo largo del capítulo. Avery, ahora presidente de la junta de directores del Grey Sloan incentiva a sus compañeros para que compitan a ver quién recauda más donaciones. Regresamos así a los días en los que los interns luchaban encarnizadamente por cirugías y oportunidades para brillar. Cristina lo recuerda con nostalgia (no sé qué vamos a hacer sin ella): “Es como cuando éramos residentes. Robando operaciones. Jugando sucio. Ya no puedo hacer ese tipo de cosas”. Se acuerda así de sus días como “tiburón” (ella sigue siéndolo, pero ya no muerde como antes porque no le hace falta) y nosotros hacemos balance del largo viaje personal y profesional que tanto ella como Meredith, Alex y los demás han vivido.

Meredith Grey 10x04Los casos médicos de “Puttin’ on the Ritz” desprenden también un aroma inconfundible a Classic Grey’s (que es igual que decir “lo mismo de siempre”): la fractura de tibia en medio de un espectáculo de contorsionismo, el paciente racista que plantea los más complicados dilemas morales (nada como aquel asesino interpretado por Eric Stoltz), el propio miembro del equipo que se debate entre la vida y la muerte, el padre de uno de los doctores que llega enfermo al hospital. Pero sin duda, el homenaje más significativo que “Puttin’ on the Ritz” lleva a cabo es a Meredith Grey y Derek Shephard, discretos pero sólidos protagonistas que muy a menudo se retiran a un segundo plano para dejar que los demás tomen las riendas de la historia. “Estoy haciendo memoria. Yo, una sala de exámenes y tus bragas pinchadas en un corcho – El baile de fin de curso”. Mer-Der representan todo lo que define a una serie de televisión longeva como esta: lo que permanece estático e inquebrantable, y lo que evoluciona y cambia sin mirar atrás. Y Anatomía de Grey es un constante tira y afloja entre ambas tendencias. Es incansable, ama a sus personajes y no se olvida en ningún momento del espectador al que tanto ha hecho llorar, reír y sufrir. Pero desafortunadamente, no puede evitar que el paso del tiempo, los cambios en el reparto y la repetición le pasen factura. Al final, la conclusión siempre es la misma, y aunque falten chispas, después de nueve años no carece de fuerza. Meredith y Derek, con sus brillantes ojos a la vez tristes y felices, se ponen la bata quirúrgica por encima de sus atuendos de etiqueta, como antes. La pasión por su profesión es lo que los mueve, y esta pasión es lo que sigue dando pábulo a Anatomía de Grey después de tanto tiempo. Grey’s siempre ha tenido muy claro lo que es. On with the show, this is it. Pero no demasiado, por favor.

 

 

Scandal: Shonda Rhimes juega a ser Sorkin

La creadora de Anatomía de Grey es una de las productoras televisivas más obstinadas e incansables del medio. Tras su longevo éxito en ABC, Shonda ha creado un spin-off de su serie estrella (Private Practice), ha impulsado un Anatomía de Grey en el espacio (Defying Gravity) y ha producido un Anatomía de Grey en la jungla (Off the Map). La clonación se ha convertido así en la principal herramienta y seña de identidad de Rhimes, que ahora nos trae una serie sobre abogados: Scandal. A primera vista, la autora parece haber pulido su estilo -manque nos pese, hay uno, y además muy definido-, aspirando con esta nueva serie a abandonar la etiqueta de fabricadora de placeres culpables. Para lograrlo, “Sweet Baby”, el piloto de Scandal, comienza adentrándose en territorio Sorkin. Mal empezamos. Rhimes triplica la media de palabras por segundo en los diálogos y persigue a sus protagonistas asumiendo que todo lo que sale por esas elocuentes boquitas nos va a interesar. Sin embargo, Shonda no es Sorkin. Es más, Shonda ni siquiera es Amy Sherman-Palladino. Los diálogos en Scandal no son buenos, solo son rápidos.

A pesar de esos diez primeros minutos en los que Rhimes se crece y se considera capaz de crear algo que impacte y perdure, nos acabamos adentrando irremediablemente en terreno Grey’s. No nos engañan las transiciones epilépticas, ni los planos y encuadres aberrantes -recursos de principiante-, Scandal es la cuarta Anatomía de Grey de la autora. Lo confirma un personaje, Huck (Guillermo Díaz), dándonos la clave de la serie, y de toda la obra de Rhimes: “We all have a story. Everyone in this office needs fixing”. La idea es sencilla: los personajes están demasiado ocupados solucionando las vidas de los demás como para ponerse a solucionar las suyas. Sí, tal y como suena, la idea está muy gastada.

Estamos en Washington, como lo edificios emblemáticos de la ciudad hechos con cartulina nos indican. Scandal se ambienta en una oficina de abogados que “no es un bufete”, una casa de locos capitaneada por Olivia Pope (Kerry Washington), la mujer a la que llamar para solucionar los problemas más imposibles. La súper-abogada tiene a su servicio un puñado de esclavos a los que ha lavado el cerebro -la palabra clave es “gladiadores en traje”, perdonad si me río muy fuerte. No deja de resultar gracioso que estos personajes no paren de hablar en ningún momento, cuando todos tienen la lengua atascada en el culo de la protagonista. Como era de esperar, Rhimes se empeña desde el primer momento en caracterizar fuertemente a todos sus personajes, reforzando la coralidad de la serie a pesar de la omnipresente Olivia. La productora firma un guión ambicioso que comienza como proyecto de cambio y acaba sucumbiendo a los vicios de siempre.

Relacionando directamente a la protagonista con las altas esferas de poder, Scandal nos lleva al Despacho Oval de la Casa Blanca, en el que descubrimos que Olivia está liada con el presidente de los Estados Unidos -un Bill Clinton redux que besa a su amante junto a la ventana del despacho. Pero la ambición de Shonda no se detiene ahí. Uno de los dos casos del piloto involucra a un héroe de guerra norteamericano acusado de homicidio. La coartada que lo exculpa es un vídeo en el que aparece besándose con otro hombre. La grandilocuencia de Rhimes alcanza nuevos límites (de ridículo). No solo se atreve a convertir la Casa Blanca en escenario de su danielsteelismo, sino que se enorgullece de abanderar un anquilosado discurso pro-gay que no estaría de más si la autora no lo manejase como si estuviera transgrediendo, rompiendo todos los moldes de la televisión. Shonda, adáptate o muere.

Estos gladiadores en traje llegan justo en el momento en el que menos los necesitamos. Cargados de razones, altivos y seguros de sí mismos, con un lema anti-House “lo más importante es decir la verdad”, y un instinto sobrenatural. Dispuestos a comerse el mundo, aunque la audiencia no esté muy interesada en verlo. Bueno, ¿dónde está Patty Hewes para que les dé una patada en el culo a todos?

Finale Week: Anatomía de Grey

Ha pasado casi un mes desde su emisión, pero aún resuenan los ecos de ese híbrido de shoot ‘em up, survival horror y película de asesino en serie que se marcó Shonda Rhimes con el final de la sexta temporada de Anatomía de Grey. Y es normal, porque pocas veces en televisión se ha conseguido manejar la tensión de manera tan magistral, hasta el punto de provocar en el espectador una sensación continua de ansiedad -así como la ‘diversión’ que ello conlleva. Finalizado el episodio “Death and All His Friends”, el agotamiento mental y emocional es mayúsculo. Y ante tamaña manipulación del espectador, solo puedo quitarme el sombrero y aplaudir a Shonda. Bravo, bravo, bravo.

Siempre he dicho que Anatomía de Grey cuenta con algunos de los personajes más ricos y completos de la televisión actual. También he manifestado en multitud de ocasiones que esto se debe al hecho de que cuanto más se arriesgue con un personaje, más provecho se sacará de él. Los doctores de Anatomía de Grey son mucho más que clichés. Es habitual en las series que los repartos estén constituidos por personajes altamente icónicos y reconocibles por relaciones de opuestos o por rasgos muy básicos que definirán su interacción con los demás. En Anatomía de Grey esto no ocurre de una manera tan acusada. Todos los personajes tienen algo en común: son egocéntricos, inmaduros -se comportan como adolescentes-, egoístas y humanos, muy humanos -es decir, erran a cada paso que dan. Aparte de esto, y a pesar de los cuidados matices de personalidad de cada uno, no encontramos arquetipos muy definidos en la serie. Esto es lo que más admiro de la señora Rhimes, su capacidad para penetrar más al fondo de sus personajes de lo habitual. Y es por ello, entre otras cosas, que un final como el de la sexta temporada me parece un ejercicio de construcción narrativa y de desarrollo de personajes ejemplar. No todos los productores de televisión están dispuestos a llevar a sus personajes a los límites a los que Rhimes ha llevado a los suyos. Y puede que muchos lo vean como un simple ejercicio de narración culebronesca -y quién sabe, hasta puede que tengan razón-, pero lo que yo veo es un conmovedor compromiso con los personajes, incluso un inconformismo y desafío a la norma que pocos autores asumen. Vamos, que la evolución del doctor House, comparada con la de Meredith Grey, se queda en pañales. Así de claro.

En una entrevista concedida después del estreno del final, Shonda manifestó su agotamiento físico y emocional tras firmar el guión de “Sanctuary” y “Death and All His Friends”. He ahí el compromiso del que hablaba -mezclado con un poco de tontería. La implicación de Rhimes con sus personajes ha sido tan grande que ha acabado por pasarle factura -e insisto, la mujer es algo drama queen, eso también es verdad. De sus palabras se extrae además una gran destreza con el manejo del detalle a la hora de escribir. Todo en el final de la temporada está medido al milímetro, el gran dominio de la causa-efecto, no solo en el episodio, sino también a largo plazo, es otro de los puntos fuertes del guión. Preparar el terreno para un final de estas características no es una tarea complicada. Solo hay que introducir un conflicto que dé pie al desastre, y así hicieron varios episodios antes con la aparentemente ‘insustancial’ trama de Gary Clark -un nombre que nos costará olvidar. Lo que es más complicado es implicar a todos y cada uno de los personajes, teniendo en cuenta sus evoluciones a lo largo de la serie, y en concreto, de la temporada, en un conflicto que de entrada parece no dar cabida a una excesiva introspección. Sin duda, Shonda lo consigue.

La sexta temporada de Anatomía de Grey ha sido quizás la más irregular hasta ahora. La serie no ha experimentado un bajón de calidad como muchas de sus coetáneas, pero sí es verdad que sus tramas han sido más dispersas y olvidables. Por no hablar de los pacientes, cada vez más ridículos y repetitivos -Shonda, deberías aprender en este sentido de Nurse Jackie, serie quehace un uso genial de los pacientes. Sin embargo, esta temporada ha servido para conocer un poco más a los personajes, sin ‘interferencias’ provocadas por grandes dramas y tragedias. Si me permitís la osada comparación, esta temporada ha sido como Elephant, de Gus Van Sant -solo que mejor, y eso ya no es una osadía, es un suicidio social en algunos círculos. Los 22 episodios previos a “Sanctuary” nos han acercado a todos los personajes -incluidos los intrusos del Mercy West-, incluso llevándonos más a menudo a sus entornos domésticos. El miedo por la pérdida de muchos personajes se ha visto así magnificado. No ocurre tanto con los intrusos, al menos en mi caso. La matanza del Seattle Grace sirve para eliminar de la plantilla a dos personajes insoportables, Reed y Percy. Por el contrario, Kepner y Avery se convierten en fijos para la próxima temporada -no sin antes intentar hacerlos algo más atractivos para el espectador. De nuevo bravo, Shonda, por sacar el máximo provecho de la situación.

“Sanctuary”, la primera parte, es el plato fuerte del episodio doble. El impacto del primer balazo del arma de Gary Clark en la frente de Reed confirma lo que llevábamos temiendo un rato: no es un día cualquiera en el Seattle Grace. Pero nadie imaginaba lo que seguía a la impactante muerte de Reed. Son demasiados momentos los que destacar. De hecho, las dos horas de episodio son una acumulación de momentos destacables, por lo que me veo obligado a seleccionar solo unas cuantas escenas. Las enumeraré en párrafos separados, porque merecen destacar de alguna manera entre las parrafadas de esta entrada:

1. Cristina y Callie llorando en el desayuno. Dramedia en estado puro, y uno de los puntos fuentes de Anatomía de Grey. Y uno de los ejemplos de lo geniales que suelen ser sus teasers.

2. El disparo a Reed -sí, había que repetirlo-, y la fuerza del primer plano de su cabeza golpeando el suelo.

3. El encuentro en el ascensor de Gary Clark y Cristina. Quizás el momento más magistral de todo el episodio, el que haría pensar a Shonda después de escribirlo “¡joder, qué Hitchcock soy!” Como decía, un uso impecable de los personajes. Cristina era la más indicada para que esta escena fuera lo más efectiva posible.

4. Cristina: “I gotta admit, I hope you and Derek die, just a little bit”. Shonda, la cachonda.

5. Gary Clark contra Miranda Bailey. A estas alturas, ya no hay uñas. Ver a Gary Clark sacando a Miranda a rastras de debajo de la cama es terrorífico. Verla mentir al asesino después de que este matase a Percy por decirle que es doctor lo es aún más.

6. El encuentro Clark-Shephard. A pesar de estar a punto de ser empañada por el discurso de turno en el que un personaje cuenta una historia sobre su pasado, la dilatada escena nos brinda algunos de los mejores momentos del episodio: Derek -y Shonda- exponiendo la esencia de la serie: “Please, look at me in the eye, I’m a human being. I make mistakes. I’m flawed. We all are”; Meredith y el terror por la posible pérdida de quien se ama; y sobre todo el discurso oprahiano de April Kepner al toparse con Gary Clark. Digno de ser transcrito:

“My name is April Kepner. I’m 28 years old. I was born on April 23rd in Ohio. I’m from Columbus, Ohio. My mom is a teacher and my dad is a farmer. Corn. He grows corn. Their names are Karen and Joe. I have three sisters! Libbie is first, I’m next. Then there’s Kimmy, and Alice. I haven’t done anything yet…I haven’t–I’ve barely lived! I’m not finished yet! No one’s loved me yet! Please! Please! I’m someone’s child! I’m a person! I’m a person!!!”

7. Webber, testigo impotente de la tragedia de “su” hospital a través de la radio de la policía y su encuentro final con Clark -más ejemplos de integración magistral de las tramas de los personajes en los eventos del episodio.

8. Miranda y su reacción al comprobar que los ascensores no funcionan. No tanto por la interpretación de Chandra Wilson -yo no la veo de Emmy, pero no me extrañaría la nominación-, sino por lo que supone para nosotros su descarga de tensión a esas alturas del episodio.

9. El final feliz de Arizona y Callie, uno de los momentos más emotivos del episodio, y una sorpresa agradable al comprobar que una relación que dábamos por acabada se afianza.

10. Y por último, como no podía ser de otra manera, MEREDITH GREY.

– Meredith: Stop crying. Look, it took me a long time to find him. A long time. And even then it took me a long time to even know that I wanted him, to be married, to be his wife, to have his kids. And now that I realize that, he’s lying on a table in there and my best friend’s hands are inside his chest. You don’t get to cry about that.
– April Kepner: Reed was my best friend. She died today.

 

Rhimes utiliza la mayor crisis de la historia del Seattle Grace para hablarnos de sus personajes, para hacer balance de su evolución en seis años -algunos menos- y preparar el terreno para más cambios. Shonda confesó que la tragedia del Seattle Grace afectará a todos los personajes y a partir de la séptima temporada, ninguno será como era. Lo sé, es una promesa difícil de creer, pero a mí me es suficiente para esperar la séptima temporada de la serie como agua de mayo. Esto, después de seis años, es una auténtica hazaña.

Anatomía de Grey, "Suicide Is Painless" (6.18)

Pensamientos fuertecitos sobre “Suicide Is Painless” (ya solo me queda uno para estar al día):

Hay episodios de Anatomía de Grey que se parecen más a la parodia que realizó el programa de humor MadTV hace un par de años que a la serie que tanto admiro y defiendo. “Suicide Is Painless” (el suicidio será indoloro, pero llamar así a un episodio sobre la eutanasia hace bastante daño) hace uso de los tópicos formales y argumentales de la serie de la misma manera que lo hacía su parodia, sin esforzarse un poquito, como es habitual, en darnos algo más. Hasta en una de las escenas me pareció oír la canción que suena en la parodia (que a su vez también es una parodia de las canciones que suelen escucharse en la serie), y me pasé el resto del episodio cantando mentalmente “Why didn’t he text me? Text me? Text me?” Para entender mejor esto que digo, os animo a ver la parodia. Nadie lo podría haber expresado mejor.

Y hablando de las canciones, en este episodio da la sensación de que se les está agotando el repertorio de “Canciones que pegan en Anatomía de Grey, aunque sean una mierda” (esto seguro que lo ponen en Google y sacan las listas para cada temporada), y han tirado de las últimas canciones de la lista, de las que no quisieron poner en ninguno de los episodios anteriores. Las escenas de guerra con canciones Grey de fondo son una cosa rara rara rara. Un desastre, vamos.

Y en relación a esto, debo decir que estas escenas que muestran el pasado del doctor Owen Hunt (versión mejorada de Willie de Los Simpson) en la guerra, además de soporíferas y tremendamente manidas, demuestran que la “sensibilidad femenina” (espero que nadie me odie por esto) desde la que se narra toda la serie no funciona para nada en este tipo de relatos. Aunque quisiera, no podría justificar un pastel así, ni siquiera alegando que “así es Anatomía de Grey“. Por eso creo que no me atreveré nunca a ver Defying Gravity. Hasta yo tengo un límite.

Los casos médicos del episodio siguen la tónica habitual de la temporada: aburrimiento y repetición. Anatomía de Grey tiene capacidad absoluta para hacer cosas interesantes con temas polémicos y nada fáciles de abordar, como ya hicieron con la pena de muerte en la temporada anterior (recordemos una de las mejores escenas de la serie, con Meredith Grey asistiendo a la muerte por inyección letal del personaje interpretado por Eric Stoltz). Sin embargo, lo que han hecho con la eutanasia en “Suicide Is Painless” es algo facilón y superficial. Por otro lado, el caso de los montañistas recuerda inevitablemente a otro caso de una temporada anterior (no recuerdo cuál), en la que tres amigos montañistas vuelven de una escalada, y uno de ellos tiene un hachazo en la espalda. Chapuza. Espero que los guionistas se estén reservando para la recta final de la temporada… Y por eso mismo, ojalá las temporadas durasen 6 ó 7 episodios menos.

La trama de Callie y Arizona sigue por el camino más lógico. Todo apunta convenientemente a una unión Mark-Callie para cumplir ambos su sueño (o más bien la necesidad) de tener hijos. De momento, todo es transicional. Pero sigo teniendo fe en esta trama. Estoy deseando comprobar si Mark y la new-found-lesbian-a-lo-Willow-Rosenberg acabarán juntos. Y si eso me parecerá bien o me cabreará mucho.

La escena con todos los attendings en el comedor me ha hecho pensar en que no queda ningún attending original. Ninguno de los personajes en esa escena salió en la primera temporada. La serie ha ido renovando plantilla sin perder su identidad. Sigue siendo igual de Grey’s que siempre, y eso… está bien.

La paramédica “maciza” por la que todos beben los vientos es todo lo contrario a una tía buena por la que los personajes de esta serie se sentirían atraídos basándose solamente en su físico. Un progresismo que no se puede criticar, pero que me resulta algo patético, hipócrita y demagógico. Fíjate, sí se puede.

Dime que Meredith y Avery no se van a liar, por favor.

“Suicide Is Painless” es probablemente uno de los peores episodios de la temporada, si no el peor. Esperemos que los siguientes preparen el terreno para una recta final de temporada digna de Anatomía de Grey. Si no, no pasa nada, ya dijimos que esta temporada está funcionando muy bien a base de tramas cortas y episódicas (a pesar de episodios como este), aunque un gran conflicto no vendría nada mal ahora mismo.

Meredith Grey

A raíz del comentario de devilniced en la última entrada sobre Anatomía de Grey, reciclo un texto que escribí el 4 de febrero del año pasado sobre el por qué de mi amor hacia Meredith Grey y a la serie.

Me gusta, me encanta, Anatomía de Grey, porque no es una serie cualquiera. La televisión está abarrotada de series cualesquiera disfrazadas de series singulares y destacables por un motivo o por otro, cuando no son más que la enésima revisión de una idea que lleva dando vueltas por las pantallas muchos años, o meras explotaciones del formato episódico para enganchar al espectador con trucos baratos y “continuarás” tramposos. Me gusta Anatomía de Grey, porque es justo lo contrario (o es mucho más que eso, más bien), una serie que en apariencia es como las mil y una series médicas que ha habido, hay y habrá, y que además es un culebrón saturado de giros amorosos y situaciones que desafían la suspensión de la credulidad del más católico, cuando en realidad es una de las mejores “series de personajes” que jamás se hayan hecho.

Por el magistral desarrollo de sus personajes a lo largo de las temporadas, a menudo la comparo con Buffy, la serie-que-no hay-que-comerse-de-vista por excelencia. Como espectador de televisión, valoro el riesgo por encima de casi todo, y por eso suelo empatizar con los personajes más odiosos. Esa es la razón por la que Meredith Grey, a pesar de ser uno de los personajes más hostiables de la televisión, me parece una protagonista increíble. Si alguien me sabe explicar por qué solemos encontrar a nuestros personajes favoritos en el reparto de secundarios, y solemos odiar a los protagonistas, o simplemente los ignoramos, que lo haga. Eso es lo que suele pasar con Meredith (y con Buffy, o Carrie en Sexo en Nueva York).

La Grey es una perfecta metáfora de lo que somos, y por eso la odiamos tanto, porque sois, somos ella, porque a lo mejor no tenéis las mismas preocupaciones, o no os ahogáis en un vaso de agua porque alguien no os ha dicho lo que queríais oír o no habéis llorado follando con alguien. Es muy probable que vuestras, nuestras preocupaciones diarias sean mucho más estúpidas, insignificantes, vergonzosas y ridículas que las suyas, pero no nos paramos a pensar en ellas de la misma manera que lo hacemos cuando ella nos cuenta con su quebradiza voz las chorradas que se le pasan por la cabeza. Y por eso, entre muchas otras cosas, me gusta Anatomía de Grey, porque su protagonista no es como House, por ejemplo, otro personaje odioso, pero que cae bien, que resulta admirable, que fascina. ¿Por qué? Porque está mucho menos anclado en la realidad, porque es casi un súper héroe a nuestros ojos hambrientos de ficción escapista.

Meredith Grey es solo un ejemplo del puñado de grandes personajes que corretean en celo por Anatomía de Grey, sólidos a pesar de lo endeble de las tramas en las que muchas veces se ven sumidos, ejemplarmente caracterizados, e increíblemente queribles. Porque al final, lo que a uno más emociona no es el beso que ya se veía venir desde cinco episodios atrás, o asistir a una resurrección milagrosa en la mesa de operaciones, sino ver los ojos de Meredith Grey, los más tristes de la televisión, llenarse de lágrimas, o ver a la inconmensurable Cristina Yang agarrar los pies de su mejor amiga en la camilla, o a la adorable Callie Torres bailando en bragas, o a Derek Shepard perdiendo la compostura ante Ellis Grey, o a Addison Montgomery mordiéndose el labio mientras ve pasar a Alex Karev, o a Izzie y George (que es mi McDreamy) hablando sin palabras en un armario de instrumental médico…

Te quiero, Meredith. En serio.